79. HERIDA ABIERTA
Titus cayó. A pesar de estar tan lejos aquí fuera, en Integridad Duradera, sentí cómo nos lo arrancaban. El Juramento ya estaba roto, pero la Conexión permanecía. Todos nosotros podemos sentir a los demás, hasta cierto punto. Y después de investigar, sé la verdad de lo que le sucedió. Lo sentí como una muerte al principio, y creo que eso es en lo que devino.
Rlain entró en la lavandería y notó que todas las tormentosas cabezas del lugar se volvían para mirarlo. Los guardias cantores de la puerta espabilaron y uno dio un codazo al otro canturreando a Curiosidad. Las mujeres humanas que trabajaban en las enormes tinas de agua jabonosa giraron la cabeza mientras frotaban. Los hombres que movían la ropa metiendo largas varas en las cubas de sosa pararon y se secaron la frente. La charla se redujo a susurros.
Rlain. Traidor. Rechazar. Rareza.
Rlain mantuvo la cabeza alta. No había sobrevivido al Puente Cuatro para dejarse intimidar por una cámara tranquila de ojos mirones, pero tampoco pudo evitar sentirse como la única gema del montón que no brillaba. De algún modo, con la invasión cantora de
Urithiru, se había vuelto incluso más extranjero.
Dejó atrás las tinas y las cubas en dirección a la zona de secado.
Algunos de los fabriales originales de la torre —los elevadores, los principales pozos, la ventilación— estaban alterados para funcionar con luz del vacío. Eso significaba que los trabajadores podían dejar allí la ropa en grandes anaqueles para que se secara donde los conductos de ventilación soltaban un poco más de aire. Se decía que los Fusionados pondrían pronto en funcionamiento otros fabriales de la torre, pero a Rlain no le contaban sus planes. Cerca de los anaqueles de secado encontró un carrito esperándolo, lleno de ropa de cama limpia. Contó las sábanas mientras el capataz, un humano ojos claros que siempre parecía estar por allí cuando iba Rlain, se apoyaba contra la pared cerca de él y se cruzaba de brazos.
—Bueno —dijo el hombre—, ¿y cómo es? Moverte por toda la torre. Gobernar el lugar. Tiene que estar bien, ¿no?
—Yo no gobierno nada —respondió Rlain.
—Claro, claro. Pero debe de sentar bien estar al cargo de toda esa gente que antes era tu dueña.
—Yo soy oyente —dijo Rlain a Irritación—. Nunca fui esclavo de los alezi, solo un espía que aparentaba serlo. Bueno, exceptuando la época del Puente Cuatro. Eso sí que había parecido verdadera esclavitud.
—Pero ahora tu gente está al mando —insistió el hombre, absolutamente incapaz de captar una indirecta.
—No son mi gente —dijo Rlain—. Yo soy oyente, o sea que vengo de un país distinto del todo. Soy tan parecido a ellos como tú a un iriali.
El hombre se rascó la cabeza al oírlo. Rlain suspiró y movió el carrito para recoger unas almohadas. Las mujeres de allí no solían hablar con él, así que pudo amontonar las almohadas sin recibir más que unos pocos ceños fruncidos. Pero sí que oía sus bisbiseos, por desgracia. Mejor de lo que ellas debían de pensar.
—… así que no hables muy alto —estaba diciendo una—. O te denunciará a ellos.
—Estaba aquí todo el tiempo —susurró otra—, observando a los Corredores del Viento, planeando el mejor momento para atacar. Es él quien los envenenó.
—Está rondándolos a todas horas como un spren vengativo —dijo una tercera—. Para matar a cualquiera que despierte. A cualquier que…
Dio un gañido cuando Rlain se volvió hacia las tres mujeres. Pusieron los ojos como platos y retrocedieron. Rlain podía sentir su tensión mientras se acercaba a ellas.
—Me gusta jugar a las cartas —dijo.
Las tres la miraron horrorizadas.
