Capítulo 10

POV Fate

Mientras desayunábamos, Hayate recibió una llamada de Carim que le dijo que no regresaría hasta el domingo. Dado que las tormentas continuaban, le aseguramos que podía quedarse este día en casa hasta que ella la recogiera al día siguiente. No había alternativa. Además, lograba hacer reír a Nanoha, y me gustaba el sonido de su risa. Quería oírla con más frecuencia.

Las tres fuimos a ver a Fern acompañadas por los truenos lejanos de la tormenta. Insistí en que el menú consistiera en hamburguesas con queso, y solté que acostumbraba a llevarle una a Fern a escondidas. Nanoha se sorprendió al descubrir todas las visitas que yo había hecho sin que ella se enterara. En sus ojos brilló el agradecimiento mientras se acercó y me besó, un gesto que me pilló por sorpresa. Tiré de ella para estrecharla contra mí, aprovechándome del hecho de tener a Hayate de audiencia, y la besé hasta que estuvo colorada y avergonzada. Hayate me miró y me guiñó un ojo mientras yo aceptaba la pesada bolsa de las hamburguesas con una enorme sonrisa.

Fern estaba silenciosa pero lúcida cuando llegamos. Se echó a reír cuando le dije que llevaba uvas para Yuuno. Al hurón le gustaba meterlas en la boca y huir con ellas y yo no tenía que cortar nada, ni tenía que sobornar a Aina a fin de que lo hiciera por mí. La tienda de bombones donde compraba seguramente habría tenido un aumento en las ventas durante las últimas semanas, y el personal de la residencia estaba deseando que apareciera por la puerta para ver qué llevaba en cada ocasión. Nunca los decepcionaba.

Hayate estaba casi recuperada, volvía a ser la mujer alegre y habladora, y entretuvo a Fern con las historias de su familia. Eso me ofreció la oportunidad de sentarme y observar a Nanoha con Fern. Estaba a su lado y le había cogido la mano. De vez en cuando, le acariciaba la mejilla o le pasaba la mano por la frente para apartarle algún mechón suelto mientras hablaba o se reía. Bromeaba con Fern y la animaba a comer. También le puso una servilleta en el cuello mientras la reñía por mancharse. Fern le pellizcó la nariz a modo de respuesta.

- Deja de ser tan marimandona, Nanoha.

- Sí que lo es. –murmuré– Se pasa todo el día dándome órdenes.

- Es mi venganza. –susurró ella.

- ¡Para eso están las esposas! –exclamó Hayate con una carcajada.

Nanoha y yo nos quedamos heladas. No le habíamos dicho a Fern que nos habíamos casado. Nuestras miradas se encontraron por encima de la cabeza de la anciana, sin saber muy bien qué hacer.

Fern se enderezó en la silla y dejó de comer. Nos miró a las dos.

- ¿Se han casado? –se volvió a Nanoha– ¿Se han casado sin decírmelo? ¿Nanoha, estás embarazada? –Nanoha negó con la cabeza.

- No, Fern, no estoy embarazada.

- Pero os habéis casado.

- Sí. –Fern me miró y apartó la bandeja del almuerzo.

- Me gustaría hablar con mi hija en privado.

Caminé de un lado a otro del pasillo sin dejar de mirar la puerta cerrada. Gemí al tiempo que me dejaba caer contra la pared y apoyaba la cabeza en la dura superficie.

- Fate, lo siento mucho. –se disculpó Hayate– No imaginaba que Fern no lo sabía. Ni siquiera se me ocurrió la posibilidad de que no se lo hubieran dicho.

- Por supuesto que no.

- ¿No lo sabía? ¿No es una cuestión de que lo haya olvidado?

Quise mentirle y responderle que se lo habíamos dicho a Fern. Que la culpable era la enfermedad, no nosotras. Pero me estaba cansando de tantas mentiras. Me alejé de la pared y me froté la nuca.

- Nanoha tuvo una adolescencia muy dura. Su historia es complicada, pero debería ser ella quien te lo contara. Fern es todo para ella y solo trataba de protegerla.

Hayate asintió con la cabeza y esperó a que yo continuara.

