101. SUBTEXTO

Me encanta su arte. Su forma de representarnos es divina, llena de tonos rojos y líneas negras. Parecemos demoníacos y temibles: ellos proyectan todo su miedo y su terror en nosotros.

Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales

Bellamy entró en la casa que ocupaba el supremo en el campamento de guerra y al instante tuvo la impresión de haberse equivocado de edificio. Aquello tenía que ser un almacén donde guardaban los muebles traídos desde los pueblos abandonados de alrededor. Pero no, lo que ocurría era solo que Bellamy estaba acostumbrado a la austeridad. En tiempos de guerra, se consideraba una virtud alezi que un comandante renunciara a las comodidades. Era posible que Bellamy hubiera llevado la idea demasiado lejos en alguna ocasión, pero de todas formas estaba más cómodo con muebles sencillos y paredes desnudas. Hasta sus habitaciones en Urithiru se habían llenado demasiado para su gusto. El joven Yanagawn procedía de una tradición distinta. Aquel recibidor estaba tan repleto de lujosos muebles, pintados de bronce en todas las superficies no afelpadas, que creaban un laberinto por el que tuvo que serpentear Bellamy para llegar al otro lado. A esa dificultad se añadía que la estancia también estaba atestada de sirvientes como para formar un batallón. En dos ocasiones Bellamy topó con alguien ataviado en coloridos estampados azishianos que tuvo que subirse a un sofá para dejarlo pasar.

¿Dónde habrían encontrado todo aquello? ¿Y esos tapices que cubrían todo el espacio visible de las paredes? ¿Los habrían traído consigo hasta allí? Bellamy sabía que los azishianos estaban más acostumbrados a las largas líneas de suministros, ya que no tenían acceso a la misma cantidad de moldeadores de almas para crear comida que los alezi, pero aquello era excesivo, ¿no?

«Eso sí —se le ocurrió, mirando la sala hacia atrás cuando llegó al otro lado—, desde luego serviría para retrasar a un asesino o un grupo de asalto que intentara irrumpir aquí dentro y atacar al supremo.»

En la siguiente estancia encontró una rareza incluso mayor. El supremo, Yanagawn I, emperador de Makabak, estaba sentado en un trono a la cabeza de una larga mesa. No había nadie más comiendo en ella, pero estaba a rebosar de candelabros encendidos y platos de comida. Yanagawn estaba terminando de desayunar, sobre todo fruta ya cortada. Llevaba una túnica de tela gruesa y un tocado ornamentado. Comía con delicadeza, ensartando cada bocado de fruta con un largo pincho que se llevaba a los labios. Apenas parecía moverse, con una mano cruzada sobre el pecho y manipulando el pincho con la otra. A ambos lados de la mesa había grandes grupos de personas de pie. Parecían ser en su mayoría civiles adscritos al ejército.

Lavanderas. Carreteros. Cuidadores de chulls reshi. Costureras.

Bellamy distinguió solo unos pocos uniformes.

Anya había llegado temprano a la reunión. Estaba entre los grupos de gente, y un sirviente llevó también a Bellamy en esa dirección, así que se unió a la extravagante exhibición. Se quedó allí mirando cómo el emperador se comía su fruta a pequeños mordiscos. A Bellamy le gustaban los azishianos, y habían demostrado ser buenos aliados con un ejército sorprendentemente efectivo. Pero tormentas en las alturas y Condenación en el más allá, qué raros eran. Aunque lo curioso era que Bellamy encontraba sus excesos menos nauseabundos que cuando un alto príncipe alezi se entregaba a sus caprichos. En Alezkar, aquello habría sido un espectáculo de arrogancia y descontrol. Allí todo tenía una cierta… cohesión. Los sirvientes alezi de mayor rango vestían con ropa sencilla blanca y negra, pero los azishianos iban ataviados casi con tanta opulencia como el emperador. La mesa rebosante de comida no parecía ser para Yanagawn. Él era solo otro adorno. Aquello era una ceremonia sobre la posición de supremo, y sobre el mismo imperio, más que la exaltación de un hombre individual. Por lo que Bellamy sabía, habían tenido problemas para nombrar a aquel último supremo. La razón, por supuesto, estaba de pie justo detrás de Bellamy: Octavia, la Asesina de Blanco, había matado a los dos supremos anteriores. Pero de todas formas, Bellamy no podía imaginarse a nadie deseando ser el supremo. Quien ostentara el cargo debía soportar toda aquella pompa y estar siempre en exhibición. Quizá fuese por eso por lo que su «república ilustrada» funcionaba de una manera que gustaba tanto a Anya. Sin pretenderlo, habían convertido el puesto de emperador en algo tan espantoso que ninguna persona cuerda querría ocuparlo, así que habían tenido que buscar otros métodos para gobernar el país. Bellamy había aprendido a comportarse en sociedad lo suficiente para quedarse callado hasta que terminara aquel despliegue. Después, a cada uno de los espectadores se le entregó un plato de bronce lleno de comida, que fueron aceptando después de inclinarse ante el emperador. Mientras se marchaban uno tras otro, otros sirvientes se apresuraron a dejar espacio en la mesa para Anya y Bellamy, aunque el reloj que llevaba él en el brazalete le dijo que aún faltaban unos minutos para la hora de la reunión. Era un trasto salido de la Condenación, sin ninguna duda. Tenía a Bellamy corriendo de un lado para otro, igual que el supremo. Aunque Bellamy tenía que reconocer que perdía mucho menos tiempo desde que todo el mundo sabía cuándo llegaba el momento exacto de juntarse. Sin decir ni una sola palabra, Echo estaba llevando orden a su vida.

