87. JUICIO POR TESTIMONIO

Quizá si recordara mi vida, sería capaz de tener la confianza que tuve antaño. Quizá dejaría de titubear cuando se me plantea hasta la más simple de las decisiones.

El tiempo se había puesto energético cuando llegó el día del juicio de Clarke. Los honorspren con los que se cruzaba charlaban más y sus andares parecían tener un cierto brío mientras convergían hacia el foro, en el plano meridional de Integridad Duradera. Ella no podía sentir el clima, pero Mezcla decía que era como un tenue tamborileo al fondo de la mente, aminado y dinámico. Y en efecto, la tintaspren parecía más parlanchina. Clarke estaba más nerviosa que en su primer duelo clasificatorio, y mucho menos preparada. Las expresiones legales, las estrategias e incluso los detalles de su entrenamiento en política parecían muy lejanos mientras bajaba los peldaños hacia el suelo del anfiteatro. Como había temido Mezcla, el lugar estaba rebosante de honorspren. Muchos llevaban uniformes o algún otro tipo de ropa formal, pero algunos vestían con prendas que arrastraban por el suelo al andar. Esos parecían ser unos espíritus más libres. Quizá su presencia ayudaría a poner al público de parte de Clarke. Mezcla decía que eso era importante. Lo más probable era que el juez supremo, siendo quien era, hiciera caso al sentir de la multitud y sentenciara en consecuencia. Clarke habría querido que alguien le explicara antes lo voluble que sería aquel juez. Por suerte, esa actitud la favorecía, porque podía confiar en cierto nivel de comportamiento errático por parte de Becca, mientras los honorspren estarían todos en su contra a grandes rasgos desde el principio. No abuchearon a Clarke cuando llegó al suelo del foro; eran demasiado decorosos. Lo que hicieron fue callarse. Clarke vio a Lexa sentada al lado de Patrón en el lado izquierdo. Cerró el puño en dirección a Clarke, que tuvo la impresión de que era Radiante en ese momento. Becca estaba sentada en un asiento que recordaba a un trono con un banco delante, ambos integrados entre las gradas del foro. La Heraldo tenía un aspecto imponente, y Clarke se vio obligada a recordar que, pese a su extraño comportamiento, Becca tenía miles de años de edad. Quizá escuchara a Clarke.

—Muy bien, muy bien —levantó la voz Becca—. Humana, ponte ahí en el podio y quédate de pie hasta que termine el espectáculo y podamos ejecutarte.

—Sagrada señora —dijo un honorspren que había a su lado—, nosotros no ejecutamos a la gente.

—¿Y qué otra cosa vais a hacer? —preguntó Becca—. No tenéis cárceles, y dudo que se moleste mucho si la exiliáis. Demonios, para la mitad de los presentes, escapar de tu compañía sería una recompensa.

—Estamos construyendo una celda como debe ser —dijo el honorspren, mirando hacia Clarke—. Para poder mantenerla sana y exhibirla en los años venideros.

«Maravilloso», pensó Clarke mientras llegaba al lugar indicado.

Sin embargo, las consecuencias del fracaso siempre habían sido mucho mayores que su propia vida. La guerra necesitaba Radiantes y los Radiantes necesitaban spren. Si Clarke fracasaba, supondría condenar a miles de tropas a la muerte sin un apoyo consistente. Tenía que resistir allí, alta y confiada, y ganar aquel reto. De algún modo. Se volvió de cara hacia la multitud. Según Mezcla, esa iba a ser la peor jornada de todas. Tres testigos contra ella. Clarke podría hablar el día siguiente.

—Muy bien —dijo Becca—. Supongo que tendrás que exponer las normas del juicio, ¿verdad, Sekeir?

El spren barbudo se levantó.

—Así es, honorable.

—Que sea rápido —dijo Becca.

Clarke se permitió disfrutar un momento de lo ofendido que parecía Sekeir por esa orden. Era evidente que el honorspren había preparado un discurso extenso.

—Como deseéis, honorable —dijo Sekeir—. Hoy damos inicio a un juicio por exigencia de esta humana, Clarke Griffin, para determinar si puede cargar con los pecados de la Traición, en la que los hombres mataron a sus spren. Dado que ese acontecimiento tuvo lugar, hecho que no disputa nadie, solo nos queda demostrar que somos sabios al mantenernos alejados de todos los humanos en consecuencia.

—Bien, pues —dijo Becca—. Humana, ¿te parece bien así?

—No del todo, honorable —respondió Clarke, basándose en la declaración inicial que Mezcla había ayudado a preparar—. No acepté que se me juzgara por mis antepasados. Acepté que se me juzgara por mí misma. Comuniqué a los honorspren que yo, personalmente, no cargo con la culpa de lo que los humanos hicieran en el pasado. Por tanto, sostengo que los honorspren están comportándose con deshonor al hacer oídos sordos a las súplicas de ayuda de mi pueblo.

