95. LO QUE ERA EN VERDAD

CATORCE MESES ANTES

Venli vadeaba por una pesadilla de su propia creación.

Bajo un cielo ennegrecido, humanos y oyentes combatían con acero y relámpago. Oía chillidos con más frecuencia que órdenes y, por debajo de todo ello, una nueva canción. Una canción invocadora, compuesta por miles de voces. La tormenta eterna estaba llegando, cobrando cada vez más fuerza a medida que los oyentes la llamaban. Había imaginado ese día como un esfuerzo organizado de los oyentes, comandados por ella. Pero en vez de eso había caos, y guerra, y muerte. Venli no se unió al cántico. Chapoteó cruzando charcos profundos, intentando escapar. Las lluvias del Llanto caían a chorro, suaves pero persistentes. Pasó por delante de oyentes a los que conocía, todos en hilera, sus ojos brillando rojos mientras cantaban.

—Faridai —dijo a uno de ellos—, tenemos que irnos. Los humanos avanzan en esta dirección.

Él la miró, pero siguió cantando. Toda la hilera parecía ajena por completo a la lluvia, y casi por completo a las palabras de Venli. Armonizó a Pánico. Estaban abrumados por la nueva forma, consumidos por ella. Venli sentía el mismo impulso, pero era capaz de resistirlo.

¿Quizá por su prolongada asociación con Ulim? No estaba segura.

Venli corrió para alejarse, mirando una y otra vez por encima del hombro. No alcanzaba a distinguir gran cosa de lo que sucedía en el campo de batalla. Se extendía a lo largo de varias mesetas, velado por la neblina y la lluvia, ensombrecido por nubes negras como el carbón. Los ocasionales estallidos de relámpago rojo significaban que muchos de los nuevos forma tormenta estaban luchando. Con un poco de suerte, controlarían sus poderes mejor de lo que podía Venli. Cuando había liberado la energía de la forma tormenta, esperando grandiosos ataques que fulminaran a sus enemigos, el relámpago había salido en direcciones desatadas, impredecibles. Venli no creía haber herido ni a un solo humano, y se había quedado débil, su gloriosa energía agotada… y lenta en renovarse. Se escondió junto a una enorme masa de roca que quizá hubiera sido un edificio en otro tiempo. Tras ella, los humanos atacaron a la hilera de oyentes que acababa de abandonar. Venli oyó gritos y sintió un poderoso crepitar cuando se liberó un relámpago. La canción de los oyentes no regresó, pero Venli oyó a los humanos maldiciendo y hablando en su basto idioma, con voces que resonaban imponiéndose al sonido de la lluvia. Más muertos. La tormenta estaba acumulándose, sí, y ya la tenían casi encima. Pero ¿cuántos oyentes más caerían masacrados antes de que llegara?

«Seguro que en los otros frentes nos va mejor —pensó, cerrando los ojos con fuerza y escuchando el Ritmo del Pánico—. Seguro que los oyentes estamos ganando.»

¿Qué había de las promesas de Ulim? ¿Qué había del trono de Venli? Respiró aire frío mientras el agua le caía por los lados de la cara, dejándole la piel insensible y el caparazón helado. Se apretó contra las rocas, temblando. Todo estaba mal. Ella no debería estar allí. Se suponía que estaría a salvo.

El sonido de las botas raspando contra la piedra hizo que abriera los ojos a tiempo de ver una lanza viniendo hacia ella. Se echó a un lado, pero el arma la alcanzó en las crestas de la mejilla y la nariz, haciéndole solo un fino corte en la piel con un ataque desviado en su mayoría por la máscara de caparazón con que la forma tormenta había cubierto su cara. Cayó al suelo sobre un charco e intentó alejarse a rastras, con una mano levantada y suplicante. El humano se cernió sobre ella, una terrible figura cuyos rasgos se perdían del todo en la sombra de su yelmo. Levantó la lanza.

—No, no —dijo Venli a Sumisión en el idioma del soldado—. Por favor, no. Soy erudita. Sin arma. Por favor, no.

Él enarboló su arma, pero cuando Venli se encogió y giró la cara de lado, no llegó ningún golpe. El hombre se apartó y luego echó a trotar hacia varios compañeros suyos que estaban formando contra un grupo de oyentes que se aproximaba con los ojos rojos brillantes. Venli se palpó el rasguño que le había hecho la lanza, maravillada por lo superficial de la herida. Luego se palpó la piel, la ropa. El humano… la había dejado en paz. Como ella le había pedido. Miró al hombre, armonizando a Mofa. El muy cretino no sabía lo importante que era la oyente a la que había perdonado la vida.

