77. LA LEGITIMIDAD ADECUADA

SIETE AÑOS Y MEDIO ANTES

Venli se apartó de una patrulla de guardias humanos. Escondida en el hueco de una puerta, armonizó a Paz para intentar calmar sus emociones. Había llegado con los suyos para firmar el tratado, pero aún faltaban horas para que eso sucediera y para el banquete con que los alezi señalarían la ocasión. Mientras su gente se preparaba, Venli recorría con sigilo pasillos prohibidos de su palacio. El par de guardias, charlando en idioma alezi, siguieron su patrulla. Venli respiró sin hacer ruido, intentando con todas sus fuerzas impedir que la majestuosidad de aquel edificio humano la abrumara. Ulim le había asegurado que su pueblo había construido estructuras igual de grandiosas en otros tiempos, y que volverían a hacerlo. Levantarían unas creaciones tan asombrosas que aquel palacio de Kholinar parecería una casucha en comparación. Ojalá pudiera saltarse aquella parte de en medio, en la que debía correr tanto peligro. Planificar con Ulim le gustaba. Ser famosa por haber revelado la forma de guerra le encantaba. Pero aquello de infiltrarse a hurtadillas… Había desobedecido normas humanas a sabiendas al colarse en zonas prohibidas del palacio. Si la descubrían…

Cerró los ojos y escuchó el Ritmo de la Paz. «Solo un poco más —pensó—. Solo hasta que los compañeros de Ulim lleguen a nosotros. Después todo esto habrá terminado.»

Sin embargo, notaba que estaba cuestionándose más las cosas desde que Ulim había salido de su gema corazón. El spren hablaba de una tormenta oculta y una guerra en ciernes, de figuras de leyenda regresando para combatir. Esas palabras daban vueltas en su cabeza, y cosas que un día antes le habían parecido de lo más racionales empezaban a confundirla. ¿De verdad era aquella la mejor forma de convencer a su pueblo de que explorara las formas de poder? ¿No estaba tonteando con la guerra y la destrucción? ¿Por qué estaba Ulim tan impaciente?

En el momento en que habían llegado al palacio, Ulim había insistido en que Venli fuera a recoger una bolsa de gemas dejadas allí por su agente. Más spren, como él, listos para entregarlos a los estudiosos de Venli. Eso no había formado parte del plan original. Ella solo había querido mostrar a su pueblo lo peligrosos que eran los humanos. Pero ¿qué iba a hacer? Ella había hecho rodar aquel peñasco por el acantilado. Si intentaba detenerlo, la aplastaría. Así que siguió haciendo lo que él le decía. Incluso cuando, sin él en su gema corazón, se sentía vieja y apagada. Si él no podía oír los nuevos ritmos. Los anhelaba. El mundo tenía más sentido cuando los escuchaba.

—Ahí estás —dijo Ulim, recorriendo el pasillo hacia ella. Se movía como el relámpago, reptando sobre la piedra, y podía desaparecer de forma que solo ciertas personas pudieran verlo—. ¿Qué haces encogida como una cría? Venga, tenemos que movernos.

Venli echó un vistazo al otro lado de la esquina. Los guardias se habían marchado hacía tiempo.

—No debería tener que hacer esto —siseó Venli—. No debería tener que arriesgarme.

—Alguien debe llevar las gemas —dijo Ulim—. Así que, a no ser que quieras que busque a otra persona para que sea la mejor de tu pueblo, haz lo que te digo.

Pues muy bien. Venli lo siguió, aunque de un tiempo a esa parte encontraba el tono de Ulim cada vez más molesto. No le gustaba su actitud grosera y desdeñosa. Más le valía no volver a abandonarla. El spren había afirmado que tenía que explorar el camino, pero Venli estaba medio convencida de que quería que la descubrieran. La guio hacia arriba por una escalera. El Ritmo de la Fortuna la bendijo y llegó a la planta superior sin encontrar a ningún humano, aunque tuvo que esconderse en la escalera cuando oyó a más guardias.

—¿Para qué tenemos que subir hasta tan arriba? —susurró después de que pasaran—. ¿Tu amiga no podría haber llevado las gemas al sótano, donde están todos los demás oyentes?

