84. ERUDITA
Midius me dijo una vez… me dijo que podíamos usar la Investidura… para mejorar nuestras mentes, nuestras memorias, y así no olvidar tanto.
Rabeniel había cumplido su promesa de dejar que Echo trabajara por su cuenta. La Fusionada estudiaba el escudo que protegía al Hermano, pero sin Echo como espía involuntaria, no estaba progresando ni por asomo tan rápido como antes. De vez en cuando, paseando para poder mirar más allá del guardia, Echo descubría a Rabeniel sentada en el suelo ante el escudo azul, sosteniendo en alto la esfera llena de luz de guerra y contemplándola. Echo se encontraba en una situación curiosa. Tenía prohibido participar en la administración de la torre y tenía prohibido el contacto con sus eruditos, de modo que solo contaba con su propia investigación para ocupar el tiempo. De alguna manera, le habían hecho el regalo que siempre había deseado: la oportunidad de comprobar de una vez por todas si podía ser una erudita. Antes siempre había tenido alguna cosa que le impedía dedicarse por completo a ello. Tras la muerte de Gavilar, había estado demasiado ocupada guiando a Finn y luego a Aesudan. Quizá Echo pudiera haberse concentrado en sus estudios cuando llegó por primera vez a las Llanuras Quebradas, pero entonces había tenido un Espina Negra al que seducir y después un nuevo reino que forjar. Por mucho que se quejara de la política y de las distracciones que suponía administrar un reino, era evidente que hallaba la forma de implicarse en ambas cosas con pavorosa regularidad. Quizá Echo debería irse de verdad a hacer trabajos cotidianos. Al menos, así estaría con la gente. Y no se arriesgaría a hacer más daño. Solo que… sin duda, Rabeniel no iba a permitir que Echo fuese por ahí sin supervisión. Además, la tentación de los secretos desconocidos atraía a Echo. Poseía información con la que no contaba Rabeniel. Echo había visto con sus propios ojos una esfera que distorsionaba el aire, llena de lo que parecía ser una especie de antiluz del vacío. Sabía sobre la explosión.
Lo que Rabeniel quería crear era posible. Por tanto… ¿por qué no intentar averiguar cómo hacerlo? ¿Por qué no comprobar de qué era capaz de verdad? «El poder para destruir a un dios. Luz negativa. ¿Podré desvelar el secreto?»
¿Y si Echo no estaba pensando lo bastante a lo grande en sus intentos de salvar la torre? ¿Y si existía una manera de acabar la guerra de una vez por todas? ¿Y si Echo de verdad podía encontrar una manera de destruir a Odium?
Tenía que intentarlo. Pero ¿por dónde empezar? Bueno… La mejor forma de provocar los descubrimientos entre sus eruditas solía ser cultivar el entorno y la actitud adecuados. Mantenerlas estudiando, sin dejar de experimentar. Muchas veces los descubrimientos más grandiosos no se producían porque una mujer los estuviera buscando, sino porque estaba tan absorta en otro tema que empezaba a hacer conexiones que jamás habría establecido de otro modo. En consecuencia, a lo largo de los siguientes días Echo intentó copiar ese estado en sí misma. Encargó piezas, material, mecanismos de fabriales, algunos para que se los trajeran desde Kholinar, y se los entregaron todos sin una sola queja. Eso incluía lo más importante de todo: muchas gemas que contenían spren corrompidos para alimentar fabriales. A modo de calentamiento, Echo dedicó tiempo a crear armas que no parecieran armas. Trampas que pudiera usar si la situación se volvía muy desesperada para defender su biblioteca o la sala de la columna. No estaba muy segura de cómo las desplegaría, o de si le sería necesario en algún momento. De momento, era algo intelectual que hacer, algo conocido, y se lanzó de todo corazón al trabajo. Ocultó doloriales dentro de otros fabriales, construidos para parecer inofensivos. Creó alarmas que distrajeran, empleando tecnología que habían descubierto a partir de las gemas dejadas por los antiguos Radiantes en Urithiru. Usó rubíes parejos para hacer trampas de resorte que liberaran pinchos. Puso esferas de luz del vacío en sus trampas fabriales y las
