94. SACRIFICIO
Sea como sea, estoy escribiendo respuestas aquí para vosotros
Sea como sea, estoy escribiendo respuestas aquí para vosotros porque en mi interior destella una luz tenue. Un fragmento de un recuerdo de lo que una vez fui. Estuve presente el día en que Ba-Ado-Mishram fue capturada. Conozco la verdad sobre los Radiantes, la Traición y los spren Nahel.
Clarke no hizo ningún esfuerzo por llegar temprano el último de día de juicio. De hecho, con cada fatigoso paso que daba hacia el foro le parecía que tenía los pies lastrados. Desde la distancia se veía que el lugar estaba a rebosar, con más spren congregados en la cima de los peldaños incluso que el día anterior. Casi todos los honorspren de la fortaleza habían acudido para ver cómo sentenciaban a Clarke. Aunque no tenía muchas ganas de enfrentarse a ellos, tampoco podía renunciar a aquella oportunidad. Era la última ocasión que tendría de hablar por sí misma, por su pueblo. Tenía que creer que algunos de ellos estaban escuchando.
¿Y si perdía? ¿Y si lo condenaban a prisión? ¿Aceptaría la oferta de Lexa y permitiría que lo rescatara?
«Si lo hiciera —pensó—, estaría demostrando lo que están diciendo desde el principio los líderes de los honorspren: que los humanos no somos dignos de confianza?» ¿Y si la única manera de ganar allí era aceptar su condena, pasar años en una celda?
«Al fin y al cabo, ¿para qué más sirves, Clarke?» El mundo necesitaba Radiantes, no príncipes, y mucho menos príncipes que hubieran rechazado el trono. Quizá lo mejor que podía hacer por la humanidad era convertirse en un testimonio vivo de su honor.
Esa idea seguía preocupándola cuando llegó a la multitud. Los honorspren le abrieron camino, dándose codazos, quedándose callada mientras Clarke descendía.
«Tormentas, no estoy hecho para problemas como estos», pensó
Clarke. No había dormido bien, y estaba inquieta por el comportamiento reciente de Lexa. No estaba sentada en su sitio, ni Patrón tampoco. ¿Iba a perderse la jornada más importante del juicio?
Llevaba media escalera bajada cuando reparó en otra cosa rara: Becca no estaba presente. Sekeir, el anciano honorspren de la larga barba, había ocupado su lugar. Hizo un gesto a Clarke para que continuara. Clarke llegó a la base del anfiteatro y se acercó al asiento de la jueza.
—¿Dónde está Becca?
—La sagrada señora está indispuesta —dijo Sekeir—. Tu esposa ha ido a verla en secreto para intentar influir en el juicio.
Clarke sintió una punzada de alegría. Conque a eso había estado dedicándose.
—No sonrías —dijo Sekeir—. Hemos encontrado un arma de curioso diseño, tal vez utilizada para intimidar a la sagrada señora. Tu esposa está detenida, y la sagrada señora está… padeciendo por sus largos años como Heraldo.
»La hemos retirado de su cargo como jueza suprema y yo ocuparé su lugar. Encontrarás la documentación en tu asiento, para que te la lean si así lo deseas. El juicio proseguirá bajo mi dirección. Soy un ser muy inferior a la sagrada señora, pero no seré tan… permisivo como lo ha sido ella.
«Genial —pensó Clarke—. Estupendo.» Trató de encontrar la forma de usar aquello en su beneficio. ¿Podría retrasar el veredicto? ¿Hacer algún tipo de apelación? Miró hacia el público y encontró problemas, divisiones. Quizá fuesen imaginaciones suyas, pero le parecía que algunos de ellos querían escuchar. Querían creer sus palabras. Daba la sensación de que esos eran menos que el día anterior, y muchísimos otros lo miraban con evidente hostilidad. Así que ¿cómo podía Clarke llegar a ellos?
Sekeir dio inicio al juicio exigiendo silencio, cosa que Becca nunca se había molestado en hacer. Al parecer, el ruido no se redujo lo suficiente, porque Sekeir hizo expulsar a tres spren distintos por cuchichear entre ellos. Hecho eso, el estirado spren se levantó para leer un discurso preparado. Y tormentas, qué largo era. Farragosos pasajes sobre por qué Clarke se había buscado aquello ella sola, sobre por qué era conveniente que por fin los humanos pudieran pagar por sus pecados.