—He… perdido el contacto con ella —reconoció Ulim.

—¿Qué? —dijo Venli.

Ulim se arremolinó en el suelo y el relámpago se alzó para componer su pequeña figura humanoide.

—Llevo unos días sin saber nada de Axindweth. Seguro que no pasa nada. Tenemos un punto de encuentro donde me deja cosas. Las gemas estarán allí.

Venli canturreó a Traición. ¿Cómo podía callarse un detalle tan importante? ¿Venli estaba escurriéndose por el palacio humano y poniendo en peligro el tratado por una información incompleta? Pero antes de que pudiera exigir más respuestas, Ulim volvió a transformarse en energía sobre el suelo y salió despedido hacia delante.

Venli no tuvo más opción que corretear tras él por el pasillo, sintiéndose terriblemente expuesta. Deberían haber llevado con ellos a Demid. A Venli le gustaba que la escuchara y que siempre tuviera un cumplido para ella. Demid disfrutaría de la infiltración y ella se sentiría más valiente con él al lado. Recorrió los pasillos, convencida de que la descubrirían en cualquier momento. Pero por algún milagro, Ulim la llevó hasta una estancia pequeña con orinales desperdigados por todas partes. Venli sacó una gema y reparó en que había un agujero en el suelo a un lado de la sala; parecía que tiraban los excrementos por él, a alguna hedionda letrina varios pisos más abajo.

¿Aquel era su objetivo? ¿Un retrete? Tuvo una arcada y se vio obligada a empezar a respirar por la boca.

—Aquí —dijo Ulim, crepitando en el exterior de un orinal.

—Te lo prometo —dijo Venli a Escepticismo—, como encuentre heces humanas ahí dentro…

Retiró la tapadera. Menos mal que el interior estaba limpio y vacío salvo por un papel doblado. Ulim latió a Júbilo. Había estado preocupado, por lo visto. Venli desplegó el papel. Conocía lo bastante bien la escritura alezi para comprender que era una lista de instrucciones de limpieza.

—Está cifrado —dijo Ulim—. ¿Crees que seríamos tan imbéciles como para dejar notas en abierto donde pudiera leerlas cualquiera? A ver, que la descifre…

Cobró su forma de humano, de pie sobre una mesa llena de orinales. Venli odiaba que tomara apariencia humana en vez de la de un oyente. Ulim se inclinó hacia delante con los ojos entornados.

—Vaya —dijo.

—¿Qué?

—Déjame pensar, mujeren —restalló él.

—¿Qué pone?

—Axindweth dice que la han descubierto —respondió Ulim—. Es una especialista de un tipo muy concreto y escaso, cuyos detalles no te conciernen, pero al parecer hay otro como ella en palacio. Un agente que trabaja para otro grupo. Ese individuo la ha descubierto y ha vuelto al rey humano en su contra. Así que Axindweth ha decidido extraerse.

—¿Extraerse? —dijo Venli—. No entiendo esa forma de hablar.

—¡Que se va! O ya se ha ido. Puede que hace días.

—¿Se ha ido de palacio?

—Del planeta, idiota.

Ulim se emborronó y unas puntas como de caparazón le rompieron la piel al asomar y luego se retrajeron. Pareció ocurrir siguiendo uno de los nuevos ritmos, quizá Furia. Ulim le contaba muy poco. Venli sabía que era posible viajar desde el mundo al lugar que los humanos llamaban Condenación. La tierra de los vacíospren. Muchos millares de spren esperaban allí para ayudar a su pueblo, pero no podían liberarse sin alguna Potencia o poder. Algo que… tirara de ellos a través del vacío entre mundos. Entonces, ¿qué significaba aquello? ¿La agente había regresado al mundo del que procedía Ulim o se había marchado a algún otro lugar? ¿Se había ido para siempre? ¿Cómo iban a trasladar a Roshar los spren que acumularían poder para la tormenta?

Y lo más importante de todo: ¿Venli de verdad quería que ocurriera eso? El spren le había prometido formas de poder, pero ella había asumido que iría a hablar de aquello con los Cinco después de asustarlos con el inmenso poder de los humanos. Todo estaba sucediendo muy deprisa, escapando a su control. Estuvo a punto de exigir respuestas, pero la forma en que aquellas puntas rompían la piel de Ulim, la forma en que palpitaba, la mantuvo callada. El spren era una fuerza viva de la naturaleza. Y la fuerza concreta que exhibía en esos momentos era destructiva.