- Fui yo la instigadora. Yo la perseguí. He sido yo la que ha forzado la relación desde el primer momento. Al principio, ella no quería que conociera a Fern, hasta estar segura. –me di un tirón del mechón de la frente– Yo forcé la situación y vine a ver a Fern sin su permiso. Quería saber más sobre la mujer que había ayudado a Nanoha. Yo forcé la situación. Me casé con ella a la carrera, para que no cambiara de opinión. A Nanoha le preocupaba la idea de que Fern pensara que era todo muy precipitado, así que decidimos no decirle nada durante un tiempo y dejar que Fern se acostumbrara a mí.

- Y yo he metido la pata. –me encogí de hombros.

- Deberíamos haberle echado valor y habérselo dicho nosotras. La culpa es nuestra. –la puerta se abrió y salió Nanoha.

- Fate, ¿puedes entrar?

- Mierda. –murmuré– Si no salgo en una pieza, cuida a Nanoha por mí.

Hayate esbozó una sonrisa compasiva y me dio unas palmaditas en el hombro.

Nanoha me puso una mano en un brazo.

- Lo siento. –le di un apretón en los dedos.

- Tranquila. –entré en la habitación con Nanoha detrás.

Me había enfrentado a clientes furiosos en el trabajo. Había aguantado el tipo en salas de conferencia llena de rostros pocos amigables que esperaban que mi presentación fuera un fracaso. Había afrontado esas situaciones sin despeinarme. Sin embargo, me descubrí sudando delante de esa anciana de gesto adusto y tomando a mi mujer de la mano, como si fuera un talismán.

Fern me miraba fijamente.

- Te has casado con mi Nanoha.

- Sí.

- Sin mi permiso.

- Sí.

- ¿Por qué?

- Nunca lo había hecho. No sabía que debía preguntar antes… –Fern agitó una mano.

- A veces eres un poco lenta, ¿verdad, jovencita? –tragué saliva.

- ¿Cómo dices?

- ¿Por qué te has casado con ella?

- Porque no podía vivir sin ella.

- ¿Y por qué no me lo has dicho nunca?

No sabía que le habría dicho Nanoha, pero intuí que no debía alejarme mucho de la verdad.

Me agaché para quedar a la altura de sus ojos.

- Me casé con ella a la carrera porque no quería perderla. La necesitaba en mi vida. Nos preocupaba que no aprobaras nuestra unión, pero esperaba que, si llegaras a conocerme bien, tal vez aceptaras la idea de que se casara conmigo.

- Es demasiado buena para ti. –me eché a reír porque era cierto.

- Lo sé muy bien.

- Deberías haberme preguntado antes.

- Tienes razón, debería haberlo hecho. Lo siento.

- Dice que es feliz.

- Yo también lo soy. –miré de reojo a Nanoha, sorprendida porque era verdad– No deja de asombrarme. –Fern sorbió por la nariz.

- Espera y verás. Todavía no has visto nada.

- Me lo imagino. –la anciana frunció los labios.

- No pienso quitarte el ojo de encima.

- Lo tendré en cuenta.

- Muy bien. Me debes una tarta.

- ¿Una tarta?

Nanoha se acercó y colocó una mano en mi hombro. Me percaté de que se había puesto los anillos y verlos me arrancó una sonrisa, aunque no supe por qué. Yo nunca me había quitado la alianza y Fern nunca me había preguntado por ella. Sin pensar, le besé la mano y el gesto hizo que la anciana sonriera de oreja a oreja.

- Siempre celebramos las cosas buenas con una tarta.

- Así que ¿esto es bueno? ¿Yo soy algo bueno? –Fern me dio unas palmaditas en una mejilla.

- Dependo de ti para que la cuides.

- Lo haré.

- Bueno, ¿qué pasa con esa tarta? –había una pastelería en la misma calle.

- Ahora mismo.

- De chocolate. –añadió Fern. Le di un beso en la mejilla.

- Ni que hubiera de otra clase…

Nanoha entró con una taza de café en la mano que acepté, agradecida. Le hice un gesto para que se sentara.

- ¿Dónde está Hayate?

- Durmiendo. Creo que está aprovechando ahora que ha pasado la tormenta. Me da que anoche no pegó ojo.

