93. LO BASTANTE FUERTE

Sentí cómo le ocurría a Titus. Creéis que lo capturasteis, pero nuestro dios está Astillado, nuestro Juramento mutilado. Él fue disipándose con las semanas y ahora está muerto. Fuera de vuestro alcance por fin. Yo debería dar una cálida bienvenida a eso mismo. No lo hago. Os temo.

Sinforma se despertó temprano el último día del juicio de Clarke. Había llegado el momento. Salió de la cama y empezó a vestirse. Por desgracia había hecho algún gesto un poco demasiado brusco, porque Clarke se movió y bostezó.

—La ropa de Velo —comentó.

Sinforma no respondió y siguió vistiéndose.

—Gracias —dijo Clarke— por el apoyo de Lexa anoche. La necesitaba.

—Hay algunas cosas que solo puede hacer ella —respondió Sinforma. ¿Eso sería un problema, ahora que Lexa ya no existía?

—¿Qué ocurre, Velo? —preguntó Clarke, incorporándose en la cama—. Pareces distinta.

Sinforma se puso el abrigo.

—No hay nada distinto. Soy la misma Velo de siempre.

No te atrevas a usar mi nombre, pensó Velo muy en su interior. No te atrevas a mentirle así.

Sinforma se detuvo. Creía haber encerrado bien a Velo.

—No —dijo Clarke—. Sí que hay algo distinto. Conviértete en Lexa un momento. Hoy me vendría bien su optimismo.

—Lexa está demasiado débil —dijo Sinforma.

—¿Ah, sí?

—Ya sabes lo atribuladas que son sus emociones. Sufre a diario por una mente que la traiciona.

Se puso el sombrero.

—Una vez conocí a un espadachín manco —dijo Clarke, y bostezó—. Tenía problemas en los duelos porque no podía sostener un escudo ni empuñar una espada a dos manos.

—Evidente —repuso Sinforma, volviéndose para hurgar en su cofre.

—Pero créeme —dijo Clarke—, nadie echaba pulsos como Dorolin. Nadie.

—¿Dónde quieres llegar?

—¿Quién crees que es más fuerte? —preguntó Clarke—. ¿El hombre que ha caminado con facilidad toda la vida o el hombre que no tiene piernas, el que tiene que empujarse con los brazos?

Ella no respondió. Trasteó con el cubo comunicador y luego se guardó la daga de Dante en el bolsillo junto con su gema de luz tormentosa.

—No siempre vemos la fuerza como corresponde —dijo Clarke—. Por ejemplo, ¿quien nada mejor? ¿El marinero que se ahoga rindiéndose por fin a la corriente tras horas de lucha o la escriba que nunca ha entrado en el agua?

—¿Quieres decirme algo que tenga sentido con estas preguntas? —espetó Sinforma, y cerró el cofre de golpe—. Porque yo no se lo veo.

—Lo sé. Lo siento. —Clarke hizo una mueca—. No me estoy explicando bien. Es solo que… no creo que Lexa sea tan débil como dices. La debilidad no hace débil a una persona, ¿sabes? Es lo contrario.

—Eso es una tontería —dijo ella—. Vuelve a dormirte. Faltan pocas horas para tu juicio y deberías estar descansada.

Sinforma salió a la sala de estar. Allí se quedó al lado de la puerta y esperó a ver si Clarke la seguía. Patrón se animó, sentado a la mesa, y Sinforma lo silenció con una mirada furibunda. Clarke no salió. La oyó dar un fuerte suspiro, pero se quedó en la cama.

Bien. Tenía que actuar deprisa. Sinforma necesitaba hacerle aquel último regalo, el regalo de triunfar allí, en Integridad Duradera. Por lo menos eso se lo debía a la memoria de Lexa.

Sé lo que estás haciendo, susurró Velo. Por fin me he dado cuenta.

Sinforma se quedó petrificada. Comprobó a Radiante, que estaba recluida en la prisión de su mente, intentando liberarse pero incapaz de hablar. Así que ¿por qué podía hacerlo Velo?

Bueno, podía hacer caso omiso a una voz o dos. Sinforma se sentó a la mesa y bosquejó la disposición de las habitaciones en la casa de la jueza. Se habían paseado por allí fuera el día anterior y habían mirado por las ventanas. Con su talento para la visión espacial, aquel plano debería ser exacto.

