Capítulo 7

POV Fate

Era una noche para celebrar. Lo había conseguido. Por fin trabajaba para TSAB Group. Me reuní con Clyde, firmé el contrato y se quedó encantado cuando le dije que quería empezar a trabajar de inmediato. Mi despacho estaba preparado, así que me presentaron oficialmente a mi asistente, Viktoria. Clyde había dejado algunas carpetas en mi mesa. Me zambullí en ellas con entusiasmo y anoté detalles preliminares a medida que se me ocurrían distintas ideas. Cuando me dijo que se iba a celebrar una pequeña reunión después de cerrar la oficina, llamé a Nanoha para avisarle de que llegaría tarde a casa, de manera que me sorprendió verla aparecer, nada más y nada menos, con una bandeja de galletas. Tras haber examinado el suculento bufé libre que habían preparado sentí el deseo de poner los ojos en blanco. ¿Cómo se le había ocurrido llevar galletas caseras a un evento semejante? Además, ¿por qué había ido? Yo no le había dicho que lo hiciera. La respuesta fue evidente al instante. Hayate aplaudió y se acercó corriendo a ella.

- ¡Has venido! ¡Y has traído las galletas que te pedí! ¡Eres la mejor! –Hayate procedió a abrazarla y creó un alboroto por el hecho de que mi prometida acabara de llegar.

Consciente de que debía controlar mi expresión, atravesé la estancia sin olvidar que todos los ojos estaban clavados en mí. Abracé a Nanoha por la cintura y la pegué a mí. Le acaricié el pelo con la nariz mientras le decía en voz baja.

- Cariño, no me dijiste que ibas a venir. De haberlo sabido, habría bajado a buscarte. –la abracé con más fuerza– Ni siquiera has respondido a mi mensaje de texto.

Ella me miró y me percaté de la aprensión que asomaba en sus ojos.

- Hayate insistió en que te diéramos una sorpresa.

- Me asustaba la posibilidad de que, si te enterabas de que iba a venir, te las quedaras a ambas. A ella y a las galletas. –bromeó Hayate.

Esbocé una sonrisa al percatarme de su tono travieso.

- Prefiero compartir las galletas antes que compartirla a ella.

Hayate soltó una risilla, y supe que había acertado con el comentario. Hayate aferró a Nanoha del brazo.

- Sepárense ahora mismo. Mamá quiere ver a Nanoha-chan otra vez, y yo quiero enterarme de cómo van los planes para la boda. –se la llevó casi a la fuerza mientras yo hacía un puchero exagerado, tras lo cual me serví otro whisky. Y cogí dos galletas, eso sí.

Así se desarrolló la tarde. Como si yo no estuviera presente. Fui de grupo en grupo, hablé con Clyde, con Carim y Chrono. Todos se burlaron de mí por intentar hablar de trabajo, e insistieron en que era una reunión social. Clyde sonrió mientras me daba unas palmadas en la espalda y me decía que le emocionaba verme tan ansiosa, pero que ya llegaría el lunes. Me enteré de sus planes para el fin de semana, los oí hablar de sus esposas y de sus vidas, y me pregunté cómo era posible que alguien estuviera tan unido a otra persona. Parecía que las circunstancias eran similares para todos. Todos miraban a sus esposas con evidente adoración. Tanto almíbar me estaba provocando náuseas, pero seguí el ejemplo y observé a Nanoha mientras se movía por la estancia hablando con la gente, normalmente acompañada por Hayate o por Lindy. Parecía la estrella de la reunión. Todos querían hablar con mi prometida. Sus galletas fueron un exitazo y desaparecieron mucho antes de que lo hiciera el resto de los postres. ¿En qué momento empezó a ser más importante que yo? Ella era un accesorio. Yo era la estrella. Siempre era yo quien dominaba las reuniones. ¿Cómo era posible que eso hubiera cambiado? Fruncí el ceño mientras reflexionaba al respecto. La semana anterior sucedió lo mismo. Cuando estaba a mi lado, la gente hablaba conmigo, todos entablaban conversación conmigo. Cuando nos separábamos, se mostraban educados pero distantes. No había conversaciones intrascendentes ni comentarios personales. Mi tema era el trabajo. Era lo que mejor se me daba. Nanoha aportaba calidez y desenvoltura a las conversaciones. De alguna manera, se las apañaba para que yo les cayera mejor a los demás. Su delicadez tenía el efecto que yo quería que tuviera. Era lo que yo necesitaba y, sin embargo, me enfurecía. Porque despertaba en mi la sensación de que la necesitaba a ella. Y yo no necesitaba a nadie. Clyde rió entre dientes.

- Fate, ya vale. Deja de mirar con esa cara a los de contabilidad. Solo están siendo amables con tu preciosa Nanoha. No hace falta que los mires con un gesto asesino.