—Cartas —dijo Rlain a Anhelo—. Juego mejor a torres, pero también me gusta el rodeo. Soy bastante bueno, ¿sabéis? Bisig dice que es porque se me da bien hacer faroles. Me divierte. Me gusta.
Las tres mujeres se miraron entre ellas, a todas luces confusas.
—He pensado que deberíais saber algo sobre mí —dijo Rlain—. Se me ha ocurrido que a lo mejor en ese caso dejaríais de inventaros cosas.
Las saludó con la cabeza, se obligó a armonizar a Paz y siguió atando las almohadas encima de su carrito. Cuando empezó a llevárselo, regresaron los susurros.
—Ya lo habéis oído —siseó la primera mujer—. ¡Le gusta apostar! No me extraña. Esa gente puede ver el futuro, ¿sabéis? Asquerosos poderes del Vacío. Se aprovecha de quienes son tan tontos como para apostar contra él…
Rlain suspiró, pero siguió adelante. Al llegar a la puerta, sabía que debía apartarse a un lado porque uno de los cantores intentaría ponerle la zancadilla. No se habían cansado de aquella vieja y horrible treta, por muchas veces que la repitieran. Se alejó deprisa de la puerta, pero no antes de que uno de ellos le gritara «¡Nos vemos mañana, traidor!» al Ritmo de la Reprimenda.
Rlain empujó su carrito por los pasillos de Urithiru. Había mucha gente fuera, tanto humana como cantora. Transportar agua desde los pozos era un empleo a tiempo completo para varios centenares de trabajadores. Mucha población había emigrado desde el perímetro, que estaba volviéndose demasiado frío. Se apiñaban en aquellas salas interiores. Los humanos se apartaban de su camino. La mayoría de los cantores ni lo miraban, pero quienes lo hacían solían reparar en su tatuaje. Sus ritmos cambiaban y sus ojos lo seguían. Algunos lo odiaban por la traición de sus antepasados. A otros les habían dicho que los oyentes eran un grupo de pioneros que habían preparado el regreso de Odium. Esos trataban a Rlain con reverencia. Ante todo eso, ante los humanos temerosos, los regios desconfiados y el ocasional asombro de los cantores comunes, deseó poder ser tan solo Rlain. Odiaba que para todos ellos fuese una especie de representante de un pueblo entero. Quería que lo vieran como una persona, no como un símbolo. Lo más cerca que había estado de ello fue entre los hombres del Puente Cuatro. Aunque lo hubieran llamado «Shen», nada menos. Era como si llamaran a un hijo suyo «Humano». Pero por muchos defectos que tuvieran, le habían proporcionado un hogar. Porque habían estado dispuestos a intentar verlo tal y como era. Mientras empujaba el carrito localizó de nuevo el cremlino. Ese marrón normal y corriente que correteaba por las paredes cerca del techo, disimulando su color con el de la mampostería. Seguían observándolo. Venli le había advertido de ello. La invisibilidad de los vacíospren no funcionaba bien en la torre. Así que por lo visto, cuando querían tener un ojo echado a alguien, habían empezado a meterse en la gema corazón de algún animal. Rlain intentó fingir que no lo había visto. Al cabo de un rato el cremlino se volvió y corrió hacia otro pasillo distinto. Los vacíospren no podían controlar del todo a los animales que vinculaban: al parecer, cuanto más tonto fuese el animal, más podían influir en él. Por tanto, no había forma de saber si el vacíospren pensaba que ya había visto suficiente o si era solo que su anfitrión se había distraído con algo. Rlain acabó llegando al atrio y, al igual que mucha gente, se detuvo un momento para disfrutar de la luz que entraba por la enorme ventana oriental. Por allí siempre circulaba mucha gente de un tiempo a esa parte. Aunque solo los cantores más privilegiados podían usar los elevadores, allí iba gente de las dos especies por la luz. Cruzó el atrio con su carrito y lo metió en la enfermería de los Radiantes. No pudo relajarse todavía, ya que en la sala había una