«Cuídate. Por favor. Luz de mi vida, mi gema corazón.»

Hizo salir a Octavia, ya que ninguno de los otros dos monarcas tenía guardias en el salón. Mientras tomaban asiento y los últimos observadores se iban, Noura hizo una inclinación al supremo y se sentó en un lugar de la mesa dispuesto a propósito para estar más bajo que los otros tres. Había gente en el imperio escandalizada porque Bellamy, Anya y Fen se sentaran siempre a la misma altura que el supremo, pero Yanagawn había insistido.

—Bellamy, Anya —dijo el joven, relajándose mientras se quitaba el tocado de la cabeza y lo dejaba en la mesa. Noura le lanzó una mirada al verlo, pero Bellamy sonrió. Era evidente que la mujer opinaba que el supremo debería mantener el decoro, pero a Bellamy le gustaba ver que el joven iba estando más cómodo con su posición y con los demás monarcas—. Siento que no haya platos para vosotros también —prosiguió Yanagawn en azishiano—. Tendría que haber sabido que los dos llegaríais temprano.

—Habría sido un bonito recuerdo que llevarnos, majestad —respondió Anya mientras colocaba varios papeles en la mesa—. Pero no estábamos entre los elegidos hoy, así que no sería apropiado que gozáramos de tal favor.

El chico miró a Noura.

—Te dije que lo entendería.

—Vuestra sabiduría crece, majestad imperial —dijo la mujer mayor.

Era una visir azishiana, una funcionaria de alto nivel. Su vestimenta tenía menos oro que la del supremo, pero de todos modos tenía una coloración fantástica, con gorro y un chaquetón en los que contrastaba una multitud de estampados y tonos. Su largo cabello estaba encaneciendo, y lo llevaba recogido en una trenza que asomaba por un lado del gorro.

—Muy bien, Anya —dijo Yanagawn, echándose hacia delante para estudiar los papeles de Anya, aunque leía alezi, que Bellamy supiera—. Dímelo sin paños calientes.

Bellamy se preparó.

—Es prácticamente imposible recuperar Urithiru —afirmó Anya en azishiano, sin apenas acento en la voz—. Nuestros exploradores confirman que los fabriales no funcionan cerca de la torre. Eso significa que, aunque construyéramos una versión más pequeña de la máquina voladora de mi madre para transportar tropas, caería al suelo en el momento en que se acercase demasiado.

»También han bloqueado las cavernas. Mi tío envió una pequeña fuerza a los cimientos de la torre, y esa acción parece haber puesto sobre aviso al enemigo de que sabemos que nos está engañando. Ya no están enviando mensajes falsos por vinculacaña y hemos visto tropas cantoras en las terrazas.

»Con una hoja esquirlada, que hemos descubierto que puede entrar en la zona protegida siempre que no esté vinculada, nuestras tropas podrían abrirse paso a través de ese bloqueo. Pero entonces quedarían expuestos a arqueros en terreno elevado. Y aunque superásemos todos esos escombros, luchar cuesta arriba por un sistema de túneles bien defendido sería una pesadilla.

