Capítulo 8
POV Fate
Esperé en la cocina, paseándome de un lado para otro mientras me arreglaba la chaqueta una y otra vez. No se debía a los nervios. No tenía motivos para estar nerviosa, Nanoha y yo simplemente íbamos a pronunciar unas palabras, a firmar un documento y a quitarnos de encima el requisito del matrimonio. Otra parte más de mi plan. Algo sencillo. Sin significado alguno. Le di otro tirón a mi chaqueta y camisa de seda. ¿Por qué no se quedaban perfectas, joder?
- Fate, como le des más tirones, te vas a quedar sin traje.
Alcé la vista, sobresaltada. Nanoha estaba en el marco de la puerta y parecía tan nerviosa como yo, aunque estaba mucho más guapa.
- ¡Hala!
Llevaba un vestido sencillo de color blanco roto que le ceñía la estrecha cintura y quedaba ahuecado hasta las rodillas. La parte superior era de encaje y dejaba a la vista su cuello delgado y sus brazos. Llevaba el pelo apartado de la cara, y su cabello le caía por encima del hombro. El tono del vestido le sentaba de maravilla. Miré hacia abajo y sonreí al ver sus zapatos: pequeños y con un tacón diminuto. Eran perfectos. Me había acostumbrado a su altura cuando la llevaba del brazo y no quería que fuera más alta. Me acerqué a ella y le cogí una mano para llevármela a los labios.
- Estás preciosa. –Nanoha bajó la mirada y después enderezó los hombros.
- Gracias.
- No. Soy yo quien debe darte las gracias.
- ¿Por qué?
- ¿Por dónde quieres que empiece? En primer lugar, por haber aceptado este acuerdo. En segundo lugar, por ceñirte a tu palabra, aunque tengas todo el derecho del mundo a mandarme a la mierda. –extendí el brazo y enrosqué un mechón de su pelo en torno a mi dedo. Era suave– Y, por último, por ser mejor persona que yo. –añadí con total sinceridad. Nanoha tenía los ojos brillantes.
- Es lo más bonito que me has dicho desde que nos conocemos.
- Lo sé. No he hecho un gran esfuerzo por dejar de ser una imbécil, ¿verdad? –enfrenté su mirada y me negué a apartar la vista– A partir de ahora lo intentaré con más ahínco. –la vi morderse el interior de una mejilla con fuerza– Oye. No hagas eso. –reí entre dientes al tiempo que le acariciaba la cara con un dedo– Nada de sangre el día de nuestra boda.
Esbozó una sonrisilla. Me incliné para recoger el regalo que le había comprado y le ofrecí el ramillete de flores.
- Son para ti.
- ¡Fate!
- He pensado que te gustarían. –dije, un tanto avergonzada. Nanoha enterró la nariz en las flores.
- Me encantan. –frunció el ceño– ¿Y tú?
- Me niego a llevar un ramo. –sonreí de forma burlona con la intención de aligerar la seriedad del momento.
Ella movió la cabeza mientras sonreía y se acercó a un cajón para buscar algo. Tras mirar el ramo, eligió una rosa que procedió a cortar con cuidado y después me la colocó en el ojal de la solapa. Esos pequeños dedos obraron su magia y me colocaron la corbata en su lugar. Acto seguido, le dio unas palmaditas a la prenda de seda, satisfecha.
- Ya está. Lista.
- ¿Tú estás lista? –le pregunté, con cierto miedo a su respuesta.
- Sí. –le ofrecí el brazo.
- Pues vamos a casarnos.
Fue una ceremonia sencilla. Las dos solas, con testigos que ninguna conocía. Se leyó, se pronunciaron los votos y nos proclamaron mujer y mujer. Le puse una delgada alianza, además del solitario, tal y como ella me había pedido, y permití que ella me pusiera una sencilla alianza de platino. Me miré la mano, flexioné los dedos y apreté el puño. El contacto del frío metal me resultaba extraño. Nanoha me miró y le sonreí.
