97. LIBERTAD

Como alguien que ha sufrido durante tantos siglos… como alguien a quien eso quebró… por favor, encontrad a Mishram y liberadla. No solo por su propio bien. Por el bien de todos los spren. Pues creo que al encerrarla hemos provocado una herida a Roshar más grave de lo que nadie ha comprendido nunca.

Echo entró en un estado de estudio febril, un frenesí próximo a la locura, consumida por el trabajo. Antes se había organizado. Ahora se limitaba a alimentar a la bestia. Apenas dormía. La respuesta estaba allí. La respuesta tenía algún significado. No podía explicar por qué, pero Echo necesitaba aquel secreto. La comida pasó a ser una distracción. El tiempo dejó de importar. Guardó sus relojes para que no le recordaran invenciones humanas como los minutos y las horas. Estaba buscando algo más profundo.

Más importante.

Esos actos en parte la horrorizaban. Echo seguía siendo ella misma, la clase de persona que guardaba los calcetines en el cajón apuntando todos en el mismo sentido. Adoraba los patrones, adoraba el orden. Pero en su búsqueda de significado, descubrió que también podría apreciar algo distinto del todo. El caos crudo y desorganizado de un cerebro haciendo conexiones, sumado a la orden concentrada de buscar una única y acaparadora respuesta.

¿Podía encontrar el opuesto a la luz del vacío?

La luz tormentosa y la del vacío tenían su propia clase de polaridad. Se veían atraídas por los tonos como las limaduras de hierro por un imán. Por tanto, Echo necesitaba un tono que repeliera la luz. Necesitaba un sonido opuesto. Quería tonos fluidos, así que hizo que le llevaran una flauta de émbolo, además de una trompa con tubo móvil. Pero seguía gustándole más el sonido que daban las planchas de metal. Eran difíciles de afinar en incrementos pequeños, pero Echo podía pedir que le cortaran y tallaran más planchas deprisa. Su estudio pasó de la teoría de la música, en la que algunos filósofos afirmaban que el verdadero opuesto del sonido era el silencio, a la matemática. La matemática enseñaban que había números asociados con los tonos: frecuencias, longitudes de onda. La música, a su nivel más fundamental, era matemática. Interpretó el tono que representaba el sonido de la luz del vacío una y otra vez, incrustándolo en su mente. Soñaba con él cuando dormía. Lo tocaba nada más levantarse, observando las pautas de arena que creaba sobre una placa de metal. Granos que danzaban, brincando arriba y abajo hasta asentarse en picos y valles. El opuesto de casi todos los números era un número negativo.

¿Un tono podía ser negativo? ¿Podía existir una longitud de onda negativa? La mayoría de esos conceptos no podían existir en el mundo real, del mismo modo que los números negativos eran una construcción artificial. Pero aquellos picos y valles… ¿Podría crear un tono que produjera la pauta contraria? ¿Picos donde había valles, valles donde había picos?

Durante su estudio enfebrecido de la teoría del sonido, descubrió la respuesta a esa cuestión. Una onda podía anularse, creando un opuesto y enfrentándola a él de forma que la onda original quedaba plana. Cancelada. A eso lo llamaban interferencia destructiva. Por extraño que resultase, las teorías afirmaban que una onda y su opuesta sonaban exactamente igual. Eso la dejó anonadada. Hizo sonar las planchas que había creado, deleitándose con sus tonos resonantes. Puso esferas de luz del vacío en su brazal y escuchó hasta que pudo entonarlo. Sonrió encantada cuando, tras horas de práctica concertada, fue capaz de extraer luz del vacío con un toque, igual que hacían los Fusionados. Los humanos podían cantar los tonos correctos. Los humanos podían oír la música de Roshar. Quizá los antepasados de Echo hubieran sido extranjeros en ese mundo, pero ella era hija de él. Sin embargo, eso no resolvía el dilema. Si un tono y su interferencia destructiva sonaban igual, ¿cómo podía cantar una cosa y no la otra?

Tocó el tono en una placa y lo cantó al unísono. Luego golpeó un diapasón, escuchó los tonos de las gemas y regresó a la placa. Estaba mal. Le faltaba un ápice. Aunque los tonos encajaran. Solicitó, y le llevaron, una lima. Trató de medir las notas que hacía la plancha metálica, pero al final tuvo que confiar en su propio oído. Empezó a trabajar en la placa, limando pequeñas secciones del metal y luego pasándole el arco, acercando más y más el sonido. Podía oír el tono que buscaba, o eso creía. ¿O sería una locura aquel deseo suyo de crear un antisonido?

