Esa pequeña oportunidad (de ser lo que necesitas).
Dramione Soulmates Au!
Quiso fingir que era fuerte, quiso fingir que nada le afectaba, que nada le dolía, que su cuerpo no temblaba como si fuera un niño pequeño, quiso fingir que aquella escena que frente a él se alzaba no causaba nada en su mente, en su cuerpo, mucho menos en su corazón. Le había enseñado a ese corazón débil y cobarde suyo que esas cosas no podían ni tan siquiera agradarle. No podía ser como su madre, que cubría su rostro frente a tales vistas que otros tanto gozaban, aquello comportamiento se lo podían permitir solo las esposas de mortífagos, el hijo de uno, el heredero de un mortífago no podía ni tan siquiera desear esa oportunidad; tampoco podía ser como su tía Bellatrix, porque no tenía ni las agallas ni la poca cordura como para ser reducido a un desquiciado sádico que babeaba a los pies del Señor Oscuro; nada de eso era correcto, en lo absoluto. Draco Malfoy tenía que ser como su padre, indiferente, de poca paciencia, desinteresado en todo ello. Eso lograba que no se levantasen sospechas de su debilidad ni que lo forzaran a participar de más, el punto medio perfecto, justo donde personas sin fuerza ni valor como él debían de estar.
Pero ahora no podía hacer, no podía sencillamente rodar los ojos, mirar de vez en cuando a otro lado y fingir que nada ocurría, sencillamente no podía. Se había visto completamente superado en el momento en el que esos dos leones desapropiados de dignidad fueron enviados a los calabozos mientras ella seguía allí, en el momento en el que su tía había decidido que quería divertirse con ella y solo con ella.
Llorando, gritando, implorando clemencia, pataleando, intentando escapar o por lo menos que acabarán con ella y con aquella tortura de una buena vez por todas. Hermione Granger, aquella feroz leona que en tercer año le dio aquella hostia en la cara que venía mereciendo durante dos años lectivos y medio, aquella firme hija de muggles que había mostrado diferentes rostros dependiendo de quién la encaraba. La agresiva víctima que usa los puños contra sus acosadores, la impecable alumna de perfecto comportamiento que no hace más que resaltar en cada asignatura, la mente brillante y algo maquiavélica detrás de todos esos alocados y estúpidos planes para conseguir lo que esos dos descerebrados querían.
Esa fuerte muchacha, esa bruja brillante e implacable, aquella guerrera que mostraba las garras y los colmillos en todo lo que hacía, y lo hacía con orgullo. Esa leona, reducida a una lamentable cachorra indefensa y arruinada. Destrozada en cada forma posible, deformada hasta lo irreconocible.
Rota para todo lo que quedaba de su vida, humillada, marcada.
Quería vomitar, quería reventarse la cabeza contra el muro de dura roca de aquella habitación, quería cubrir su rostro y llorar como un condenado niño pequeño. Quería tirarse de los pelos mientras gritaba— no, imploraba que la dejaran en paz, que la soltaran, que le dejaran tomar su sitio para que ella pudiera huir de este país envenenado por la guerra provocada por todas aquellas podridas almas deseosas de un genocidio nunca antes visto. Quería sacarla de allí, quería tomarla de los hombros y gritarle por qué no había huido mucho antes, cuando aún pudo haber tenido oportunidad. Era solo una hija de muggles más, ¿quién se hubiera tomado la puta molestia de buscarla en la India, en Etiopía o en Surinam? Exacto, nadie, ella simplemente pudo haber huido, alejarse para siempre de todo esto.
Pero no, ella tenía que quedarse, quedarse con el jodido Harry Potter, a salvar el mundo sin preguntarse quién carajos la salvaría a ella.
—No saqué nada —repetía ella mientras sollozaba e hipaba violentamente—, por favor, por favor, no saqué nada, no saqué nada.
Bellatrix escupió sobre la mejilla derecha de la bruja. —No te creo ¡sangre sucia mentirosa! —masculló con los ojos bañados en furia, procediendo de inmediato a empezar a arremangar violentamente la manga de la sudadera que cubría el brazo derecho. Clavó las uñas en la muñeca de la muchacha por apenas unos segundos, arrebatándole muchos más alaridos de dolor.
