Nota de autor: Preparen los pañuelos, este capítulo es el más emotivo y arrancará muchas lágrimas T_T


Capítulo 11

POV Fate

Introduje la llave en la cerradura y entré en el apartamento sin hacer ruido. Me impactó darme cuenta de lo mucho que había añorado estar en casa. De lo mucho que había echado de menos a Nanoha. Me había sorprendido mi afán por enviarle mensajes de texto para comprobar que estaba bien, que Fern estaba bien o si recordaba haber cerrado con llave el apartamento. Sus respuestas me hacían sonreír, ya que siempre eran un poco descaradas y tiernas a la vez. Le había encantado la tarta de queso y me dijo que al personal también, ya que las habían ayudado a Fern y a ella a comérsela. Le parecía gracioso que también hubiera enviado una cesta de fruta para Yuuno. Cuando mencionó que Fern parecía más cansada de lo normal, llamé a la residencia dos veces para interesarme por su estado, haciendo que Aina se riera de mi preocupación. De manera que yo también me reí de mí misma. Al parecer y sin pretenderlo, la presencia de Nanoha en mi vida hacía aflorar emociones en todo momento. Debería detestarlo, pero por algún motivo no lo hacía. Estaba ansiosa por regresar a casa, por verla, por visitar a Fern y por volver a la oficina. Cuando el cliente accedió a nuestra idea antes de lo que pensábamos, Clyde y yo decidimos adelantar el regreso y coger el último avión. El taxi me dejó en la puerta del edificio y Clyde se rió de mi entusiasmo cuando me vio coger la maleta.

Flashback

- Fate, no hace falta que vayas a la oficina a primera hora. Disfruta de la mañana con Nanoha. Nos vemos después del almuerzo. –asentí con la cabeza.

- Gracias.

Fin Flashback

Solté la maleta, encendí la luz y me quedé petrificada. No estaba en el mismo salón que había dejado días antes. El intenso color vino tinto que Nanoha había elegido se extendía por la pared de la chimenea, resaltando el color de la repisa. El tono beige del resto de las paredes resultaba atractivo. Había añadido algunos cojines y los dos sillones que me enseñó. El resultado de la transformación era un salón cálido y acogedor. Hogareño. La mayor sorpresa de todas fueron los cuadros. Nanoha había usado algunas de las fotos que encontró, pero en la pared de la chimenea había colgado algunas de mis fotografías, que había imprimido y enmarcado con paspartú. Ver lo bien que quedaban me asombró, al igual que lo hizo que hubiera elegido mis preferidas. El salón estaba espectacular. Pasé una mano por el respaldo curvado de los sillones que había añadido. Eran piezas macizas. El efecto seguía siendo como lo que tenía, pero suavizado por lo que había creado. Sobre la repisa descansaba una foto en la que estábamos las dos y que había hecho Hayate el día de nuestra boda. La cogí para analizarla. Era una foto tomada por sorpresa. Nanoha miraba a la cámara con una sonrisa y una expresión casi radiante. Yo había apoyado la frente en la suya y estaba sonriendo. Ambas parecíamos felices. Como una pareja enamorada. Pasé los dedos sobre la imagen de Nanoha, sin reconocer la extraña emoción que sentía en el pecho. Tras dejarla en la repisa de nuevo, cogí la bolsa de viaje y subí las escaleras. Me detuve al llegar a la puerta del dormitorio, sorprendida al ver a Nanoha dormida en mi cama. Creía que a estas alturas ya se habría mudado a su habitación. Estaba abrazada a mi almohada, aferrada a la funda mientras dormía, y su largo cabello, se extendía sobre las prismáticas sábanas blancas. La analicé mientras dormía. Parecía joven y vulnerable. Recordé que en el pasado pensaba que era débil. Era cualquier cosa menos eso. Conociéndola como era consciente en este momento, sabía que tenía agallas, sin ellas se habría rendido pronto, pero a la vez no las tenía. Había sobrevivido a la muerte de sus padres, a la vida en la calle, al dolor de ver cómo Fern enfermaba, a mí… en toda mi gloria egoísta, corta de miras y narcisista.