cantidad sorprendente de humanos moviéndose entre los Radiantes caídos. Todos aparentaban tener algún motivo para estar allí. Aguadores, gente que cambiaba las bacinillas, otros a los que habían reclutado para ayudar a alimentar con caldo a los Radiantes. Siempre había nuevos voluntarios, desde que los hombres y mujeres de la torre habían convertido aquel lugar en una especie de centro de peregrinación. Echaban un vistazo a los Radiantes. Cuidaban de ellos. Y luego se iban a quemar oraciones por su recuperación. Nadie de quienes trabajaban allí parecía consciente de que, menos de dos años antes, se les habría llenado la boca con el nombre de los Radiantes Perdidos al maldecir. Los ojos persiguieron a Rlain, que, obligándose a caminar al Ritmo de la Paz, entregó el carrito de sábanas y almohadas recién lavadas a quienes estaban cambiándolas. Ese día supervisaba el trabajo un hombre de un solo brazo y ojos atribulados. Como casi todos los demás en la enfermería, se había pintado el glifo shash en la frente. Eso tenía desconcertado a Rlain. Unos días antes Lezian el Perseguidor había ordenado a sus tropas que apalearan a quienes llevasen la marca en la frente, aunque al día siguiente Rabeniel había anulado la orden. Aun así, resultaba extraño que tantos humanos se la pusieran. Era imposible que no comprendieran que estaban señalándose a sí mismos. Aunque el Perseguidor había tenido que contener a sus hombres y después de eso se habían producido menos incidentes, Lezian seguía favoreciendo un aumento de la brutalidad en la torre. Había tomado la perturbadora decisión de apostar soldados allí, en la enfermería: dos regios en forma tormenta que iban rotando con otros como ellos para montar guardia a todas horas. Rlain sintió sus miradas mientras se dirigía al fondo de la estancia, donde Lirin y Hesina habían colgado sábanas usadas para separar una sección como una especie de oficina y dormitorio para ellos. Rlain se obligó a armonizar a Confianza hasta que pudo pasar entre las sábanas. Dentro encontró a Lirin observando a los formas tormenta. Detrás de él habían montado un pequeño puesto médico donde Lirin podía atender a pacientes, porque cómo no iba a hacerlo. Raven hablaba a veces de su padre y Rlain tenía la sensación de conocer bien a Lirin y Hesina, aunque se relacionaba en persona con ellos solo desde hacía unas semanas.
—¿Y bien? —preguntó Rlain.
—Esos regios nos han visto a Hesina y a mí —susurró Lirin—. No hemos podido seguir escondidos todo el tiempo. Pero no creo que importe. A estas alturas, alguien tiene que habernos reconocido. No me sorprendería que hubieran puesto aquí a los guardias porque ese tal Perseguidor se enteró de nuestra presencia.
—A lo mejor deberíais haceros menos de notar —propuso Rlain, buscando cremlinos en el techo—. O a lo mejor deberíamos sacaros de este sitio.
—Ya estamos mirando por si hay cremlinos —dijo Lirin—, y no hemos visto ninguno. Nada, de momento. Y en cuanto al Perseguidor, Venli dice que deberíamos estar a salvo de él mientras esa Celestial, Leshwi, nos proteja.
—No sé hasta qué punto confío en ninguno de ellos, Lirin —respondió Rlain—. Sobre todo en los Fusionados.
—Estoy de acuerdo —dijo Lirin—. ¿A qué están jugando? Leshwi ni siquiera preguntó por mi hija. ¿Tú sabes por qué se comportan así?
—Lo siento —repuso Rlain—, pero ni idea. Nuestras canciones apenas mencionan a los Fusionados, y es solo para decir que los evitemos.
Lirin gruñó. Al igual que los demás, esperaba que Rlain comprendiese a los Fusionados y los regios mejor que él mismo, pero había que reconocer al cirujano y a Hesina que habían aceptado a Rlain sin ninguna sospecha, a pesar de su especie. Por mucho que Lirin se quejara de Raven, parecía que consideraba digno de confianza a cualquiera a quien su hijo llamase amigo.