No eres una personalidad nueva, pensó Velo. Si lo fueras, no sabrías dibujar así. Puedes mentirte a ti misma, pero no a mí.

Sinforma volvió a quedarse muy quieta. ¿Era eso lo que quería? ¿Lo que de verdad quería? Ya no estaba segura de nada.

Había demasiadas preguntas. ¿Por qué Velo era capaz de hablar? ¿Quién había matado a Ialai? ¿Cómo iba a desvincularse de Clarke, de los Radiantes? ¿Era esa la vida que deseaba?

Sinforma hizo acopio de fuerza y silenció las preguntas. Se puso una mano en la frente y respiró hondo. Patrón se acercó a la mesa, así que Sinforma cerró el cuaderno de bocetos y se lo guardó en la cartera.

—Eh… ¿Velo? —preguntó Patrón—. ¿Qué estás haciendo?

—Tiene que ocurrir hoy —dijo Sinforma. Miró el reloj—. Pronto. Antes de que la jueza salga de su casa.

Cogió la gema que había escondido en su bolsillo.

—Velo —dijo Patrón—, esto no es buena idea.

Tiene razón, pensó Velo. Tiene razón, Lexa.

Soy Sinforma, replicó ella.

No, no lo eres, Lexa.

—Yo no me daría tanta prisa en decirme lo que es bueno o malo, Patrón —dijo Sinforma al spren—. Aún no nos hemos ocupado de tu traición y tus mentiras. Tal vez no seas el más adecuado para juzgar la moralidad y eso debas dejármelo a mí.

Su patrón se ralentizó y sus hombros se hundieron, y Patrón dio un paso atrás como si quisiera desvanecerse en las sombras. Sinforma absorbió un poco de luz tormentosa y saboreó la sensación de tenerla corriendo por sus venas. Luego realizó un tejido de luz. Funcionó. Sinforma era una composición de las tres, una sola persona con las dotes de Lexa para dibujar y tejer luz, la tenacidad y la resolución de Radiante y la capacidad de Velo para apartar el dolor. La capacidad de Velo para ver la verdad.

Lo mejor de las tres.

Mientes, Lexa, pensó Velo. Tormentas. Debería haberlo previsto. Debería haberlo sabido…

Se miró en el espejo y comprobó que el tejido de luz estaba perfecto. Tenía el aspecto exacto de Lusintia, la honorspren. Hasta emitía un leve brillo. Aquello iba a ser fácil. Sinforma se llevó sus herramientas de dibujo por si tenía que bosquejar a toda prisa una cara nueva. Un tejido de luz disfrazó su cartera como una bolsa de tela de las que usaban los honorspren. Abajo, las campanas anunciaron que quedaba más o menos una hora para el juicio. Cruzó la sala pasando junto a Patrón, que se había retirado a la esquina. Estaba de pie en la sombra, con su patrón moviéndose letárgico.

—¿Qué está pasando? —preguntó—. Algo va muy mal contigo, Lexa. He llevado este asunto fatal. Hablé con Sagaz ayer y me…

—Pero ¿aún estás haciendo eso? —restalló Sinforma—. ¿Aún estás desobedeciéndome?

Patrón se apartó aún más.

—Estoy hasta las narices de ti —siseó Sinforma—. Quédate y distrae a Clarke. Hablaremos de esto largo y tendido después del juicio.

Respiró hondo y echó un vistazo a la calle para comprobar que no mirara nadie, porque podrían preguntarse qué hacía Lusintia en la casa de Lexa, antes de salir y empezar a cruzar el plano sur. La fortaleza estaba en silencio. Los spren no dormían, pero sí que tenían períodos de menor actividad. Cuando llegaba la «noche», solían reunirse en casas de amigos y dejaban las calles de la fortaleza casi sin vigilancia. Unas pocas hojas de árboles aleteaban por el aire abierto entre las cuatro caras. Sinforma intentó no mirar hacia los otros tres planos, las tres ciudades que componían una caja imposible a su alrededor. No se le daba muy bien eso de…

—Velo —llamó una voz a su espalda—. Tengo que explicártelo. Tengo que decirte la verdad. Mmm…

Ella dio un gemido y se volvió. Patrón la seguía como un cachorrillo de sabueso-hacha recién destetado.

