80. EL PERRO Y EL DRAGÓN
Al principio los cantores metieron a Titus en una gema. Se creen muy listos por haber descubierto que pueden atraparnos en ellas. Solo les ha costado siete mil años.
Raven existía en un lugar donde el viento la odiaba.
Recordaba luchar en el mercado y luego bucear por el pozo.
Tenía la vaga impresión de haber salido corriendo a la tormenta, deseando olvidarlo todo y dejarse caer.
Pero no, no podía rendirse. Había trepado por el exterior de la torre. Porque había sabido que huir supondría dejar solos a Macallan y a Marcus. Si huía, abandonaría a Syl, quizá para siempre. Así que había escalado y…
¿Y había oído la voz del Padre Tormenta?
No. La voz de Bellamy.
Eso había ocurrido… ¿hacía días? ¿Semanas? No sabía lo que le había pasado. Caminaba por un lugar de vientos constantes. Los rostros de sus seres queridos aparecían en sombras que la acosaban, todas ellas suplicándole ayuda. Unos fogonazos de luz le quemaban la piel, la cegaban. La luz estaba furiosa. Y aunque Raven anhelaba huir de la oscuridad, cada nuevo estallido la predisponía a tener más miedo a la luz.
Lo peor era el viento. Ese viento que la odiaba. La despellejaba, la arrojaba contra las rocas mientras Raven intentaba buscar un escondrijo donde escapar de él.
Odio, susurraba. Odio. Odio odio.
Cada vez que el viento hablaba, rompía algo en el interior de Rav.
Desde que tenía memoria, desde su infancia, le había encantado el viento. Sentirlo en la piel significaba que era libre. Significaba que estaba viva. Le llevaba nuevos aromas, limpios y frescos. El viento siempre había estado allí, su amigo, su compañero, su aliado. Hasta que un día había cobrado vida y había empezado a hablarle. Su odio la destrozaba. La dejaba temblando. Se desgañitó llamando a Syl antes de recordar que la había abandonado. No se acordaba de cómo había llegado a aquel lugar terrible, pero eso sí lo recordaba. Nítido como una daga clavada en el pecho. Raven había dejado sola a Syl, para que se perdiera a sí misma porque ella se había ido demasiado lejos. Había abandonado el viento. El viento se estrelló contra ella y la empujó contra algo duro. ¿Una formación rocosa? Estaba en… algún lugar árido. No había ni rastro de rocabrotes o enredaderas en los destellos de luz aterradora. Solo peñascos rocosos interminables, azotados por el viento. Le recordó a las Llanuras Quebradas, pero con mucha más variedad de elevaciones. Picos y precipicios, rojos y grises.
Cuántos agujeros y túneles. Seguro que habría algún lugar donde refugiarse. «Por favor, que pueda descansar. Solo un minuto.»
Avanzó con esfuerzo, aferrándose a la pared de piedra, intentando no tropezar. Tenía que combatir contra el viento. El terrible viento.
Odio. Odio. Odio.
Hubo un relámpago que la cegó. Se acurrucó contra la roca mientras el viento arreciaba. Cuando empezó a moverse de nuevo, ya veía un poco mejor. A veces era oscuridad absoluta. A veces alcanzaba a ver algo, aunque no había ninguna fuente de luz que pudiera localizar. Solo una iluminación persistente sin dirección. Como en… como en otro lugar que no llegaba a recordar.
Esconderse. Tenía que esconderse.
Rav se apartó de la pared de piedra y bregó contra el viento.
Aparecieron figuras. Marcus suplicando saber por qué Raven no lo había rescatado. Miller rogándole que lo ayudara a proteger a sus abuelos. Lirin muriendo ejecutado por Roshone. Rav intentó no prestarles atención, pero si cerraba los párpados, sus gritos se hacían más fuertes. Así que se obligó a seguir adelante, buscando refugio. Subió con esfuerzo por una breve cuesta, pero cuando llegó a la cima el viento cambió de dirección y la empujó desde atrás, arrojándola por el otro lado. Cayó con el hombro y se raspó todo el brazo contra la piedra al descender por ella.
Odio. Odio. Odio.
Rav se puso de rodillas con los dientes rechinando. Ella… ella no se rendía. Ella… no era una persona que tuviera permitido rendirse.
¿Eso era verdad? Costaba… costaba recordar.
Se levantó, con el brazo colgando laxo a un costado, y siguió andando. Contra el viento otra vez. «Sigue moviéndote. No dejes que te detenga. Encuentra un lugar. Un lugar donde esconderte.»
Avanzó trastabillando, exhausta. ¿Cuánto tiempo llevaba sin dormir? ¿Sin dormir de verdad? Durante años, Rav se había tambaleado de una pesadilla a otra. Vivía solo a base de fuerza de voluntad. Pero ¿qué pasaría cuando se le terminara esa fuerza? ¿Qué pasaría cuando sencillamente… no pudiera más?
