89. VOZ DE LAS LUCES
Pero creo que, en cambio, si recordara mi vida con detalle me pondría incluso peor. Paralizado por mis terribles actos. No me gustaría recordar a todos a quienes he fallado.
Pasaron los días. Echo casi ni se dio cuenta.
Por primera vez en su vida, se soltó por completo. Dejó de preocuparse por Bellamy o Anya. Dejó de preocuparse por la torre.
Dejó de pensar en el otro millón de cosas que debería estar haciendo.
Aquello era lo que debería estar haciendo.
O eso se permitía creer. Se permitía ser libre. En la pequeña sala que era su laboratorio, todo encajaba. Había conocido a eruditos que afirmaban necesitar el caos para funcionar. Quizá fuese cierto para algunos, pero, en la opinión que se había formado Echo, la buena ciencia no se basaba en la descuidada inspiración. Se basaba en meticulosos incrementos. Sin distracciones, Echo podía idear experimentos precisos: gráficas, medidas esmeradas, líneas. La ciencia consistía en las líneas, en imponer un orden al caos. Echo disfrutaba de sus cuidadosos preparativos, sin nadie que la chinchara por tener unas gráficas siempre tan pulcras o por rechazar saltarse pasos. A veces Rabeniel la visitaba para unirse a su investigación, y apuntaba sus propias cavilaciones junto a las de Echo en su cuaderno. Dos fuerzas opuestas en armonía, concentradas en un mismo objetivo. Rabeniel le entregó la extraña arena negra y le explicó la diferencia entre la Investidura estática y la cinética. Echo observó y midió, aprendiendo por sí misma. La arena se volvía blanca poco a poco cuando estaba expuesta a la luz tormentosa o del vacío. Sin embargo, si había algún fabrial utilizando la luz, la arena cambiaba más deprisa. Se podía mojar la arena para devolverla al estado negro, aunque tenía que secarse otra vez antes de poder blanquearse. Era una manera práctica de medir cuánta luz estaba empleando un fabrial dado. Echo se fijó en que también cambiaba de color en presencia de spren. Aquel también era un cambio lento, pero podía medirse. Cualquier cosa medible era útil para la ciencia. Pero durante aquellos escasos días dichosos, pareció que el tiempo no podía medirse adecuadamente, porque las horas volaban como minutos. Y Echo, a pesar de las circunstancias, se sorprendió encantada con aquella experiencia.
—No sé muy bien de dónde procede la arena —dijo Rabeniel, sentada en su taburete junto a la pared, hojeando las últimas gráficas de Echo—. De algún lugar fuera del mundo.
—¿Fuera del mundo? —preguntó Echo, levantando la mirada del fabrial que estaba colocando en su carcasa—. ¿Os referís a… otro… planeta?
Rabeniel canturreó distraída. ¿Era una confirmación? Echo tenía la impresión de distinguir lo que significaba ese ritmo.
—Quise ir, durante años —dijo Rabeniel—. Visitar el lugar en persona. Por desgracia, descubrí que no era posible. Estoy atrapada en ese sistema, con mi alma atada a Braize, lo que llamáis Condenación, un planeta en una órbita más lejana alrededor del sol.
Oírla hablar de aquellas cosas con tanta naturalidad asombraba a Echo. Otros mundos. Los mejores telescopios que tenían no eran capaces más que de confirmar la existencia de otros cuerpos celestiales, pero allí estaba Echo, hablando con alguien que había estado en uno de ellos.
«Nosotros llegamos desde otro —se recordó Echo—. Los humanos fuimos inmigrantes en Roshar.» Se le hacía muy raro pensar en ello, alinear la mitología de los Salones Tranquilos con un lugar palpable.
—¿Podría… visitarlos? —preguntó Echo—. ¿Esos otros mundos?
—Es probable, aunque yo no me acercaría a Braize. De todas formas, tendrías que atravesar la tormenta para llegar hasta allí.
—¿La tormenta eterna?
Rabeniel canturreó a un ritmo divertido.