Le costó horas. Quizá días. Cuando por fin sucedió, estaba arrodillada en el suelo de piedra con los ojos somnolientos, a alguna hora intempestiva. Sostenía un arco para probar su última versión de la placa. Cuando tocó aquel tono particular, arco contra acero, ocurrió algo. La luz del vacío salió expulsada de la esfera sujeta a la placa. Fue repelida por la fuente del sonido. Echo volvió a probarlo, y luego una tercera vez para asegurarse. Aunque debería haber querido dar un grito de alegría, se limitó a quedarse allí sentada mirando. Se pasó la mano por el pelo, que ese día no se había recogido. Entonces se echó a reír.

Funcionaba.

Al día siguiente, lavada y sintiéndose un poco menos demente, Echo fue haciendo incrementos. Probó cómo debía ser el tono para producir el efecto deseado. Midió la nota en distintos tamaños de gemas y en un flujo de luz del vacío que abandonaba una esfera en dirección a un diapasón. Lo hizo todo de una forma que, en la medida de lo posible, ocultaba el proceso al guardia que la vigilaba. Encorvada sobre su trabajo, estaba relativamente segura de que el regio no sería capaz de distinguir que había hecho un avance. El de la noche anterior no había prestado mucha atención; se había pasado casi todo su turno dormitando. Segura de que su tono funcionaba, empezó a entrenarse a sí misma para cantar la nota que daba la placa. Sonaba igual, pero de algún modo no era igual. De la misma manera que al medir spren, que reaccionaban a los pensamientos sobre ellos de quien tomaba las medidas, aquel tono requería Intención para crearlo. Tenías que saber lo que pretendías hacer. Era increíble que tuviera alguna importancia si Echo quería o no canturrear el tono opuesto a la canción de Odium. Sonaba a locura, pero funcionaba. Era un experimento reproducible y cuantificable. Dentro de la locura que habían sido los últimos días, la ciencia seguía funcionando. Echo había encontrado el tono opuesto a la luz del vacío. Pero ¿cómo podía crear una luz que expresara ese tono? Buscó respuestas en la naturaleza. Un imán podía cambiar de polaridad con un relámpago cautivo, y otro imán podía realinear los polos. Pero Rabeniel le había mencionado que era posible magnetizar un pedazo de metal normal y corriente mediante el mismo proceso. Así que ¿de verdad estaban cambiando la polaridad del imán? ¿O estaban borrando la polaridad existente y reescribiéndola con algo nuevo? La idea la intrigaba, de modo que hizo unas pocas peticiones clave a sus carceleros, algunos objetos que tendrían que traerle de un laboratorio cerca de la cima de la torre.

Poco después de eso, Rabeniel acudió a ver cómo le iba. Echo se preparó. Había hecho planes para aquello.

—¿Echo? —dijo la Fusionada—. Esa última petición que has hecho es bastante rara. No sé qué pensar de ella.

—Es solo equipo de laboratorio un poco arcano —respondió Echo desde el escritorio—. Nada de gran importancia, aunque será divertido usarlo en algunos experimentos. No pasa nada si no lo encontráis.

—He autorizado la petición —dijo Rabeniel—. Si está allí, lo tendrás.

Ese era un ritmo que expresaba curiosidad. Echo hizo una anotación en su cuaderno; estaba intentando compilar una lista de todos ellos.

—¿En qué trabajas? —preguntó Rabeniel—. El guardia me ha hablado de un sonido espantoso que estás dedicándote a hacer, algo discordante.

Condenación. A oídos de un regio, el tono nuevo no sonaba igual.

¿Podría inventarse una explicación?

—Estoy comprobando cómo influyen los sonidos atonales en la luz del vacío, si es que lo hacen.

Rabeniel se quedó por allí, mirando por encima del hombro de Echo. Luego echó un vistazo al suelo, donde un cubo de agua helada, con nieve del exterior, contenía una gema sumergida. Era un intento de comprobar si la temperatura podía borrar el tono de la luz del vacío.

—¿Qué es lo que no me cuentas? —preguntó Rabeniel a un ritmo pensativo—. Encuentro tu comportamiento… intrigante.