—¿Es necesario todo esto? —interrumpió Clarke cuando Sekeir hizo una pausa dramática—. Todos sabemos lo que vas a hacer. Empieza de una vez.
El nuevo juez supremo hizo una seña hacia un lado. Una spren se situó detrás de Clarke con una tela blanca en las manos. Una mordaza. La tensó entre sus manos, como si tuviera prisa por usarla.
—Podrás hablar durante el interrogatorio del testigo —dijo Sekeir—. La acusada no tiene permitido interrumpir al juez.
Pues muy bien. Clarke adoptó la postura de firmes en desfile. No tenía la experiencia de un soldado de carrera en cuadrarse, pero Zahel la había obligado a aprender la pose de todos modos. Podía mantenerla. Que vieran cómo soportaba sus latigazos sin quejarse. Su determinación en ese sentido duró hasta que Sekeir, por fin, terminó su discurso y ordenó que se revelara al último testigo. Era Maya.
Amuna la llevaba cogida de la mano, haciendo apartarse a los honorspren que miraban. Aunque Clarke había ido a ver a Maya todas las mañanas, y le habían permitido hacer sus ejercicios con ella, habían estado separadas por barrotes. No le habían permitido relacionarse de ningún otro modo con ella, argumentando que como mejor estaban los ojomuertos era en entornos tranquilos. Si eso era cierto, ¿qué hacían arrastrándola al centro de una multitud? Clarke dio un paso adelante, pero la honorspren que tenía al lado hizo restallar la mordaza a modo de advertencia. Clarke se obligó a volver a cuadrarse y tensó la mandíbula. Maya no parecía estar acusando la atención. Caminaba con su acostumbrada mirada perdida, ajena por completo a la muchedumbre susurrante. Sekeir no los hizo callar en esa ocasión. El barbudo honorspren sonrió al contemplar el revuelo que estaban provocando Amuna y Maya. Situaron a Maya en el estrado de los testigos, y ella se volvió y pareció reparar en la presencia de Clarke, porque ladeó la cabeza. Entonces, como si acabara de darse cuenta, contempló al abarrotado público. Se encogió, encorvó los hombros y miró alrededor con movimientos rápidos, bruscos. Clarke intentó cruzar la mirada con ella y tranquilizarla con una sonrisa, pero Maya estaba demasiado distraída. Condenación.
Clarke no había llegado a odiar a los honorspren a pesar de sus trucos, pero aquello empezó a hacer que le hirviera la sangre.
¿Cómo se atrevían a utilizar a Maya como parte de su espectáculo?
«No todos ellos», se recordó, interpretando el ánimo de la multitud. Algunos estaban sentados en silencio, otros bisbiseaban. Y no pocos de la parte de arriba tenían expresiones tempestuosas.
No, a ellos tampoco les hacía gracia aquella jugada.
—Ya puedes hablar, prisionera —dijo Sekeir a Clarke—. ¿Reconoces a esta ojomuerta?
—¿Por qué me interrogas a mí? —preguntó Clarke—. Se supone que ella debe testificar y yo hacerle preguntas. Sin embargo, has escogido a una testigo que no puede responderlas.
—Yo guiaré esta conversación —afirmó Sekeir—, como me corresponde por derecho en tanto que juez en el caso de un testigo demasiado joven o incapaz por cualquier motivo de afrontar un interrogatorio tradicional.
Clarke buscó entre el público a Mezcla, la única figura negra en un mar de seres blancos y brillantes. La spren asintió. Aquello se ajustaba a derecho. Había muchas leyes que Mezcla no había tenido tiempo de explicarle, pero no era culpa de ella. Clarke sospechaba que no podría haber comprendido todos los detalles de la ley ni siquiera con años de preparación.
—Y bien —dijo Sekeir—, ¿conoces a esta spren?
—Sabes que sí —espetó Clarke—. Es Mayalaran. Es mi amiga.
