78. EL JUEZ SUPREMO

Palabras, decía. ¿Por qué palabras ahora? ¿Por qué escribo?

Lexa llegó a toda prisa a la habitación que compartía con Clarke, apartando de su mente la extraña experiencia con Dieciséis. No había necesidad de pensar en… esa otra spren. La ojomuerta críptica. «Concéntrate y no dejes que Radiante vuelva a asomar.»

Patrón le pisaba los talones y cerró la puerta con un chasquido.

—¿No habías quedado con Clarke ahora mismo?

—Sí —dijo Lexa, arrodillándose junto a la cama para sacar su cofre de debajo—. Por eso es el mejor momento para hablar con Dante, porque no corremos el riesgo de que entre ella.

—Se preguntará dónde estás.

—Después se lo compensaré —respondió Lexa, abriendo el cerrojo del cofre y mirando dentro.

—¿Velo? —dijo Patrón, acercándose.

—No. Soy Lexa.

—¿Lo eres? Te noto rara, Lexa. Mmm. Debes escucharme. Sí que utilicé el cubo. Tengo una copia de la llave de tu cofre. Sagaz me ayudó.

—Da lo mismo —dijo Lexa—. Está hecho. No importa. Da igual. Superémoslo y…

Patrón se arrodilló a su lado y le cogió las manos. Su patrón, que tan ajeno le había resultado en otro tiempo, ya era familiar. Lexa tenía la sensación de que mirando sus líneas cambiantes podía ver secretos sobre cómo funcionaba el mundo. Quizá hasta sobre cómo funcionaba ella.

—Por favor —dijo Patrón—, déjame contártelo. No tenemos que hablar de tu pasado; he hecho mal en intentar obligarte. Sí, es verdad que cogí el cubo. Para hablar con Sagaz. ¡Él también tiene un cubo como este, Lexa! Me lo dijo.

»Me tenías muy asustado. No sabía qué hacer. Así que le pedí ayuda y me dijo que podíamos hablar mediante el cubo, si me preocupaba. Mmm… por lo que te estaba pasando. ¡Me dijo que soy muy divertido! Pero la última vez que hablé con él, me hizo una advertencia. Los Sangre Espectral lo estaban espiando. Alguien más oyó las cosas que le dije. Por eso Dante estaba al tanto de todo.

—Hablaste con Sagaz —susurró Lexa—. ¿Y un espía lo oyó? Eso… eso significa…

—Que ningún amigo tuyo es un traidor —dijo Patrón—. ¡Excepto yo! ¡Pero solo un poco! Lo siento.

No había espía. Y Patrón…

¿Aquello era otra mentira? ¿Estaba Lexa envolviéndose tanto en ellas que no alcanzaba a ver lo que era cierto? Aferró las manos demasiado largas de Patrón. ¡Cuánto anhelaba volver a confiar!

Tu confianza mata, Lexa, pensó la parte oscura de ella. La parte a la que había llamado Sinforma. Solo que no era algo sin forma. Lexa sabía exactamente qué era.

De momento, se retiró… y liberó a Velo y a Radiante. Velo tomó el control de inmediato, dio un respingo y se llevó una mano a la cabeza.

—Tormentas —susurró—. Eso sí que ha sido una… experiencia rara.

—He empeorado las cosas —dijo Patrón—. Soy muy estúpido.

—Intentabas ayudar —repuso Velo—. Pero deberías habérmelo dicho. Soy Velo, por cierto. Podría haberte ayudado.

Patrón zumbó con suavidad. Velo tuvo la impresión de que el spren no confiaba en ella por completo. Bueno, ella tampoco tenía la certeza de confiar en su propia mente por completo, así que bien estaba.

—Lo que has dicho nos dará mucho que pensar —dijo Velo—. De momento, por favor, no vuelvas a ocultarnos nada, ¿de acuerdo?

El patrón de Patrón se ralentizó y luego se aceleró. Asintió con la cabeza.