La bruja oscura entonces aprieta con su pulgar aquella marca de la muñeca.
Draco tiene que sujetarse la muñeca derecha para no llevarse la mano al pecho, tiene que sujetarse la muñeca derecha porque arde, arde como el infierno, arde como el veneno de mil criaturas peligrosas, arde como las lágrimas que quieren escapar de sus ojos al verla sufriendo tanto.
—Espero que hayas memorizado ya tu marquita, asquerosa sangre sucia —empieza a decir apretando cada vez más mientras Hermione se retorcía y negaba con la cabeza, rogando de esa manera que no estuviera a punto de acontecer lo que ella ya se imaginaba—, dale una última mirada —dice entre carcajadas asquerosas, alzando con crueldad y fuerza el brazo de la muchacha—. ¡Porque no la volverás a ver!
El tiempo se para, los colores desaparecen, el aliento se le va por completo de los pulmones, finalmente las lágrimas salen de sus ojos, viven en sus mejillas y mueren al llegar a su quijada. Solo necesita un segundo, un solo segundo, ¿qué más necesitaría para reconocer esa bella marca que borraron a base de horror y dolor?
Una de las primeras cosas que se le explican a los criados entre muggles son las marcas que desde niños tienen en sus cuerpos pues no solo es una forma de identificarse entre humanos con magia, sino es una forma de comprender todo lo que el futuro te depara. Los magos nacen con marcas en sus muñecas derechas, dibujos simples y negros, perfectamente distinguible sin importar el color de la piel, un negro tan precioso, perfecto y puro que parece un eterno agujero en la piel que solo ha podido ser llenado con eterna e incorregible oscuridad absorbente de toda esperanza. Marcas que definen el resto de tu vida, marcas que no solo los diferencian de los muggles, sino también de aquellos que no son otra cosa que los enfermos productos del egoísmo, la violencia y el dolor.
Los muggles no tienen marcas del destino, los nacidos por la Amortentia no tienen marcas del destino, los squibs no tienen marcas del destino. Las marcas del destino son una preciosa y sincera pista para encontrar a aquella persona que más feliz te hará en toda tu vida, una pista sencilla y mágica para tomar la decisión correcta, es algo demasiado mágico e indiscutible para que los squibs las tengan o como para que los muggles las entiendan, los nacidos por la Amortentia están condenados a jamás sentir ni uno solo de todos los tipos de amor que existe, la magia, ofendida por tamaña aberración en su contra como lo era la Amortentia, había condenado con los vástagos de tales uniones de violencia y crueldad para jamás saber lo que el verdadero amor, el puro y natural, podía llegar a significar jamás.
Por eso el Señor Oscuro marcaba precisamente en el brazo derecho a sus más allegados seguidores. Porque el dolor extremo de tu alma gemela te llegaba como un pinchazo ardiente en la muñeca derecha, para que los mortífagos renunciaran a la posibilidad de un amor puro solo para atender a la llamada de su señor, porque si a él nadie jamás podría amarlo de verdad pues a todos ellos tampoco. La serpiente que salía de aquella tenebrosa calavera abría sus fauces como si quisiera devorar cualquiera fuese el símbolo, representando como aquella maldita secta consumía todo lo bueno que podía llegar a ocurrirte.
Había intentando fingir que la marca de su muñeca se parecía a la de Pansy Parkinson, a la de Astoria Greengrass, a la de Daphne Greengrass, a la de Flora Carrow o a la de la gemela de esta, Hestia Carrow. Intentó e intentó durante años fingir que su alma gemela se encontraba en Slytherin, serpientes con serpientes, marcados con marcados, como siempre debe de ser, como siempre ha sido.
Pero no era idiota, no era ciego, no era tan terco, sabía a la perfección lo que había visto. Sabe identificar a la perfección lo que él mismo tiene grabado en su blanca piel. Sabe identificar aquel libro abierto sin palabras y el cuerno de unicornio que se coloca en medio, como si fuera un improvisado y extraño marcapáginas.
Y sabe identificar la varita de su tía apuntando contra la copia perfecta de su propia marca, sabe reconocer las súplicas de su alma gemela, a punto de ver cómo borraban para siempre su vínculo más puro con aquella persona que estaba destinada para ella.
