99. SIN ATADURAS

Me privaron de mi título y mis ritmos por atreverme a insistir en que no deberíamos matarlos, sino reacondicionarlos. Darles una nueva función.

Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales

Anya se reclinó en su butaca, alumbrada por esferas. Acababa de llegar el informe por vinculacaña y el enfrentamiento de la jornada con los ejércitos enemigos había concluido. Las fuerzas de la coalición habían salido victoriosas. A grandes rasgos, Emul ya era suyo. Aún tenía dolores por su participación en las batallas anteriores, aunque esa se la había perdido. Bellamy estaba presente y no habían querido situarlos a los dos en el mismo campo de batalla a la vez. En todo caso, que aquella ofensiva en particular estuviese terminada tachaba un elemento en su lista de asuntos pendientes, pero aún quedaba mucho por hacer, con Urithiru en manos enemigas. La casa que tenía Anya en el campamento base era mucho más lujosa que la que Bellamy había escogido para sí mismo. Anya no se había quedado con ella por los lujos, ni por el espacio, sino porque tenía dos plantas. Encerrada en una habitación interior del piso de arriba, sin paredes que dieran al exterior y a solas salvo por la compañía de Sagaz, por fin podía permitirse un momento de relajación. Si un portador de esquirlada entraba por la fuerza, o si un Rompedor del Cielo atravesaba una ventana del primer piso, dispararían sus trampas fabriales, que darían la alarma y le dejarían tiempo para luchar o huir a Shadesmar antes de que pudieran matarla. Tenía una barca esperándola al otro lado, tan cerca como era posible en el análogo de aquella posición en Shadesmar. Llevaba reservas de luz tormentosa en los bolsillos del batín que llevaba puesto. Nunca más volverían a pillarla desprevenida. Nunca más volvería a quedarse varada en Shadesmar sin los recursos adecuados, obligada a pasar semanas buscando una perpendicularidad. Era solo por medio de esos preparativos que Anya se sentía lo bastante a salvo como para permitirse la frustración. En su vida dedicada al estudio de la historia, Anya se había guiado por dos principios básicos. El primero era que debía desbrozar los sesgos de las historiadoras para comprender el pasado. El segundo, que solo comprendiendo el pasado podría prepararse como era debido para el futuro. Había dedicado muchísimo de ella a ese estudio. Pero el trabajo de toda una vida podía tambalearse cuando la historia se levantaba y empezaba a hablar con una. Hojeó unos papeles más valiosos que la más pura de las esmeraldas, que contenían sus entrevistas con los Heraldos Luna y Wells. Historia viva. Personas que habían visto los acontecimientos sobre los que Anya había leído. En esencia, había desperdiciado años enteros de su vida. ¿De qué servían ya sus teorías? Eran reconstrucciones semifiables de lo que quizá podría haber ocurrido, reunidas a partir de fragmentos de distintos manuscritos.

Pero claro, en los últimos tiempos podía limitarse a preguntar. ¿El Desafío de Fuertormenta? Ah, sí, Luna había estado allí. El rey Iyalid se había emborrachado. ¿El tratado de las cuatro noches? Una táctica dilatoria para dejar al enemigo vulnerable a una traición.

Después de tantos debates, Jochi tenía razón y Anya se equivocaba. Resuelto con un chasquear de dedos. Por supuesto, había cosas que los Heraldos no sabían, cosas que se negaban a contar o, en el caso de Wells, cosas que no podían contar. Anya pasó una página tras otra, intentando ensamblar a partir de sus conversaciones más recientes algo que pudiera ayudar con la situación de Urithiru. Pero ni siquiera los Heraldos sabían mucho de aquel Hermano, el impenetrable spren de la torre. Tenía que compartir aquello con las demás veristitalianas, a ver qué sacaba en claro el resto. Aun así, las palabras de los Heraldos sembraban la duda sobre el segundo principio básico de Anya, el que afirmaba que el pasado era la mejor manera de estimar el futuro. Existía otro método. El enemigo podía ver lo que iba a ocurrir más adelante. Eso la aterrorizaba. Apoyándose en el pasado, Anya veía el futuro a través de un cristal ocluido desde el fondo de un abismo, si es que lo veía. Odium tenía un asiento de primera clase encima de la torre de vigilancia. Suspiró y Sagaz se despegó de su cómoda butaca en la esquina del otro lado de la sala. Se desperezó, se acercó a Anya y se arrodilló a su lado antes de tomar su mano segura descubierta y besarle la punta del dedo índice. Cuando lo hizo, Anya sintió una pequeña y agradable punzada de misterio. Había llegado a la conclusión, en sus primeros años de juventud, de que no afrontaba las relaciones del mismo modo en que parecían hacerlo todos los demás. Sus parejas del pasado siempre se habían quejado de que era demasiado fría, demasiado académica. Eso siempre la había frustrado. ¿Cómo iba a averiguar lo que sentía otra persona si no podía preguntárselo?