—Estupendo.

Velo respiró hondo. Bueno, esa parte se había acabado.

¿Quién mató a Ialai?, preguntó Lexa desde su interior.

Velo titubeó.

Puede que Patrón fuese quien movió el cubo todas esas veces, dijo Lexa. Y es por él que Dante se enteró de la trampa que tendimos con los spren corrompidos. Pero alguien mató a Ialai. ¿Quién fue?

Tormentas. Aquel desastre seguía teniendo cabos sueltos.

Muchos. Pero Velo necesitaba tiempo para digerirlo. Así que de momento apartó de su mente todo el asunto y sacó el cubo de comunicación. Repitió el ensalmo.

—Tráeme a Dante, cubo, y transfiere mi voz a él.

Esa vez tardó más que las anteriores, y Velo no sabía a qué se debía la diferencia. Estuvo unos diez minutos esperando antes de que Dante hablara por fin.

—Espero que solo tengas buenas noticias de las que informar, pequeña daga —dijo su voz.

—Son malas noticias, pero voy a dártelas igual —respondió ella—. Soy Velo, y tengo a Patrón aquí. Hemos descartado al último humano de Integridad Duradera. O Restares sabe disfrazarse mejor de lo que yo puedo distinguir o no está aquí.

—¿Cómo de segura estás de eso? —preguntó Dante, tranquilo.

Velo nunca lo había visto molestarse por las malas noticias.

—Depende —respondió ella—. Como te he dicho, podría haberse disfrazado. O quizá tu información esté mal.

—Es posible —reconoció Dante—. La comunicación entre reinos es difícil y la información viaja despacio. ¿Has preguntado si algún humano abandonó la fortaleza hace poco?

—Afirman que el último humano se marchó hace cinco meses —dijo Velo—. Pero fue Celeste, no Restares. A ella la conozco. He descrito nuestra presa a varios honorspren, pero dicen que la descripción es demasiado imprecisa y que para ellos muchos humanos se parecen entre sí. Me inclino a pensar que dicen la verdad. Tampoco mencionaron que Dieciséis, la persona que llevaba unos días planeando interceptar, era shin.

—Preocupante —dijo Dante.

—Las respuestas que me has dado han sido vagas —dijo Velo—. Te lo preguntaré a las claras. ¿Es posible que Restares se haya convertido en Tejedor de Luz? Los crípticos tienen unos requisitos para vincularse muy distintos a los de muchos otros Radiantes.

—Dudo muchísimo que Restares se haya unido a ninguna orden Radiante —respondió Dante—. No está en su naturaleza. Pero supongo que tampoco podemos negar la posibilidad. En el Cosmere existen variantes del tejido de luz que no requieren ningún spren, y además existen las hojas de Honor y en los últimos tiempos no se les ha seguido bien la pista, ni siquiera por parte de nuestros agentes.

—Creía que estaban todas en Shinovar excepto la que empuña Miller.

—Lo estaban.

Dante lo dijo con sencillez, sin ambages, pero con un tono que implicaba que no proporcionaría a Velo más información al respecto. A menos que completara aquella misión, en cuyo caso había prometido responder a todas sus preguntas.

—Deberías obtener luz tormentosa —sugirió Dante—. Si no has encontrado a Restares, es posible que él ya sepa que estás ahí, y eso podría ser peligroso. No es de los que luchan sin estar acorralados, pero si lo fuerzan, hay pocos seres tan peligrosos como él en este planeta.

—Genial, maravilloso —dijo Velo—. Es bueno saber que tengo que empezar a dormir con un ojo abierto. Podrías haberme avisado.

—Teniendo en cuenta tu paranoia, ¿habrías hecho algo de otra manera? —Dante sonaba divertido.

—Supongo que tienes razón sobre la luz tormentosa —dijo Velo—. Los honorspren tienen una reserva. Nos permitieron usarla para curar a Clarke. Me pregunto de dónde habrán sacado tantas gemas perfectas para contenerla tanto tiempo.