Rabeniel miró a un lado mientras su hija entraba en la sala. Ese día la joven Fusionada estaba babeando. Rabeniel había encomendado a un sirviente que limpiara la comisura de la boca de su hija con una tela a intervalos regulares. No era que tuviera la cara paralizada, sino más bien que no parecía darse cuenta o preocuparse de estar babeando.

—Has escrito en nuestro cuaderno sobre algo llamado «ejes» —dijo Echo, intentando distraer a Rabeniel—. ¿Qué son?

—Un eje es la división más pequeña de la materia —respondió Rabeniel—. Odium puede verlos. En teoría, con un microscopio lo bastante potente, podríamos distinguir las bolitas de materia que lo componen todo.

Echo había leído muchas teorías sobre esa división más pequeña posible de la materia. Decía mucho sobre su estado de ánimo que apenas consideró una curiosidad que una fuente divina estuviera confirmando esas teorías.

—¿Esos ejes tienen polaridad? —preguntó Echo mientras controlaba la temperatura de su experimento.

—Deben tenerla —dijo Rabeniel—. Teorizamos que la interconexión axial es lo que mantiene unidas las cosas. Ciertas Potencias influyen en eso. Las fuerzas entre los ejes son fundamentales en el funcionamiento del Cosmere.

Echo gruñó y tomó otra anotación del termómetro.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Rabeniel.

—Ver si una temperatura más fría cambia las vibraciones en una gema —reconoció Echo—. ¿Querrías sujetar esta de aquí y decirme si el ritmo cambia, o gana intensidad, al calentarse?

—Puedo hacerlo —dijo Rabeniel, y se sentó en el suelo junto a la mesa.

Detrás de ella, su hija la imitó. El ayudante, un cantor en forma de trabajo, se arrodilló para secar los labios de la Fusionada. Echo sacó la gema con unas tenazas y se la dio a Rabeniel. Aunque Echo podía oír las tenues notas de las gemas si apretaba muchas contra su piel, su habilidad no estaba lo bastante afinada para detectar pequeñas alteraciones del volumen. Necesitaba a un cantor para concluir aquel experimento. Pero ¿cómo evitar que Rabeniel dedujera lo que había descubierto?

Rabeniel cogió la esfera y esperó con los ojos cerrados. Al cabo de un tiempo negó con la cabeza.

—No percibo ningún cambio en el tono. ¿Qué importancia tiene?

—Estoy intentando determinar si hay algo que altere el tono —dijo Echo—. Crear luz de guerra requiere una leve modificación de los tonos de Odium y Honor, para ponerlos en armonía. Si logro encontrar otros factores que alteren el tono de la luz del vacío, quizá podría crear otros híbridos.

Era una explicación bastante plausible. Debería ser suficiente para explicar sus solicitudes de planchas y otros artefactos, incluso la del hielo.

—Una línea de razonamiento novedosa —comentó Rabeniel a su ritmo curioso.

—No creía que fueses a darte cuenta —dijo Echo—. Suponía que estarías ocupada con tu… trabajo.

Deshacer al Hermano.

—Aún me falta acabar con el último nodo —explicó Rabeniel—. La última vez que toqué al Hermano, me pareció que podía sentirlo. En algún lugar cercano… pero es muy muy pequeño. Más pequeño que los otros. —Se levantó del suelo—. Avísame si necesitas más equipo.

—Gracias —dijo Echo desde su mesa.

Rabeniel siguió sin marcharse mientras Echo registraba los datos del experimento con el agua helada. Echo logró aparentar despreocupación justo hasta el momento en que oyó que se movían las placas. Se volvió para ver a Rabeniel sacando la nueva, la que Echo había escondido debajo de varias otras. Condenación.

¿Cómo había elegido precisamente esa? Quizá era la que más usada se veía.

Rabeniel miró a Echo, que se obligó a girar la cabeza como si no pasara nada. Rabeniel hizo sonar la placa. Echo soltó aire en silencio, cerrando los ojos. Se había devanado los sesos buscando formas de esconder lo que estaba haciendo, tomando todas las precauciones posibles… pero debería haberlo sabido. Estaba en severa desventaja, vigilada a todas horas, con Rabeniel siempre cerca. Echo abrió los párpados y encontró a Rabeniel mirando la plancha de acero con los ojos como platos. Situó una esfera de luz del vacío, la tocó de nuevo y vio cómo la luz salía expulsada de la esfera.