Con Sagaz no tenía ese problema. Sagaz planteaba todo un mundo de otros problemas, pero nunca le habían molestado las preguntas de Anya. Aunque a menudo las esquivara.

—Querida —dijo él—, no me haces ningún caso. Cuídate de prestar una atención indebida solo a los desvaríos de los dementes. Te lo advierto: desprovisto del adecuado afecto, tu Sagaz sangrará sin semblanza.

Anya apartó la mano y observó a Sagaz. Ojos agudos. Una nariz que quizá fuese un poco demasiado afilada. Sospechaba que la mayoría de las mujeres lo encontrarían atractivo en términos físicos. Y ella misma apreciaba su porte escultural, con sus interesantes proporciones y la intensidad de su rostro. La nariz lo humanizaba, en opinión de Anya, le confería una sensación más real. Curiosamente, no era alezi, pero se había transformado para tener su mismo aspecto. Eso había podido sonsacárselo Anya. Sagaz era algo más antiguo. Se había reído cuando Anya le había preguntado al respecto, y había dicho que los alezi ni siquiera existían cuando él había nacido, así que no podía atribuirse el honor de pertenecer a su dotado pueblo. Anya encontraba fascinante su forma de hablar. Después de tanto tiempo y de tantas preocupaciones, por fin había alguien que era su igual intelectual. Quizá su superior. No confiaba en él, por supuesto. Pero eso formaba parte de lo que la intrigaba.

—¿Cómo lo derrotamos, Sagaz? —preguntó con voz suave—. Si de verdad puede ver el futuro, ¿qué posibilidad nos queda?

—Una vez conocí a un hombre —dijo Sagaz— que era el mejor apostando de todo su reino. Donde él vivía se hace que las cartas caminen dando vueltas por sí mismas a la mesa al insuflarles vida. Él era el mejor. Inteligente, hábil con el Aliento de vida y muy astuto apostando; sabía a la perfección cuándo y cómo hacerlo. Todo el mundo esperaba ansioso el día en que perdiera. Y al final lo hizo.

—Esto es distinto, Sagaz —objetó Anya—. Él no podía ver literalmente el futuro.

—Ah, pero verás, es que yo amañaba las partidas. Por tanto, sí que conocía el futuro, o al menos en la medida en que lo ve Odium. No debería haber sido posible que perdiera. Y aun así, lo hice.

—¿Cómo?

—Otra persona amañó la partida para que, hiciera la jugada que hiciera, me fuese imposible ganar. El juego terminó en empate, cosa que yo no había anticipado. Había concentrado mis trampas en asegurarme de que no perdería, pero luego apostaba a la victoria. Y en esa partida lo había apostado todo, ¿sabes? Muy tonto tendría que ser para haberme permitido perder peor.

—Entonces —repuso ella—, ¿cómo lo amañamos para que Odium no gane, incluso si no puede perder?