Becca se frotó la frente.

—Entonces, ¿vamos a discutir hasta por las definiciones? Esto no pinta nada bien.

—No hay discusión —dijo Sekeir—. Honorable, ella afirma que no desea cargar con los pecados de sus ancestros, y nosotros deberíamos demostrar que, por el contrario, ella en persona no es de fiar. ¡Pero es que la Traición es una parte importante del motivo por el que no debemos confiar en los suyos! Los términos quedaron establecidos cuando entró en Integridad Duradera: tendría que afrontar el juicio en nombre de toda la humanidad. Que lo camufle tanto como desee, pero el hecho es que entró en nuestra fortaleza y, en consecuencia, aceptó nuestras condiciones.

Becca gruñó.

—Tiene sentido. Humana, vas a tener que afrontar el juicio tal y como él desea. Dicho eso, tendré en cuenta tus argumentos cuando dicte sentencia al final.

—Supongo que debo aceptarlo —respondió Clarke. Mezcla le había advertido que no insistiera demasiado en aquel punto.

—Entonces… juicio por testimonio, ¿eh? —dijo Becca—. Debo escuchar los argumentos que se me ofrecerán y luego decidir. O bien los honorspren están siendo egoístas y renunciando al honor, y entonces debería ordenarles correr hacia el campo de batalla, o decido que han sido sabios y que los humanos no merecen confianza, y entonces metemos a esta mujer en la cárcel para dar ejemplo. ¿Voy bien?

—Sí, honorable —confirmó Sekeir.

—Estupendo —dijo Becca—. Supongo que no te faltarán voluntarios, Sekeir. ¿Quién va primero?

—Amuna —llamó el honorspren—, acércate y presta testimonio.

Un quedo bisbiseo se extendió entre el público mientras una spren se levantaba de su sitio en la primera fila. Llevaba falda plisada de guerrera y una camisa almidonada. Era delgada y esbelta, y cuando anduvo sus pasos fueron gráciles como una hoja llevada por el viento. Clarke la reconoció como la spren a quien habían obligado a entregar a Maya el día que había llegado a Integridad Duradera. Había vuelto a ver a Amuna de vez en cuando durante sus visitas diarias a Maya. Los dos honorspren que estaban sentados a su lado llevaban la misma ropa raída y los ojos raspados de Maya. En la brillante cara de un honorspren, los rasguños marcaban un nítido contraste.

—Todos me conocéis —dijo la spren de la falda plisada—, así que hablaré para la alta princesa Clarke. Me llamo Amuna, y mi deber es ocuparme de los ojomuertos en Integridad Duradera. Nos tomamos muy en serio su cuidado.

—¿Y los que están mirando fuera? —preguntó Clarke.

Tenía permitido hablar durante los testimonios, pero Mezcla le había recomendado tener mucho cuidado. Si se ponía demasiado beligerante, el juez supremo podía ordenar que la amordazaran. Y debía preocuparse de no dirigirse al público de forma que pudiera interpretarse como una invitación a que lo interrogaran.

—No podemos… recibirlos aquí a todos, por desgracia —dijo Amuna—. No pensábamos que llegarían tantos. Sí que hemos intentado hacer pasar a todos los ojomuertos honorspren.

—¿Son muchos? —preguntó Clarke.

—¿En total? Tenemos a unos veinte honorspren muertos en la fortaleza, aunque había unos dos mil vivos en el momento de vuestra traición. Solo sobrevivió una.

—Syl —dijo Clarke.

—La Antigua Hija estaba en estado catatónico —prosiguió Amuna— y salvó la vida. Pero todos los demás honorspren, del primero al último, habían respondido a la llamada de los Radiantes durante la Falsa Desolación. ¿Puedes comprender la magnitud de esa tragedia, alta princesa Clarke? ¿El asesinato de una especie entera en un solo día? ¿El exterminio absoluto, llevado a cabo por los más íntimos amigos?

»A menudo encontramos a ojomuertos vagando sin rumbo en las tierras yermas, o de pie sin moverse en los bajíos del océano. Los traemos aquí, les damos luz tormentosa y los cuidamos lo mejor que podemos. Lo más frecuente es que podamos hacer bien poco antes de que sean invocados a tu mundo, ¡donde utilizáis sus cadáveres para seguir con vuestros brutales asesinatos!

Se volvió para señalar hacia los dos ojomuertos del banco y, aunque estaba encarada hacia Clarke, era evidente que sus palabras eran para el público. Ellos, y no el juez supremo, serían quienes dictarían la verdadera sentencia.

