Capítulo 9
POV Fate
Después de la conversación con Nanoha, no sabía muy bien qué hacer. Sus palabras se repetían sin cesar en mi mente y hacían que me cuestionara las verdades a las que me había aferrado durante todos estos años. Me sentía exhausta y debía ponerle fin al torbellino de mis pensamientos, de modo que me cambié y me fui al gimnasio. Tras una rutina agotadora y exigente, me duché y subí directa al despacho. Pensaba que Nanoha me buscaría con la intención de continuar la conversación, algo que quería evitar, pero estaba ocupada en la cocina y ni siquiera me miró cuando pasé por delante.
En mi mesa me esperaban un plato de sándwiches y un termo con café. Miré ambas cosas un instante y después, tras encogerme de hombros, me zambullí en los documentos que había llevado a casa. No volví a verla hasta primera hora de la noche.
- La cena está lista si tienes hambre. –alcé la vista y entrecerré los ojos– Fate, necesitas luz. –atravesó la estancia y encendió el flexo de mi mesa mientras meneaba la cabeza– Y quizás unas gafas. Me he dado cuenta de que te acercas mucho las cosas para poder leer. –bajé la vista, consciente de que lo que decía era cierto– Te pediré una cita. –se ofreció al tiempo que sonreía– Dudo mucho que ese deber recaiga en los hombros de tu asistenta personal.
Me vi obligada a reír entre dientes mientras ponía los ojos en blanco. El viernes, cuando le presenté la lista a Viktoria de sus obligaciones, ella me sorprendió con otra lista de su propia cosecha. Las asistentes personales de TSAB Group eran una especie totalmente distinta de la que habitaba en las oficinas de Al-Hazard Inc. Su deber era el de ofrecerme apoyo, organización y, en alguna ocasión, llevarme el almuerzo, pero no estaba allí para hacerme café, para traerme un donut ni para recoger mi ropa de la tintorería. Decir que me puso en mi sitio sería quedarse corta. Tuvo la amabilidad de indicarme dónde se encontraba la enorme sala de descanso del personal, de enseñarme a usar la máquina de café, y de señalarme donde estaban los donuts y el resto de la comida que Clyde se encargaba de que siempre estuviera disponible para sus empleados.
Nanoha se fue muerta de la risa cuando le conté la historia.
- ¡No tiene gracia! –le grité en aquel momento.
- Desde luego que la tiene. –replicó con sequedad desde el otro extremo del pasillo.
Debía admitir que estaba en lo cierto. No iba a morirme si tenía que levantarme para ir en busca de un café. Era una buena manera de estirar las piernas. De todas formas, tenía la impresión de que Viktoria me prepararía el café con espuma y me traería algún donut. Nanoha siempre me preparaba ambas cosas como a mí me gustaban.
- Por Dios, me estoy haciendo vieja. –refunfuñé– Gafas para leer. –ella se echó a reír.
- Sí, estás muy mayor a tus treinta y dos años. No te pasará nada. Estoy segura de que conseguirás que te sienten bien. –enarqué las cejas mientras la miraba.
- Ah, ¿sí? ¿Me estás diciendo que estaré todavía más buena con gafas?
- Yo no he dicho nada. Es mejor no alimentar tu ego. La cena está en la cocina, si te apetece.
Resoplé mientras apagaba la luz y la seguí hasta la cocina, un poco desconfiada. Algunos recuerdos más nítidos de mi infancia eran las constantes desavenencias entre mis padres. Mi madre era como un perro con un hueso, incapaz de ceder un ápice. Insistía en repetirle siempre lo mismo a mi padre, hasta que al final acababa estallando. Me preocupaba que Nanoha intentara retomar la conversación anterior, pero no lo hizo. En cambio, me enseñó una muestra de color mientras comíamos.
- ¿Qué te parece? –examiné el color verdoso.
- Un poco femenino para mi gusto, yo no soy así.
- Es para mi dormitorio.
- Si te gusta, adelante.
Me acercó otra muestra y la cogí. Era un intenso tono vino tinto. Me gustaba.
- ¿Para?
- He pensado que quedaría bien en la pared de la chimenea. Para resaltarla.
- ¿Para resaltarla? ¿Qué sentido tenía eso?
- ¿Solo una pared?
- En las otras me gustaría un beige oscuro. –podría soportarlo.
- De acuerdo.
A continuación, me enseñó una muestra de tela. Era un trozo de tweed con el mismo color vino tinto que la muestra de pintura y también con el tono marrón de los sofás.
- ¿Para qué es?
- Para un par de sillones que añadiremos al salón.
- Me gustan mis muebles.
- A mí también. Son muy cómodos. Pero he pensado que podíamos añadir algo más, cambiarlo un poco. Quedarán estupendos al lado de la chimenea.
- ¿Qué más?
- Unos cuantos cojines, y un par de toques más. Nada importante.
- Nada de volantes ni de chorradas femeninas. En tu dormitorio, haz lo que quieras. –ella sonrió.
- Nada de chorradas femeninas. Te lo prometo.
- ¿Quién va a pintar?
- ¿Cómo?
- Que a quién has contratado.
- Voy a hacerlo yo.
- No.
- ¿Por qué?