Al cabo de un tiempo dejó de palpitar. Las puntas se quedaron bajo su piel. Ulim permaneció de pie en la mesa, con la mirada fija en el papel y las irritantes palabras.

—¿Qué hacemos? —preguntó Venli por fin.

—No lo sé. Aquí ya no hay nada para nosotros. Tengo… tengo que irme, a ver si encuentro respuestas en otro lugar.

—¿Irte? —dijo Venli—. ¿Y qué pasa con tus promesas? ¿Qué pasa con nuestros planes?

—¡No tenemos planes! —gritó Ulim, volviéndose de golpe hacia ella—. Dijiste que venir aquí intimidaría a tu pueblo. ¿Está ocurriendo? ¡Porque por lo que he visto, parecen pasarlo bien! ¡Planean comer y reír, y puede que hasta irse a la tormentosa cama con los humanos!

Venli armonizó a Determinación, que pronto remitió a Reconciliación. Tenía que reconocer que su gente no estaba intimidada, no como ella. Incluso Eshonai se había ido relajando en vez de preocuparse a medida que se relacionaba con los humanos. Ya hacía un tiempo que la hermana de Venli ni siquiera llevaba la forma de guerra. Venli quería culparla solo a ella, pero los problemas de los oyentes superaban con mucho a Eshonai. Nadie más parecía ver lo mismo que Venli. Deberían haberse quedado aterrorizados al ver a todos los parshmenios, los cantores esclavizados, que había en palacio. Pero el pueblo de Venli parecía tener curiosidad, nada menos. Nadie percibía la misma amenaza que Venli. Ella no comprendía, o no se creía, algunas cosas de las que decía Ulim. Pero al llegar allí, Venli se había dado cuenta por sí misma de que no se podía confiar en los humanos. Si no hacía algo, sería su pueblo, su madre, a quien esclavizarían. Ulim regresó a su forma de relámpago crepitante, bajó por la pata de la mesa y cruzó el suelo. Venli dio un paso tras él, armonizando a los Terrores, pero el spren desapareció bajo la puerta. Cuando Venli la abrió y miró en el pasillo, ya no estaba a la vista. Cerró la puerta y se descubrió jadeando. Estaba sola en la fortaleza del enemigo, después de haber recorrido pasillos prohibidos. ¿Qué debería hacer? ¿Qué podía hacer?

Esperar. Ulim regresaría.

Pero no lo hizo. Y cada momento que pasaba allí armonizada a los Terrores era más insoportable que el anterior. Tenía que probar a salir por su cuenta. ¿Podría regresar a hurtadillas por donde había venido? Hizo pedazos la nota y la tiró por el agujero de los excrementos. Armonizó a Determinación y salió de la estancia.

—¡Eh, tú!

Venli se encogió, armonizando a Duelo. Ni un pasillo. No había sido capaz de recorrer ni un solo pasillo. Un soldado humano con brillante peto de coraza llegó hasta ella, con un arma larga y peligrosa en la mano: una lanza, pero con filo de hacha.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó el humano en idioma alezi.

Venli se hizo la tonta y respondió en su propia lengua. Señaló hacia la escalera. ¿Quizá, si el guardia creía que Venli no hablaba alezi, la dejaría marchar y punto?

En vez de eso, el hombre la asió con brusquedad por el brazo y se la llevó pasillo abajo. Cada vez que Venli intentaba soltarse, el guardia tiraba con más fuerza, bajando la escalera y recorriendo aquel laberinto de palacio. Terminó llevándola a una sala donde había varias mujeres escribiendo con vinculacañas. Venli aún deseaba que su pueblo supiera cómo crearlas. Un soldado mayor, arisco y con una barba como debía ser recibía los informes.

—He encontrado a esta en el piso de arriba —dijo el guardia, empujando a Venli a una silla—. Estaba merodeando por ahí con pinta sospechosa.

—¿Habla alezi? —preguntó el hombre de la barba.

—No, señor —respondió el guardia. Saludó y regresó a su puesto.