—Han tenido milenios para reunirlas, pequeña daga —respondió Dante—. Y les encantan las gemas, quizá por el mismo motivo que nosotros admiramos las espadas. Durante los tiempos de los Radiantes, algunos incluso se creían las historias sobre la Piedra de las Diez Albas y dedicaban vidas enteras a buscarla. ¿Cómo vas a obtener luz tormentosa de los honorspren?

—Empezaré a trabajar en un plan —dijo ella.

—Excelente. ¿Y cómo está tu… estabilidad, pequeña daga?

Velo pensó en Lexa tomando el control y encerrando de algún modo a Velo y Radiante.

—Podría ir mejor —admitió.

—Las respuestas ayudarán a liberarte —dijo Dante—. Cuando te las hayas ganado.

—Tal vez —replicó Velo—. O tal vez te sorprenderás por las cosas que ya sé.

El problema no era conseguir respuestas. Era encontrar la entereza para aceptarlas.

Bueno, ¿había alguna manera de confirmar lo que había dicho Patrón sobre Sagaz y los Sangre Espectral espiándolo? Dio unas vueltas a la idea, pero decidió no decir nada. No quería revelar demasiadas cosas a Dante.

Sus meditaciones se interrumpieron por el ruido de gente gritando. No era un suceso nada habitual en territorio de los honorspren.

—Tengo que irme —dijo a Dante—. Está pasando algo.

Los honorspren tenían una gran variedad de razones para retrasar el juicio de Clarke. La primera excusa, y también la más evidente, era que debían esperar al «juez supremo», un spren que estaba fuera de patrulla. Clarke había pasado semanas suponiendo que sería el Padre Tormenta, por cómo hablaban de él. Pero cuando lo había mencionado unos días antes, los honorspren se habían reído. Por tanto, ya no tenía ni idea de quién o qué era ese juez supremo, y las respuestas que le daban eran muy raras. El juez supremo era algún tipo de spren, eso parecía estar claro. Pero no un honorspren. El juez era de una variedad muy infrecuente. En cualquier caso, esperar a que regresara el juez supremo daba tiempo a los honorspren para reunir documentación, notas y testimonios. Pero aunque todo eso hubiera estado listo, tampoco habrían permitido que el juicio comenzara todavía. Porque según ellos, Clarke era idiota.

Bueno, tampoco se lo habían dicho con esas palabras. Pero Clarke no podía evitar sospechar que era lo que opinaban. Tenía una lamentable ignorancia de lo que ellos consideraban el proceso judicial correcto. Por eso tenía la reunión de ese día. En jornadas alternas, recibía instrucción. Los honorspren eran bastante claros respecto a una cosa: la propuesta de Clarke, tal y como la había expresado, les permitía condenarlo por traición y asesinato. Aunque esa no había sido del todo su intención, aquel juicio permitiría a los honorspren endosarle los delitos de los antiguos Radiantes. Así que antes de hacerlo, querían que Clarke comprendiera bien el proceso judicial. Qué seres más extraños. Caminó sin hacer ruido por la biblioteca, un edificio largo y plano en la cara norte de Integridad Duradera. A los honorspren les gustaban los libros, a juzgar por la enorme colección que tenían, pero era raro verlos allí dentro. Parecían disfrutar de la posesión de libros, considerándolos reliquias que acumular. La tutora de Clarke no se parecía en nada a ellos. Estaba subida a una escalerilla hojeando libros de un estante alto. Su ropa, creada a partir de su propia sustancia, recordaba a la vestimenta de una comerciante thayleña: falda a la altura de las rodillas con blusa y chal. Al contrario que los honorspren, su coloración era negra ébano, con un cierto lustre según le diera la luz. Como los distintos colores que el aceite despertaba en la hoja de una espada. Era una tintaspren. Anya estaba vinculada con uno de ellos, aunque Clarke nunca lo había visto. Aquella se hacía llamar Mezcla, nombre que a Clarke le resultaba peculiar.