—¿Tu amiga, dices? —preguntó Sekeir—. ¿Y qué conlleva esa amistad? ¿Quizá cenáis juntas? ¿Mantenéis charlas amistosas junto a la hoguera del campamento?
—Hacemos ejercicio juntas.
—¿Ejercicio? —dijo Sekeir, levantándose de su asiento tras la mesa del juez—. Hiciste un arma de ella. No es tu amiga, sino una herramienta conveniente. Un arma mediante la que destruyes a otros hombres. Tu especie nunca pide permiso a las hojas esquirladas. Las obtenéis como premios ganados en batalla y las empleáis a vuestro antojo. Ella no es tu amiga, Clarke Griffin. Es tu esclava.
—Sí —admitió Clarke. Miró a Maya, pero solo un momento—. A la tormenta contigo, sí. Al principio no sabíamos que eran spren, pero incluso ahora que lo sabemos… los utilizamos. Necesitamos hacerlo.
—Porque necesitáis matar —dijo Sekeir, andando hasta Clarke—. Los humanos sois monstruos, con un apetito por la muerte que nunca puede saciarse. Prosperáis con las terribles emociones de los Deshechos. No combatís a Odium. Sois Odium.
—Tu argumento queda claro —respondió Clarke en voz más baja—. Deja ir a Maya. Dicta tu sentencia.
Sekeir llegó delante de ella y la miró a los ojos.
—Mírala —dijo Clarke, señalando—. Está aterrorizada.
En efecto, Maya se había encogido más y estaba girándose a un lado y a otro, como si intentara vigilar a todos los miembros del público a la vez. Se volvía con tanta violencia, de hecho, que Amuna y otro honorspren se acercaron y le cogieron los brazos, quizá para evitar que huyera.
—Quieres que esto sea fácil, ¿verdad? —preguntó Sekeir a Clarke, hablando también en voz más baja—. No te mereces que sea fácil. Tenía esta fortaleza funcionando de manera pulcra y organizada antes de que llegaras. No tienes ni idea de la frustración que me has provocado, humana.
El honorspren se apartó de Clarke y se encaró hacia la multitud, extendiendo el brazo hacia Maya.
—¡Contemplad a esta spren! —ordenó Sekeir—. Mirad lo que le hicieron los humanos. Esta tal Griffin nos pide que nos ofrezcamos de nuevo para vínculos. Nos pide que volvamos a confiar. ¡Es crucial, pues, que examinemos con detenimiento los resultados de la última vez que confiamos en la humanidad!
Maya empezó a retorcerse y un grave gruñido creció en su garganta. No le gustaba nada que la retuvieran.
—¡Esto es un juicio por testimonio! —gritó Clarke a Sekeir—. Estás interfiriendo, y te extralimitas.
Mezcla asintió, y otros honorspren del público se habían levantado al oír la protesta. Estaban de acuerdo con ella. Fuera cual fuese la ley para aquello, Sekeir estaba forzándola.
—Esta testigo —dijo Sekeir, señalando a Maya otra vez— perdió la voz por lo que tu pueblo hizo. Debo hablar yo por ella.
—¡No quiere que hables por ella! —gritó Clarke—. ¡No quiere estar aquí!
Maya siguió forcejeando contra sus captores, cada vez más violenta. Parte del público reaccionó abucheando a Clarke. Otros murmuraron e hicieron gestos hacia Maya.
—¿Te incomoda? —preguntó imperioso Sekeir a Clarke—. Qué conveniente es ahora que te preocupes por lo que quiere. Pues bien, yo sí sé interpretar sus emociones. ¿Esos zarandeos? Son el dolor de alguien que recuerda lo que le hicieron. Está condenándote, Clarke Griffin.
Los gruñidos de Maya ganaron intensidad. Frenéticos, guturales, no eran verdaderos gritos. Eran la dolorida angustia de alguien que había olvidado cómo hablar pero aun así necesitaba dar voz a su agonía.
—Esta pobre criatura —bramó Sekeir para imponerse al creciente bullicio— te condena con cada gemido suyo. Es nuestra última testigo, pues suyo es el dolor que nunca debemos olvidar. ¡Escucha cómo exige tu castigo, Clarke Griffin! Era inocente y los tuyos la asesinaron. ¡Escucha cómo clama sangre!