Me volví sin levantarme del taburete y señalé el amplio espacio.
- Estas paredes tienen tres metros y medio de alto, Nanoha. No quiero verte subida en una escalera.
- Mi dormitorio no es tan alto. Me gusta pintar. Fern y yo lo hacíamos juntas y se me da muy bien.
Golpeé la encimera con una de las muestras de pintura. ¿Cómo podía conseguir que entendiera que ya no era necesario que hiciera esas cosas? Era por su bien. Mi voz conservó el tono paciente mientras volvía a intentarlo.
- No tienes por qué pintar. Yo correré con los gastos.
- Pero me gusta hacerlo. Tendré cuidado.
- Vamos a hacer un trato. Pinta tu dormitorio y ya hablaremos del salón a su debido tiempo.
- De acuerdo.
Otra muestra de tela me llamó la atención. Me incliné para cogerla y acaricié la gruesa tela. Era de cuadros en tonos azul marino oscuro y un rojo tono vino tinto. La sostuve en alto para examinarla. No parecía apropiada para ninguna de las dos estancias.
- ¿Te gusta?
- Sí. Es llamativa. ¿Para qué es? –clavó la mirada en la mesa y se puso colorada– ¿Qué pasa?
- He pensado que a lo mejor te gustaría redecorar tu dormitorio cuando haya acabado con lo demás. Vi esa tela y me recordó a ti.
- ¿Parezco un cuadro?
- No. –contestó con una carcajada– Los colores. El rojo me recuerda tus ojos. Ambos colores juntos son… una mezcla increíble.
No supe qué decir, pero por algún motivo sentí que era yo la que debía ruborizarse. Dejé la muestra de tela junto a ella y me puse de pie.
- Ya veremos qué pasa con el resto. ¿Algo más?
- Bueno… eh… necesito cambiar de sitio la ropa de mi armario. No quiero mancharla de pintura.
- Mi armario es enorme. No uso ni la mitad. Guárdalo todo allí. Algunas barras están muy altas, podrás colgar los vestidos.
- ¿No te importa?
- No.
- Gracias.
Incliné la cabeza y regresé al despacho. Repasé la conversación y chasqueé la lengua al caer en la cuenta de lo hogareña que parecía la escena. Una discusión sobre pintura y telas durante la cena con mi esposa. Debería haberla detestado. Sin embargo, no era así.
…
Se oyó un trueno. Unos nubarrones grises cubrían el cielo. Hice girar el sillón para mirar el cielo encapotado por la ventana. Me froté la nuca con una mano al tiempo que hacía una mueca al reconocer el inicio de una migraña. No sufría muy a menudo, pero sabía bien cómo empezaban: el germen siempre eran las tormentas.
La oficina estaba tranquila esta tarde, sin el murmullo habitual que acompañaba a la actividad. Carim se había marchado debido a un viaje de negocios de última hora. Chrono estaba con unos clientes y Hayate no se encontraba en la oficina. Clyde se había marchado con Lindy para pasar fuera el fin de semana, una sorpresa para ella, y el resto del personal estaba ocupado cada uno en sus propios despachos.
Durante el tiempo que llevaba en TSAB Group había descubierto una atmósfera totalmente distinta en el mundo laboral. La energía era muy alta y el ajetreo de las voces, reuniones y estrategias eran constantes. Pero de algún modo se trataba de una energía distinta de la que reinaba en Al-Hazard Inc. En este caso era positiva, casi alentadora. Tal como Clyde me había dicho, trabajaban en equipo: administradores, asistentes, diseñadores… todos se involucraban y eran tratados como iguales. Viktoria era un activo tan valioso como yo. Había tardado un tiempo en acostumbrarme, pero empezaba a aclimatarme. Suspiré al caer en la cuenta de que también me estaba aclimatando en otros sentidos. Antes de Nanoha, trabajaba hasta tarde, asistía a muchas cenas de trabajo y solía salir con mujeres. Cuando estaba en el apartamento, hacía ejercicio en el gimnasio, veía algún programa de televisión y entraba en la cocina solo para hacerme un café o para llenar un plato de comida preparada que hubiera pedido. Salvo por eso, pasaba todo el tiempo en el despacho, trabajando o leyendo. Pocas veces tenía compañía. Nunca llevaba a mis conquistas a casa. Mi apartamento era mi espacio personal. En todo caso, íbamos a casa de la mujer de turno o a un hotel. Si alguna relación duraba más de lo normal, unas cuantas citas, la invitaba a cenar, pero se iba después de comer y no subían a la planta alta. En este momento, si asistía a alguna cena de trabajo, lo hacía acompañada por Nanoha y la mesa estaba ocupada con mis compañeros, sus mujeres y, por supuesto por los Harlaown.
Durante una de esas cenas, alcé la vista y me encontré con la gélida mirada de Jill, que se encontraba en el extremo opuesto de la estancia. Sabía que Jill estaba al tanto de mi matrimonio y también sabía que estaba prohibido pronunciar mi nombre entre las sagradas paredes de Al-Hazard Inc. Su furia me resultaba graciosa. Le di un apretón a Nanoha en su hombro, y ella me miró.
- ¿Qué? –susurró.