Es su mano derecha la que se mueve, por supuesto que es su mano derecha. Sin el permiso de su mente, pues sigue con furia y firmeza las órdenes desesperadas de su ya no tan cobarde corazón. No tiene ni idea de qué narices está lanzando, solo sabe que con una furiosa sacudida de su brazo la magia ha mandado a volar a su maldita tía, alejándola de Hermione Granger, de su alma gemela, antes de herirla más.
No lo pronuncia, pero su cabeza repite algo con tanta fuerza que no necesita ni hacer el movimiento correcto.
Crucio. Crucio. Crucio. Crucio. Crucio. Crucio. Crucio joder, crucio.
Relámpagos verdes salían desde su varita, uno tras otro, su tía solo era capaz de retorcerse como una desgraciada sin control alguno sobre su cuerpo en el suelo. Sus ojos habían perdido toda especie de brillo, su cuerpo apenas se movía unos segundos por el impacto de la maldición imperdonable para luego quedarse completamente inmóvil hasta el siguiente choque. Pero Draco no paró, no paró en lo absoluto, ella no había parado cuando Hermione se lo rogó una y mil veces, ¿por qué debería de detenerse él?
Escucha a la perfección los pasos apresurados de los presentes carroñeros y mortífagos, recién se da cuenta que su pobre madre está gritando desesperada y completamente espantada por el pecado de su hijo. Porque la ha matado, ha matado a su tía a base de un interminable dolor, de ese tipo de dolor que aquella loca juraba amar en todas esas conferencias con el Señor Oscuro.
Ni siquiera se molesta en ver quién era, hace estallar a un carroñero, mata con un simple avada a un mortífago, a la asquerosa rata con traje de león lo ahorca, sin pensarlo ni un solo segundo le dedica al último carroñero que queda aquella misma maldición que Potter le dedicó hace unos meses aquella terrible noche en los baños de Hogwarts, se llena de tantos cortes profundos como él, uno en especial en su cuello, lo que hace que todo se llene de sangre y que caiga muerto en apenas unos segundos.
Cuando no queda nadie más corre como loco hasta arrodillarse al lado de Hermione.
Lo mira espantada, confundida, temerosa. Él intenta sostenerla para sacarla de allí de inmediato pero ella se retuerce, solloza, niega con la cabeza, no quiere que la toquen, no quiere que le hagan más daño, mucho menos él. Pero tiene que hacerlo para lograr que le entienda.
Con toda la delicadeza del mundo, Draco tomó la muñeca derecha de Hermione y acarició con su pulgar su marca del destino. Tiemblan al mismo tiempo, en perfecta sincronía cuando sienten aquel precioso, dulce y acogedor oleaje de ternura, amor y seguridad. Como si se hubieran aparecido en un lugar completamente diferente, como si ya no estuvieran en la mansión Malfoy sino en algún bello campo de flores de amorosos aromas, lejos de toda aquella tragedia bélica. Ambos lo reconocen de inmediato, reconocen de inmediato que, después de tantos años de conocerse, finalmente se han encontrado.
Y a Draco le encantaría dibujar una sonrisa en su rostro cansado y enfermo de tanto estrés, pero ver como Hermione seguía llorando y negando lo detuvo por completo.
—¡Draco! —la voz firme, nerviosa y furiosa de su padre logra arrancarlo de aquel bello ambiente en donde todo lo que importaba era conseguir la manera de arreglar todo el daño que le había ocasionado a su alma gemela—. ¿¡Qué crees que haces!? ¡Draco!
Le apunta sin temor ni duda alguna, dispuesto a acabar con él a la menor amenaza. Su padre, con los ojos abiertos a más no poder, da unos pasos hacia atrás, completamente espantado, incapacitado para comprender que su hijo estaba dispuesto a matarlo. Intentaba balbucear insultos y órdenes, pero Draco se limita a aprovechar el miedo de su padre para murmurar mudamente algo muy sencillo a su madre.
Huye, por favor.