Bajé la mirada. No los estaba mirando a ellos. Había descubierto que estaba molesta con Nanoha, aunque ella se limitaba a hacer lo que yo le había pedido que hiciera. Sin embargo, eso la convertía en el centro de atención, desplazándome en el proceso, y a mi ego no le hacía ni pizca de gracia. Me obligué a reír.

- Los atrae como la luz a las polillas.

- Es encantadora. Tienes suerte, y ya las hemos mantenido separadas demasiado. Ve a por tu prometida y come algo.

Me acerqué a Nanoha con una sonrisa que esperaba que fuera real. Ella me vio acercarme y, a decir verdad, pareció alegrarse de que lo hiciera. Cuando le tendí la mano, ella la aceptó y permitió que la acercara a mí. Ya había bebido demasiado. Incliné la cabeza para rozarle los labios mientras le decía.

- Cariño, llevas lejos demasiado tiempo.

Ella rió entre dientes y me acarició la cara con soltura. Era obvio que se había tomado unas cuantas copas de vino y que se sentía relajada y a gusto entre mis brazos.

- Me preguntaba cuándo vendrías a por mí.

- No te preocupes, preciosa, te estaba vigilando. –enterré la cara en su cuello. Debía admitir que olía de maravilla. Usaba un perfume suave y femenino, en absoluto abrumador.

Y era cierto, por algún motivo que desconocía, mi mirada la seguía allí donde estuviera, y lo hacía en contra de mi voluntad. Hayate se echó a reír.

- Se ve que no pueden quitarse las manos de encima. –levanté la cabeza.

- ¿Te parece raro? Después de pasar tanto tiempo ocultándolo, es estupendo poder demostrar mi afecto en público. –mi comentario hizo que frunciera el ceño.

- Ha debido de ser difícil. –asentí con la cabeza al tiempo que estrechaba a Nanoha con más fuerza.

- No sabes cuánto.

- Bueno, pues detesto decírtelo, pero hay personas que quieren conocer a tu prometida. –no pude resistirme y pregunté.

- ¿No quieren conocerme a mí? –Hayate negó con la cabeza.

- A ti ya te conocen, Fate. Y puedes acompañarnos si te apetece, pero esta noche la estrella es Nanoha-chan.

Tiró de la mano de Nanoha y yo las seguí como era mi deber, pero en silencio. Mi irritación se había convertido en cabreo puro y duro. Hayate lo había resumido a la perfección. Hice un gesto para que me sirvieran otro whisky, pasando por alto la mirada de advertencia de Nanoha. Si ella era la estrella, yo la acompañaría. La enamorada prometida… que no podía dejar de tocarla. Iba a odiar cada minuto.

- ¡Fate! –exclamó Nanoha a modo de advertencia al tiempo que me apartaba las manos de su culo otra vez– ¡Nos están mirando! –sonreí sobre la suave piel de su cuello. La verdad era que olía genial.

- Que miren.

Se volvió y me miró, furiosa. Incliné la cabeza para escuchar lo que tenía que decirme. Quien nos estuviera mirando creería que estábamos intercambiando algún secreto, dos amantes cuchicheándose palabras de amor. Nada más lejos de la realidad.

- No me pagas lo suficiente como para tener que aguantar que te pases toda la noche metiéndome mano en público. –masculló en voz baja.

Esbocé una sonrisa burlona mientras tiraba de ella para pegarla más a mí. Mi brazo era como una banda de hierro en torno a su cintura.

- Te pago para que actúes como una prometida enamorada. Así que haz el papel. Si quiero meterte mano, eso haré.

- Ya has conseguido el trabajo. ¿Por qué te empeñas en exagerar? –la obligué a acercarse aún más.

- Quiero mantener la farsa. Actúa como si estuvieras deseando irte a casa para tener sexo, y así podremos irnos antes.

Echó la cabeza hacia atrás con los ojos como platos. De cerca, me sorprendió descubrir el borde azulado que rodeaba su iris, y las pequeñas motas azuladas en el mar lavanda. Esa noche se había dejado otra vez el pelo suelto, de manera que enterré las manos en esa melena abundante.

- Tienes un pelo precioso. –murmuré.

- ¿Có… cómo dices?

Incliné más la cabeza. Percibía las miradas de todos los que nos rodeaban.

- Voy a besarte ahora mismo.

No le di opción a replicar. Me apoderé de sus labios y le inmovilicé la cabeza con las manos mientras la besaba con pasión. Puesto que estaba enfadada y ella era la causante, decidí besarla de verdad, así que le introduje la lengua en la boca y acaricié la suya. Lo que no esperaba era la intensa llamarada de deseo que surgió de repente. Ni tampoco que sus manos se deslizaran por mis brazos hasta rodearme el cuello para estrecharme con la misma fuerza que estaba empleando yo. Nada me había preparado para ese despliegue de pasión, para ese deseo inmediato de estar solas y no rodeadas por un grupo de gente mientras besaba a mi prometida. Me aparté de ella al instante y descubrí que Carim y Hayate nos miraban con sorna. Me encogí de hombros, besé a Nanoha en la nariz y me alejé de ella, liberándola de mi férreo abrazo. Ella trastrabilló y jadeó, momento en el que extendí un brazo para ayudarla a mantener el equilibrio. Tras ayudarla, la miré con lo que esperaba que fuese una mirada preocupada.

