103. LA LEYENDA QUE VIVES
Míralos retorcerse. Contempla su forcejeo, su negativa a rendirse. Los humanos se aferran a las rocas con el vigor de cualquier enredadera roshariana.
Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales
—Ahí está —dijo Marcus, apartándose y moviéndose con el gentío del atrio.
Con una capa por encima del uniforme no llamaba la atención, como sabía que solía ocurrir. Raven hacía que se volvieran las cabezas hasta vestida con harapos. Era esa clase de mujer. Pero ¿Marcus? Marcus tenía un aspecto muy fácil de olvidar. Con su capa, era solo otro trabajador que paseaba con su hija por el atrio.
Confió en que Madi mantuviera la cabeza gacha para que la capucha de su propia capa ocultara sus rasgos, o alguien podría preguntarse por qué su «hija» se parecía tanto a cierta Radiante molesta que siempre estaba alborotando por la torre.
—¿Por qué ha tardado tanto? —susurró Madi mientras los dos caminaban de lado contra la pared del atrio, haciéndose los asustados por el repentino tropel de gente que se alejaba de Raven y el Perseguidor.
—A la chavala le gusta presumir —dijo Marcus.
Pero tormentas, costaba no sentirse inspirado al ver a Raven silueteado así en el pasillo de entrada con su elegante uniforme azul, el pelo suelto, las cicatrices bien marcadas en la frente. Los ojos lo bastante intensos como para perforar la tormenta más oscura.
«Con esa lo has hecho bien, Marcus —pensó, permitiéndose un poco de orgullo—. Tu propia vida la arruinaste cosa mala, pero con esa lo has hecho bien.»
Phendorana le susurró palabras reconfortantes al oído. A petición de Marcus, se había encogido e iba en su hombro. Marcus asintió al oírla. Si su familia no se hubiera involucrado con los Vislumbradores, él no habría sabido cómo ayudar a Raven cuando lo necesitó. Y entonces seguramente el Espina Negra habría muerto, y no habrían encontrado aquella torre. Así que… quizá era el momento de liberarse de lo que había hecho. Juntos avanzaron poco a poco a lo largo de la pared hacia la enfermería. A la tormenta con Marcus si tener su propia spren personal no era lo mejor que le había pasado en la vida, aparte del Puente Cuatro. Podía ponerse un poco malhumorada a veces, lo que encajaba bien con él. Y también se negaba a aceptar las escusas de Marcus. Lo que encajaba incluso mejor con él. Raven empezó a luchar y Marcus no pudo ayudarla más que con buenos deseos. La chavala estaría bien. Marcus solo tenía que cumplir su parte. Esperaron para ver si los guardias de la enfermería salían al oír el bullicio, y por suerte lo hicieron. Pero uno se quedó en la puerta, mirando boquiabierto la batalla pero al parecer decidido a no abandonar su puesto. Y para colmo era un regio en forma tormenta, esa suerte tenía siempre Marcus. Aun así, Madi y él pudieron aprovechar los empujones de la multitud, fingiendo que eran civiles confusos. Quizá el forma tormenta dejaría que se «escondieran» en la enfermería. Pero el regio de la puerta les levantó una palma de la mano indiferente y les indicó que escaparan en otra dirección. También cortó el paso a varias otras personas que habían visto en la enfermería una escapatoria conveniente, así que Marcus y Madi no llamaron una atención indebida.
La gente del atrio gritó cuando Raven y el Perseguidor chocaron.
Los Celestiales descendieron flotando para observar la batalla, con las largas colas de su ropa meciéndose como cortinas y sumándose a la visión surrealista. De hecho, los ojos de todo el mundo estaban fijos en el combate entre Raven y el Perseguidor. Así que Marcus cogió al guardia regio por el brazo. Aquellos regios tenían relámpago cautivo corriendo por su interior y tocar al cantor dio una descarga a Marcus. Gritó y sacudió la mano, retrocediendo mientras el forma tormenta se volvía molesto hacia él.
—Por favor, brillante señor —dijo Marcus—, ¿qué está pasando?
Con el regio concentrado en él, Madi lo rodeó por detrás y abrió una rendija en la puerta.