Venli se quedó sentada en silencio, procurando no armonizar a ritmos con demasiado temor. Seguro que tampoco sería para tanto. Podía decir que se había perdido. Y había vagado subiendo varios tramos de escaleras… y se había escondido de guardias… cuando le habían dicho varias veces que aquella zona estaba prohibida…

«Cuando vuelva a encontrar a Ulim —pensó armonizando a Traición—, voy a…» ¿A qué? ¿Qué podía hacer ella a un spren? ¿Qué era Venli sin él y sus promesas? De pronto se sintió muy muy pequeñita. Odiaba esa sensación.

—Pareces una de sus eruditas —dijo el hombre mayor, cruzado de brazos—. ¿De verdad no hablas alezi o estabas haciéndote la tonta?

—Estaba… haciéndome la tonta.

Lamentó al instante haber abierto la boca. ¿Por qué se había delatado? El hombre gruñó. Era su versión de armonizar a Diversión, pensó Venli.

—¿Y qué estabas haciendo?

—Buscaba la letrina.

Mirada inexpresiva. La versión humana de armonizar a Escepticismo.

—La he encontrado —prosiguió ella a Reconciliación—. Al rato. La habitación con todos esos orinales.

—Voy a anotar esto —dijo él, e hizo un gesto con la cabeza a una mujer que empezó a escribir—. ¿Tu nombre?

—Venli —respondió ella.

—Si fueras humana, te encerraría hasta que viniera alguien a buscarte, o te entregaría a alguien que pudiera conseguirme respuestas. Pero esta noche van a firmar ese tratado. No quiero provocar ningún incidente. ¿Y tú?

—No, señor —dijo ella.

—Pues a ver qué te parece esto. Te quedarás aquí sentada, con nosotros, las próximas cuatro horas. Cuando haya pasado el banquete y el tratado esté firmado, ya veremos. Si no hay ningún problema hasta entonces, podrás llegar después de comer. Si algo sale mal… bueno, entonces tendremos otra conversación, ¿verdad?

Venli armonizó a Decepción, pero no iba a pasar nada. Lo más seguro era que todo quedara en una charla de su hermana. Una parte de ella preferiría que la encerraran. Asintió de todos modos. En realidad, encontraba sorprendentemente racionales los actos de aquel hombre. Tenerla cerca impediría que hiciera cualquier cosa que pudiera tener planeada y, si de verdad era una invitada que se había perdido, no se metería en ningún lío grave por retenerla unas cuantas horas. Se planteó afirmar que era demasiado importante para recibir ese trato. Descartó la idea. Que la hubieran capturado tan deprisa después de que Ulim la abandonara… bueno, le dificultaba seguir fingiendo que era fuerte. Aquella sensación de pequeñez persistía. El soldado la dejó para ir a hablar en voz baja con las mujeres y Venli captó parte de su conversación. El hombre estaba pidiéndoles que avisaran a los demás puestos de guardia del palacio, informando de que había recogido a una «parshendi» errante, y que preguntaran si alguien más había encontrado a alguien en lugares prohibidos o sospechosos. Venli se sorprendió armonizando a Alabanza sin esperarlo. Era… agradable estar sola. Ulim siempre andaba cerca en los últimos tiempos. Empezó a pensar en cómo podría arreglar todo aquello. En ir a hablar con los Cinco. Quizá, por mucho que le doliera reconocerlo, en ir a pedir consejo a Eshonai. Por desgracia, al poco tiempo Ulim entró por la puerta abierta como un rastro de relámpago rojo. Venli canturreó a Confusión, y luego a Traición mientras el spren subía por la pata de su silla y cobraba apariencia de persona en el brazo.

—Tenemos un problema grave —dijo Ulim.

Venli canturreó un poco más alto.

—Venga, déjate de chiquilladas —dijo él—. Escucha, hay Heraldos en el palacio esta noche.

—¿Heraldos? —susurró ella—. ¿Aquí? ¡Pero si están muertos!