- ¿Cariño?

Alzó la vista. Tenía los labios rosados y húmedos por mi beso, las mejillas, sonrojadas, y los ojos, velados. Al ver que la miraba con expresión burlona, se zafó de mí y se pasó una mano por el pelo.

- Creo que tenemos que irnos. –le guiñé un ojo.

- Estaba deseando que dijeras eso.

Me miró echando chispas por los ojos y sentí deseos de echarme a reír. Lo supiera o no, acababa de lograr que todos pensaran lo mismo. Mi plan había funcionado.

- Ah, no. No se van a ir hasta dentro de una hora. –Hayate negó con la cabeza– Ni siquiera son las nueve. Mamá y yo no hemos acabado de hablar con Nanoha-chan sobre la boda. ¡No se ha comprometido a nada! ¡Juraría que está ocultando algo!

- Muy bien. –claudiqué– Tienen una hora. Después, es toda mía. ¿Entendido?

Tras murmurar algo sobre una cabrona egoísta e impaciente, se marchó llevándose a Nanoha. Las observé alejarse sintiéndome un poco confundida. Carim me miró y me guiñó un ojo. Le devolví el gesto con uno de mi propia cosecha y regresé a la barra. El whisky era la respuesta.

No podía conducir. Lo reconocí sin problemas. Nanoha había llegado en taxi, de manera que Clyde insistió en que nos llevaran a casa en su coche y no puse objeciones. No estaba borracha, pero sí muy achispada. Había bebido demasiado whisky. Aliviaba el escozor que sentía cada vez que oía la risa de Nanoha. Cada vez que la veía reír. Cada vez que la veía hacer otra nueva amistad al instante. No sabía por qué me importaba ni por qué me irritaba. Estaba conquistando a la gente. Si les caía bien, eso me daría una oportunidad, porque nadie creería que una persona tan buena y amable podría enamorarse de la imbécil que mi reputación aseguraba que yo era. Pero se equivocaban. Se mantuvo en silencio durante todo el trayecto a casa, pero no me quitó la vista de encima. Se aseguró de que bajara del coche sin problemas y me rodeó la cintura con un brazo. Cuando entramos, me ayudó a quitarme la chaqueta con gesto preocupado.

- Fate, no has probado bocado en la fiesta. Voy a prepararte algo.

- No, estoy bien. Me he comido un par de galletas de las tuyas.

- Eso no es comer, ni siquiera se puede considerar un aperitivo. Voy a prepararte un sándwich y un café. Te sentirás mejor. –agité la mano.

- Deja de actuar como si te preocupara cómo me siento o lo que necesito. –eché a andar hacia el mueble bar y me serví otro whisky– He dicho que estoy bien. Voy a beber otra copa.

- Es una mala idea.

- ¿Por qué?

- Porque ya has bebido bastante. Necesitas comer algo. –me quitó la botella de la mano y echó a andar hacia la cocina.

Sin pensar, la agarré del brazo y la obligué a darse media vuelta.

- No te permito que decidas por mí. Si quiero beber, beberé.

Ella resopló y soltó la botella que yo acababa de coger mientras negaba con la cabeza.

- ¿Por qué estás bebiendo tanto, Fate? ¡Deberías estar encantada! ¡Has engañado a los Harlaown, has conseguido el trabajo y se la has metido doblada a Jill! ¿Por qué actúas como si alguien te hubiera escupido en el vaso?

Y todo estalló. Todo lo que llevaba sintiendo a lo largo de la noche. La irritación por la facilidad con la que la habían aceptado en su "familia". La frustración por sentir que a mí me dejaban fuera. Mi extraña reacción a su proximidad… como si me gustara. No debería gustarme. No me gustaba sentirla cerca. No me gustaba ella.

- Dime, Nanoha, ¿qué consigues con todo esto? ¿Te gusta ser la mártir por retorcido que parezca?

Me miró sin hablar, con los ojos abiertos de par en par. El lavanda de su iris brillaba a la tenue luz.

- ¿Has llegado a pensar en algún momento de desvarío mental que eres mejor que yo? Has aguantado mis malos modales durante un año y sin parpadear siquiera, has accedido a participar en esta farsa. –di un paso hacia ella, hirviendo en furia– ¿Crees que tu sacrificio va a convertirme en una mujer mejor o alguna estupidez del estilo? –le solté– ¿Crees que voy a enamorarme de ti por arte de magia y que la vida será un maldito camino de rosas? –la agarré del brazo y la zarandeé con más fuerza de la que debía– ¿Eso es lo que crees? –negó con la cabeza, furiosa– Entonces, ¿por qué accediste? ¿Por qué estás haciendo esto por mí?

