QUINTA PARTE

CONOCER UN HOGAR DE CANCIONES LLAMADO "NUESTRA CARGA"

98. UN COLOR MALSANO

Tengo ganas de gobernar a los humanos.

Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales

Para Bellamy, el olor a humo iba inextricablemente unido al de la sangre. Le costaría contar la cantidad de veces que había dado ese mismo largo paseo por un campo de batalla reciente. Tenía por costumbre realizar una especie de autopsia del enfrentamiento inspeccionando sus consecuencias. Era posible leer los movimientos de tropas en cómo habían caído los muertos. Aquellas franjas de cantores indicaban un frente que se había roto dejando paso al caos. Los cadáveres humanos amontonados contra el ancho río revelaban que el enemigo había utilizado el agua, ya lenta unos días después de la última tormenta, para empujar una compañía entera a mal terreno. Los cuerpos con flechas clavadas por delante narraban los primeros envites de la batalla, y las flechas por detrás los últimos, cuando los soldados se venían abajo y huían. Bellamy pasó junto a muchos cadáveres de los que sobresalían flechas que llevaban blancas plumas de «ganso», un tipo de emplumado que los Comecuernos habían entregado en lotes para colaborar en el esfuerzo bélico. La sangre fluía por el campo de batalla, buscando pequeñas grietas en la piedra, lugares donde el agua de lluvia había dejado su marca. Allí la sangre era más naranja que roja, pero las dos se mezclaban en un color malsano, el rojo deslavazado de una fruta methi podrida. El humo impregnaba el aire. En un campo de batalla tan internado en territorio enemigo, los muertos se quemaban allí mismo y solo se enviaba de vuelta a los oficiales, ya convertidos en estatuas por moldeado de almas. Los cuerpos humanos y cantores olían igual cuando ardían, un hedor que siempre molestaría a Bellamy por un campo de batalla concreto. Una ciudad concreta. Una cicatriz abrasada que era la marca de su mayor fracaso, de su mayor vergüenza. Había grupos fúnebres moviéndose entre los muertos, cortando parches de los uniformes con solemnidad, ya que en teoría llevaban detrás el nombre del soldado escrito en tinta por la escriba de intendencia. A veces no ocurría. O a veces la escritura se echaba a perder en la lucha. Esas familias pasarían el resto de sus vidas sin poder pasar página. Sabiéndolo, pero preguntándoselo de todos modos.

Sin perder del todo la esperanza.

Caminando entre los muertos, Bellamy no pudo evitar oír la voz de Gustus, terrible pero inquietantemente lógica. Había una manera de que la guerra terminara. Lo único que tenía que hacer Bellamy era dejar de luchar. Aún no estaba preparado para hacerlo, pero podría suceder. Todo general sabía que alguna vez llegaba el momento de bajar la punta de la espada y entregársela al enemigo con la cabeza inclinada. La rendición era una táctica válida cuando el objetivo era la preservación de un pueblo, porque superado cierto punto, seguir luchando perjudicaba ese objetivo. Podía confiar en que los Fusionados no pretendían la extinción. Odium, en cambio… En él no podía confiar. Algo decía a Bellamy que el antiguo dios de la humanidad, abandonado largo tiempo atrás, no contemplaría ese campo de batalla con el mismo pesar que Bellamy.

Terminó su lúgubre análisis, con Octavia a su lado como siempre.

También lo acompañaban varios generales azishianos, todos ellos recién condecorados por su valor en esa batalla. Y dos líderes emuli, que eran arqueros. Era sorprendente que para el ejército emuli el tiro con arco fuese la vocación más elevada. Bellamy sabía manejar el arma, pero nunca la había considerado de las más regias. Allí reverenciaban los arcos. Bellamy controlaba sus reacciones con sumo cuidado en presencia de los generales de la región. No quería que vieran lo mucho que aborrecía las muertes. Un comandante no podía permitirse aborrecer el trabajo que emprendía. Los generales no eran malos hombres por enorgullecerse de su victoria, ni por disfrutar de la táctica y la estrategia. Las fuerzas de Bellamy no llegarían muy lejos si pusieran a pacifistas como generales de campo. Pero tormentas… desde que había conquistado la Emoción y la había enviado a hundirse en las profundidades del océano, se había descubierto a sí mismo renegando de aquellos olores, de aquellas vistas. Ese estaba convirtiéndose en su secreto mejor guardado: que el Espina Negra por fin era lo que los hombres lo habían acusado de ser durante años. Un soldado que había perdido la voluntad de matar. Bellamy se desvió, dejando atrás a los muertos, hacia compañías victoriosas que se daban un festín a la misma sombra de su carnicería. Les fue dando la enhorabuena, actuando como el mascarón de proa que había hecho de sí mismo. De todos los que vio, solo el Visón pareció darse cuenta de la verdad. Era uno de los motivos por los que Bellamy se había esforzado tanto en encontrar su reemplazo. El herdaziano de corta estatura echó a andar detrás de Bellamy.