—¿Syl? —graznó—. ¿Syl?
El viento embistió contra ella, la desequilibró y la arrojó hasta el borde de un abismo. Se quedó balanceándose en el límite, aterrorizada por la oscuridad de abajo, pero el viento no le estaba dejando elección. La empujaba al vacío. Perdió el equilibrio y se precipitó. Impactó una y otra vez contra rocas en la pared del abismo, sin poder hallar la paz ni siquiera mientras caía. Golpeó contra el fondo con un poderoso crujido en la cabeza y un repentino fulgor de luz.
Odio. Odio. Odio.
Se quedó allí tendida. Dejando que el viento maldijera. Dejando que la aporreara. ¿Había llegado la hora? ¿Era el momento de abandonar por fin?
Se forzó a mirar arriba. Y allí, en la lejanía a lo largo del fondo del abismo, vio algo hermoso. Una luz blanca y pura. Una calidez anhelante. Verla le dio ganas de llorar y de gritar y de intentar alcanzarla.
Algo real. Algo que no lo odiaba.
Tenía que llegar hasta esa luz.
La caída la había destrozado. Un brazo no le funcionaba, y sus piernas eran un desastre agónico. Empezó a reptar, arrastrándose con el brazo bueno.
El viento redobló sus esfuerzos, intentando hacerla retroceder, pero desde que Raven había visto la luz, tenía que seguir adelante. Apretó los dientes por el dolor y siguió empujándose. Centímetro a centímetro. Desafiando al viento que chillaba, haciendo caso omiso a las sombras de amigos moribundos.
«Sigue. Moviéndote.»
La luz se fue acercando y Raven ansió entrar en ella. En aquel lugar de calidez, en aquel reducto de paz. Oyó… un sonido. Un tono sereno que no era ni el viento malicioso ni los susurros acusadores.
Más cerca. Más cerca.
Un poco… más…
Estaba ya solo a tres metros. Podía…
De pronto Raven empezó a hundirse. Sintió que el suelo cambiaba, que se hacía líquido. Crem. La roca se había transformado de algún modo en crem, y estaba absorbiéndola, hundiéndose por debajo de ella. Gritó y estiró el brazo bueno hacia aquel resplandeciente remanso de luz. No había nada que trepar, nada a lo que agarrarse. Montó en pánico mientras se hundía más. El crem la cubrió, llenándole la boca mientras chillaba, mientras suplicaba, mientras mantenía la mano temblorosa extendida hacia la luz. Hasta que resbaló bajo la superficie y de nuevo se encontró en la asfixiante oscuridad. Mientras se sumergía, Rav comprendió que la luz nunca había estado allí para que ella la alcanzara. Había sido una mentira, hecha con la intención de proporcionarle un momento de esperanza en aquel lugar espantoso, terrible. Para luego poder arrebatarle esa esperanza. Para que por fin pudiera.
Quedarse.
Rota.
Un brazo brillante atravesó el crem, como evaporándolo. Una mano asió a Raven por el chaleco y la sacó a pulso a la superficie. Una figura resplandeciente la acercó a ella y la escudó del viento mientras la llevaba los últimos pocos metros que quedaban hasta la luz.
Raven se aferró a la figura, notando ropa, calor, un aliento vivo.
Había otra persona entre las sombras y las mentiras. ¿Sería… sería Honor? ¿El mismísimo Todopoderoso?
La figura la metió en la luz y el resto del crem desapareció, dejando un regusto en la boca de Raven. El ser misterioso depositó a Raven en una roca pequeña que parecía colocada a modo de asiento. Dio un paso atrás y empezó a ganar color mientras el brillo iba desvaneciéndose, revelando…
A Sagaz.
Raven parpadeó y miró a su alrededor. Estaba al fondo de un abismo, sí, pero dentro de una burbuja de luz. Fuera el viento seguía aullando, pero no podía afectar a aquel lugar, a aquel momento de paz. Se llevó una mano a la cabeza y cayó en la cuenta de que ya no le dolía. De hecho, en ese momento pudo comprender que estaba en una pesadilla. Estaba dormida. Debía de haberse quedado inconsciente después de huir hacia la tempestad.
Tormentas… ¿Qué clase de fiebre tenía para que le provocara unos sueños tan terribles? ¿Y por qué en ese momento podía verlo con tanta claridad?
Sagaz alzó la vista hacia el tumultuoso cielo muy arriba, más allá de los bordes del abismo.
—Esto no es jugar limpio. No es jugar limpio para nada.
—¿Sagaz? —dijo Raven—. ¿Cómo es que estás aquí?