Se movió, desarropándose en el proceso, y sonreí al ver que se había puesto la camiseta de manga corta que yo llevaba el día anterior a mi partida. Mi esposa estaba en mi cama y se había puesto mi ropa. Descubrí que no podía ponerle pegas a ninguna de las dos afirmaciones. Solté un leve suspiro, dejé la bolsa en el suelo y tras coger unos pantalones de pijama, me preparé para acostarme, con cuidado de no hacer ruido. Con delicadeza, me coloqué a su espalda y la pegué a mi pecho. Ella se despertó, sobresaltada, y se tensó entre mis brazos.

- Relájate, cariño. Soy yo.

- ¿Por qué estás en casa?

- La reunión ha ido bien. Muy bien. Hemos llegado a un acuerdo antes de lo previsto. –trató de incorporarse.

- Me iré a mi dormitorio. –tiré de ella para que se tumbara otra vez.

- Quédate, Nanoha. No pasa nada. –sonreí al tiempo que la besaba en el cuello– Me gusta dormir abrazada a algo como un pulpo, ¿ya no te acuerdas? –se acurrucó de nuevo con un suspiro de felicidad.

- Tu cama es cómoda. –no pude evitar tomarle el pelo.

- ¿Y mi camiseta? –le pregunté, al tiempo que acariciaba el desgastado algodón– ¿También es cómoda? –me apartó de un manotazo.

- He estado ocupada. No me ha dado tiempo de hacer la colada. La he visto ahí tirada y me la he puesto.

- Ya he visto lo ocupada que has estado.

- ¿Te gusta? –me preguntó con un deje tímido e inseguro. La besé en la frente.

- Buen trabajo, señora Testarossa. –se echó a reír contra la almohada.

- Me alegro de que le guste, señora Testarossa. –la pegué aún más a mí.

- Me gusta. Duérmete. Mañana por la mañana te contaré todo lo que ha pasado en el viaje.

- De acuerdo. –replicó con voz soñolienta– Buenas noches.

- Buenas noches.

Nanoha me miró mientras desayunábamos y cogió de nuevo el contrato.

- ¿Así sin más? ¿Ha cancelado tu período de prueba?

Asentí con la cabeza porque tenía la boca llena de huevos revueltos. Mastiqué, tragué y sonreí.

- Tengo la impresión de que la visita de Hayate ha podido influir en su decisión.

Se mordió una uña, de manera que extendí una mano para darle un guantazo.

- No hagas eso.

- ¿Por qué crees que la estancia de Hayate-chan ha tenido algo que ver?

- Piénsalo, Nanoha. Piensa en lo que ha visto. Nos ha visto acostadas en la misma cama y a mí en plan pulpo. Nos llevamos bien. Incluso fue testigo de una discusión y de cómo hicimos las paces después. Estoy segura de que le ha dicho a Clyde que sus dudas eran infundadas.

- Supongo que tiene sentido.

- Además, me ha dicho que he hecho un trabajo excelente, que he superado sus expectativas. Esta ha sido su forma de recompensarme. –bebí un sorbo de café– El fin del período de prueba y una generosa comisión. –esbozó una sonrisa cariñosa.

- Sabía que los dejarías alucinados con tu trabajo. No me sorprende. Tus ideas siempre han sido espectaculares.

Sus halagos me provocaron una sensación extraña. Me froté el pecho, como si de esa manera pudiera extender la calidez que suscitaban sus palabras y le sonreí mientras decía con sinceridad.

- Siempre me has apoyado. Gracias.

Me regaló una sonrisa radiante. Bajé la vista al plato al tiempo que me percataba de la naturalidad de la escena. ¿En esto consistía el matrimonio? ¿Los matrimonios reales? ¿En momentos compartidos que te hacían sentir entera y unida a tu pareja?

Introduje una mano en un bolsillo y le ofrecí la cajita.

- Para ti. –dije con voz gruñona al tiempo que cogía la taza.