Se mantuvo en silencio mientras se mordía la parte interior de la mejilla con tanta fuerza que creí que acabaría sangrando. La solté con un empujón y una palabrota.

- Vete de aquí ahora mismo.

Me serví un generoso vaso de whisky sin ver apenas lo que estaba haciendo. Me lo bebí de un trago y su ardor me calentó la garganta y el pecho. Me serví otro vaso y eché a andar hacia la ventana para contemplar la noche, las luces de la ciudad que resplandecían entre la negra oscuridad. Nanoha seguía detrás de mí, sin moverse. Estaba a punto de decirle otra vez que se fuera cuando habló.

- Fern no es mi verdadera tía. La llamo así para no tener que explicar siempre cuál es nuestra verdadera relación. Cuando tenía doce años, mis padres murieron en un accidente de tráfico. Como no tenía más familia, acabé en manos de los servicios sociales.

Las noticias me sorprendieron, pero seguí callada. Sabía que sus padres habían muerto, pero hasta ese momento no había mencionado que ella hubiera acabado dependiendo de los servicios sociales.

- Las niñas de doce años no son precisamente las más deseadas para adoptar, ni tampoco para acoger, de manera que pasé por unos cuantos hogares. El último no fue muy… eh… agradable.

Algo en su voz hizo que me diera media vuelta. Estaba de pie en el mismo sitio que antes, con la cabeza gacha. El pelo le tapaba la cara, de manera que no podía ver su expresión.

- Me fugué. Estuve en las calles un tiempo, hasta que un día conocí a Fern. Era una mujer mayor, muy amable, y me llevó a su casa, me lavó y, por algún motivo que desconozco, decidió que iba a quedarme con ella. Solicitó a la administración convertirse en mi tutora de acogida. Lo fue todo para mí. Madre, padre, amiga, maestra… No tenía mucho, pero aprovechábamos al máximo ese poco que tenía. Encontré un trabajo repartiendo periódicos, recogíamos botellas y latas… cosas que nos ayudaban a estirar un poco más el dinero. Tenía la virtud de convertir todos los trabajos que encontrábamos en una especie de juego, así que la situación no parecía tan dura. Le encantaba pintar y nos pasábamos horas en la habitación que usaba para hacerlo. Ella pintaba y yo leía. Era una vida tranquila y, por primera vez desde la muerte de mis padres, me sentía segura… y querida. –acarició con la yema de los dedos el respaldo del sofá que tenía delante. Arriba y abajo, con un gesto nervioso que al final detuvo– Incluso fui a la universidad. Mis notas fueron casi perfectas en el instituto, de manera que conseguí una beca.

- Pero no acabaste tus estudios superiores. –recordé el dato porque lo había leído en la lista que me dio.

Cuando habló, su voz era triste y apagada.

- Fern se puso enferma. Seguí viviendo con ella mientras estudiaba en la universidad, y empezó a actuar de forma extraña. Le diagnosticaron Alzheimer. Poco después se cayó y se fracturó la cadera, y las cosas se precipitaron. Necesitaba atención constante. La residencia de ancianos donde la aceptaron era espantosa, no recibía los cuidados que necesitaba y estaba muy triste. Luché hasta que conseguí que la trasladaran, pero la siguiente era igual de mala.

- Esto no explica nada. –alzó la vista y me miró con los ojos entrecerrados.

- Fate, no seas impaciente. Estoy tratando de explicártelo. –levanté las manos.

- Lo siento. Solo quería asegurarme de que esto va a llevarnos a algún lado.

- El asunto es que comprendí que necesitaba mejores cuidados. Un sitio decente. Supe que debía dejar la universidad, conseguir un trabajo y ganar dinero para ella. Una amiga me habló de un puesto temporal en Al-Hazard como asistente personal. El sueldo era decente y, si no gastaba mucho y conseguía otro trabajo, podría trasladar a Fern a un sitio mejor. Así que acepté el trabajo y al poco tiempo me hicieron fija. Un día, el señor Jill me llamó a su despacho y me ofreció un puesto como asistente personal tuya, que supondría un aumento de sueldo ya que todo el mundo sabía que era difícil trabajar para ti… por aquello de que tenías fama de imbécil y tal.

- El dinero manda. –Nanoha negó con la cabeza.

