73. A QUÉ AMO SEGUIR
OCHO AÑOS ANTES
Venli podía oír ritmos nuevos. Intentaba ocultarlo armonizando a los ritmos viejos y aburridos cuando estaba acompañada. Qué difícil era. Los ritmos nuevos eran su majestuosidad, la prueba de que era especial. Quería gritarlos, alardear de ellos.
Silencio, dijo Ulim desde su gema corazón. Silencio por ahora, Venli. Ya habrá tiempo para disfrutar del Ritmo de la Alabanza.
Venli armonizó a Júbilo, pero no lo canturreó mientras recorría la sala donde trabajaban sus estudiosos. Ulim le había dado pistas para encontrar otra forma, la forma diestra. No había querido explicarle el proceso exacto aún, así que Venli había reunido a aquellos investigadores y los había puesto a estudiar. Más adelante, pretendía utilizarlos como excusa para revelar descubrimientos más importantes. Como los que le había prometido Ulim. Formas más grandiosas que aquellas. Poder.
Eres especial, susurró Ulim mientras Venli se acercaba a un par de eruditas que intentaban atrapar un vientospren que había entrado volando para juguetear con ellas. Pude sentirte desde muy lejos, Venli. Te ha escogido nuestro dios, el verdadero dios de todos los cantores. Me envió para explicarte lo maravillosa que eres.
Las palabras la reconfortaban. Sí. Exacto, Venli llevaría formas de poder. Pero… ¿al principio no las había querido… para su madre? ¿El objetivo no era ese?
Serás grandiosa, dijo Ulim dentro de su gema corazón. Todos reconocerán tu majestuosidad.
—Pues quiero la forma diestra pronto —susurró a Ulim mientras salía de la cámara—. Ya ha pasado demasiado tiempo desde la forma de guerra. Mi hermana y sus aduladores se pasean por las ciudades exhibiéndose como héroes.
Que lo hagan. Esos son tus soldados rasos, a los que enviaremos a morir combatiendo a los humanos cuando nuestro plan se complete. Debería costarte un tiempo «encontrar» la forma diestra. Sería demasiado sospechoso que hallaras otra tan pronto.
Venli se cruzó de brazos, escuchando cómo la alababa el nuevo ritmo. La ciudad bullía de actividad, con miles de oyentes de una docena de familias. Eshonai y los demás habían dado grandes pasos hacia una auténtica unidad, y los ancianos de las distintas familias ya se hablaban entre ellos.
¿Quién se llevaría la gloria de eso? Venli había orquestado aquella inmensa convergencia, pero a ella nadie le hacía ningún caso.
Quizá debería haber adoptado la forma de guerra. Ulim la había animado a ser de los primeros en hacerlo, pero Venli había dudado. No era que tuviera miedo, no, pero había supuesto que podría manipular mejor sin tomar esa forma. Había sido un error, y allí tenía la recompensa, en que Eshonai se quedara con todo el mérito. La próxima vez, Venli lo haría en persona.
—Ulim —susurró—, ¿cuándo estarán preparados los vacíospren?
No estoy seguro, respondió él. Este estúpido Heraldo aún se mantiene fuerte después de tantos años. Tendremos que resolverlo de otra manera.
—La tormenta nueva —susurró Venli.
Sí. Lleva siglos acumulándose en Shadesmar. Tendremos que enviar a nuestros agentes lo bastante cerca de ella en este lado, a un lugar en el océano, ojo, para que puedan usar gemas y traer aquí a mis hermanos y hermanas. Luego esas gemas habrá que transportarlas hasta aquí. No sabes el incordio que es todo esto.
—Me hago una idea bastante buena a estas alturas —dijo ella a Mofa—. No paras de hablar del asunto.
Eh, tú eres la única con la que puedo hablar. Y me gusta hacerlo, así que…
—Forma diestra. ¿Cuándo?
Tenemos problemas más importantes. Tu pueblo no está preparado para aceptar las formas de poder. En absoluto. Son demasiado cohibidos, de largo. Y su forma de luchar…
—¿Qué tiene de malo nuestra forma de luchar? —preguntó Venli a Arrogancia—. Nuestros guerreros son poderosos e intimidatorios.