dispuso para poder armarlas con un sencillo truco. Un imán sujeto a la cara del cubo, en el lugar preciso, movería una palanca metálica que armaría las trampas. Así no se activarían hasta que Echo las necesitara. Hizo almacenar las cajas en el pasillo, como si fuesen experimentos a medio completar a los que pretendiera volver al cabo de unos días. Contra las paredes ya había amontonadas cajas de otros eruditos, así que los añadidos de Echo no parecían fuera de lugar. Después pidió a Rabeniel que la ayudara a crear más luz de guerra para sus experimentos. Echo no podía crearla ella sola, por desgracia. No había combinación de diapasones o instrumentos que reemplazar la presencia de Rabeniel, y que Echo supiera, la Fusionada tampoco podía crearla sin ayuda de un humano. Echo mejoró a la hora de tararear el tono, de dominar el ritmo. En esos momentos se sentía como si pudiera oír la misma alma de Roshar hablándole. Nunca había tenido mucho interés por la música, pero, al igual que pasaba con su creciente obsesión por la luz, cada vez la encontraba más fascinante. Ondas, sonidos y lo que significaban para la ciencia. Subrayando todo el trabajo que hacía estaba una pregunta singular: ¿cómo se podía crear el opuesto a la luz del vacío? ¿Qué había contenido aquella esfera de Gavilar?
El vorinismo afirmaba que las cosas puras eran simétricas. Y que todo tenía su opuesto. Era comprensible que Rabeniel hubiera supuesto que la oscura luz del vacío sería lo contrario de la luz tormentosa, pero en realidad la oscuridad no era lo opuesto a la luz.
Era su mera ausencia.
Echo necesitaba alguna forma de medir la Investidura, el poder que contenía una gema. Y necesitaba algún tipo de modelo, una forma de energía de la que supiera que existía un opuesto. ¿Qué cosas en la naturaleza tenían un contrario demostrable, medible?
—Imanes —dijo, apartando su silla para levantarse de la mesa con sus notas. Fue hasta el guardia que había en la puerta de la sala—. Necesito más imanes. Esta vez más potentes. Teníamos algunos guardados en el almacén de suministros químicos, en la primera planta.
El guardia tarareó un tono y lo acompañó con un sufrido suspiro que Echo sabría interpretar. Miró a su alrededor buscando apoyo, pero la única otra cantora que había cerca era la hija de Rabeniel, sentada fuera de la sala con la espalda contra la pared, una espada en el regazo y la mirada perdida en la lejanía mientras canturreaba. Echo cayó en la cuenta de que no era un ritmo, sino una melodía que reconoció, una canción humana que a veces se cantaba en las tabernas. ¿Cómo la había aprendido la Fusionada?
—Supongo que puedo ocuparme —dijo el guardia a Echo—, aunque algunos de los nuestros empiezan a hartarse de tus constantes exigencias.
—Explicádselo a Rabeniel —replicó Echo, regresando a su silla—. Ah, y los Fusionados usan un tipo de arma que extrae la luz tormentosa de los Radiantes a los que apuñalan con ella. Tráeme un poco de ese metal.
—Eso tendrá que aprobarlo la Dama de los Deseos —dijo el guardia.
—Pues pregúntale. Andando. No voy a escaparme. ¿Dónde crees que iría?
El guardia, un regio en forma tormenta, gruñó y se marchó a cumplir sus encargos. Echo le había sonsacado algunos detalles sobre él durante su encarcelamiento. Había sido un esclavo parshmenio en el palacio de Kholinar. El cantor pensaba que Echo debería reconocerlo y… bueno, quizá estuviese en lo cierto. Pero los parshmenios siempre habían resultado muy invisibles. Mientras esperaba probó un experimento distinto. Tenía las dos mitades de un rubí parejo en la mesa. En la gema partida había un spren partido, dividido justo por el centro. Echo intentaba ver si podía usar el método del diapasón para extraer las dos mitades del spren y unirlas en un rubí más grande. Pensaba que eso podría complacer al Hermano, que seguía sin hablar con ella. Puso una lente aumentadora junto a una mitad de la gema y observó las reacciones del spren de su interior al diapasón. Era un llamaspren corrompido, pero eso no debería cambiar la naturaleza del experimento, o al menos eso esperaba Echo. El spren se movía allí dentro, intentando llegar al sonido. Apretaba contra la superficie de la gema, pero no podía escapar. «La luz tormentosa puede filtrarse por los microagujeros de la estructura —pensó Echo—, pero el spren es demasiado grande.»
