75. EL PASO INTERMEDIO
Hubo un tiempo en el que los demás acudían a mí para que los ayudara a resolver algún problema. Un tiempo en el que yo era una persona decidida. Capaz. Incluso experta.
Hacía un día cristalino en Shadesmar cuando Clarke, escoltada como siempre por dos soldados honorspren, subió al muro de Integridad Duradera. Durante las semanas que llevaba encarcelada en la fortaleza, había descubierto que, aunque no lo pareciera, en Shadesmar se producían cambios meteorológicos. Solo que no eran del mismo tipo que en el Reino Físico.
Cuando llegó a las almenas, vio un tenue centelleo en el aire.
Solo era perceptible si se podía mirar en la lejanía. Una especie de neblina entre violeta y rosada. Cristalino, llamaban a aquello. En días como ese, las plantas de Shadesmar crecían tan deprisa que se notaba a simple vista. Otros tipos de «tiempo» provocaban que los spren se sintieran vigorizados o sombríos, o que algunos tipos de spren más pequeños estuvieran más agitados. Nunca tenía nada que ver con la temperatura o las precipitaciones. Desde lo alto de la pared, Clarke de verdad podía hacerse una idea del tamaño de la fortaleza. Integridad Duradera era gigantesca, con más de cien metros de altura. También estaba hueca y no tenía techo. Era una estructura rectangular apoyada en la cara más pequeña, y sus cuatro muros eran verticales por completo y sin ventanas. Ninguna ciudad humana podría haberse construido jamás de esa manera: hasta Urithiru necesitaba espacios abiertos en la base y ventanas para evitar que la gente enloqueciera. Pero Integridad Duradera no obedecía las leyes de la naturaleza habituales. Se podía andar por el interior de las paredes. De hecho, para llegar allí arriba, Clarke había paseado en vertical por dentro del muro de la fortaleza. Su cuerpo había creído que andaba por el suelo. Sin embargo, al final del recorrido había llegado a las almenas. Subir a ellas había requerido dar un paso adelante más allá de lo que parecía el final del suelo. Al hacerlo, la gravedad había atrapado su pie y había impulsado a Clarke a la parte superior, de forma que estaba de pie en la misma cima de la fortaleza. Tuvo vértigo al mirar hacia abajo por una pared que un momento antes había considerado el suelo. Y alcanzaba a ver el suelo real más de cien metros por debajo. Pensar en eso le dio dolor de cabeza. Así que optó por mirar el paisaje hacia delante. Y la vista… la vista era espectacular. Desde Integridad Duradera se contemplaba un mar de cuentas revueltas, iluminadas por un frío sol que las hacía titilar y chispear, un océano entero de estrellas capturadas. Unas enormes olas recorrían la ensenada y rompían en estrepitosas cascadas de cuentas que caían rodando. Era hipnótico, y más interesante aún por las luces congregadas que se movían no muy lejos. Tukar y sus habitantes, reflejados en el Reino Cognitivo. La otra dirección también tenía sus encantos, aunque fuesen menos espectaculares. La costa rocosa de obsidiana dejaba paso a crecientes bosques de cristal, con vidaspren flotando entre los árboles. Allí los vidaspren eran más grandes, aunque aún lo bastante pequeños para que Clarke no hubiera podido verlos de no ser por el intenso brillo verde que emanaba de ellos. Esas luces eran intermitentes, un comportamiento que parecía exclusivo de aquella región de Shadesmar. Mirándolas, Clarke habría podido jurar que tenían una cierta coordinación en el resplandor. Parpadeaban en oleadas, sincronizadas. Como con una cadencia. Clarke se permitió contemplarlo todo durante un rato. Pero no había ido hasta allí por las vistas. No del todo. Cuando se hubo empapado de la belleza del paisaje, recorrió con la mirada la costa cercana. Su campamento seguía en su sitio, resguardado a un breve paseo de distancia en las tierras altas, más cerca de los árboles. Godeke, Felt y Malli esperaban allí el resultado del juicio de Clarke. Después de persuadirlos un tiempo, los honorspren habían dejado entrar a Godeke y le