- En mi caso no suele ser así. Pero el aumento de sueldo suponía que podría trasladar a Fern a una habitación privada. El dinero significaba que cuando la visitara, estaría rodeada de lienzos y de los cuadros que de alguna manera seguían resultándole conocidos. Estaría bien atendida y segura. Le ofrecí el mismo regalo que ella me ofreció tantos años antes. Daba igual los espantosos que fueran mis días, normalmente por tu culpa, porque lo importante era que había conseguido que la mujer que me cuidó tan bien recibiera los mismos cuidados que ella me dio. –parpadeé, atónita– No gastaba mi dinero ni en ropa ni en zapatos a la moda porque no tenía. Por alto que fuera, destinaba mi sueldo entero a pagar la habitación de Fern. Vivía en una habitación horrorosa y diminuta porque era lo único que podía permitirme. Compraba en tienda de saldos y de segunda mano porque eso era lo que debía hacer. Me aseguré de ir limpia y presentable todos los días mientras trabajé para ti. Aceptaba todo lo que me decías y lo que hacías, y lo pasaba por alto, porque necesitaba mantener mi puesto de trabajo, porque de esa manera me aseguraba de que Fern estuviera segura. Accedí a ser tu prometida porque el dinero que me estás pagando garantiza que jamás pasará miedo, ni frío, ni estará desatendida hasta que muera. Me da igual lo que digas o lo que hagas, porque tu opinión no me importa en absoluto. Para mí esto solo es un trabajo. Por más que lo deteste, tengo que aguantar tus idioteces porque, por desgracia, te necesito tanto como tú a mí ahora mismo. –se dio media vuelta para marcharse, pero se detuvo– ¿Qué si espero convertirte en una mujer mejor y fantaseo con la idea de que te enamores de mí? Fate, no se me ha pasado por la cabeza en ningún momento. Para amar a alguien se necesita tener alma… y hasta un espantapájaros escuálido como yo es capaz de ver que tú no la tienes. –respiró hondo– Cuando esta farsa acabe, me iré y empezaré de cero en algún sitio, mi vida será mucho mejor cuando no me vea obligada a soportar tus burlas crueles y tu falta de sensibilidad.

Tras esas palabras, subió deprisa las escaleras, dejándome muda por la impresión.

Me desperté, confundida. Tardé un rato en darme cuenta de que estaba en el sofá. Me senté, hice una mueca y me sujeté la dolorida cabeza. Me lo merecía, pero no dejaba de ser una mierda. Con cuidado, abrí los ojos y me sorprendí al ver la botella de agua y las pastillas de paracetamol en la mesita, delante de mí. Las cogí, y me tragué dos pastillas y me bebí toda la botella. Cuando me levanté, la manta que me cubría el torso cayó al suelo. Me agaché para recogerla y, en ese momento, se hizo la luz en mi abotargado cerebro.

Después de que Nanoha se marchara hecha una furia, bebí más whisky mientras mi mente repetía sus palabras una y otra vez. En algún momento dado, debí perder el conocimiento, y era evidente que ella había vuelto para taparme y para dejar las pastillas y el agua, a sabiendas de que me despertaría con un dolor de cabeza espantoso. A pesar de haberme comportado como una imbécil con ella, incluso más que de costumbre, seguía cuidándome. Me temblaban las piernas cuando me senté tras recordar las palabras que me había escupido, el motivo de que accediera a ayudarme. El motivo de que ahorrase todo lo posible, para cuidar a una mujer que la había acogido y que le había brindado un lugar seguro y un hogar. Yo la miré por encima del hombro y la rebajé por ello, sin molestarme en pedir detalles. Sin comprender lo buena persona que era en realidad. Me entraron ganas de vomitar y corrí al piso de arriba, donde vacié mi estómago de la copiosa cantidad de whisky que todavía me quedaba dentro. Después, me duché y me tomé otro par de pastillas de paracetamol. Seguía recordando sus palabras y el dolor que éstas transmitían. Mi comportamiento a lo largo de este último año. Los comentarios crueles, las malas palabras y los comportamientos irresponsables. A pesar de cómo la había tratado, había antepuesto las necesidades de otra persona a las propias y había mantenido la cabeza alta. Había hecho su trabajo, y debía admitir que lo había hecho muy bien, orgullosa de hacerlo, sin que yo le ofreciera un solo comentario positivo. Me miré en el espejo. Por primera vez en la vida, sentí que la vergüenza me corroía por dentro y agaché la mirada. Tenía dos opciones. Pasar de lo sucedido la noche anterior con la esperanza de que Nanoha mantuviera nuestro acuerdo. Sabía que, si no sacaba el tema, ella tampoco lo haría. Supondría que no recordaría lo que había pasado. O comportarme como una adulta madura, e ir en su busca, disculparme e intentar pasar página. Para poder hacer esto último, tenía que esforzarme y, cuando menos, intentar comprenderla. No me cabía la menor duda de que la boda era del todo imposible a estas alturas, pero podríamos continuar como una pareja comprometida.

Me aparté del lavabo mientras me desentendía del dolor de cabeza. Había llegado el momento de averiguar más cosas acerca de mi prometida.

- Fate, no esperaba verte hoy. Al menos, no esperaba verte tan temprano. –levanté la vista de la pantalla del ordenador.

- Ah, Clyde. –me di un tirón del mechón que me caía sobre la frente y me pasé la mano por la nuca en un gesto nervioso– Quería recoger algunas cosas y… esto… pasar por mi coche.

Entró en mi despacho y se sentó delante del escritorio. Entrelacé los dedos sobre la madera oscura en un intento por controlar el nerviosismo.

- Quiero disculparme por lo de anoche. Bebí demasiado. Te aseguro que no es algo habitual en mí. –Clyde se echó a reír y agitó la mano.