La imagen de su madre desaparece luego de un Te amo lleno de lágrimas. Lucius entra en cólera luego de observar espantado y en completo silencio por unos largos segundos el vacío que antes su esposa ocupaba, intenta apuntar con su varita a su propio hijo, pero el temblor de su rabioso cuerpo hace que se le caiga patéticamente la varita.
Lo petrifica, luego decidirá si matarlo o no, ahora mismo tiene que sacar a Hermione de aquí.
Pega un leve respingo cuando ella, por desesperación, le clava los dedos en su brazo izquierdo. —Los horrocruxes, tenemos que destruir los horrocruxes, ¿dónde están? ¿dónde los guarda? Dímelo, Malfoy, dímelo ahora mismo.
Le alivia tenerla ahí de nuevo, esa fiera leona dispuesta a olvidarse de cualquier cosa mientras consiga hacer lo correcto. Pero eso no omite ni borra en lo absoluto su confusión, su dolor por no poder ayudarla y por saber que eso es todo lo que ella quiere de él.
Quiere decirle algo, cualquier cosa, tan siquiera ayudarla a que siga levantándose ya que a ella sola le está costando mucho, pero en el momento en el que abre la boca, una fuerza invisible lo empuja varios metros hacia atrás, logra no chocarse contra un largo sofá carísimo de aquella sala solo por unos pocos centímetros.
—Joder, Hermione, ¿qué demonios ha pasado aquí? —ese es el asqueroso Weasley, esa maldita molestia glotona con patas—. ¿Matamos a este puto imbécil? —pregunta, con mucha más emoción que hace unos segundos.
No tiene su varita, un puto expelliarmus, por supuesto.
El corazón le da un vuelco al escuchar aquella firme orden. —¡No le toquéis ni un pelo, idiotas! —brama con todas sus fuerzas, logran levantarse finalmente por su cuenta, dándole un furioso manotazo a la mano amiga que Harry le ofrecía. Ambos muchachos se quedan completamente quietos y anonadados, espantados hasta el último centímetro de su cuerpo cuando ven a su malherida amiga correr hacia aquel maldito mortífago.
—Hermione —la llamó Harry con delicadeza, pero aquel sentimiento se esfuma en cuanto ve la manera en la que esos dos se miran a los ojos y algo raro ocurre—. ¡Hermione! ¿Qué haces? ¡Tengo su varita! ¡Vámonos!
—¡No puedo! —le responde llorando, con la respiración entrecortada y un nudo en la garganta—. ¡No puedo! ¡No puedo!
—¿¡Tú me estás vacilando!? —ladra el menor de los varones Weasley, asqueado por la imagen ante él—. ¡Hermione! —grita, extendiendo una de sus sucias manos hacia ella.
Pero Hermione niega con fuerza. —¡Tenemos la misma marca! —finalmente admite, finalmente lo confiesa, mostrando ante sus amigas su propia marca del destino—. Él... Malfoy— Draco... Draco es mi alma gemela.
Ron deja caer su varita, Harry solo logra tirarse de los pelos.
Casi sin poder evitarlo, incluso deseándolo un poco, los dedos de Hermione y Draco se rozan, apenas un poco, pero solo con eso les basta para volver a ser invadido por ese precioso oleaje de seguridad y candor.
Si tan solo hubieran sido un poco más valientes, un poco más honestos, si tan solo hubieran sido ellos mismos un poco más... seguramente no hubieran terminado descubriendo todo esto, encontrándose finalmente, en medio de una guerra que enfrenta sin razón lógica a sus castas.
—Por favor —le dice él con cuidado, con la voz destrozada sin realmente ningún motivo más que todo el dolor que lleva acumulando—, por favor, Hermione, huye, huye lejos de todo esto —le importa tan poco esos dos idiotas que sin dudarlo ni un segundo acuna tembloroso el rostro de la leona—. Huye de la guerra, huye de los mortífagos, huye de mí. Vive un vida tranquila, te lo ruego, te ruego que no salves a nadie más a consta de tu seguridad, por favor, por favor, Hermione.
Pero ella solo aprieta los labios, sujetando dubitativa una de las manos que la sostiene. —Tenemos que destruir esos horrocruxes, no podemos huir. No pienso huir. Alguien tiene que hacerlo, o te unes o serás tú el que tenga que huir, a buscar a tu madre, tal vez, o yo qué sé, lo que sea que quieras hacer, pero no te entrometas en mi deber, Draco.