- Ya estoy pillada y marcada, así que supongo que es oficial.
El juez de paz se echó a reír entre dientes.
- En cuanto haya besado a la novia.
Incliné la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Le rocé los labios mientras le colocaba una mano en la nuca y la atraía hacia mí para besarla con ganas. Al fin y al cabo, estaba en mi derecho. Era mi mujer. Cuando me aparté, ella abrió los ojos, y me sorprendió ver la sincera ternura de su mirada. Su sonrisa también era genuina, y se la devolví de corazón al tiempo que la besaba de nuevo en los labios.
- Estamos casadas, Fate.
No supe por qué me satisfacían esas palabras, pero así era.
- Lo estamos. Y ahora tenemos una cena pendiente con la familia Harlaown. ¿Qué probabilidad hay de que sea un evento tranquilo?
- Casi ninguna. Pero fuiste tú quien accedió.
- Lo sé. No me lo recuerdes. Vamos a firmar los documentos y después afrontaremos las consecuencias.
- De acuerdo.
…
Aparcamos frente a la casa. Apagué el motor y miré alrededor.
- No hay más coches.
- Menos mal.
Miré a la señorita Takamachi. A Nanoha. A la señora Testarossa Takamachi. A mi mujer. Joder. Me había casado.
- ¿Fate? ¿Qué te pasa? Tienes mala cara. –negué con la cabeza.
- Gracias. Lo digo en serio, Nanoha. De verdad.
- Lo sé.
- Supongo que no…
- No.
- No sabes lo que iba a decir.
- Vas a intentar que me olvide de mi deseo de escuchar la historia de tu infancia.
- Son las típicas gilipolleces paternas, Nanoha. ¿Por qué sacarlas a la luz?
- Creo que es importante.
Enterré la cabeza en las manos con un suspiro al oír que me devolvía mis propias palabras.
- Fate, por favor.
- De acuerdo. –dije, con un resoplido– Más tarde.
- Esperaré.
- De acuerdo. Así nos quitaremos esta mierda de encima. –ella puso los ojos en blanco sin disimular la impaciencia.
- En fin, el esfuerzo te ha durado tres segundos. –le coloqué una mano en la nuca.
- No es un tema fácil para mí.
- Lo entiendo, pero ahora mismo no estamos hablando de eso. Ahora mismo, tu nuevo jefe y su familia están esperándonos para celebrar nuestra boda con una cena. Deja de hacer la imbécil, sonríe y compórtate como si me adorases, joder. –insistió, devolviéndome de nuevo mis propias palabras. Dicho lo cual, salió del coche y, una vez fuera, se inclinó para mirarme y decirme– ¿Vienes? –alucinada, solo atiné a asentir en silencio.
…
La cena fue tranquila según la definición de los Harlaown. En la terraza había instalado una mesa con mantelería de tul, flores y velas cuyas llamas se agitaban debido a la suave brisa, además de los farolillos diseminados por los alrededores. En un rincón se había dispuesto otra mesa con una tarta nupcial. Nanoha me miró con los ojos como platos.
- ¿Cómo lo han hecho en un solo día?
- Las ventajas del dinero y de los contactos. –murmuré. Tuve que admitir que estaba impresionada.
Nuestra anfitriona sonrió al vernos llegar y abrazó con fuerza a Nanoha. Clyde me dio unas palmadas en un hombro, a modo de felicitación, y después me vi obligada a sufrir los abrazos y los apretones de mano del resto de la familia. Les gustaba demostrar su afecto de esa manera. Me alejé un poco de ellos y cogí de la mano a Nanoha a modo de talismán. A lo mejor si la tocaba, dejaban de abrazarme.