habían dado un poco de luz tormentosa para que curase la herida de Clarke. Los honorspren habían expulsado de nuevo a Godeke poco después, pero permitían que Clarke se comunicara con su equipo por medio de cartas. Los demás habían intercambiado varias espadas de Clarke, con su permiso, por más comida y agua a una caravana de alcanzadores. Las armas no manifestadas eran muy valiosas en Shadesmar. La Tocón, Zu y los demás soldados de Clarke habían partido para informar a su padre. Aunque al principio Clarke había previsto un final de su encierro rápido y dramático, los honorspren no habían querido juzgarla de inmediato. Clarke debería haber caído en que los puntillosos spren querrían tiempo para prepararse. Aunque algunos aspectos de la espera eran frustrantes, el retraso le convenía. Cuanto más tiempo pasase entre los honorspren, más posibilidades tendría de convencerlos. O esa era la teoría. De momento, los spren de aquella fortaleza parecían más o menos tan sugestionables como rocas. Había otra extrañeza visible desde aquellas alturas. En la costa cercana estaba congregándose un grupo muy poco habitual de spren. Había empezado hacía unas dos semanas con unos pocos individuos dispersos, pero eran más a cada día que pasaba. Llegados a aquel punto, debía de haber unos doscientos. Se quedaban de pie en la costa a todas horas del día, sin moverse, sin hablar.
Ojomuertos.
—Tormentas —dijo Vaiu—, hay muchísimos.
Vaiu era el carcelero principal de Clarke para las excursiones como esa. Era un honorspren de corta estatura con barba completa, cuadrada como la de un fervoroso. Al contrario que muchos otros, a Vaiu le gustaba ir por ahí a pecho descubierto, llevando solo una falda de estilo antiguo que recordaba un poco a una takama alezi. La lanza con aletas que empuñaba completaba su aspecto de Heraldo retratado en algún cuadro antiguo.
—¿Qué ha pasado con los que dejasteis entrar? —preguntó Clarke.
—Los pusimos con los otros —dijo Vaiu—. Todo en ellos parece normal, para ser ojomuertos. Pero ya no tenemos espacio para más. No esperábamos…
Negó con la cabeza. No había luces de almas cerca de aquellos ojomuertos, por lo que no se trataba de una congregación de portadores de esquirlada en el Reino Físico. Los ojomuertos se movían por iniciativa propia, emergiendo de las profundidades para quedarse allí fuera. Silenciosos. Observando.
La fortaleza tenía alojamientos para ojomuertos. Aunque Clarke tenía poco aprecio por aquellos honorspren y su tozudez, debía reconocer que había auténtico honor en su forma de tratar a los spren caídos. Los honorspren se habían dedicado a encontrar y cuidar de tantos como podían. Aunque habían llevado a Maya con los demás ojomuertos, dejaban que Clarke fuese a visitarla cada mañana para hacer sus ejercicios juntos. Aunque Maya no tenía permitido moverse a su antojo por la fortaleza, la trataban bastante bien. Pero ¿qué iban a hacer con tantos? Los honorspren habían hecho entrar al primer grupo, pero, a medida que iban llegando más y más ojomuertos, la fortaleza les había cerrado sus puertas a regañadientes.
—No tiene ningún sentido —dijo Vaiu—. Deberían estar todos vagando por los océanos, no congregándose aquí. ¿Qué provoca este comportamiento?
—¿Alguien ha probado a preguntárselo?
—Los ojomuertos no pueden hablar.
Clarke se inclinó hacia delante. Alrededor de sus manos en el parapeto empezó a crecer una pelusa de cristal rosado, la versión del musgo en Shadesmar, que se extendía por el día cristalino. Estaban a demasiada distancia para que Clarke pudiera distinguir una cara de otra. Pero sí que se daba cuenta cuando alguno de ellos desaparecía convertido en niebla. Aquellos spren eran hojas esquirladas, centenares de ellas, más de las que Clarke había creído que existieran. Cuando sus propietarios las invocaban, sus cuerpos se evaporaban de Shadesmar. ¿Por qué estaban allí? En general los ojomuertos intentaban mantenerse cerca de sus propietarios, deambulando por el océano de cuentas.
