76. ARMONÍA
Tales habilidades, al igual que mi propio honor, se han perdido en el tiempo. Avejentadas, aplastadas hasta dejar solo polvo y dispersas por los confines del Cosmere. Soy un árbol pelado como ser humano. Soy el hueco donde una vez estuvo un poderoso pico.
El Hermano se negaba a hablar con Echo.
Echo bajó la mano y contempló la veta de granate en la pared. Qué secreto tan maravilloso. Oculto a simple vista, cerca de ella todo aquel tiempo. Tan común que la mirada pasaba sin posarse y, si reparaba en él, era solo por un instante. Un simple patrón más en los estratos.
El alma de Urithiru había estado observándola desde el principio.
Quizá si Echo la hubiera descubierto antes, podrían haber llegado a un resultado distinto.
Volvió a poner la mano en la veta.
—Lo siento —susurró—. Por favor, necesito que sepas que lo siento. De verdad.
Por un instante fugaz, pensó que el Hermano respondería en esa ocasión. Echo sintió algo, tenue como el movimiento de una sombra al fondo del océano. Pero no llegaron palabras.
Con un suspiro, Echo dejó la veta de cristal y fue doblando esquinas entre los estantes de la pequeña biblioteca hasta llegar a su mesa junto a la puerta. Ese día, además del guardia, estaba la hija de Rabeniel con su coleta y sus ojos deshabitados sentada en el suelo junto a la puerta. Echo se acomodó en su asiento, procurando no hacer caso a la Fusionada demente. Tenía el escritorio lleno de notas y experimentos a medio hacer. No tenía ni el menor interés en continuar con ellos. Todo lo que había intentado hasta entonces había sido una farsa. Escribió sus instrucciones diarias para los eruditos. Los tenía haciendo pruebas a fabriales de vacíospren, que Rabeniel les había llevado antes de que todo se torciera. Entregó el papel a una mensajera y se quedó allí sentada con la mirada perdida. Al cabo de un tiempo llegó Rabeniel en persona, vestida con una havah alezi que le sentaba sorprendentemente bien. Sin duda la había hecho una buena costurera, a medida para el cuerpo más alto y de hombros más anchos que tenía la Fusionada. Habría cabido pensar que tendría una figura muy poco femenina, sobre todo con el escaso pecho que era tan habitual entre las mujérenes cantoras. Pero en cambio, el excelente corte del vestido y la confianza de su paso hacían que Rabeniel lo llevara como si hubiera estado diseñado desde siempre para acentuar su altura, su poder y su pose. Había hecho propia aquella moda. Clarke lo habría aprobado. Por lo menos ella estaba a salvo. Clarke, Aden, Anya, Bellamy y el pequeño Gav. Su familia entera estaba a salvo de la invasión y del desastre que había provocado Echo. Era una pequeña bendición que podía agradecer al Todopoderoso que le hubiera concedido. Rabeniel había llevado un taburete, bajo, para que al sentarse en él sus ojos estuvieran al nivel de los de Echo. La Fusionada dejó una cesta en el suelo y sacó de ella una botella de vino de color bermellón. Una variedad shin, más dulce que los vinos alezi tradicionales, conocida como amosztha: un vino shin hecho de uvas.
—Tus diarios indican que te gusta esta variedad —dijo Rabeniel.
—¿Habéis leído mis diarios? —preguntó Echo.
—Por supuesto —respondió Rabeniel mientras colocaba dos copas en la mesa—. Tú habrías tenido la sabiduría de hacer lo mismo, en mi lugar.
Descorchó la botella y sirvió media copa a Echo.
Echo no bebió. Rabeniel no la obligó; estudió la botella con ojo de experta y luego dio un sorbito.
—Ah, sí —dijo—. Este sí que es un sabor infundido con recuerdos. Uva. Tus antepasados nunca pudieron cultivarla fuera de Shinovar. Demasiado frío, me parece. O quizá fuese la ausencia de tierra fértil. Esa explicación no acaba de convencerme, porque la vid parece bastante similar a muchas de nuestras plantas nativas.
»Yo no estaba allí cuando tu especie llegó a nuestro mundo. Pero mi abuela siempre mencionaba el humo. Al principio pensó que teníais unas pautas de piel extrañas, pero era porque muchos rostros humanos estaban quemados o sucios de hollín por la destrucción del mundo que habían dejado atrás.