—Largo de aquí —espetó el regio—. No molestes a…
Marcus se abalanzó contra el cantor, le rodeó la cintura con un brazo al embestir y lo empujó hacia atrás por la puerta abierta. Los poderes del regio enviaron otra descarga a través de Marcus, pero, en la confusión, Marcus pudo derribarlo y apresarlo encima de él con el antebrazo en el cuello. Madi cerró la puerta con un chasquido. Esperó ansiosa mientras Marcus se esforzaba en mantener la presión sobre la garganta de la criatura. Absorbió toda la luz tormentosa que tenía, pero notó que el poder del forma tormenta crecía y la piel de la criatura crepitaba con relámpago rojo.
—¡Sanación! —exclamó Marcus.
Madi se acercó de un salto y le apretó la mano contra la pierna mientras el forma tormenta liberaba un rayo de energía a través de Marcus hacia el suelo. El estallido que hizo fue increíble. Marcus sintió un dolor ardiente, como si alguien hubiera decidido que su estómago era el lugar perfecto para encender una hoguera. Pero aguantó y Madi lo curó. Hasta consiguió rodar de lado y usar luz tormentosa para adherir al regio al suelo. Eso le permitió mantener la presión y resistir las descargas que siguieron, menos poderosas que la primera. Por fin el regio se quedó exánime, inconsciente. Marcus dio un bufido y se levantó, aunque antes tuvo que despegar su ropa del suelo. Tormentosa luz tormentosa. Bajó la mirada y vio que la parte delantera de su camisa estaba quemada por completo. Miró a Phendorana, que había recobrado su tamaño completo. La spren se cruzó de brazos, pensativa.
—¿Qué? —preguntó Marcus.
—Tienes el pelo de punta —dijo, y sonrió de oreja a oreja. Parecía una niña pequeña cuando lo hacía y Marcus no pudo evitar devolverle la expresión.
—¡Muévete! —le dijo Phendorana—. ¡Sella la puerta!
—Claro, claro.
Marcus fue a la puerta e infundió el marco con luz tormentosa. Alguien habría oído aquel relámpago.
—¡Madi! —gritó mientras trabajaba—. ¡Ve empezando! Quiero a esos Radiantes de pie y cumpliendo ordenes en lo que tarda en caer una flecha. —Volvió la cabeza hacia Phendorana, que estaba tras él, y se miraron a los ojos—. Podemos hacerlo. Los levantamos, recogemos a la familia de Rav y nos vamos.
—¿Por la ventana? —preguntó ella.
Fuera de la ventana orientada al este había una caída a plomo de decenas y decenas de metros. Marcus tenía cierta confianza en su capacidad para descender por la pared. ¿Cuánto tendría que alejarse todo el mundo para que sus poderes Radiantes regresaran?
Temía que los Celestiales se dieran cuenta antes de eso y saliesen a por ellos.
Bueno, a ver qué decían los demás cuando despertaran. Marcus dio la espalda a la puerta bloqueada para observar la cámara y el progreso de Madi. ¿Dónde estaban ese cirujano y su…?
Madi chilló.
Saltó hacia atrás cuando uno de los cuerpos del suelo, cerca de ella, emergió de debajo de la sábana. La figura, vestida toda de negro, atacó a Madi con una hoja esquirlada. Madi casi logró apartarse lo suficiente, pero la hoja la alcanzó en los muslos, cortando con la agilidad de una anguila en el aire. Madi se derrumbó, con las piernas inutilizadas por la hoja esquirlada. La figura de uniforme negro se apartó de Madi y, refulgente de luz tormentosa, centró su atención en Marcus. Mejillas hundidas, nariz prominente, ojos brillantes.
Miller.
Raven no huyó.
Sabía lo que iba a hacer el Perseguidor.
Y sí, la criatura actuó como había hecho en todas las ocasiones anteriores: dejando atrás un cascarón y volando hacia Raven para apresarla. Eso era un cascarón gastado. El Perseguidor tenía otros dos antes de quedarse atrapado en su cuerpo y verse obligado a escapar o enfrentarse a Raven y arriesgarse a morir. Raven avanzó un paso en la trayectoria del Perseguidor y soltó la lanza, entrando por voluntad propia en la presa. Se giró en el último instante y atrapó las manos del Perseguidor cuando intentaban aferrarla. Vibrando de luz tormentosa, Raven retuvo las muñecas del Perseguidor. Tormentas, la criatura era más fuerte que ella. Pero Raven no pensaba huir ni esconderse. No esa vez. Esa vez solo tenía que dejar a Marcus y Madi espacio para trabajar.
Y Raven había descubierto algo durante su último combate.
Aquella criatura no era un soldado.
—Ríndete, mujercilla —dijo el Perseguidor—. Soy tan inevitable como la tormenta que se avecina. Te daré caza por siempre.