—No lo estoy —respondió Sagaz—. Ni tú tampoco. Esto es otro planeta, o al menos tiene ese aspecto. Y no es un planeta agradable, ojo. De los que no tienen luces. Ni tormentosas, ni gaseosas, ni siquiera de las eléctricas. Este dichoso sitio apenas tiene atmósfera. —Miró a Raven.
»Estás durmiendo. El enemigo te envía una visión, como las que el Padre Tormenta enviaba a Bellamy. Pero no estoy seguro de cómo te ha aislado Odium. Para las Esquirlas es difícil invadir así las mentes salvo en un conjunto específico de circunstancias.
Negó con la cabeza, con los brazos en jarras, como si estuviera contemplando un cuadro mediocre. Luego se sentó en un taburete junto a una hoguera que Raven no había visto hasta entonces. Un fuego caliente, acogedor, que desterró por completo la gelidez, irradiando directamente el alma de Raven a través de sus huesos. Encima de las llamas había una cacerola de estofado hirviendo que Sagaz removió, llenando el aire de fragancias especiadas.
—Es el estofado de Roca —dijo Raven.
—Una vieja receta comecuernos.
—Coge todo lo que tengas y mételo en la cacerola —dijo Raven, sonriendo mientras Sagaz le pasaba un cuenco de estofado humeante—. Pero no es real. Acabas de decírmelo.
—Nada es real —respondió Sagaz—. Por lo menos, según una corriente filosófica. Así que disfruta de lo que pareces capaz de comer y no te quejes.
Raven obedeció y dio la cucharada de estofado más sabrosa que había degustado en la vida. Pero era difícil evitar que su mirada se desviara al otro lado de la resplandeciente barrera de luz hacia la tormenta.
—¿Cuánto tiempo puedo quedarme contigo? —preguntó Raven.
—No mucho, lo siento —dijo Sagaz mientras se servía también un cuenco de estofado—. Veinte minutos más o menos.
—¿Y luego tendré que volver ahí fuera?
Sagaz asintió.
—Me temo que va a empeorar, Raven. Lo lamento.
—Será peor que esto.
—Por desgracia, sí.
—No soy lo bastante fuerte, Sagaz —susurró Raven—. Todo era mentira. Nunca he sido lo bastante fuerte.
Sagaz tomó una cucharada de estofado y asintió.
—¿Estás… de acuerdo? —preguntó Raven.
—Tú conoces tus límites mejor que yo —dijo Sagaz—. No es tan terrible ser demasiado débil. Eso hace que nos necesitemos unos a otros. Yo no debería quejarme cuando alguien reconoce sus defectos, aunque podría terminar dejándome sin trabajo que demasiados compartieran tu sabiduría, joven mujer del puente.
—¿Y si todo esto es demasiado para mí? —preguntó Raven—. ¿Y si no puedo seguir luchando? ¿Y si… paro? ¿Y si me rindo?
—¿Estás cerca de eso?
—Sí —susurró Raven.
—Pues más vale que te comas el estofado —dijo Sagaz, señalando con la cuchara—. Una mujer no debería tumbarse y morir con el estómago vacío.
Raven esperó a que dijera más, a que le diera algún consejo o algún ánimo. Pero Sagaz se limitó a comer, de modo que Raven intentó hacer lo mismo. Aunque el estofado era perfecto, no pudo disfrutarlo. No sabiendo que fuera la aguardaba la tormenta. Que no se había librado de ella, que iba a empeorar.
—¿Sagaz? —dijo Raven por fin—. ¿Por casualidad… no tendrías alguna historia que pudieras contarme?
Sagaz se quedó inmóvil, con la cuchara en la boca. Miró sin parpadear a Raven mientras bajaba la mano, dejando la cuchara entre sus labios, pero entonces los separó al quedarse boquiabierto y la cuchara cayó a la mano preparada.
—¿Qué pasa? —preguntó Raven—. ¿Por qué te sorprendes tanto?
—Bueno —respondió Sagaz, recuperándose—. Es que… llevaba tiempo esperando a que alguien me lo pidiera. Parece que nunca lo hace. —Sonrió de oreja a oreja, se inclinó adelante y bajó la voz a un susurro—. Hay una posada que no puedes encontrar cuando la buscas. Tienes que topar con ella de chiripa en una calle neblinosa, de madrugada, perdido e inseguro en una ciudad desconocida.
»La puerta tiene una rueda, pero en el letrero no hay ningún nombre. Si la encuentras y te metes, verás a un joven detrás de la barra. No tiene nombre. No podría decírtelo ni aunque quisiera, porque se lo han quitado. Pero te conocerá, igual que conoce a todos los que entran en la posada. Escuchará todo lo que quieras decirle, y créeme, querrás hablar con él. Y si le pides una historia, te la contará. Como me la contó a mí. Y yo ahora la compartiré contigo.
