I-10. HESINA
Hesina hizo una breve anotación en su libreta, arrodillada sobre un mapa que había desplegado en el suelo. El botín que había llevado Rlain incluía cinco mapas de Alezkar, de diferentes principados. El de Sadeas estaba entre ellos, con notas sobre situación de las tropas cantoras en ciertas ciudades y todo lo demás que habían visto los exploradores en sus reconocimientos de la zona. No había caído en la cuenta hasta entonces de que debería comprobar cómo estaba Tomat. Junto a la ciudad había varios párrafos largos de observaciones, escritas por Kara la Corredora del Viento. Los cantores estaban reparando la muralla de la ciudad, lo cual ya era increíble por sí mismo. Tenía una sección derrumbada desde… ¿cuándo, desde los tiempos de su abuelo? El infame Hueco ya no estaría si Hesina visitaba su ciudad natal algún día.
No encontró detalles sobre los habitantes de la ciudad, pero no era de extrañar. Los Corredores del Viento no habían podido acercarse mucho, al fin y al cabo. Por lo menos no había informes de casas quemadas, como en algunas otras ciudades. Parecía que Tomat se había rendido sin demasiada resistencia, lo que era un buen augurio para la tasa de supervivencia local. Hesina copió hasta el último dato en su cuaderno y luego alzó la mirada cuando Lirin entró en el quirófano separado de la cámara general. Dejó que las sábanas se cerraran con un frufrú de tela. Había estado estudiando la enorme maqueta de Urithiru que había al fondo de la enfermería.
—¿Has encontrado Tomat? —preguntó Lirin, ajustándose los anteojos e inclinándose junto a ella—. Anda, sí. ¿Alguna cosa útil?
—No demasiado —dijo ella—. Las notas son parecidas a las de otras ciudades.
—Bueno, supongo que lo sabríamos si tu padre hubiera muerto —dijo Lirin, enderezándose para coger unos vendajes del mostrador.
—¿Y eso?
—Porque estaría acosándome, claro —respondió Lirin—. Viviría como una sombra en las tormentas, clamando por mi sangre. Dado que no he oído nada, debo suponer que el viejo monstruo sigue con vida.
Hesina enrolló el mapa y clavó en su marido una mirada fija, que él recibió con una sonrisa y un brillo en los ojos.
—Han pasado veinticinco años —dijo Hesina—. Puede que su actitud hacia ti se haya ablandado a estas alturas.
—La piedra no se ablanda con el tiempo, querida —respondió Lirin—. Solo se vuelve frágil. Creo que antes veríamos un chull volando que a tu padre ablandándose. —Debió de darse cuenta de que el tema la preocupaba de verdad, porque dejó las bromas—. Seguro que está bien, Hesina. Algunos hombres son demasiado huraños para que los afecte algo tan prosaico como una invasión.
—No renunciaría a su negocio por las buenas, Lirin. Es tozudo como un ojos claros. Seguro que ordenaría a sus guardias que lucharan, hasta cuando todos los demás se hubieran rendido.
Lirin volvió a su trabajo y, tras una breve pausa, dijo:
—Seguro que está bien.
—Estás pensando que, si empuñó una espada, se merecía lo que le pasara —dijo Hesina.
Y su padre desde luego empuñaría una espada. Bajo un escrito especial de indulgencia concedido por el consistor, que incluso tres décadas antes ya estaba acostumbrado a hacer todo lo que el padre de Hesina insistía con malas artes en que hiciera. Ella solo había conocido a un hombre que se hubiera atrevido a desafiarlo.
—Estoy pensando —dijo Lirin— que mi esposa necesita un marido que la apoye, no uno petulante.
—¿Y nuestra hija? —preguntó Hesina—. ¿Qué versión de ti merece?
Lirin se tensó, con los vendajes en las manos delante de él. Hesina se volvió, intentando contener sus emociones. No había querido ser tan brusca con él, pero… bueno, supuso que no lo había perdonado por ahuyentar a Raven. Lirin se acercó en silencio y se sentó en el suelo a su lado, dejando los vendajes. Entonces levantó las manos.
—¿Qué quieres de mí, Hesina? ¿Quieres que renuncie a mis convicciones?
—Quiero —dijo ella— que aprecies a la hija increíble que tienes.
—Se suponía que debía ser mejor que esto. Se suponía que debía ser mejor que… que yo.
