92. UN REGALO
El vínculo es lo que nos mantiene vivos. Si cercenas eso, nos iremos descomponiendo poco a poco hasta ser almas ordinarias, sin ninguna Conexión válida con el Reino Físico ni con el Espiritual. Si capturáis a uno de nosotros con vuestros cuchillos, no tendréis un spren en un frasco, necios. Tendréis un ser que en algún momento se desvanecerá en el Más Allá.
Venli cumplía con su deber permaneciendo de pie al lado de Rabeniel, actuando como su Voz mientras llegaban los informes del día. Sobre todo, Venli estaba allí para hacer de intérprete. Rabeniel dominaba el alezi bastante bien —afirmaba que siempre había tenido talento con los idiomas—, pero buena parte de su actual grupo de regios hablaba azishiano, al haber sido parshmenios en esa región. Ese día Rabeniel recibía los informes sentada en un trono en la entrada del pasillo con los murales. Eso significaba que estaban al pie de la escalinata que subía hasta la planta baja. Venli no pudo evitar que le recordara a los humanos que habían muerto en aquel último ataque desesperado para llegar a la columna de cristal. Esos recuerdos se entremezclaban con el hedor a carne ardiendo y los sonidos de cadáveres golpeando contra el suelo. Venli echó un vistazo rápido a la sección de peldaños recién construida, levantada a toda prisa con andamios debajo para reemplazar la parte que se había destruido en ese combate. Entonces armonizó a Indiferencia, un ritmo de Odium. Tenía que asegurarse de que esos ritmos siguieran puntuando sus palabras, aunque en tiempos recientes le daban la impresión de que tenía una capa de aceite en la boca.
—La Dama de los Deseos ha escuchado tu informe —dijo Venli a la regia que estaba inclinada ante ellas—. Y te elogia por tu Pasión en la búsqueda, pero afirma que te equivocas. La Corredora del Viento sigue con vida. Debes redoblar tus esfuerzos.
La regia, que llevaba una forma grácil conocida como forma comunicadora, la preferida por los exploradores, se inclinó aún más. Luego se retiró escalera arriba.
—Creo que esta era la última, antigua —dijo Venli a Rabeniel.
La Fusionada asintió, se levantó de su trono y se marchó por el pasillo que llevaba a las dos salas de los eruditos. Su vestido de corte alezi hecho a medida ondeó con sus pasos, acentuando las esbeltas y finas partes de armadura de caparazón que recubrían sus brazos y su pecho. Venli la siguió, porque la Fusionada no le había indicado que se retirara. Aunque Rabeniel tenía un taller y un escritorio al final del pasillo, prefería recibir los informes cerca de la escalera. Era como si Rabeniel llevara una doble vida allí. La general al mando de los ejércitos cantores parecía una persona muy distinta de la erudita a la que no preocupaba en absoluto la guerra. Esa segunda Rabeniel era la más auténtica de las dos, pensaba Venli.
—La Última Oyente —reflexionó Rabeniel en voz alta—. Pero ya no eres la última. Tu pueblo fue el único grupo de cantores que rechazó con éxito el gobierno de los Fusionados y creó su propio reino.
—¿Hubo… más intentos fallidos? —se atrevió a preguntar Venli, a Ansia.
—Muchos —dijo Rabeniel. Canturreó a Escarnio—. No cometas el mismo error que los humanos al dar por hecho que los cantores siempre hemos opinado lo mismo en todo. Sí, en ocasiones las formas cambian nuestras maneras de pensar, pero en realidad se limitan a realzar lo que ya existe en nuestro interior. Sacan a la luz distintos aspectos de nuestras personalidades.
»Los humanos siempre se han esforzado en afirmar que no somos más que peones controlados por Odium. Les gusta esa mentira porque así se sienten mejor cuando nos matan. Me pregunto si también mitigaría sus remordimientos el día en que robaron las mentes de aquellos a quienes esclavizaron.
El escritorio de Rabeniel estaba situado contra el escudo, que antes era de un brillante azul pero se había vuelto oscuro y violeta. Rabeniel se sentó y empezó a repasar sus notas.
—¿Lamentas lo que hiciste tú en persona, Última Oyente? —preguntó a Resentimiento—. ¿Te odias a ti misma por haber traicionado a tu pueblo?
Timbre latió. Venli debería haber mentido. Pero en vez de hacerlo, dijo:
—Sí, antigua.
—Eso es bueno —dijo Rabeniel—. Todos pagamos el alto precio de nuestras decisiones, y el dolor permanece cuando una es inmortal. Sospecho que aún ansías la posibilidad de convertirte en Fusionada. Pero he hallado en ti una segunda alma, un alma arrepentida.
»Me congratula descubrirla. No porque admire a quien lamenta su servicio, y deberías saber que Odium no ve con buenos ojos las dudas. Sin embargo, había creído que serías como muchos de los demás. Abyecta en tus deseos, ambiciosa hasta decir basta.
—Fui esa mujeren —susurró Venli—. Una vez.
Rabeniel alzó la mirada hacia ella de repente y Venli comprendió su error. Había dicho eso último a lo Perdido. Uno de los antiguos ritmos que en teoría los regios no eran capaces de escuchar. Rabeniel entornó los ojos y canturreó a Resentimiento.