Se le parte el corazón al reconocer lo que tiene que ocurrir, al reconocer que sencillamente será absolutamente imposible convencerla de mandar todo al demonio y elegir su seguridad antes que el bienestar de la sociedad mágica inglesa. Aprieta los labios con fuerza, aguantando todo el dolor, tragándose cada queja y súplica, suspira, intentando relajarse, para luego mirarla fijamente a los ojos.
—¿Qué necesitas que haga?
Hermione se aferró al brazo derecho de Draco en cuanto comprendió que era lo que Hagrid traía en brazos. El joven Malfoy se contuvo el abrupto temor de que todo estaba perdido, se limitó a rodearla con su brazo libre y prometerle a base de susurros que la sacaría con vida de allí, que buscarían una forma de arreglarlo todo. Omitió cada uno de sus propios temblores, no necesitaba darle más razones a Hermione para sentirse perdida y desesperada.
Voldemort vuelve a repetirlo. —Harry Potter ha muerto —Draco sabe a la perfección todo lo que eso significaba, sabe a la perfección cómo aquello los marcará para siempre.
Su marca tenebrosa arde e intoxica su cuerpo mientras Hermione se aferra a él y solloza.
—¡Uniros! —la voz del peor mago tenebroso de todos los tiempos resuena por todas partes—. ¡O morid!
Hermione aprieta con fuerza las negras prendas de Draco cuando escucha a la perfección la voz de Lucius Malfoy, llamando atemorizado y ansioso a su hijo.
La mirada gris y llena de rabia del joven viaja hasta la figura de su padre, lleno de mugre, desaliñado, con el pecho subiendo y bajando por la respiración entrecortada que el temor a las represalias de su señor ha causado. Lucius extiende su brazo derecho hacia su hijo.
—Draco... Draco, ven aquí —ninguno de los presentes, ni tan siquiera el propio Lucius Malfoy, sabría decir en ese momento si se lo ordenaba o se lo estaba rogando—. El señor ha prometido no tomar represalia alguna contra ti o tu madre si te unes ahora. Ven aquí, Draco, ahora.
Su corazón late con fuerza, el bombeo de sangre le retumba hasta las orejas, su cuerpo se enfría y se enfría cada vez más mientras su cabeza parece arder por todo el estrés que lo consume. Su madre, le había pedido él mismo que huyera, ella era lo suficientemente inteligente para escapar lo suficiente hasta que Potter ganara... pero Potter ya no podía ganar, estaba muerto, al igual que todas las esperanzas todavía en su corazón.
Tal vez sea verdad aquella promesa, tal vez unirse ahora salvará a su pobre madre. Pero también significaría darle la espalda a todo lo que había aprendido desde que decidió abandonar su mansión, significaría afirmar todas las dudas que han tenido de él, significaría dejar que aquel ser incapaz de amar acabara con su alma gemela.
Le da un beso en la frente a Hermione y le ruega que confíe en él. Ella lo mira por un segundo, uno solo, lo suficientemente para apretar con fuerza la marca de la pálida muñeca del joven Slytherin, un recordatorio de que ambos se necesitaban, una forma eficaz y sencilla de decirle que no se atreviera a ser un mártir. Él decidió ignorar esa petición.
Caminó con dificultad hacia el cúmulo de mortífagos encabezados por Voldemort, maldiciendo el dolor de sus pies y todas las ruinas que habían caído, hace oídos sordos a los gritos mudos y los comentarios en su contra, intenta ignorar las miradas llenas de rabia y cólera, cierra los ojos con fuerza ante la expresión llena de decepción y tristeza en el rostro de McGonagall.
Escucha esa asquerosa y estúpida risa salir de la podrida boca de ese hombre serpiente. Le ve abrir los brazos, para recibirlo con falso aprecio.
Se detiene a unos diez pasos de Nagini, a unos doce de Voldemort.
Se arremanga con solemnidad la manga derecha, mostrando ante Voldemort su marca tenebrosa. Aquella asquerosa sonrisa se extiende.