»Enviar a soldados marchando por las cimas de las montañas resulta imposible por múltiples razones. Pero aunque llegáramos a la torre, perderíamos. Nuestros campos de batalla son un cuidadoso equilibrio de Radiante contra Fusionado, portador de esquirlada contra regio, soldado contra soldado. En Urithiru no tendríamos Radiantes y toda esa estrategia se vendría abajo.

—Tenemos a Raven —dijo Bellamy—. Sus poderes aún funcionan. El Padre Tormenta cree que es porque ha avanzado lo suficiente en sus juramentos.

—Con el debido respeto hacia ella —respondió Anya—, Raven es solo una mujer. Una a la que relevaste del servicio antes de que nos marcháramos.

Tenía razón, por supuesto. El sentido común dictaba que una sola mujer era irrelevante contra un ejército de Fusionados. Pero Bellamy no estaba tan seguro. En una ocasión, en los campamentos de guerra, Bellamy había discutido con los soldados de Raven, que habían organizado una rotación para esperar a la joven Corredora del Viento, que por aquel entonces se suponía muerta. Esa vez Bellamy se había equivocado. En esos momentos, se descubrió teniendo parte de la misma fe de aquellos soldados. Apaleada, hundida, rodeada por enemigos, Raven seguía luchando. Sabía cómo dar el siguiente paso. No podían abandonarla para que lo diera solo.

—Lo mejor que podemos hacer —dijo Bellamy a los demás— es enviarnos a mí y a una fuerza de hombres a través de Shadesmar hasta la torre. Quizá pueda abrir una perpendicularidad allí, y entonces sorprenderíamos al enemigo con un ataque.

—Quizá podrías abrirla allí, tío —dijo Anya—. ¿Qué opina el Padre Tormenta?

—No está seguro de que esté lo bastante avanzado en mis juramentos o mis habilidades para lograrlo todavía —admitió Bellamy.

Anya dio unos golpecitos en sus anotaciones.

—Un asalto a través de Shadesmar requeriría una gran cantidad de barcos, de los que no disponemos en ese lado y que no veo ninguna manera de obtener.

—Tenemos que encontrar la forma de apoyar a Raven, a Echo y a la resistencia que puedan estar organizando —dijo Bellamy—. Puede que no necesitemos toda una flota de barcos. Un grupo pequeño de soldados entrenados podría infiltrarse y anular el fabrial que utiliza el enemigo para detener a los Radiantes.

—No me cabe duda —repuso Anya— de que ese es el método que utilizó el enemigo para entrar en la torre. Estarán vigilantes ante esa misma táctica.

—Entonces, ¿qué? —preguntó Yanagawn, comiendo unos frutos secos que llevaba ocultos en un bolsillo de su túnica demasiado grande—. Anya, discutes todas las afirmaciones que hace Bellamy. ¿Estás diciendo que deberíamos rendir Urithiru al enemigo?

—Todo nuestro esfuerzo bélico se viene abajo sin la torre —dijo Noura—. ¡Era el medio por el que pudimos conectar nuestras fuerzas dispares!

—No necesariamente —objetó Anya, mostrando unos mapas pequeños al supremo—. Mientras contemos con una armada más fuerte y el apoyo aéreo adecuado, podemos controlar la mitad sur de Roshar. Harán falta semanas o meses de desplazamientos, pero podemos coordinar los campos de batalla mientras tengamos vinculacañas.

—Aun así… —insistió Yanagawn, y miró a Noura, que asintió para mostrar su acuerdo.

—Es un golpe devastador —dijo Bellamy—. Anya, no podemos abandonar Urithiru sin más. Tú misma dedicaste años enteros a intentar localizarla.

—No estoy proponiendo que lo hagamos, tío —dijo ella con voz fría—. Me limito a exponer los hechos. De momento, creo que debemos actuar bajo la premisa de que no recuperaremos la torre pronto, lo cual puede significar que ataquemos a las fuerzas de Nia en Tukar para asegurar esas posiciones. En todo caso, deberíamos estar planeando cómo apoyar a nuestras fuerzas en el sur de Alezkar contra los veden.

Eran argumentos válidos, el núcleo de una estrategia bélica coherente y bien razonada. Anya estaba poniendo mucho empeño, y triunfando a grandes rasgos, en aprender a ser una comandante táctica capaz. Bellamy no podía reprocharle que sintiera que tenía algo que demostrar en ese campo; su vida entera había consistido en una sucesión de personas exigiéndole que probara su valía. Sin embargo, su rápida disposición a abandonar Urithiru parecía demasiado similar a lo que había hecho Gustus abandonando Roshar. Rendirse deprisa al creerse derrotada.