»Hablaba de como gemía y gritaba vuestro ganado por las quemaduras. El resultado de que los humanos potenciaran sin juramentos, sin límites. Por supuesto, eso fue antes de que ninguno de nosotros comprendiera las Potencias. Antes de que los spren nos abandonaran por vosotros, antes de que empezara la guerra.
Echo notó que se le erizaban los pelillos de la nuca al escuchar. Tormentas. Aquella criatura… había vivido en los días de las sombras, el tiempo anterior a la historia. No disponían de ninguna fuente primaria de aquellos días. Y sin embargo, tenía una sentada justo delante, bebiendo vino de la reserva secreta de Echo, meditando en voz alta sobre el origen de la humanidad.
—Cuánto tiempo hace —dijo Rabeniel, con una cadencia suave, casi indistinguible, en sus palabras—. Muchísimo, muchísimo tiempo. ¿Cuánto ha pasado? ¿Siete mil años? No creo que alcances a comprender lo cansada que estoy de esta guerra, Echo. Lo cansados que estamos todos. Vuestros Heraldos también.
—Pues acabémosla —dijo Echo—. Declarad la paz. Retiraos de la torre y yo convenceré a Bellamy para que establezca conversaciones.
Rabeniel hizo girar su copa de vino, como para intentar ver el líquido desde distintos ángulos.
—¿Crees que no se ha intentado hablar nunca? Nacimos para luchar entre nosotros, Echo. Somos opuestos. O al menos, eso creía. Pensaba que si podíamos obligar a la luz tormentosa y la luz del vacío a mezclarse, entonces… ¡puf!, se aniquilarían entre ellas. Igual que estamos haciendo nosotros en esta guerra sin fin…
—¿De eso trata todo esto? —preguntó Echo—. ¿Por qué tenéis tanto interés en que combine las luces?
—Necesito saber si tienes razón —dijo Rabeniel—. De ser así, muchos de mis planes se vendrían abajo. Me pregunto… si será que a veces ya no puedo ver con claridad. Si estoy dando por sentado que lo que quiero que sea verdad es la verdad. Cuando vives el tiempo suficiente, Echo, te olvidas de ir con cuidado. Te olvidas de cuestionar. —Señaló con la cabeza el escritorio de Echo—. ¿Hoy no ha habido suerte?
—No ha habido interés —respondió Echo—. Creo que ha llegado el momento de aceptar vuestra primera oferta y dedicarme a transportar agua.
—¿Por qué desperdiciarte así a ti misma? —preguntó Rabeniel, y su ritmo ganó intensidad—. Echo, todavía puedes derrotarme. Si los humanos no pudierais ser más astutos que los Fusionados, habríais caído en alguno de los primeros Retornos. Las primeras Desolaciones, como lo llamáis vosotros.
»Pero siempre nos habéis hecho retroceder. Luchabais con piedras y nos derrotabais. Los míos fingimos que sabemos mucho, pero durante muchos Retornos nos costaba trabajo ponernos al día con los tuyos. Ese es nuestro terrible secreto. Oímos los ritmos, comprendemos Roshar y a los spren. Pero los ritmos no cambian. Los spren no cambian.
»Si tú y yo descubrimos este otro secreto juntas, tú serás capaz de usarlo mejor que yo. Ya lo verás. Como mínimo, demuestra que me equivoco. Muéstrame que nuestras dos luces pueden fundirse y mezclarse tal y como teorizas.
Echo se lo planteó, aunque, tormentas, sabía que no debería hacerlo. Aquello era otro truco, otro catalizador añadido al sistema para favorecer la reacción. Y sin embargo, Echo no podía mentirse a sí misma. Lo cierto era que quería saberlo. Como siempre, las preguntas la tentaban. Las preguntas eran desorden aguardando una organización. Cuanto más se sabía, más alineado quedaba el mundo. Más sentido tenía el caos, como deberían tenerlo todas las cosas.
—He topado con un problema —dijo Echo, dando por fin un sorbo de su copa—. Puedo hacer que las dos luces se crucen, y puedo hacer que se acumulen en torno a la misma gema, arremolinadas como el humo atrapado en una corriente de aire. Pero no se mezclan.
—Opuestos —dijo Rabeniel, inclinándose para mirar los diagramas y las notas que había tomado Echo de cada intento fallido.
—No, meras sustancias inertes —replicó Echo—. La inmensa mayoría de los elementos no producen ninguna reacción al combinarse. Habría considerado inmiscibles esas dos sustancias hace mucho tiempo si no hubiera visto la luz de torre.