—¿A eso querrías que volviéramos? —preguntó Amuna, imperiosa—. Dices que no sois la misma gente que vivió hace tanto tiempo, pero ¿de verdad crees que sois mejores que ellos? ¡Yo argumentaría que sois peores! Saqueáis, asesináis y quemáis. No escatimáis gastos ni esfuerzos cuando se os da la oportunidad de arruinar la vida de otro hombre. Si los antiguos Radiantes no eran de fiar, ¿cómo te ves capaz de afirmar que vosotros sí?

Un murmullo de asentimiento recorrió la multitud. No vitoreaban ni abucheaban como podría hacerlo un público humano, y Clarke había sufrido a muchos de esos en sus lances de duelos. Mezcla le había advertido que no dijera demasiado para defenderse esa primera jornada, pero parecía que la gente quería algo de ella.

—Toda mujer falla a sus propios ideales —dijo Clarke—. Tienes razón. Yo no soy la mujer honorable que querría ser. Pero mi padre sí. ¿Puedes negar que el mismísimo Padre Tormenta ha estado dispuesto a dar una oportunidad a un hombre de esta época?

—Es un buen argumento —intervino Becca, inclinándose hacia delante—. El Padre Tormenta es todo lo que nos queda del viejo Tanavast. No habría esperado encontrar otra vez a su Forjador de Vínculos, desde luego que no.

Amuna se volvió hacia Clarke.

—¿Sabes lo que pasaría, princesa Clarke, si el Padre Tormenta muriera asesinado?

Clarke pensó un momento y negó con la cabeza.

—Sabia respuesta —dijo ella—, dado que nadie lo sabe. Tuvimos la suerte de que no existían Forjadores de Vínculos en la época de la Traición, aunque sigue siendo motivo de disputa cómo supo el Hermano que debía concluir su vínculo antes de tiempo. No puedo ni imaginarme la catástrofe que nos espera cuando tu padre mate a su spren.

—No lo hará —aseguró Clarke—. Mi padre no es un hombre corriente.

—Lo mismo podría afirmarse de todos los Radiantes en tiempos pasados —repuso Amuna, caminando hacia ella—. Pero ahora, soy yo quien cuida de los traicionados. Soy yo quien escucha su lamento sin voz, quien contempla su dolor sin vista. Antes vería Integridad Duradera derrumbada piedra a piedra que aceptar enviar a un solo honorspren a que sufra un destino similar.

Se inclinó ante Becca, dio media vuelta y se sentó de nuevo entre los dos ojomuertos. Ellos permanecieron en sus asientos, con las caras hacia delante, sin moverse. Clarke apretó los dientes y miró hacia Lexa en busca de apoyo. Por lo menos tenía una cara amistosa entre aquella multitud. Se obligó a mantenerse erguida, con las manos cogidas a la espalda en la misma postura que adoptaba su padre cuando quería parecer imperioso. Clarke se había puesto su mejor casaca. Como si importara. Tormentas, se sentía expuesta en aquel suelo, rodeada de tantas figuras resplandecientes. Aquello era peor que cuando había librado un duelo ella sola contra cuatro portadores de esquirlada. Por lo menos allí había tenido su hoja esquirlada en la mano y armadura esquirlada en la espalda. Esperaron a que Becca llamara al siguiente testigo. Pero el juez supremo dedicó más de veinte minutos a escribir en su cuaderno. Era un ser divino, como una especie de fervoroso pero multiplicado por mil. No era sorprendente verlo escribiendo. Clarke solo esperaba que las notas que tomara estuviesen relacionadas con el testimonio. Tampoco la habría sorprendido mucho que el Heraldo estuviera resolviendo pasatiempos de palabras como los que le gustaban a Anya. Al final, el Heraldo se sacó algo del bolsillo. Parecía fruta, aunque era de color verde brillante y crujió cuando Becca le dio un mordisco.

—Tiene buena pinta —habló por fin Becca—. Nada muy inesperado, aunque debo decir que el argumento de la humana es bueno. Un Forjador de Vínculos desencadenado es peligroso, pero el Padre Tormenta escogió a uno de todas formas.

—Ya sabéis lo errático que ha sido el Padre Tormenta en tiempos recientes —dijo una honorspren anciana desde el lado de Becca—. Su sabiduría ya no es algo en lo que confiar.

—Válido, válido —respondió Becca—. Bueno, pues siguiente testigo, venga.

—La siguiente en hablar será Mezcla —dijo Sekeir—, emisaria tintaspren en Integridad Duradera.

«¿Qué?», pensó Clarke mientras su tutora se levantaba de entre el público y se dirigía al suelo del anfiteatro. Los honorspren murmuraron entre ellos sin levantar la voz al verla.

—Un momento —dijo Clarke—, ¿qué es esto?