—Muy bien… —dijo Raven.
—Chist. Esta no es la parte en la que hablas —la interrumpió Sagaz.
Se acomodó y luego giró la mano a un lado con un gesto brusco, palma hacia arriba. Apareció un críptico a su lado, tomando forma como a partir de una niebla. Llevaba una túnica almidonada como cuando estaban en Shadesmar, y su cabeza era un patrón curvo e intrincado que por algún motivo resultaba más… fino y grácil que el del Patrón de Lexa. El críptico hizo gestos de ánimo. Raven había oído que Sagaz se había hecho Tejedor de Luz, pero no se había sorprendido. Tenía la sensación de que había visto a Sagaz tejer luz hacía mucho tiempo. Fuera como fuese, no se comportaba como si perteneciera a una orden Radiante. Era solo… bueno, Sagaz.
—Esta historia —dijo— no tiene un propósito. No debes buscarle moraleja. Es de ese tipo de historias, ¿sabes? Del otro tipo de historias.
El críptico levantó una flauta que Raven reconoció.
—¡Tu flauta! —exclamó—. ¿La has encontrado?
—Esto es un sueño, zopenca —respondió Sagaz—. No es real.
—Ah —dijo Raven—. Claro.
—¡Yo soy real! —dijo la spren con una voz musical y femenina—. ¡Nada imaginaria en absoluto! ¡Por desgracia, lo que sí soy es irracional! ¡Ja, ja!
Empezó a tocar la flauta moviendo los dedos por ella y, aunque salió una música suave, Raven no estaba muy segura de qué hacía para producir los sonidos. No tenía labios.
—Esta historia —dijo Sagaz— se llama «El perro y el dragón».
—¿El… qué y el qué? —preguntó Raven—. ¿O esta aún no es la parte en la que hablo?
—Hay que ver cómo sois —dijo Sagaz—. Un perro es un sabueso, como un sabueso-hacha. —Levantó la palma de la mano y apareció en ella una criatura, de cuatro patas y peluda, como un visón, solo que más grande y con la cara de otra forma—. Tú no puedes darte cuenta, pero es curioso que los humanos siempre hagan una cría selectiva buscando justo las mismas características, estén en el planeta que estén. Pero a ti no te impresionan los ejemplos de domesticación convergente a lo largo y ancho del Cosmere. No puedes saber nada de esto porque vives en una bola gigante de roca llena de cieno donde todo está frío y mojado a todas horas. Esto es un perro, Raven. Son peludos y leales y maravillosos. Esto, en cambio, es un dragón.
Apareció una bestia enorme en su otra mano, como un abismoide, pero con unas alas enormes extendidas y solo cuatro patas. Era de un brillante color perlado, con plata a lo largo de los contornos del cuerpo. También tenía las partes quitinosas más pequeñas que las de un abismoide, tanto que su cuerpo estaba cubierto de trocitos pequeños de caparazón que hasta parecían suaves al tacto. Se alzaba erguido, con el pecho prominente y un porte majestuoso.
—Que yo sepa, solo hay una en Roshar —comentó Sagaz—, y prefiere ocultar su verdadera forma. Pero esta historia no trata de ella, ni de ningún otro dragón que haya conocido. De hecho, el dragón apenas aparece en la historia, y te pediría que no protestes por eso, porque en realidad no hay nada que yo pueda hacer al respecto y solo servirá para molestar a Diseño.
La críptica gesticuló de nuevo.
—¡Me molesto enseguida! —exclamó—. Es adorable.
—No lo es —dijo Sagaz.
—¡Sí que es adorable! —insistió Diseño—. ¡Para todos menos para ella! ¡Tengo hecha una demostración!
La música siguió sonando mientras hablaba, y los movimientos de sus dedos en la flauta parecían aleatorios del todo.
—Un día, el perro vio al dragón volando por el cielo —empezó Sagaz su historia, y el dragón ilusorio se alzó de su mano.
Raven se alegraba de escuchar una historia. De cualquier cosa que apartara su atención del viento odioso, que aún oía tenue allí fuera, aullando como si deseara irrumpir en la burbuja de luz y asaltarlo.
—El perro se quedó maravillado —dijo Sagaz—, como cabría esperar. Nunca había nada tan señorial y grandioso. El dragón surcaba el cielo, resplandeciendo con colores iridiscentes a la luz del sol. Cuando trazó un bucle de vuelta y pasó por encima del perro, bramó un poderoso desafío, exigiendo en la lengua humana que todos reconocieran su belleza.