—Anya —dijo—, tenemos que hacer más esfuerzos por liberar Urithiru.

—No digo que no debamos, solo que una acción como esa va a ser muy difícil y costosa. Estoy intentando enumerar esos costes para que seamos conscientes de ellos.

—Tu manera de hablar carece de esperanza.

—«Esperanza» —dijo ella, extendiendo sus papeles por la mesa—. ¿Te he explicado alguna vez lo mucho que me disgusta esa palabra? Piensa en lo que significa, en lo que implica. Tienes esperanza cuando estás superado en número. Tienes esperanza cuando te quedas sin opciones. La esperanza siempre es irracional, tío.

—Por suerte, no somos seres por completo racionales.

—Ni deberíamos pretender serlo —convino ella—. Pero al mismo tiempo, ¿cuántas veces ha sido la «esperanza» el motivo de que alguien se niegue a pasar página y adoptar una actitud realista? ¿Cuántas veces la «esperanza» ha provocado más dolor o retrasado la curación? ¿Cuántas veces ha impedido la «esperanza» que alguien se levante y haga lo que debe, porque está aferrándose a un deseo de que todo sea distinto?

—Yo opino que la esperanza nos define, Anya —dijo Yanagawn, inclinándose hacia delante—. Sin ella, no seríamos humanos.

—Quizá tengas razón —dijo Anya, una frase que solía usar cuando no estaba convencida pero tampoco quería prolongar una discusión—. Muy bien, pues. Hablemos de Urithiru.

—Tus poderes funcionarán —dijo Bellamy—, al menos en parte. Has pronunciado el Cuarto Ideal.

—Sí, así es —respondió ella—, pero el Padre Tormenta no está seguro de que el cuarto juramento de verdad permita a un Radiante resistir la supresión. ¿Es correcto?

—Es correcto —dijo Bellamy—. Pero si el enemigo está recibiendo suministros por medio de las Puertas Juradas, solo hay una manera realista de que podamos hacer algo con esta situación. Tenemos que destruir el fabrial supresor. Por tanto, mi sugerencia de enviar un equipo pequeño es la que más sentido tiene.

—¿Y lo liderarías tú? —preguntó Anya.

—Sí.

—Aún estás muy lejos de dominar tus poderes. ¿Y si resulta que no puedes abrir una perpendicularidad en Urithiru?

—He estado experimentando, practicando —dijo Bellamy—. Pero sí, aún me queda mucho camino por recorrer. Así que me he planteado otra solución. —Eligió un mapa de Anya y le dio la vuelta para que lo vieran los demás—. Vinimos aquí a Emul para llevar a cabo una táctica de martillo y yunque, empujando a nuestro enemigo contra un ejército aquí. El ejército de Nia, el ser al que los azishianos llaman Tashi.

—Muy bien. ¿Y? —preguntó Anya.

—Tengo exploradores observando su posición —dijo Bellamy—, y confirmación visual que me han mostrado mediante un tejido de luz de que ella está allí en persona. Los dibujos de Sagaz lo confirman. He hablado con el Padre Tormenta y los dos creemos que es nuestra mejor solución. Nia es una maestra en el arte de la forja de vínculos. Si logro reclutarla, podría ser la clave para salvar Urithiru.

—Disculpad —intervino Noura—, pero ¿no habíamos determinado que todos los Heraldos están… locos?

Para ella debía de ser difícil decirlo, ya que su religión consideraba deidades a los Heraldos. Los pueblos makabaki los adoraban a ellos, no al Todopoderoso.

—Sí —dijo Bellamy—, pero Luna señala que Nia podría haber huido menos dañado que los demás. Ella confía en Nia.

—Hemos recibido cartas de Nia, tío —le recordó Anya—. No son muy halagüeñas.

—Quiero probar a hablar con ella de todas formas —dijo Bellamy—. No hemos estado haciendo mucho caso a sus ejércitos, aparte de para utilizarlos como nuestro yunque. Pero si me dirigiera a ella con una bandera de paz y parlamento, Nia…

—Un momento —lo interrumpió Yanagawn—. ¿Piensas ir en persona?

—Sí —dijo Bellamy—. Tengo que hablar con Nia, hacerle preguntas.