—¡Echarás a perder mi disfraz! —le espetó.

Él dejó de andar y su patrón perdió velocidad.

—Debes saber lo que me ha dicho Sagaz —replicó Patrón—. Es muy sabio. Parece que tú le caes bien y odia a todos los demás. Ja, ja. Se rio de mí. Fue muy gracioso. Soy como un pollo. Ja, ja.

Sinforma cerró los ojos y suspiró.

—Me ha dicho que te diga que confiamos en ti —prosiguió Patrón—. Y que te queremos. Me ha dicho que debería decirte que mereces confianza y amor. Y los mereces. Siento haberte mentido. Durante mucho tiempo. De verdad que lo siento. No creía que pudieras soportarlo.

—Lexa no podía —dijo ella—. Vuelve a la salita y espera. Me ocuparé de ti después.

Se fue dando zancadas, y por suerte Patrón no la siguió. Era el momento de convertirse en la mujer hacia la que había avanzado desde el momento en que abandonó su hogar para robar a Anya. Sinforma por fin podría unirse a los Sangre Espectral. Le traía sin cuidado el pasado de Lexa. Que durmiera. Podía ser como Velo, que no tenía que preocuparse por esas cosas.

Estás fingiendo ser como yo, pensó Velo. Pero Sagaz tiene razón. Mereces ser querida, Lexa. De verdad.

La casa de la jueza suprema estaba muy pegada a la parte superior del plano, cerca de las almenas. Allí era muy difícil pasar por alto la extraña geometría, lejos de los parques y los árboles, con el cielo tan cerca. Quería pasar un tiempo dibujándolo, pero por supuesto Sinforma ya no era así. Tenía que encontrar todo aquello desorientador y extraño. Como Velo. La ayudó centrarse en su objetivo, un pequeño edificio cerca de la esquina de la pared. Se cruzó con varios honorspren, pero tampoco muchos. Sinforma saludó con la mano a quienes la saludaron, pero por lo demás avanzó intentando proyectar sensación de propósito. Al llegar, se quedó merodeando cerca de la casa, mirando a su alrededor hasta tener una certeza razonable de que no había nadie mirando. Era difícil, con varios planos que observar. Por lo menos el plan era sencillo. Llegar a la puerta. Convertir el pomo en humo por moldeado de almas para forzar la cerradura. Colarse y llegar a la sala del fondo, que era el estudio del juez supremo. Acuchillarlo antes de que pudiera reaccionar y ocupar su lugar en el juicio.

Aquel era su último paso. Aquel era el final.

Yo…, dijo Radiante, su voz lejana. Yo maté a Ialai.

Sinforma se quedó inmóvil.

Vi… que estabas a punto de hacerlo tú, susurró Radiante. Que llevabas veneno escondido en la cartera. Así que me metí en medio. Para protegerte. Para que… no tuvieras que hacerlo tú. Para impedir… lo que te está pasando ahora… Lexa…

Cerró los párpados con fuerza. No. No, no iba a echarse atrás. Tenía que hacer aquello. Acabarlo. Acabar con la indecisión. Abrió los ojos, fue a la puerta con paso firme y cogió el pomo con la mano libre. Desapareció bajo sus dedos. Sí que era más fácil el moldeado de almas en aquel reino, sí. Al pomo apenas le importó que Sinforma le pidiera cambiar. Empujó la puerta. La sala de dentro estaba atestada. Muebles amontonados unos encima de otros. Tapices enrollados. Baratijas y recuerdos, como un pequeño pollo de cristal en el alféizar o unas cartas polvorientas apiladas en una mesa. Sinforma cerró la puerta sin hacer ruido. Por las ventanas entraba bastante luz para ver, y distinguió el resplandor de luz de vela por debajo de la otra puerta, la que daba al estudio de la jueza suprema. Becca estaba allí. Sacó el cuchillo de Dante y dio un paso adelante. Al hacerlo, sintió un frío repentino, como una ventolera. La luz tormentosa salió de ella en oleada. Sinforma se detuvo y miró hacia atrás. Velo estaba de pie a su espalda.

—Sé por qué estás haciendo esto, Lexa —dijo Velo—. No hay una cuarta personalidad. Aún no. Te has dado otro nombre a ti misma para poder apartar el dolor. Pero si das ese paso, será real.