—La guerra en Emul está terminada después de esta batalla —dijo el Visón—. El resto será limpiar. A menos que el enemigo destine a sus tropas de aquí unos recursos ingentes, y eso sería un desperdicio enorme a estas alturas, dominaremos Emul antes de un mes.

—El enemigo se ha deshecho del país —dijo Bellamy.

—Yo no diría tanto —respondió el Visón—. Han luchado. Querían resistir. Pero también sabían que no podían desplazar recursos desde Jah Keved ahora mismo. Si lo hacían, se arriesgaban a desestabilizar la zona y quizá a que la conquistáramos en los próximos meses.

»Nos conviene que el enemigo quiera ocupar y gobernar, no solo destruir. Porque podrían habernos echado encima lo suficiente para acabar con nosotros en este frente, pero eso habría dejado mutilados sus avances en los demás. Tal y como están las cosas, sabían la cantidad exacta de tropas que desplegar en Emul para tentarnos a traer una fuerza lo bastante grande, pero también sabían cómo minimizar pérdidas si la batalla se volvía en su contra.

—Has sido de muchísima ayuda —dijo Bellamy.

—Tú recuerda tu promesa. Alezkar a continuación, y luego Herdaz.

—Urithiru antes que ambas —dijo Bellamy—. Pero tienes mi palabra. No habrá operaciones contra los iriali ni intentos de tomar Jah Keved hasta que tu pueblo sea libre.

Lo más probable era que el Visón no necesitara la promesa. Era un hombre astuto y no le habría costado esfuerzo darse cuenta de que, si Bellamy alguna vez recuperaba Alezkar, sería lo mejor que podía ocurrir a favor de la eventual reconquista de su propia tierra natal. Al pasar Jah Keved al enemigo, la importancia táctica de Herdaz se había disparado. El Visón se despidió para ir a festejar el final de la batalla con su unidad personal de rebeldes herdazianos. Bellamy terminó en la pequeña tienda de mando junto a una copa llena de rubíes. ¿La luz no podría haber sido de un color distinto?

Tormentas. Hacía mucho tiempo ya que una batalla no lo alteraba tanto como aquella.

«Es como si fuese a la deriva en el océano —pensó—. Hoy hemos ganado, pero Echo sigue atrapada.» Si no podía reconquistar Urithiru, todo se vendría abajo. Perder la torre era un contratiempo enorme de cara a su verdadero objetivo: asustar lo suficiente a Odium para que se viera obligado a hacer un trato.

Así que se levantó de un salto, aliviado, cuando entró Wallace el Corredor del Viento acompañado por dos miembros de su equipo y por Sidéreo el Tejedor de Luz, un hombre bien parecido con complexión de soldado y sonrisa fácil. El nombre era pasarse un poco, y Bellamy dudaba mucho que se lo hubieran puesto al nacer, pero tenía reputación de simpático y desde luego las mujeres ojos claros de la corte parecían tener buena opinión de él. Como los demás Tejedores de Luz, se negaba a llevar uniforme. El hombre aducía algo sobre que no le parecía bien volver a ponérselo. Y de hecho, se inclinó ante Bellamy en vez de hacerle el saludo marcial.

—Dame buenas noticias, Radiante Wallace —dijo Bellamy—. Por favor.

—¿Sidéreo? —delegó Wallace.

—Cómo no.