La cena consistió en una serie de platos extravagantes y el champán corrió de forma generosa, pero en esta ocasión no dejé que se me fuera la mano. Solo bebí unos sorbos de vino y me pasé casi toda la noche bebiendo agua. Aunque nos habíamos hecho fotos durante la ceremonia, Lindy y Hayate se resarcieron usando sus teléfonos móviles, con los que no dejaron de hacer fotos mientras insistían en que nos besáramos. Por suerte, en esta ocasión Nanoha sí había bebido lo suficiente como para que no le importara. De hecho, ladeaba la cabeza gustosa mientras sonreía y aceptaba mis caricias. Al igual que el resto de las parejas sentadas a la mesa, la rodeé con un brazo casi en todo momento mientras le acariciaba la piel que quedaba expuesta. De vez en cuando, me volvía para besar su suave hombro o su cuello, y susurrarle algún comentario ridículo al oído que le arrancaba una sonrisa o una carcajada. Éramos la viva estampa de una pareja feliz y enamorada.
Hayate le dijo en un momento dado.
- ¡Ah, Nanoha! Casi se me olvida. Soy monitora de yoga y la semana que viene empieza un grupo nuevo. Por favor, ven. Te encantará. –Amy asintió con la cabeza.
- Chrono se queda con los niños. Yo asisto a todas las clases, incluso a las de principiante porque me encanta. Hayate es una monitora increíble. –Nanoha las miraba con interés.
- ¡Oh, me encantaría! Siempre he querido probar. ¿Cuándo?
- Los martes por la tarde, es un curso de ocho semanas para principiantes. Después, habrá una pausa antes de continuar con el siguiente nivel. –el brillo que relucía en sus ojos se apagó.
- No puedo. Los martes es la tarde musical en la residencia de ancianos. Los ancianos se entretienen escuchando tocar en directo a muchos grupos locales. Siempre acompaño a Fern, le gusta mucho. Y no quiero dejarla sola, sin mí seguro que no va.
Me había percatado de la lista que Fern tenía en su tablero de anuncios. Esta semana tocaba jazz. A mí me encantaba el jazz. El hecho de que Nanoha quisiera ir a clases de yoga despertó en mí el deseo de hacerlo posible para ella, así que dije.
- Yo la acompañaré.
- ¿Cómo?
- Tú ve a yoga. Hace mucho que quieres probar. Yo cenaré con Fern y la acompañaré al concierto. –le di un empujoncito cariñoso– Ya sabes que el jazz me encanta. –guiñé un ojo a modo de broma– A lo mejor te ayuda a mantener mejor el equilibrio.
- ¡El yoga es genial para eso! –exclamó Hayate, entusiasmada.
- Pero será todos los martes. –señaló Nanoha.
- No pasa nada. –me gustaban todos los tipos de música, menos el heavy metal, pero dudaba mucho de que ese género estuviera incluido en el repertorio– Supongo que Fern y yo tendremos una cita todos los martes durante una temporada. –Nanoha se inclinó hacia mí para susurrarme.
- ¿Estás segura?
- Sí. –contesté, también en voz baja– Me gustaría pasar más tiempo con Fern. –la miré a los ojos– En serio. –me besó en la mejilla.
- Gracias. –me dijo al oído. Me volví y la besé en la boca.
- De nada.
Me enderecé con un suspiro. Me alegraba poder hacer algo por ella. Vi a Clyde que me miraba y asentía con la cabeza en señal de aprobación. Bajé la vista, casi avergonzada por su silencioso apoyo. Qué día más raro y emotivo.
Después de la cena, Lindy nos dijo que apartáramos la mesa para dejar espacio, insistiendo en que debíamos bailar. Agradecida por el hecho de haber practicado, extendí una mano hacia Nanoha con una sonrisa.
- ¿Lista para bailar con tu esposa?
Ella esbozó una sonrisa tímida pero sincera, mientras aceptaba mi mano.
- Lista, corazón. Pero no vayas a usar toda tu energía en la pista de baile… –le guiñé un ojo.
- Puedes estar tranquila, cariño.
