90. ÚNICA OPORTUNIDAD
En todo caso, ahora escribo. Porque sé que vienen a por mí. Mataron a Titus. Es inevitable que terminen reclamándome a mí, incluso en este lugar, en la fortaleza de los honorspren.
Clarke subió a su estrado en el foro de los honorspren. Habían sacado el disco circular al centro del foso. Ese día iba a tener todo el escenario para ella sola. Había llegado temprano para no tener que abrirse paso entre la muchedumbre. Quería dar la impresión de que ostentaba el control,esperando a que llegaran con su desprecio en vez de recorrer la larga escalera mientras todo el mundo la miraba. Lo primero era como actuaba una mujer que hubiera orquestado esa situación. Lo segundo era como actuaba una prisionera llevada al cadalso. Lexa y Patrón se sentaron cuando empezó a llegar más gente. En el foro cabían un par de centenares de spren, y mientras los honorspren iban ocupando sus asientos, todos con un tenue resplandor blanco azulado, Clarke se fijó en que había muchos más de uniforme ese día. Los que habían mostrado simpatía por la proclama de Notum brillaban por su ausencia en las gradas. Clarke lo encontró desalentador, aunque vio a algunos de aquellos spren del día anterior amontonados en la parte de arriba, donde podían estar de pie mirando. Los honorspren parecían decididos a llenar los asientos de gente predispuesta contra el. «No hay por qué sudar —pensó Clarke, de pie con las manos entrelazadas a la espalda—. Solo es tu única oportunidad de defenderte. Tu única oportunidad de dar la vuelta a todo esto.»
En el mejor de los casos, aquella sería la jornada que más lo favoreciera. Podría explicar sus argumentos y responder a preguntas del público. Las palabras de Becca el día anterior pesaban ominosas sobre sus hombros: aquello no solo involucraba a los honorspren y la cuestión de si algunos se unirían a los Corredores del Viento o no. Era una disputa mucho más amplia.
¿La humanidad merecía que se luchara por ella? Clarke tenía que ingeniárselas para argumentar que sí ese día. Mezcla le había advertido que tendría que desviar preguntas y mantener la argumentación centrada en el tema. Clarke no podía permitirse entablar una discusión demasiado directa con el público, no podía permitirles a ellos controlar la conversación. Hecho eso, el juicio se retomaría para una última sesión, en la que los honorspren presentarían a un solo y último testigo a quien Clarke podría dirigirse para refutar sus argumentos. Se inclinó ante Becca cuando el Heraldo llegó. En marcado contraste con la jornada anterior, se había puesto una túnica violeta de aspecto oficial. ¿Significaría que estaba tomándose aquello más en serio?
Clarke esperó con respeto a que la jueza suprema tomara asiento entre el grupo de altos cargos honorspren. Clarke se había enterado de que esos seis estaban entre los «diez honrados por las tormentas». Los diez honorspren de mayor edad que existían, aparte de Syl. La jerarquía era importante para ese grupo.
—Muy bien —dijo Becca—. Vamos con esto de una vez. Puedes hablar.
—Gracias, honorable —dijo Clarke, y se volvió hacia la multitud—. No creo que mis palabras de hoy vayan a sorprender a nadie. Y sin embargo, he empeñado mi futuro en la oportunidad de decíroslas. En persona. De miraros a los ojos y preguntaros si de verdad creéis que esto es justicia.
»Los hombres guardan rencores. Es uno de nuestros mayores defectos. A veces las familias mantienen un ciclo de odio a lo largo de generaciones, todo por una pequeña ofensa que ya nadie recuerda. Aunque no pretendo comparar vuestros muy reales sentimientos de dolor y traición con algo tan insignificante, espero encontrar en vosotros, fragmentos inmortales de Honor, una forma más perfecta de…
—¿Sabías que tu padre estuvo a punto de matar al Padre Tormenta? —lo interrumpió un spren de la primera fila.
Clarke perdió el hilo de su discurso.