—¿Y qué sientes ahora?
—Confusión —respondió Venli, también a Resentimiento—. Vergüenza. Antes sabía lo que quería, todo parecía muy simple. Y entonces…
—¿Entonces?
—Todos murieron, antigua. Personas a las que… quería con toda mi alma, sin darme cuenta de la profundidad de esos sentimientos. Mi hermana. Mi antaño-compañero. Mi madre. Todos… muertos sin más. Por mi culpa.
Timbre latió reconfortante. Pero Venli no quería que la reconfortaran ni la perdonaran en esos momentos.
—Comprendo —dijo Rabeniel.
Venli se acercó a ella y se arrodilló al lado de la mesa.
—¿Por qué luchamos? —preguntó a Ansia—. Antigua, si el coste es tan alto, ¿por qué pelear? ¿Por qué sufrir tanto para procurarnos unos dominios que no podremos disfrutar, ya que todos nuestros seres queridos habrán muerto?
—No luchamos por nosotras —dijo Rabeniel—. No es por nuestro acomodo que destruimos, sino por el acomodo de los que vendrán después. Cantamos ritmos de Dolor para que ellos conozcan ritmos de Paz.
—¿Y él nos permitirá alguna vez cantar a Paz?
Rabeniel no respondió. Buscó entre unos papeles de su mesa.
—Me has servido bien —dijo—. Un poco distraída, tal vez. Lo achaco a que tu verdadera lealtad es para Leshwi, y a que informarla a ella ha interferido con tus obligaciones conmigo.
—Lo siento, antigua.
Rabeniel canturreó a Indiferencia.
—Debería haber organizado reuniones periódicas para que le hicieras tus informes de espionaje. Quizá podría habértelos escrito yo misma, y así ahorrar tiempo. En cualquier caso, no puedo reprocharte tu lealtad a ella.
—A Leshwi… no le caéis demasiado bien, antigua.
—Me teme porque carece de una visión amplia —dijo Rabeniel—. Pero Leshwi está entre las mejores que tenemos, pues no solo ha logrado recordar por qué peleamos, sino también sentirlo. Tengo afecto a Leshwi. Me hace pensar que, cuando ganemos, habrá algunos Fusionados capaces de gobernar con efectividad. Aunque tenga el corazón demasiado blando para las atrocidades que debemos perpetrar en estos momentos.
Rabeniel levantó un papel de la mesa y se lo entregó a Venli.
—Ten. En pago por tus servicios. Mi tiempo en la torre llega a su fin; terminaré de deshacer al Hermano y pasaré a otras tareas. Así que te relevo ya del servicio. Si sobrevives a lo que vendrá, es posible que encuentres algo de paz para ti, Venli.
Venli cogió el papel, canturreando a Ansia.
—Antigua —dijo—, soy una sierva débil. Al estar tan confundida con lo que quiero, no merezco vuestros halagos.
—En parte es cierto —respondió Rabeniel—. Pero me gusta la confusión. La desdeñamos demasiado a menudo como una Pasión inferior. Pero la confusión es lo que lleva a una erudita a estudiar más y desentrañar secretos. Ningún gran descubrimiento lo ha hecho una mujeren o un hombren que tuviera la certeza de saberlo todo.
»La confusión puede significar que te has dado cuenta de tus debilidades. A veces yo misma olvido su valor. Sí, puede llevar a la parálisis, pero también a la verdad y a Pasiones mejores. Tendemos a imaginar que las personas grandiosas siempre lo fueron, que nunca se cuestionaron. Yo creo que canturrearían a Escarnio ante esa idea. En todo caso, acepta ese regalo y márchate. Tengo mucho que hacer en las próximas horas.
Venli asintió y miró por encima el papel mientras se levantaba. Esperaba un mandato de autoridad, como los que solían conceder los Fusionados a sus sirvientes que gozaban de más favor, otorgándoles privilegios o derechos de requisición adicionales. Y en efecto, eso era lo que estaba escrito en la parte de delante. Pero en la trasera había un mapa bosquejado a toda prisa. ¿Qué era aquello?
«Al observarlo más de cerca —decía la página en el sistema de escritura de las mujérenes humanas—, parece que el grupo que suponíamos compuesto por migrantes natanos son en realidad parshendi. Un grupo de unos pocos millares, con un gran número de niños.»
Venli volvió a leerlo.
—¿Algunos de los tuyos se marcharon? —preguntó Rabeniel distraída—. ¿Antes de la llegada de la tormenta eterna?
—Sí. Rebeldes que no querían las nuevas formas, además de los niños y los ancianos. Ellos… escaparon a los abismos. Poco antes de que las dos tormentas chocaran y llegaran las inundaciones. Deberían… deberían estar destruidos por completo.
—«Deberían.» Qué palabra más odiosa. Me ha causado más amargura de la que puedas imaginar. —Empezó a escribir en uno de sus cuadernos—. Quizá a ti te haya tratado con más amabilidad.
Venli aferró el papel y corrió, sin despedirse como debía de Rabeniel.