Rabeniel habló con un ritmo reverente.

—¿Un tono que repele luz del vacío?

Echo mantuvo el rostro impasible. Bueno, al menos eso respondía a una pregunta. Echo se había preguntado si la persona que interpretaba la nota debía tener la Intención correcta de expulsar la luz del vacío, pero parecía que haber creado la placa para coincidir con sus tonos cantados era suficiente.

—Echo —dijo Rabeniel, bajando el arco—, esto es extraordinario. Y muy peligroso. He sentido cómo reaccionaba la luz del vacío en mi gema corazón. No la ha abandonado, pero mi misma alma se ha crispado con el sonido. Estoy conmocionada. Y… y confusa. ¿Cómo has creado esto?

—Matemáticas —respondió Echo—. E inspiración.

—Esto podría llevar a… —Rabeniel canturreó para sus adentros y luego miró el cubo de agua helada—. Intentas encontrar una manera de amortiguar las vibraciones de la luz del vacío para poder reescribirla con un tono diferente. Una polaridad diferente. Por eso me has preguntado sobre los ejes.

Canturreó a un ritmo emocionado. Y Condenación si una parte de Echo no se quedó atrapada con ese sonido. Con el entusiasmo del descubrimiento. Con estar tan cerca.

«Cuidado, Echo», se recordó. Debía hacer todo lo posible para apartar aquel conocimiento del enemigo. Había una manera, un plan que había urdido por si Rabeniel se inmiscuía como acababa de hacer. Un posible método para proteger los secretos de la antiluz del vacío.

Pero de momento, necesitaba parecer dispuesta a compartir el conocimiento.

—Sí —respondió Echo—. Creo que lo que buscabas desde el principio es posible, Rabeniel. Tengo motivos para creer que de verdad existe una luz opuesta a la luz del vacío.

—¿Esto lo has apuntado?

—No. Solo estaba jugueteando con ideas aleatorias.

—Una mentira que debes contarme —dijo Rabeniel—. No te lo reprocho, Echo. Pero debes saber que estoy dispuesta a hacer pedazos esta sala para encontrar tus notas, si es necesario.

Echo se quedó callada, sosteniendo la mirada a Rabeniel.

—Todavía no me crees —dijo la Fusionada—. No crees que seamos muchísimo más fuertes cuando trabajamos juntas.

—¿Cómo puedo confiar en tu palabra, Rabeniel? —preguntó Echo—. Ya has incumplido promesas que me hiciste, y cada vez que te pido negociar por el bien de mi pueblo o del Hermano, te niegas.

—Sí, pero ¿acaso no te he guiado hasta un arma? —repuso Rabeniel—. ¿No te he concedido los secretos que necesitabas para llegar hasta aquí? ¿Para tener al alcance algo capaz de matar a un dios? Y todo ha sido porque trabajábamos juntas. Demos este último paso unidas.

Echo se debatió. Sabía que Rabeniel no estaba mintiendo: la Fusionada de verdad destrozaría aquella sala para encontrar las anotaciones de Echo. Y además, era probable que retirara a Echo la capacidad de solicitar material, con lo que detendría su progreso.

Y estaba tan tan cerca…

Con un suspiro, Echo cruzó la biblioteca y cogió el cuaderno, el que habían titulado El Ritmo de la Guerra, de su escondrijo bajo un estante. Quizá Echo debería haber guardado sus descubrimientos solo en su cabeza, pero no había podido resistirse a apuntarlos. Necesitaba ver sus ideas plasmadas en la página, utilizar notas, para llegar tan lejos como estaba. Rabeniel se sentó a leer, a enterarse de lo que Echo había descubierto sobre ese nuevo tono, canturreando un ritmo de curiosidad entre dientes. Al poco tiempo llegó un sirviente a la puerta cargado con una gran caja de madera.

—Por fin.

Echo fue hacia él y le cogió la caja. Dentro había un tubo de cristal de algo menos de treinta centímetros de diámetro, aunque pasaba del metro de largo, con gruesas tapas metálicas en los extremos.

—¿Qué es eso? —preguntó Rabeniel.