—Lirin —dijo Hesina en voz baja—, no puedes seguir culpándote por la muerte de Tien.
—¿Estaría muerto si yo no me hubiera pasado todos esos años desafiando a Roshone? ¿Si no hubiera buscado pelea?
—No podemos cambiar el pasado. Pero como sigas así, vas a perder a otro hijo.
Él levantó la mirada y luego la apartó enseguida de los ojos fríos y fijos de Hesina.
—No habría dejado que muriera —dijo Lirin—. Si no hubieran decidido rescatar a esa Danzante del Filo, habría ido con Raven como me pedían.
—Ya lo sé. Pero ¿te habrías empeñado en traerla aquí?
—Puede. Quizá necesitara cuidados prolongados, Hesina. ¿No habría sido mejor traerla aquí, donde puedo observarla? Mejor que dejarla marchar para librar una batalla imposible, haciendo que los maten a ella y a otros en esta guerra absurda.
—¿Y habrías hecho lo mismo con otro soldado? —insistió ella—. Pongamos que no fuera tu hija la herida. ¿Habrías traído aquí a esa otra chica, a riesgo de que la encarcelaran o quizá la ejecutaran? Has curado a soldados otras veces y los has enviado de vuelta al combate. Esa ha sido siempre tu convicción: tratar a cualquiera, sin condiciones, sin importar las circunstancias.
—A lo mejor tengo que replantearme esa actitud —dijo él—. Además, Raven me ha dicho muchas veces que ya no es mi hija.
—Estupendo. Me alegro de que hayamos charlado para poder convencerte de que te pongas más tozudo. Veo que tus ideas y tus sentimientos sobre este tema están evolucionando… y como eres tú, van en la dirección equivocada por completo.
Lirin suspiró. Se levantó, recogió el montón de vendas y se volvió para salir de su recinto.
Tormentas, Hesina aún no había terminado con él. Se levantó, sorprendida de lo profunda que era su frustración.
—Ni se te ocurra marcharte —espetó, haciendo que Lirin parara junto a las sábanas.
—Hesina —dijo él con tono cansado—, ¿qué quieres de mí?
Ella fue hacia él con paso firme, señalando.
—Lo abandoné todo por ti, Lirin. ¿Sabes por qué?
—¿Porque creías en mí?
—Porque te amaba. Y aún te amo.
—El amor no puede cambiar las realidades de nuestra situación.
—No, pero sí que puede cambiar a la gente. —Le cogió la mano, no tanto en un gesto reconfortante como en una exigencia de que se quedara allí con ella, para afrontar aquello juntos—. Sé lo agobiado que estás. A mí también me pasa; siento como si me fuera a aplastar. Pero no pienso dejar que continúes fingiendo que Raven no es tu hija.
—La hija a la que crie nunca habría cometido un asesinato en mi quirófano.
—Tu hija es una soldado, Lirin. Una soldado que heredó de su padre la determinación, la habilidad y la compasión. Sé sincero conmigo. ¿A quién preferirías tener ahí fuera luchando? ¿A una asesina enloquecida que disfruta con lo que hace o a la chica a la que enseñaste a que le importe?
Lirin vaciló un momento y luego abrió la boca.
—Y antes de que digas que no quieres que nadie luche —se adelantó Hesina—, ten muy claro que te echaré en cara esa mentira. Los dos sabemos que has reconocido que la gente tiene que pelear a veces. Es solo que no quieres que lo haga tu hija, a pesar de que seguramente es la mejor persona a la que podríamos haber elegido.
—Está claro que ya sabes las respuestas que quieres de mí —dijo Lirin—, así que ¿para qué molestarme en hablar?
Hesina gimió y echó la cabeza atrás.
—¡Qué tormentosamente frustrante puedes ser!
En respuesta, Lirin le dio un apretón suave en la mano.
—Lo siento —dijo en voz más baja—. Intentaré escuchar mejor, Hesina. Lo prometo.
—No solo escuches mejor —respondió ella, sacándolo de su apartado y haciendo un gesto hacia la cámara más grande—. Mira mejor. Observa. ¿Qué ves?