- Jill. –respondí, también en voz baja.
Ella miró de reojo en la dirección que yo le indiqué y después me miró de nuevo.
- Creo que necesito un beso ahora mismo.
- Me has leído el pensamiento.
Esbocé una sonrisa traviesa e incliné la cabeza. Ella me enterró los dedos en el pelo mientras me acercaba para presionar sus labios contra los míos. Fue un beso apasionado, brusco y demasiado breve. Lo suficiente como para enfurecer aún más a Jill, pero no para avergonzar a los Harlaown. Cuando nos separamos, Hayate estaba riendo entre dientes y Jill iba caminando hacia la puerta. Besé de nuevo a Nanoha en los labios.
- Bien hecho.
Casi todas las noches cenaba con Nanoha y me descubría hablándole de mi día, compartiendo mis proyectos con ella, ansiando escuchar sus ideas. Ella me conocía mejor que cualquier persona de la oficina, y a menudo ofrecía una palabra o un concepto que a mí no se me habían ocurrido. En vez de sentarme en el despacho, bajaba el portátil al salón y trabajaba mientras ella veía la televisión o leía. Descubrí que me gustaba su silenciosa compañía.
En dos ocasiones invitamos a cenar a Carim y a Hayate, y le dimos buen uso a la nueva mesa que llenaba el que antes fue un espacio vacío. Descubrí que tenía una vena competitiva cuando Hayate anunció que había llevado varios juegos de mesa después de la cena. La idea de pasar la noche jugando me hizo poner los ojos en blanco, pero al final acabé disfrutando con la camaradería que generó. Carim y yo ganamos al Trivial Pursuit, pero ellas nos dieron sendas palizas al Pictionary y al Scrabble. Con dos copas de vino, Nanoha se desmelenó y se soltó la lengua, lo que resultó muy gracioso. Me recodó a Fern.
Ya había ido en cuatro ocasiones a ver a Fern mientras Nanoha asistía a las clases de yoga. El primer martes se sorprendió al verme aparecer, pero una vez que le enseñé las cerezas bañadas en chocolates que Nanoha me había dicho que le encantaban, me recibió con los brazos abiertos. El trío de jazz tocaba muy bien, y ambas disfrutamos de la música antes de regresar a su habitación para tomar un té y hablar un poco. Me gustaba charlar con ella y escuchar los recuerdos que quería compartir conmigo. De vez en cuando, soltaba detalles sobre Nanoha y ella que yo guardaba para futuras referencias. Al siguiente martes, me pasé a verla a la hora del almuerzo y le llevé una hamburguesa con queso a escondidas, porque me había dicho que deseaba comerse una. Las dos veladas posteriores estuvieron amenizadas por dos coros locales, y abandonamos pronto el salón para tomarnos un té, compartir más historias de Nanoha y disfrutar de la exquisitez que yo le hubiera llevado. El último martes le tocó el turno a una orquesta de música clásica, pero Fern estaba inquieta y nerviosa, y sufría de episodios frecuentes de pérdida de memoria. A mitad de la velada, la llevé de vuelta a su habitación con la esperanza de que el entorno familiar la reconfortara. Se tranquilizó hasta cierto punto, pero seguía nerviosa. Más tarde busqué a Aina para hablar con ella, y me dijo que de un tiempo a esta parte le sucedía con más frecuencia y que normalmente era Nanoha quien lograba calmarla. La llamé y vino a la residencia tras abandonar la clase de yoga. Cuando llegó, Fern estaba dormida en un sillón y se despertó al oír su voz.
- ¡Oh, Nanoha! ¡Te estaba buscando!
- Estoy aquí mismo, Fern. Fate me ha llamado.
- ¿Quién?
- Fate.
La miré, asomando la cabeza por detrás de Nanoha. Fern frunció el ceño.
- ¿Nos conocemos?
Sentí que se me desgarraba el corazón, pero le tendí la mano.
- Soy una amiga de Nanoha.
- Ah. Encantada de conocerte. Si nos disculpas, me gustaría pasar un rato a solas con mi hija. –accedí.
- Por supuesto. –Nanoha me sonrió con tristeza.
- Hasta dentro de un rato.
Aunque sabía que esos episodios formaban parte del proceso de la enfermedad, me preocupé hasta el punto de visitarla al día siguiente. Le llevé un ramo de sus flores preferidas, margaritas, con un lazo y todo. Sus ojos oscuros relucieron sobre esas mejillas regordetas y me permitió besar esa piel arrugada.
- Ahora entiendo por qué Nanoha está coladita por ti, Fate.
- Ah, ¿sí? Bueno, es que soy una seductora. –la miré con una sonrisa, aliviada. Ella frunció los labios.
- Creo que hay algo más.
Decidí no ahondar en el tema y me quedé hasta que se durmió. Me marché un poco más tranquila. Si a mí me afectaba que Fern no me reconociera, no quería ni imaginarme lo mucho que debía dolerle a Nanoha. Me resulto extraño descubrir que el asunto me preocupaba. Porque así era. Decidí que necesitaba acompañar a Nanoha durante sus visitas y también visitarla yo sola más a menudo.