—¡Calla! —exclamó él, girando la cabeza para mirar a los humanos—. No están muertos. No tienes ni idea de lo colosal, increíble, absoluta que es esta pifia. He visto primero a Luna y la he seguido, y entonces no solo me he cruzado con Kalak, sino también con Nale. Creo que él me ha visto. No debería ser capaz, pero…

Una figura oscureció el umbral del puesto de guardia. El soldado barbudo levantó la mirada. Venli se volvió despacio, armonizando a Ansiedad. El recién llegado era una figura imponente con la piel de color marrón oscuro y una marca pálida en la mejilla, que casi podría haber formado parte del jaspeado de un oyente. Llevaba uniforme, pero no tenía el mismo corte que los de los alezi. Miró a Venli y luego clavó los ojos en Ulim, que dio un gemido. A continuación el hombre por fin miró al soldado.

—¿Embajador? —preguntó el guardia—. ¿Qué se os ofrece?

—Me ha llegado un informe de que retienes aquí a una de los parshmenios pensantes —dijo el recién llegado—. ¿Es esta?

—Sí —dijo el guardia—, pero…

—Solicito que esta prisionera quede a mi cargo.

—No creo que pueda hacerlo, embajador —dijo el soldado, mirando a las escribas para que se lo confirmaran—. Eh… O sea, es una petición muy inusual.

—Esta mujeren es importante para las actividades de esta noche —insistió el hombre. Dio un paso adelante y dejó algo en el escritorio de la escriba más cercana—. Esto es un sello de delegación. Tengo jurisdicción legal en esta tierra, concedida por vuestro rey. Debéis refrendarlo.

—No estoy segura de… —empezó a decir la escriba.

—Debéis refrendarlo —repitió el hombre. Desprovisto por completo de toda emoción o ritmo. A Venli le dio un escalofrío que se intensificó cuando el hombre se volvió hacia ella.

Detrás de él, las escribas empezaron a escribir con sus vinculacañas. El recién llegado las ocultaba casi por completo de la vista de Venli.

—Hola, Ulim —dijo el hombre con voz suave pero firme.

—Esto… Hola, Nale —respondió el spren—. Eh… Hum. No esperaba verte por aquí. Hum, hoy. O en cualquier momento, en realidad… Nunca. ¿Cómo está, eh… Luna?

—La charla intrascendente es innecesaria, Ulim —dijo Nale—. No somos amigos. Sigues existiendo solo porque no puedo destruir spren. —El extraño hombre fijó su mirada imperturbable en Venli—. Oyente, ¿sabes lo que es esto?

—Un spren cualquiera —dijo ella.

—Eres sabia —respondió Nale—. Sí que es un spren cualquiera, ¿verdad? ¿Cuánto hace que lo conoces?

Venli no respondió, y vio que Ulim palpitaba a Satisfacción. No quería que Venli hablara.

—Brillante señor —llamó una de las escribas—. Parece que estabais en lo cierto. Podéis llevaros a esta prisionera. Solo íbamos a retenerla hasta…

—Gracias —la interrumpió Nale, y recogió su sello de la mesa de la escriba antes de salir al pasillo—. Sígueme, oyente.

Ulim subió de un salto al hombro de Venli y se agarró a su pelo.

—Adelante —susurró—. Pero no le digas nada. En menudo lío estoy metido…

Venli siguió al hombre extraño por el pasillo. Nunca había visto a un humano de aquel tono, aunque no era verdadero ónice como el de las pautas de un oyente. Aquello era más bien el color de un caparazón de rocabrote.

—¿Cuántos más hay? —preguntó Nale a Venli—. Otros spren como él. ¿Cuántos han regresado?

—Nosotros… —empezó a decir Ulim.

—Quiero escuchar a la oyente —dijo Nale.

Venli casi nunca había visto a Ulim callarse, y casi nunca lo hacía cuando ella se lo pedía. Pero con solo una amonestación de aquel hombre, Ulim cerró la boca al instante. Ulim estaba asustado de aquel ser. ¿Significaba eso que las canciones sobre ellos eran ciertas?

Un Heraldo. Vivo.

Ulim tenía razón. El Retorno se había iniciado. Los humanos pronto marcharían para destruir a su pueblo. Era la única conclusión a la que podía llegar Venli, a partir de su conocimiento de las canciones. Y a partir de haber conocido a aquel hombre.

