I-12. VULNERABLE

Gustus había renunciado a ser listo.

Parecía que cuanto más tiempo vivía, menos variaba su inteligencia de un día para otro. Y cuando sí variaba, daba la impresión de descender sin tregua. Hacia la estupidez. Hacia el sentimentalismo. Sus días «listos» de los últimos tiempos habrían sido intermedios solo unos meses antes.

Tenía que actuar de todos modos.

No podía permitirse esperar a que llegara la inteligencia. El mundo no podía permitirse esperar a los caprichos de su situación. Por desgracia, Gustus no sabía cómo proceder. Había fracasado en su intento de reclutar a Octavia, y Gustus ya era demasiado estúpido para manipular a esa mujer. Había empezado a escribir una docena de cartas a Bellamy y las había hecho pedazos todas. Las palabras precisas. Bellamy solo respondería a las palabras precisas. Además, cualquier cosa que escribiese Gustus le parecía demasiado riesgo para Kharbranth. No podía sacrificar su hogar. No podía.

Y lo peor era que cada día encontraba que el tiempo se le escapaba más y más deprisa. Podía despertar de una cabezadita en su butaca y que hubiera pasado todo el día. Por lo general era el dolor lo que lo despertaba.

No era solo que estuviera viejo. No era solo que estuviera débil.

Aquello era peor.

Ese día Gustus se obligó a moverse para no quedarse dormido otra vez. Renqueó por la prisión que era aquella casa. Puso todo su empeño en pensar. ¡Tenía que haber una solución!

«Ve a ver a Bellamy —lo urgió una parte de él—. No le escribas. Habla con él.» ¿De verdad estaba esperando a pensar en las palabras precisas o había otro motivo para que lo pospusiera? Un desapego voluntario de la verdad. La versión un poco más lista de Gustus no quería que contara nada de aquello al Espina Negra.

Fue hacia el pequeño cuarto de baño de la planta baja mientras pasaba páginas de su cuaderno, contemplando centenares de notas e ideas tachadas. La respuesta estaba allí. Podía sentirlo. Era frustrante saber lo listo que podía llegar a ser y estar viviendo por debajo de esa capacidad la mayor parte del tiempo. Los demás no comprendían la inteligencia y la estupidez. Daban por sentado quelos estúpidos eran de algún modo menos humanos, menos capaces de tomar decisiones o hacer planes. No era así en absoluto. Gustus podía planificar, era solo que necesitaba tiempo. Podía recordar cosas, si tenía ocasión de grabárselas a fuego en el cerebro. En parte ser inteligente, por lo que él había visto, consistía más en la rapidez que en la capacidad. En eso y en la retentiva. Cuando creó los problemas para comprobar su inteligencia diaria tuvo en cuenta esas dinámicas, de modo que las pruebas incluían medidas de con qué rapidez resolvía los problemas y cómo de bien recordaba las ecuaciones y los principios necesarios para hacerlo. En esos momentos no tenía nada de esa capacidad, pero tampoco necesitaba nada. La respuesta estaba allí, en el cuaderno. Se sentó en el taburete dentro del cuarto de baño, demasiado cansado para llevárselo a ninguna parte, y siguió pasando páginas. Gustus contaba con una gran ventaja sobre casi todos los demás. El resto, fuesen tontos o listos, tendían a sobrestimar sus aptitudes. Gustus no. Él sabía exactamente cómo se sentía uno siendo tanto inteligente como estúpido. Eso podía aprovecharlo. Debía aprovecharlo. Debía usar toda ventaja que tuviera. Debía crear un plan tan atrevido como el Diagrama, y hacerlo sin los dones que le había concedido Cultivación.

El plan de un hombre, no de un dios.

Se devanó los sesos pensando en cualquier referencia que pudiera haber en el Diagrama a Sangre Nocturna, la espada. Pero no había nada. La espada no la habían anticipado. Aun así, Gustus había recibido el informe de los agentes a los que había enviado a investigarla, entrevistándose con uno de sus antiguos portadores. Gustus sacó trocitos de ese informe de los recovecos de su mente y los apuntó en una página en blanco de su cuaderno.

«La espada se alimenta de la esencia que compone todas las cosas —escribió, a la luz de una sola esfera de rubí—. Extraerá la luz tormentosa con ansia, dándose un festín. Pero si no hay luz tormentosa, se alimentará de la misma alma.» El agente había mencionado que Sangre Nocturna funcionaba como un larkin, esos animales que podían alimentarse de Investidura.