»El perro miraba desde la cima de una colina. No era demasiado grande, ni para ser un perro. Era blanco, con manchas marrones y las orejas caídas. No tenía una raza o un linaje concretos, y era lo bastante pequeño como para que los otros perros le hicieran burla de vez en cuando. Era una variedad común de una especie común de un animal común al que la mayoría de la gente tendría buen motivo para no hacer caso.
»Pero cuando ese perro contempló al dragón y oyó su potente fanfarronada, se dio cuenta de una cosa. Ese día acababa de encontrar algo que siempre había deseado sin saberlo. Ese día había visto la perfección y se le había presentado un objetivo. A partir de ese día, nada más importaba.
»Iba a convertirse en dragón.
—Una pista —susurró Diseño a Raven—: es imposible. Un perro no puede transformarse en dragón.
—¡Diseño! —exclamó Sagaz, volviéndose hacia ella—. ¿Qué te tengo dicho sobre reventar el final de las historias?
—¡Alguna bobada, por eso la he olvidado! —replicó ella mientras su patrón florecía hacia fuera.
—¡Que no revientes las historias!
—Menuda idiotez. Esta historia es larguísima. Tiene que saber el final para dilucidar si merece la pena escucharla entera.
—Las cosas no funcionan así —dijo Sagaz—. Hace falta dramatismo. Suspense. Sorpresa.
—Las sorpresas son estúpidas —insistió ella—. Debería estar informado de la buena o mala calidad de un producto antes de que le pidan comprometerse. ¿A ti te gustaría encontrar una sorpresa así en el mercado? Ah, no, nada de comprar una comida concreta. Te llevas un saco a casa, lo abres y entonces descubres lo que has comprado. Dramatismo. ¡Suspense!
Sagaz lanzó a Raven una mirada atormentada.
—He vinculado a un verdadero monstruo —dijo.
Hizo una floritura y volvió a aparecer un tejido de luz entre ellos, que mostraba al perro sobre una colina cubierta de hierba que parecía muerta, porque no se movía. El perro tenía la mirada alzada hacia el dragón, que iba haciéndose cada vez más y más pequeño al alejarse volando.
—El perro —prosiguió Sagaz— se pasó en aquella colina toda la noche y el día siguiente, mirando. Pensando. Soñando. Por fin volvió a la granja donde vivía con otros de los suyos. Aquellos perros de la granja tenían todos trabajo, persiguiendo al ganado o vigilando la valla, pero a él, como era el más pequeño, pocas veces lo ponían a hacer nada. Quizá para otros aquello habría sido liberador. A él siempre le había parecido humillante.
»Dado que todo problema a superar no es más que un conjunto de problemas inferiores que superar consecutivamente, el perro dividió su objetivo de convertirse en dragón en tres pasos. Primero, buscaría la forma de tener escamas coloridas como el dragón. Segundo, aprendería a hablar el idioma de la humanidad como el dragón. Tercero, aprendería a volar como el dragón.
Sagaz hizo que la escena se desarrollara delante de Raven. Una tierra llena de colores, con densa hierba verde que al final no estaba muerta, era solo que no se movía excepto al viento. Criaturas que no se parecían a ninguna que Raven hubiera visto jamás, peludas y extrañas. Exóticas. El perro entró en una estructura de madera, un granero, solo que no estaba construido con piedra en la cara oriental para resistir las tormentas. Casi no parecía ni estanco. ¿Cómo impedirían que el grano se echara a perder? Raven ladeó la cabeza extrañado mientras el perro encontraba a un hombre alto con ropa de trabajo que estaba ordenando bolsas de simiente.
—El perro eligió las escamas en primer lugar —continuó Sagaz, acompañado por la queda música de flauta— porque le parecían lo más fácil y quería empezar su transformación con una victoria. Sabía que el granjero tenía muchas semillas de varios colores, y tenían la forma de pequeñas escamas. Pero como no era un ladrón, el perro no se llevó aquellas, sino que preguntó a los otros animales cómo obtenía el granjero semillas nuevas.
»Resultó que el granjero podía crear semillas metiendo en el suelo las que tenía, esperando a que crecieran las plantas y luego sacando más semillas de sus tallos. Sabiéndolo, el perro tomó prestadas unas pocas semillas y se propuso hacer lo mismo. Acompañó al hijo mayor del granjero en su jornada de trabajo. Mientras el joven faenaba, el perro fue avanzando junto a él, cavando agujeros para las semillas con las zarpas y plantándolas con mucho cuidado desde la boca. Era divertido ver trabajar al perro. No solo porque el animal estuviera haciéndolo todo con las patas y el hocico, sino porque el suelo se separaba cuando el perro le daba un zarpazo. No estaba hecho de piedra, sino de otra cosa.
—Eso es Shinovar, ¿verdad? —preguntó Raven—. Wallace me habló de un suelo como ese.