La insté a girar entre las carcajadas de los demás. Ella se pegó a mí mientras nos movíamos al compás de la música. De nuevo, me sorprendió lo bien que encajaban nuestros cuerpos. Su altura era perfecta porque podía apoyar mi mejilla en su cabeza. Podía oler su delicado perfume mientras disfrutaba de la suavidad de su pelo. Sonreí mientras hacíamos un giro en sincronía. Había elegido a la esposa farsante perfecta.
Nos marchamos entre abrazos, felicitaciones y silbidos. En el coche ambas guardamos silencio. Yo no dejaba de mirarla de reojo.
- ¿Te pasa algo?
- Mmm…
- ¿Estás bien? –se apoyó en el reposacabezas y asintió.
- Sí. Ha sido un día agradable.
- ¿No ha estado mal para haber sido una boda apresurada con una imbécil?
- Está entre mis diez bodas preferidas.
Reí entre dientes. Su lado gracioso era cada vez más evidente. Me gustaba.
- ¿Cuántos años le lleva Chrono a Hayate?
- Creo que diez. Me dijo que llegó por sorpresa.
- La niña de la familia.
- Más bien creo que es la fiera de la familia. Chrono es más tranquilo.
- Como Clyde. –replicó– Me gustan todos. Son un grupo maravilloso.
- Tú también les gustas.
- Intento no sentirme culpable. –admitió– Se están portando de maravilla.
- Nanoha, nadie va a salir herido. Voy a esforzarme al máximo por Clyde. Va a contar con una persona tan motivada como los miembros de su familia a la hora de lograr que su empresa prospere.
- Pero después…
- Ya nos preocuparemos de eso más tarde. Faltan meses. No le des más vueltas. –guardó silencio un rato.
- Gracias por ofrecerte a acompañar a Fern.
Me encogí de hombros. Le agradecí que cambiara de tema.
- Ya te he dicho que me cae bien. Tengo que conocerla mejor. Es mi deber como tu esposa. Es algo natural. –murmuró algo en señal de asentimiento.
- Creo que los has convencido. Incluso a Clyde. –añadió– No nos quitaba ojo y creo que le ha gustado lo que ha visto.
- Estoy de acuerdo. Gracias. Otro trabajo excelente, señorita Takamachi.
- Soy la señora Testarossa, que no se te olvide. –una extraña sensación me recorrió el pecho al escucharla.
- Tomo nota de mi error, señora Testarossa. –ella volvió la cara para mirar por la ventanilla.
- Y no ha sido solo un trabajo. –añadió en voz tan baja que apenas la oí.
No supe qué replicar. Sin embargo y por algún motivo, busqué su mano en la oscuridad y le di un apretón. Hicimos el resto del trayecto a casa con las manos entrelazadas.