—Es lo que me dio a mí la idea original —dijo Rabeniel—. Decidí que, si existía un híbrido entre la luz de Honor y la de Cultivación, debía de haber un motivo por el que nadie hubiera mezclado la luz de Odium con ninguna de ellas.
—Las preguntas son el alma de la ciencia —dijo Echo, y bebió un poco más de vino—. Pero las suposiciones hay que demostrarlas, antigua. Mis investigaciones me llevan a pensar que estas dos luces no son opuestas, pero todavía no lo he demostrado.
—¿Y para demostrarlo?
—Necesitamos un emulsionante —respondió Echo—. Algo que haga que se mezclen. Por desgracia, no logro concebir qué podría ser ese emulsionante, aunque podría estar relacionado con el sonido. No supe hasta hace poco que la luz tormentosa responde a los tonos.
—Sí —dijo Rabeniel, cogiendo una esfera de la mesa—. Los sonidos de Roshar.
—¿Vos podéis oír la luz? —preguntó Echo.
Rabeniel canturreó su respuesta y entonces se le ocurrió asentir. Levantó un diamante, cristalino y puro, lleno de luz tormentosa de la alta tormenta del día anterior.
—Tienes que concentrarte y saber lo que buscas, para oírla en una esfera. Es un tono puro, extremadamente tenue.
Echo golpeó el diapasón correspondiente y dejó que el tono resonara en la sala. Rabeniel asintió.
—Sí, es ese. Sin la menor diferencia. Excepto…
Echo se enderezó.
—¿Excepto?
—El tono de la esfera tiene un ritmo —explicó Rabeniel, sosteniendo el diamante con los ojos cerrados—. Cada luz tiene su ritmo. El de Honor es señorial. El de Cultivación es escueto y marcado, pero va ganando cuerpo.
—¿Y el de Odium?
—Caos —dijo la Fusionada—, pero con una cierta lógica extraña. Cuanto más lo escuchas, más sentido tiene.
Echo se reclinó y dio un sorbo de vino, deseando tener acceso a Rushu y los demás eruditos. Rabeniel le había prohibido utilizar los conocimientos de los demás para aquello, restringiendo el problema solo a Echo. A Echo, que no era erudita.
¿Qué haría Anya en aquella situación? Bueno, aparte de buscar la forma de matar a Rabeniel.
Echo tenía la impresión de que las respuestas estaban justo delante de ella. Era un caso que solía darse a menudo en la ciencia. Los antiguos humanos habían luchado con armas de piedra, pero el secreto de la metalurgia había estado a su alcance y…
—¿La luz de torre tiene un tono? —preguntó Echo.
—Dos tonos —dijo Rabeniel, abriendo los ojos y dejando la esfera de luz tormentosa—. Pero no son solo los tonos de Cultivación y Honor. Son… distintos, cambiados para estar en armonía uno con el otro.
—Qué curioso. ¿Y tiene un ritmo?
—Sí —respondió Rabeniel—. Los dos tonos lo adoptan, armonizando al interpretar ese mismo ritmo. Una sinfonía que combina el control de Honor y la siempre creciente majestuosidad de Cultivación.
Todas sus esferas de luz de torre se habían agotado ya, y Rabeniel no tenía forma de restaurarlas, así que no había nada que pudieran comprobar.
—Las plantas pueden usar la luz tormentosa para crecer —dijo Echo—, si se interpreta el ritmo adecuado en su presencia.
—Un viejo truco agrícola —convino Rabeniel—. Funciona mejor con luz de vida, si puedes conseguirla.
—Pero ¿por qué? —preguntó Echo—. ¿Por qué responde la luz a los tonos? ¿Por qué existe un ritmo que hace crecer las plantas?
Echo buscó entre su material y empezó a preparar un experimento.
—Me he hecho esa misma pregunta muchas veces —dijo Rabeniel—. Pero parece lo mismo que preguntarse por qué la gravedad tira de nosotras. ¿Acaso no debemos aceptar algunos fundamentos de la ciencia como puntos de partida? ¿No debemos reconocer que algunas cosas de este mundo funcionan así sin más?
—No, no debemos hacerlo —respondió Echo—. Incluso la gravedad tiene un mecanismo que la impulsa. Hay demostraciones de por qué son correctos incluso los problemas de adición más básicos. Todo tiene una explicación.
—He oído que las luces responden al sonido porque les recuerda a la voz de las Esquirlas ordenándoles obedecer.