—Esto es lo que quiero ser —afirmó Sinforma—. Déjame ir.

—Estás huyendo otra vez —dijo Velo—. Crees que no mereces a Clarke, ni tu puesto como Radiante. Te aterroriza que, si tus amigos supieran lo que eres de verdad, te darían la espalda. Te abandonarían. Así que vas a abandonarlos tú primero.

»Por eso no dejabas de pasar tiempo con los Sangre Espectral. Por eso estás aquí. Ves esto como una escapatoria de tu vida. Crees que si te conviertes en la persona despreciable que la oscuridad te susurra que fuiste, entonces todo quedará decidido. No habrá vuelta atrás. Estará hecho y punto.

Sinforma… Sinforma…

… era solo Lexa.

Y Lexa quería hacer aquello. Quería demostrarles lo que era de verdad. Para que todo terminara.

—No puedo ser Lexa —susurró—. Lexa es débil.

Lexa se tapó los ojos con las manos y tembló. Velo sintió sus emociones en una repentina acometida de dolor, frustración, confusión y vergüenza. Hizo que temblara también.

—¿Quién nada mejor? —susurró Velo—. Es el marinero que lleva toda la vida nadando, aunque encuentre una mar gruesa que lo desafíe. ¿Quién es el hombre más fuerte? Es el que tiene que empujarse con los brazos. Y ese espadachín manco… seguramente sería el mejor en habilidad cruda. No ganaría por sus desventajas, pero no es más débil que los demás.

Lexa dejó de temblar.

—Clarke tiene razón —dijo Velo—. Siempre ha tenido razón sobre ti. Dime. ¿Quién tiene la mente más fuerte? ¿La mujer cuyas emociones siempre están de su lado? ¿O la mujer cuyos propios pensamientos la traicionan? Tú llevas toda la vida librando esta batalla, Lexa. Y no eres débil.

—¿Ah, no? —casi gritó Lexa, dando media vuelta—. ¡Maté a mi propio padre! ¡Lo estrangulé con mis propias manos!

Las palabras cortaron hondo, como una estaca a través del corazón. Velo hizo una mueca perceptible. Pero esa herida en el corazón de algún modo permitió que sangrara una calidez que fluyó por su interior.

—Llevas ya un año y medio soportando esa verdad, Lexa —dijo Velo, dando un paso adelante—. Y has seguido adelante. Has sido lo bastante fuerte. Hiciste el juramento.

—¿Y madre? —espetó Lexa—. ¿Recuerdas la sensación de la hoja esquirlada formándose en nuestras manos por primera vez, Velo? Yo sí. ¿Recuerdas el horror que sentí con el ataque, que jamás había pretendido hacer?

Su madre, con su brillante pelo rojo y el metal clavado en el pecho mientras sus hermosos ojos verdes se tornaban ascuas. Ardían en su cara. La voz de Lexa, chillando por lo que había hecho.

Gritando, suplicando deshacerlo. Deseando estar muerta.

Deseando… Deseando…

Otra estaca en el corazón. Más calidez manando, sangre fluyendo con atronadores latidos del corazón. Velo siempre se sentía gélida, pero ese día notaba la calidez. La calidez del dolor. La calidez de la vida.

—Puedes soportarlo —susurró Velo. Dio otro paso adelante, sus ojos a la altura de los de Lexa—. Puedes recordarlo. Nuestras debilidades no nos hacen débiles. Nuestras debilidades nos hacen fuertes. Por haber tenido que cargar con ellas estos años.

—No —dijo Lexa, con voz cada vez más débil—. No. No puedo…

—Sí puedes —susurró Velo—. Te he protegido todos estos años, pero ha llegado la hora de que me marche. Es hora de que yo termine.

—No puedo —dijo Lexa—. ¡Soy demasiado débil!

—Yo no creo que lo seas. Toma los recuerdos. —Velo extendió la mano—. Recupéralos, Lexa.

Lexa flaqueó. Sinforma se había desvanecido como una voluta de humo, revelando todas sus mentiras. Y allí estaba la mano de Velo. Acogedora. Ofreciéndose a demostrar que Lexa era fuerte.

Lexa le cogió la mano.