Se quedó dormida antes de que llegáramos a casa. Sabía que estaba agotada después de la noche anterior y de los acontecimientos del día, de modo que decidí dejarla dormir. Abrí la puerta, la saqué del coche en brazos y la llevé al apartamento. Parecía muy pequeña entre mis brazos, con la cabeza apoyada en mi hombro. Descubrí que era incapaz de apartar la mirada de ella mientras el ascensor subía. Una vez en el dormitorio, la dejé en la cama, sin saber qué hacer con el vestido. Al ver que se movía un poco, le dije que era mejor que se quitara el vestido y conseguí quitárselo por la cabeza. Acto seguido, volvió a quedarse dormida. Me agaché al lado de la cama y la miré de arriba a abajo. Un conjunto de lencería de encaje similar al vestido le cubrió los pechos y un triángulo de seda ocultaba su sexo a mis ojos. Aunque siempre había creído que no era mi tipo, descubrí no sin sorprenderme que sus delicadas curvas me resultaban más que atractivas. Le pasé un dedo por la clavícula con mucho cuidado y desde allí descendí por su pecho hasta su abdomen. Su piel era suave como el satén. Se estremeció sin llegar a despertarse y se volvió hasta colocarse de costado mientras murmuraba algo incoherente. Acto seguido se acurrucó y siguió durmiendo. Le aparté los mechones cobrizos de la cara para examinarla a placer. Era una cara que yo había descrito como "corriente". Pero no había nada de corriente en ella. Tenía los pómulos muy afilados y todavía demasiado delgada, sin embargo, sabía que al sentirse segura y poder comer de forma adecuada, sin que las preocupaciones la torturasen, ganaría peso. Las ojeras oscuras desaparecerían y esa belleza serena y sencilla que otros veían, y que yo por fin había descubierto, acabaría resplandeciendo. Moví la cabeza por el extraño rumbo de mis pensamientos con respecto a Nanoha. Había sido un día lleno de emociones que pocas veces había experimentado, si acaso lo había hecho alguna vez. Sabía, sin lugar a dudas, que se debía a la mujer que tenía delante. Aunque no entendía el porqué. Mi cuerpo reaccionó a lo que veía y la vergüenza me abrumó. No debería estar comiéndomela con los ojos mientras ella dormía, por más apetecible que me pareciera su estado de semidesnudez. Me apresuré a taparla con el edredón hasta la barbilla y apagué la luz. Dejé su puerta abierta y me fui a mi dormitorio, lista para enfrentarme a una noche de sueño inquieto. Que hubiera cedido al cansancio que la invadió en el coche había sido solo un respiro. Sabía que por la mañana me pediría que le contara mi historia. Y también sabía que se la contaría porque, en resumidas cuentas, se lo debía. Después de ducharme, me miré en el espejo. Miré ese caparazón externo que tantos envidiaban. Ese caparazón que cubría a la persona vacía y perdida que llevaba dentro. Una persona a la que yo había desterrado y escondido hacía muchos años y que Nanoha estaba a punto de sacar a la superficie. Me estremecí y solté la toalla, que cayó al suelo. Me aterraba esa conversación. Atravesé el dormitorio y abrí la puerta de par en par, aunque sabía que esta noche no habría resoplidos reconfortantes. Me metí en la cama, víctima de un extraño anhelo porque deseaba que ella estuviera allí acostada, esperándome.
…
Estaba sentada en el taburete de la encimera, dando buena cuenta de mi tercera taza de café, cuando ella bajó la escalera el domingo por la mañana. Se preparó una taza. Yo todavía no había intentado usar la cafetera desde que apareció un día, la semana anterior, de modo que se las tuvo que apañar sola. Me percataba de sus miraditas de reojo mientras esperaba a que la Keurig obrara su magia.
- ¿Qué pasa? –suspiré.
- Me quedé dormida.
- Estabas agotada.
- Me he despertado en mi cama. Sin el vestido. –la miré con una ceja enarcada.
- Tengo entendido que es costumbre que el novio, en este caso novia, lleve a la novia en brazos al cruzar el umbral de su casa y le quite el vestido de novia cuando se casan.
Un intenso rubor le cubrió las mejillas, resaltando sus delicados pómulos. Sonreí y meneé la cabeza.
- Me ayudaste, Nanoha. Luego te volviste a quedar dormida, te arropé y salí del dormitorio. Creí que estarías incómoda de otra forma.
- Oh.
Se sentó a mi lado y bebió un sorbo de café antes de fijarse en el paquete envuelto que había en la encimera.
- ¿Qué es? –deslicé el paquete hacia ella.
- Un regalo.
- ¿Para mí?
- Sí.
Descubrí que era una ansiosa, nada de despegar la cinta adhesiva y quitar con cuidado el envoltorio. Agarró una esquina y le dio un tirón con la alegría de un niño la mañana de Navidad. Me arrancó una sonrisa. Miró la caja.
- ¿Qué? –sonreí con burla al ver su confusión.
- Es una sartén para gofres.