Los gritos de Maya se volvieron más altos y más crudos. Algunos honorspren del público se apartaron y otros se taparon las orejas, encogiéndose. Clarke había oído antes ese chillido, cuando había intentado invocar a Maya como hoja esquirlada estando en Shadesmar.
—¡Le duele! —gritó Clarke, abalanzándose hacia ella. Pero los spren que la vigilaban habían esperado esa reacción. La asieron y la retuvieron con fuerza—. ¡Suéltala, hijo de puta! ¡Ya has dejado claro tu argumento!
—Mi argumento no puede quedar lo bastante claro —vociferó Sekeir—. Debe repetirse una y otra vez. No serás la última traidora que venga aquí con una sonrisa, suplicando que la dejemos explotarnos. Mi pueblo debe mantenerse firme, debe recordar este momento, por su propio bien. ¡Tienen que ver lo que hicieron los humanos!
La voz de Maya sonó más fuerte, inhalaciones rasposas puntuadas por aullidos quebrados. Y en ese momento, Clarke… sintió su dolor de algún modo. Un profundo suplicio. Y… ¿furia?
Furia hacia los honorspren.
—Confiaron en vosotros —dijo Sekeir—, ¡y los asesinasteis!
Maya arañó las manos, intentando liberarse, sus dientes destellando mientras giraba sus ojos raspados a un lado y luego al otro. Sí, Clarke podía sentir esa agonía como si fuese propia. No sabía cómo, pero podía.
—¡Escúchala! —exclamó Sekeir—. ¡Acepta su condena!
—¡SUÉLTALA! —bramó Clarke. Forcejeó y luego flaqueó—. Tormentas. Suéltala y ya está.
—¡Me niego a dictar sentencia! —gritó Sekeir—. No necesito hacerlo. Al final, su testimonio era el único que requeríamos. Su condena era todo lo que necesitábamos desde el principio. Escucha sus gritos y recuérdalos mientras te pudres, Clarke Griffin. Recuerda lo que tu especie le hizo. ¡Sus chillidos son tu sentencia!
Los aullidos de Maya emprendieron una escalada de angustia y entonces se quedó en silencio, dando bocanadas de aire. Débil.
Demasiado débil.
Tómala, pensó Clarke dirigiéndose a ella. Toma parte de mi fuerza.
Ella miró directamente hacia Clarke y, a pesar de sus ojos raspados, la vio. Clarke sintió algo, una calidez en lo más profundo de su interior. Maya inhaló aire, llenándose los pulmones. Tenía una expresión iracunda mientras reunía todas sus fuerzas y se preparaba para gritar de nuevo. Clarke se preparó para el chillido. Maya abrió la boca.
Y habló.
—¡Nosotros! ¡ESCOGIMOS!
Las dos palabras resonaron por todo el foro, silenciando a los agitados honorspren. Sekeir, que estaba de espaldas a ella, vaciló. Se volvió para ver quién había interrumpido su teatral discurso. Jadeando, encorvada hacia delante en la presa de sus captores, Maya logró repetir sus palabras.
—Nosotros… escogimos…
Sekeir se apartó a trompicones. Las manos que retenían a Clarke quedaron laxas mientras los honorspren miraban anonadados. Clarke se zafó de los spren y cruzó el escenario. Apartó de un empujón a la sorprendida Amuna y sostuvo a Maya, pasándole un brazo por hombro para mantenerla en pie como haría con una soldado herida. Ella se aferró a Clarke, dando traspiés en su esfuerzo por seguir erguida. Pero incluso mientras lo hacía, volvió a susurrarlo.
—Nosotros escogimos —dijo, con la voz rasposa como si hubiera estado desgañitándose durante horas—. Clarke, nosotros escogimos.
—Sangre de mis ancestros —susurró Clarke.
—¿Qué es esto? —preguntó Sekeir—. ¿Qué le has hecho? Verte ha hecho que desvaríe enloquecida y…
Se interrumpió cuando Maya lo señaló con el dedo y profirió un chillido aterrador, con una mandíbula más abierta de lo que debería. Sekeir se llevó las manos al pecho y puso los ojos como platos cuando el chillido de Maya se transformó en palabras.