—¿Y Venli? —preguntó Lirin—. Lleva una forma regia. ¿En ella podemos confiar?
—Venli podría haberme dejado encerrado —dijo Rlain—. Creo que ha demostrado que sí.
—A no ser que esté jugando a algo a largo plazo —matizó Lirin, entornando los ojos.
Rlain canturreó a Reconciliación.
—Me sorprende que sospeches así. Raven decía que siempre veías lo mejor en la gente.
—Mi hija no me conoce tan bien como cree —respondió Lirin, y siguió escrutando entre las sábanas.
Rlain pasó junto a la mesa de examen hacia el lugar donde Hesina había extendido uno de sus mapas robados en el suelo. Al llegar, canturreó a Ansiedad.
—Quizá no deberíamos sacarlos —susurró—, con esos regios por aquí.
—No podemos vivir con miedo a encontrar enemigos en cada esquina, Rlain —replicó Hesina—. Si quisieran llevársenos, ya lo habrían hecho. Tenemos que suponer que de momento estamos a salvo.
Rlain canturreó a Ansiedad. Pero… las palabras de Hesina eran sabias. Procuró tranquilizarse. Había visto aquel cremlino, sí, pero no sabía si contenía un vacíospren o no. Quizá sí que se mostrara demasiado asustadizo. Lo más seguro era que estuviera en vilo por cómo lo trataba todo el mundo en sus trayectos por la torre.
—No dejo de pensar —dijo Hesina mirando el plano— que si pudiéramos llevar esto a Rav, a lo mejor le vendría bien.
Rlain lanzó una mirada a Lirin, canturreando a Curiosidad. Hesina no captaría el ritmo, pero desde luego comprendió su lenguaje corporal.
—La regañina que tenga Lirin es cosa suya, no mía —dijo Hesina—. Puede hacerse el pacifista estoico todo lo que le dé la gana, y yo lo amo por ello. Pero no pienso dejar a Rav sola ahí fuera sin ayuda. ¿Crees que, si tuviera planos precisos de la torre, le iría mejor?
—Daño no le haría —repuso Rlain, arrodillándose junto a ella.
Todos sabían ya lo que había hecho Raven unos días antes, su espectacular aparición en el mercado del Apartado, su enfrentamiento con los Fusionados, su lucha en el aire. Era evidente que los Fusionados tenían miedo. No habían perdido ni un segundo antes de empezar a anunciar que la habían matado. Demasiado deprisa, con demasiada insistencia y sin ningún cadáver que mostrar. La gente de la torre no estaba creyéndoselo, y Rlain tampoco. Se había unido al Puente Cuatro más tarde que la mayoría, pero había estado presente en las transformaciones más dramáticas de Raven. Bendita por la Tormenta estaba viva en algún lugar de la torre, planeando su siguiente acción. Hesina siguió estudiando el plano de la quinta planta de la torre, pero Rlain se fijó en otra cosa. Hesina había dejado otro mapa a un lado, uno de las Llanuras Quebradas. Rlain terminó de desenrollarlo y se descubrió armonizando al Ritmo de lo Perdido. Nunca había visto un mapa completo tan detallado de todas las llanuras. Su inmensidad no lo pilló por sorpresa. Había estado allí como oyente y como hombre del puente. Había volado con los Corredores del Viento. Comprendía la extensión de las Llanuras Quebradas y estaba preparado para lo diminuta que resultaba Narak comparada con las mesetas que se expandían en todas las direcciones. Pero no lo estaba para lo simétrico que era todo, viéndolo en conjunto. Sí, desde luego las Llanuras Quebradas se habían roto siguiendo una pauta. Rlain canturreó a Curiosidad, fijándose más, y distinguió unas líneas de escritura apretada en el extremo oriental de las llanuras, donde los vientos habían reducido el tamaño de las mesetas. Era la dirección en la que emigraban los abismoides después de criar o pupar. Una zona peligrosa, llena de grancaparazones, manadas de animales y depredadores grandes como edificios.