—Ah, alta princesa —saludó la spren al verla llegar—. Eres.

—Soy —respondió ella. En las semanas que llevaban reuniéndose, Clarke se había acostumbrado bastante a su particular manera de expresarse.

—Bien, bien —dijo ella, bajando de la escalerilla—. Nuestro tiempo ya casi no es. Ven, debemos hablar.

—¿Nuestro tiempo ya casi no es? —preguntó Clarke, apresurándose a seguirla.

Mezcla era más bajita que la mayoría de los honorspren, y llevaba el pelo, negro puro como el resto de ella, recogido en algo que no era del todo una trenza. Aunque su piel era en su mayoría negra monocromática, unas tenues variaciones delineaban sus rasgos, haciendo más visibles su rostro redondo y su pequeña nariz.

—Sí —dijo ella—. Los honorspren han puesto fecha a tu juicio. Es.

—¿Cuándo?

—Dentro de tres días.

—¿El juez supremo está aquí, entonces? —preguntó Clarke mientras llegaban a su mesa de estudio.

—Debe de volver pronto —dijo ella—. O quizá ya esté aquí. Por tanto, debemos tomar decisiones. —Se sentó sin interrumpir su torrente de palabras—. No estás preparada. Tu progreso no es, alta princesa Clarke. No lo digo para ofenderte. Simplemente es.

—Lo sé —respondió ella, sentándose—. La ley honorspren es… compleja. Ojalá pudieras hablar tú en mi nombre.

—No es como hacen las cosas.

—Todo esto parece diseñado para ser frustrante.

—Sí —convino ella—. No es sorprendente, ya que el sistema lo estableció un puritano puñado de remilgados botones demasiado pulidos.

Los tintaspren y los honorspren no se apreciaban demasiado. Y se suponía que Mezcla era de las más diplomáticas entre los suyos, ya que era la emisaria oficial de los tintaspren en Integridad Duradera.

—Conozco a una honorspren en mi reino —dijo Clarke—. Puede ser… interesante a veces, pero yo no la llamaría remilgada.

—¿La Antigua Hija? —preguntó Mezcla—. No es la única cuya personalidad es como dices. Antes muchos honorspren eran como ella. Otros aún lo son. Pero Integridad Duradera, y aquellos que aquí son, han tenido un gran efecto en muchos honorspren. Predican el aislamiento. Otros escuchan.

—Es una medida demasiado extremada —dijo Clarke—. Tienen que darse cuenta de que hay una manera mejor de lidiar con su enfado hacia los humanos.

—Estoy de acuerdo. Una mejor solución es. Yo te mataría y punto.

Clarke se sobresaltó.

—¿Disculpa?

—Si una humana intenta vincularme —dijo Mezcla mientras buscaba entre los libros de su pila—, atacaré y la mataré. Esa mejor solución es.

—No creo que los Radiantes establezcan vínculos por la fuerza —dijo Clarke.

—Usarán antes la coacción. Yo atacaría primero. Tu especie no es de fiar. —Apartó un libro, negando con la cabeza—. En todo caso, me preocupa tu formación. Es endeble, aunque no por culpa tuya. Los honorspren usarán las complejidades de sus leyes contra ti, en tu perjuicio. Serás como una niña intentando librar un duelo. Creo que los juicios entre los tuyos son más directos, ¿me equivoco?

—En pocas palabras, te presentas ante el ojos claros que esté al mando y le expones tu caso —respondió Clarke—. Él te escucha, a lo mejor conferencia con testigos o expertos, y luego dicta sentencia.

—Breve, simple —dijo ella—. Muy defectuoso, pero simple. A los honorspren de esta región les gusta tener sus normas. Pero quizá una mejor solución es. —Levantó uno de los libros que había estado hojeando cuando llegó Clarke—. Podemos solicitar un juicio por testimonio. Es una variedad más similar a la que ya conoces.