—Está produciéndose una Conexión —dijo Vaiu—. Los ojomuertos no pueden pensar, pero siguen siendo spren, ligados a la redespíritu del mismo Roshar. Pueden sentir lo que está sucediendo en este fuerte: que por fin se impartirá justicia.
—Si es que puede llamarse justicia a castigar a un hombre por lo que hicieron sus antepasados —replicó Clarke.
—Tú eres quien sugirió este procedimiento, humana —dijo Vaiu—. Tú aceptaste cargar con sus pecados. Este juicio jamás podría compensar los miles de spren asesinados, pero los ojomuertos sienten lo que está pasando aquí.
Clarke miró a su otra guardia, Alvettaren. Llevaba peto de armadura y casco de acero, ambos creados a partir de su propia sustancia, por supuesto, y el pelo rapado muy corto. Como de costumbre, miraba hacia delante con los labios cerrados. Rara vez tenía algo que aportar a las conversaciones.
—Es la hora de la formación legal de hoy —dijo Vaiu—. Tienes poco tiempo antes de que regrese el juez supremo y empiece tu juicio. Será mejor que lo dediques a estudiar y no a mirar a los ojomuertos. Vámonos.
Velo empezaba a odiar de verdad aquella fortaleza. Integridad Duradera estaba construida como un tormentoso monolito, un estúpido ladrillo de edificio sin ninguna ventana. Era imposible sentirse otra cosa que atrapada dentro de aquellas paredes. Pero eso no era lo peor de todo. Lo peor era que los honorspren no tenían ni el menor respeto por las leyes de la naturaleza. Velo abrió la puerta del pequeño edificio que compartía con Clarke y miró lo que parecía una calle normal y corriente. Delante de la puerta había un pavimento de piedra que pasaba ante varios otros pequeños edificios antes de terminar contra una pared. Sin embargo, en el momento en que pisó la calle, su cerebro empezó a entrar en pánico. Había otra superficie lisa de piedra suspendida en el aire encima de ella, en lugar del cielo. Estaba atestada de sus propios edificios y llena de gente, sobre todo honorspren, caminando por sus calles. A su izquierda y a su derecha había otras dos superficies bastante similares. El verdadero cielo se veía detrás de ella. Velo estaba recorriendo la superficie interior de una pared de aquella inmensa fortaleza.
Saberlo le estrujaba la mente y la hacía temblar.
Lexa, pensó Velo, deberías estar dirigiendo tú. A ti te gustaría el aspecto de este sitio.
Lexa no respondió. Estaba acurrucada muy al fondo y se negaba a emerger. Desde el descubrimiento de que Patrón había estado mintiéndoles, probablemente desde hacía años, Lexa se había aislado cada vez más. Velo había podido persuadirla para que saliera de vez en cuando, pero las últimas veces había emergido con ella algo… peligroso. Algo a lo que llamaban Sinforma.
Velo no estaba segura de que fuese una personalidad nueva. Pero si no lo era, ¿estarían en una situación incluso peor?
Velo permitió que Radiante se pusiera al mando. A Radiante no la perturbaba tanto la extraña geometría y emprendió el camino sin sentir vértigo, aunque hasta ella tenía problemas a veces. Las peores partes eran las extrañas zonas intermedias en las esquinas entre los distintos planos, cuando había que pasar de una pared a otra. Los honorspren lo hacían sin ningún problema, pero el estómago de Radiante daba saltos mortales en cada ocasión.
Lexa, pensó Radiante, tendrías que bosquejar este sitio. Deberíamos llevarnos dibujos de aquí cuando nos vayamos.
Nada.