—Responderé a las preguntas al final. Como iba diciendo, esperaba encontrar en…
—¿Lo sabías o no? —exigió saber el honorspren a gritos—. ¿Sabías que tu padre casi mató al Padre Tormenta?
—Lo encuentro difícil de creer —respondió Clarke.
Miró hacia la cima del foro, donde los spren que miraban de pie estaban removiéndose y susurrando entre ellos. El público quedó en silencio, esperando a Clarke. Le habían hecho una pregunta, pero no tenía por qué responderla, todavía no. Ella controlaba el escenario. Así que se mantuvo centrada como Mezcla le había enseñado a hacer y retomó su alegato con energía.
—En vosotros —dijo Clarke a la multitud— esperaba encontrar honor. Los antiguos spren se vincularon con nosotros porque creían que juntos nos convertíamos en algo más fuerte, algo mejor de lo que éramos estando solos.
»Reconozco las debilidades humanas. No voy a ocultarlas. Pero no os he visto a vosotros admitir vuestras debilidades. Afirmáis ser creaciones de honor. Ser mejores que los humanos. Y sin embargo, rechazáis demostrarlo, enseñarlo.
»Conozco a spren que sí lo hacen. Spren valientes, que han acudido a la batalla para unirse con la humanidad. Y al hacerlo, se han hecho más fuertes. Crecen, igual que las personas con las que se vinculan. ¿Para qué necesitamos Radiantes? Porque ellos representan lo mejor de nosotros. Somos de Honor y Cultivación. De Honor, por un ideal. De Cultivación, por el poder para aspirar a esa idea.
»El mismísimo Padre Tormenta está de acuerdo en que esta es la decisión correcta. La gente no será perfecta, pero merecen que se los ayude a trabajar en aras de la perfección. Y vosotros merecéis más de lo que podréis obtener jamás quedándoos aquí solos y negándoos a crecer.
La recibieron bien. A los honorspren les gustaban los buenos discursos, había averiguado Clarke, y sobre todo los de arriba parecían bastante conmovidos. Clarke respiró y se preparó para pasar a su segundo argumento. Por desgracia, en esa pausa, el mismo honorspren de antes de levantó de un salto.
—El Padre Tormenta tomó su decisión —dijo el spren en voz muy alta—, y al hacerlo se puso en peligro y estuvo a punto de morir. ¿Sabías algo de esto?
Becca se inclinó hacia delante en su asiento de juez. Aquello se acercaba muchísimo a ser una afirmación, cosa que al público no le estaba permitida. El juicio por testimonio permitía que Clarke hiciera declaraciones, pero el público solo podía preguntar.
—No sabía nada de ese acontecimiento —dijo Clarke al spren—, así que no puedo ofrecerte más información de por qué ocurrió o en qué circunstancias.
—¿Cómo puedes no saberlo? —preguntó otro spren desde la segunda fila—. Si has venido a convencernos de que seamos spren Radiantes, ¿no deberías conocer el coste de lo que pides? Creo que…
—Ya es suficiente —restalló Becca—. ¿Quieres que te expulse, Veratorim?
El spren se calló al instante.
—Procede, humana —dijo Becca, reclinándose y enlazando los dedos en el regazo.
—Mi segundo argumento —proclamó Clarke— consiste en mostraros que los reinos del mundo han aparcado sus diferencias para unirse y afrontar juntos este desafío. Traía una carta de mi prima, Anya, que rompieron en pedazos. Por suerte, puedo citaros algunas partes. Anya demuestra que los reinos modernos están…
—¿Ella ha intentado matar a su spren? —preguntó el spren de la primera fila.
—Demuestra —continuó Clarke— que nuestros reinos modernos están unidos de un modo que…
—Ya, pero ¿ella ha intentado matar a su spren?
—Escucha —espetó Clarke—, ¿queréis que hable o no? ¿Queréis oír mi testimonio, como me habéis ofrecido, o solo buscáis atacarme?