Regresé al presente y me concentré en el documento que tenía delante. La campaña de Kenner Footwear que había ideado para Clyde había sido acogida con gran entusiasmo por parte del cliente y todavía estaba elaborando los distintos conceptos. Me froté una sien, deseando poder concentrarme mejor. Poco antes había hablado por teléfono con Clyde y me había dicho que no trabajara hasta tarde, de manera que cerré el archivo y apagué el portátil. A lo mejor podía seguir su consejo. Podía irme a casa y ver qué cambios se habían producido este día. Ver qué estaba tramando mi mujer. Mi mujer. Nanoha.
De alguna manera, el intercambio de votos había llevado consigo una tregua implícita. Las cosas que normalmente me resultaban molestas ya no me irritaban. Quizás era porque comprendía su origen. Quizá yo era más paciente porque ella me comprendía. Entre nuestras conversaciones, Fern, las clases de yoga, las muestras de pintura, las cenas y los juegos, nos habíamos convertido en… aliadas. Tal vez incluso en amigas. Compartíamos el mismo objetivo y, en vez de discutir y tirar cada una en una dirección, nos habíamos acomodado a una vida en común. Era consciente de que mi forma de hablar ya no resultaba tan agresiva. Lo que antes era un insulto en este momento era una broma. Me gustaba oírla reír. Estaba deseando compartir mi día con ella. Quería alegrarla cuando estaba triste porque Fern había tenido un mal día. Habíamos salido a cenar varias veces, solo con tal de verla arreglada y de que disfrutara. Descubrí que deseaba ser cariñosa con ella. Me resultaba natural cogerle la mano, besarla en la frente o darle un beso fugaz en los labios, y no siempre cuando estábamos en público. Ella solía darme un beso en la cabeza antes de irse a la cama y, a veces, yo la abrazaba o la besaba en la mejilla para darle las gracias por la cena o para darle las buenas noches. Eran actos instintivos, que formaban parte de mi vida con ella.
Podría sorprenderla esta noche. Invitarla a salir si le apetecía. Podríamos ir a visitar a Fern y llevarle algunos bombones de los que tanto le gustaban, o podíamos pedir la cena para que nos la llevaran a casa. Después, me relajaría, ella vería alguna de las series de televisión que le gustaban, o tal vez podríamos ver una película juntas. Tal vez una noche tranquila que me ayudara a despejarme. Le preguntaría qué le gustaría hacer. Aún me gustaba ver la sorpresa y la confusión en su cara cuando le daba la opción de elegir.
Abrí la puerta y oí voces. Sonreí al reconocerlas. Hayate estaba de visita… otra vez.
- ¡Nanoha, cariño!
Oí unos pasos apresurados por el pasillo y enseguida apareció por la esquina. Parecía alterada, algo poco habitual. Estaba acostumbrada a verla tranquila y me sorprendió ver que me echaba los brazos al cuello y me estrechaba con fuerza.
- ¿Estás bien? –le susurré al oído.
- Hayate-chan le tiene miedo a las tormentas, y Carim-chan está de viaje. Me ha preguntado si puede quedarse aquí hasta que pase la tormenta.
La advertencia implícita en sus palabras me golpeó de repente.
- ¿En tu dormitorio? –le pregunté, preocupada.
- Sí. –me alejé de ella.
- ¿Está…?
- Todo preparado, sí.
- De acuerdo.
- Yo no… –balbuceó.
- No pasa nada. –eché a andar por el pasillo y ella me siguió.
- Hola, Hayate.
La mujer que siempre había visto llena de energía, entusiasmo y alegría se encontraba acurrucada en un rincón de mi sofá y no parecía alegre en absoluto. Estaba muy pálida y parecía asustadísima.
- Fate, lo siento. Las tormentas me dan pavor. Mis padres no están y Carim tampoco. No sabía qué otra cosa hacer. La casa es enorme cuando ella no está. –me senté a su lado y le di unas torpes palmaditas en una pierna.
- No pasa nada. Me alegro de que hayas venido.
- Nanoha me ha dicho que no he interrumpido nada porque no tenían planes.
- No. De hecho, tengo un poco de migraña. Estaba deseando pasar una noche tranquila en casa. La pasaremos juntas, ¿de acuerdo? –me aferró la mano con la suya, que estaba temblorosa.
- Gracias. –me levanté.
- De nada. Voy a darme una ducha y a cambiarme.
- Te llevaré una pastilla de paracetamol. –dijo Nanoha– Tienes mala cara, Fate. ¿Segura que estás bien?
- Se me pasará. Voy a acostarme un rato.
- Te llevaré una compresa fría también.
Pasé a su lado y me incliné para darle las gracias con un beso en la cabeza.
- Gracias, eso me ayudará.