A los honorspren les gustaba medir el tiempo con exactitud, así que las campanas dijeron a Radiante que llegaba a tiempo mientras giraba para subir por la pared hacia el cielo, cruzándose con varios grupos de spren que se dedicaban a sus asuntos. Aquella pared de la fortaleza, el plano sur, era el más embellecido, con jardines de cien variedades distintas de plantas cristalinas. Allí las fuentes fluían de algún modo con la única agua al aire libre que Radiante había visto en Shadesmar. Pasó junto a una fuente que soltaba poderosos chorros, y cuando alguno de ellos superaba los cuatro metros y medio de altura más o menos, el agua se separaba en la punta y caía hacia el verdadero suelo en vez de regresar al plano de la pared. Tormentas, aquel lugar no tenía ningún sentido. Radiante se apartó de la fuente e intentó concentrarse en las personas con las que se cruzaba. No había esperado encontrar allí a nadie aparte de los honorspren, teniendo en cuenta lo estricta que era la fortaleza, pero al parecer la actitud xenófoba se había instituido hacía solo un año. Cualquier otra gente que hubiera estado viviendo en la fortaleza por aquel entonces tenía permitido quedarse, aunque se les prohibiría la reentrada si se marchaban. Eso significaba que las delegaciones diplomáticas de otras naciones spren, además de algunos comerciantes y vagabundos aleatorios, habían quedado eximidas del aislamiento de los honorspren. Y lo más importante, que allí vivían diecisiete humanos. Sin la guía de Lexa y dado que los honorspren estaban tomándose su tiempo para preparar el juicio, Radiante y Velo habían llegado a un acuerdo. Buscarían a Restares, la persona que Dante las había enviado a localizar. No emprenderían ninguna acción contra él a menos que pudieran hacer que Lexa decidiera, pero Radiante no ponía ningún reparo a encontrarlo. Ese hombre, el misterioso líder de los Hijos de Honor, era una clave de todo aquel rompecabezas, y además tenía mucha curiosidad por saber el motivo de que Dante estuviera tan interesado en él. Restares era, según Dante, un varón humano. Radiante llevaba su descripción apuntada en el bolsillo, pero a ningún honorspren al que Velo hubiera preguntado le sonaba el nombre. Y por desgracia, la descripción era bastante poco precisa. Un humano bajito cuyo pelo iba clareando. Dante decía que Restares era un tipo muy reservado y que lo más probable era que usara seudónimo y quizá un disfraz. Se suponía que era una persona paranoica, lo cual tenía todo el sentido del mundo para Radiante. Restares lideraba un grupo que había favorecido el regreso de cantores y Fusionados. La llegada de la tormenta eterna había provocado la caída de un buen número de reinos, las muertes de miles de personas y la esclavitud de millones. Los Hijos de Honor eran más que censurables por buscar todo eso. No estaba nada claro que sus esfuerzos hubieran influido en el Retorno, pero Radiante comprendía que quisieran esconderse de todos modos. Al llegar a la fortaleza, había pedido que le presentaran a los demás humanos que residían allí. Los honorspren habían respondido entregándole la lista completa de todos los humanos presentes en Integridad Duradera. Al no tener muchos lugares donde buscar, había imaginado que sería una tarea fácil. Y en efecto, al principio lo había sido. Radiante y Velo habían empezado por el grupo más numeroso, una caravana de comerciantes procedentes de un reino llamado Nalthis, situado en la oscuridad más allá de los límites del mapa. Velo había estado charlando con ellos largo y tendido y había descubierto que Celeste —que ya se había marchado de la fortaleza— también era oriunda de allí. A Radiante le costaba conceptualizar que existieran reinos más allá del continente. ¿Viviría el pueblo de Celeste en las islas del océano?
No, pensó Velo. Estamos evitando la verdad, Radiante. Esto significa otra cosa. Es lo que nos dijo Dante. Esa gente viene de otra tierra. De otro mundo.