—Enviad a vuestros Radiantes —dijo Noura—. Capturad a ese ser. Traedla aquí. Y entonces hablad con ella.

—Preferiría ir yo mismo —insistió Bellamy.

—Pero… —Yanagawn sonaba perplejo del todo—. Eres rey. ¡Esto es incluso peor que cuando Anya salió con armadura esquirlada a combatir al enemigo!

—Es una vieja tradición familiar, majestad —dijo Anya—. Tendemos a meternos en el meollo de las cosas. En mi opinión la culpa es del muy establecido condicionamiento alezi que afirma que el mejor general es aquel que encabeza la carga.

—Supongo —dijo Yanagawn— que haber tenido una cantidad excesiva de esquirlas a lo largo de la historia puede crear una sensación de invencibilidad. Pero Bellamy, ¿por qué sacas este tema ahora? ¿Buscas nuestro consejo?

—Más bien busco advertiros —dijo él—. He puesto deliberadamente al Visón al mando de nuestros ejércitos para poder apartarme yo y dedicarme a… asuntos más espirituales. Anya y Sagaz están preparando un contrato para que lo presente a Odium, cuando lo obliguemos a hablar conmigo de nuevo.

»Hasta que ocurra eso, tengo que hacer algo para ayudar. Necesito atraer a Nia a nuestro bando, y ver si puede enseñarme cómo restaurar el Juramento y ayudarme a rescatar Urithiru.

—Bueno —dijo Yanagawn, mirando a Noura—, ser aliados de los alezi es… interesante. Que la velocidad del propio Yaezir sea contigo, entonces, supongo.

«Yaezir está muerto», pensó Bellamy, aunque no lo dijo.

Anya tomó las riendas de la conversación y explicó el contrato que estaba preparando para Odium. Ella y Bellamy ya habían hablado con la reina Fen por vinculacaña. Bellamy aportó algunas explicaciones, pero dejó la mayor parte de la persuasión en manos de Anya. Tenía por delante una batalla cuesta arriba, ya que convencer a los monarcas de que aceptaran ese desafío de campeones no sería fácil. Pero Anya podía hacerlo; Bellamy confiaba en ella. Estaba cada vez más convencido de que su propio trabajo debía decantarse hacia su forja de vínculos, el Juramento y los Heraldos. La reunión llegó a su fin. Acordaron hablar de nuevo sobre distintas cláusulas del contrato, pero de momento Yanagawn tenía que acudir a unas ceremonias religiosas para su pueblo. Y Bellamy tenía que prepararse para su viaje a Tukar, ya que pretendía partir tan pronto como fuese razonable. Mientras se levantaban para marcharse, Yanagawn volvió a ponerse su tocado.

—Bellamy —dijo el joven—, ¿sabemos algo de Madi? La dejamos en la torre.

—Según Raven, los demás Radiantes estaban inconscientes —dijo Bellamy—. Supongo que ella incluida.

—Quizá —dijo Yanagawn—. Pero muchas veces hace lo que se supone que no debe. Si te enteras de algo, ¿me avisarás, por favor?

Bellamy asintió, fue con Anya y salieron del palacio de Yanagawn. Tal vez el exterior tuviera un aspecto tan ordinario como cualquier otro edificio del pueblo, pero no por ello dejaba de ser un palacio. Recogió a Octavia, que sostenía algo para él. Bellamy cogió el enorme libro, que tenía un tamaño intimidatorio, aunque él sabía que era más breve de lo que aparentaba. El interior estaba repleto de sus propias líneas de letras abultadas, más grandes y gruesas de lo adecuado, escritas con sus gordos dedos. Tendió el libro a Anya. Había permitido que circularan borradores previos y partes de la obra, que a esas alturas ya habían corrido por toda la coalición. Sin embargo, no había considerado el libro terminado hasta que le había hecho unos últimos cambios esa misma semana.

—¿Es Juramentada? —preguntó ella, cogiéndolo con ansia—. ¿Está terminado?

—No, pero mi parte está hecha —dijo Bellamy—. Este es el original, aunque las escribas han hecho copias que incluyen mi última ronda de modificaciones. Quería que tuvieras tú el que escribí.

—Deberías estar orgulloso, tío. Estás haciendo historia con este volumen.

—Me temo que a tus ojos serán sobre todo idioteces religiosas.