Una vez arriba, eché un vistazo a su dormitorio, ya que no lo había visto desde que empezó a redecorarlo. Los muebles que había encargado se habían retrasado, de manera que el proyecto se había demorado más de lo que ella había planeado, y lo había acabado esta misma semana. En el suelo había una bolsa de viaje, que supuse que era de Hayate. El dormitorio estaba acabado, y Hayate lo tomaría por la habitación de invitados. Vacía. No había ni un objeto de Nanoha por ningún lado. Había puesto unas estanterías en las que descansaban los adornos y los libros que había llevado en cajas. En un rincón se emplazaba un nuevo diván, junto con una mesita y una lámpara. Alguna de las acuarelas de Fern adornaban las paredes. Abrí los cajones de la cómoda y después el armario, para comprobar que ambos estaban vacíos, salvo por un par de cajas que seguían allí. Las sábanas de la cama eran nuevas. La escena era perfecta. Entré en mi dormitorio y me detuve un instante. Nanoha estaba en todos los rincones. Su bata descansaba a los pies de la cama, la seda roja brillaba a la tenue luz. Había unas cuantas fotos de Fern con nosotras. La mesilla de noche, que antes estaba vacía, tenía libros y un vaso medio lleno. En la cómoda había frascos, botes y también estaba su perfume preferido. Sin mirar, supe que había guardado su ropa en los cajones inferiores de la cómoda y que en el armario seguía todavía todo lo que había planeado trasladar esta misma semana. Su cepillo de dientes estaba al lado del mío en el cuarto de baño. Sus cosméticos estaban en la encimera del lavabo. Debía de haberse movido a la velocidad de un tornado para hacer que esta también pareciera su habitación.
…
Me estaba esperando cuando salí de la ducha, con la compresa fría en una mano y las pastillas en la otra. Había cerrado la puerta en aras de la intimidad.
- ¿Cuánto tiempo has tenido? –le pregunté en voz baja.
- Unos tres cuartos de hora. Todavía hay algunas cosas sin sacar en las cajas. Cuando me llamó llorando para preguntarme si podía pasar la noche con nosotras, empecé a cambiar las cosas de sitio todo lo rápido que pude. Me llamó al móvil y le dije que estaba fuera, que volvería a casa en una hora. No supe decirle que no.
- Te entiendo. –repliqué.
- ¿Te parece bien? –suspiré y extendí una mano para que me diera las pastillas.
- No pasa nada. Menos mal que la cama es grande. Tú te quedaras en tu mitad y yo, en la mía. –sonreí– Esta noche vas a escuchar los resoplidos de cerca.
La vi poner los ojos como platos, un gesto que me arrancó una risilla. Había estado tan nerviosa colocándolo todo que no había pensado en lo que sucedería después. Después de tragarme las pastillas, extendí el brazo para que me diera la botella de agua que llevaba en la mano.
- A menos, por supuesto, que quieras renegociar el tema del "sexo o no sexo". Has logrado resistirte a mis encantos durante más de un mes. –me miró con el ceño fruncido y no pude evitar inclinarme para besarla en los labios– Piénsalo, cariño. –murmuré contra su suave boca.
Ya me estaba cansando de mi mano. Nanoha puso los brazos en jarras.
- Dudo mucho que estés en condiciones de demostrar tu habitual maestría en este momento. Sobre todo, porque estás desentrenada y… porque te duele la cabeza.
Sonreí y me dejé caer sobre el colchón. Solté un gemido aliviado cuando ella me colocó la compresa fría en la frente.
- Podría hacer un esfuerzo. –me sorprendió sentir sus labios de nuevo sobre los míos.
- Que te follen, Testarossa.
Sus palabras carecían de veneno y mi oferta era una broma. Ambas lo sabíamos, y nos echamos a reír. Nuestras carcajadas resonaron en la habitación.
- Descansa y te avisaré cuando la cena esté lista. –le cogí la mano y se la besé– Te estás ablandando. –dijo al tiempo que pasaba la otra mano por mi dolorida cabeza.
Cerré los ojos y me rendí a sus tiernas caricias.
- Tú tienes la culpa. –murmuré.
- Lo sé. –replicó mientras cerraba la puerta.
…
Pasar la noche con dos mujeres tensas y muy nerviosas acabó siendo muy interesante. Hayate mantenía una calma antinatural, algo de por sí desconcertante, pero Nanoha fue la mayor sorpresa. Me había acostumbrado a su actitud callada; sin embargo, esta noche no dejaba de parlotear. Sin parar. Le explicó a Hayate los planes que tenía para el salón y para "nuestro dormitorio", le hizo interminables preguntas acerca de la historia del yoga y preguntas generales acerca de todos los miembros de la familia Harlaown y del personal de la oficina, y después siguió con cualquier tema que se le pasara por la cabeza. Habló por los codos. Además, no se sentó en ningún momento. Se movía de un lado para otro, gesticulando para enfatizar sus ideas. Cogió, cambio de sitio y recolocó todos los objetos de la estancia en al menos dos ocasiones. No dejaba de darle palmaditas a Hayate en el hombro para asegurarse de que estaba bien, y me cambió la compresa fría que tenía en el cuello cada veinte minutos. No creo que llegara a la temperatura ambiente en ningún momento. Mientras la tenía a mi espalda, parloteando, tuve que admitir que me gustaba bastante la forma en la que sus dedos me masajeaban la nuca o cómo me apoyaba la cabeza en su abdomen mientras me acariciaba el pelo. Esas caricias me relajaron tanto que el dolor de cabeza empezó a remitir pronto pese a la cháchara. De todas formas, su comportamiento me resultaba desconcertante. Incluso Hayate me miró con una ceja enarcada en más de una ocasión. Tras asegurarme de que Nanoha no podía oírnos, me encogí de hombros y le di la única excusa que tenía sentido para mí.