¡Por favor!, replicó Ulim. Los humanos han recordado cómo hacer buen acero todos estos siglos, y hasta han descubierto cosas que nosotros no sabíamos. Mientras tanto, tu gente se arroja lanzas como unos primitivos. Gritan y bailan más que luchar. Es una vergüenza.
—A lo mejor deberías haber ido con los humanos, pues.
No seas cría, dijo Ulim. Tienes que saber a qué te enfrentas. Imagínate a cien mil hombres en brillante armadura, moviéndose en bloques coordinados, alzando una muralla de escudos trabados entre ellos, que solo dejan huecos para las lanzas que hendirán tu carne. Imagina a miles y miles de arqueros disparando andanadas de flechas que caen como una lluvia mortífera. Imagínate a hombres a caballo cargando, trueno sin relámpago, arrollando a quienquiera que esté en su camino. ¿Crees que puedes enfrentarte a eso con cuatro alardes semicoherentes?
La confianza de Venli flaqueó. Miró hacia las Llanuras Quebradas, donde sus tropas en forma de guerra entrenaban en una meseta cercana. Venli había favorecido que lo hicieran, a sugerencia de Ulim. El spren sabía mucho de manipular a la gente; con su ayuda, Venli podía lograr que los demás hicieran casi cualquier cosa. Una parte de ella pensó que eso debería preocuparla. Pero cuando intentaba pensar en esos términos, la mente se le emborronaba. Y terminaba regresando a lo que hubiera estado pensando antes.
—Eshonai cree que los humanos exageran sobre la cantidad de ciudades que tienen —dijo—. Pero si son docenas como nos dijeron, entonces más o menos estamos igualados en número. Si conseguimos que todas las familias nos escuchen.
¿Más o menos igualados?, dijo Ulim, y se echó a reír. Era un sonido ultrajante, turbulento. Hizo vibrar la gema corazón de Venli. ¿Vosotros y ellos? ¿Igualados? Ay, bendita zopenca.
Venli se descubrió armonizando a Agonía. No le gustaba nada cómo la hacía sentir Ulim a veces. Le susurraba lo estupenda que era, pero luego profundizaban en alguna conversación y el spren hablaba con más libertad. Con más desprecio.
—Bueno —dijo—, a lo mejor no tenemos que combatirlos. Podríamos encontrar otra manera.
Niña, en eso no vas a tener elección, replicó Ulim. Ya se asegurarán ellos de que no la tengas. ¿Sabes lo que han hecho a todos los demás cantores del mundo? Son esclavos.
—Sí —dijo Venli—. Lo que demuestra que mis antepasados hicieron bien en marcharse.
Ya… No digas esas cosas delante de mis amigos, por favor, respondió Ulim. Me harías quedar mal. Tus antepasados fueron unos traidores. Y hagas lo que hagas, los humanos van a haceros pelear. Créeme. Es lo que hacen siempre. El pequeño paraíso primitivo que tenéis aquí está condenado. Lo mejor que podéis hacer es entrenar a soldados, practicar a usar el terreno en vuestro favor y prepararos para obtener unas formas como deben ser. No podréis elegir ser libres, Venli. Solo a qué amo seguir.
Venli se apartó de la muralla y empezó a cruzar la ciudad. Había algo erróneo en Ulim. En ella. En la manera en que había pasado a pensar…
No tienes ni idea del poder que te espera, Venli, dijo Ulim al Ritmo del Ansia. En los tiempos antiguos, las formas de poder se reservaban para los individuos más especiales. Los más valiosos. Eran fuertes, capaces de proezas asombrosas.
—Entonces, ¿cómo pudimos perder? —preguntó ella.
Bah, fue pura chiripa. No pudimos doblegar al último Heraldo y los humanos se las ingeniaron para endosarle el Juramento entero a él. Así que nos quedamos atrapados en Braize. Después de un tiempo, los Deshechos decidieron empezar una guerra sin nosotros. Resultó ser una estupidez suprema. En el pasado era Odium quien concedía las formas de poder, pero Ba-Ado-Mishram pensó que podría hacerlo ella. Acabó entregando formas de poder con la misma facilidad con que los Fusionados se dan títulos entre ellos, Conectándose a sí misma con toda la especie cantora. Se convirtió en una pequeña diosa. Demasiado pequeña.
