91. MERECEDOR DE SALVACIÓN

En consecuencia, moriré.

Sí, moriré. Si estás leyendo esto y preguntándote qué ha salido mal, por qué mi alma se ha evaporado al poco tiempo de absorberla esa gema de tu daga, entonces yo te llamo idiota por jugar con unos poderes que solo crees comprender.

Marcus se sentía como un saco de calcetines mojados que hubieran dejado fuera en una tormenta. La verdad sincera, por el mismo aliento de Becca, era que había pensado que ya estaba otra vez en las mismas. Al despertar desnudo y enfermo, había supuesto que era una recaída en el musgo. En ese momento se había odiado a sí mismo. Entonces había visto a Macallan y Rlain. Al contemplar su alegría, o más bien al oírla en el caso de Rlain, Marcus había sabido que no podía odiarse de verdad. Ese era el lugar al que lo habían llevado los juramentos. Su desprecio por sí mismo iba remitiendo día tras día. A veces volvía en oleada. Pero Marcus era más fuerte que él. Los demás lo apreciaban. Así que, hubiera hecho lo que hubiera hecho, se levantaría y lo arreglaría. Ese era el juramento que había realizado y, por el décimo nombre del Todopoderoso, pensaba cumplirlo.

Por ellos.

Luego había descubierto la verdad. No se había doblegado. No había recurrido al musgo. No era culpa suya. Por una vez en su tormentosa desgracia de vida, lo habían enviado de una patada a la alcantarilla y había despertado con dolor de cabeza, y no había sido por su propia debilidad. Unos pocos días de curación más tarde, todavía lo encontraba asombroso. Llevaba una racha buenísima. Casi siete meses sin musgo. Condenación. Le apetecía mucho un poco de musgo en esos momentos, la verdad. Le aliviaría un poco ese dolor de cabeza atroz. Pero Condenación. Siete meses. Era lo más que había pasado sin acercarse al material desde… bueno, desde que se alistó en el ejército. Treinta años.

«No cuentes esos años, Marcus —se dijo mientras Macallan le llevaba un poco de sopa—. Cuenta los que llevas con amigos.»

La sopa llevaba un poco de carne, por fin. ¿Qué creían que iba a pasar si comía algo decente? Había estado desmayado unos días, no unos años. No era tiempo suficiente para convertirse en alguna especie de inválido.

De hecho, Marcus parecía haberlo llevado mejor que Raven. Bendita por la Tormenta estaba sentada en el suelo y se negaba a ocupar el banco porque era «de Marcus». Tenía un aspecto torturado y estaba un poco encogida, como si la hubieran vaciado con una cuchara. Lo que hubiera visto mientras padecía aquellas fiebres no le había hecho ningún bien. Marcus se había sentido así otras veces. En ese momento eran sobre todo dolores, pero se había sentido así también.

—Y eso que se suponía que estábamos fuera de tormentoso servicio —refunfuñó Marcus mientras se tomaba la sopa fría—. Civiles. ¿Así es como terminamos? Menudo mamón está hecho el destino, ¿eh, Rav?

—Yo me alegro de oír tu voz —dijo Raven, aceptando el cuenco de sopa que le tendía Macallan—. Ojalá pudiera oír la suya…

Su spren. La había perdido de algún modo, en la pelea en que la habían herido.

Marcus miró hacia el lado, donde Phendorana estaba sentada con recato al borde de su banco. Había tenido que estirar la mente para convocarla, y ella decía que no recordaba nada de lo sucedido desde que Marcus se había quedado inconsciente. Había… perdido el sentido ella también, más o menos. Phendorana se manifestaba como una mujer humana mayor, con rasgos maduros y una ropa práctica de estilo thayleño, falda y blusa. Su pelo ondeaba suelto como soplado por un viento fantasmal. Al contrario que Syl y algunos otros honorspren, Phendorana prefería manifestarse a tamaño humano. La spren miró a Marcus y él señaló con la cabeza a Raven. Phendorana cogió aire y dio un suspiro intencionado. Luego, a juzgar por la cuchara de Raven deteniéndose a medio camino de su boca, permitió que la vieran los demás de la sala.

—¿Tu potenciación aún funciona? —preguntó Phendorana a Raven.

—No tan bien como antes de la última pelea —dijo Raven—, pero puedo absorber luz tormentosa y pegar cosas entre ellas.

A Marcus le pasaba igual, pero habían descubierto que si Madi no aparecía y le hacía eso de la Regeneración cada diez horas o así, empezaba a caer de nuevo en coma. Esa chica tenía algo definitivamente raro.