Sagaz desplegó un papel de su bolsillo, todavía arrodillado junto a ella. Parecía sentirse atraído de verdad por Anya, y ella encontraba su compañía tonificante. Estaba lleno de cuestiones, delicias y sorpresas. Anya podía proporcionarle la intimidad que deseaba, aunque sabía que a Sagaz su falta de excitación en esa vertiente le resultaba extraña, y quizá insatisfactoria. No era una experiencia nueva para ella: siempre le había parecido curioso que la gente antepusiera sus deseos físicos a las emociones más poderosas de la intimidad, el entendimiento y la dedicación. La oportunidad de conspirar, de conectar con un ser como Sagaz… eso era lo excitante. Anya tenía curiosidad por ver cómo se desarrollaría la relación, y eso la estimulaba. Después de tantos fracasos, aquello era algo nuevo e interesante. Anya le acunó la cara con la mano. Desearía poder confiar en él sin reparos, de todo corazón. Él era algo que ella, y aquel mundo, no habían conocido nunca antes. Eso era electrizante. También era peligrosísimo. Sagaz le sonrió y alisó el papel en el escritorio de Anya. Lo había escrito él mismo, por supuesto. Procedía de una tierra en la que se animaba a los hombres a escribir, como a las mujeres. Sagaz le lanzó una mirada y luego ensanchó la sonrisa. Sí, de verdad parecía apreciar la relación que tenían, tanto como ella. De hecho, afirmaba que lo había sorprendido igual que la había sorprendido a ella.

—Un contrato —dijo Anya, apartando la mirada de él para leer el papel—. Para el combate de Bellamy con Odium. —Sin duda, Sagaz había esculpido hasta la última palabra con toda precisión—. Si gana Bellamy, Odium se retira a Condenación durante mil años. Si gana Odium, deberá permanecer en el sistema, pero obtiene Roshar para hacer lo que le plazca. Los monarcas se someterán a su dominio, como también los Radiantes que siguen a Bellamy.

—Es perfecto —dijo Sagaz—, ¿no te parece?

Anya se reclinó.

—Es perfecto para ti. Si aceptan esto, tú ganas pase lo que pase. Odium se queda retenido en el sistema roshariano de todos modos.

Sagaz separó las manos por delante.

—He aprendido cuatro cosas desde aquella partida de cartas hace tantos años. Pero Anya, esto es lo mejor que puede ocurrir. Si Bellamy gana, en fin, tu gente obtiene lo que quería. Pero si Bellamy pierde, Odium no puede escapar. Estamos limitando nuestras pérdidas, asegurándonos de que en los confines de este planeta quede contenido el cabreo.

—Lo deja todo en manos de ese único combate de campeones —dijo Anya—. Ya odiaba esa tradición hasta cuando había mucho menos en juego.

—Y lo dice la mujer que me utilizó en una treta para manipular esa misma tradición no hace ni dos semanas.

—Mucho menos en juego —repitió Anya—, con solo posibles pérdidas insignificantes, como tu muerte.

—¡Anya!

—Sagaz, eres inmortal —dijo ella—. Me lo contaste tú mismo.

—¿Y me creíste? —preguntó él, horrorizado.

Anya dejó de hablar y lo observó.

Él sonrió de oreja a oreja y volvió a besarle la mano. Parecía creer que esa clase de comportamiento terminaría por encender la pasión en ella. Cuando en realidad la estimulación física era muy inferior a la estimulación mental.

—Te dije que no he muerto cuando me han matado… hasta ahora —matizó él—. No significa que alguien no vaya a encontrar una manera algún día, y preferiría no darles la oportunidad. Además, al morir puedes quedarte algo confundido, e incluso yo querría evitar que la muerte más se mofase.

—No me distraigas —dijo Anya—. ¿De verdad podemos arriesgar el futuro del mundo a un mero duelo?

—Ah, pero no es un duelo, Anya. Ahí está el asunto. Lo importante no es el combate, sino lo que conduce hasta el combate. Conozco a Rayse. Es arrogante y le gusta que lo adoren. Nunca hace nada sin deleitarse pensando en cómo se lucirá.

»También es cuidadoso. Sutil. Así que para ganar, necesitamos que esté seguro de que no puede perder del todo. Este contrato consigue eso. Si su peor resultado es tener que esperar mil años antes de volver a intentarlo, en fin, tampoco lo considerará una molestia. Ya lleva aquí miles de años. Verá otros mil como una pérdida aceptable. Pero para ti y los Radiantes en ciernes, mil años son mucho mucho tiempo. El tiempo que una estrella exangüe espejea.

—Una estrella exangüe.

—Sí.

—Espejea.

—Como acostumbran.