- Dijiste que querías una y te he comprado una. Como regalo de bodas. –solté una risilla– No conseguí meter una mesa en una bolsa de regalo, así que supongo que vas a tener que escogerla tú. –me miró a los ojos.
- El regalo que quería solo cuesta una mínima parte de tu tiempo.
En eso se equivocaba. Sabía lo que quería, lo que yo había prometido para conseguir que se casara conmigo.
- No vas a dejar pasar el tema, ¿verdad?
- No. Tú conoces mi historia. Yo quiero conocer la tuya. –levantó el mentón con gesto terco, resaltando el hoyuelo de la barbilla– Me lo prometiste.
Dejé la taza de café en la encimera con más fuerza de la necesaria.
- De acuerdo.
Me levanté del taburete, tensa y agitada. Me acerqué a la ventana y observé la ciudad, miré las siluetas, pequeñas y distantes… tal como quería que fueran esos recuerdos. Sin embargo, Nanoha quería sacarlos a relucir.
- Mi padre era un mujeriego. Rico, malcriado… un cabronazo. –solté una carcajada y me volví para fulminarla con la mirada– De tal palo, tal astilla.
Nanoha se trasladó al sofá, se sentó y guardó silencio. Me volví de nuevo hacia la ventana, ya que no quería tener contacto visual.
- Apostaba fuerte, viajaba mucho y básicamente hacía lo que le daba la gana, hasta que mi abuelo se lo echó en cara. Le dijo que madurase y amenazó con cortarle el grifo del dinero.
- Ay, Dios. –murmuró ella.
- Mi madre y él se casaron poco después.
- En fin, tu abuelo debió de alegrarse mucho.
- No demasiado porque poco cambió. Pasaron a ir de fiesta juntos, seguían viajando y seguían gastando el dinero a espuertas. –me alejé de la ventana y me senté en el diván, delante de ella– Estaba furioso y les planteó un ultimátum: si al cabo de un año no tenía un nieto al que acunar en el regazo, no les daría más dinero. También amenazó con cambiar su testamento, con desheredar a mi padre por completo.
- Tu abuelo parece un poco tirano.
- A mí me viene de casta. –puso los ojos en blanco y me hizo un gesto para que continuase– Así que nací yo.
- Evidentemente. –la miré a los ojos.
- No fui fruto del amor, Nanoha. Fui fruto de la avaricia. No me querían. Nunca me quisieron.
- ¿Tus padres no te querían?
- No.
- Fate… –levanté una mano.
- Me pasé toda la infancia, toda mi vida, oyendo que era un estorbo… para los dos. Que solo me habían tenido para asegurarse el flujo del dinero. Me criaron niñeras y tutores, y en cuanto tuve la edad suficiente, me mandaron a un internado.
Empezó a morderse el interior de la mejilla, pero no dijo una sola palabra.
- Me enseñaron que en la vida solo puedes contar contigo misma. Ni siquiera cuando estaba en casa durante las vacaciones era bien recibida. –me incliné hacia delante y me aferré las rodillas– Lo intenté. Intenté con todas mis fuerzas que me quisieran. Era obediente. Sacaba notas excelentes. Hice todo lo que pude para que se fijaran en mí. No conseguí nada. Los regalos que hacía para el Día de la Madre o el Día del Padre acabaron todos en la basura. Al igual que mis dibujos. No recuerdo besos de buenas noches ni abrazos, ni que alguno de ellos me leyera un cuento antes de dormir. No hubo compasión cuando me lastimaba las rodillas o tenía un mal día. Mi cumpleaños se celebraba con un sobre lleno de dinero. La Navidad, tres cuartos de lo mismo. –una lágrima resbaló por las mejillas de Nanoha, y verla me sorprendió– Aprendí pronto que el amor no era un sentimiento que me interesase. Me debilitaba. Así que dejé de intentarlo.
- ¿No hubo nadie?