Al poco tiempo llegó alguien al umbral. Echo lo supo al ver que la luz de la lámpara se oscurecía al tener a alguien delante.
—¿Mis imanes? —preguntó, extendiendo la mano sin dejar de estudiar el spren—. Tráelos aquí.
—No son los imanes —dijo Rabeniel.
—Dama de los Deseos —dijo Echo, volviéndose y haciendo una inclinación desde el asiento—. Mis disculpas por no reconocerte.
Rabeniel canturreó a un ritmo que Echo no pudo distinguir y luego se acercó a inspeccionar el experimento.
—Intento recomponer un spren partido —explicó Echo—. Según experiencias anteriores, sabemos que romper una gema deja escapar al llamaspren, pero en ese caso las dos mitades se convierten en llamaspren distintos. Estoy probando a ver si puedo volver a unirlos en uno solo.
Rabeniel dejó algo en la mesa, una pequeña daga ornamentada, con un puño de madera de compleja talla y un gran rubí engarzado en la base. Echo la recogió y se fijó en que el centro de la hoja, que subía como una vena desde la empuñadura a la punta, era de un metal distinto al resto.
—Las utilizamos para atrapar las almas de Heraldos —comentó Rabeniel—. O ese era el plan. Hasta el momento solo hemos recolectado una, y… hemos tenido complicaciones con esa captura. Había esperado cosechar las de los dos que teníais aquí, según nuestros informes, pero se marcharon con vuestra fuerza expedicionaria.
Echo dio la vuelta al arma que tenía en la mano y se estremeció.
—Hemos usado este metal durante varios Retornos para drenar la luz tormentosa de los Radiantes —añadió Rabeniel—. Conduce la Investidura, extrayéndola de una fuente y absorbiéndola. La utilizábamos para llenar gemas, pero no nos dimos cuenta hasta la caída de Ba-Ado-Mishram de que era posible capturar a spren en gemas. Fue entonces cuando una de nosotros, Aquella Que Sueña, se dio cuenta de que quizá sería posible atrapar el alma de un Heraldo siguiendo el mismo procedimiento.
Echo se lamió los labios. Así que era cierto. Luna les dijo que Titus había caído. Pero no sabían cómo. Sin embargo, aquello era mejor que la destrucción absoluta. ¿Sería posible recuperarlo, en ese caso?
—¿Qué vais a hacer con sus almas? —preguntó Echo—. Cuando las tengáis.
—Lo mismo que hicisteis vosotros con el alma de Nergaoul —dijo Rabeniel—. Guardarlas en algún lugar seguro donde nunca más puedan liberarse. ¿Para qué querías este metal? El guardia me ha dicho que se lo has pedido.
—He pensado que podría ser una forma mejor de conducir la luz tormentosa y la del vacío, para extraerla de las gemas.
—Funcionaría —dijo Rabeniel—. Pero no es un método demasiado práctico. El raysio es dificilísimo de obtener. —Señaló con el mentón la daga que había entregado a Echo—. Deberías saber que esa arma contiene solo una pequeña cantidad del metal, no la suficiente para recolectar el alma de un Heraldo. Por lo tanto no supondría ningún peligro para mí, en caso de que te plantees intentar algo así.
—Entendido, antigua —respondió Echo—. La quiero solo para mis experimentos. Gracias.
Puso en contacto la punta de la daga, con su metal de color oro muy claro, con una mitad del rubí dividido. No ocurrió nada.
—Lo normal es que tengas que clavársela a alguien para que funcione —dijo Rabeniel—. Es necesario tocar el alma.
Echo asintió distraída mientras disponía sus instrumentos, colocaba la lente y accionaba el diapasón para observar al spren de dentro de la gema moverse hacia el sonido. Situó la punta de la daga contra la gema de nuevo, atenta a cualquier cambio en el comportamiento del spren.
—Pareces estar disfrutando —comentó Rabeniel.