—Un tubo de vacío thayleño —dijo Echo—. Del Instituto Real de Estudios Barométricos. Lo teníamos cerca de la cima de la torre, donde hacíamos experimentos meteorológicos.

Situó el aparato y recuperó el cuaderno de Rabeniel para hacer unas anotaciones iniciales sobre su siguiente experimento. Las tapas de metal podían desenroscarse para revelar unas cámaras que, cuando el aparato estaba bien sellado, no perturbarían el vacío en la cámara central de cristal. Echo abrió un extremo y fijó un diamante vacío en su interior. A continuación usó su martillo de joyera para quebrar una gema llena de luz del vacío, con lo que esta empezó a escapar. Se apresuró a colocar la gema en una cámara al otro lado del tubo. Volvió a enroscar las tapas y entonces usó una bomba fabrial para retirar el aire de las cámaras laterales. Por último, retiró los cierres que sellaban las cámaras laterales, abriéndolas al vacío central. Si lo había hecho todo bien, como muchísimo entraría un ápice de aire en la cámara central de cristal y tenía una gema en cada uno de los extremos. Rabeniel llegó por encima de Echo mientras ella observaba la luz del vacío flotando en ausencia de aire. No se comportaba como si lo hubiera: no salía de la gema como si tiraran de ella, por ejemplo. Fuera lo que fuese la luz del vacío, no parecía estar compuesta de ejes. Era una energía, un poder.

—¿Qué estamos haciendo? —preguntó Rabeniel en voz baja.

—Creo que esta es la única forma de aislar por completo la luz del vacío de las canciones de Roshar —explicó Echo—. No puede haber sonido en el vacío, ya que no existe aire que transfiera las ondas. Así que confío en que la luz del vacío que expulse esta gema no podrá «oír» el ritmo de Odium, por primera vez en toda su existencia.

—Sugieres que no emite el ritmo por sí misma —dijo Rabeniel—, sino que lo refleja. Lo adopta.

—Igual que los spren adoptan costumbres de los humanos —asintió Echo—, o igual que un trozo de metal puede magnetizarse si se pone en contacto con un imán durante un largo período de tiempo.

—Ingenioso —susurró Rabeniel.

—Ahora veremos —repuso Echo.

Cogió su arco, apretó la plancha de metal contra el lado de la cámara de vacío y empezó a tocar su tono de antiluz del vacío. Rabeniel torció el gesto al oír el sonido.

—La luz no podrá oírlo —dijo—. Está sin aire, como has dicho.

—Sí, pero se está moviendo por dentro y no tardará en tocar el diamante del otro extremo —dijo Echo—. Quiero que esto sea lo primero que oiga cuando entre en contacto con la materia.

Tuvieron que esperar un buen rato mientras la luz del vacío flotaba por dentro del tubo, pero Echo siguió tocando. En cierto modo, aquella era la culminación de sus días de fervor. El clímax de la sinfonía de locura que había estado componiendo. Al final la luz del vacío tocó el diamante opaco y fue absorbida a su interior. Echo esperó a que hubiera entrado una buena cantidad y entonces Rabeniel abrió el cierre que separaba el recinto del diamante del vacío. Echo abrió esa cámara con un sonido hueco y sacó el diamante. Tenía un leve brillo violeta negruzco. Se fijó en él, mirándolo más de cerca, hasta que…

Sí. Una tenue distorsión del aire que lo rodeaba. Se emocionó mientras se lo entregaba a Rabeniel… que chilló. Echo atrapó el diamante cuando Rabeniel lo soltó. La Fusionada se llevó la mano al pecho, canturreando con violencia.

—Supongo que el sonido no ha sido agradable —dijo Echo.

—Era como el tono que hace la placa —respondió Rabeniel—, pero mil veces peor. Esto es una incorrección. Una vibración que no debería existir.

—A mí me suena exactamente igual que el tono de Odium —dijo Echo.

Dejó la gema en su escritorio junto a la daga que le había dado Rabeniel. La que podía canalizar y transportar luz. Se sentó en la silla a su lado. Rabeniel se reunió con ella, llevando un taburete desde la pared. Contemplaron juntas la pequeña gema que tan errónea parecía.

—Echo —dijo Rabeniel—. Esto… Esto cambia el mundo.

—Lo sé —repuso Echo. Se frotó la frente y suspiró.

—Pareces agotada —comentó Rabeniel.