—No… no lo entiendo.
Ya suponía que no. En pocas palabras, todo el mundo dependía demasiado de una spren venida a más. El problema es que los spren pueden quedarse atrapados en gemas, y los humanos se dieron cuenta de eso. ¿El resultado? Que Ba-Ado-Mishram acabó en una cárcel apretada de verdad y las almas de todo el mundo se quedaron hechas un lío de los gordos. Hará falta algo grande para restaurar las mentes de los cantores a lo largo y ancho del mundo. Así que vamos a cebar la bomba, por así decirlo, con tu pueblo. Los pondremos en forma tormenta y traeremos aquí la tormenta grandota desde Shadesmar. Odium cree que funcionará y, teniendo en cuenta que es todo menos un dios pequeño, vamos a hacer lo que él dice. Es mejor que la alternativa, que en general suele implicar mucho dolor y algún desmembramiento jugoso.
Venli saludó con la cabeza a unos oyentes que pasaban. Miembros de otra familia, a juzgar por los colores de las cintas de sus trenzas y los tipos de gema que los hombres llevaban troceadas en las barbas. Venli se aplicó en canturrear uno de los ritmos viejos y débiles para que lo oyeran, pero aquellos recién llegados casi ni se dignaron a mirarla, a pesar de su importancia.
Paciencia, dijo Ulim. Cuando se produzca el Retorno, se te proclamará como quien lo inició, y se te concederá todo lo que mereces como la más importante entre todos los oyentes.
—Dices que mis antepasados eran unos traidores —susurró Venli—. Pero nos necesitas. Si ellos no se hubieran separado, no nos tendrías para usarnos en tu plan. Deberías agradecer lo que hicieron.
Tuvieron suerte. No significa que no sean traidores.
—Puede que supieran lo que iba a hacer Ba-Ado-Mishram y decidieran armonizar a Sabiduría, no a Traición, con sus actos.
Venli conocía el nombre, por supuesto. Como guardiana de las canciones, sabía los nombres de los nueve Deshechos, que se contaban entre los dioses a los que su pueblo había jurado no seguir nunca más. Pero cuanto más hablaba con Ulim, menos estima guardaba a las canciones. Los antiguos oyentes habían memorizado las cosas que no debían. ¿Cómo podía ser que conservaran los nombres de los Deshechos pero olvidaran algo tan sencillo como el modo de adoptar la forma de trabajo?
En todo caso, ¿qué más da lo que hicieran tus antepasados?, dijo Ulim. Tenemos que preparar a tu gente para las formas de poder y luego hacer que invoquen la tormenta de Odium. Después de eso, las cosas ya rodarán solas.
—Eso podría ser más difícil de lo que crees, spren —replicó Venli a Mofa.
Calló al ver pasar otro grupo de oyentes. La ciudad estaba tan atestada en los últimos tiempos que costaba horrores encontrar un poco de paz para pensar.
Formas de poder, Venli. La capacidad de remodelar el mundo. Una fuerza más allá de la que nunca hayas podido soñar con tener.
Venli metió las manos en los bolsillos de su túnica mientras llegaba al centro de la ciudad. No se había dado cuenta de estar caminando hacia allí, hacia el hogar de su familia. Entró y encontró a su madre deshaciendo una alfombra que había tejido. Jaxlim alzó la mirada hacia Venli y se sobresaltó.
—Solo soy yo —dijo Venli a Paz.
—Ha vuelto a salirme mal —dijo Jaxlim, acurrucada encima de su alfombra—. Me sale mal todas las veces…
Venli intentó armonizar a Indiferencia, un ritmo nuevo, pero no lo encontró. No allí, no con su madre. Así que se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, como había hecho de niña cuando aprendía las canciones.
—¿Madre? —dijo Venli a Alabanza—. Todo el mundo comete errores.
—¿Por qué ya no puede salirme nada bien?
—Madre, ¿puedes recitar la primera canción? —susurró Venli.
Jaxlim siguió deshaciendo la alfombra.