Ella no hizo ademán de tocarla siquiera. Jamás había conocido a una mujer como Nanoha. Mi fortuna siempre había sido un imán para las mujeres con las que salía. Les encantaba recibir regalos, los esperaban, me soltaban indirectas, me enseñaban imágenes de internet. Prácticamente me arrancaban el regalo de las manos si decidía comprarles algo. Sin embargo, Nanoha no era así.

- Tu comisión. –insistí, al tiempo que le acercaba más la cajita– Ábrela. No muerde.

Le tembló la mano mientras extendía el brazo. Dudó una vez tuvo la cajita entre los dedos, como si no pudiera con la emoción de abrir la tapa. Como si estuviera disfrutando la intriga. Me gustaba ver las expresiones que pasaban por su rostro. Abrió los ojos de par en par cuando vio el anillo que descansaba en el interior de la cajita. Tan pronto como lo vi, supe que le encantaría. Era pequeño y delicado, con diamantes de distintos cortes. Cuadrados, ovalados, circulares y rectangulares. Los diamantes conformaban un anillo tan único y diferente como lo era ella. Hasta Clyde había asentido con la cabeza para dar su aprobación en cuanto lo señalé con un dedo a través del cristal del expositor.

Flashback

- Ese, por favor. Me gustaría ver ese. –le había dicho a la dependienta.

Fin Flashback

Nanoha me miró.

- No lo entiendo.

- Es un regalo, Nanoha.

- ¿Por qué? –me encogí de hombros.

- Porque te lo mereces. –acaricié el sobre que contenía el contrato– Nada de esto habría sucedido sin ti. Es mi forma de agradecértelo. –añadí con sinceridad. Era importante que me creyera, que supiera que yo era consciente de todo lo que había hecho por mí.

- Es precioso.

- Póntelo.

Se puso el anillo en la mano derecha y giró la muñeca tal como acostumbraban a hacer las mujeres cuando admiran un anillo.

- ¡Me queda bien!

Extendí un brazo para cogerle la mano y miré el anillo. Le quedaba bien y encajaba con ella. Dejé su mano sobre la encimera y le di unas palmaditas sin saber muy bien qué hacer.

- ¿Te gusta?

- Es… –tenía la voz ronca– Es una preciosidad.

- Pensé en comprarte unos pendientes, pero me he dado cuenta de que Hayate y Lindy también llevan un anillo en la mano derecha, así que pensé que te gustaría. Si prefieres los pendientes, podemos cambiarlo. –negó con la cabeza.

- No. Es perfecto.

El aire que nos rodeaba vibraba por la emoción. Nanoha tenía la vista clavada en la mano y no dejaba de parpadear. Cielos, ¿iba a llorar? ¿Por un regalo? No sabía si sería capaz de soportarlo en caso de que se pusiera a llorar. Ese tipo de emociones me ponía de los nervios.

Di una palmada.

- En ese caso, he acertado. Dejaremos los pendientes para otra ocasión. Tal vez para la celebración de los seis meses de nuestro matrimonio o algo así. Estoy segura de que los Harlaown celebran ese tipo de cosas. Tendré que estar a la altura.

Nanoha carraspeó y se puso en pie.

- Supongo.

Me dejó pasmada cuando se detuvo junto a mi taburete después de haber vaciado su taza de café en el fregadero y me besó en la mejilla con suma delicadeza.

- Gracias, Fate. –murmuró, tras lo cual siguió andando.

Me volví para verla subir las escaleras. En ese momento, me percaté de que me había llevado una mano a la mejilla que sus labios habían rozado, como si estuviera reteniendo su beso contra la piel.

Qué raro.

Miré a Fern de reojo con el ceño fruncido. Me emocioné al ver que el mismo trío de jazz que ya habíamos visto actuaba de nuevo, pero ella había estado rara toda la noche. En más de una ocasión, había levantado una mano para secarse una lágrima que resbalaba por su mejilla. Cuando le pregunté, preocupada, si se encontraba bien, se desentendió de la pregunta con un gesto impaciente.