- Yo dormí como una bebé. –puso los ojos en blanco.

- Como una bebé pulpo. –sonreí.

- Yo no tengo la culpa de que seas perfecta para abrazar. Hueles muy bien.

- Tus… mmm… resoplidos son más fuertes de cerca. –la miré con los ojos entrecerrados.

- Muy bonito. –ella sonrió.

- Lo siento. –su expresión se tornó seria– Siento mucho lo de esta mañana. –me rasqué la nuca.

- Supongo que era lo que tenía que pasar.

- Es muy posible que lo olvide. Tal vez incluso tengamos otra vez la misma conversación.

- Al menos podremos alegar que ya se lo hemos dicho y tal vez no se moleste tanto.

- Supongo. –bebí un sorbo de café.

- ¿Qué te dijo?

- Le preocupaba que estuviera embarazada.

- No debe preocuparse por eso nunca. –no pude evitar bromear sobre el tema– Aunque expandamos nuestros límites.

- ¿No quieres tener hijos?

- Nanoha, carezco de la capacidad para mantener una relación real. No tengo el menor interés en ser madre y en traer al mundo a otra persona emocionalmente atrofiada. No sería capaz de conectar con un niño. Jamás.

- Creo que te equivocas.

- ¿Que me equivoco?

- Creo que sí tienes la capacidad. Creo que podrías conectar, querer a un niño… si quieres a la madre... –solté una carcajada.

- Puesto que eso no va a suceder, me remito a lo que ya te he dicho.

- ¿Por qué estás tan segura de que nunca vas a enamorarte? –empezaba a impacientarme.

- Ya te lo he dicho. El amor te debilita. Te obliga a necesitar a los demás. A depender de ellos. No voy a permitir que eso me suceda.

- A veces suceden cosas que se escapan a nuestro control. –agité una mano.

- No en este caso. En mi futuro no hay ni amor ni niños.

- Parece muy solitario.

- Tengo mi trabajo y eso me satisface. Con eso me sobra. –me observó un instante con el ceño fruncido.

- Ah, ¿sí?

- Deja de analizarme, Nanoha.

- No te estoy analizando. Solo trato de entenderte.

- No lo hagas.

- ¿Por qué? –me incliné hacia delante y apreté los puños sobre la mesa.

- No te pago para que me entiendas. Te pago para que interpretes un papel.

- Un papel que cada día se complica más.

- ¿De qué estás hablando?

- ¿No te cansas, Fate? ¿De las mentiras? Nos pasamos el día añadiendo más y más. Es como una bola de nieve que crece a medida que desciende por una ladera. –suspiró– Se suponía que iba a ser algo sencillo. Yo fingiría ser tu prometida. Ahora la cosa ha ido a mayores y ha llegado a un punto en el que ni siquiera me reconozco. ¡Detesto mentir y le estoy mintiendo a todo el mundo! A Fern, a la familia Harlaown, al personal de la residencia de ancianos… ¡Es una montaña enorme de mentiras!

- Es un medio para conseguir un fin. Nadie está sufriendo.

- Ah, ¿no? Creo que te equivocas.

- ¿Qué sabes tú si la gente sufre? –agité una mano y abarqué la estancia– Clyde no está sufriendo. Fern está bien cuidada. Tú vives en un sitio mejor y no tienes que trabajar. ¿Quién sufre? –su voz se redujo a un mero susurro.

- Me siento culpable… cada día más.

- ¿Por qué?

- Porque me caen bien estas personas. Me gusta Hayate-chan. Nos hemos hecho amigas. Saber que le estoy mintiendo me molesta. Clyde y Lindy se han portado muy bien con nosotras. Es como si los estuviera traicionando con esta farsa. La gente de la residencia de ancianos cree que estamos casadas.

- Y lo estamos. –insistí– No es una farsa. Nuestro matrimonio es legal.

- Ellos creen que es real. Creen que estamos enamoradas. Y Fern… nunca tuve la intención de que Fern se enterara. A ella sí que no quería mentirle. Y eso es lo que más detesto, haber tenido que mentirle a ella.

- Sabes que seguramente lo olvidará. –Nanoha puso los ojos en blanco.