—Suena muy bien —repuso Clarke, relajándose. Si tenía que soportar otra lección con expresiones como «evidencia exculpatoria» o «restitución compensatoria», estaba dispuesta a pedir que la ejecutaran y acabar con todo.

Mezcla fue tomando notas mientras hablaba.

—Es bueno que haya pasado estas semanas adiestrándote en los conceptos básicos. Eso te preparará para tener la mejor probabilidad de victoria, que consiste en adoptar este formato. En consecuencia, antes de explicártelo, recita tu estrategia de defensa general.

La habían repasado docenas de veces, hasta el punto de que Clarke podría decirla hasta al revés. Pero no le importó repetirlo: a los soldados se los entrenaba en las formaciones de batalla hasta que podían hacer las maniobras estando dormidos. Y aquel juicio iba a ser como una batalla. Mezcla le había advertido numerosas veces que tuviera cuidado con las emboscadas verbales.

—Debo persuadirlos de que no pueden hacerme responsable de los actos de los antiguos Radiantes —dijo Clarke—. No pueden condenarnos a mí ni a mi padre por las cosas que hicieron los humanos de la antigüedad. Para lograr eso, les demostraré mi personalidad, les demostraré que los Radiantes modernos no guardan ninguna relación con las viejas órdenes y les demostraré que nuestros actos en reacción a la crisis actual son una prueba del honor de la humanidad.

Mezcla asintió.

—Escogeremos un juicio por testimonio. Suponiendo que acepten tu solicitud, el juicio se desarrollará en tres fases a lo largo de tres días. El primer día el juez supremo escucha tres testimonios en tu contra. El segundo día testificas tú. El último día la acusación tiene permitida una refutación y luego se solicita sentencia. Este formato no suele escogerse, porque otorga demasiado peso al testimonio contra ti. Sin embargo, dado lo laxo que es tu conocimiento de los sistemas legales es, en fin… esta opción la mejor es.

Clarke sintió un profundo estremecimiento. Desearía una pelea que pudiera afrontar espada en mano, pero ahí estaba el problema. Cualquier Radiante podría hacerlo mejor que ella en una pelea como esa, por lo que en la práctica su dominio de la espada había quedado obsoleto. Era imposible que Clarke entrenara hasta alcanzar el nivel de un Radiante, capaz de sanar de las heridas y atacar con agilidad y fuerza sobrenaturales. El mundo había pasado a una era en la que solo ser experto en esgrima ya no era suficiente. Lo cual la obligaba a buscar un nuevo lugar. Su padre siempre se quejaba de no estar hecho para la diplomacia, y Clarke estaba decidido a no tener que afirmar lo mismo.

—Si puedo exponer mis argumentos el segundo día, me parece bien —dijo—. Los demás métodos que me has sugerido requerirían que comprendiera demasiado sobre sus leyes.

—Sí —respondió Mezcla—. Pero me preocupa que, al testificar, te incrimines a ti misma. O peor, te arriesgas a hacer preguntas al público y exponerte a sus condenas. Podrías acabar tú sola enfrentada a una hueste de expertos en legislación y retórica.

—Pero tengo que hablar por mí mismo —dijo Clarke—. No concibo ninguna forma de lograr lo que pretendo sin hablar con ellos. Debo demostrar mi valía y apelar a su honor.

Mezcla pasó sus páginas de anotaciones. Clarke se había dado cuenta de que cuando no la miraba era porque tenía algo difícil que decir.

—¿Qué ocurre? —le preguntó Clarke.

—Tienes mucha fe en su honor, princesa Clarke. Tu sentido de la justicia… es.

—Son honorspren —dijo ella—. ¿No están como obligados a ser honorables?

—Un interrogante es en esto —respondió Mezcla—. Sí, son honorspren. Pero el honor… no es algo que… que es.

—¿A qué te refieres?