—No, no, Echo. No puedes viajar a Braize en el Reino Físico. Eso costaría… bueno, ni idea de cuánto tiempo, la verdad. Además, en el espacio entre planetas no hay aire. Una vez enviamos a Celestiales para que lo intentaran. No había aire y, además, las extrañas presiones exigían que llevaran encima un suministro inmenso de luz del vacío para sanar. Incluso tan bien preparados, murieron en cuestión de horas.
»Viajar a otros mundos se hace a través de Shadesmar. Pero insisto en que no te acerques a Braize. Aunque pudieras superar la barrera de la tormenta, ese lugar es baldío, desprovisto de vida. Solo hay un cielo oscuro, inacabables riscos barridos por el viento y un paisaje roto. Y muchas almas. Muchas almas no demasiado cuerdas.
—Lo… recordaré.
Otros mundos. Parecía un concepto demasiado vasto para que Echo lo abarcara en esos momentos, y ya era decir, teniendo en cuenta que estaba planteándose la muerte de un dios. Volvió a su experimento.
—Listo.
—Excelente —dijo Rabeniel, cerrando el cuaderno—. ¿Mizthla?
El guardia en forma tormenta de Echo pasó a la sala, con aire un poco molesto. Aunque era lo normal en él. «Mizthla» era su nombre cantor, pero decía que los alezi lo habían llamado Dah. Un simple glifo en vez de un verdadero nombre, porque era más fácil de recordar. Quizá si a Echo la hubieran llamado siempre de alguna otra manera por su utilidad, estaría del mismo humor que él. Le entregó el fabrial, que era… bueno, que no era un auténtico fabrial. La carcasa era un mero rollo de alambres de cobre alrededor de unas gemas. Rabeniel conocía un método para cambiar la polaridad de un imán, mediante un proceso que requería canalizar el relámpago de un cantor en forma tormenta. El relámpago cautivo parecía tener un sinfín de aplicaciones potenciales, pero Echo se mantuvo concentrada, porque quizá el proceso de cambio de polaridad funcionara también en gemas llenas de luz del vacío. Echo y Rabeniel salieron de la biblioteca, ya que el relámpago podía ser impredecible.
—Recuerda —dijo Echo al salir—, solo una descarga minúscula de energía. Esta vez no fundas los alambres.
—No soy tonto —replicó el regio—. Ya no.
Fuera, Echo miró por el pasillo, lleno de cajas de equipo en algunas de las cuales estaban ocultas sus trampas, hacia el escudo del Hermano. Dentro parecía haber más oscuridad que antes. Rabeniel y ella evitaban sacar el tema. Trabajar codo con codo no las convertía en aliadas, y las dos eran muy conscientes de ello. De hecho, Echo estaba buscando la forma de ocultar sus futuros descubrimientos a Rabeniel, si es que hacía alguno. El relámpago iluminó la sala y luego Mizthla las llamó. Se apresuraron a regresar dentro mientras él dejaba el fabrial enrollado en el escritorio. Seguro que aún quemaba, así que Echo decidió dejarlo unos minutos, aunque se moría de ganas de arrancar las gemas ya mismo para inspeccionar el resultado.
—He reparado en una cosa de tus diarios —dijo Rabeniel mientras esperaban las dos—. Comentas a menudo que no eres una erudita. ¿Por qué?
—Siempre he estado demasiado ocupada para dedicarme a la verdadera erudición, antigua —respondió Echo—. Además, no creo que tenga la mente adecuada para ello; no soy el prodigio que es mi hija. Así que siempre he considerado mi deber apoyar a los verdaderos eruditos, dar a conocer sus creaciones y ocuparme de que tengan los incentivos adecuados.
Rabeniel canturreó a un ritmo y luego cogió el fabrial con el cobre enrollado. El metal le quemó los dedos, pero sanaron al instante.
—Si tú no eres una erudita, Echo —dijo—, entonces jamás he conocido a ninguna.
—Reconozco que me cuesta aceptar eso, antigua. Aunque me alegro de haberos engañado.