- Todos lo hemos hecho alguna vez, Fate. Después de todo lo que has pasado y de empezar con nosotros, y luego está, claro, tu gran día de hoy, creo que te mereces un poco de cuartelillo.

- Espero no haber hecho algo inapropiado. –negó con la cabeza.

- No, tranquila. Aunque creo que pusiste a la pobre Nanoha de los nervios. Fue muy gracioso. –recordé la conversación que había tenido con ella e hice una mueca.

- No estaba muy contenta conmigo. –después, fruncí el ceño al caer en lo que me acababa de decir– Perdón, Clyde, ¿qué has querido decir con eso de "mi gran día de hoy"? –esbozó una sonrisa torcida.

- Se te escapó que se iban a casar hoy, Fate.

- Yo… ¿se me escapó?

- Pues sí. Nanoha intentó por todos los medios que guardaras silencio, pero tú parecías decidida a compartir el secreto.

- Con razón tenía ganas de matarme. Ni siquiera lo recuerdo.

- Creo que te perdonará. –me guiñó un ojo– Pero no estoy muy seguro de que mi mujer y Hayate lo hagan. Querían ayudar a Nanoha con la boda.

- ¿Cómo dices? –pregunté.

- Tranquila. Se han conformado con la cena a la que accediste después de la boda.

Tragué saliva. "Madre del amor hermoso", pensé. ¿Cómo era posible que recordara toda la conversación con Nanoha y que no me acordara de todo lo que les solté a los Harlaown? ¿Qué diablos había dicho además de eso?

- ¿Cena?

- Nanoha nos explicó que queríais una ceremonia muy íntima. Y tú explicaste con tal lujo de detalle porqué querías que fuera algo solo entre ustedes dos que a Lindy se le llenaron los ojos de lágrimas. –lo miré, parpadeando. ¿Eso había hecho?– Después de que accedieran a no participar en vuestro momento, a cambio tú accediste a que organizáramos una cena en su honor esta noche. –se pasó las manos por los muslos– ¿Estás segura de que no quieres tomarte la semana que viene de vacaciones para la luna de miel?

- Ah, no. Tenemos otros planes. Nanoha quiere conseguir que mi casa… esto… nuestra casa sea un poco más acogedora. La llevaré de viaje en cuanto nos hayamos acomodado. –Clyde asintió con la cabeza, se puso en pie y me tendió la mano.

- Felicidades, Fate. Ojalá que el día de hoy sea como quieres que sea. –le estreché con firmeza la mano.

- Gracias.

- Creo que hoy es el comienzo de una gran vida nueva para ti. –me sonrió– Es emocionante formar parte de este nuevo rumbo.

Salió del despacho mientras yo lo miraba fijamente.

Después de la noche anterior, no tenía muy claro que Nanoha me dirigiera siquiera la palabra, por no hablar de que accediera a casarse conmigo. Se había marchado del apartamento antes que yo y no había contestado cuando la llamé al móvil.

Me concentré en el ordenador una vez más. Había reducido la búsqueda y estaba convencida de haber localizado la residencia en la que Fern estaba ingresada. Se encontraba cerca de mi casa, era una residencia privada y, según la información que había en la página web, cara. Cogí el teléfono y marqué el número de la residencia.

- Residencia Raising Heart.

- Buenos días. –saludé– He pensado en llevarle flores a la tía de mi prometida cuando vaya a verla dentro de un rato y quería asegurarme de que no tiene alergias. Se me olvidó preguntarle a Nanoha antes de que se fuera.

- ¿El nombre de la residente?

- Fern Corrado.

- Disculpe… ¿Ha dicho que Nanoha es su prometida?

- Sí.

- No sabía que Nanoha estuviera prometida. –carraspeé.

- Es bastante reciente.

- En fin, tendré que felicitarla. Fern no es alérgica a ninguna flor, pero si quiere ganársela de verdad, asegúrese de traerle a Yuuno un regalo.

- ¿Yuuno?

- Su hurón.

- Ah, ¿y qué se le lleva a un hurón si se puede saber?

- A Yuuno le gusta el mango, en realidad le encanta cualquier fruta fresca, y también las palomitas de maíz.

Tenía la sensación de estar en un episodio de en los límites de la realidad. Jamás me había imaginado que me despertaría un sábado por la mañana con planes para casarme con la señorita Takamachi después de comprarle fruta y palomitas de maíz a un hurón a cuya dueña ni siquiera conocía.

- Mangos y palomitas de maíz. Entendido.

- A los cuidadores les gustan los bombones, señorita… esto…

- Testarossa. Fate Testarossa. ¿Nanoha ya ha estado ahí?

- Todavía no. Pero supongo que llegará pronto.

- De acuerdo. Gracias, señorita… esto…

- Aina. Me llamo Aina. Fern es una de nuestras residentes preferidas.

- Me alegra saberlo. Hasta dentro de un rato.