—Me pidieron que testificara contra ti —explicó ella—, para que un spren que no sea un honorspren tenga la oportunidad de intervenir en este proceso.

—Pero… eres mi tutora. ¿No te presentaste voluntaria para entrenarme?

—Te quería bien preparada —respondió Mezcla—, para que el juicio fuese tan justo como se pueda. Esta cosa es. Pero mi odio por lo que hizo tu especie también es. —Se volvió hacia Becca—. Honorable, yo estaba viva cuando los hombres nos traicionaron. Al contrario que los honorspren, los míos no fuimos tan estúpidos como para asignar absolutamente a todos los spren como spren Radiantes. Perdimos a más de la mitad de los nuestros, pero algunos pudimos observarlo desde fuera. —Miró a Clarke.

»Conocíamos a los humanos como eran y son. Indignos de confianza. Mutables. Los spren encontramos difícil romper un vínculo. Hay quienes dicen que es imposible para nosotros. Los hombres, en cambio, apenas aguantan un día sin traicionar algún Ideal.

»¿Por qué deberíamos nosotros, seres de honor innato, sorprendernos cuando sucedió ese acontecimiento? No es culpa de los humanos ser tan volubles como la lluvia al caer. Esta cosa es. No deberíamos confiar en ellos, y la vergüenza de haberlo hecho es nuestra. Nunca más deberían los spren y los humanos vincularse. Es antinatural.

—¿Antinatural? —replicó Clarke—. Los spren y las anguilas aéreas se vinculan para volar. Los spren y los grancaparazones se vinculan para crecer. Los spren y los cantores se vinculan para crear nuevas formas. Eso es tan natural como el cambio de las estaciones.

«Y gracias, Lexa —pensó, echándole un vistazo—, por tu interés en todo esto.»

—Los humanos no procedéis de esta tierra —dijo Mezcla—. Sois invasores, y los vínculos con vosotros no son naturales. Cuidado con lo que dices, o nos animarás a volver con los cantores. Ellos nos traicionaron hace mucho tiempo, pero nunca a la misma escala que los humanos. Tal vez los altospren hicieran bien al unirse a los ejércitos de los Fusionados.

—¿Os aliaríais con ellos? —preguntó Clarke—. ¿Con nuestros enemigos?

—¿Por qué no? —dijo ella, paseándose por el estrado—. Son los legítimos herederos de esta tierra. Tu especie los ha llevado a la desesperación, pero no son menos razonables ni lógicos. Quizá los tuyos deberían reconocer su gobierno.

—Sirven a Odium —replicó Clarke, y reparó en que muchos honorspren se removían en sus asientos, incómodos—. Los humanos podemos ser inconstantes, sí. Podemos ser corruptos a veces y débiles siempre. Pero yo reconozco la maldad a primera vista. Odium es malvado. Jamás seré su sierva.

Mezcla contempló a la muchedumbre, que asentía a las palabras de Clarke. Ella misma le dedicó un pequeño asentimiento, como reconociéndole un punto ganado.

—Esta desviación es irrelevante —dijo, mirando de nuevo a Becca—. Puedo decir con cierta facilidad que una buena relación entre los honorspren y los tintaspren no es. Cualquiera lo reconocería. El valor de mi testimonio es, por tanto, de adicional importancia.

»Yo viví durante el suplicio y el caos de la Traición. Vi a mis hermanos, mis seres queridos, muertos. Vi familias destrozadas y el dolor fluyendo como sangre. Quizá seamos enemigos, pero en una cosa la unificación es. Jamás deberíamos volver a confiar en los humanos con nuestros vínculos. Si esta desea aceptar el castigo por los miles que escaparon de él, yo digo que se lo permitamos. Encerradla. Olvidaos de ella y de cualquiera que, como ella, quiera repetir la masacre del pasado. —Clavó la mirada en Clarke—. Esta verdad es.

Clarke se había quedado sin palabras. ¿Qué defensa podía intentar?

—No somos los mismos que quienes vinieron antes —dijo.

—¿Puedes prometer que seréis diferentes? —exigió saber la spren—. ¿Puedes prometerlo sin un ápice de duda? ¿Prometer que ningún otro spren morirá por su vínculo, si se permiten ser?

—Por supuesto que no —respondió Clarke.

—Pues yo sí puedo prometer que ninguno morirá mientras no se creen más vínculos. La solución es fácil.

Dio media vuelta y regresó a su sitio.

Clarke se volvió hacia Becca.

—No hay promesas para la vida. Nada es seguro. Ella dice que los spren no morirán sin vínculos, pero ¿podéis saber lo que sucederá si reina Odium?