—Si puedes potenciar —dijo Phendorana—, tu vínculo está intacto. La Antigua Hija puede haberse perdido a sí misma por la separación, ya que nos es difícil existir del todo en este reino. Pero sospecho que se mantendrá cerca por instinto. Si puedes llegar al sitio donde la perdiste, debería resolverse el problema.

—Debería —repitió Raven en voz baja, y empezó a comer de nuevo. Asintió para agradecer a Macallan que le llevara agua.

No habían apretado mucho a Macallan con el hecho de que podía hablar. Quedarse callado como había hecho no era mentir. No era una traición. Cada uno combatía a sus propios Portadores del Vacío personales, y cada cual escogía sus propias armas. Cuando había llegado el momento de afrontar la tormenta, Macallan había cumplido con Marcus y Raven. Eso era lo que importaba. Eso era lo que significaba ser del Puente Cuatro. Un hombre podía decidir no hablar si no quería. No había ley que lo obligara. Marcus conocía a unos cuantos que podrían probar con una táctica parecida. Siguieron comiendo en silencio. Después de la euforia inicial por estar juntos de nuevo, el entusiasmo general se había aguado. Todo lo que decían a Marcus sobre la situación parecía peor que lo anterior. Fusionados en la torre. La reina cautiva. Radiantes caídos. El spren de la torre corrompido poco a poco, hasta el punto de que casi había muerto. Raven ya no lograba que le respondiera, ni Macallan tampoco. Eran unos días sombríos a los que había despertado. Casi desearía que lo hubieran dejado en un tormentoso coma. ¿De qué iba a servir Marcus para solucionar nada de aquello?

Phendorana le lanzó una mirada, sintiendo sus emociones. Él la señaló con la cuchara y le guiñó el ojo en agradecimiento. No, no iba a fustigarse. Había jurado un Ideal. Pero era verdad. Días sombríos. Tormentosos días sombríos.

La puerta se abrió al poco rato y entraron Rlain y Madi, que correteó hacia dentro y olisqueó la cacerola de sopa. Arrugó la nariz.

—Alégrate de que tengamos algo —le dijo Raven—. Ese fervoroso del monasterio tiene mucho mérito. Más del que le reconocimos cuando fuimos de visita, Marcus.

—La mayoría de la gente quiere ayudar —dijo Marcus—. Aunque haya que darles algún que otro empujoncito de vez en cuando. Becca sabe que yo los necesito.

Madi subió de un salto al banco, rodeó a Phendorana y tocó a Marcus para infundirle luz tormentosa. Él respiró hondo. Y tormentas, notó el aire un poco más caliente. Por lo menos ya no se quedaría dormido con la cara metida en la sopa. Rlain cerró la puerta y se sentó en el suelo del angosto espacio, con la espalda contra la pared y partes de su caparazón raspando la piedra.

—No hay noticias de la reina —dijo Rlain—. Madi ha podido hablar con una erudita y, según ella, Echo lleva ya más de dos semanas aislada. Está encarcelada, obligada a dormir ella sola en las salas de los eruditos.

—Venimos a estar todos encarcelados —respondió Marcus—. Hasta el tormentoso último de nosotros.

—No —dijo Raven—. Nosotros cinco somos libres.

—¿Y qué hacemos? —preguntó Rlain—. No sabemos dónde está el último nodo, el que mantiene levantado ese escudo del Hermano. Pero aunque lo supiéramos, tampoco es que podamos protegerlo.

Raven les había contado hasta el último y descorazonador detalle lo difícil que había sido llegar a los dos anteriores y destruirlos. ¿Defender uno contra todo el poder de las fuerzas de Odium? Imposible. Marcus estaba de acuerdo con eso.

—Si rompemos ese último —dijo—, se acabó. Adiós torre. Pero si esperamos, los Fusionados acabarán encontrándolo y rompiéndolo ellos. Adiós torre.

—No podemos luchar contra un ejército entero nosotros solos —dijo Raven—. Marcus y yo apenas estamos recuperados, y nuestros poderes son inestables como mucho. Dos de nosotros hemos perdido a nuestros spren.

—La chica puede despertar a los otros Radiantes —afirmó Marcus.

—Los otros Radiantes están vigilados —recordó Raven.

—Podemos distraer a los guardias u ocuparnos de ellos —intervino Rlain—. Hicimos algo parecido para rescatar a Madi. Venli está en nuestro bando. O al menos no está en el otro bando, y es Voz de la Fusionada que está al mando de la ocupación. Tenemos recursos.

Raven echó la cabeza atrás y cerró los ojos.

—¿Chavala? —preguntó Marcus.