—Humildad —dijo Rabeniel—. No es una Pasión que los míos suelan fomentar. ¿Te ayudaría a creerlo si te diera permiso para dejar de utilizar mis títulos cuando te dirijas a mí? Tus descubrimientos hasta la fecha son suficientes para considerarte mi igual.
Aquello parecía un privilegio muy poco frecuente.
—Sí que me ayuda, Rabeniel —dijo Echo—. Te lo agradezco.
—No es necesario agradecer las cosas obvias —repuso Rabeniel, levantando el fabrial—. ¿Preparada?
Echo asintió. Rabeniel sacó las gemas de dentro del alambre y las estudió.
—A mí no me parece que la luz del vacío haya cambiado —dijo.
Echo no había concretado a Rabeniel que estaba buscando la antiluz del vacío. Ocultaba su verdadero objetivo en experimentos de muchos tipos distintos, como aquel, sobre el que había explicado a Rabeniel que solo quería ver si la luz del vacío respondía a la exposición al relámpago. Pero sospechaba que Rabeniel sospechaba que Echo estaba como mínimo intrigada por la idea de la antiluz. Echo esparció un poco de la arena negra en la mesa y situó la gema en el centro para medir la fuerza de la Investidura que contenía. Pero como el aire no se distorsionaba en torno a esa gema, Echo ya sabía en secreto que su experimento había fracasado. Aquello no era antiluz del vacío. Tomó una nota en su registro. Otro experimento fallido. Rabeniel canturreó a un ritmo. ¿Uno pesaroso? Sí, era lo que parecía.
—Debo regresar a mis obligaciones —dijo la Fusionada, y Echo distinguió ese mismo ritmo en su voz—. Los Profundos están cerca de encontrar el último nodo.
—¿Cómo? —preguntó Echo.
—Sabes que no puedo decírtelo, Echo. —Aunque Rabeniel había dicho que se iba, seguía sentada—. Qué cansada estoy de esta guerra. Estoy harta de capturar, matar, perder, morir.
—Pues deberíamos terminarla.
—No mientras viva Odium.
—¿De verdad lo matarías? —preguntó Echo—. ¿Si tuvieras ocasión?
Rabeniel canturreó, pero apartó la mirada. «Ese tarareo es… ¿vergüenza? —pensó Echo—. Reconoce que me mintió, al menos implícitamente. En realidad no quiere matar a Odium.»
—Cuando querías hallar el opuesto de la luz del vacío, no querías usarlo contra él —adivinó Echo—. Me tentaste con esa idea, pero tu propósito es otro.
—Aprendes a interpretar los ritmos —dijo Rabeniel, levantándose.
—O comprendo la lógica, sin más. —Echo se levantó también y cogió las manos de Rabeniel. La Fusionada lo permitió—. No es necesario que mates al Hermano. Busquemos otro camino.
—No estoy matando al Hermano —respondió Rabeniel—. Estoy… haciendo algo peor. Estoy deshaciendo al Hermano.
—¡Pues busquemos otro camino!
—¿Crees que no lo he buscado ya?
Rabeniel separó sus manos de las de Echo y le tendió el cuaderno que compartían, en el que llevaban el registro de sus experimentos. Lo habían llamado El Ritmo de la Guerra. Odium y Honor trabajando juntos, aunque fuese solo durante un breve tiempo.
—Hice experimentos con los rubíes parejos que creaste, los de tamaños diferentes —dijo Rabeniel—. Creo que te gustarán las implicaciones de lo que descubrí; las he apuntado en el cuaderno. Esto podría facilitar el desplazamiento de tus enormes plataformas celestiales.
—Rabeniel —dijo Echo, cogiendo el cuaderno—. Negocia conmigo, ayúdame. Unamos nuestras fuerzas. Firmemos un tratado, tú y yo, sin Odium.