Anya lo miró inexpresiva.

—¿El tiempo que un ratón rezuma ruina? —propuso él.

—¿El tiempo que la piedra piense que puntea?

—Ah, eso ha sido delicioso, Anya. Ojalá pudiera yo hacer sobresalir semejante sonido sulfúreo.

Anya enarcó una ceja.

—Significa bonito —dijo él.

—No es cierto. —Anya volvió a estudiar el contrato—. A veces tengo la sensación de que no te tomas esto tan en serio como deberías, Sagaz.

—Es un defecto mío personal —dijo él—. Cuanto más serio se vuelve algo, más me descubro inadecuadamente implicado. Instantáneo.

Anya suspiró.

—Ya paro, ya paro —dijo Sagaz con una sonrisa—. Lo prometo. Pero escucha, Anya: Rayse, o sea, Odium, de verdad es alguien a quien podemos derrotar. Si él tiene un gran defecto, es que se cree más listo de lo que es. Puso un empeño exagerado en convertir a Bellamy en su campeón. ¿Por qué? Porque no solo quiere ganar. Quiere ganar de una manera que diga algo. A todo aquel que esté mirando.

»Rayse estaba tan convencido de que podría hacer cambiar de bando al Espina Negra que lo apostó casi todo a ese único lance. Ahora debe de estar asustado. Aunque finja tener una docena de otros planes, está pasándolas canutas para encontrar un campeón que pueda ganar con legitimidad. Porque sabe, igual que te lo estoy diciendo yo a ti, que el combate no consistirá solo en quién sepa clavar más fuerte una lanza.

—¿En qué consistirá, entonces?

—En lo mismo en que consiste todo siempre, Anya —respondió Sagaz—. En los corazones de los hombres y las mujeres. ¿Tú confías en los corazones de quienes luchan en tu bando?

Anya se quedó callada, confiando en que Sagaz no sacara demasiadas conclusiones a partir del silencio. Mirando el contrato, no podía evitar sentirse superada por todo aquel asunto. Ella, que había estado preparándose durante casi dos décadas para esos mismos acontecimientos, se notaba insegura. ¿Confiaba en su propio corazón, enfrentada a unos problemas antiquísimos que sin duda habían derrotado a mujeres mejores que ella?

—Sabia respuesta —susurró Sagaz.

—No te he dado ninguna.

—Sabia respuesta. —Sagaz le apretó la mano—. Si haces llegar este contrato a Odium y me garantizas sin la menor duda que no podrá escapar de este sistema planetario pase lo que pase, entonces no necesitarás confiar en los corazones de mortales, Anya. Porque me tendrás a mí. Y todo lo que puedo ofrecerte.

—Me dijiste que Odium te destruiría si te encontrara.

—Añadiremos una línea al contrato —dijo Sagaz—, nombrándome intermediario contractual para Honor, a quien Bellamy representa. Eso me protegerá de los ataques directos de Odium durante la vigencia del contrato. Y él no tendrá más remedio que respetar esas condiciones, ya que forman parte de la promesa que hizo Rayse al atribuirse la Esquirla de Odium. Incumplir esa promesa daría a otros una apertura contra él, y fallos de ese estilo han matado a dioses en otras ocasiones. Odium lo sabe. Así que si haces esto, podré ayudarte abiertamente. Siendo yo mismo.

—¿Y quién es ese, Sagaz? —preguntó ella—. ¿Quién eres en realidad?

—Alguien que tuvo la sabiduría de rechazar el poder que todos los demás aceptaron… y al hacerlo, obtuvo unas libertades que ellos nunca más podrán tener. Yo, Anya, soy alguien que está sin ataduras.

Anya lo miró a los ojos, a los ojos de algo que no era un hombre. Un ser que era eterno como un spren. O, si se daba crédito a sus palabras, algo incluso más viejo.

—Tengo el instinto —dijo ella— de que debería estar aterrorizada por esa afirmación.

—Por eso te tengo tanto cariño —respondió él—. Te gusta prepararte, eres lista y nunca te dejas atrapar entre la espada y la pared. Pero cuando todas esas cosas te fallan, Anya, eres, por encima de todo, paranoide.