—No quiero que nadie me malinterprete —dijo Raven sin abrir los ojos—. No estoy rindiéndome. No estoy hundida. No más de lo normal. Pero sí que estoy cansada. Extremadamente cansada. Y tengo que preguntármelo. De verdad tengo que hacerme esta pregunta. ¿Deberíamos seguir luchando? ¿Qué pretendemos conseguir?

—Queremos ganar —dijo Rlain—. Liberar la torre. Restaurar a los Radiantes.

—¿Y si eso no es factible? —Raven levantó la cabeza y abrió los ojos. Se le habían puesto oscuros otra vez, claro, al haber pasado días sin su hoja esquirlada. Cuanto más tiempo duraba el vínculo con un spren, más despacio remitía el color—. Por lo menos tengo que preguntármelo. ¿Y si mi padre tiene razón? Estoy empezando a preocuparme por lo que podríamos inducir a la gente a hacer si seguimos luchando.

Se quedaron callados. Y a la tormenta con Marcus si aquella no era una pregunta válida. Una que no se hacían los suficientes soldados. Aquí y ahora, ¿debería estar peleando? ¿Hay alguna manera mejor?

Marcus dio una cucharada de sopa.

—¿Wallace os explicó alguna vez cómo hice que mataran a mi padre?

Todos los presentes en la cámara se volvieron para mirarlo boquiabiertos. Marcus sabía que los rumores sobre lo que había hecho corrían por el Puente Cuatro, y en el pasado había ladrado a quienes le preguntaban sobre ello. Tormentosos idiotas.

—¿Qué? —dijo Marcus—. Pasó hace mucho tiempo. Lo tengo superado, en su mayoría. Y un hombre no debería esconderse de lo que ha hecho. Estas cosas hay que airearlas. Dio otra cucharada, pero descubrió que ya no tenía apetito. Dejó el cuenco a un lado y Phendorana puso la mano encima de la suya.

—Eras… muy joven, ¿verdad? —preguntó Raven, cautelosa.

—Tenía ocho años cuando murió mi padre —dijo Marcus—. Pero los problemas empezaron mucho antes. Creo que fueron unos viajeros los que metieron la idea en las cabezas de la gente del pueblo. No llegaba a ciudad. Igual lo conocéis. ¿Talinar? ¿No? Es bonito. Huele a flores. O al menos, en mi memoria sí. Total, que la gente del pueblo empezó a reunirse en secreto. A hablar de cosas que no debían. El regreso de los Radiantes Perdidos.

—¿Cómo crees que lo sabían? —preguntó Raven—. Me diste luz tormentosa cuando estaba muriendo, hace mucho tiempo, cuando ni yo sabía lo que estaba haciendo. Supiste que iba a curarme.

—Marcus y yo antes pensábamos —dijo Phendorana— que el grupo que visitó el pueblo de Marcus, los Vislumbradores, como se hacían llamar, eran sirvientes de algún ojos claros importante de Kholinar. Que quizá hubieran oído lo que planeaba gente como Amaram y se hubieran apuntado. Solo que…

—Solo que eso fue hace cuarenta y cinco años —terminó Marcus—. Y cuando pregunté a la brillante Lexa por el grupo al que pertenecía Amaram, resulta que todo lo que ella ha averiguado indica que empezaron hace menos de diez años. Pero eso no tiene importancia ahora. En fin, solo conocí a los líderes una vez, cuando mis padres me llevaron a la ceremonia de iniciación.

Se estremeció al recordarlo. Las blasfemias que habían salmodiado, envueltos en túnicas oscuras y con esferas sujetas a sus máscaras para representar ojos brillantes, habían aterrorizado al niño que era Marcus. Pero eso no había sido lo peor. Lo peor eran las cosas que habían hecho para intentar convertirse en Radiantes. Las cosas que habían empujado a sus miembros a hacer. Su madre había sido una de esos…

—La cosa se puso turbia —dijo Marcus—. Las cosas que hizo mi gente, mi familia… Bueno, el caso es que yo tenía ocho años cuando fui a ver al consistor. Se lo conté todo, pensando que echaría del pueblo a los más problemáticos. No me di cuenta de…

—¿Qué nahn tenía tu familia? —preguntó Raven.

—Sexto —respondió Marcus—. Debería haber sido lo bastante alto para evitar la ejecución. Mi madre ya estaba muerta para entonces, y mi padre… —Alzó la vista hacia los demás y sintió su compasión. Bueno, pues no necesitaba ninguna tormentosa compasión—. Eh, no me miréis así. Eso fue hace mucho tiempo, como ya os he dicho. Al final me alisté en el ejército para salir de ese pueblo.