Tendría que haberla matado.

Pero la Mofa pareció ir desvaneciéndose cuanto más pensaba.

¿Era ese… el ritmo adecuado, la reacción adecuada, que debería sentir porque la hubieran salvado? ¿Qué le había pasado durante los últimos años? ¿Qué había permitido que le pasara?

Por un instante oyó el Ritmo de la Apreciación en vez del otro.

Una parte de ella, por lo visto, no quería regocijarse en la gloria de aquella nueva forma. Una parte de ella anhelaba la comodidad de lo conocido. De cuando había sido débil.

«¿Y esto es fuerza?», pensó mientras se levantaba del suelo, escuchando el trueno.

La nueva tormenta se aproximaba. Los salvaría, exterminaría a los humanos y elevaría a los oyentes que sobrevivieran. Venli solo tenía que asegurarse de ser una de ellos. Huyó de allí en busca de un grupo más fuerte de oyentes que la protegieran. Llegó a una zona despejada de la meseta, resbaladiza por el agua, cerca de un abismo. Por el borde de ese abismo merodeaban bandas de humanos y oyentes, intentando obtener ventaja unos sobre otros. Si acaso, el combate en aquel sector era incluso más horripilante. Venli hizo un esfuerzo para armonizar a Arrogancia y recorrer el perímetro. Arrogancia. Un buen ritmo, una contrapartida de Determinación o Confianza, solo que más grandioso. Arrogancia era un ritmo orgulloso, fuerte, con una arrolladora algarabía de notas rápidas, complejas y atrevidas. Así necesitaba sentirse. Aquel era su campo de batalla. Ella había creado aquello, lo había provocado. Allí no tenía nada que temer.

Estaba en la celebración de su victoria.

Pasó junto a un caballo muerto de los humanos, un ryshadio por el tamaño. Lo había matado el relámpago, de modo que al menos había gente entre los suyos capaz de controlar sus nuevas capacidades. Por delante, vislumbradas gracias a la escasa luz que se colaba entre una acumulación de nubes, vio a dos figuras resplandecientes combatiendo a lo largo del borde del abismo.

Portadores de esquirlada.

Venli no conocía al humano, pero la oyente era Eshonai. Su hermana era la última de sus portadores de esquirlada. La armadura era muy característica, incluso aunque la nueva forma la hubiera… cambiado. Costaba trabajo asociar a la terrible caudilla de guerra en que se había transformado Eshonai con la pensativa mujeren que tanto empeño había puesto en buscar una manera de evitar la batalla. Venli se detuvo junto a una aguja rota de piedra y se agachó para mirar entre la lluvia el choque de portadores de esquirlada. Eshonai, y en particular la Eshonai mejorada, era más que capaz de librar un duelo por su cuenta. Venli solo conseguiría molestarla. Pudo decirse eso, y creerlo, hasta el mismo instante en que Eshonai cayó empujada por el borde del precipicio. Un momento estaba enfrentándose con entereza contra el humano y al siguiente había desaparecido. Precipitándose al abismo. Venli la vio desaparecer con una sensación de desconexión. En armadura esquirlada, Eshonai podía sobrevivir a esa caída. Probablemente. La que corría peligro era Venli, con el portador de esquirlada humano tan cerca. Los nuevos ritmos vibraron a través de ella, hablándole en susurros del poder. Intensificando sus emociones. Venli seguía siendo ella misma, no demasiado influida por la forma. Al mando. No una esclava. Y sin embargo, sentía… nada. Para tratarse de una forma que parecía tan vibrante de emociones, no estaba bien. ¿Habría podido la antigua Venli ver a su hermana en una caída quizá mortal sin armonizar siquiera a un ritmo apenado? Qué raro. ¿Por qué no se preocupaba? ¿Qué le estaba pasando?