A Radiante le daba vueltas la cabeza con solo pensarlo. Respiró hondo y aflojó el paso cerca de la pequeña arboleda en torno a la que habían construido el parque en el que estaba, compuesta por árboles reales del Reino Físico que mantenían vivos con luz tormentosa en vez de solar. Eran tan altos que cuando caían hojas de la copa, descendían hacia el suelo real a través del centro de la fortaleza.
Lexa, pensó Radiante. Podrías venir a hablar con personas de otros mundos. Esto nos supera a Velo y a mí.
Lexa se removió, pero, al hacerlo, la oscuridad despertó con ella. Se apresuró a retraerse.
Concentrémonos en la misión de hoy, Radiante, dijo Velo.
Radiante aceptó y obligó a Velo a emerger. Velo podía soportar la extraña geografía; tenía que hacerlo. Bajó la cabeza y siguió adelante. Ningún viajero de Nalthis se parecía a la descripción de Restares ni parecía probable que fuese él disfrazado. Los siguientes de su lista habían sido comecuernos. Por lo visto, había un clan de ellos viviendo en Shadesmar. Velo dudaba mucho que ninguno de ellos fuese Restares, pero había hablado con todos por si acaso. Hecho eso, a Velo le habían quedado cinco personas. Cuatro resultaron ser vagabundos. Ninguno había estado muy dispuesto a hablar de su pasado, pero había ido conociéndolos a todos uno por uno a lo largo de las semanas. Después de conversar con cada uno de ellos, había ido informando a Dante, que los había eliminado a todos como posibilidades. Con lo que le quedaba un solo nombre en la lista. Esa persona era la más aislada de todas, pero era varón y las descripciones de él que habían hecho los honorspren indicaban que probablemente fuera su presa. Ese día por fin conseguiría echarle un vistazo. Una vez localizara al sujeto, podría llamar a Dante, averiguar qué mensaje debía entregar a Restares y olvidarse por fin de aquella misión. El objetivo se hacía llamar «Dieciséis». Al parecer, salía de su casa solo cada dieciséis días exactos, y esa regularidad divertía a los honorspren, que soportaban a aquel tipo raro por la novedad que suponía. Nadie sabía cómo podía sobrevivir sin comida, y no habían comentado a Velo que oliera muy mal ni nada por el estilo, aunque no parecía bañarse ni vaciar orinales nunca. Cuanto más averiguaba Velo sobre él, más convencida estaba de que aquel hombre misterioso era su objetivo. Su casa era una pequeña caja construida cerca del jardín de las estatuas. Velo había cogido por costumbre visitar aquel jardín, donde intentaba convencer a Lexa de que saliera a dibujar. Funcionaba a veces, aunque Lexa solía retirarse al cabo de una media hora bosquejando. Ese día Velo se acurrucó en un banco con el cuaderno de bocetos, envuelta en su abrigo, con los ojos oscurecidos por el sombrero. Era el día en que Dieciséis saldría de casa, suponiendo que se ciñera a su costumbre. Lo único que tenía que hacer era esperar y no resultar sospechosa.
Lexa, dijo Velo, abriendo el cuaderno. ¿Lo ves? Es hora de dibujar.
Lexa empezó a emerger. Por desgracia, un tenue zumbido la aterrorizó y Velo recobró el control de sopetón. Suspiró y, mirando hacia el lado, vio que Patrón se acercaba caminando entre las estatuas, que según habían dicho a Velo eran de honorspren asesinados durante la Traición. Hombres y mujeres de alta y heroica complexión con ropa que, aunque estaba hecha de piedra, parecía ondear al viento. Era curioso que las hubieran esculpido porque, al fin y al cabo, los individuos representados seguían por allí, aunque fuesen ojomuertos. Patrón llegó bamboleándose hasta ella. Era fácil distinguirlo de otros crípticos porque tenía unos andares briosos, mientras los demás caminaban sigilosos o disimulados, más furtivos.
—Creía que hoy tenías que vigilar a los nalthianos —dijo Velo.
—¡Y eso hacía! —exclamó él, dejándose caer en el banco a su lado—. Pero Velo, no creo que ninguno sea Restares. No se parecen a él en nada. Ni siquiera se parecen a la gente de Roshar. ¿Por qué crees que Celeste tenía tanto aspecto de alezi, cuando los rasgos de estos son tan distintos?