- Estoy bien.

Sin embargo, no parecía estar bien en absoluto.

Empujé la silla de ruedas para llevarla de vuelta a su habitación con la esperanza de que la sorpresa que le tenía preparada la animara. Nanoha había mencionado que Fern llevaba un par de días que no comía bien y que parecía cansada. Esta noche, su cuidadora me dijo que apenas había tocado la cena y solo había almorzado porque Nanoha le había dado de comer. Sabía que Nanoha estaba preocupada. Había pensado en cancelar la clase de yoga, pero yo la animé a que fuera. Le recordé que solo le quedaban dos clases y después podría reunirse con nosotras los martes. Echaría de menos el tiempo que pasaba a solas con Fern, pero las clases empezarían de nuevo un mes más tarde, de modo que volveríamos a estar solas. Mi momento preferido de la noche era cuando Fern me contaba historias de Nanoha. Solían estar plagadas de anécdotas graciosas y bochornosas que me arrancaban una carcajada.

Me senté junto a Fern y abrí la caja de pizza con una sonrisa.

- ¡Voilà!

Cuando descubrí que, además de las hamburguesas de queso, las pizzas eran su perdición, empecé a llevarle pizzas. Al personal de la residencia no le importaba, y me aseguraba de que ellos también recibieran algunas. Un día, llevé tantas pizzas que todos los residentes pudieron comer si así lo deseaban. Aquel día me convertí en una heroína. Ese día, sin embargo, era solo para Fern. Cogió una porción, pero no hizo ademán de comérsela. Con un suspiro, se la quité de la mano y la devolví a la caja. Le rodeé la frágil muñeca con los dedos y froté la delicada piel de la palma de la mano.

- Fern, ¿qué pasa? ¿Qué te preocupa? –soltó un suspiro profundo, que pareció agotado y resignado.

- Estoy cansada.

- ¿Quieres que vaya a buscar a Sachie? Puede ayudarte a acostarte. –Aina tenía la noche libre, pero Sachie le caía bien.

- No, no quiero acostarme.

- No lo entiendo. –se zafó de mi mano y se frotó la cara con gesto frustrado.

- Estoy cansada de todo esto.

- ¿De tu habitación? –si quería otra, se la conseguiría.

- De estar aquí. En esta… vida, si se puede llamar así. –nunca la había oído hablar de esa forma.

- Fern… –extendió el brazo y me sujetó la mano.

- Se me olvidan las cosas, Fate. El tiempo pasa y no recuerdo si estoy en el mismo día que hace un momento. Nanoha viene a verme y no recuerdo si ha estado hace unas horas, hace unos días o hace un minuto. A veces, no reconozco nada y me da miedo. Sé que hay días en los que no la reconozco a ella. –le temblaba la voz y tenía los ojos llenos de lágrimas– No me conozco a mí misma la mayoría de los días.

- Ella viene. Todos los días viene a verte, y aunque tú la olvides, ella te recuerda. Se queda contigo y te hace compañía.

- Soy una carga para ella.

- No. –insistí– No eres una carga para ella. Te quiere.

- Seguro que me odias.

- ¿Cómo? No, no, en absoluto. Me encanta pasar el tiempo contigo. Ahora formas parte de mi familia, Fern. Te convertiste en mi familia cuando me casé con Nanoha. –nada más pronunciar esas palabras, me di cuenta de que estaba diciendo la verdad.

- Ella debería estar haciendo otras cosas, como viajar, tener niños y hacer amigos, no cuidando de una anciana.

- ¿Por qué dices estas cosas? Sabes que Nanoha haría cualquier cosa por ti. Lo mismo que yo. –le levanté la mano y besé la fina piel– Por favor, Fern, si llega a oírte…

- Echo de menos a Ray.

- Lo sé. –la consolé– Estuvieron casados mucho tiempo. Claro que lo echas de menos.

- Cuarenta años. No éramos ricos, pero nos queríamos. –esbozó una sonrisa tierna– Me encantaba verlo cocinar. Era chef… ¿lo sabías?