Sidéreo absorbió luz tormentosa de un saquito que llevaba al cinto. Empezó a pintar con los dedos en el aire. Cada uno de ellos lo hacía a su manera. Lexa había explicado a Bellamy que todos necesitaban una especie de foco para poner en práctica su potenciación. El de ella eran los dibujos a lápiz. Sidéreo parecía tener un método distinto, algo más similar a la pintura. El tejido de luz creó una vista desde el cielo, un paisaje costero. Había un ejército acampado a lo largo del litoral, aunque no parecía muy disciplinado. Grandes grupos de hombres en torno a fuegos de campamento, sin uniformes dignos de ese nombre. Armas variadas. Pero las tropas de Nia parecían ser numerosas y bien equipadas. Su éxito en los campos de batalla de esa región hacían que Bellamy tuviera cuidado de no subestimarlos. Quizá no tuvieran uniformes adecuados, pero eran veteranos bien curtidos.

—Mira, brillante señor —dijo Sidéreo, y la imagen empezó a moverse como en la vida real—. Puedo tenerlo todo en la cabeza, mientras me concentre en los colores.

—¿Los colores? —preguntó Bellamy.

—Me crie con un padre que fabricaba pigmentos, brillante señor. Siempre he visto el mundo por sus colores. Si fuerzas un poco la mirada, en realidad todo es solo color y formas.

Bellamy estudió la ilusión móvil. Representaba un campamento entero, donde lo más interesante era un enorme pabellón en su centro. Estaba coloreado en anillos, como los brazaletes que había visto llevar a los tukari. Bellamy pensaba que tenían un significado religioso, aunque tampoco sabía mucho sobre esa región. Los tukari eran conocidos por sus mercenarios, sus perfumes y creía que también por sus joyas. La ilusión titiló cuando Bellamy se acercó más. Había una persona sola delante del pabellón. No llevaba la misma ropa que los soldados y no empuñaba un arma.

—Descenderemos más cerca en un momento, señor —dijo Wallace—. Deberías fijarte en la persona que hay delante.

—Ya lo veo —dijo Bellamy, inclinándose hacia delante.

En efecto, al poco tiempo la imagen se acercó al pabellón y la figura ganó detalle. Era una mujer mayor. No parecía tukari ni alezi. Sí… lo más seguro era que fuese shin, el aspecto que Sagaz había dicho que tendría Nia. Una anciana shin de piel pálida. Tukar recibía su nombre de Tuk, que era como llamaban allí al Heraldo Wells, pero no era Wells quien los gobernaba. Ya no.

Era otro Heraldo distinto.

Nia llevaba una sencilla túnica de color azul oscuro. Separó las manos hacia los lados y cristalizó escarcha en la piedra que la rodeaba, formando líneas.

Un glifo. El símbolo de misterio, una pregunta.

Parecía dirigido a Bellamy en concreto. Sin la menor duda, aquella era la mujer a la que buscaba. Bellamy no necesitaba consultar los retratos que le había proporcionado Sagaz. Oyó un siseo a su lado y miró sorprendido a Octavia, que había abandonado su puesto a la entrada de la tienda. Había pasado al interior con Bellamy y estaba muy cerca de la ilusión.

—Uno de los… —Octavia se mordió la lengua, quizá recordando que llevaba puesta la imagen de una alezi—. Sangre de mis ancestros —optó por decir—. ¿Esa mujer es shin?

—En realidad —respondió Bellamy—, es del pueblo que hace mucho tiempo se asentó en Shinovar y se convirtió en los shin. Los Heraldos ya existían antes de que se formaran nuestras nacionalidades.

Octavia parecía cautivada, como si nunca se le hubiera pasado por la cabeza que algún Heraldo pudiera ser shin. Bellamy la entendía: había visto representaciones de los diez Heraldos y solían pintarlos como personas alezi. Había que rebuscar entre las obras maestras de épocas anteriores para encontrar a los Heraldos plasmados como miembros de los distintos pueblos de Roshar. La ilusión se alejó de Nia mientras los Corredores del Viento completaban su barrido de la zona y se llevaban a Sidéreo más hacia arriba, fuera del alcance de los arqueros. El tejido de luz se desintegró.

—Eso es todo lo que hemos visto, brillante señor —dijo Sidéreo—. Puedo mostrártelo otra vez si quieres.

—No hará falta —respondió Bellamy—. La hemos encontrado… y está esperándome.

—¿Esperándote a ti, señor? —preguntó Wallace, con una mirada hacia Lyn y Jackson.

—Sí —dijo Bellamy—. Haced otra misión de reconocimiento e informadme de lo que encontréis. Quiero consultar antes con Anya, pero vamos a ir a conocer a esa mujer, Radiante Wallace, y averiguar lo que sabe.