Tormentas. Su gente necesitaba las formas de poder. Y para obtenerlas, Venli tendría que ingeniárselas para terminar aquella conversación sin que esa criatura la asesinara.

—Responde a mi pregunta —dijo el Heraldo—. ¿Cuántos spren como él están aquí? ¿Cuántos vacíospren han vuelto?

—Yo solo he visto a este —contestó Venli.

—Es imposible que haya permanecido en Roshar todos estos años —dijo Nale—. Ha pasado… mucho tiempo, creo. ¿Generaciones enteras tal vez, desde la última verdadera Desolación?

¿Cómo podía aquel ser no recordar cuánto tiempo había transcurrido desde el final de los Retornos? Quizá estuviera tan por encima de los mortales que no midiera el tiempo del mismo modo.

—Consideraba imposible que cruzaran la distancia entre mundos —dijo Nale—. ¿Podría haber sido que…? No. Imposible. He estado alerta. He tenido cuidado. ¡Debes decírmelo! ¿Cómo lograsteis su retorno?

Qué frialdad. Una voz sin ritmos y sin emociones humanas. Sin embargo, sus palabras… Estaba desvariando. Quizá no medía el tiempo de forma distinta, sino que estaba delirando, ¿verdad? Venli se había planteado decirle la verdad, pero aquellas palabras muertas hicieron retroceder ese instinto.

Tal vez no confiara del todo en Ulim, pero desde luego no podía recurrir a ese Heraldo en su lugar.

—Nosotros no hicimos nada para que volvieran —dijo, arriesgándose a partir de lo que Nale había dicho antes—. Fue lo que vosotros hicisteis.

—Imposible —repitió Nale—. Nia dijo que solo una Conexión entre los mundos podía provocar que se abriera un puente. Y Wells no se ha rendido. Yo lo sabría si lo hubiera hecho…

—No nos culpes a nosotros de vuestro fracaso —dijo Venli.

Nale mantuvo la mirada hacia delante.

—Así que el plan de Gavilar funciona. El muy necio. Nos destruirá a todos. —Nale puso una mueca de desprecio, una repentina e inesperada ráfaga de emoción—. Ese estúpido idiota. ¡Nos atrae con promesas y luego las rompe al buscar lo que le dije que estaba prohibido! Sí. Esta noche la he oído. La prueba que necesito. Lo sé. Sé que…

«Tormentas —pensó Venli—, de verdad está loco.»

—He estado alerta —siguió parloteando el hombre—. Pero no lo bastante alerta. Debo tener cuidado. Si los vínculos empiezan a formarse de nuevo… si dejamos el camino abierto… —Se detuvo de pronto en el pasillo, obligando a Venli a dejar de andar también. Su rostro volvió a hacerse llano. Inexpresivo—. Creo que debo hacerte un servicio, oyente. El rey planea traicionar a tu pueblo.

—¿Qué? —dijo ella.

—Podéis evitar el desastre —afirmó Nale—. Esta noche hay un hombre aquí, en la ciudad. He estado siguiéndole la pista debido a sus circunstancias inusuales. Posee un artefacto que pertenecía a un amigo mío. He jurado no tocar dicho artefacto por… motivos que no te conciernen.

El Ritmo de la Confusión vibró en los oídos de Venli. Pero en su hombro, Ulim se había animado.

—Gozo de jurisdicción legal aquí para actuar en nombre del rey —dijo Nale—. No obstante, no puedo emprender ningún acto concreto en su contra. Esta noche he encontrado razones para su ejecución, pero tardaré meses en conseguir la legalidad adecuada.

»Por suerte, he leído vuestro tratado. Hay en él una cláusula que autoriza a una parte a rescindirlo en derecho y atacar a la otra, en caso de disponer de pruebas de que dicha segunda parte conspira contra la primera. Sé a ciencia cierta que Gavilar planea valerse de esa cláusula para lanzar un asalto contra tu pueblo en el futuro cercano. Te entrego ese conocimiento, jurado por un Heraldo del Todopoderoso. Tenéis pruebas de que está conspirando contra vosotros y, en consecuencia, podéis actuar.