- Sigue siendo una mentira. Aina y los demás se lo recordarán constantemente para que no se le olvide. Y además están Carim, Chrono, Amy… –resopló, exasperada– La lista sigue.

Me encogí de hombros al tiempo que tamborileaba con los dedos sobre la mesa.

- Es más complicado de lo que pensaba, lo admito. Hasta Sieglinde cree que he cambiado. El otro día me felicitó por haber encontrado por fin mi "lado humano" mientras jugábamos al tenis.

- ¿No te molesta? ¿No te molesta la cantidad de personas que se están viendo afectadas por esta mentira? ¿La gente que se verá afectada cuando acabe?

- Nanoha, deja de exagerar. Los divorcios están a la orden del día. El mundo sigue. Ya nos encargaremos de los detalles cuando creamos que ha llegado el momento.

- Y, mientras tanto, seguimos mintiendo.

Ya estaba harta de esta conversación absurda. Me froté la cabeza y fruncí el ceño.

- Sí. Seguimos mintiendo. Todavía te estoy pagando, así que sigue siendo un trabajo. Serás mi esposa hasta nuevo aviso. Así que tendrás que seguir interpretando el papel. Tendrás que fingir que te gusto. Profundiza un poco más e imagina que me quieres. Haz lo que sea necesario para mantener la "farsa", tal y como tú la llamas. –se puso en pie, meneando la cabeza.

- Ese es el problema, Fate. Que no siempre tengo que fingir que me gustas. Cuando dejas de comportarte como una imbécil, eres una mujer decente. Respondes a la gente. Eres amable y generosa con Fern. Por algún motivo, cuando estás con ella, se te olvida que eres esa imbécil que demuestras ser con el resto del mundo. A veces, hasta se te olvida cuando estás conmigo. –su expresión era triste y su voz, abatida– A veces se me olvida que te caigo mal y creo que somos amigas de verdad. –echó a andar hacia la puerta, se detuvo y miró hacia atrás– Me gustan esas ocasiones. Hacen que el resto del día sea más fácil de sobrellevar. –y después salió, dejándome pasmada.

Nanoha estuvo callada el resto de la noche. Empezó a llover de nuevo a intervalos hasta que escampó a eso de medianoche. Hayate se percató del tenso ambiente e intentó ser discreta. En un momento dado, me preguntó si Nanoha estaba bien.

- Hemos… esto… hemos discutido. –admití. Las parejas discutían, de modo que mi respuesta… parecía plausible.

- ¿Por lo de antes?

- Sí. –no aclaré por qué había sido exactamente. Dejé que pensara que era por lo sucedido con Fern.

- ¿Quieres que me vaya?

- No, tranquila.

- No se acuesten enfadadas. Habladlo. –me animó– Me iré pronto a la cama y respetaré su intimidad.

Como no sabía qué responder, asentí con la cabeza. No tenía la menor idea de qué decirle a Nanoha, pero cuando Hayate subió las escaleras, ella la siguió. Esperé un rato, apagué la tele y me reuní con ella en mi dormitorio. Ya estaba acostada, acurrucada, pegada al borde del colchón. Me preparé para acostarme y me tumbé junto a su pequeño y cálido cuerpo. Titubeé antes de extender un brazo para pegarla a mi torso.

- No te enfades conmigo.

- No estoy enfadada, estoy triste. –suspiró.

- No puedo cambiar mi forma de ser. –se dio la vuelta en la oscuridad para mirarme a la cara.

- Creo que, en ciertos aspectos, ya has cambiado.

- Es posible. –admití– Aun así, lo que siento por ciertas cosas no ha cambiado, y los hijos y el amor son algunas de ellas.

- Todo es blanco o negro contigo.

- Tiene que serlo. Así es como me enfrento a la vida.

- Te pierdes muchas cosas.

Le acaricié una mejilla con un dedo, recorriendo su suave piel en la oscuridad. Sentí la humedad y supe que había estado llorando. Me inquietó pensar que hubiera estado allí tumbada, alterada.

- Nanoha… –empecé.

- ¿Qué? –susurró.