—Bien —replicó Raven.
—¡Bravatas! —exclamó el Perseguidor, riendo.
Logró enganchar el pie de Raven y usó su fuerza superior para empujarla al suelo. Lo único que pudo hacer Raven fue mantenerse agarrada y obligarlo a caer también. El Perseguidor dio un rodillazo a Raven en la tripa y luego se retorció para retenerla con una presa.
—¡Qué necia!
Raven se resistió, apenas capaz de evitar que su enemigo la inmovilizara. Syl revoloteaba alrededor de ellos. Cuando el Perseguidor probó otra presa, Raven giró un poco el cuerpo, miró al Perseguidor a los ojos y sonrió. El Fusionado gruñó y cambió de posición para aplastar los hombros de Raven contra el suelo.
—No te tengo miedo —dijo Raven—. Pero tú vas a tenerme miedo a mí.
—Qué disparate —respondió el Perseguidor—. Tu inevitable destino ha provocado la locura en tu frágil mente.
Raven dio un gruñido, con la espalda contra la fría piedra, y usó las dos manos para apartar la derecha del Perseguidor. Mantuvo los ojos clavados en los de su adversario.
—Te maté —dijo—. Y voy a matarte ahora. Y luego, cada vez que vuelvas a por mí, te mataré de nuevo.
—Soy inmortal —gruñó el Perseguidor. Pero su ritmo había cambiado. Ya no estaba tan confiado.
—No importa —dijo Raven—. He oído lo que la gente cuenta sobre ti. Tu vida no es la sangre de tus venas, sino la leyenda que vives. Cada muerte mata esa leyenda un poco más. Cada vez que te derrote, eso te destrozará. Hasta que ya no te conocerán como el Perseguidor. Te conocerán como el Derrotado. La criatura que, por mucho que lo intente, nunca puede derrotarme a MÍ.
Raven bajó el brazo, activó el dispositivo de Echo en su cinturón y apretó la barra que liberaba el peso. Fue como si de repente alguien le atara una cuerda a la cintura y la sacara de las garras del Perseguidor de un tirón que la hizo resbalar por el suelo del atrio. Desactivó el aparato, se puso en pie de una voltereta y miró a su enemigo a través de la corta distancia que los separaba. Syl se situó junto a ella, fulminando al Perseguidor con la mirada en una imitación perfecta de la postura de Raven. Entonces, juntas, sonrieron mientras Raven sacaba su bisturí.
Miller envió a Madi contra la pared de un puntapié que la hizo caer flácida después de rebotar. Se quedó tendida y ya no se movió. Miller flotó hacia delante, con su hoja esquirlada en la mano y su atención concentrada ya solo en Marcus. Marcus se maldijo por lo tonto que era. Se había obsesionado con ocuparse del regio de la puerta cuando debería haber buscado irregularidades. Al fijarse reparó en que los padres y el hermano de Rav estaban atados y amordazados, visibles a través de un hueco en la tela de la sección apartada al fondo. La verdadera trampa no estaba fuera con el Perseguidor. Estaba allí dentro, y con un enemigo mucho más mortífero: un hombre al que había entrenado para la guerra la propia Raven.
—Hola, Marcus —dijo Miller con suavidad, aterrizando delante de las hileras de personas inconscientes en el suelo—. ¿Cómo está el equipo?
—A salvo de ti —respondió Marcus, apartando su capa y desenvainando el largo cuchillo que llevaba escondido debajo. Era imposible moverse entre una muchedumbre sin llamar la atención llevando lanza, por desgracia.
—No todos, Marcus —dijo Miller. Había una sombra en su cara, a pesar de las muchas esferas que iluminaban la estancia.
Miller se abalanzó hacia él y Marcus retrocedió bailando, poniendo cuidado en no tropezar con el cuerpo del regio inconsciente. Allí, delante de la puerta, tenía espacio sin Radiantes caídos que le impidieran pisar a gusto. Lo único que hizo Miller fue abrir un saco y tirar algo por el suelo cerca de él. ¿Arena negra? ¿Qué narices era eso?
Marcus esgrimió su arma, con Phendorana al lado, pero el cuchillo parecía diminuto comparado con el arma de Miller, la hoja de Honor de la asesina. La que había matado al viejo Gavilar. Parecía peligrosísima en la mano de Miller, más corta que la mayoría de las hojas esquirladas pero de una forma desenvuelta, deliberada. Aquella no era un arma para destruir a enormes monstruos de piedra.
Era un arma para matar a hombres.