—Apenas he dormido estos últimos días —reconoció Echo—. La verdad, todo esto es abrumador. Necesito un descanso, Rabeniel. Caminar, pensar, ordenar las ideas y que la sangre vuelva a moverse.

—Adelante —dijo Rabeniel—. Te espero aquí.

Hizo una seña al guardia para que acompañara a Echo y ella se quedó mirando la gema. De hecho, parecía tan obsesionada con el diamante que no reparó en que Echo se llevaba El Ritmo de la Guerra cuando salió al pasillo con el guardia.

Se preparó. Esperando…

Una explosión.

Sacudió el pasillo, golpeando con tal fuerza física que el escolta de Echo saltó sorprendido. Los dos se volvieron para ver el humo que salía a borbotones de la sala que acababan de abandonar. El guardia regresó corriendo, tirando de Echo aferrada por el brazo. Encontraron un caos. El escritorio había explotado y Rabeniel estaba tendida en el suelo. La cara de la Fusionada era una máscara de dolor y su parte delantera estaba hecha trizas, su havah destrozada, el caparazón rayado y partido, la piel de las articulaciones con pedazos de cristal clavados. ¿O eran de diamante? No había recibido mucha metralla en la cabeza, por suerte para ella, aunque manaba sangre naranja de un millar de heridas menores en los brazos y el pecho.

En todo caso, Rabeniel seguía con vida y el plan de Echo había fracasado. Echo había supuesto que, en su ausencia, Rabeniel daría el siguiente paso: intentar mezclar luz del vacío con la nueva luz. La Fusionada decía siempre que esperaba que las luces se esfumaran al entrar en contacto, que se desvanecieran. No esperaba una explosión. Echo había confiado en que, si Rabeniel moría, se retrasaría la corrupción de la torre el tiempo suficiente para que ella pudiera convertir aquella nueva luz en un arma adecuada. Pero no podría ser. La explosión había sido menos fuerte que la que había destruido la sala donde estaban las eruditas, y Rabeniel era mucho más dura que un humano. Una parte traicionera de Echo se alegró de que la Fusionada no hubiera muerto. Rabeniel se incorporó y miró a su alrededor por la biblioteca. Varias estanterías se habían derrumbado y su contenido estaba esparcido por el suelo. La hija de Rabeniel seguía sentada en el mismo sitio, como si ni se hubiera dado cuenta de lo sucedido, a pesar de que tenía cortes en la cara. Su cuidador parecía haber muerto, desplomado de cualquier manera en el suelo, bocabajo. Echo tuvo una punzada de sincera pena por eso.

—¿Qué has hecho? —preguntó Echo—. Dama de los Deseos, ¿qué ha pasado?

Rabeniel parpadeó mientras se levantaba.

—He… puesto el diamante que hemos creado en la empuñadura de la daga y he usado la punta para absorber luz del vacío de otra gema y mezclarlas. Parecía el mejor método para comprobar si las dos luces se anularían entre ellas. Pensaba… que la reacción sería tranquila, como al mezclar agua caliente y fría…

—El agua caliente y la fría no se aniquilan de inmediato entre ellas al entrar en contacto —dijo Echo—. Además, el calor sometido a presión, como la luz en una gema, es un asunto distinto del todo.

—Sí —dijo Rabeniel. Parpadeó varias veces, con aspecto aturdido—. Si utilizas el relámpago de un forma tormenta para encender algo bajo presión, siempre explota. A lo mejor, si la luz y la antiluz del vacío se encontraran al aire libre, no habría más que un pequeño reventón. Pero estas estaban dentro de una gema. Me he comportado con una estupidez suprema.

Otros Fusionados, Profundos, llegaron fundidos a través de las paredes para ver qué había ocurrido. Rabeniel los despidió con un gesto mientras sus heridas sanaban por el poder de su luz del vacío interna. Los Profundos se llevaron al siervo, que por suerte se movió cuando lo recogieron del suelo. El escritorio estaba hecho pedazos y la pared marcada por una negra cicatriz. Echo olió a humo y vio que aún había partes de la mesa ardiendo. Por lo tanto, la explosión había liberado calor, no solo presión. Rabeniel metió prisa al guardia y a los demás Fusionados para que se marcharan y se puso a rebuscar entre los restos del escritorio.