»El hombre que puede ayudaros es una esclava que está a la venta en el mercado. La persona que lo posee confía en que los adinerados visitantes del rey querrán disponer de nuevos sirvientes antes del banquete. Os queda poco tiempo. La esclava que os interesa será la única mujer shin que haya entre ellos. Las gemas que tu gente lleva como adornos bastarán para comprarla.

—No lo entiendo —dijo Venli.

Nale miró a Ulim en el hombro de Venli.

—Esa mujer shin porta la hoja de Titus. Está bien entrenada y es experta en su uso. —Volvió a mirar a Venli—. Te declaro inocente de todo crimen según la cláusula ochenta y siete del código alezi, que permite absolver a un delincuente que tiene una tarea más vital que cumplir en aras del bien común.

Con eso se marchó a zancadas, dejándolos en el pasillo.

—Eso ha ido de… —dijo Ulim—. Caray. Sí que está mal, sí. Tanto como algunos Fusionados. Pero tú lo has hecho bien, Venli. Estoy intentando no sonar demasiado sorprendido. Creo que quizá acabes de engañar a alguien que viene a ser un dios.

—Es un viejo truco, Ulim —repuso ella—. Todo el mundo, humano, oyente y por lo visto también un dios, en el fondo sospecha que todo fracaso es suyo propio. Si haces rebotar la culpabilidad hacia ellos, la mayoría de la gente dará por hecho que es la responsable.

—A lo mejor te di por perdida demasiado pronto —dijo él—. Así que la hoja del viejo Titus está aquí, ¿eh? Qué curioso.

—¿Qué significa eso?

—Pongamos que tu pueblo empezara una guerra contra los humanos —dijo Ulim—. ¿Eso llevaría a tu gente a la desesperación que buscamos? ¿Adoptarían las formas que les ofrecemos?

—¿Atacar a los humanos? —preguntó Venli a Confusión. Estaban solos en el pasillo, pero aun así bajó la voz—. ¿Por qué íbamos a hacer lo que ha dicho ese Heraldo? No hemos venido para declarar la guerra, Ulim. ¡Yo solo quería que mi gente se preparara para ella, por si los humanos intentaban destruirnos!

Ulim crepitó convertido en relámpago y subió por el brazo de Venli hacia su gema corazón. Ella dudó si permitirle que entrara. El spren funcionaba de manera extraña, sin obedecer las normas. Podía entrar y salir de ella sin una alta tormenta que facilitara la transformación.

Ulim empezó a hacer vibrar energía a través de ella.

Has sido muy lista, Venli, al engañar a Nale. Esto va a funcionar. Tú y yo. Este vínculo.

—Pero… ¿una guerra?

Me da igual por qué opine Nale que deberíamos atacar al rey, dijo Ulim. Me ha dado una idea. El que vamos a poner en práctica no es el plan de él, sino el tuyo. Hemos venido aquí para que tu gente vea lo peligrosos que son los humanos. Pero ellos son unos idiotas y tú eres sabia. Tú te das cuenta de la grave amenaza que suponen. Tienes que demostrárselo.

—Sí —respondió Venli. En eso consistía su plan.

Ulim se coló en su gema corazón.

Los humanos planean traicionaros, dijo Ulim. Nos lo ha confirmado un Heraldo. Debemos atacar nosotros antes.

—Y al hacerlo, conseguir que nuestro pueblo se desespere —añadió Venli—. Cuando los humanos contraataquen, amenazarán con destruirnos por completo. Sí… entonces podré convencer a los oyentes de que necesitan formas de poder. Deberán aceptar nuestra ayuda o arriesgarse a la aniquilación.

Exacto.

—Una guerra… supondrá miles de muertes —dijo Venli, armonizando a Ansiedad. El ritmo llegó menudo y débil. Lejano—. En ambos bandos.

Tu pueblo recuperará su legítima posición como gobernante de toda esta tierra, dijo Ulim. Sí, antes de eso se derramará sangre. Pero al final gobernaréis, Venli. ¿Podéis pagar ahora este pequeño precio, a cambio de glorias sin parangón en el futuro? ¿Si eso significaba ganar la suficiente fuerza para no ser débil nunca más? ¿Para no volver a sentirse jamás tan pequeña como lo había hecho ese día?

—Sí —dijo Venli, armonizando a Destrucción—. ¿Qué tenemos que hacer?