—No sé —respondió Velo mientras fingía bosquejar—. Pero ese tal Restares podría estar usando algo parecido al tejido de luz. Necesito que los vigiles con atención.
—Lo siento —dijo Patrón, y su patrón se ralentizó como una planta marchitándose—. Echo de menos estar contigo.
Lo que pasa es que te preocupa perderte algo importante, traidor, pensó Lexa. Y quieres una excusa para seguir espiándome.
Velo suspiró de nuevo. Extendió el brazo y puso la mano sobre la de Patrón, que zumbó con suavidad.
Tenemos que encararnos con él, pensó Radiante. Necesitamos saber por qué está mintiendo.
Velo no estaba tan segura. Todo aquello estaba embrollándose mucho. Patrón, el pasado de Lexa, la misión que estaban realizando. Necesitaba que Lexa recordara. Eso resolvería muchas cosas.
Un momento, pensó Radiante. Velo, ¿qué sabes? ¿Qué recuerdas tú que yo no puedo?
—¿Velo? —dijo Patrón—. ¿Puedo hablar con Lexa?
—No puedo obligarla a emerger, Patrón —dijo Velo. Vientos tormentosos, qué cansada se notaba de repente—. Probaremos luego, si quieres. De momento, Dieciséis va a salir de esa casa en unos minutos. Tengo que estar preparada para interceptarlo de manera que pueda verle la cara pero él no sospeche de mí.
Patrón zumbó.
—¿Recuerdas cuando nos conocimos en el barco? —preguntó en voz baja—. ¿Con Anya? Mmm… Saltaste al agua. Se quedó conmocionada.
—No hay nada que conmocione a Anya.
—Eso lo hizo. Apenas me acuerdo; era muy nuevo en tu reino.
—Pero esa no fue la primera vez que nos conocimos —dijo Radiante, irguiendo la espalda en el asiento—. Lexa ya había pronunciado juramentos antes, al fin y al cabo. Tenía una hoja esquirlada.
—Sí.
De haber sido humano, la inmovilidad en la postura de Patrón se habría descrito como antinatural. Manos entrelazadas, sentado muy recto. Su patrón se movía, expandiéndose, contrayéndose, rotando sobre sí mimo. Como una explosión.
—Creo —añadió al cabo de un tiempo— que hemos estado haciendo esto mal, Radiante. Una vez intenté ayudar a Lexa a recordar, y eso fue doloroso para ella. Demasiado doloroso. Así que empecé a pensar que era bueno que no recordara. Y la verdad es que las mentiras eran deliciosas. No hay nada mejor que una mentira con tanta verdad.
—Las lagunas de su pasado —dijo Radiante—. Lexa no quiere recordarlas.
—No puede. Por lo menos, aún no.
—Cuando Lexa te invocó como hoja esquirlada y mató a su madre, ¿te sorprendiste? —preguntó Radiante—. ¿Sabías que iba a hacer algo tan drástico?
—Yo… no me acuerdo —dijo Patrón.
—¿Cómo puedes no acordarte? —insistió Radiante.
Él se quedó callado. Radiante frunció el ceño, recordando las mentiras en las que lo había descubierto a lo largo de las últimas semanas.
—¿Por qué quisiste vincularte con un humano, Patrón? —se descubrió preguntando Radiante—. Antes parecías muy convencido de que Lexa te mataría. Y aun así, te vinculaste con ella. ¿Por qué?
Esa línea de preguntas es peligrosa, Radiante, le advirtió Velo. Ten cuidado.
—Mmm… —dijo Patrón, y zumbó para sus adentros—. Por qué. Un porqué tiene muchas respuestas. Tú quieres la más verídica, pero cualquier verdad como esa es también una mentira, al fingir ser la única respuesta.
