88. ESTRELLA FUGAZ

UN AÑO Y MEDIO ANTES

Alguien aporreó la puerta y Eshonai la abrió y miró hacia la tempestad. Unos grandiosos relámpagos quebraron la oscuridad en breves y emotivas ráfagas, revelando a Venli, con los ojos muy abiertos, sonriendo y empapada, agarrando algo con las dos manos delante de ella. Entró a trompicones en la casa, chorreando agua, lo que hizo que su madre la regañara. Jaxlim estaba en uno de sus… episodios en los que las veía a las dos como a niñas. Venli, al parecer ajena a todo salvo a la gema que llevaba en las manos, pasó junto a su madre como sin verla. Frotó con el pulgar la gema, que sería una tercera parte de grande que su puño.

—Tormentas —dijo Eshonai, cerrando la puerta—. ¿Lo has conseguido?

Colocó la tranca y la dejó sacudiéndose por el viento mientras iba con Venli. Pero… no, la gema no brillaba. ¿O sí? Eshonai la miró más de cerca. Sí que brillaba, pero muy poco.

—Ha funcionado —susurró Venli a Asombro, aferrando la gema—. Por fin ha funcionado. ¡El secreto sí que era el relámpago, Eshonai! Los trae aquí. Cuando me he acercado lo suficiente justo después de que cayera uno, he encontrado a centenares de ellos. He enganchado a este antes de que los demás volvieran al otro lado y…

—¿Qué otro lado? —preguntó Eshonai.

Venli no respondió. Últimamente parecía una persona distinta, siempre exhausta después de trabajar hasta muy tarde… y de empeñarse en salir a todas y cada una de las tormentas para intentar capturar un tormentaspren. Y encima, aquello del otro lado. Venli acunó la gema, sin hacer caso al agua que caía a chorro de su ropa.

—¿Venli? —dijo Eshonai—. Si quieres que te ayude a hablar de esto con los Cinco, tendrás que dejarme ver qué has hecho.

Venli la miró, callada, sin ningún ritmo en absoluto. Luego enderezó la espalda y canturreó a Confianza mientras le tendía la gema. Eshonai armonizó a Curiosidad y la tomó. Sí, tenía un spren dentro, aunque brillaba con una luz extraña. Demasiado apagada, casi polvorienta. Humeante. Era difícil distinguir su color a través del verde de la esmeralda, paro parecía sombrío, como el relámpago muy dentro de las nubes.

—Este spren no se parece a ninguno que haya visto nunca —dijo Eshonai.

—Forma tormenta —susurró Venli—. Poder.

—Un poder peligroso. Esto podría destruir a los oyentes.

—Eshonai —dijo Venli a Reprimenda—, nuestro pueblo ya lo están destruyendo. ¿No crees que esta vez, en vez de tomar una decisión rápida basada en canciones de hace miles de años, por lo menos deberíamos probar una solución distinta?

El retumbante trueno de fuera parecía estar de acuerdo con las palabras de Venli. Eshonai le devolvió la gema y canturreó a Traición para indicar lo que opinaba del argumento de Venli. Pero el ritmo no terminaba de expresar lo mucho que la habían herido esas palabras. Dando la espalda a su hermana, Eshonai fue de nuevo hacia la puerta y retiró la tranca. Sin hacer caso de los gritos de advertencia que profirieron tanto Venli como su madre, Eshonai salió a la tormenta. El viento la azotó con fuerza, pero con la armadura de la forma de guerra casi no sentía las gélidas gotas de lluvia. Se quedó en la luz que salía de la puerta hasta que Venli la volvió a cerrar, sumiendo a Eshonai en la oscuridad. Armonizó al Ritmo de los Vientos y echó a andar. Los humanos temían las tormentas. Siempre se escondían bajo techo. Eshonai respetaba las tempestades y en general prefería afrontarlas con un escudo de tormenta, pero no las temía. Se alejó de la casa de su madre, hacia el este, hacia el viento. Su vida reciente había sido un continuo ir contra el viento. Soplaba tan fuerte que Eshonai apenas tenía la sensación de estar progresando. Quizá le iría mejor permitiendo que la guiara el viento. Si no se hubiera resistido tanto, si no hubiera dedicado tanto tiempo a pensar en sus exploraciones o sus sueños, ¿se habría adaptado más deprisa a su papel de general? Si hubiera duplicado sus incursiones al principio, ¿habría podido expulsar a los humanos de los campamentos de guerra antes de que se hicieran fuertes allí?

Los humanos eran como un rocabrote. Blandos al principio, pero capaces de aferrarse a la piedra y convertirse en algo prácticamente inamovible. En eso, a pesar de que no poseían ritmos, eran más rosharianos que los oyentes. Si Eshonai de verdad pudiera viajar por todo el mundo, ¿los encontraría creciendo en cada fisura de la piedra?