El spren sonrió. Y Clarke comprendió lo que acababa de hacer. Al formular una pregunta, estaba invitando su respuesta.
—Yo creo —dijo el spren, levantándose— que la cuestión más relevante de todas es si esos nuevos Radiantes son de fiar. Eso es lo que necesitas demostrar. El Padre Tormenta nos dijo que Bellamy Griffin lo obligó a manifestarse físicamente. ¡Bellamy Griffin, tu padre, utilizó la esencia del Padre Tormenta para activar una Puerta Jurada!
—¡Eso contraviene su juramento! —exclamó otra—. ¿Conocías los actos de tu padre?
—Seguro que tendría un buen motivo —dijo Clarke—. Si me permitís…
—¿Buen motivo? —repitió el honorspren que se había levantado—. Estaba huyendo, nada menos. ¿Ese es el tipo de comportamiento que deberíamos considerar digno de confianza en un Forjador de Vínculos? Y ese es el hombre que tú nos presentaste ayer como ideal, el que tú prometiste que nunca nos traicionaría. ¿Cómo respondes a eso?
Clarke miró a Becca.
—¿Puedo seguir con mi alegato, por favor?
—Tú has concedido esta discusión —dijo Becca—. Ahora tienes que debatir con él.
Becca hizo un gesto con la cabeza hacia los ocupantes de la parte de arriba. Los que se habían unido a la consigna de Notum esperaban en silencio, sedientos de respuestas. Clarke suspiró y lanzó una mirada a Lexa para darse fuerzas antes de continuar.
—No puedo hablar en nombre de mi padre. Tendréis que preguntárselo en persona. Yo confío en él, y el Padre Tormenta confía en él. Con eso debería bastar.
—Es un desastre andante —dijo el spren—. Un asesino, según su propio testimonio. Eso no es ningún Forjador de Vínculos.
Clarke no hizo caso a eso, ya que no era una pregunta. Y según las normas, podía dejar pasar el tema y proseguir.
—La carta de Anya —empezó— es…
—Raven Bendita por la Tormenta también estuvo a punto de matar a su spren —dijo un honorspren que aún no había hablado—. La Antigua Hija, la más preciada entre los descendientes. ¿Eso lo sabías?
Clarke apretó los dientes.
—Sí que sé lo que ocurrió entre Raven y Syl. Era una época difícil para todos nosotros, un punto de transición. Raven no sabía que estaba rompiendo sus juramentos, solo estaba teniendo problemas para orientarse entre lealtades conflictivas.
—Así que sois ignorantes, además de peligrosos —replicó el spren de la segunda fila—. ¡Vuestros Radiantes apenas saben lo que están haciendo! ¡Podríais matar a vuestros spren por accidente!
Becca hizo un gesto y los alguaciles asieron al spren y se lo llevaron escalera arriba y fuera del foro. Pero Clarke se daba cuenta de lo que estaba pasando. Aquello era un ataque coordinado, y la expulsión un riesgo calculado a cambio de que se pronunciaran las palabras.
—No estamos matando a nuestros spren —dijo Clarke a la muchedumbre—. Esos son incidentes aislados, y no tenemos el contexto adecuado para debatir sobre ellos.
—¿Eso afirmas? —dijo otra honorspren nueva—. ¿Puedes jurar que ninguno de vuestros Radiantes ha matado a su spren?
—¡Puedo! Ninguno de ellos lo ha hecho. Ellos… —Dejó la frase en el aire.
Condenación. Había conocido a una, ¿verdad? Muerta hacía poco. Aquella críptica del mercado.
—¿Ellos qué? —insistió la spren.
Si respondía a la pregunta con la verdad, podía ser el final. Clarke respiró hondo e hizo lo que Mezcla le había advertido que no hiciera. Se enfrentó al público.
—Podría responder, pero os da igual, ¿verdad? Es evidente que habíais planeado juntos cómo atacarme hoy. Esto es una emboscada. Os trae sin cuidado el honor y os trae sin cuidado lo que yo tenga que decir. Solo queréis tirarme cosas encima. —Dio un paso adelante y separó las manos a los lados.