- Sé que esto se ha complicado, que ha crecido. Sé que eres mejor persona que yo y eso te preocupa. No esperaba que los Harlaown formasen parte de nuestra vida más allá del trabajo. No había planeado conocer a Fern y encariñarme con ella. Ya no podemos hacer nada más que seguir la corriente. No puedo cambiar mi forma de ver las cosas porque son mis creencias. Pero hay algo en lo que te equivocas.

- ¿El qué? –apoyé la mano en su cara y la acerqué más a la mía.

- No me caes mal. Todo lo contrario. Me arrepiento de todas las palabras crueles, de todos los malditos recados inútiles y de todos los trabajos sucios que te ordené hacer. Creo que eres muy valiente por acceder a hacer esto conmigo y los motivos que te impulsaron a hacerlo me sorprenden. Eres desinteresada y amable, y el hecho de que te hayas convertido en alguien tan importante para mí demuestra lo especial que eres.

Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas. Gruñí, incapaz de soportar más emociones por este día.

- Joder, mujer. –mascullé con tono juguetón– Intento ser amable y te echas a llorar. Me rindo. Seguiré siendo una imbécil. –me dio unas palmaditas en la mano.

- No, tranquila. Ya paro. –sorbió por la nariz– No me lo esperaba. Eso es todo.

- Estoy intentando disculparme. –levantó la cara y me rozó los labios con los suyos.

- Disculpas aceptadas.

Enterré las manos en su pelo y la abracé con fuerza. Pegué nuestras bocas, ansiosa por saborearla de nuevo. Respondió con un largo suspiro, y su cálido aliento se derramó por mi cara. Pasó un buen rato mientras nos besábamos, mientras nuestras lenguas se atormentaban. El deseo creció entre nosotras, lento y poderoso, y mi cuerpo palpitaba por la necesidad. Me aparté con un gemido para mirarla. Tenía los labios hinchados y respiraba con dificultad. Le acaricié el labio inferior con un dedo.

- Nanoha. –susurré con voz ronca mientras le acariciaba una pierna desnuda con la mano.

Levantó la cabeza y, justo cuando nuestras bocas volvían a encontrarse, lo oímos. Un trueno inesperado seguido por un estruendo en la habitación de invitados y un chillido.

Gemí y apoyé la cabeza en su hombro.

- Mierda con Hayate, ¡otra vez! –soltó un buen suspiro.

- Joder, vaya… Creo que ha roto mi dichosa lámpara. Con lo que me gustaba esa lámpara.

Me eché a reír por el inusual exabrupto. Me aparté de ella y me cubrí la cara con un brazo.

- Anda, ve a ver qué ha hecho tu amiga ahora.

Se bajó de la cama y titubeó. La tenue luz de la luna resaltaba su figura a través del delicado camisón. Había ganado algo de peso y su cuerpo empezaba a tener curvas. Con el pelo alborotado por encima de un hombro y los ojos dilatados por el deseo, parecía muy sexy. Sexy de narices, la verdad.

- Vete. –gruñí– Si no te vas, no me hago responsable de lo que pase. –se dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta a toda prisa– Nanoha. –la llamé. Se volvió con la mano aún en el pomo de la puerta. Seguí hablando con voz más dulce– Si ha roto la lámpara, te compraré una nueva. –esbozó una sonrisa deslumbrante.

- De acuerdo. –me dejé caer en el colchón.

¿Qué diablos estaba haciendo? Era la segunda vez este día que había deseado tener sexo con ella con desesperación… con la mujer de la que en otro tiempo quise deshacerme. En ese momento, estaba por todas partes. En todos los aspectos de mi vida. En mi cama. ¿Lo más raro de todo? Que no me importaba en absoluto.

- Nanoha, el sirope es un aderezo. No un grupo alimenticio propio. –levantó la vista de su plato, pero ya negaba con la cabeza.

- Hay que llenar cada agujerito de sirope, Fate. Es una regla. –resoplé mientras me llevaba la taza a los labios.

- Estás ahogando el gofre. Hay más sirope que comida en tu plato.

- Así está mejor. –gemí.

- ¿Y también le echas bacon? –ronroneó con la boca llena.

- Perfecto. –Hayate se echó a reír mientras atacaba su desayuno.

- ¿No te gusta el sirope, Fate?

- Le he echado una cantidad razonable. También quiero saborear el gofre. –Nanoha me ofreció un trocito del suyo.