—No queda nada de la daga —dijo Rabeniel—. Otro bochorno que debo sufrir, el de perder un arma tan valiosa. Tengo más, pero en algún momento tendré que sacarte de esta sala y hacer que la registren a fondo en busca de cualquier traza de raysio. Quizá podamos fundirlo y forjar la daga de nuevo.

Echo asintió.

—De momento —dijo Rabeniel—, me gustaría que me hicieras otra gema llena de esa antiluz del vacío.

—¿Ahora? —preguntó Echo.

—Si no te importa.

—¿No quieres cambiarte de ropa? —dijo Echo—. O que alguien te saque las esquirlas de cristal de la piel.

—No —respondió Rabeniel—. Lo que deseo es ver este proceso otra vez. Si no te importa, Echo.

Lo dijo a un ritmo que indicaba que eso era lo que iba a suceder, le «importara» a ella o no. Así que Echo preparó la cámara de vacío, que por suerte había estado detrás de Rabeniel, a cubierto de lo peor del impacto. Mientras Echo trabajaba, Rabeniel envió a alguien a traerle otra daga mataheraldos. ¿Para qué la querría?

Seguro que no iban a mezclar las luces después de lo que había pasado. Notando como una nube de mal agüero pendiendo encima de ella, Echo repitió su experimento, pero en esa ocasión rellenó un poco menos la gema, por si acaso, antes de retirarla y sostenerla en alto. Rabeniel la tomó y, aunque esa vez no la soltó, sí que hizo una mueca.

—Qué extraña es —dijo.

La colocó en su segunda daga. Entonces retiró un tornillo y sacó la pieza de metal alargada que recorría el centro del arma. Echo reparó en que tenía puntas y agujeros para el tornillo en los dos extremos mientras Rabeniel le daba la vuelta y volvía a colocarla.

—¿Es para que la antiluz del vacío fluya fuera de la gema a lo largo de la hoja? —preguntó Echo—. ¿En vez de absorber lo que toque?

—Exacto —dijo Rabeniel—. Quizá deberías ponerte a cubierto.

Y entonces dio media vuelta, cruzó la sala y apuñaló a su hija en el pecho.

Echo se quedó demasiado patidifusa para moverse. Se quedó allí entre los escombros, boquiabierta mientras Rabeniel se alzaba sobre la otra Fusionada, empujando el arma más adentro. La Fusionada más joven empezó a tener espasmos y Rabeniel la sostuvo, clavando despiadada el arma en la carne de su hija.

No hubo explosión. La luz del vacío de la Fusionada no estaba sometida a presión como en una gema, tal vez. Hubo un hedor a carne quemada y la piel se llenó de ampollas alrededor de la herida. La Fusionada más joven tembló y chilló, asiendo el brazo de su madre con las garras de una mano. Entonces los ojos se le pusieron lechosos, como de mármol blanco. Se quedó flácida y Echo creyó ver algo que escapaba de sus labios. ¿Humo? Como si todas sus entrañas hubieran ardido.

Rabeniel sacó la daga y la tiró a un lado como si fuese basura.

Acunó el cuerpo de su hija, apretó su frente contra la del cadáver, abrazándola y meciéndola adelante y atrás. Echo se acercó, escuchando el ritmo afligido de Rabeniel. Aunque la coleta de mechones de Rabeniel le caía alrededor de la cara, Echo vio lágrimas surcando sus mejillas rojas y negras. No estaba segura de haber visto llorar a un cantor nunca antes. Aquello no había sido un acto despiadado en absoluto. Había sido otra cosa.

—La has matado —susurró Echo.

Rabeniel siguió meciendo el cadáver, abrazándose más a él, temblando mientras canturreaba.

—Elithanathile —dijo Echo, pronunciando el décimo nombre del Todopoderoso—. La has matado para siempre, ¿verdad?

—No más renacimientos —susurró Rabeniel—. No más Retornos. Libre por fin, mi niña. Libre.

Echo se llevó la mano al pecho. Aquel dolor… le era conocido. Era como ella se había sentido al saber de la muerte de Finn a manos del hombre del puente traidor. Pero aquella muerte la había ejecutado Rabeniel. ¡Había matado a su hija ella misma! Pero… ¿la verdadera muerte no habría tenido lugar hacía mucho tiempo? ¿Hacía siglos? ¿Cómo debía de haber sido vivir con una hija cuyo cuerpo regresaba una y otra vez a la vida mucho después de que su mente la hubiera abandonado?