—¿Hesina? —llamó Rlain, girando el mapa hacia ella—. ¿Podrías leerme esto de aquí?
Ella se agachó.
—Es un informe de exploradores —dijo—. Parece que encontraron un campamento ahí. Una especie de caravana numerosa o grupo nómada. ¿Podrían ser natanos? Rlain, en ese sector falta mucho por explorar.
Rlain canturreó para sus adentros, preguntándose si debería aprender a leer. Wallace siempre estaba hablando de lo útil que era, pero a Rlain no le hacía gracia confiar en palabras escritas que no tenían vida, en vez de en las canciones. Un papel podía quemarse, perderse, destruirse en una tormenta, mientras que un pueblo entero y sus canciones no era tan fácil de…
Dejó el pensamiento inacabado. Un pueblo entero. Volvió a golpearlo el conocimiento de que estaba solo.
«No. Venli está aquí», pensó. Ya eran dos. Nunca le había caído demasiado bien Venli, pero por lo menos Rlain ya no era el único oyente. Pensarlo hizo que se preguntara si deberían… intentar rehacer su pueblo. La idea lo repelía por varios motivos. Para empezar, las ocasiones en las que había probado a adoptar la forma carnal, las cosas no habían ido como él —ni nadie, en realidad— había esperado.
Lirin retrocedió de sopetón desde las sábanas colgadas. Fue un movimiento tan repentino que Hesina lo interpretó como una advertencia y, al instante, cogió una sábana y la extendió sobre los mapas. A continuación puso encima unas vendas, para aparentar que había puesto la sábana en el suelo para que los vendajes no se ensuciaran mientras los enrollaba. Era una excusa excelente, que Rlain quizá echara a perder al moverse demasiado tarde para guardar su mapa de las Llanuras Quebradas.
—No es eso —dijo Lirin, cogiendo a Rlain por el hombro—. Ven a ver. Creo que he reconocido a un trabajador.
Lirin señaló entre dos sábanas a un hombre de corta estatura. Tenía una marca en la frente, pero no era un glifo shash pintado, sino un tatuaje del Puente Cuatro como el que llevaba el mismo Rlain. Macallan mantenía la vista gacha y caminaba con su habitual aire de silenciosa sumisión.
—Creo que ese hombre es amigo de Raven —dijo Lirin—, ¿verdad?
Rlain asintió y empezó a canturrear flojito a Ansiedad mientras salía a la cámara principal. Macallan y él habían trabajado juntos a menudo, ya que eran los dos únicos miembros del Puente Cuatro que no habían obtenido capacidades de Corredor del Viento. Verlo volvió a abrir esa herida en Rlain, que se forzó a canturrear a Paz. No era culpa suya que los spren fuesen tan racistas como los humanos. O como los cantores. Como la gente. Sin decir nada, cogió a Macallan por el brazo y lo apartó de los regios.
—Tormentas, cómo me alegro de verte —susurró—. Me tenías preocupado, Macallan. ¿Dónde te habías metido? ¿Estabas asustado? Ven, ayúdame a llevar agua a los demás. Como el trabajo que hacíamos antes, ¿te acuerdas?
Podía imaginarse al pobre mudo escondido en un rincón, llorando mientras los enemigos inundaban la torre. Macallan se había convertido en una especie de mascota para el Puente Cuatro. Era uno de los primeros hombres a los que Raven había salvado. Macallan representaba lo que les habían hecho a todos, y también que hubieran sobrevivido a ello. Heridos, pero aún con vida. Macallan se resistió cuando Rlain intentó tirar de él hacia el abrevadero. El hombre del puente más bajito acercó la cabeza a Rlain y lo sorprendió del todo al hablar.
—Rlain —dijo Macallan—. Por favor, ayúdame. Raven está dormida y no hay forma de que despierte. Creo… creo que se muere.