—Calla —dijo Sagaz—. Esta no es la parte en la que hablas. El hijo mayor del granjero encontró los actos del perro bastante entretenidos, y luego increíbles cuando vio que el perro salía cada día con una regadera entre los dientes. El perrito regó todas sus semillas, igual que hacía el granjero. Aprendió a desmalezar y fertilizar. Y al cabo de un tiempo, el perro obtuvo como recompensa su propia pequeña cosecha de semillas de colores.
»Después de devolver al granjero las que le había cogido prestadas, el perro se mojó y rodó en sus semillas para que se le pegaran por todo el cuerpo. Entonces se presentó a los otros perros.
»"¿A que admiráis mis maravillosas escamas nuevas?", preguntó a los demás animales. "¿Verdad que parezco un dragón?"
»Pero ellos se rieron de él. "¡Eso no son escamas!", le dijeron. "Pareces tonto y ridículo. Vuelve a ser un perro, anda."
Raven se llevó una cucharada de estofado a la boca, contemplando la ilusión. La forma en que se movían los colores era hipnótica, pero tuvo que admitir que el perro sí que estaba un poco ridículo cubierto de semillas.
—El perro se fue cabizbajo, sintiéndose estúpido y dolido. Había fracasado en su primera tarea, la de tener escamas de dragón. Pero no se amilanó. Seguro que, si podía hablar con la grandiosa voz de un dragón, todos lo verían. Así que empezó a dedicar todo su tiempo libre a observar a los hijos del granjero. Eran tres. El hijo mayor era el que ayudaba en el campo. La hija de en medio ayudaba con los animales, y luego estaba el pequeño, que aún no podía ayudar en nada pero estaba aprendiendo a hablar.
Sagaz hizo aparecer a familia, trabajando en el campo. La esposa del granjero, que era más alta que él. Un joven larguirucho y diligente. Una chica que algún día tendría la estatura de su madre. Un bebé que caminaba tambaleándose por el patio, atendido por todos ellos mientras hacían sus tareas.
—Así es casi demasiado fácil —comentó Sagaz.
—¿Demasiado fácil? —preguntó Raven, dando otra cucharada distraída al estofado.
—Llevaba años teniendo que apañarme con indicios de ilusiones. Con sugerencias de escenas. Dejándolo casi todo a la imaginación. Y ahora, teniendo el poder de hacer más, lo encuentro menos satisfactorio.
»En todo caso, el perro supuso que la mejor manera de aprender el idioma de los hombres sería observando al niño pequeño. Así que el perro jugó con él, se quedó con él y escuchó mientras el bebé empezaba a formar palabras. El perro también jugó con la hija y la ayudó con el trabajo. Al poco tiempo descubrió que alcanzaba a entenderla, si se esforzaba. Pero no podía componer palabras.
»Intentó por todos los medios hablar como ellos, pero su boca no podía emitir esa clase de habla. Su lengua no funcionaba como la de un humano. Al cabo de un tiempo, observando a la hija alta y seria, el perro se fijó en que ella podía poner las palabras humanas en el papel.
»El perro se alegró muchísimo al verlo. ¡Era una manera de hablar sin tener lengua humana! Se juntó con ella en la mesa donde estudiaba y fue memorizando las letras que ella hacía. Fracasó muchas veces, pero al final aprendió a rascar él mismo las letras en la tierra.
»El granjero y su familia pensaron que era un truco asombroso. El perro estaba seguro de haber encontrado la manera de demostrar que estaba transformándose en dragón. Volvió con los otros perros en el campo y les mostró su capacidad escribiendo sus nombres en la tierra.
»Pero ellos no sabían leer las palabras. Cuando el perro les explicó lo que era la escritura, se rieron. "¡Eso no es la voz potente y majestuosa de un dragón!", le dijeron. "¡Eso es hablar tan bajito que nadie te oye! Pareces ridículo y tonto. Vuelve a ser un perro, anda."
»Dejaron al perro contemplando su escritura mientras la lluvia empezaba a caer y borraba las palabras. Se dio cuenta de que tenían razón. Había fracasado en su intento de hablar con la orgullosa y poderosa voz de un dragón.
La imagen del perro bajo la lluvia resultaba demasiado familiar a Raven. Demasiado personal.
—Pero aún quedaba esperanza —dijo Sagaz—, si el perro conseguía volar. Si lograba esa proeza, los demás perros no tendrían más remedio que reconocer su transformación.
»Esa tarea parecía incluso más difícil que las dos anteriores. Sin embargo, el perro había visto un aparato muy curioso en el granero. El granjero ataba balas de heno con una cuerda y luego las hacía subir y bajar usando una polea que tenía en las vigas.