Ladeó la cabeza hacia la derecha y miró hacia el cielo, aunque, que Radiante supiera, Patrón no «veía» hacia delante porque no tenía ojos. Parecía sentirlo todo a su alrededor. Ella miró en la misma dirección. En el cielo titilaban colores. Hacía un día cristalino.
—Los demás y tú os referís a Shadesmar como el mundo de los spren —dijo Patrón—, y al Reino Físico como vuestro mundo. O como el mundo real. Eso no es cierto. No somos dos mundos, sino uno. Y no somos dos pueblos, sino uno. Humanos. Spren. Dos mitades. Ninguna completa.
»Yo quería estar en el otro reino. Ver esa parte de nuestro mundo. Y sabía que se acercaba el peligro. Todos los spren podíamos sentirlo. El Juramento ya no estaba funcionando bien. Los vacíospren estaban colándose en Roshar, usando algún tipo de puerta trasera. Dos mitades no pueden combatir a ese enemigo. Teníamos que estar enteros.
—¿Y si Lexa te mataba?
—Mmm. Estaba segura de que lo harías. Pero los crípticos decidimos juntos que debíamos intentarlo. Y yo me presenté voluntario. Pensé que, aunque muriera, daría el paso que necesitaban los otros spren. No se puede llegar a una demostración sin dar muchos pasos intermedios, Lexa. Yo iba a ser el paso intermedio. —Se volvió hacia ella—. Ya no creo que vayas a matarme. O quizá ya no deseo creer que vayas a matarme. Ja, ja.
Radiante quería creerlo. Quería saber.
Esto nos traerá dolor, advirtió Velo.
—¿Puedo confiar en ti, Patrón? —preguntó Radiante.
—La respuesta será una mentira —dijo él—. No puedo ver el futuro como nuestro amigo Aden. Ja, ja.
—Patrón, ¿nos has mentido?
Su patrón se marchitó.
—Sí.
Radiante respiró hondo.
—¿Y nos has estado espiando? ¿Has estado usando en secreto el cubo que nos dio Dante?
—Lo siento, Radiante —dijo él con suavidad—. No se me ocurría otra manera.
—Por favor, responde a las preguntas.
—Lo he hecho —dijo él, y su patrón se volvió incluso más pequeño.
Ahí lo tenemos, pensó Radiante. ¿Tan difícil era? Tendríamos que habérselo preguntado desde el principio, Velo.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que, muy al fondo, Lexa estaba agitada. Retorciéndose sobre sí misma, temblando, colérica, alternando entre el terror y la ira.
Eso… no parecía bueno.
El patrón de Patrón se arremolinó pequeño y apretado.
—Intento ser digno de confianza. Eso no es mentira. Pero he traído a una persona para que Lexa la conozca. Creo que es importante.
Se levantó con un movimiento fluido e inhumano y señaló detrás de él con una mano de largos dedos. Radiante frunció el ceño y miró hacia atrás. Las hojas de los árboles más arriba en el plano flotaban perezosas por el hueco central. Había un tenue centelleo en el aire y un pequeño árbol de cristal empezó a crecer en miniatura sobre el banco, al lado de su mano. De pie cerca de una estatua, detrás de ellos, había una figura oscura vestida con una túnica rígida. Era como la de Patrón pero más polvorienta. Y su cabeza estaba atrapada en la sombra.
Retorcida e inadecuada.
Condenación, pensó Velo.
Lexa emergió. Aferró a Radiante, la arrojó a algún lugar oscuro y pequeño y cerró de un portazo.
Lexa…, pensó Velo, y su voz se arrugó. Debería mantenerse aislada. En el pasado no habían hablado entre ellas de ese modo. Se habían limitado a turnarse para ostentar el control, según fuese
necesario.
Lexa estaba al mando. Las otras dos se convirtieron en susurros.
—No —dijo a Patrón—. No vamos a hacer esto.
—Pero… —empezó él.
—NO —dijo Lexa—. No quiero nada de ti, Patrón. Eres un traidor y un mentiroso. Has traicionado mi confianza.