—La conoces —dijo Venli—. «Días que cantamos. Días que conocimos. Días de…»
—«Días de dolor —recitó Jaxlim, al Ritmo de los Recuerdos—. Días de pérdida. Días de gloria.»
Venli asintió mientras Jaxlim continuaba. Aquella canción era más bien una salmodia, la que había recitado su pueblo al abandonar la guerra. Al abandonar a sus dioses. Al marcharse por su cuenta.
Esto duele oírlo, comentó Ulim. Tu pueblo no tenía ni la más remota idea de lo que estaba haciendo.
Venli no le hizo caso y siguió escuchando, sintiendo el Ritmo de los Recuerdos. Sintiendo… que era ella misma. Todo aquello había sido para ayudar a su madre, ¿verdad? ¿Al principio?
«No —reconoció—. Eso es lo que te decías a ti misma. Pero quieres más. Siempre has querido más.»
Sabía que las formas cambiaban la manera de pensar de la gente. Pero ¿ella estaba en una nueva forma, en esos momentos?
Ulim había sido bastante evasivo al explicárselo. Sin duda tenía un spren normal en su gema corazón para proporcionarle la forma de trabajo, pero Ulim estaba allí también apretujado. Y podía hablar con ella, hasta oír lo que estaba pensando.
Tú trajiste la forma de guerra a tu gente sin ayuda de nadie, susurró Ulim. Cuando les concedas más formas, te venerarán. Te adorarán.
Venli quería ese respeto. Lo ansiaba como nada en el mundo. Pero se obligó a escuchar lo que habían hecho sus antepasados, los cuatrocientos que habían abandonado al resto, llevando la forma gris.
Los muy idiotas cayeron en la endogamia, claro, dijo Ulim. No me extraña que…
—Esa gente nos creó a nosotros —susurró ella. Su madre siguió cantando, al parecer sin haberse enterado de la interrupción—. No eran unos idiotas. Eran héroes. Su principal enseñanza, que se conserva en todo lo que hacemos, fue no permitir nunca que nuestros dioses volvieran a gobernarnos. Nunca adoptar formas de poder. Nunca servir a Odium.
Pues no lo sirváis, dijo Ulim. Haced un trato con él. Tenéis algo que él necesita, así que podéis negociar desde una posición de poder. Tus antepasados eran gente de baja estofa; por eso querían marcharse. Si hubieran estado al mando, como lo estará tu pueblo, nunca se les habría pasado por la cabeza.
Venli asintió. Pero en realidad eran otros argumentos los que la convencían más. Era cierto que habría guerra contra los humanos. Podía sentirlo en la forma en que sus soldados miraban las armas que tenía el pueblo de Venli. Habían esclavizado a aquellos parshmenios. Harían lo mismo con la gente de Venli.
¿Cómo procederemos?, preguntó Ulim.
Venli cerró los ojos, escuchando las palabras de su madre. Sus ancestros habían estado desesperados.
—Tendremos que estar igual de desesperados —susurró Venli—. Mi pueblo tendrá que comprender lo mismo que he comprendido yo: que ya no podemos seguir como antes.
Los humanos los destruirán.
—Sí. Ayúdame a demostrarlo.
Soy tu siervo en esto, dijo Ulim a Sumisión. ¿Qué propones?
Venli escuchó. A Jaxlim se le quebró la voz y dejó de cantar. Había vuelto a olvidar la canción. La anciana se volvió y sollozó con suavidad. A Venli se le partió el corazón.
—¿Tienes agentes entre los humanos, Ulim? —susurró Venli.
Los tenemos.
—¿Puedes comunicarte con ellos?
Tengo métodos para hacerlo.
—Que tus agentes influyan en quienes están en el palacio —dijo Venli—. Haced que los alezi nos inviten a visitarlos. El rey habló de eso antes de marcharse, así que ya se lo estaba planteando. Debemos llevar allí a nuestra gente para mostrarles lo poderosos que son los humanos. Debemos abrumar a mi pueblo con nuestra propia insignificancia.
Se levantó y fue a consolar a su madre.
Tenemos que asustarlos, Ulim, pensó Venli. Debemos hacer que canten a los Terrores hasta bien entrada la noche. Solo entonces escucharán nuestras promesas.
Así se hará, respondió él.