»Eso venía a ser volar, ¿no? Las balas de heno se elevaban por los aires. Así que el perro se puso a practicar a tirar él de la cuerda y aprendió la mecánica del aparato. Descubrió que la polea podía equilibrarse con un peso en el otro lado para que las balas descendieran despacio y no se dieran golpes.
»El perro cogió su correa y se la ató alrededor para hacerse un arnés, como los que envolvían el heno. Luego ató a la cuerda un saco que pesaba un poco menos que él, creando un contrapeso. Después de atarse la cuerda al arnés usando la boca, subió al altillo del granero y llamó a los otros perros para que entraran. Cuando llegaron, saltó con elegancia del altillo.
»¡Funcionó! El perro descendió despacio, con una gloriosa pose en el aire. ¡Estaba volando! ¡Surcaba el aire como había hecho el dragón! Sintió el viento a su alrededor y conoció la sensación de estar en lo alto, por encima de todo. Cuando aterrizó, se sintió orgulloso y libre.
»Entonces los otros perros se echaron a reír mucho más fuerte que nunca en la vida. "¡Eso no es volar como un dragón!", le dijeron.
"Lo que has hecho es caer despacio. Parecías tonto y ridículo. Vuelve a ser un perro, anda".
»Y eso por fin aplastó las esperanzas del perro. Comprendió la verdad. Un perro como él no podía convertirse en dragón, y punto. Era demasiado pequeño, demasiado callado, demasiado tonto.
Había que reconocer que ver cómo descendía el perro con la cuerda sí que había parecido un poco tonto.
—Tenían razón los demás —dijo Raven—. Eso no era volar.
Sagaz asintió con la cabeza.
—Ah, ¿esta sí que es la parte en la que hablo? —preguntó Raven.
—Si lo deseas.
—No lo deseo. Sigue con la historia.
Sagaz sonrió y entonces se inclinó hacia delante, movió las manos e hizo que llegara el ruido de gritos desde una parte lejana de la ilusión, todavía invisible.
—¿Qué era eso? El perro levantó la cabeza, confundido. Oyó ruidos. ¿Voces repentinas? ¿Gritos de pánico?
»Salió corriendo del granero y encontró al granjero y su familia apiñados alrededor del pequeño pozo de la granja, tan estrecho que apenas cabía el cubo. El perro subió las patas al borde del pozo y miró hacia abajo. Al fondo, en la profunda oscuridad del hueco, oyó llantos y salpicaduras.
Raven enderezó la espalda y contempló la oscuridad. Podía entreoírse un lastimero y gorgoteante sollozo por encima de los chapoteos.
—El hijo pequeño de los granjeros había caído al pozo —susurró Sagaz—, y se estaba ahogando. La familia chillaba y lloraba. No se podía hacer nada. ¿O… quizá sí?
»Al instante, el perro supo lo que debía hacer. Quitó el cubo de la cuerda dando un mordisco e hizo que el hijo mayor le atara la cuerda al arnés. Escribió "bajadme" en la tierra y subió de un salto a la boca del pozo. Por último, se arrojó al interior mientras el granjero agarraba la manivela.
»Sujeto por aquella cuerda, el perro voló al interior de la oscuridad. Encontró al bebé sumergido del todo, pero metió el hocico en el agua y cogió la ropa del bebé con los dientes. Al poco tiempo, cuando la familia volvió a tirar de él hacia arriba, el perro apareció sosteniendo al hijo menor, empapado, llorando, pero vivo del todo.
»Esa noche la familia puso un cubierto al perrito en su mesa y le hizo un jersey para que estuviera calentito, con su nombre escrito en la parte de delante con unas letras que sabía leer. Sirvieron todo un banquete de la comida que el perro había ayudado a cultivar. Le dieron un trozo de tarta para celebrar el cumpleaños del niño cuya vida había salvado.
»Esa noche la lluvia mojó a los otros perros, que dormían en el frío granero con goteras. Pero el perrito se acurrucó en una cama caliente junto al fuego, abrazado por los hijos del granjero, con la panza bien llena. Y mientras lo hacía, el perro pensó con tristeza: "No he podido convertirme en dragón. Soy un fracaso total y absoluto".
»Fin.
Sagaz dio una palmada y las imágenes se esfumaron. Hizo una reverencia sin levantarse. Diseño bajó la flauta e hizo que su patrón se ampliara de nuevo, como para hacer su propia reverencia también. Entonces Sagaz cogió su cuenco de estofado y siguió comiendo.
—Un momento —dijo Raven, poniéndose de pie—. ¿Y ya está?
—¿No has oído el «fin» del final? —preguntó Diseño—. Indica que es el fin.
—¿Qué clase de final es ese? —casi exclamó Raven—. ¿El perro decide que es un fracasado?
—Los finales son un arte —dijo Sagaz, dándose aires—. Un arte preciso e incuestionable, mujer del puente. Sí, ese es el final.