Patrón se marchitó y se dejó caer en el banco. Lexa vio movimiento con el rabillo del ojo y se volvió, con el corazón atronando en los oídos. El pequeño edificio que había ido a vigilar, el hogar de Dieciséis, se había abierto y una figura furtiva había salido de él. Encorvada, con la cara oculta en la capucha de una capa, la figura se apresuró a cruzar el parque de las estatuas.
Excelente. Había llegado el momento de cumplir la misión de Dante.
Lexa…, susurró Velo.
No hizo caso a la voz y se sentó de nuevo en el banco, disimulando y abriendo su cuaderno. El plan de Velo había consistido en vagar distraída por el parque de las estatuas, pasando páginas de su cuaderno, y entonces tropezar con Dieciséis y con un poco de suerte alcanzar a verle bien la cara. Por desgracia, Lexa no se había puesto en posición de hacer eso. La habían distraído Patrón y sus mentiras. Se levantó y paseó hacia las estatuas, tratando de no parecer amenazadora. Tenía que confirmar del todo que Dieciséis era su objetivo. Y entonces…
Entonces, ¿qué?
Matarlo.
¿Qué estás haciendo?, pensó Velo.
Qué incordio era aquella voz lejana. ¿No podía acallarla por completo?
Tú eres la que quería seguir adelante con el plan de Dante, pensó Lexa. Bueno, pues estoy de acuerdo. Así que dos de nosotras hemos decidido.
Yo quería reunir información, pensó Velo. Quería utilizarla contra él. ¿Por qué te has puesto tan agresiva de repente?
Porque esa era la persona exacta que era Lexa. La que siempre había sido. Se acercó con disimulo a las estatuas. Radiante, por supuesto, estaba chillando y despotricando contra ella… pero había perdido la votación.
Lexa había mirado y aprendido durante los últimos meses, y sabía algunas cosas gracias a Velo. Sabía cómo meterse en el punto ciego de Dieciséis y luego detenerse y fingir que bosquejaba una estatua para no llamarle la atención cuando el hombre miró a su alrededor. Sabía cómo deslizarse hacia delante cuando le dio la espalda de nuevo. Sabía pisar con cuidado, apoyando primero el talón del pie y rodando hacia los dedos. Sabía que debía caminar con los lados de los pies en la medida de lo posible, para que el calzado no golpeara contra el suelo. Se situó justo detrás de Dieciséis mientras el hombre se agachaba, trasteando con unos papelitos. Lo agarró por el hombro y le dio la vuelta. La capucha cayó, revelando su rostro. Era shin. No había forma de confundir aquella piel pálida, casi enfermiza, y aquellos ojos infantiles. Restares era un alezi bajito con el pelo ralo. El hombre que tenía delante era bajito, sí, pero calvo del todo, y no era alezi. Así que, a menos que Dante se equivocara y Restares fuese Tejedor de Luz, no era su objetivo. El hombre le gritó algo en un idioma que no identificó. Lexa lo soltó y el hombre salió huyendo hacia su casa. Con el corazón aporreando en el pecho, Lexa sacó la mano de su cartera. Ni siquiera se había dado cuenta de haberla metido, buscando un arma.
No la necesitaba. Aquel no era su hombre.
Patrón se acercó caminando, con parte de su característica energía recuperada. No había ni rastro de la otra spren a la que había querido que Lexa conociera.
—¡Bueno! —exclamó—. Eso ha sido emocionante. Pero no era él, ¿verdad?
—No —dijo Lexa—, no lo era.
—Lexa, necesito explicártelo. Lo que he estado haciendo.
—No —respondió Lexa, ocultando su dolor—. Está hecho. Mejor miremos hacia delante.
—Mmm… —dijo Patrón—. Yo… ¿Qué te ha pasado? Ha cambiado algo. ¿Eres… Velo?
—No —dijo Lexa—. Soy yo. Y por fin he tomado una decisión difícil que llevaba mucho tiempo retrasando. Vamos, tenemos que informar a Dante. Su información era errónea. Restares no está en esta fortaleza.