Los recuerdos la inundaron. Jugar en los jardines de niña, conocer a un críptico. Una preciosidad de spren en espiral que daba textura a la piedra. Tiempos maravillosos, pasados ocultándose en el follaje, en su lugar especial. El críptico la animaba a hacerse lo bastante fuerte para ayudar a su familia, para enfrentarse a la terrible oscuridad que se extendía por ella. Una época de ensueño, llena de esperanza, de gozo, de verdades pronunciadas sin problemas con la solemnidad y el asombro de una niña. Su compañero había sido un verdadero amigo para una niña aislada, una chica que sufría a unos padres luchando a todas horas para decidir su futuro.

Su spren. Un spren que podía hablar. Un spren con quien sincerarse. Un compañero.

Y ese compañero no había sido Patrón. Había sido otro Críptico.

Uno al que… Una a la que…

Lexa cayó de rodillas y se rodeó a sí misma con los brazos, temblando.

—Oh, tormentas… Oh, Dios de los Juramentos…

Notó una mano en el hombro.

—Tranquila, Lexa —susurró Velo—. Tranquila.

—Sé lo que eres —susurró Lexa—. Eres la laguna en mis recuerdos. La parte de mí que aparta la mirada. La parte de mi mente que me protege de mi pasado.

—Por supuesto que sí —dijo Velo—. Soy tu velo, Lexa.

Apretó el hombro de Lexa y se volvió hacia la puerta cerrada.

¿Becca las habría oído hablar? O… ¿habían hablado en voz alta, siquiera?

Lexa se levantó del suelo. No. Dolía demasiado. ¿No tendría más sentido convertirse en lo que Dante quería? Clarke la odiaría por lo que había hecho. Bellamy la odiaría. Lexa representaba precisamente lo que todos decían que no harían nunca jamás. Eso mismo a lo que culpaban de todos sus problemas. Lo que había condenado a la humanidad.

Lexa… no servía para nada. Extendió el brazo hacia el pomo de la puerta.

Puedes soportarlo, susurró Radiante.

No. Lo que podía hacer era convertirse en Sinforma y unirse a los Sangre Espectral de todo corazón. Transformarse en la mujer que había creado para sí misma, la espía fuerte que llevaba una doble vida sin que la inquietara. Podía ser impasible y confiada y serena y perfecta.

Fuerza antes que debilidad, dijo Radiante.

No una mujer que había… que había…

Sé fuerte.

Lexa se giró, exhaló y la luz tormentosa explotó de ella como su propia sangre. Pintó la sala ante sus ojos, coloreándola, transformándola en un exuberante jardín. Cubierto de enredaderas de un verde vibrante y cortezapizarra rosada y roja. En su interior, un lugar oculto donde una niña lloraba. La chica sollozó, y luego chilló, y luego dijo las terribles palabras.

—¡No te quiero! ¡Te odio! ¡No seguiré con esto! Nunca has existido. No eres nada. ¡Se acabó!

Lexa no apartó la mirada. Se negó a hacerlo. La embargó de nuevo la sensación desgarradora. El terrible dolor, el espantoso horror. No había sabido lo que estaba haciendo, no de verdad. Pero sí que lo había hecho.

—La maté —susurró Lexa—. Maté a mi spren. A mi maravillosa, hermosa y amable spren. Rompí mis juramentos y la maté.

Velo tenía las manos entrelazadas delante de ella.

—Va a hacerte daño —advirtió Velo—. Lamento el dolor, Lexa. He hecho lo que he podido… pero lo he hecho demasiado tiempo.

—Lo sé.

—Pero yo no tengo ninguna fuerza que no tengas tú, Lexa —dijo Velo—. Tú eres yo. Nosotras somos yo.

Velo se convirtió en luz tormentosa, refulgente. Fue perdiendo el color, transformándose toda en blanco puro. Sus recuerdos se integraron en los de Lexa. Sus habilidades pasaron a ser las de Lexa. Y Lexa reconoció todo lo que había hecho. Recordó preparar la aguja, esconderla en su cartera para matar a Ialai. Vio su pasado, y su creciente preocupación en todo su horroroso esplendor autodestructivo. Se vio a sí misma aceptando poco a poco la mentira de que su lugar nunca estaría con Clarke y los Radiantes, que la había llevado a buscar otra escapatoria. Pero esa escapatoria no representaba la fuerza. Aquello era fuerza. Cerró los ojos, aceptando la carga de esos recuerdos. No solo de lo que había hecho hacía poco, sino de sus actos en el jardín aquel día. Unos recuerdos terribles.