- A ella tampoco le gustan las tormentas. –mi explicación pareció satisfacer su curiosidad.
A eso de las diez, la tormenta amainó un poco y los truenos se espaciaron bastante, alejándose, aunque la lluvia seguía golpeando los cristales. Hayate se puso en pie.
- Voy a ponerme los auriculares, a subir el volumen de la música y a cubrirme los ojos con un antifaz. A lo mejor consigo quedarme dormida antes de que la tormenta arrecie de nuevo. –Nanoha también se levantó.
- ¿Seguro que vas a estar bien? Puedo dormir en el diván para que no estés sola. –Hayate negó con la cabeza y la besó en la mejilla.
- Estaré bien. Saber que están al otro lado del pasillo me calmará. No puedo estar sola, nada más. Normalmente, mis padres se quedan conmigo si Carim no está. Chrono y Amy están tan liados con los niños que detesto molestarlos. Han sido mi salvación esta noche. –se inclinó y me besó la mejilla– Gracias, Fate. Sé que ya estás harta de verme en el trabajo. Te lo agradezco de verdad.
- Sin problemas.
- Si me necesitas, solo tienes que venir a buscarme. –se ofreció Nanoha.
- Intentaré no hacerlo.
Subió las escaleras, dejándonos a solas a Nanoha y a mí. Analicé su lenguaje corporal. Decir que estaba tensa era quedarme muy corta. Si se tensaba un poco más, sería ella quien acabase con dolor de cabeza.
- Oye… –se sobresaltó y me miró con los ojos como platos– ¿Qué pasa?
- Nada. ¿Por qué lo preguntas? –resoplé.
- No has parado en toda la noche.
Siguió revoloteando por la habitación, ordenando unos documentos que ya estaban más que ordenados, apilando los periódicos que yo intentaba leer y recogiendo los vasos para llevarlos a la cocina.
- No sé a qué te refieres. ¿Tienes hambre?
- No.
- Puedo prepararte un sándwich.
- No.
- ¿Quieres café? He comprado descafeinado. ¿O mejor una tostada o algo así? No has cenado mucho.
- Nanoha. –le advertí, con un deje impaciente en la voz. Soltó los vasos que tenía en las manos.
- Me voy a la cama.
Salió corriendo escaleras arriba, dejándome más confundida si cabía.
La seguí poco después, aunque dejé un par de luces encendidas por si Hayate necesitaba levantarse y moverse por el apartamento. Lo único que me faltaba era llamar a Carim para decirle que su mujer se había caído por las escaleras de noche y que había tenido que llevarla al hospital. A Clyde y a Lindy tampoco les haría mucha gracia.
La lluvia estaba arreciando y la tormenta cogía fuerza de nuevo. Me pregunté si alguna de las tres conseguiría dormir esta extraña noche.
Una vez arriba, entré en mi dormitorio y cerré la puerta. El bultito que vi debajo de la ropa de cama me recordó que no dormiría sola esta noche. Nanoha estaba acurrucada bajo el edredón, pegada al borde del colchón todo lo que le era posible sin caerse al suelo. De repente, entendí su extraño comportamiento. Íbamos a compartir cama esta noche y estaba nerviosa. Una extraña sensación, ternura, me abrumó.
Mientras la observaba esta noche, me había dado cuenta del alma tan bondadosa que debía tener. Había perdido a sus padres, había sobrevivido a lo que no me cabía la menor duda de que fue una época espantosa después de su muerte, aunque no me había contado muchos detalles. Nunca hablaba de la época en la que vivió en las calles, un tiempo que debió ser espantoso. Me soportaba, cuidaba a Fern y no dudaba a la hora de ayudar a un amigo, aunque tuviera que alterar toda su vida para hacerlo… y todo lo hacía con una sonrisa cariñosa. Era increíble.
Encontré unos pantalones de pijama y una camiseta. Prefería dormir en ropa interior, pero no quería incomodar más todavía a Nanoha. Después de cambiarme, me metí en la cama a su lado y esperé a que dijera algo. Me recibió el silencio. Me incorporé sobre un codo y miré por encima de su hombro al tiempo que le apartaba el pelo de la cara. No habló ni se movió, y mantuvo los ojos cerrados con fuerza. Sin embargo, su pecho se agitaba demasiado deprisa para estar dormida. Me incliné sobre ella y le hablé al oído.
- Estás fingiendo. –susurré.
Se estremeció y ocultó la cara en la almohada todavía más. Le besé el hombro desnudo y se lo cubrí con el cobertor.
- Tranquila, Nanoha. Me comportaré como una perfecta señorita.
Rodé hasta el otro lado de la cama, apagué la luz y me quedé tumbada, oyendo sus jadeos, cortos y nerviosos. Debería haberme sentido rara por tenerla en mi cama, pero, por algún motivo, no me resultaba desagradable. Sentía su calidez y captaba su dulce perfume. Eso sí, parecía que a la cama le pasaba algo. Tardé un momento en darme cuenta del motivo. Había una vibración constante, lo justo para que el colchón se moviera. Volví la cabeza y miré el bultito acurrucado que formaba. Estaba temblando. ¿Tanto miedo me tenía?