Echo golpeó los diapasones, los puso en contacto con sus respectivas gemas y colocó esas gemas en su sitio. Un fino hilo de luz tormentosa salió de una gema, un fino flujo de luz del vacío de la otra. Se encontraron en el centro, arremolinadas en torno a una gema vacía. Ninguna de las dos luces entró en ella.
—Luz del vacío y luz tormentosa —dijo Echo—. Las voces de dioses.
O quizá algo más antiguo que eso. La razón de que los seres llamados dioses hablaran como lo hacían.
Rabeniel se acercó más, hombro con hombro junto a Echo para observar juntas los chorros de luz.
—Habéis dicho que la luz tormentosa y la luz de vida crean un ritmo juntas al mezclarse —afirmó Echo—. Teniéndolo en cuenta, si pudierais imaginar un ritmo que mezclara la luz tormentosa con la del vacío, ¿cómo sería?
—¿Esas dos? —preguntó Rabeniel—. No funcionaría, Echo. Son opuestas. Una ordenada, organizada. La otra… —Calló un momento y entornó los ojos. Susurró—: La otra caótica, pero con una cierta lógica. Una lógica comprensible. ¿Podríamos ponerlo en contraste? El caos siempre parece más poderoso cuando se muestra con un fondo organizado… —Al final arrugó los labios—. No. No puedo imaginarlo.
Echo dio unos golpecitos en el borde de su copa, inspeccionando el experimento fallido.
—Si pudieras oír los ritmos, lo entenderías —dijo Rabeniel—. Pero es algo que está más allá de los humanos.
—Cantadme uno —pidió Echo—. Cantadme el tono y el ritmo de Honor.
Rabeniel empezó cantando una nota pura y clara, el tono de la luz tormentosa, el mismo que emitía el diapasón. Entonces hizo que el tono oscilara, vibrara, latiera con un ritmo majestuoso. Echo tarareó a la vez, igualando el tono, intentando fijarlo en su mente. Era evidente que Rabeniel estaba enfatizando el ritmo, haciéndolo más fácil de identificar para Echo.
—Ahora cambiad al ritmo de Odium —dijo Echo.
Rabeniel lo hizo, cantando una nota discordante con un ritmo violento, caótico. Echo intentó superponerle el tono de Honor. Había entrenado la voz, como todas las mujeres ojos claros de su dahn, pero no era una materia que hubiera estudiado más allá de eso. Aunque intentó mantener el tono contra el ritmo enérgico de Rabeniel, enseguida perdió la nota. Rabeniel se interrumpió y canturreó en voz baja a un ritmo distinto.
—Ha sido un buen intento —dijo la Fusionada—. Mejor que los que he oído a otros humanos, pero debemos reconocer que no estáis hechos para esto y punto.
Echo dio un sorbo y luego movió en círculos el vino de su copa.
—¿Por qué querías que cantara esos ritmos? —preguntó Rabeniel—. ¿Qué esperabas lograr?
—Pensaba que quizá, si mezclábamos las dos canciones, podríamos encontrar la armonía adecuada que resultaría de combinar luz tormentosa con luz del vacío.
—No será tan fácil —dijo Rabeniel—. Los tonos tendrían que cambiar para hallar esa armonía. He intentado esto muchas veces, Echo, y siempre he fracasado. Las canciones de Honor y Odium no encajan.
—¿Lo habíais intentado antes con algún humano? —preguntó Echo.
—Claro que no. Los humanos, como acabamos de demostrar, no pueden mantener un tono ni un ritmo.
—No hemos demostrado nada —objetó Echo—. Hemos hecho un solo experimento fallido.
Dejó la copa en la mesa, cruzó la sala y buscó entre sus cosas. Regresó con un brazalete en el que había instalado un reloj y otros aparatos. Al igual que los demás fabriales de luz tormentosa, ya no funcionaba en la torre. Pero estaba diseñado para alojar una larga hilera de gemas. Echo arrancó el cuero interior de la funda, lo dejó en la mesa, manipuló los tornillos y colocó gemas nuevas, llenas de luz tormentosa, en sus soportes.
—¿Qué es esto? —preguntó Rabeniel.
—Vosotros podéis oír las canciones y los ritmos de Roshar —dijo Echo—. Tal vez se deba solo a que tenéis mejor oído.
Rabeniel canturreó a un ritmo escéptico, pero Echo siguió colocando las gemas.