»Pues muy bien. ¡Adelante! ¡Pero sabed esto! ¿Decís que los spren no mienten, que los spren no son mutables como los humanos? ¡Pues la próxima vez que queráis fingir que es verdad, recordad este día! Recordad cómo mentisteis al decir que tendría un juicio justo. ¡Recordad cómo tratasteis a la mujer que vino a vosotros de buena fe!
El público quedó en silencio. Hasta los contendientes más gritones se sentaron.
—Se te avisó sobre este juicio en muchas ocasiones, humana —dijo Becca desde atrás—. Ya han tomado su decisión.
—No todos ellos —respondió Clarke—. Pensaba que encontraría a gente racional detrás de estas puertas. A spren honorables. Pero ¿sabéis qué? Me alegro de que no sea así. Porque ahora sé lo que sois. Sois personas, como cualquiera de nosotros. Algunos de vosotros tenéis miedo. Hace que os asuste comprometeros. Hace que lleguéis a plantearos cosas que en otro tiempo habríais descartado por irracionales.
»Eso lo entiendo. Y me alegro de descubrir que sois como los humanos, porque sé lo que significa. Significa que cuestionáis, que tenéis miedo, inseguridades. Creedme, yo también siento esas cosas. Pero no podéis quedaros aquí sentados fingiendo que todos los humanos somos iguales, que todos merecemos que se nos expulse, cuando vosotros mismos tenéis nuestros mismos defectos. Este juicio lo demuestra. Vuestros corazones lo demuestran.
Se los quedó mirando. Provocándolos. Retándolos.
Al poco, y con aspecto de estar incómodo, el spren de la primera fila carraspeó y se levantó.
—¿Sabías…?
—Venga, déjate de historias —le dijo Clarke—. ¿Quieres que siga esta farsa? Muy bien. Haz lo que vayas a hacer. Ya puestos, para que sea legal, te preguntaré: ¿qué es lo próximo que evidentemente habíais planeado decir ahora para intentar desacreditarme?
El spren buscó entre el público, inseguro.
—Eh… Bueno, ¿sabías algo sobre esto?
Señaló hacia el exterior del foro. Allí los spren se separaron y todo el mundo se volvió para mirar a alguien a quien guiaba escalera abajo Amuna, la esbelta honorspren que cuidaba de los ojomuertos. Ese día iba con una críptica, su patrón roto, su cabeza marchita.
Condenación. Era lo que Clarke había temido.
—¿Conoces a esta críptica? —preguntó imperiosa Amuna desde los peldaños.
—Si es la misma a la que vi cuando pisé por primera vez estas costas —dijo Clarke—, entonces no. La vi solo una vez, en el mercado donde se cruzan las caravanas.
—¿Conoces su historia?
—Eh… Sí, me la contó un tendero.
—La mataron hace solo unos años —dijo Amuna—. Esto demuestra que mientes. Los Radiantes modernos no son de fiar.
—No hay ninguna prueba de que sea culpa de un Radiante —objetó Clarke—. Nos encontramos con unos humanos, nada que ver con mi gente, que atacaron a Notum. A lo mejor también la atacaron a ella.
—Esa clase de ataque resulta en un spren que puede curarse con el tiempo y la suficiente luz tormentosa —dijo Amuna—. La única muerte verdadera para un spren, la única manera de crear un ojomuerto, es por medio de juramentos Radiantes rotos. —Amuna señaló a la ojomuerta—. Esta críptica no cayó en los días de la Traición. Fue asesinada hace menos de una década. Por uno de vuestros Radiantes.