Se acercó al borde de la meseta que albergaba el corazón central de Narak, la ciudad del exilio. Caminó con cuidado, dejando que los fogonazos de relámpago guiaran sus pasos. Llegó hasta el mismo borde del abismo, encarada hacia el viento.

—¿Qué quieres de nosotros? —gritó—. ¡Respóndeme, Jinete! ¡Spren de la tormenta! Eres un traidor como nosotros, ¿verdad? ¿Por eso has enviado a Venli ese pequeño spren?

El viento embistió contra ella, como intentando desequilibrarla.

Traía escombros que chocaban entre ellos y rodaban en espiral alrededor de Eshonai, y el relámpago hacía que cada uno pareciera congelado en el tiempo. Cayó cerca una rápida sucesión de rayos, y el trueno hizo vibrar y sacudió su caparazón. Los siguió una negrura absoluta. Al principio Eshonai pensó que quizá el Jinete de la Tormenta había elegido aparecerse a ella. Pero aquella oscuridad era ordinaria. Seguía notando el viento, la lluvia y los escombros.

—¿Qué clase de elección es esta? —vociferó—. ¿Dejar que los humanos nos destruyan o apartarnos de lo único que nos define? ¿De los únicos valores que importan?

Oscuridad. Lluvia. Viento. Pero ninguna contestación.

¿Qué había esperado Eshonai? ¿Una verdadera respuesta? ¿Era aquello una oración, entonces? No tenía mucho sentido, teniendo en cuenta que justo lo que Eshonai estaba rechazando era un regreso a los antiguos dioses de su pueblo.

Esos dioses nunca habían merecido adoración. ¿Qué era un dios que solo hacía exigencias? Nada salvo un tirano con otro nombre.

—Todo lo que he hecho —dijo Eshonai al viento— ha sido para asegurarme de que seguíamos siendo nuestro propio pueblo. Es lo único que quiero. Renuncié a mis sueños. Pero no renunciaré a nuestras mentes.

Palabras valerosas. Palabras inútiles. Tendrían que llevar el descubrimiento de Venli a los Cinco, y ellos tendrían que permitirle que lo probara. Eshonai lo sabía con la misma certeza con que conocía el Ritmo de la Paz. En esos momentos no podrían rechazar una posible forma nueva. Se volvió para marcharse y entonces entreoyó algo. ¿Roca raspando contra roca? ¿La meseta estaría agrietándose? Aunque Eshonai apenas lo oía, el ruido debía de ser bastante fuerte para llegar a su oído con el estruendo de la tempestad.

Dio un paso atrás, pero el terreno parecía poco firme y Eshonai no quería moverse sin que la guiara la luz de un rayo. ¿Y si…?

Un relámpago bifurcado destelló en los cielos, muy al este.

Encendió el cielo de blanco, resaltando los escombros, iluminando el terreno a su alrededor. Todo salvo una enorme sombra silueteada delante de ella. Eshonai se quedó sin aliento. Los ritmos se paralizaron en su cabeza. Aquella forma… era sinuosa pero masiva. Tenía unas garras tan gruesas como el cuerpo de Eshonai, asidas al borde del abismo a escasos palmos por delante de ella. No podía ser un…

El relámpago destelló de nuevo y Eshonai vio la cara de la criatura. Un hocico de abismoide, con puntiagudas espadas por dientes y la cabeza girada de lado para mirarla. Eshonai no salió corriendo. Si el abismoide la quería, ya estaba muerta. Las presas huían, y se sabía que aquellas bestias jugaban con las cosas que se comportaban como presas, aunque no tuvieran hambre. Pero aun así, quedarse allí de pie en la oscuridad cerrada, sin atreverse a armonizar a un ritmo, fue lo más difícil que Eshonai había hecho en la vida. Cuando cayó el siguiente relámpago, el abismoide había bajado su increíble cabeza hacia ella, y Eshonai tenía su ojo tan cerca que podría haberlo apuñalado sin necesidad de acometer. Cayó la oscuridad. Entonces hubo un pequeño estallido de luz que apareció justo delante de ella. Un pequeño spren hecho de fuego blanco. Voló hacia delante, dejando atrás una imagen residual. Como una estrella fugaz. Llegó hasta Eshonai y se puso a dar vueltas a su alrededor. A la luz del spren, Eshonai vio que el abismoide se retiraba poco a poco de vuelta al precipicio, dejando surcos en la piedra con sus garras como enormes estacas. Con el corazón atronando en el pecho, Eshonai armonizó a Ansiedad y corrió hacia casa. El pequeño y extraño spren la siguió.