Venli retrocedió. Ya… ya iría después a buscar a Eshonai. La ayudaría a salir del abismo. Podrían armonizar a Diversión juntas mientras imaginaban a Venli, una simple erudita, moviendo aunque fuese un dedo para ayudar en un combate entre portadores de esquirlada. El campo de batalla siguió perdiéndose mientras Venli buscaba refugio. Chillidos. Impactos de relámpago. Vio en todo ello algo más terrible que un mero enfrentamiento por el futuro de sus pueblos. Vio algo que disfrutaba de la matanza. Una fuerza que parecía estar creciendo con la nueva tormenta, una fuerza que amaba la pasión, la ira… cualquier emoción, pero sobre todo las que llegaban cuando la gente sufría. La emoción nunca era más fuerte que cuando alguien moría. Era lo que esa fuerza buscaba, lo que anhelaba. Venli sintió su presencia como una creciente miasma, más opresiva que las nubes cargadas de lluvia o la tormenta. Avanzó a hurtadillas entre unas enormes formaciones de roca. Bultos que habían sido edificios, cubiertos de grueso crem. No sabía con certeza dónde estaba en relación con el centro de Narak. Por suerte, encontró una estrecha fisura entre los antiquísimos edificios. Se escurrió a su interior, mojada y superada por la sensación cada vez más intensa. Estaba llegando algo, algo increíble. Algo terrible.

La nueva tormenta ya estaba allí.

Venli se permitió armonizar al ritmo de sus verdaderas emociones, a los tiempos salvajes y frenéticos del Ritmo del Pánico. Era una versión más agresiva del Ritmo de los Terrores. Todo se volvió negro, los últimos atisbos de luz solar consumidos por el peso de aquella nueva tormenta. Entonces llegó el relámpago rojo. Electrificó el cielo y Venli se encogió. No. Todavía estaba demasiado expuesta. Supo con una repentina e inexplicable confianza que, si la tormenta la veía, la destruiría sin la menor duda. Entre descargas de relámpago, salió con esfuerzo de la cavidad rocosa y se movió a tientas por el lado del edificio de piedra. Los vientos empezaron a aullar. Se aproximaba… se aproximaba otra cosa. ¿Una alta tormenta también?

El pánico estuvo a punto de anegarla. Pero entonces, para su increíble alivio, sus dedos palparon algo. Un agujero tallado en uno de los edificios cubiertos de crem. Era reciente, y los cortes demasiado recientes: un portador de esquirlada había estado allí. Ansiosa, se refugió en el interior, intentando desterrar el Ritmo del Pánico y reemplazarlo con otra cosa. Fuera los vientos empezaron a chocar. Venli se apretó contra la pared trasera de la pequeña cámara vacía, iluminada por los fogonazos cada vez más desenfrenados de fuera. Primero rojo. Luego blanco. Luego los dos enredados como grancaparazones luchando, aplastando el suelo a su alrededor con sus forcejeos. Empezaron a pasar cascotes volando por fuera de la abertura, iluminados por una ráfaga de fogonazos, y los ritmos de su cabeza enloquecieron. Se deshicieron, entremezclando los movimientos de unos con los de otros. El suelo tembló y crujió, y Venli intentó ocultarse más al fondo del edificio, alejada de la violencia. Pero cuando cruzó un umbral, el suelo se onduló y la derribó. Con un sonido tan fuerte que todo su cuerpo vibró, una sección entera del edificio de piedra quedó arrancada de sus cimientos, incluyendo la cámara que Venli acababa de abandonar. La lluvia la acribilló, expuesta a los vientos aulladores a través de la pared rota. Aquello era el final. El final del mundo. Minúscula, aterrorizada, Venli se apretó entre dos pedazos de roca que parecían sólidos y cerró los ojos, incapaz de escuchar los ritmos por encima del sonido de la tempestad. Sin embargo, sabía el ritmo que oiría si pudiera. Porque allí, apretada entre piedras, Venli se vio obligada a reconocer lo que era en realidad. La verdad que siempre había estado allí, encubierta, encostrada de crem. Revelada solo cuando los vientos la cortaron hasta la misma alma. Venli no era ninguna lumbrera forjando un nuevo camino para su pueblo. Todo lo que había «descubierto» se lo había revelado o insinuado Ulim. No era ninguna reina merecedora de gobernar. Le traía sin cuidado su pueblo. Solo se preocupaba por ella misma. No era poderosa. El viento y las tormentas le recordaban que, hiciera lo que hiciera, por mucho que se esforzara, por mucho que fingiera, siempre sería pequeña. Venli había fingido ser todas esas cosas, y con toda probabilidad volvería a fingirlo en el momento en que pudiera mentirse a sí misma. En el momento en que estuviera a salvo. Pero allí, con todo lo demás desollado y su alma desnuda y pelada, Venli tuvo que reconocer lo que era en verdad. Lo que siempre había sido.

Una cobarde.