Me tumbé de costado y la rodeé con un brazo, pegándola a mi cuerpo. Nanoha soltó un chillido sorprendido y se tensó. No paraba de temblar, y tenía las manos heladas cuando me aferró el brazo.
- Nanoha, ya bueno. –susurré– No voy a hacer nada.
- No es eso. Bueno, no solo eso.
- ¿Es por la tormenta?
- Es… es el viento. –confesó– Detesto ese aullido.
La pegué todavía más a mi cuerpo y sentí que un escalofrió le recorría por entero.
- ¿Por qué?
- La noche que murieron mis padres hubo una tormenta como la de hoy. Muy fuerte. El viento zarandeaba el coche como si fuera una pluma. Mi padre perdió el control y el coche volcó. –el corazón empezó a latirme muy deprisa.
- ¿Estabas con tus padres aquella noche?
- Estaba en el asiento trasero. Cuando pasó, las ventanillas reventaron y el viento sonaba muy fuerte, y yo tenía mucho miedo. Perdía la consciencia a ratos, pero tenía mucho frío y oía cómo el viento aullaba… No paraba nunca. –continuó en voz más baja– Sabía que estaban muertos, y yo estaba sola, atrapada.
Se me formó un nudo en la garganta al percatarme del dolor de su voz. Nunca me lo había contado hasta este momento.
- ¿Estabas herida?
En silencio, me cogió la mano y se la llevó al muslo. Bajo la fina tela del camisón, sentí la larga e irregular cicatriz que le recorría la cara externa del muslo.
- Acabé con una conmoción cerebral y la pierna aplastada cuando el coche volcó. Necesité dos operaciones, pero sobreviví. –carraspeó– Por eso a veces tropiezo o pierdo el equilibrio. La pierna me falla.
Recordé todas las veces que me había burlado de ella, que había puesto los ojos en blanco mientras la veía levantarse con mucho trabajo. La vergüenza, furiosa y lacerante, hizo que la abrazara con más fuerza y que le enterrase la cara en el cuello.
- Lo siento, cariño.
- No es tu culpa.
- No. Siento que hayas tenido que pasar por todo eso, pero no me disculpaba por ese motivo.
- Ah. –profirió ella, que entendió por qué me disculpaba– En fin, no lo sabías.
- Pero tampoco me molesté en preguntar, ¿verdad?
- Supongo que no.
Las palabras que salieron de mi boca a continuación me sorprendieron.
- Te pido que me perdones.
- Ya lo he hecho.
La insté a ponerse boca arriba y, desde arriba, la miré a la cara en la oscuridad. Los relámpagos iluminaban su rostro, blanco como el papel, y las lágrimas que brillaban en sus ojos.
- Perdóname por todo, Nanoha.
- Ya lo he hecho.
- ¿Cómo? –susurré– ¿Cómo es posible que puedas perdonar con tanta facilidad? ¿Cómo soportas estar conmigo siquiera?
- Porque te estás esforzando.
- ¿Tan sencillo es para ti? ¿Me esfuerzo un poquito y tú me perdonas?
- Tenía que perdonarte para poder hacer esto contigo.
- Para asegurarte de que Fern recibe los cuidados que necesita.
Con gesto titubeante, levantó una mano, me la colocó en la cara y me acarició la mejilla con los dedos.
- Era uno de los motivos.
- ¿Y cuál era el otro?
- Vi algo… el día que me hablaste de la reunión con Clyde. Vi otra faceta de ti. Creía que…
- ¿Qué creíste? –pregunté al ver que dejaba la frase en el aire.
- Creía que, si te ayudaba a alejarte del ponzoñoso ambiente de Al-Hazard, a lo mejor podrías encontrar a la verdadera Fate.
- ¿A la verdadera Fate?
- Creo… creo que eres más de lo que permites que la gente vea. Más de lo que te permites ver a ti misma. Con el paso del tiempo, veo cómo la verdadera Fate va saliendo a la luz.
Me incliné hacia ella para disfrutar de la caricia mientras asimilaba sus palabras. Enrosqué un mechón de su pelo en mis dedos y me deleité con su tacto sedoso.
- ¿Cómo es mi verdadera yo? –pregunté en voz baja, casi suplicante. Quería conocer sus sentimientos… lo que pensaba de mí.
- Fuerte, cariñosa. Competente. Con talento. –hizo una pausa y suspiró– Amable.
- Ves cosas que no existen.
- No, sí que existen. Pero todavía no estás preparada para verlas. Ya las verás. –me aseguró.
La miré fijamente, maravillada. "Bondadosa" se quedaba corto para describir su alma. Cortísimo. No estaba segura de conocer una palabra que sirviera. ¿Tal vez angelical? Fuera lo que fuese, fuera lo que fuese ella, no me merecía su perdón ni la buena opinión que tenía de mí… y mucho menos la merecía a ella.