—Disfrutaría más si mi pueblo fuese libre, Dama de los Deseos —dijo Echo—. Pero tengo intención de aprovechar este tiempo en lo que pueda.
Su defensa de la torre, ya frágil desde el principio, se había derrumbado por completo. No podía comunicarse con Raven, ni hablar con el Hermano, ni planear con sus eruditos. Solo quedaba un nodo protegiendo el corazón de la torre de la corrupción. A Echo solo le quedaba una esperanza: ser capaz de imitar a una erudita lo suficiente como para construir una nueva arma. Un arma capaz de matar a un dios. En su experimento no ocurrió nada. El spren no podía abandonar el rubí, ni siquiera con el tono atrayéndolo. El spren era de un vivo color azul, al estar corrompido, y se veía como medio spren, con un brazo y una pierna. ¿Por qué seguiría manifestándose de ese modo? Los llamaspren acostumbraban a cambiar de forma, y tenían la mala fama de darse cuenta cuando alguien los observaba. Echo había leído varios ensayos muy interesantes sobre la materia.
Cogió un pequeño martillo de joyera. Con mucho cuidado, agrietó el medio rubí, permitiendo escapar al spren. Saltó libre, pero al instante Echo lo capturó con la daga. La luz viajó a lo largo de la hoja y entonces el rubí de la base empezó a resplandecer. Echo confirmó que el spren estaba dentro.
«Interesante —pensó Echo—. Entonces, ¿qué pasa si rompo la otra parte del rubí y capturo su otra mitad en la misma gema?»
Emocionada, estiró el brazo para recoger el otro medio rubí, pero al moverlo la daga resbaló por la mesa.
Echo se quedó petrificada. ¿Las dos mitades del spren seguían conjuntadas? Había esperado que el emparejamiento terminara al hacerlo la reclusión original. Con gran curiosidad, movió la daga. La otra mitad del rubí voló una gran distancia hacia el centro de la sala.
Muy lejos. Demasiado. Había movido la daga unos quince centímetros, y el rubí parejo se había desplazado tres veces eso. Echo se quedó mirando el rubí que flotaba con los ojos como platos. Rabeniel tarareó un ritmo potente, con aspecto igual de sorprendido que ella.
—¿Cómo puede ser? —preguntó—. ¿Es porque el spren está corrompido?
—Tal vez —dijo Echo—. Pero he estado experimentando con spren parejos y los corrompidos parecen comportarse en general del mismo modo que los que no lo están. —Observó la daga—. La gema del arma es más grande que la que contenía antes al spren. Hasta ahora siempre había sido necesario partir una gema en dos mitades exactas para conjuntarlas. Es posible que, al mover una mitad a una gema más grande, haya creado algo nuevo…
—¿Multiplicación de la fuerza? —preguntó Rabeniel—. ¿Desplazar una gema grande una distancia corta y provocar que la gema pequeña se mueva mucho más lejos?
—La energía se conservará, si nuestra comprensión de las leyes que rigen los fabriales es correcta —dijo Echo—. Hará falta más luz, y mover la gema grande será más difícil, en equivalencia al trabajo que realice la gema pequeña. Pero tormentas… las implicaciones…
—Escribe esto —la urgió Rabeniel—. Registra tus observaciones. Yo haré lo mismo.
—¿Por qué? —preguntó Echo.
—El Ritmo de la Guerra, Echo. —Rabeniel lo dijo como si fuese una explicación, aunque a Echo no se lo pareció—. Hazlo. Y continúa con tus experimentos.
—Lo haré —dijo ella—. Pero Dama de los Deseos, he topado con otro problema. Necesito alguna forma de medir la fuerza de la luz tormentosa en una gema.
Rabeniel no le pidió detalles.
—Existe una arena que hace eso —dijo.
—¿Arena?
—Es negra en su estado natural, pero se vuelve blanca en presencia de luz tormentosa. En consecuencia, puede utilizarse para medir la fuerza de la Investidura: cuanto más poderosa sea una fuente de energía cercana, más deprisa cambia la arena. Te la conseguiré. —Canturreó en voz muy alta—. Esto es impresionante, Echo. No creo que haya conocido a una erudita tan capaz como tú desde hace muchos Retornos.
—No soy una… —Echo no terminó la frase—. Gracias —dijo en vez de eso.