—Podemos oírlos porque somos los hijos de Roshar —dijo Rabeniel—. Vosotros no.
—Yo llevo aquí toda la vida —repuso Echo—. Soy tan hija de este planeta como vos.
—Tus antepasados procedían de otro reino.
—No hablo de mis antepasados —dijo Echo, poniéndose la funda de forma que las gemas le tocaran el brazo—. Hablo de mí misma.
Reinició su experimento en la mesa, sacando nuevas líneas de luz tormentosa y luz del vacío de las gemas y haciendo que se arremolinaran en el centro alrededor de otra vacía.
—Cantad el tono y el ritmo de Honor otra vez, antigua —pidió Echo.
Rabeniel se echó hacia atrás en su taburete, pero obedeció.
Echo cerró los ojos y se ciñó más la funda contra el brazo. Estaba construida como fabrial, pero a Echo no le interesaba esa función. Lo único que quería era algo que sujetara gemas grandes y se las apretara contra la piel. Podía sentirlas, frías pero templándose por el contacto con ella. Las gemas infusas siempre contenían una tempestad. ¿Tenían también un sonido? Una vibración…
¿Alcanzaba a oírlos allí dentro? ¿El tono, el ritmo? Con Rabeniel cantando, tenía la impresión de que sí. Igualó ese tono con su propia voz y notó algo en el brazo. Las gemas reaccionando… o mejor dicho, la luz tormentosa de su interior reaccionando.
Sí que tenía una cadencia. Una que el ritmo de Rabeniel solo insinuaba. Echo podía cantar el tono y sentir que las gemas reaccionaban. Era como tener a alguien cantando más fuerte a su lado: podía adaptar su voz para coincidir con la otra. La misma luz tormentosa la guiaba, proporcionando un control, con una cadencia, un ritmo. Echo añadió ese ritmo a su tono, dando golpecitos con el pie, concentrándose. Imaginó una canción ilusoria para proporcionarle estructura.
—¡Sí! —exclamó Rabeniel, interrumpiéndose—. ¡Sí, eso es!
—Ahora el ritmo de Odium —dijo Echo al tono y la cadencia de Honor.
Rabeniel lo hizo, y su voz golpeó a Echo como una oleada, haciendo que el tono flaqueara. Casi lo perdió, pero las gemas eran su guía. Echo cantó más alto, intentando mantener ese tono. A su vez, Rabeniel cantó con más énfasis.
«No —pensó Echo, cogiendo aliento para seguir cantando—. No, no podemos luchar.» Cogió la mano de Rabeniel y cantó el tono, pero más suave. Rabeniel bajó la voz también. Sosteniendo la mano de la Fusionada, Echo sintió como si estuviera intentando alcanzar algo. Su tonó cambió un ápice.
Rabeniel reaccionó y sus dos tonos fueron avanzando uno hacia el otro, paso a paso, hasta que…
Armonía.
Los ritmos encajaron y se alinearon, un estallido de notas caóticas procedentes de Rabeniel… retenidas por el pulso regular y ordenado de Echo.
Latidos. Redobles. Señales. Juntas.
Echo estiró el brazo, colocó las manos de las dos sobre la gema vacía en el centro del experimento y las mantuvo allí mientras seguían cantando en sintonía. Conjuntadas, en una armonía pura cuyo control no asumía ninguna de las dos. Se miraron y entonces se quedaron calladas. Con mucha cautela, retiraron las manos y dejaron a la vista un diamante que brillaba con un vibrante tono negro azulado. Un color imposible.
Rabeniel tembló mientras recogía la gema y la sostenía en alto, canturreando un ritmo reverente.
—No se han aniquilado entre ellas, como había supuesto. En realidad, como una parte de mí había deseado. Tenías razón, Echo. Es extraordinario, pero has demostrado que me equivocaba. —Dio la vuelta a la gema entre los dedos—. Puedo dar nombre a este ritmo: el Ritmo de la Guerra. Odium y Honor combinados. No había tenido constancia de su existencia antes de hoy, pero sé su nombre, lo conozco con la misma certeza con que conozco el mío propio. Cada ritmo lleva consigo una comprensión de su significado.
La esfera que habían creado era distinta a la de Octavia, azul en vez de violeta, y tampoco tenía aquella extraña distorsión. Echo no podía estar segura, pero le daba la impresión de que justo eso era lo que había estado buscando Rabeniel.
—Antigua —dijo Echo—, hay una cosa que me confunde. ¿Por qué habríais preferido que las dos luces se aniquilaran?