El lugar estaba lleno de humanos ajetreados que querían cuidar de los Radiantes. Hesina había establecido unos turnos rotatorios para que todo el mundo pudiera hacerlo. Bajo la mirada de dos vigilantes regios en forma tormenta había gente de todas las etnias, vestida con toda clase de ropa, moviéndose entre los Radiantes comatosos. Administrando agua, cambiando sábanas, cepillando pelo. Hesina y Lirin tenían un grupo más selecto, formado sobre todo por fervorosos, para los asuntos delicados como lavar a los pacientes, pero los cuidadores que había ese día eran habitantes normales de la torre. En su mayoría eran ojos oscuros, y todos ellos llevaban un glifo shash como el de Raven pintado en la frente.
—¿Qué ves? —susurró de nuevo Hesina a Lirin.
—¿La verdad?
—Sí.
—Veo a necios que se niegan a aceptar la verdad —dijo él—. Resistiendo, cuando solo conseguirán que los aplasten.
Hesina oyó las palabras que su marido había dejado sin pronunciar: «Como a mí».
Lo llevó del brazo a un lado de la cámara, donde había un hombre con un solo brazo sentado en un taburete, pintando el glifo en la cabeza de una niña pequeña. La chica salió corriendo a hacer su tarea mientras llegaban Lirin y Hesina. El hombre se levantó con respeto. Llevaba barba, una camisa abotonada y pantalones, y tenía tres lunares en la mejilla. Saludó con la cabeza a Hesina y Lirin. Casi una inclinación. La hizo bajar tanto como podía sin provocar una reacción en los guardias Fusionados, a quienes no gustaban tales señales de respeto hacia otros humanos.
—Te conozco —dijo Lirin, mirando al hombre con los ojos entornados—. Eres de los refugiados que llegaron a Piedralar.
—Me llamo Noril, señor —respondió el hombre—. Me enviaste con los fervorosos, para que me tuvieran vigilado por si intentaba suicidarme. Gracias por intentar ayudar.
—Bueno —dijo Lirin—, parece que estás mejor.
—Depende del día, señor. Pero diría que estoy mejor que cuando nos conocimos.
Lirin lanzó una mirada a Hesina, que le apretó la mano y señaló con el mentón la frente de Noril y el glifo.
—¿Por qué llevas eso en la frente? —preguntó Lirin.
—Para honrar a Bendita por la Tormenta, que todavía lucha. —Noril asintió como para sí mismo—. Estaré preparado cuando me llame, señor.
—¿No captas la ironía que hay en eso? —preguntó Lirin—. Fue luchar en tu tierra natal lo que hizo que huyeras y, por tanto, que te metieras en todos los problemas que has afrontado. La lucha te lo arrebató todo. Si la gente dejara de una vez esta tontería, yo tendría que atender a muchos menos hombres con una conmoción de batalla como la tuya.
Noril se sentó en su taburete, se puso su taza de pintura negra entre las rodillas y usó un dedo para removerla.
—Supongo que tienes razón, señor. No puedo discutir con un cirujano sobre las tonterías que hacemos. Pero señor, ¿sabes por qué me levanto cada mañana?
Lirin negó con la cabeza.
—Es difícil a veces —dijo Noril mientras seguía removiendo—. Despertar significa abandonar la nada, ¿sabes? Recordar el dolor. Pero entonces pienso: «Bueno, ella se levanta».
—¿Te refieres a Raven? —preguntó Lirin.
—Sí, señor. Ella también tiene el hueco, tan grande como el mío. Lo veo en ella. Lo vemos todos. Pero se levanta de todas formas. Estamos atrapados aquí y todos queremos hacer algo para ayudar. No podemos, pero de alguna manera ella sí.
»Y en fin, he oído las charlas de los fervorosos. Me han examinado y hecho pruebas. Me han encerrado en la oscuridad. Nada de eso funcionó tan bien como saber esa única cosa, señor. Que ella, aun así, se levanta. Aun así, lucha. Así que supongo… supongo que yo también puedo.
Hesina apretó de nuevo la mano de Lirin y se lo llevó mientras daba las gracias a Noril con una sonrisa.
—Quieres que reconozca —susurró Lirin— que lo que hace Raven está ayudando a ese hombre donde mis tratamientos de cirujano no habrían servido de nada.
—Has dicho que escucharías —respondió ella—. ¿Me preguntabas qué quiero de ti? Quiero que hables con ellos, Lirin. Con la gente de esta sala. No los desafíes. No discutas con ellos. Solo pregúntales por qué llevan ese glifo. Y tienes que verlos, Lirin. Por favor.
Lo dejó allí y volvió a sus mapas. Confiando en él, en el hombre que sabía que era.