Colgué. Tenía que hacer unas compras. Y pedir perdón de rodillas.

Me detuve en el marco de la habitación de Fern Corrado y la analicé. Era una mujer menuda, rechoncha, con el cabello blanquísimo, unos ojos diminutos y mejillas regordetas. Dichos ojos se alzaron cuando llamé a la puerta y me miraron con recelo.

- ¿Puedo ayudarte? –entré con el enorme ramo de flores en alto.

- Hola, Fern-san. Soy Fate Testarossa, una amiga de Nanoha.

- ¿De verdad? –cogió las flores. El amarronado hurón que estaba en un rincón se puso a correr por la habitación– Me llamo Corrado-san. Todavía no te he dado permiso para que me llames Fern.

- Le pido disculpas, Corrado-san. –hice una mueca por todo el escándalo que estaba haciendo el hurón y levanté la bolsa que llevaba– Le he traído un regalo a Yuuno.

- ¿Qué le has traído? –metí la mano en la bolsa de la compra.

- Le he traído un mango. ¿Lo meto en su jaula? –ella apretó los labios mientras me miraba.

- No tienes muchas luces, ¿verdad?

- ¿Cómo dice?

- Que no se puede comer el mango entero, jovencita. Hay que cortárselo en trozos. –miré el mango y luego al hurón.

- Ah. –saqué de la bolsa el paquete de palomitas para microondas que había cogido de un armario de la cocina. Nanoha comía muchas palomitas de maíz– Supongo que debería haberlas traído ya hechas.

La mujer empezó a reírse. Unas estridentes carcajadas que resonaron en la habitación.

- A Nanoha debes gustarle por tu cara bonita, porque no puede ser por tu inteligencia.

Su afilado ingenio me arrancó una sonrisa. Me recordaba a alguien, a la mujer a la que llamé "Nana". Durante el breve período de tiempo que tuve contacto con Linith, fue la única persona que se preocupó por mí. Era franca, directa y no tenía pelos en la lengua. Fern extendió el brazo hacia la izquierda y pulsó un botón situado en la pared para avisar a un cuidador.

- Aina pondrá las flores en agua y le cortará el mango al pobre Yuuno. Y si se lo pido con educación, nos traerá un poco de café.

Rebusqué en la bolsa una vez más y saqué una caja de bombones. Al menos, eso lo había hecho bien.

- Quizá esto ayude. –me miró con una ceja enarcada.

- Puede que todavía haya esperanza para ti. Anda, siéntate y dime de qué conoces a mi Nanoha. –sonrió cuando saqué otra caja de bombones– Si son para mí, te doy permiso para que me llames Fern.

Fern Corrado era lista e inteligente y, según descubrí, tenía un montón de anécdotas de la adolescencia de Nanoha. Sin embargo, también descubrí que su memoria a corto plazo era titubeante en el mejor de los casos. En más de una ocasión, me percaté de que algo velaba su mirada y de que se trababa con las palabras cuando le preguntaba por el presente. En esos momentos, yo redirigía la conversación hacia una época más fijada en su memoria preguntándole por el momento en el que conoció a Nanoha. Fern me sonrió de oreja a oreja y me regaló una versión más larga de la historia que me contaron la noche anterior. Describió a la muchacha delgaducha y asustada que se encontró rebuscando comida en un contenedor. Me habló del dolor y de la necesidad que vio en los ojos lavanda de Nanoha y de cómo supo que era su destino encontrarla aquel día. El amor que sentía por la joven Nanoha era palpable y descubrí que me gustaba oír cosas acerca de su vida. Los recuerdos de Fern se volvieron más erráticos tras ese punto y me pidió algo de beber. Una vez que di con Aina, me indicó dónde estaba la cocina y cuando regresé a la habitación, Fern se había quedado dormida en su silla de ruedas. El hurón seguía en su rincón, sacudiéndose dentro de la jaula, y la música que tenía puesta cuando llegué era un leve rumor de fondo. Eché un vistazo a mi alrededor y comprendí por qué Nanoha quería que estuviera allí y por qué trabajaba con tanto ahínco para que fuera algo permanente. La habitación de Fern era luminosa y espaciosa, gracias a los enormes ventanales, la tenía llena de caballetes, de cajas con carboncillos, lápices y acuarelas. Había libros y fotografías en los estantes, y muchas de sus pinturas decoraban las paredes. Un inusual sentimiento de culpa se apoderó de mí al recordar el pequeño cuadro que Nanoha llevaba en las manos aquel primer sábado. Como la imbécil que era, le dije que no podía colgarlo en el apartamento. El sentimiento de culpa se convirtió en una ola imparable que anegó mi cerebro y me azotó la piel. Cambié de postura en la silla, ya que no estaba acostumbrada a ese tipo de emoción.

- ¿Fate? –la sorprendida voz de Nanoha me pilló desprevenida– ¿Qué haces aquí?

Me levanté mientras el sentimiento de culpa se volvía más fuerte. Parecía exhausta y supe que era culpa mía.