—Me parece de lo más curioso que ella prefiera esa posibilidad, joven —dijo Becca. Empezó a escribir de nuevo en su cuaderno—. Pero resulta muy condenatorio para ti que una tintaspren esté dispuesta a testificar en los mismos términos que una honorspren. Condenatorio sin duda.

Becca dio otro mordisco a su fruta, con el que dejó ya solo el corazón, que depositó distraída en la mesa delante de ella. Frustrada, Clarke se obligó a calmarse. El juicio estaba yéndole bien por lo menos en uno de sus ejes. Los honorspren no estaban intentando endosar los verdaderos pecados de la Traición a Clarke, sino empleando la táctica más honorable de demostrar que la humanidad no había cambiado y los vínculos eran demasiado peligrosos. Mezcla y ella habían decidido que aquella era la estrategia más segura para Clarke, ya que Becca podía decidir que no había motivo para encerrarla por cosas que habían hecho los antiguos. Pero al mismo tiempo, Clarke estaba perdiendo los corazones de los spren del público. ¿Qué importaba que «ganara» el juicio, si los spren se quedaban incluso más convencidos de que no deberían ayudar en el conflicto?

Miró entre la multitud, pero encontró sobre todo expresiones resentidas. Tormentas. ¿De verdad creía que podía demostrarles algo? ¿Cuál de los diez locos era por haber puesto en marcha todo aquello?

«No, no soy una loca —se dijo—. Solo una optimista. ¿Cómo pueden no darse cuenta? ¿Cómo pueden quedarse aquí plantados juzgándome mientras mueren hombres y otros spren luchan?

Del mismo modo, comprendió, que los altos príncipes habían dedicado tanto tiempo a jugar con las vidas de soldados en las Llanuras Quebradas. Del mismo modo que cualquiera podía dar la espalda a una atrocidad si lograba convencerse a sí mismo de que no era asunto suyo. Los humanos y los spren no eran distintos. Mezcla había intentado decírselo y estaba viéndolo con sus propios ojos.

—El tercer y último testigo —anunció el honorspren oficiante— es Notum, antaño capitán del barco Sendero de Honor.

A Clarke se le revolvió el estómago cuando Notum, con un aspecto muy mejorado desde la última vez que lo había visto Clarke, salió desde la cima del foro, donde un grupo de honorspren que estaban de pie lo habían tapado de su vista. Aun así, Clarke estaba sorprendida. Habían prohibido a Notum que entrara en Integridad Duradera a pesar de sus heridas, y había tenido que quedarse con los demás fuera de las murallas. Eso sí, habían llevado un poco de luz tormentosa para ayudar en su curación. Según los mensajes de Godeke, al cabo de un tiempo Notum había regresado a su patrulla. Pero allí estaba, y de uniforme, lo cual era revelador. Además, se negó a cruzar la mirada con Clarke mientras bajaba los peldaños hasta el fondo del foro. Los spren podían declararse en superioridad moral y afirmar que estaban hechos de honor, pero también definían el honor para sí mismos. Igual que los humanos.

—Te han ofrecido acabar tu exilio, ¿verdad, Notum? —le preguntó Clarke en voz baja—. ¿A cambio de una pequeña puñalada trapera?

Notum siguió evitándole la mirada y se inclinó ante Becca antes de desdoblar un papel que llevaba en el bolsillo. Empezó a leer.

—Se me ha solicitado que narre el comportamiento errático que presencié en esta mujer y sus compañeros. Como muchos ya sabéis, conocí a este grupo cuando huían de los Fusionados en Celebrant, hace más de un año. Se valieron del subterfugio para…

Notum dejó de hablar y miró hacia Clarke.

«Ponle la mirada de tu padre», pensó Clarke. Aquella tan severa que daba ganas de encogerte en tu interior pensando en todos tus errores. La mirada de una general.

A Clarke nunca se le había dado bien esa mirada.

—Adelante —dijo en vez de eso—. Te metimos en líos, Notum. Lo justo es que tengas la oportunidad de contar tu versión. No puedo pedirte nada más que sinceridad.

—Yo… —Notum la miró a los ojos.

—Adelante.

Notum bajó su papel y exclamó en voz muy alta:

—¡Honor no está muerto mientras viva en los corazones de los hombres!

Clarke nunca había oído antes esa afirmación, pero pareció disparar algo en la muchedumbre de honorspren, que empezaron a levantarse y gritar indignados… y también a favor. Clarke dio un paso atrás, admirada por el repentino estallido de emoción en aquellos spren por lo general estoicos. Varios oficiales irrumpieron en el suelo del foro y se llevaron a Notum a rastras mientras él bramaba una y otra vez las palabras.

—¡Honor no está muerto mientras viva en los corazones de los hombres! ¡Honor no está…!

Lo sacaron del foro, pero la conmoción no cesó. Clarke llevó una mano a la espada, insegura. ¿Aquello iba a ponerse feo?