—Los humanos definen el honor —dijo Mezcla—. Y ningún dios puede hacerlo cumplir, ya no. Además, los spren como nosotros no son seres sin mente. Nuestra voluntad es fuerte. Nuestras percepciones moldean nuestras definiciones de conceptos como el honor, lo correcto y lo incorrecto. Igual que pasa con los humanos.

—Estás diciéndome que lo que ellos perciben como honorable podría no ser lo que yo considero como tal. Syl ya me lo advirtió.

—Sí —dijo ella—. Lo que son define el honor para ellos. Sean lo que sean.

—Eso… da miedo —reconoció Clarke—. Pero existe la bondad en ellos. Cuidan de los ojomuertos, Maya incluida, con gran empeño y atención.

—Hum… sí —dijo Mezcla—. Esa. ¿Te dijo su nombre algún otro spren?

—No, me lo dijo ella misma.

—Los ojomuertos no hablan. Esto es.

—No paráis de repetir lo mismo, pero os equivocáis todos —replicó Clarke—. La oí en mi mente. Fue solo una vez, cierto, pero me dijo su nombre. Mayalaran. Es mi amiga.

Mezcla ladeó la cabeza.

—Curioso. Muy curioso…

—En el fondo, los honorspren deben de querer ayudar. Seguro que me escucharán. Seguro que podré hacérselo entender.

—Te daré las mejores opciones que pueda —dijo ella—. Pero debes entender esto. Los spren, todos los spren, os temen con buen motivo. Para demostrar que te equivocas, solo necesitan establecer que vincularse con humanos es un riesgo. Que los fracasos previos de la humanidad justifican la cautela.

—Todo es un riesgo.

—Sí. Y por ese motivo este juicio… no te favorece. Esta verdad es, princesa Clarke.

—¡Por como hablas, parece que no tengo ninguna posibilidad! —exclamó Clarke, intentando darle un tono risueño.

Ella cerró su libro. Y no respondió.

Clarke respiró hondo.

—Muy bien. ¿Cómo procederemos? —preguntó.

—Sospecho que lo mejor es averiguar si el regreso del juez supremo es.

Mezcla se levantó y dejó los libros en la mesa mientras avanzaba con paso firme hacia la puerta, a todas luces esperando que Clarke la siguiera. Afirmaba odiar a los honorspren por una antigua rivalidad, pero desde luego se comportaba igual que ellos. Ni ellos ni ella guardaban mucha deferencia a los títulos humanos, por ejemplo. Clarke no se consideraba una estirada, pero ¿no podrían tratarla con un poco más de respeto?

Fuera, como siempre, tuvo aquel momento de chirriante desconexión mientras su cerebro intentaba asumir que abajo no era abajo y arriba no era arriba. Que la gente caminaba por las cuatro caras interiores de aquella torre rectangular. No creía que jamás fuese a sentirse a gusto en aquel lugar. Los spren afirmaban que no era ninguna potenciación lo que les daba la posibilidad de andar por las paredes allí, que era la prolongada presencia de los honorspren lo que permitía a la torre decantarse por un tipo distinto de ley natural. Quizá los argumentos de aquel estilo tuvieran algún sentido para Lexa. ¿Dónde estaba, por cierto? Solía llegar tarde a aquellas sesiones de tutoría, pero en general se presentaba, al menos.

Mezcla la llevó hasta la arista entre el plano septentrional y el occidental, dado que la mayoría de los edificios oficiales estaban en la cara oeste. Clarke siempre encontraba curiosa aquella parte: tenía que levantar una pierna y ponerla en la pared. A continuación echaba la espalda hacia atrás mientras levantaba la otra pierna, con la sensación de que estaba a punto de caer. Pero en vez de dar contra el suelo, todo parecía rotar y se encontraba de pie en el otro plano.

—Lo haces mejor que la mayoría de los humanos —comentó Mezcla—. Suele parecer que el proceso les provoca náuseas.