- Una sola persona. Una cuidadora cuando tenía unos seis años. Se llamaba Linith, pero yo la llamaba Nana. Era mayor, amable y distinta conmigo. Me leía, hablaba y jugaba conmigo, prestaba atención a mis tonterías infantiles. Me dijo que me quería. Se enfrentó a mis padres e intentó que me prestasen más atención. Duró más que la mayoría, razón por la cual su recuerdo es más nítido que el de las demás. Pero se marchó. Todos lo hacían. –solté el aire– Creo que mis padres creyeron que me estaba malcriando, así que la despidieron. La oí discutir con mi madre acerca de lo aislada que me tenían y de que merecía algo mejor. Desperté un par de días después con la cara de una niñera nueva.
- ¿Es la persona a la que te recuerda Fern?
- Sí.
- ¿Y desde entonces?
- Nadie.
- ¿Tampoco tenías una estrecha relación con tu abuelo? Parecía que él te quería más que nadie. –negué con la cabeza.
- Quería que continuase el linaje de los Testarossa. Lo veía de tarde en tarde.
Nanoha frunció el ceño, pero guardó silencio.
Me levanté y empecé a pasear de un lado para otro de la habitación, con un nudo enorme en el estómago, mientras me permitía recordar.
- Llegó un momento en el que mis padres ni siquiera se soportaban, y no hablemos ya de soportarme a mí. Mi abuelo murió y se separaron. Estuve yendo del uno al otro durante años. –me agarré la nuca cuando el dolor que sentía en el pecho amenazó con tragarme entera– Ninguno me quería. Iba de una casa a la otra solo para que pasaran de mí. Mi madre deambulaba de un sitio a otro, viajando, dedicada a sus relaciones sociales. En muchas ocasiones me desperté y me encontré con una desconocida que había ido para hacerse cargo de mí mientras mi madre continuaba con sus fiestas. Mi padre cambiaba de mujer como quien cambia de camisa, nunca sabía con quién me iba a encontrar en el pasillo o en la cocina. –hice una mueca– Fue un alivio que me mandaran al internado. Al menos, allí podía olvidar.
- ¿Y podías hacerlo? –asentí con la cabeza.
- No tardé en aprender a separar los hechos de mi vida en compartimentos aislados. No significaba nada para ellos. Me lo habían dicho en numerosas ocasiones, me lo demostraban con su abandono. –solté el aire, casi un jadeo– Yo tampoco sentía nada por ellos. Eran las personas que pagaban las cosas que yo necesitaba. Nuestro contacto casi siempre se limitaba a cuestiones de dinero.
- Qué espanto.
- Así era, así fue durante toda mi vida.
- ¿Ninguno volvió a casarse? –preguntó ella tras unos segundos en silencio.
Me eché a reír, unas carcajadas secas y amargas.
- Mi abuelo dejó estipulado en su testamento que, si se separaban, mi padre se quedaría con una asignación. Mi madre no podría tocar el dinero, de modo que permanecieron casados legalmente. A mi padre le daba igual, tenía un montón de recursos. Se había tirado a un montón de mujeres mientras estaban casados y siguió haciéndolo una vez separados. Acordaron una mensualidad y ella hizo con su vida lo que quiso, lo mismo que él. Todos ganaban.
- Y tú te perdiste mientras ellos barajaban las cartas.
- Nanoha, nunca estuve en la baraja. Era el comodín que descartaban. Sin embargo, al final, tampoco importó mucho.
- ¿Por qué?
- Cuando tenía casi dieciocho años, mis padres asistieron a un evento juntos. Ya ni recuerdo qué era, una reunión social. Les encantaban. Por algún motivo, se fueron juntos al final de la noche. Supongo que mi padre la iba a llevar a casa. Un conductor borracho los embistió de lleno. Ambos murieron en el acto.
- ¿Te entristeció?
- No.