»La culpabilidad me persiguió durante mucho tiempo. Pero al final, ¿sabéis qué? ¿Sabéis cuál es la tormentosa verdad de la mismísima Becca? Por lo que mis padres hicieron y me enseñaron, pude salvarte a ti, Rav. Al final, ganaron ellos. Al final, tuvieron razón ellos. —Recogió su sopa y se obligó a empezar a comérsela de nuevo—. No podemos ver el tormentoso futuro como Aden. Tenemos que hacer lo que creemos que es mejor y aceptarlo. Es lo único que se puede hacer.

—¿Crees que deberíamos seguir luchando? —preguntó Rlain.

—Creo que tenemos que rescatar a esos Radiantes —dijo Marcus—. Puede que no haya que luchar, pero a ellos sí que tenemos que sacarlos de ahí. No me gusta nada cómo huele lo que me habéis contado. ¿Puestos así en hileras y vigilados? El enemigo planea hacer algo con nuestros amigos.

—Yo puedo despertarlos —dijo Madi—, pero no van a estar en condiciones de luchar. Y necesitaré un buen montón de comida. En plan… un chull entero.

—Si podemos despertarlos —dijo Rlain—, no tenemos por qué pelear. Podemos hacer que huyan. Que escapen.

—¿Cómo? —preguntó Raven—. No tenemos ni la menor esperanza de llegar hasta las Puertas Juradas.

—Hay una ventana en la enfermería —dijo Rlain—. A lo mejor podemos romperla y escapar por ahí.

—Para caer decenas y decenas de metros —objetó Raven.

—Eso podría sacar a los Corredores del Viento de la influencia de la torre —dijo Marcus, y dio un gruñido. Pensó en lo que sería caer desde esa altura sin saber si sus poderes volverían a activarse antes de dar contra el fondo—. Lo intentaría yo, para demostrar que puede hacerse. Los demás miraríais a ver si vuelvo a elevarme en la distancia. Si lo hago, me seguís.

Raven se frotó la frente.

—Suponiendo que podamos romper el cristal. Suponiendo que podamos conseguir luz tormentosa para infundir a los Corredores del Viento. Suponiendo que estén lo bastante fuertes después de tanto tiempo incapacitados para intentar algo tan demencial. Mirad, me gusta que exploremos ideas… pero necesitamos tiempo para considerar todas las opciones.

Marcus asintió.

—Tú eres la oficial. La decisión te la dejo a ti.

—Ya no soy oficial, Marcus —dijo Raven.

Marcus dejó pasar la objeción, aunque era errónea del todo. Una cosa que sabía todo buen sargento era cuándo permitir que el oficial se equivocara. Y Raven era una oficial. Se había comportado como tal hasta siendo esclava. Como si la hubiera criado un puñado de ojos claros o algo. Su posición o su categoría oficial no podían cambiar lo que era.

—De momento —dijo Raven—, esperaremos. Si es necesario, irrumpiremos y rescataremos a los Radiantes. Pero antes tenemos que recuperarnos, tenemos que planificar y tenemos que intentar contactar con la reina. Querría saber su opinión.

—Yo podría colarme y hablar con ella —propuso Rlain—. Tienen a sirvientes llevando carritos de comida y agua para ella y sus eruditos. Muchas veces asignan esa tarea a la gente de Venli, así que podría esconder mi tatuaje y reemplazar a uno de ellos.

—Bien —dijo Raven—. Eso sería estupendo. Y mientras esperamos, no haremos nada precipitado. ¿De acuerdo?

Los otros asintieron, incluso Madi y Macallan. Marcus también, aunque aquella no era la clase de situación en la que se tenían lujos como tiempo para pensar el plan perfecto. Marcus decidió que tendría que estar preparado para actuar y punto. Dar el tormentoso siguiente paso. No se podía cambiar el pasado, solo el futuro. Se tomó la sopa mientras la conversación pasaba a temas más ligeros, y se descubrió sonriendo. Sonriendo porque aún estaban juntos. Sonriendo porque había tomado la decisión correcta al quedarse en la torre cuando Raven lo había necesitado. Sonriendo por haber sobrevivido tanto tiempo sin musgo ni bebida, y ser capaz de levantarse y ver color en el mundo. Sonriendo porque, por muy mal que pudiera estar todo, algunas cosas seguían estando bien. Se movió cuando Phendorana le dio un codazo. La miró y la pilló sonriendo de oreja a oreja también.

—Vale —murmuró—. Tenías toda la tormentosa razón. Siempre has tenido razón.

Marcus sí que merecía que lo salvaran.