- Pruébalo.

- No.

- ¿Por favor? –pinché con el tenedor un trocito de mi gofre, que estaba demasiado seco.

- Solo si tú pruebas el mío.

Nos dimos de comer la una a la otra. Su trocito estaba chorreando de sirope y mantequilla, demasiado dulce para lo que yo estaba acostumbrada. Hice una mueca.

- Está asqueroso. –ella sonrió.

- Mejor que el tuyo. –bajó la vista y soltó un taco– Mierda, me he manchado la camisa de sirope. Perdonadme.

Salió a toda prisa de la cocina. Esperé a que se hubiera ido para coger el bote del sirope y echarle más a mi gofre.

Hayate se echó a reír de nuevo.

- Sois una monada. ¿Nunca habían comido gofres juntas? –tuve que improvisar.

- No, Nanoha siempre hace tortitas. Le compré la sartén para gofres como regalo de bodas. –Hayate me miró boquiabierta.

- ¿Le compraste un sartén de gofres como regalo de bodas?

- ¡Quería una!

- Por el amor de Dios, Fate, te queda mucho por aprender sobre el romanticismo.

- Ella me entiende. –Hayate cogió su taza de café.

- Mmm. A lo mejor la sartén de gofres fue el mejor regalo. –la fulminé con la mirada.

- ¿Cuándo vuelves a casa? –ella sonrió con sorna.

- Carim volverá pronto.

- Bien. –me dio una palmadita en el brazo y me guiñó el ojo con expresión traviesa.

- Anoche interrumpí su reconciliación. Lo siento. El trueno me pilló desprevenida.

- No tengo ni idea de lo que hablas.

- Claro que no. Nanoha siempre tiene ese aspecto… desaliñado.

Esbocé una sonrisa ladina. Sí que tenía aspecto desaliñado cuando salió del dormitorio la noche anterior.

Le guiñé un ojo a Hayate.

- Nos queda el resto del día para retomar la reconciliación. O repetirla.

Puso los ojos en blanco y masculló algo. Yo seguí devorando mi gofre, que estaba cubierto de sirope.

Salí del despacho en busca de Nanoha. Hayate se había marchado a media tarde y luego había estado ocupada con el trabajo, tras lo cual tuve que llamar a Clyde. Oí ruidos al final del pasillo y fui a investigar. La puerta del dormitorio más pequeño estaba abierta. Yo usaba esa estancia como almacén en este momento. En otro tiempo, hubo una cama que usaba para mis invitadas y las actividades posteriores a la cena, dado que nunca las llevaba a la planta alta. Me había deshecho de la cama cuando Nanoha se mudó… solo quedaban cajas y archivadores.

Me apoyé en el marco de la puerta y la observé unos minutos con una sonrisa indulgente en los labios.

- ¿Qué haces? –señaló unas cuantas fotos enmarcadas.

- Tienes algunas fotografías muy bonitas.

- No sabía dónde ponerlas.

- Quedarían geniales en el salón. –sacó unas fotos de la caja que había estado registrando– Estas son preciosas… es una pena tenerlas guardadas.

Le tendí la mano y me pasó el montón de fotos. Las revisé con cierta vergüenza.

- Las hice yo.

- ¿En serio?

- Sí. Tuve una fase en la que intenté ser fotógrafa. No me duró mucho. –se las devolví– Era malísima.

- Pues yo creo que son estupendas.

- Quédatelas.

- ¿Tienes los negativos? –negué con la cabeza.

- Todas digitales. En una de esas cajas está mi cámara y todas las tarjetas de memoria.

- Vale.

- Oye, Clyde ha llamado. Quiere que lo acompañe en un viaje fuera de la ciudad para ver a un cliente. Creo que se siente culpable porque Carim ha ido las dos últimas veces.

- ¿Cuándo te vas?

- Mañana.

- ¿Cuánto tiempo estarás fuera?

- Ese es el problema. Estaré fuera hasta el jueves, lo que quiere decir que me perderé el martes con Fern. –esbozó una sonrisa traviesa.

- Sin problemas… puedo saltarme la clase de yoga. No se me da muy bien.

- Dile que iré el viernes, para comer. Le llevaré su hamburguesa de queso preferida.