- Seguro que sentiste algo…
- Solo sentí alivio. Ya no tenía que ir a sitios donde no me querían, pero a los que tenía que ir para guardar las apariencias. Y lo más importante de todo era que ya no tendría que fingir que me importaban dos personas a quienes yo les importaba una mierda.
Nanoha emitió un sonido ronco y agachó la cabeza un momento. Su reacción me descolocó. Parecía muy alterada.
- Como todavía estaban casados legalmente y no habían cambiado sus testamentos, yo lo heredé todo. –seguí– Hasta el último centavo, menuda ironía, ya que lo único bueno que hicieron por mí fue morir.
- ¿Por eso te puedes permitir este estilo de vida?
- La verdad es que no. Rara vez toco mi capital. Lo he usado para cosas importantes, como comprar este sitio o pagarme la educación. Nunca quise la vida que llevaron mis padres: frívola e inútil. Disfruto trabajando, sabiendo que puedo sobrevivir por mis propios medios. No le debo nada a nadie.
- ¿Es lo que estás usando para pagarme?
Me froté la nuca y sentí una ligera capa de sudor provocada por el estrés.
- Te considero importante, sí.
Una vez más, agachó la cabeza y el pelo le cubrió la cara. Me senté a su lado y la miré fijamente.
- Mírame.
Ella levantó la cara. Tenía las mejillas húmedas por las lágrimas, los ojos abiertos de par en par y aferraba el cojín del sofá con tanta fuerza que se le habían puesto los nudillos blancos.
- ¿Por qué estás tan alterada?
- ¿Esperas que me quede tranquila después de oír cómo te han desatendido toda la vida? –me encogí de hombros.
- Es agua pasada, Nanoha. Ya te dije que no era una historia agradable. Pero no influye en el aquí y en el ahora.
- No estoy de acuerdo. Creo que sí influye, Fate. –negué con la cabeza.
- No va a cambiar nada porque te haya contado mi historia.
- Tal vez no cambie para ti.
- No lo entiendo.
- No, no me sorprende.
- ¿Qué diablos quiere decir eso?
- Por fin entiendo muchas cosas. El motivo de que te comportes de cierta manera al relacionarte con los demás. El motivo de que nunca hayas entablado una relación cercana con nadie. Y el motivo de que no dejes que la gente se te acerque. –la fulminé con la mirada.
- No te atrevas a analizarme.
- No lo hago. Solo digo lo que me parece, nada más.
- No quiero tus lágrimas ni tu compasión.
- Pues lo siento, Fate…, porque te has ganado ambas cosas. Tus padres eran personas horribles y ni tú ni ningún otro niño se merece que lo maltraten o lo abandonen. –esbozó una sonrisa triste– Pero tú eliges cómo vivir el ahora. Crees que te has deshecho del pasado, pero no es verdad. Ves el mundo y tratas a las personas tal cual te trataron a ti. –se puso en pie y se secó la cara– Si te lo permitieras, creo que descubrirías que las personas no son siempre tan espantosas como crees que son. Algunas hasta merecemos la pena. –sus palabras me dejaron helada.
- No creo que seas espantosa, Nanoha… Todo lo contrario. De hecho, soy yo quien es detestable.
- No, Fate, no eres detestable. Creo que estás perdida. No te has permitido sentir. En cuanto lo hagas, en cuanto te permitas conectar con alguien, creo que descubrirás que el mundo es un lugar mucho mejor para vivir. El amor no te debilita. El amor verdadero, el sincero, te fortalece.
Tras pronunciar esas palabras, se inclinó y me besó la mejilla. Sentí la prueba de su tristeza en mi piel, la humedad de sus lágrimas.
- Gracias por contármelo. Y, para que conste, no creo que te parezcas en nada a tu padre. Solo crees que eres igual que él porque no sabes cómo comportarte de otra manera. Creo que, si lo intentaras, serías una mujer maravillosa.
Se dio media vuelta y abandonó la estancia, dejándome con muchas cosas en las que pensar.