Becca se hundió en su asiento y puso cara de pánico mientras se tapaba las orejas con las manos. Dejó escapar un grave gemido, penoso y lastimero, y empezó a sacudirse. Los honorspren que tenía cerca llamaron a la multitud al orden, gritándoles que estaban provocando dolor a la sagrada señora. Muchos parecían coléricos por las palabras de Notum, pero una cantidad nada despreciable retomó su grito, y a esos los expulsaron por la fuerza del foro. En esa sociedad había una tensión que Clarke no había visto antes. Los honorspren no eran monolíticos: los desacuerdos y la tensión nadaban allí en aguas profundas, muy por debajo de la superficie, pero no por ello dejaban de ser poderosos. Los alguaciles optaron por despejar el foro, y obligaron a salir incluso a Lexa y a Patrón. Nadie hizo mucho caso a Clarke. Mientras el lugar por fin se tranquilizaba al quedar solo unos pocos oficiales, Clarke ascendió los pocos peldaños del foro que lo separaban de la mesa del juez supremo. Becca estaba reclinado en su asiento, como si un momento antes no hubiera caído hecho un ovillo al suelo, temblando.

—¿Qué ha sido eso? —le preguntó Clarke.

—¿Mmm? —dijo Becca—. Ah, nada digno de mención. Una vieja discusión spren. Tu llegada ha reabierto heridas con siglos de antigüedad, joven. Es curioso, ¿verdad?

—¿Curioso? ¿Nada más?

Becca empezó a silbar mientras escribía en su cuaderno.

«Están todos locos —pensó Clarke—. Ya lo dijo Luna. Esto es lo que hacen a una mente miles de años de tortura.»

Quizá fuese mejor no hurgar en la herida.

—Hoy me ha ido bastante bien, ¿no os parece? —preguntó Clarke.

—¿Mmm?

—Una testigo no ha podido refutar mi razonamiento sobre mi padre —dijo Clarke—. Otra ha argumentado por mí al señalar que alinearse contra los Radiantes viene a ser equivalente a servir a Odium. Y luego Notum ha antepuesto su honor a su propio bienestar. Me ha ido bien.

—¿Acaso importa? —preguntó Becca.

—Claro que importa. Para eso estoy aquí.

—Ya veo —dijo Becca—. ¿Los antiguos Radiantes traicionaron a sus spren, matándolos?

—Bueno, sí —respondió Clarke—. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es si se puede culpar de ello a los humanos modernos.

Becca siguió escribiendo.

—¿Honorable? —insistió Clarke.

—¿Sabes lo viejo que soy, joven?

Becca alzó los ojos hacia los de Clarke, y había algo en ellos. Una profundidad que, por primera vez, le dio un claro aspecto inhumano. Esos ojos eran como agujeros eternos. Taladrados a través del tiempo.

—He conocido a muchos muchos hombres —dijo Becca en voz baja—. He conocido a algunos de los mejores que jamás hayan vivido. Y ahora están todos derrumbados o muertos. Los mejores de nosotros, agrietados sin remedio. Tormentas… Yo mismo hui cuando llegó el Retorno esta vez, porque sabía lo que significaba. Incluso Wells… Incluso Wells…

—Él no se derrumbó —dijo Clarke.

—El enemigo ha venido, o sea que sí —repuso Becca con firmeza. Hizo un gesto hacia los honorspren—. Se merecen algo mejor que vosotros, hija. Se merecen algo mejor que yo. Nunca podría juzgarlos por negarse a vincularse con humanos. ¿Cómo iba a hacerlo? Y jamás podría ordenarles que regresen a la guerra, que vuelvan a ese agujero. Hacerlo sería… abandonar el poco honor que me queda…

Clarke respiró hondo. Luego asintió.

—Acabo de decirte que tu causa está perdida —dijo Becca mientras volvía a su escritura—. No pareces preocupada.

—Bueno, honorable —respondió Clarke—. Acepté este juicio, aun con la insistencia de Sekeir en que se me culpe por lo que hicieron mis antepasados, porque era la única forma de tener una ocasión para hablar con los honorspren. Tal vez dictaminéis en mi contra, pero mientras haya tenido ocasión de decir lo que pretendía, con eso me bastará. Con que convenza a uno o dos de unirse a la batalla, habré ganado.

—Optimismo —dijo Becca—. Esperanza. Recuerdo esas cosas. Pero no creo que comprendas lo que hay en juego en este juicio, niña, ni que entiendas en qué te has metido. Esas cosas que ha dicho la tintaspren, lo de unirse al bando de Odium, están en la mente de muchos spren. Entre ellos, muchos de esta misma fortaleza.

Eso impactó a Clarke como un puñetazo en la tripa.