- Le encantará.

- ¿Qué vas a hacer mientras no estoy?

- Trabajar en el salón.

- Van a venir pintores, ¿verdad? Nada de escaleras, ¿no? –había hecho maravillas en su dormitorio, pero el salón era demasiado grande para que lo hiciera ella sola. La idea de que Nanoha se subiera a una escalera tan alta me ponía nerviosa… sobre todo si iba a estar fuera de la ciudad.

- Van a venir pintores profesionales, Fate. Estará todo listo en dos días. Te vas a perder toda la diversión.

- Qué pena… –se levantó y se sacudió los pantalones.

- Te ayudaré a hacer el equipaje. Tengo que cambiar la ropa de cama y trasladarme al otro dormitorio. –la negativa se me escapó antes de poder evitarlo.

- No lo hagas.

- ¿Cómo?

- Duerme en mi dormitorio mientras no estoy. No te preocupes por la colada. Ya tienes mucho de lo que ocuparte. –se mordió el interior de la mejilla.

- ¿Y esta noche?

- Compartiremos la cama de nuevo.

- Yo… –la cogí de la mano.

- Tiene sentido. Así te ahorrarás trabajo. –sus labios esbozaron una sonrisa traviesa.

- Eres un pulpo. ¡Lo que te gusta es dormir acurrucada! –resoplé.

- Solo estoy siendo práctica.

- Admítelo y me acostaré contigo. –enarqué una ceja.

- ¿Te importaría explicar esa frase?

- Yo… esto…

Allí estaba, ese rubor que tanta gracia me hacía. Le subió por el pecho hasta florecer en sus mejillas. Me dio un empujoncito con gesto juguetón.

- Admítelo y dormiré en tu cama mientras no estás.

- ¿Y esta noche? –el rubor se intensificó.

- Sí. –me incliné y le acaricié la mejilla con los labios antes de llegar a su oreja.

- Me gusta acurrucarme contigo. Estás calentita y hueles bien.

Era la verdad. Esta mañana me había vuelto a despertar abrazada a ella. Me sentía descansada y relajada.

Pasó a mi lado.

- Está bien. Si es lo que quieres… –sonreí. De hecho, era justo lo que quería.

- ¿Por qué sonríes? –preguntó Clyde.

El viaje estaba saliendo muy bien y el cliente se había mostrado entusiasmado este día. Me había pasado la tarde añadiendo detalles a mis esbozos y a mis ideas, preparando una reunión programada para la mañana siguiente. Clyde había insistido en que fuéramos a cenar para celebrarlo.

Levanté la vista del teléfono y se lo ofrecí.

- Ah, es que le he mandado a Fern una tarta enorme de queso con cobertura de caramelo y chocolate para compensarla por no estar allí esta noche. Nanoha me ha mandado una foto de las dos mientras se la comen.

Se echó a reír y me devolvió el teléfono.

- Te has encariñado con Fern.

- Me recuerda a alguien de mi infancia.

- ¿Un familiar? –cambié de postura en la silla.

- No. –me miró con expresión astuta por encima de su copa.

- No te gusta hablar de ti misma. En especial, de tu pasado.

- No, no me gusta.

- ¿Hablas con alguien de ese tema?

- Con Nanoha.

- Tu catalizador. La mujer que te ha cambiado la vida… que te ha cambiado a ti.

Ladeé la cabeza para darle la razón con la esperanza de que captara la indirecta y dejara el tema. Se quedó callado un momento antes de llevarse la mano al bolsillo y sacar un sobre, que deslizó por la mesa.

- ¿Qué es?

Le dio unos golpecitos al abultado sobre de color crema.

- Has demostrado tu valía desde que empezaste a trabajar, Fate. Has sobrepasado mis expectativas. Las expectativas de todos. Tu trabajo en la campaña de Kenner Footwear, la forma en la que has participado y has arrimado el hombro en el equipo. Venir a este viaje de última hora. Todo.