- He venido a ver a Fern.

- ¿Por qué?

- He considerado que era importante.

- Me sorprende verte levantada. –carraspeé, más incómoda si cabía.

- En cuanto a eso… –levantó la mano.

- Aquí no. –me acerqué a ella despacio.

- ¿Me darás la oportunidad de hablar contigo? Te debo una disculpa. –suspiré– Muchas, en realidad.

- No quiero tu lástima.

- Y no la tienes. Solo te estoy pidiendo una oportunidad para hablar como personas civilizadas.

- ¿Eres capaz de comportarte como una persona civilizada?

- Quiero intentarlo. Por favor, Nanoha. –apretó los labios.

- ¿Tiene algo que ver con lo que se supone que va a pasar esta tarde?

- No espero que vayas a casarte conmigo.

- ¿No?

- Después de mi comportamiento de anoche, por supuesto que no. –tomé una honda bocanada de aire y me froté la nuca– Te agradecería que lo hicieras, pero no espero que lo hagas.

- Pues lo anunciaste anoche. Intenté evitarlo. –agitó una mano– Parecías decidida.

- Lo sé. Me pasé bebiendo y era como si mi boca tuviera mente propia. Yo me encargaré de todo. –me pasé una mano por la sien, donde sentía un dolor palpitante– A estas alturas, tengo suerte de que me dirijas la palabra.

Se mordió el interior de la mejilla, como hacía siempre que estaba nerviosa. Antes de que pudiera replicar, Fern se despertó y alzó la vista.

- Hola, Nanoha, cariño mío. –Nanoha pasó junto a mí para besar a Fern en la mejilla.

- ¿Cómo estás hoy? –Fern levantó una mano y le pellizcó la nariz.

- Estoy bien. –me señaló con la barbilla– ¿Cómo es que no me has hablado de ella? –Nanoha sonrió y se sentó.

- Creo que sí te comenté algo.

- No es muy espabilada, pero es un regalo para la vista… y tiene buen gusto en bombones y flores.

Solté una risilla al ver la expresión sorprendida de Nanoha. Fue un alivio ver que Fern seguía con nosotras, que estaba lúcida. Aina me había dicho que se dormía en cualquier momento y que luego se despertaba, a menudo confundida y perdida. Solo me faltaba que yo hubiera podido verla lúcida este día y le hubiera robado a Nanoha la oportunidad de hacerlo. No estaba segura de poder soportar más culpa. Recogí mi abrigo.

- Las dejaré solas. –me incliné, levanté la mano de Fern y le besé el dorso de los dedos. Sus venas eran como una telaraña azulada que recorría la fina y arrugada piel– Fern-san, ha sido un honor.

- Si me traes más bombones, puedes volver.

- Me aseguraré de hacerlo. –le dejé la mano en el regazo una vez más– Nanoha, ¿puedo hablar contigo un momento? –salimos al pasillo.

- ¿Has venido en coche? –le pregunté con la idea de esperarla si había ido andando.

- Sí. –le miré la mano.

- ¿Dónde está tu anillo?

- No me lo pongo cuando entro. Confundiría a Fern. Lo tengo guardado en el bolso.

Tenía sentido. Fue un alivio no oírle decir que se lo había quitado porque ya no había trato.

- Bueno, de acuerdo. ¿Nos vemos en el apartamento? –titubeó y guardó silencio– ¿Qué?

- Si… si accedo a casarme hoy contigo, ¿me darás algo a cambio? Considéralo un regalo de bodas.

- ¿Qué quieres?

- Quiero conocer tu historia. Tu infancia.

- No hablo de mi pasado. –la firmeza de mi voz dejó claro que no iba a discutir el tema.

Irguió la espalada y cuadró los hombros.

- Entonces cásate tú solita, Testarossa. Nos vemos en el apartamento. –la agarré del brazo antes de que pudiera alejarse.

- Nanoha… –dije con un hilo en la voz. Nuestras miradas se encontraron. Me percaté de su determinación– De acuerdo. Si te casas conmigo hoy, te lo contaré.

- ¿Me lo prometes?

- Sí.

- Quiero que lleves alianza.

- De acuerdo. –mascullé– Nada ostentoso.

- Puedes escogerla tú misma.

- ¿Algo más como regalo? –pregunté con un deje venenoso.

- No, tu historia y una alianza.

- Iré a comprar una ahora mismo.

- En ese caso, me casaré contigo hoy.

Me quedé de piedra un instante. Había esperado gritos, acusaciones y una discusión. A lo mejor incluso lágrimas y que me mandara a la mierda, esa vez en serio. Que accediera me sorprendió.

- Gracias. ¿A las tres en punto?

- Nos veremos en casa. –se volvió y entró de nuevo en la habitación de Fern mientras yo la observaba, desconcertada.

¿Cuándo se había convertido la señorita Takamachi en una fuerza imparable? No tenía ni idea, pero, por primera vez, agradecía que estuviera de mi parte.