—No. Puedes. Tener. Mi. ¡SACRIFICIO! —gritó—. Mío. Mi sacrificio. No tuyo. —Señaló hacia la multitud—. No de ellos. —Señaló a Clarke—. No suya. Mío. MI SACRIFICIO.
—Sabíais lo que iba a pasar cuando los Radiantes rompieron sus juramentos —dijo Clarke—. No os asesinaron. Lo decidisteis juntos.
Ella asintió con vigor.
—Todo este tiempo —dijo Clarke en voz más alta, ya para el público— se os ha tomado por víctimas. Ninguno de nosotros imaginó que participarais en la decisión con los Radiantes.
—Nosotros escogimos —siseó ella. Y luego lo entonó a viva voz, como un himno—. NOSOTROS ESCOGIMOS.
Clarke la ayudó a llegar a la primera fila de bancos y los honorspren que estaban sentados allí se apresuraron a escabullirse. Maya se sentó, temblando, pero su presa en el brazo de Clarke era feroz. Clarke no lo retiró: Maya parecía necesitar la confianza. Clarke miró a su alrededor, al público. Y luego hacia Sekeir y los otros honorspren mayores que estaban sentados cerca del asiento del juez. No habló, pero los retó a seguir condenándola. Los retó a hacer caso omiso del testimonio de la testigo elegida por ellos, en la que habían fingido delegar la capacidad de dictar sentencia. Dejó que le dieran unas vueltas en la cabeza. Dejó que pensaran. Entonces todos empezaron a marcharse. Turbados, quizá confusos, los honorspren empezaron a abandonar el foro. Los ancianos se congregaron en torno a Sekeir, que se había quedado allí patidifuso, mirando a Maya sin parpadear. Se lo llevaron mientras hablaban en tonos quedos, preocupados. Nadie tocó a Clarke. Nadie se acercó a ella, a Maya. Hasta que al final solo quedó una persona en las gradas. Una spren con traje negro y piel teñida por un leve arcoíris aceitoso. Mezcla se levantó y empezó a bajar por los peldaños.
—Querría asumir el mérito —dijo— de tu victoria en lo que todos consideraban un juicio imposible de ganar. Pero no ha sido mi tutela, ni tu audacia, lo que ha permitido el triunfo.
Maya por fin soltó el brazo de Clarke. Parecía más fuerte que antes, aunque sus ojos seguían raspados, tachados. Clarke podía sentir su curiosidad, su… consciencia. La spren alzó la mirada hacia ella y asintió.
Clarke le devolvió el asentimiento.
—Gracias.
—Fuer… —susurró ella—. Fuer. An…
—Fuerza antes que debilidad.
Maya asintió de nuevo y luego bajó sus ojos raspados al suelo, exhausta.
—No voy a olvidarme de que testificaste contra mí —dijo Clarke a Mezcla—. Has jugado en los dos bandos de la partida.
—Era la mejor forma de ganar yo —respondió ella, observando a Maya—. Pero deberías saber que fui yo quien sugirió a los ancianos honorspren que usaran a tu ojomuerta como testigo. No estaban al tanto de la cláusula legal que les permitía hablar en su nombre.
—Entonces, ¿su dolor es culpa tuya? —levantó la voz Clarke.
—No sugerí que la trataran con tanta crueldad —dijo Mezcla—. Ese acto es de ellos, como es su vergüenza. Pero reconozco que sabía cómo podrían actuar. Quería saber si una verdad existe, la que tú me contaste.
Clarke frunció el ceño, intentando recordar.
—Que ella había hablado —aclaró Mezcla—. Contigo. Que existe una amistad entre vosotras. Buscaba pruebas, y descubrí que su nombre, registrado en antiguos documentos de tratados spren, es como dijiste. Un hecho curioso que hallar. Desde luego. —Mezcla paseó en torno a Clarke, estudiando el rostro de Maya—. Siguen raspados… aunque un vínculo entre vosotras es.
—Yo… no soy Radiante —dijo Clarke.