—¿Los honorspren estarían dispuestos a unirse al enemigo? —preguntó—. ¡Eso los dejaría a la altura de los altospren!

—En efecto, y sospecho que su aversión por los altospren forma parte de lo que hace que duden. A los honorspren que están a favor de unirse al enemigo les preocupa cómo se recibirían los comentarios como ese. Pero aquí estás tú, dándoles la oportunidad de exponer sus argumentos, actuando como imán para toda su frustración y su odio.

»Muchos están escuchando. Si los honorspren empiezan a optar por el enemigo… bueno, otras muchas variedades de spren tardarían poco en seguirlos. Me atrevería a aventurar que lo harían en grandes números. —Becca no levantó la mirada—. Viniste aquí para reclutar. Pero sospecho que terminarás decantando esta balanza tan bien equilibrada, y no en la dirección que deseas.

Más o menos una hora después de la primera jornada del juicio, una hora que había dedicado a consolar a Clarke en su repentino terror de provocar por accidente una deserción en masa de spren al bando enemigo, Lexa subió a un árbol. Trepó muy arriba y se aferró a una rama cerca de las más altas. Era un árbol normal, de los verdaderos que los honorspren se las ingeniaban para cultivar allí. Sentaba bien notar la corteza bajo los dedos. Extendió un brazo al espacio abierto por encima del árbol, pero no sintió nada diferente. ¿Habría llegado ya a la barrera? Quizá un poco más alto…

Se irguió un poco más, se puso de puntillas y le pareció notar algo extraño cuando alcanzó cierta altura exacta. Un tirón invisible de las puntas de los dedos.

Y entonces le resbaló un pie.

Al instante estaba precipitándose por el aire. No cayó toda la distancia hasta la base de la estructura, sino solo hasta el suelo de su plano. Lo golpeó con un sonoro crujido y se quedó allí tumbada, aturdida, antes de proferir un fuerte gemido. Lusintia la honorspren estaba a su lado al momento siguiente.

Como sospechaba, pensó Velo. Siempre parece andar cerca. Era evidente que la habían asignado a vigilar a Lexa.

—¡Humana! —exclamó, con el pelo corto cayendo a ambos lados de su rostro blanquiazul—. Humana, ¿estás herida?

Lexa gimió de nuevo, parpadeando.

—Mmm… —dijo Patrón, acercándose—. Parpadeos rápidos. Esto es grave. Podría morir.

—¿Morir? —preguntó Lusintia—. ¡No tenía ni idea de que fuesen tan frágiles!

—Ha caído desde muy alto —dijo Patrón—. Ah, y se ha golpeado la cabeza al aterrizar en estas piedras de aquí. No es bueno, no es bueno.

Había más honorspren congregándose y murmurando entre ellos. Lexa volvió a gemir y luego intentó enfocar la mirada en Patrón y Lusintia, pero dejó que los ojos se le cerraran.

—Debemos actuar deprisa —dijo Patrón—. ¡Deprisa!

—¿Qué hacemos? —preguntó Lusintia.

—¿Aquí no tenéis hospital?

—¡Pues claro que no tenemos hospital! —replicó Lusintia—. Solo hay un par de docenas de humanos.

—Mmm… Pero no permitís que regresen si se marchan, así que en esencia están encerrados aquí. Deberíais sentiros mal. Muy mal. Sí.

Tormentas, pensó Velo. ¿Es lo mejor que sabe hacerlo? ¿Cómo pudimos dejarnos engañar por él?

—¡Dime qué debo hacer! —exclamó Lusintia—. ¿La llevamos fuera, con ese Danzante del Filo?

—Tardaremos demasiado. Morirá. Pobre humana a la que tanto quiero. Sería trágico que muriera aquí, en el mismo centro del poder y la protección de los honorspren. A no ser, por supuesto, que se le entregara luz tormentosa.

—Un momento… ¿Luz tormentosa?

—Sí, porque es Radiante —dijo Patrón—. Eso la sanaría.