Una fuerte racha de viento sacudió los ventanales y la lluvia, furiosa, azotó con gotas los cristales. Nanoha se tensó y desvió la mirada hacia el ruido. Me incliné y la besé. Fue un beso tierno, apenas un roce de nuestros labios. Los suyos se estremecieron, sumisos, bajo mi postrada e indigna boca. La besé con la delicadeza con la que debería haberle hablado en todo momento.
Cambié de postura y la acuné contra mi pecho.
- Duérmete, cariño. Estás a salvo. Nada te hará daño, te lo prometo.
- Nunca he dormido con alguien así, Fate.
La besé de nuevo en el cuello y quise que comprendiera, que supiera algo de mí que me hiciera merecedora de la fe que me tenía.
- Yo tampoco, Nanoha. Eres la primera mujer que he tenido conmigo en esta cama.
- Ah… ah… –sonreí contra su piel.
- Nunca he dejado que nadie se quede aquí. Es mi santuario. Solo mío. –la abracé con más fuerza– Y ahora puede ser el tuyo. Duerme. Yo te protejo.
Cerré los ojos y me relajé contra su calidez. Nuestros cuerpos estaban pegados desde el pecho a las caderas, y nuestras pieles buscaron, y encontraron, algo en la otra. Consuelo.
…
Susurros. Oía susurros al despertarme, calentita… casi demasiado calentita. Estaba rodeada por el calor y por algo que olía de maravilla. La almohada me hizo cosquillas en la nariz y la fruncí en un intento por contener el picor antes de acurrucarme todavía más en su suavidad. Mi almohada se echó a reír y los susurros empezaron de nuevo. Me obligué a abrir los ojos. La luz era tenue y el cielo seguía encapotado en el exterior. Levanté la cabeza y me topé con la mirada risueña de Hayate, que estaba sentada en el suelo junto a la cama, con una taza de café en la mano.
- Buenos días. –me saludó con una mueca burlona.
- ¿Tan fuerte ha sido la tormenta que has tenido que esconderte aquí?
- Vine a buscar a Nanoha-chan, pero no ha podido escapar de tus garras, así que nos estamos tomando el café aquí mismo. –se burló.
Bajé la vista y me di cuenta de que tenía razón. Envolvía a Nanoha tanto como era posible. Cada centímetro de mi cuerpo tocaba el suyo. Tenía una mano enredada en su pelo y con la otra la pegaba a mí como un barrote de acero. Teníamos las piernas entrelazadas. Le enterré la cara en el cuello y me maravillé de lo natural que me parecía despertarme así con ella.
- Largo Hayate. –mascullé.
Nanoha intentó apartarme el brazo.
- Suéltame.
La besé en el cuello y me encantó el estremecimiento que le provoqué. A diferencia de los temblores aterrados de la noche anterior, esta mañana se estremecía de placer. Le recorrí la espalda e hice que arqueara el torso y que su culo se pegara más a mí.
- Cinco minutos, Hayate. Dame cinco minutos. –añadí con voz ronca.
La aludida se levantó entre carcajadas.
- Seguro. –resopló– Las veo abajo.
En cuanto la puerta se cerró, le di la vuelta a Nanoha y pegué la boca a la suya. La besé con brusquedad, con la necesidad de sentir sus labios contra los míos. Le acaricié la lengua y recorrí el contorno de sus labios, atormentándola, aunque estaba desesperada. Me aparté, jadeando.
- Me estás matando.
- Estaba dormida. –protestó– ¡Dormida!
- Me encanta estar así. –me froté contra su cadera– Dios, Nanoha.
Puso los ojos como platos. El atisbo de miedo que vi perforó la burbuja de lujuria que me abrumaba. "¿Qué diablos estoy haciendo?", pensé.
Me aparté de ella con el pecho jadeante. Me cubrí la cara con un brazo.
- Baja, anda. Necesito una ducha. Una ducha muy fría y larga.
- Lo siento.
- Tranquila. –gemí, pero la sujeté del brazo– Espera. No te vayas todavía. Quédate… quédate un poco más. No quiero que Hayate crea que me… esto… que me falta resistencia.
Abrió la boca, pero no emitió sonido alguno. Levanté un brazo y abrí y cerré la mano mientras la fulminaba con la mirada.
- Te juro que empiezo a padecer el síndrome del túnel carpiano. Al final tendré que pasar por el quirófano.
Nanoha se echó a reír. Sus hombros se sacudían mientras enterraba la cara en la almohada y las risas se convertían en carcajadas. La cama se estremeció con la fuerza de sus sacudidas. Contuve la sonrisa que mis labios amenazaban esbozar.
- No es para tomárselo a risa.
No dejó de reír y yo empecé a hacerlo. Me tumbé sobre ella adrede. Le levanté la cabeza de la almohada. Tenía las mejillas coloradas y los ojos brillantes. La volví a besar.
- Tenemos que hablar sobre la idea de expandir nuestros límites. Antes de que explote.
La dejé allí tendida, sin habla. Pero estaba sonriendo. Y no había dicho que no.
SilenzeAutumn: Por eso me gustó tanto esta novela... porque hay más de lo que parece ser. Parece la típica historia, pero esa historia que esconde, la que hay detrás de los personajes... La persona correcta puede hacerte ver la vida de otra forma y hacer que ésta sea mejor. Dicen que el amor todo lo puede, ¿no?