Clava sus propias uñas lo más profundo que puede, tan solo un poco antes del final de aquel horroroso estigma y rasga su piel mirando fijamente a aquel monstruo. Lo mira mientras la sangre gotea, mientras los mortífagos retroceden apenas un paso, mientras su padre niega y le tiembla el cuerpo, mientras que la sonrisa se le borraba a Voldemort.
—Tú no eres digno de seguidores —empieza a decir, con la voz entrecortada porque se negaba a mostrar todo el dolor que sentía por rasgar su piel—, de respeto —ignora a la serpiente enorme que repta hacia él—, de poder —entonces le da igual todo y suelta un escupitajo en dirección de la serpiente, que parece que se aparta más por indignación y asco que por otra cosa—. No eres digno que ninguno de ellos renuncie a su destino por ti.
Voldemort no se muestra furioso solo porque sabe que no le hace falta. Mira con asco la herida larga y sangrante del muchacho, alza la varita y dice. —Avada...
Fuego se forma alrededor de Nagini y Voldemort, Draco da unos pasos hacia atrás, sin importarle en lo más mínimo su extensa y profunda herida, voltea y se encuentra allí a Potter, totalmente vivo, con su varita en mano.
¿Acaba de estar a punto de morir para que ese idiota se echara una siesta?
No tiene tiempo para quejarse con el bendito Potter y sus estúpidos planes, porque tiene que esquivar la desesperada mano de su padre que intenta atraparlo. Se miran directamente a los ojos por apenas unos instantes antes de que su padre desapareciera por completo, cree poder ver algo de temor y desesperación en aquel cansado y envejecido rostro, quiere creer que se volverá a aparecer para llevárselo lejos de aquella batalla, pero sabe a la perfección que en todo momento su plan era irse con o sin él.
Mientras Voldemort lanza sin parar maldición tras maldición a Potter que corre como alma que se la lleva el diablo, mientras un importante porcentaje de mortífagos admiten prontamente la derrota y escapan al instante, Hermione se apresura a tomar la mano de Draco para salir corriendo de allí.
—¿¡Cómo se te ocurre hacer tremenda gilipollez!? ¿¡Cómo has podido ser tan idiota!? —le grita y le grita desesperada, llorando a mares, intentando concentrarse al mismo tiempo para sanar su herida, pero Draco solo puede apreciar cómo, a pesar de toda la sangre que está perdiendo, absolutamente nada cubre su marca del destino.
No sabe en qué momento ella curó lo mejor posible su herida abierta, tampoco sabe en qué momento Weasley se sumó a los insultos y a los cuestionamientos con respecto a su inteligencia.
Solo vuelve a escuchar de verdad cuando Potter se acerca con un plan. —Matad a la serpiente —les dice apresurado—, yo me encargo de él.
—Espero que tengas una solución si te vuelves a morir —es lo que logra decir, con ese tono burlesco y sarcástico que últimamente usaba con él.
Harry solo mira su maltrecho brazo. —Definitivamente no rasgarme el brazo, Malfoy —y con eso Harry Potter salió en busca del final de aquella profecía que lo había condenado al nacer: la responsabilidad de acabar con el Señor Oscuro.
En cuanto los demás empiezan a moverse a seguir aquel poco pensado plan, ella lo detiene levemente. —Voy a matarte si vuelves a hacer algo tan estúpido como eso —le amenaza Hermione, tomándole fuertemente de su muñeca derecha. Draco solo consigue sonreírle como un tonto antes de dejar un rápido beso tierno en sus labios.
—Mantente a salvo, por favor.
—Tú también —le responde con cariño y mucha más calma, apretando con fuerza una de sus manos.
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Un agradecimiento a Lady Morgana9 por haber sido básicamente mi beta-read de este one-shot. Y porque seguramente si no tuviera con quién comentar de estas ideas Dramione este one-shot se hubiese quedado en el olvido.
Si habéis leído Lágrimas de Azafranes y otros one-shots que tengo ya sabréis que el tema de las marcas/tatuajes de almas gemelas es un trope que me gusta mucho y que tenía que hacer con estos dos magos hermosos tarde o temprano.
No os angustiéis por Narcisa, no lo dejé claro pero ella está bien.