Sus recuerdos.

Al no quedar nada que Velo tuviera que proteger a Lexa de sentir, empezó a disiparse. Pero mientras se difuminaba, afloró una última pregunta: ¿Lo he hecho bien?

—Sí —susurró Lexa—. Gracias. Muchísimas gracias.

Y entonces, como cualquier otra ilusión que ya no fuese necesaria, Velo se esfumó.

Lexa respiró hondo mientras su dolor se asentaba.

Tormentas… Patrón estaba allí. No su nuevo Patrón, sino la primera.

La ojomuerta. Lexa tenía que encontrarla.

Después. De momento, tenía un trabajo que hacer. Mientras recobraba la compostura, la puerta del estudio se abrió y la luz inundó la estancia en torno a una silueta. Un hombre alezi con el pelo ralo y ojos cansados. Lexa conocía bien esa expresión.

—Ya veo —dijo Becca—. ¿Así que tú eres a quien envían para matarme?

—Me enviaron con ese propósito —respondió ella, levantando la daga. La dejó en una mesa cercana—. Lo hizo alguien que no se dio cuenta de que sería lo bastante fuerte para negarme. No tienes nada que temer de mí, Becca.

La Heraldo fue a la mesa y cogió el cuchillo con dedos asustadizos.

—¿Es como el que utilizaron con Titus?

—No lo sé —dijo Lexa con sinceridad—. Un grupo llamado los Sangre Espectral quería que lo usara contigo.

—El viejo Thaidakar siempre ha querido mis secretos —dijo Becca—. Creía que iba a ser la mujer, tu esposa, quien viniera a por mí. Me pregunto si sabe que últimamente tengo problemas para luchar. Es tan difícil decidir… Hacer cualquier cosa, en realidad.

—¿Por eso has sido tan dura con Clarke? —preguntó Lexa—. ¿En el juicio?

Becca negó con la cabeza.

—Vosotras dos os habéis metido sin querer en una pequeña guerra ideológica. Los honorspren más viejos están asustadísimos por lo que les pasó a sus predecesores. Pero los jóvenes quieren ir a pelear.

—Puedo hablarte de la gente que me envió —dijo Lexa—. Podemos compartir información. Pero antes debo pedirte una cosa. Estás a punto de condenar a mi mujer en esta farsa de juicio. Querría que te lo replantearas.

Becca se secó la frente con un pañuelo que sacó del bolsillo.

—Cuántas preguntas —dijo, como si no hubiera oído la petición de Lexa—. ¿Quién más sabe que estoy aquí? Creo que no me falta mucho para encontrar una ruta fuera del mundo. Quizá… quizá debería esperar a…

—Tengo información que podría ayudarte —insistió Lexa—. Pero quiero negociar. No nos queda mucho tiempo antes de…

La interrumpió la puerta al abrirse de golpe y revelar a varios honorspren, entre ellos Lusintia, por quien Lexa se había hecho pasar. La mujer hizo un gesto agresivo hacia Lexa, que retrocedió un paso y metió la mano en el bolsillo en busca de su gema. Estaba opaca. De alguna manera, había usado toda la luz tormentosa en lo que había hecho con Velo.

—¿Intentando influir en el rumbo del juicio? —exigió saber Lusintia—. ¿Conspirando con la jueza?

—Ella no estaba… haciendo nada parecido —dijo Becca, adelantándose al lado de Lexa—. Me traía noticias del Reino Físico. Y agradecería que no irrumpierais en mis aposentos, si no os importa.

Lusintia calló, pero entonces miró hacia un honorspren varón barbudo que tenía detrás. Lexa lo identificó como Sekeir, el que había actuado como fiscal contra Clarke en la primera jornada del juicio. Un spren importante, quizá el más importante de la fortaleza.

Y uno de los más viejos.

—Me parece, honorable —dijo Sekeir con suavidad—, que podríais estar teniendo otro ataque de vuestra debilidad. Vamos a tener que recluiros, me temo. Por vuestro propio bien.