—Sería alguien nuevo, inexperto —repuso Clarke—. Alguien a quien no conocemos. No es uno de los nuestros, sino algún pobre Radiante novato que no comprendía lo que estaba haciendo. Si quisierais…
Pero sabía que los había perdido. La multitud se removió, apartándose de la críptica, desplazándose en sus asientos. Otro spren de la primera fila se levantó y gritó preguntas a Clarke, y al momento lo imitó otra docena, acumulando sus palabras unas encima de otras. ¿Cuántos spren tendrían que morir para que Clarke reconociera que los Radiantes eran mala idea? ¿Sabía que los antiguos Radiantes habían matado a sus spren porque estaban preocupados por algo incluso más peligroso?
Clarke bajó los brazos ante el asalto. Mezcla había intentado prepararla tan bien como había podido, pero Clarke no era ninguna experta en defensas legales. Se había dejado manipular, como cuando la obligaban a apoyar los pies en desventaja durante un duelo. La revelación de la críptica eclipsaría cualquier otra cosa que pudiera decir, cualquier otro argumento que pudiera hacer. Miró a Becca, que asintió y le indicó por señas que podía marcharse. Las furiosas preguntas apalearon a Clarke mientras subía los peldaños con toda la dignidad que pudo reunir. Sabía cuándo un duelo estaba amañado. Le habían dicho desde el principio que aquel lo estaría. Y aun así, había creído que podría convencerlos.
«Serás imbécil.»
Unas horas después de la segunda jornada del juicio de Clarke, Lexa cerró los ojos, apoyó la cabeza en su pecho desnudo y escuchó los latidos de su corazón. Nunca habría pensado que iba a encontrarlo tan reconfortante. Durante casi toda su vida, ni siquiera se había planteado cómo sería estar tan cerca de alguien. Le habría resultado ajeno del todo imaginar la gozosa calidez de la piel contra la piel, de su mano segura acariciando la mejilla de Clarke, sus dedos enredándose en el pelo de ella. ¿Cómo habría podido anticipar la maravillosa intimidad de sentir su aliento en el pelo, de escuchar su latido, más alto a sus oídos que el de la misma Lexa? El ritmo de su vida.
Allí tumbadas, por un momento, todo pareció perfecto.
Clarke apoyó el brazo en la espalda desnuda de Lexa. La habitación estaba a oscuras, las cortinas cerradas. Ella no estaba acostumbrada a la oscuridad, porque solía dejar al menos un chip para que diera un poco de luz. Pero allí no tenían esferas. Aparte de la que había escondido en su cofre. Oculta junto al cubo que hablaba entre reinos. Y un cuchillo muy especial.
—Te quiero —susurró Clarke en la oscuridad—. ¿Qué hice para merecerte?
—Blasfemar, a lo mejor —dijo ella—. O gastarle bromas a tu hermano. No estoy segura de qué tendría que hacer alguien para que el Todopoderoso lo maldijera conmigo. Quizá solo fuiste demasiado lenta para escapar a tiempo.
Clarke le subió la mano rozando la columna vertebral, haciendo que se estremeciera mientras por fin la posaba en su nuca.
—Eres brillante —susurró—. Decidida. Divertida.
—A veces.
—A veces —reconoció ella, y Lexa pudo oír la sonrisa en sus labios—. Pero siempre hermosa.
Y lo pensaba. De verdad lo pensaba. Lexa intentaba creer que la merecía, pero le costaba. Estaba tan enmarañada en mentiras que literalmente ya no sabía quién era.
¿Y si ella lo descubría? ¿Y si averiguaba lo que era Lexa en realidad?
—Tu espantoso gusto en mujeres —susurró Lexa— es de las cosas que más adoro de ti. —Volvió a apretarle la cabeza contra el pecho y el pelo rubio de Clarke le hizo cosquillas en la mejilla—. Y yo también te quiero. Es lo único que tengo claro sobre mi vida.
—Después de hoy, tengo que darte la razón sobre esta idea mía del juicio. Ha sido un plan horrible.
—Sería la mayor hipócrita del mundo si no pudiera amarte a pesar de que tengas alguna idea tonta de vez en cuando.
Clarke le frotó la nuca a través del pelo.