¿Qué más sabía? ¿Qué otras pistas podía darse a sí mismo?

«Odium tiene una inteligencia muy aumentada —escribió—. Puede estar en muchos sitios a la vez y gobernar los elementos. Pero siente de la misma manera que un humano. Es posible engañarlo. Y parece tener un… yo central, una persona en su núcleo.»

Octavia se había negado a escuchar a Gustus. Pero sí que había acudido cuando Gustus había sembrado el aliciente adecuado allí fuera, en el mundo. Así que Gustus quizá no tuviera que provocar que Octavia hiciera más que aparecer en el mismo lugar que Odium. La asesina shin era temeraria e inestable. Seguro que Octavia atacaría a Odium si viese manifestarse al dios.

«Pero ¿cómo? ¿Cómo puedo hacer que coincidan en el momento justo?»

Gustus suspiró con la cabeza palpitando de dolor. Miró el pequeño espejo de mano que había colocado en el lavabo. La esfera de rubí con la que se iluminaba se reflejaba en el espejo. Pero su cara no se reflejaba. En vez de ella, vio una silueta sombría, femenina, de cabello negro largo y ondulado. La figura entera era una sombra, sus ojos como agujeros blancos hacia la nada. Gustus parpadeó muy despacio y entonces empezó a temblar de miedo. Tormentas.

Tormentas.

Intentó recobrar la compostura y dominar sus emociones. Lo más seguro era que hubiera corrido a esconderse si tuviera fuerzas. En aquel caso, su cuerpo debilitado lo favoreció al obligarlo a quedarse allí sentado hasta que pudiera controlarse.

—Eh… Hola, Sja-anat —logró decir por fin—. No sabía que hubiera ninguno de los Des… Deshechos aquí.

¿Qué te pasa?, preguntó una voz en su mente, retorcida y distorsionada, como una decena de voces superpuestas. ¿Qué te ha ocurrido?

—Así es como me pongo a veces. Es… culpa de la Vigilante Nocturna.

No, de la otra. La diosa. Ha tocado a tres que yo sepa. La niña. El general. Y tú. La Antigua Magia… la Vigilante Nocturna… Empiezo a preguntarme si era todo una fachada durante estos siglos. Una forma para ella de atraer en secreto a las personas a quienes quería tocar. Ha estado jugando a un juego mucho más sutil de lo que Odium se ha dado cuenta. ¿Por qué acudiste a ella? ¿Qué pediste?

—La capacidad de detener lo que estaba por llegar —dijo él.

Estaba demasiado asustado para mentir. Ni siquiera su yo listo había querido enfrentarse a uno de aquellos seres.

Ella planta muchas semillas, dijo Sja-anat. ¿Podrás hacerlo? ¿Puedes detener lo que está por llegar?

—No lo sé —susurró Gustus—. ¿Es posible detener eso? ¿Es posible… detenerlo a él?

No estoy segura. El poder que lo respalda es fuerte, pero su mente está expuesta. La mente y el poder tienen objetivos distintos. Eso lo deja… no débil, pero sí vulnerable.

—Me he preguntado —dijo Gustus, con una mirada a su cuaderno— si estará jugando conmigo ahora mismo. Doy por sentado que mira por encima de mi hombro todo lo que escribo.

No. Él no está en todas partes. Su poder sí, pero él no. Existen límites, y sus ojos vacíospren temen acercarse demasiado a un Forjador de Vínculos.

Había algo llamando la atención de Gustus a través del miedo y la confusión. Sja-anat… hablaba como si pretendiera que Odium cayese. ¿No había algo en el Diagrama al respecto? Intentó recordar.

Tormentas. ¿Estaría la Deshecha intentando engañarlo para que confesara? ¿Debería quedarse callado y no decir nada?

No. Tenía que intentarlo.

—Necesito una forma de atraer a Odium hacia mí —dijo Gustus—. En el momento adecuado.

Me encargaré de que se te entreguen gemas con dos hijos míos dentro, prometió ella. Odium los busca. Me vigila, convencido de que cometeré un error y revelaré mis verdaderas intenciones. Estamos Conectados, de modo que la aparición de mis hijos le llamará la atención. Buena suerte, humano, cuando él llegue. Tú no estás protegido de él como muchos otros de este mundo. Has hecho tratos que te excluyen de tal seguridad.

Sja-anat desapareció del espejo y Gustus se encorvó y tembló mientras seguía escribiendo.