Me encogí de hombros en un inusual gesto de humildad al oír sus elogios. Sus palabras me reconfortaron. Me pregunté si así se sentiría un niño al recibir halagos de un padre orgulloso… algo que yo nunca había experimentado. Clyde era muy dado a dar elogios y casi nunca criticaba. Sus comentarios iban dirigidos a enseñar más que a condenar. Era increíble lo rápido que me había adaptado a mi puesto en TSAB Group. Disfrutaba de la energía positiva y de esa actitud de "trabajar con los demás y no contra los demás" que tenían. Sus palabras, de todas formas, significaban mucho para mí. Se me formó un nudo en la garganta y bebí un sorbo de agua para librarme de él antes de hablar.

- Gracias. También ha sido increíble para mí. –me acercó un poco más el sobre.

- Para ti.

En su interior había un cheque por una cantidad muy generosa, que me hizo poner los ojos como platos, junto con una copia de mi contrato. Sin embargo, lo que me llamó la atención fue que la cláusula seis estaba tachada y confirmada con unas iniciales. Lo miré a la cara con expresión interrogante.

- No lo entiendo. –sonrió.

- El cheque es tu comisión por un trabajo excepcional. Kenner ha confirmado un contrato por varios años con nosotros por tu idea. Te quieren en todas sus campañas. –levanté el contrato.

- Has tachado mi periodo de prueba.

- Así es. Solo lo incluí para asegurarme de que mi intuición había acertado al creer que encajarías con nosotros. Has demostrado con creces que eres lo que decías ser: una mujer cambiada. Es evidente que tu Nanoha ha conseguido sacar a la luz a la verdadera Fate. –me tendió la mano– Tienes un lugar en mi empresa todo el tiempo que quieras, Fate. Ojalá disfrutemos muchos años juntos.

Alucinada, le estreché la mano. Lo había logrado. ¡Lo había conseguido! Debería sentirme eufórica. Todos mis planes, todos los movimientos que me habían llevado hasta allí… Me había asegurado el puesto en TSAB Group y se la había jugado a Jill. Misión cumplida. Sin embargo, aunque estaba emocionada, no era por los motivos que había creído al principio. Me di cuenta de que me daba exactamente igual lo que Jill pensara o sintiera. Podía aparecer en este momento, ofrecerme ser socia y darme más dinero del que hubiera soñado, y no me sentiría tentada en absoluto. De hecho, solo quería deleitarme con la aprobación de Clyde. Quería que se sintiera orgulloso. Quería seguir trabajando para él y oír sus elogios y comentarios amables. Junto con esos pensamientos, apareció una emoción a la que no estaba acostumbrada: el sentimiento de culpa. Me sentía culpable por cómo había empezado todo y por el motivo por el que estaba sentada en este lugar. Me sentía culpable por los engaños que había empleado para llegar hasta aquí. Mientras miraba los documentos, me pregunté hasta qué punto había influido que Hayate se quedara con nosotras para tomar esta decisión. Desde luego, nos había visto comportarnos como una pareja normal, de sobra para convencer a cualquiera de que íbamos en serio. Hayate creía que no podía apartar las manos de Nanoha, que teníamos una vida sexual estupenda, que discutíamos y que hacíamos las paces… Lo que hacían las parejas. Tal vez la tormenta no solo hubiera conseguido que Nanoha y yo nos uniéramos más, sino que también había eliminado cualquier rastro de duda que le quedara a Clyde. Me desentendí de esos pensamientos. Daba igual. Lo único que importaba era que seguiría trabajando con ahínco y que seguiría demostrando mi valía ante Clyde y ante toda la empresa. Daba igual cómo hubiera comenzado, me ganaría el puesto… y lo conservaría.

- Gracias. –me dio un apretón en el hombro.

- Seguro que Nanoha se alegrará mucho.

Otra emoción brotó en mi pecho: la emoción por contárselo, por compartir la victoria con ella. Sonreí, a sabiendas de lo bien que iba a reaccionar.

- Me muero por decírselo, pero esperaré a llegar a casa. –miré el cheque de la comisión– Creo que tengo que comprarle algo para celebrarlo. La semana pasada decidí comprarle un regalo. Es la excusa perfecta. –Clyde asintió con la cabeza.

- Una idea estupenda. Conozco una joyería increíble en esta misma calle.

Enarqué las cejas. Joyas. No se me había pasado por la cabeza, pero era…

- Perfecto.