Ella se encogió de hombros y la siguió hacia una hilera de edificios bajos apiñados cerca de la base de la torre. La mayoría de las construcciones en Integridad Duradera tenían solo una planta. Clarke no estaba segura de lo que ocurriría si construían demasiado alto. ¿Se correría el peligro de caer hacia el verdadero suelo?

Pasaron junto a varios grupos de honorspren, y Clarke pensó en lo que había dicho Mezcla acerca de sus naturalezas. No eran simples seres de honor, sino del honor tal y como lo definían los propios spren. Bueno, quizá no fueran todos tan altivos como parecían. De vez en cuando Clarke entreoía risas o captaba el atisbo de una sonrisa traviesa. Pero entonces pasaba algún honorspren uniformado más mayor y todo el mundo volvía a ponerse solemne. Aquellas criaturas parecían atrapadas entre un instinto juguetón y sus naturalezas como spren de los juramentos. Esperaba estar yendo hacia otra tediosa discusión con los honorspren que se ocupaban de su caso, pero antes de que Clarke y Mezcla entraran en el edificio de justicia, la spren se detuvo e inclinó la cabeza a un lado. Le hizo una seña para que Clarke la siguiera en otra dirección, y no tardó en descubrir por qué. Había cierto alboroto en el plano del suelo, cerca de los portones de la ciudad. Clarke tuvo un momento de pánico pensando que quizá sus amigos habían decidido rescatarla en contra de sus deseos, seguida de una preocupación más profunda por si todos aquellos ojomuertos de fuera habían decidido de repente invadir la fortaleza. Pero no era ninguna de las dos cosas. Se había congregado un grupo de spren alrededor de un recién llegado.

—¿El juez supremo? —aventuró Clarke.

—Sí —dijo Mezcla—. Excelente. Puedes plantearle tu solicitud.

Echó a andar en esa dirección, descendiendo por la cara occidental. Clarke la siguió hasta distinguir los detalles de la figura que tan alterado tenía a todo el mundo.

El juez supremo, al parecer, era humana.

—¿Humana? —dijo Velo, deteniéndose de sopetón—. Eso es imposible.

Entornó los ojos para escrutar la figura que veía abajo y no tuvo que acercarse más para confirmar lo que ya le estaba diciendo su instinto. Era un alezi bajito con el pelo ralo. Era él, la persona a la que estaba buscando. El juez supremo era Restares.

—Mmm… —respondió Patrón—. Pero dijeron que el juez supremo era un spren. ¿Quizá los honorspren mintieron? Mmm…

Velo se acercó a una pequeña muchedumbre de honorspren que se había acumulado en el plano sur para mirar embobados al recién llegado. Entre ellos estaba Lusintia, la honorspren a la que habían encargado hacer de guía a Velo durante su primer día en la fortaleza. Era una spren de poca altura, con el pelo largo hasta más o menos la punta de la barbilla. No llevaba uniforme, pero la chaqueta rígida y los pantalones que le gustaba ponerse podrían haberlo sido perfectamente. Velo se abrió paso a codazos hasta Lusintia, provocando miradas estupefactas de los honorspren, que no solían comportarse así cuando se amontonaban. Patrón se escurrió tras ella en la estela que dejaba.

—Ese no puede ser el juez supremo —dijo Velo, señalando—. Te hice la pregunta concreta de si la jueza suprema era humana.

—No lo es —respondió Lusintia.

—Pero…

—Quizá tenga la forma de una mujer —dijo Lusintia—, pero es una spren eterna e inmortal que nos bendice con su presencia. Esa es Kalak, a quien tu pueblo llama Becca. Heraldo del Todopoderoso. Nos ordenó que no dijéramos a nadie que estaba aquí, y sobre todo que no habláramos de ella a los humanos, motivo por el cual no teníamos permitido responder a tus preguntas hasta que lo vieras por ti misma. Un Heraldo. Condenación. La mujer que Dante la había enviado a encontrar y, según sospechaba, la mujer a la que quería que matara, era uno de los Heraldos.