—Las ideas no son inútiles solo porque procedan de un pensamiento religioso —dijo Anya—. Casi todas las eruditas antiguas a las que admiro eran religiosas, y aprecio la forma en que su fe las formó, aunque no aprecie la fe en sí misma.

—Lo que has dicho sobre la fe en la reunión me ha molestado, Anya —dijo Bellamy—. Pero quizá para bien. ¿Quién de todo el mundo iba a disputar una idea tan fundamental como la esperanza? Y sin embargo, al aceptarla todos como algo inherente a la vida, no pensamos en ella. En lo que de verdad significa. Tú sí.

—Lo intento —repuso ella, y lanzó una mirada atrás hacia el palacio del supremo—. Dime una cosa. ¿Estoy empeñándome demasiado en establecerme como una líder militar? Creo que es un precedente importante que sentar, igual que este libro tuyo, pero… voy un poco demasiado directa, ¿verdad?

Bellamy sonrió y puso la mano encima de la de ella, que sostenía el libro.

—Estamos revelando un mundo nuevo, Anya, y el camino abierto ante nosotros estará oscuro hasta que le llevemos luz. Se nos perdonará si tropezamos de vez en cuando en un terreno que no vemos. —Le apretó la mano—. Querría que hicieras una cosa por mí. Todos los grandes textos filosóficos que he leído llevaban un subtexto.

—Sí, resulta que…

Bellamy no era el único hombre que se había llevado un susto al descubrir que durante siglos las mujeres de sus vidas habían estado dejándose comentarios entre ellas. Los textos que dictaba un hombre a menudo tenían debajo los pensamientos de su esposa o su escriba, que nunca se compartían en voz alta. Había todo un mundo oculto a quienes creían estar gobernándolo.

—Me gustaría que tú escribieras el subtexto de Juramentada —pidió Bellamy—. En abierto. A disposición de quien quiera leerlo y descubrirlo.

—¿Tío? —dijo Anya—. No estoy nada segura de que esa tradición deba seguir adelante. Ya era cuestionable desde un principio.

—Yo considero que el entendimiento que proporcionan los subtextos es esencial —objetó Bellamy—. Cambian la forma en que leo las cosas. La historia la escriben los vencedores, como tanto gusta decir a muchos, pero al menos así tenemos las opiniones divergentes de quienes lo observaron. Querría conocer tus pensamientos sobre las cosas que he dicho.

—No me contendré, tío —dijo Anya—. Si de verdad buena parte del libro es religiosa, estaré obligada a ser sincera. Señalaré tus sesgos de confirmación, tus falacias. Quizá sería mejor que encargaras este subtexto a mi madre.

—Pensé en hacerlo —respondió él—. Pero prometí unir en vez de dividir. Eso no podría hacerlo entregando mi libro solo a quienes están de acuerdo conmigo.

»Si estamos revelando un nuevo mundo, Anya, ¿no deberíamos hacerlo juntos? ¿Con nuestras discusiones y todo? Creo que… que tú y yo nunca vamos a coincidir en los detalles. No obstante, este libro… podría demostrar que estamos de acuerdo en los asuntos más importantes. A fin de cuentas, si una atea declarada y un hombre que está fundando su propia religión pueden unirse, ¿quién podría argumentar que sus propias diferencias personales son demasiadas para superarlas?

—¿Así que eso es lo que estás haciendo? —preguntó ella—. ¿Fundar una religión?

—Revisar la antigua, como mínimo —dijo Bellamy—. Cuando salga a la luz el texto entero de Juramentada… sospecho que provocará un cisma importante en el vorinismo.

—Mi implicación no ayudará a suavizar eso.

—Quiero tus pensamientos de todos modos. Si estás dispuesta a concedérmelos.

Anya cerró el libro.

—Lo considero uno de los mayores honores que se me hayan ofrecido jamás, tío. Te advierto, sin embargo, de que no soy famosa por mi concisión. Esto podría costarme años. Seré exhaustiva, ofreceré propuestas contrarias y es posible que socave tu argumento completo. Pero ten por seguro que seré respetuosa.

—Lo que necesites, Anya. —Bellamy sonrió—. Tengo la esperanza de que con tus añadidos, crearemos algo más grande de lo que podría haber hecho yo solo.

Ella le devolvió la sonrisa.

—No lo digas así. Haces que suene como si lo más realista fuese asumir que tal cosa es imposible, cuando yo diría que se trata del resultado más razonable. Gracias, tío. Por tu confianza.