Echo tenía una corazonada del motivo, pero quería averiguar hasta dónde podía sonsacar a la Fusionada. Rabeniel se quedó sentada sin hablar mucho tiempo, canturreando en voz baja para sí misma mientras estudiaba la gema. Parecía fascinada por el movimiento de su interior, por la luz tormentosa y la luz del vacío mezcladas para componer algo que se alzaba en brillantes tempestades iracundas y luego se quedaba quieto, en paz y silencio, entre oleada y oleada.
—¿Sabes cómo se mató a Honor? —preguntó por fin la Fusionada.
—No estoy… segura de aceptar que lo mataran.
—Ah, lo mataron. Por lo menos, el ser al que llamáis el Todopoderoso, el ente que controlaba la Esquirla de poder que era Honor, está muerto. Murió hace mucho tiempo. ¿Sabes cómo?
—No.
—Yo tampoco —dijo Rabeniel—. Pero me lo pregunto.
Echo se reclinó en su asiento.
—Sin duda, si es cierto, y el hecho de que mi marido diga que lo es me lleva a aceptar la posibilidad, entonces los mecanismos para la muerte de los dioses van mucho más allá de la comprensión tanto de humanos como de Fusionados.
—¿Y no estabas diciéndome antes que todo tiene un mecanismo? Los dioses nos conceden poderes. ¿Cuáles son esos poderes? Gravitación, División, Transformación… las Potencias fundamentales que lo gobiernan todo. Afirmas que nada es sin más. Acepto eso, como acepto tu sabiduría. Pero según esa misma lógica, los dioses, las Esquirlas, deben funcionar no por misterio, sino por conocimiento. —Dio la vuelta a la gema entre los dedos y miró a Echo a los ojos—. A Honor lo mataron mediante un proceso que todavía no comprendemos. Supongo, por las cosas que me han dicho, que se utilizó un opuesto para despedazar su poder. Pensaba que, si lograba encontrar esa luz opuesta, tendríamos poder sobre los propios dioses. ¿No sería ese el poder suficiente para poner fin a una guerra?
Tormentas. Eso era lo que había querido él. Eso era lo que había estado haciendo Gavilar.
Gemas. Luz del vacío. Una extraña esfera que explotaba al fijarla a un fabrial… al mezclarla con otra luz…
Gavilar Griffin, rey, marido, monstruo en ocasiones, había buscado la forma de matar a un dios.
De pronto, la extensión de su arrogancia, y también la de su magnífica planificación, encajaron para Echo. Sabía una cosa que Rabeniel desconocía. Sí que existía un opuesto de la luz del vacío. No era la luz tormentosa. Ni tampoco era aquella nueva luz mixta que acababan de crear. Pero Echo la había visto. Su marido se la había dado a Octavia, que a su vez se la había dado a ella.
«Por el nombre más sagrado del Todopoderoso —pensó—, tiene sentido.» Pero al igual que todas las grandes revelaciones, provocaba una multitud de preguntas nuevas. ¿Por qué? ¿Cómo?
Rabeniel se levantó, ajena por completo a la epifanía de Echo.
La Fusionada se guardó la gema y Echo se obligó a centrarse en el momento. En el descubrimiento.
—Estaba segura de que era algo en la naturaleza del poder de Odium contrastando con el de Honor lo que llevaba a la destrucción —dijo Rabeniel—. Me equivocaba, y tú has demostrado ser de grandísima ayuda en llevarme a esta demostración. Ahora debo abandonar este hilo de razonamiento y concentrarme en mi verdadero deber: asegurar la torre.
—¿Y vuestra promesa de que os marcharíais si os ayudaba a encontrar esta luz?
—Lo siento —dijo Rabeniel—. La próxima vez, procura no ser tan confiada.
—Al final —susurró Echo—, vos le pertenecéis a él y yo pertenezco a Honor.
—Por desgracia, sí —dijo Rabeniel—. Puedes quedarte aquí y seguir con cualquier otra investigación que se te antoje. Te has ganado eso y mi gratitud. Si en vez de eso prefieres tener algún trabajo sencillo en la torre, me ocuparé de ello. Considera tus opciones y comunícame tus deseos. —Rabeniel titubeó—. Es un suceso muy poco frecuente que un Fusionado esté en deuda con un humano.
Y dicho eso, se marchó. Echo se echó al gaznate el resto de la copa de vino, con la cabeza zumbando de implicaciones.