—Para eso la querías —dijo Echo, arrodillándose al lado de las dos—. Tu dios insinuó que la antiluz del vacío era posible y tú sospechaste lo que haría. Conquistaste la torre, me apresaste y me empujaste a mí a trabajar, y es muy posible que retrasaras la corrupción del Hermano. Porque esperabas encontrar esta antiluz del vacío. No porque buscaras un arma contra Odium, sino porque querías tener piedad con tu hija.

—Nunca podríamos crear la suficiente de esta antiluz para amenazar a Odium —susurró Rabeniel—. Eso era otra mentira, Echo. Lo siento. Pero tú tomaste mi sueño y lo has cumplido. Después de que yo renunciara a él, tú insististe. Cabría haber pensado que sería el ser inmortal quien siguiera persiguiendo una idea hasta el final, pero lo has hecho tú.

Echo se puso las manos en el regazo, aún arrodillada, con la impresión de que acababa de presenciar algo demasiado íntimo.

Dejó tiempo a Rabeniel para llorar la muerte de su hija.

Los Fusionados sentían el duelo. Los destructores inmortales, los enemigos míticos de toda vida, sentían el duelo. El padecimiento de Rabeniel parecía idéntico al de una madre humana que hubiera perdido a su hijo. Al cabo de un tiempo, Rabeniel dejó el cuerpo en el suelo y cubrió la herida con una tela que se sacó del bolsillo. Se secó los ojos, se levantó y llamó al guardia para que trajera a varios sirvientes.

—Y ahora, ¿qué? —le preguntó Echo.

—Ahora me aseguraré de que su muerte sea permanente de verdad —dijo Rabeniel—, comunicándome con las almas de Braize. Si Essu en efecto ha tenido una muerte definitiva, sabremos que tú y yo hemos cumplido nuestro objetivo. Y…

Calló un momento y luego canturreó un ritmo.

—¿Qué? —preguntó Echo.

—Nuestro cuaderno.

Rabeniel lo miró donde reposaba en el suelo. Echo lo había dejado allí mientras creaba la segunda gema de antiluz del vacío. Rabeniel canturreó a un ritmo distinto mientras entraban los sirvientes y les dio unas órdenes cortantes. Ordenó a varios incinerar el cadáver de su hija y enviar honores y las cenizas a la familia que había donado el cuerpo para ella. Hizo que otros recogieran el tubo de vacío y las planchas de metal de los experimentos de Echo. Echo se adelantó para detenerlos, pero Rabeniel se lo impidió con una mano tranquila pero firme. La Fusionada cogió el cuaderno de los dedos de Echo.

—Me ocuparé de que te hagan una copia —prometió a Echo—. Pero de momento, lo necesito para recrear tu trabajo.

—Ya has visto cómo lo he hecho, Rabeniel.

—Sí, pero necesito crear una plancha nueva, un tono nuevo. Para la luz tormentosa.

Echo intentó zafarse, pero la presa de Rabeniel era firme.

Canturreó un ritmo peligroso y obligó a Echo a mirarla a los ojos.

Unos ojos que habían estado sollozando pero habían pasado a ser firmes e inflexibles.

—En eso quedan tus palabras sobre trabajar juntas —dijo Echo—. Y hasta te has atrevido a sugerir que me equivocaba al intentar ocultarte cosas.

—De veras voy a poner fin a la guerra —replicó Rabeniel—. Esa es la promesa que cumpliré, pues hoy hemos descubierto los medios para hacerlo. Por fin. Una manera de garantizar que los Radiantes ya no puedan luchar más. Funcionan igual que los Fusionados, ¿sabes? Si matamos al humano, otro Radiante nacerá. La lucha deviene eterna, ambos bandos inmortales. Hoy acabamos con eso. He mantenido con vida a los Radiantes de la torre con un motivo. La antiluz tormentosa necesitará sujetos de prueba.

—No puedes estar sugiriendo… —dijo Echo—. No te refieres a…

—Hoy es un día trascendental —prosiguió Rabeniel, soltándola y echando a andar detrás de los sirvientes que se llevaban el equipo de Echo—. Hoy es el día en que hemos descubierto la forma de destruir a los spren Radiantes. Te haré saber los resultados de la prueba.

FIN

Cuarta parte