—Lo siento —respondió la Fusionada—. Pero la mejor manera que tenemos de terminar esta guerra, salvo que descubramos algo entre las dos, es que los míos controlemos Urithiru. Voy a concluir mi trabajo con el Hermano. En última instancia, seguimos siendo enemigas. Y yo no me vería donde estoy, capaz de plantearme una solución distinta, de no estar dispuesta del todo a hacer lo que se me ha pedido. Sin importar el coste, y sin importar el dolor que provoque.
Echo hizo acopio de fuerzas.
—No esperaba otra cosa, Dama de los Deseos. Aunque me apena.
Le apeteció probar a canturrear al Ritmo de la Guerra. No funcionó: el ritmo requería a dos personas en armonía mutua. En respuesta, sin embargo, Rabeniel sonrió.
—Quiero darte una cosa —dijo, y se marchó.
Confusa, Echo se sentó a la mesa, notándose cansada. Los días de frenético estudio empezaban a pasarle factura. ¿Había sido egoísta por su parte dedicar tanto tiempo a fingirse erudita? ¿Acaso Urithiru no suplicaba tener una reina? Sí, sería estupendo hallar un poder que emplear contra Odium, pero… ¿de verdad pensaba Echo que podía resolver un problema tan complejo?
Probó a regresar a sus experimentos. Al cabo de una hora, tuvo que reconocer que la chispa ya no estaba. Por mucho que hablara de control y organización, se encontraba sujeta a los caprichos de las emociones. No podía trabajar porque no lo «sentía». Si algún erudito suyo le hubiera dicho cosas parecidas, Echo las habría llamado sandeces, aunque por supuesto no en su cara. Se levantó de golpe y su silla cayó estrepitosa al suelo. Había cogido de Bellamy la costumbre de caminar, y se descubrió merodeando arriba y abajo por la pequeña sala. Al cabo de un tiempo Rabeniel apareció en la puerta, acompañada de dos cantoras en forma diestra. La Fusionada hizo un gesto y las mujérenes entraron a toda prisa en la sala. Transportaban un material extraño, entre el que había dos finas planchas metálicas cuadradas, de casi medio metro de lado y una fracción de centímetro de grosor, con unos pocos salientes y muescas tallados en ellas. Las cantoras fijaron las planchas a los dos lados de la mesa con abrazaderas, de forma que quedaran planas, sobresaliendo como adiciones al espacio de trabajo.
—Esta es una forma antigua de música entre los míos —dijo Rabeniel—. Una forma de regocijarnos con los ritmos. Como regalo, he decidido compartir las canciones contigo.
Hizo una seña y canturreó a las dos jóvenes cantoras, que corrieron a obedecer. Cada una sacó un largo arco, como los que podrían usarse en un instrumento de cuerda. Los frotaron con los lados de las planchas metálicas y el metal empezó a vibrar con tonos profundos, aunque tenían una textura más basta. Plenos y resonantes.
«Esos son los tonos de Honor y Odium», pensó Echo. Solo que estaba oyendo las versiones trasladadas que podían armonizar entre ellas.
Rabeniel se situó al lado de Echo. Acompañando a los dos tonos, empezó a interpretar un ruidoso ritmo con dos baquetas en un pequeño tambor. La secuencia de golpes se volvía fuerte y majestuosa y luego suave y rápida, alternando. No era del todo el Ritmo de la Guerra, pero casi con total certeza era lo más próximo a lo que podía llegar la música. Vibró a través de Echo, potente y triunfal. Siguieron tocando durante un largo tiempo antes de que Rabeniel ordenara el alto. Las dos jóvenes cantoras, sudando por el esfuerzo de crear los tonos con tanto vigor, se apresuraron a liberar las planchas de los lados de la mesa y recogerlas.
—¿Te ha gustado? —preguntó Rabeniel a Echo.
—Mucho —dijo ella—. Los tonos creaban una cacofonía terrible al combinarse, pero al mismo tiempo también era hermosa de algún modo.
—¿Como nosotras dos? —preguntó Rabeniel.
—Como nosotras dos.
—Por medio de esta música —dijo Rabeniel—, te concedo el título de Voz de las Luces, Echo Griffin. Como es mi prerrogativa.