—Van a encerrarme —dijo—. Ya están construyendo la celda. Seré un símbolo para ellos, una exposición para que otros spren vengan a verla.
—Yo te sacaré —dijo Lexa.
—¿Cómo?
—Robé un poco de luz tormentosa —respondió ella—. Traeré a mis agentes y a Godeke y organizaremos un rescate. Dudo que los honorspren vayan a perseguirnos. Son demasiado paranoicos.
Clarke suspiró en la oscuridad.
—¿No vas a prohibírmelo? —preguntó Lexa.
—Eh… no lo sé —dijo ella—. Aquí hay algunos que quieren escucharme, Lexa. Algunos a los que puedo convencer. Pero tienen miedo de morir, y eso me deja indecisa. No todo el mundo está hecho para la guerra, y es para eso que intento reclutarlos. No puedo prometerles sin mentir que vivirán, que sus Radiantes no van a traicionarlos. A lo mejor no está bien exigirles que se unan a nosotros.
—Becca te dijo que sus líderes están considerando pasar al bando enemigo —dijo Lexa—. Si lo hacen, esos spren terminarán vinculados a gente de todas formas, opinen lo que opinen ahora. Y la gente con la que se vincularán no es de la que se preocupa por la seguridad de sus spren.
—Cierto —dijo Clarke—. Tormentas, ojalá pudiera llegar a toda la gente de aquí. Tal vez mañana. Podré refutar a su testigo, hacer mis propias preguntas…
—¿Clarke? Acabas de decir que es un plan horrible. ¿Crees que el último día cambiará eso?
—Puede que no —dijo ella—. Pero al menos es un plan horrible que me permite dirigirme a ellos. Permite que ellos vean a un humano intentando ser honorable. Aunque se le dé fatal.
—No se te da fatal ser honorable.
Clarke hizo una mueca.
—Alguien más lista podría haber salido victoriosa —dijo en voz baja—. Anya podría haber hecho que lo entendieran. Pero solo estoy yo. Ojalá… ojalá lo supiera, Lexa. Qué hacer. Cómo convencerlos.
Lexa cerró los ojos con fuerza, intentando regresar a aquel momento anterior de perfección. No pudo. Había demasiado dolor en la voz de Clarke. Su latido se había acelerado. Su respiración ya no parecía serena, sino frustrada. La destrozaba oírlo así. Esa era la mujer que los había mantenido unidos cuando Kholinar cayó, la mujer que tan optimista se mostraba siempre. Había llegado hasta allí decidida a demostrar a su padre, y tal vez también a sí misma, que todavía era valiosa. Y aquel estúpido juicio iba a arrebatarle eso.
A menos…
No, pensó Radiante. No podemos completar el plan de Dante. Te está manipulando.
Hacemos lo que dos de nosotras acuerdan, dijo Lexa. Y yo estoy de acuerdo en que es el momento de hacer lo que Dante quiere. Tomaremos el alma de Becca y nos haremos pasar por ella en el juicio. Velo y yo nos…
No, pensó Velo.
A Lexa se le trabó la respiración. ¿Cómo?
He cambiado de opinión, dijo Velo. Estoy con Radiante. No iré a matar a Becca. Dos contra una, Lexa.
Algo se removió en lo más profundo de Lexa.
—Ojalá… —susurró Clarke—. Ojalá pudiera averiguar quién mató a esa pobre críptica. Es lo que lo ha echado todo a perder hoy. Lo que lo ha arruinado todo.
Es el momento.
—El juicio no está arruinado —dijo Sinforma a Clarke—. ¿Sabes? Cuantas más vueltas le doy, más me parece que tal vez este juicio no haya sido tan mala idea. Tienes tú razón. Por lo menos, así tienes la oportunidad de demostrarles lo que es una mujer honorable.
—Para lo que está sirviendo —repuso Clarke.
—No sé yo —dijo Sinforma—. La jueza suprema no deja de ser uno de los Heraldos. A lo mejor termina sorprendiéndote…