—No. Eso es incuestionable. —Los ojos de Mezcla encontraron los de Maya, que la miró—. Pero algo sí está pasando. Debo abandonar este lugar por fin y regresar con los tintaspren. Si las palabras que ha pronunciado esta ojomuerta son…
—Si lo que ha dicho es verdad —repuso Clarke—, entonces ya no tenéis más excusas para negar a la humanidad los vínculos que necesita.
—¿Ah, no? —preguntó Mezcla—. Durante siglos mi gente se ha contado a sí misma una mentira fácil, sí. Que los humanos fueron egoístas. Que los humanos asesinaron. Pero las respuestas fáciles a menudo son, así que se nos puede disculpar.
»Esta verdad, en cambio, significa que un problema mayor es. Millares de spren escogieron la muerte en vez de permitir que los Radiantes continuaran. ¿Eso no te preocupa más? De verdad creían que, como afirmaban los humanos en esa época, la potenciación destruiría el mundo. Que la solución era poner fin a las órdenes de Radiantes. De golpe, con el coste de muchas vidas.
—¿Sabíais cuál sería el coste pleno, Maya? —La pregunta se le acababa de ocurrir a Clarke—. ¿Vosotros y vuestros Radiantes sabíais que os convertiríais en ojomuertos?
Clarke sintió que Maya buscaba muy al fondo, imponiéndose al agotamiento, persiguiendo… recuerdos a los que le era difícil acceder. Al cabo de un tiempo negó con la cabeza y susurró:
—Dolor. Sí. ¿Muerte? No. Tal vez.
Clarke se sentó a su lado y dejó que Maya se apoyara en ella.
—¿Por qué, Maya? ¿Por qué estuvisteis dispuestos a hacerlo?
—Para salvar… salvar… —Flaqueó y negó con la cabeza.
—Para salvarnos de algo peor —dijo Clarke, y entonces miró a Mezcla—. ¿Qué significa?
—Significa que hemos comprendido esto terriblemente mal durante mucho tiempo, alta princesa Clarke —respondió ella—. Y mi propia estupidez es. Siempre me había considerado lista. —Negó con la cabeza de pie ante ellos, cruzada de brazos—. Qué prueba tan efectiva. Muy efectiva.
—¿Esto? —dijo Clarke, abarcando con un gesto el foro vacío—. Esto ha sido una farsa total y absoluta.
—Me refería a una prueba distinta —explicó Mezcla—. La verdadera prueba, la que tú llevas afrontando estos últimos años: la prueba por la lealtad de esta spren. Ella era la única jueza que importaba desde el principio, y hoy ha sido su oportunidad de dictar sentencia. —Mezcla se inclinó hacia ellos—. A tu favor.
Dicho eso, se volvió para marcharse y subió los peldaños con paso enérgico, su austera coloración de ónice dándole el aspecto de una sombra sin cuerpo que la proyectara.
—Las respuestas fáciles ya no son —dijo—. Pero si los ojomuertos pueden empezar a regresar… esto es una gran noticia. Una noticia importante. La transmitiré a los míos.
»No sé si crear nuevos Radiantes es buena idea, pero debo reconocer que tus antepasados no eran unos traidores. Algo les provocó un miedo atroz, para que los humanos y los spren destruyeran sus vínculos. Y si los spren no sabían que iban a morir… entonces siguen faltando piezas del rompecabezas. Las preguntas son más complicadas, y más peligrosas, de lo que hubiéramos podido imaginar.
Y entonces sí que se marchó. Clarke dejó que Maya descansara unos minutos. Cuando por fin se levantó, ella hizo lo mismo. La siguió como solía hacer, inexpresiva y dócil, pero Clarke podía sentir que ya no era tan insensible como antes. Estaba conservando la energía. No estaba curada, pero estaba mejor. Y cuando Clarke estaba en apuros, Maya se había prestado voluntaria a abrirse paso a través de la misma muerte para hablar por ella.
«No —pensó—. Ha hablado por sí misma. No vuelvas a cometer el mismo error.»
Tenía que encontrar a Lexa y partir hacia la Puerta Jurada para informar de lo que había descubierto. Quizá los honorspren se tragarían su orgullo y echarían una mano. O quizá, como decía Mezcla, buscarían otros motivos para temer. En cualquier caso, Clarke sospechaba que la relación Radiante jamás volvería a ser la misma.