Rabeniel hizo un brusco canturreo y entonces se inclinó ante Echo. Sin más palabras, indicó a las cantoras que cogieran sus instrumentos y se marcharan. Rabeniel se retiró con ellas. Sintiéndose abrumada, Echo fue hasta el cuaderno abierto de su escritorio. Rabeniel había hecho anotaciones allí sobre los experimentos de ambas en la escritura de las mujeres, y la letra empezaba a salirle ya bastante practicada. Echo comprendía el honor que acababan de concederle. Pero al mismo tiempo, le costaba sentirse orgullosa. ¿Qué significaba un título, o el respeto de una Fusionada, si la torre seguía corrompiéndose, si su pueblo seguía dominado?
«Para eso he trabajado tanto estos días —reconoció Echo para sus adentros, sentada a la mesa—. Para demostrarle mi valía a ella.» Pero… ¿de qué servía si no iba a conducir a la paz?
El Ritmo de la Guerra seguía vibrando a través de ella, en demostración de que podía existir la armonía. Pero al mismo tiempo, los tonos casi disonantes revelaban otra historia. Podía alcanzarse la armonía, pero era increíblemente difícil.
¿Qué clase de emulsionante podía utilizarse con la gente, para hacer que se mezclara? Echo cerró el cuaderno, fue al fondo de la sala y apoyó la mano en la veta de cristal del Hermano.
—Intento encontrar la forma de unir a spren que quedaron partidos en dos al crear un fabrial —susurró—. He pensado que a lo mejor te gustaría.
No llegó respuesta.
—Por favor —dijo Echo, cerrando los ojos y apoyando la cabeza en la pared—. Por favor, perdóname. Te necesitamos.
Tengo… La voz llegó a la mente Echo e hizo que alzara la mirada. Pero no vio la chispa de la luz del Hermano en la veta. O bien no estaba allí o… o se había hecho demasiado tenue para verla con la sala iluminada.
—¿Hermano? —preguntó.
Tengo frío, dijo la voz, mínima, casi imperceptible. Están… matándome.
—Rabeniel dice que te está… deshaciendo.
Si es verdad, yo… yo… moriré.
—Los spren no podéis morir —dijo Echo.
Los dioses pueden morir… Los Fusionados pueden… pueden morir… Los spren pueden… morir. Si me convierten en otra persona, eso es muerte. Es oscuridad. Pero ese cantor que me prometiste… puedo verlo a veces. Me gusta observarlo. Está con los Radiantes. Habría sido un… un buen… un buen vínculo…
—¡Pues vincúlalo! —exclamó Echo.
No puedo. No puedo ver. No puedo actuar a través de la barrera.
—¿Y si te trajera luz tormentosa? —propuso Echo—. ¿Qué pasa si te la infundo igual que te están infundiendo luz del vacío? ¿Eso no ralentizaría el proceso?
Frío. Escuchan. Tengo miedo, Echo.
—¿Hermano?
No… quiero… morir…
Y luego, silencio. Echo se quedó con aquella perturbadora palabra, «morir», resonando en su cabeza. En ese momento, el miedo del Hermano parecía mucho más poderoso que el Ritmo de la Guerra. Echo tenía que hacer algo. Algo más que quedarse sentada en una ensoñación. Volvió con paso firme a su mesa para apuntar ideas, por ridículas que fuesen, de lo que podría hacer para ayudar. Pero al sentarse reparó en algo. Su anterior experimento seguía allí, casi olvidado del todo. Una gema en el centro de la arena. Cuando los cantores habían montado sus placas, no habían tocado el trabajo de Echo. La música de las planchas metálicas había hecho vibrar el escritorio entero. Y eso había provocado que la arena vibrara, y en consecuencia había creado curvas en la mesa. Un grupo a la derecha, otro diferente a la izquierda y un tercero en el que ambos tipos de pauta se mezclaban. La luz tormentosa y la luz del vacío no eran solamente tipos de iluminación. No eran solamente extraños tipos de fluido. Eran sonidos. Vibraciones.
Y en la vibración, Echo encontraría sus opuestos.