Lexa contuvo una sonrisa. Patrón sí que era un pelín transparente, pero saltaba a la vista que los honorspren de allí tenían muy poca experiencia con humanos. Mordieron el anzuelo sin cuestionarse nada, y al poco tiempo estaban llevando a Lexa entre cuatro. Ella se guardó la piedra envuelta en un pañuelo que había usado para cascar el suelo al caer, dando la impresión de que se había golpeado la cabeza. La verdad era que le dolía el brazo. Debía de habérselo magullado por el golpe, aunque no era la peor herida autoinfligida que soportaba en nombre de la ciencia. Por lo menos, esa vez su plan no había incluido ponerse en ridículo a propósito delante de varios hombres atractivos. Procuró seguir gimiendo de vez en cuando y Patrón continuó exclamando lo preocupadísimo que estaba. Eso mantuvo a Lusintia y los otros honorspren motivados mientras cargaban con Lexa hasta un edificio concreto y sus pisadas empezaban a resonar en la piedra del recinto cerrado. Mantuvieron una conversación susurrada pero apremiante con un guardia. Lexa dio un conmovedor gimoteo dolorido en el momento preciso y logró entrar. La luz la rodeó cuando la llevaron a algún lugar refulgente. No la habían dejado pasar la vez anterior, cuando habían ido a sacar luz tormentosa para curar a Clarke. Hizo aletear los párpados un poco antes de abrir los ojos y descubrir que casi toda la luz tormentosa estaba contenida en una enorme construcción que había en el centro de la sala. Era una especie de cuba, o un frasco muy alto. Se trataba de una tecnología de la que Lexa no había oído hablar antes de llegar a Shadesmar, y por lo visto ni siquiera los honorspren sabían cómo funcionaba. Podía adquirirse a un grupo de extraños mercaderes ambulantes llamados los Airí. Unas estanterías cercanas sostenían una colección de gemas sueltas, todas ellas brillando con intensidad. Aquel era el tesoro de Integridad Duradera: unas gemas, reunidas a lo largo de los milenios, tan impecables y perfectas que no perdían luz. Lexa tenía entendido que una gema como aquellas, expuesta a repetidas tormentas, podría absorber muchísima más luz tormentosa de la que debería ser capaz de contener por su tamaño. Decidió comprobarlo y extendió una mano débil hacia una de ellas para absorber una bocanada de luz tormentosa, que fluyó hacia ella como una resplandeciente y neblinosa luz blanca. Se sintió mejor al instante, vigorizada, alerta.

Tormentas, cómo lo había echado de menos. Solo el hecho de contener luz tormentosa ya era estimulante. Compuso una sonrisa que no era fingida y decidió ponerse en pie de un salto. El dolor del brazo había desaparecido y le apetecía bailar de alegría.

Pero en vez de eso dejó que Velo tomara el control. Para aquella parte era necesaria ella; Lexa seguía siendo mejor actriz, pero Velo era más diestra en casi todas las demás habilidades de espionaje. Velo se llevó la mano a la cabeza que supuestamente se había herido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó—. No me acuerdo. Intentaba ver si llegaba al límite donde la gravedad del plano se termina.

—Has sido muy estúpida, humana —dijo Lusintia—. ¡Con lo frágiles que sois! ¿Cómo has podido arriesgarte de esa manera? ¿No eres consciente de que los mortales morís si os rompéis?

—Ha sido en hombre de la ciencia —respondió Velo.

Subió la mano a la cintura, donde había guardado su cuaderno antes de ponerse a trepar el árbol. Lo sacó de un tirón y lo soltó a toda velocidad. Al mismo tiempo, movió la mano segura a un lado y dejó una esmeralda opaca en el lugar de una que refulgía. El truco de prestidigitación, realizado centenares de veces bajo la tutela de Indra y luego perfeccionado por su cuenta, quedó encubierto cuando Velo tropezó y rozó la estantería, moviendo las muchas gemas que contenía y sacudiendo su luz. Así pudo guardarse la esmeralda robada en su guante de cuero negro. Todo aquello había sucedido en el instante en que la honorspren se había concentrado en el cuaderno que caía. Velo se apresuró a recogerlo del suelo y abrazarse a él, con una sonrisa tímida.

—Muchas gracias —dijo—. Me has salvado la vida.

—No podíamos permitir que murieras —afirmó Lusintia—. La muerte es algo terrible, y nosotros… —Dejó la frase en el aire al mirar la estantería y la esmeralda opaca que había pasado a ocuparla—. ¡Tormentas encendidas! ¿Te la has comido entera? Humana, ¿cómo…?

Otro spren, un varón enfadado de uniforme, se puso a empujar a Velo hacia fuera.

—¡Eso era luz tormentosa acumulada durante años! —exclamó—. ¡Largo! ¡Vete, antes de que te comas algo más! ¡Si vuelves a caerte, no dejaré que entres aquí!

Velo contuvo una sonrisa y se disculpó mientras salía a trompicones y se reunía fuera con Patrón. Una avergonzada Lusintia tuvo que quedarse en el edificio para rellenar un informe sobre el incidente.

—Mmm… —dijo Patrón—. Gracias por dejarme mentir. ¿Ha funcionado?

Velo asintió.

—Mmm. Son estúpidos.

—La estupidez y la ignorancia no son lo mismo —respondió Velo—. Lo que pasa es que no están acostumbrados ni a los humanos ni al subterfugio. Vamos. Será mejor que nos esfumemos de aquí antes de que a alguien se le ocurra registrarme.