—¿Por qué me has contado esto? —exigió saber Raven.
—Me has pedido una historia.
—¡Quería una historia útil! —exclamó Raven, meneando la mano—. Como la del emperador en la isla, o la de Fugaz el que siempre corría.
—No lo has especificado —repuso Sagaz—. Has dicho que querías una historia. Yo te he proporcionado una. Eso es todo.
—El final está mal —dijo Raven—. Ese perro era increíble. Aprendió a escribir. ¿Cuántos animales pueden escribir, en cualquier mundo?
—Debo decir que no muchos —respondió Sagaz.
—Aprendió a cultivar y a usar herramientas —dijo Raven—. Salvó la vida de un niño. Ese perro es un tormentoso héroe.
—La historia no trata de que intentara ser un héroe —dijo Sagaz—. Trata de que intentaba ser un dragón. Objetivo en el que fracasó estrepitosamente.
—¡Te lo he dicho! —exclamó Diseño con voz alegre—. ¡Los perros no pueden ser dragones!
—¿Y qué más da? —replicó Raven, merodeando de un lado a otro—. Al contemplar al dragón, y luego al intentar mejorar, superó a los otros perros. Consiguió algo muy especial. —Raven calló y miró a Sagaz con los ojos entornados, notando que su rabia se convertía en irritación—. Esta historia va sobre mí, ¿verdad? Te he dicho que no soy lo bastante buena. Crees que me pongo unos objetivos imposibles y que paso por alto a propósito las cosas que he logrado.
Sagaz la señaló con su cuchara.
—Y yo te he dicho a ti que esta historia no tiene un propósito. Me has prometido no asignárselo.
—En realidad —terció Diseño—, ¡no le has dejado ocasión de prometer nada! Has seguido hablando.
Sagaz la fulminó con la mirada.
—¡Bla, bla, bla, bla, bla! —exclamó ella, meneando adelante y atrás el patrón de su cabeza con cada palabra.
—Tus historias siempre tienen un propósito —dijo Raven.
—Soy un artista —objetó Sagaz—. Te agradecería que no me degradaras al insistir en que mi arte debe pretender conseguir algo. De hecho, no se debería disfrutar del arte. Se debería reconocer su existencia sin más y pasar a lo siguiente. Cualquier otra cosa es ser condescendiente.
Raven se cruzó de brazos y se sentó. Sagaz ya estaba otra vez con sus jueguecitos. ¿No podía ser claro por una vez? ¿No podía decir lo que pretendía y ya está?
—Cualquier significado debes asignárselo tú, Raven —dijo Sagaz con voz suave—. Yo me limito a contar las historias. ¿Te has terminado el plato?
Raven cayó en la cuenta de que sí, de que se había comido el cuenco entero mientras escuchaba.
—Me temo que no podré mantener esta burbuja mucho más —dijo Sagaz—. Él se dará cuenta si lo hago, y entonces me destruirá. He infringido nuestro acuerdo, lo cual me expone a su acción directa. Preferiría que no me mataran, ya que aún tengo otras siete personas a las que quiero insultar hoy.
Raven asintió y se levantó de nuevo. Reparó en que, por algún motivo, la historia la había encendido. Se sentía más fuerte, no tanto por las palabras como por lo enfadada que se había puesto con Sagaz. Un poco de luz, un poco de calor, un poco de fuego y ya se sentía preparada para volver a salir a los vientos. Aunque sabía que la oscuridad terminaría regresando. Siempre lo hacía.
—¿Puedes contarme el verdadero final? —pidió Raven con un hilo de voz—. ¿Antes de que vuelva ahí fuera?
Sagaz se levantó y fue hasta ella, puso la mano en la espalda de Raven y se agachó un poco.
—Esa noche —dijo—, el perrito se acurrucó en una cama caliente junto al fuego, abrazado por los hijos del granjero, con la panza bien llena. Y mientras lo hacía, el perro pensó para sus adentros: «Qué más da, dudo que ningún dragón haya estado nunca tan a gusto».
Sonrió y miró a Raven a los ojos.
—A mí no me pasará eso —dijo Raven—. Has dicho que iba a empeorar.
—Y lo hará —afirmó Sagaz—, pero luego mejorará. Y luego empeorará otra vez. Y luego mejorará. Así es la vida, y no voy a mentirte diciendo que todos los días serán soleados. Pero volverá a haber luz del sol, que es otra cosa muy distinta. Esa es la verdad. Te lo prometo, Raven: volverás a estar calentita.
Raven asintió en agradecimiento y se volvió hacia los vientos que lo odiaban. Sintió una presión en la espalda cuando Sagaz la envió hacia delante y entonces la luz se desvaneció, junto con todo lo que contenía.