- Sí, me lo has dicho.

- Yo era profesora. Teníamos una buena vida. Cuando murió, no sabía cómo iba a poder seguir viviendo. Pero luego encontré a Nanoha. Ella se convirtió en mi razón de ser.

- Te necesitaba.

- Ya no me necesita.

- Te equivocas, te necesita.

- ¿Cuidarás de ella?

- No… no te rindas todavía, Fern. Nanoha… se quedará desolada. –cerró los ojos y dejó caer los hombros.

- Es que estoy muy cansada.

Me entró el pánico al darme cuenta de que no se estaba refiriendo a que quería acostarse. Estaba cansada de la vida, de estar atrapada en un cuerpo que ya no funcionaba, con una mente que la dejaba confundida y sumida en el olvido. Me incliné hacia ella y bajé la voz.

- Cuidaré de ella, te lo prometo. No le faltará nada. –podía prometérselo. Me aseguraría de que Nanoha estuviera bien– No te rindas. Te necesita, de verdad. –abrió los ojos y miró un punto a mi espalda.

- ¿Puedes darme esa fotografía?

Me volví y le di la foto que me había señalado. Después de confesar que nos habíamos casado, Nanoha le había llevado una foto de nuestra boda, y otra que Aina había hecho cuando estábamos de visita. En ella, Nanoha le sujetaba la mano, Fern le pellizcaba la nariz mientras se reía y yo estaba sentada junto a ellas, sonriendo. Parecíamos una familia.

Recorrió nuestras caras con los dedos.

- Se convirtió en mi vida desde que perdí a Ray.

- Lo sé.

- Es todo lo que sabía que sería: lista, cariñosa, fuerte.

- Es verdad. También es guapa. Más dura que el acero. Tú has tenido mucho que ver en ese aspecto, Fern.

El comentario le arrancó una sonrisa. La primera que había visto esta noche. Extendió un brazo y me dio unas palmaditas en la mejilla.

- Eres una buena chica.

Las palabras me hicieron reír. Nadie me había dicho eso en la vida.

- Cuando te haces mayor, Fate, te das cuenta de que la vida se compone de momentos. De toda clase de momentos. Momentos tristes, momentos buenos y momentos geniales. Componen el lápiz de tu vida. Aférrate a todos ellos, sobre todo a los geniales. Hacen que los otros días sean más llevaderos. –le cubrí la mano con la mía.

- Quédate. –le supliqué– Por ella. Dale más momentos geniales, Fern. –con un suspiro, asintió con la cabeza.

- Quiero acostarme ya. –volví la cara y le besé la palma de la mano.

- Voy a buscar a Sachie. –me miró a los ojos con una expresión feroz que atrapó mi mirada.

- Amor, Fate. Asegúrate de rodearla de amor.

Solo fui capaz de asentir con la cabeza. Me pellizcó la nariz. Era lo mismo que le hacía a Nanoha, su manera de decir "Te quiero". Sentí el escozor de las lágrimas mientras me dirigía al mostrador donde estaba Sachie.

El móvil vibró sobre la mesa de madera y lo cogí, aunque tuve que contener la sonrisa al ver el número. Raising Heart. Me pregunté qué le estaría pidiendo Fern a Aina en este momento. Desde la inquietante conversación de la semana anterior, había pedido algo a diario y yo me aseguraba de proporcionárselo. No le había hablado a Nanoha de nuestra conversación. Ya estaba preocupadísima. Era evidente que Fern estaba empeorando y que su mente divagaba más a menudo. Estuvo más animada la noche anterior, pero quedó dormida cuando la llevé de vuelta a la habitación. La dejé en las manos competentes de su cuidadora tras besar su mejilla arrugada. Rechacé la llamada con la idea de devolverla cuando terminara la reunión. Me concentré de nuevo en Clyde, que estaba citando los deseos de un cliente para la siguiente campaña, pero el móvil empezó a vibrar de nuevo. Lo miré y vi que era Raising Heart. Se me formó un pequeño nudo en el estómago por la preocupación. Aina sabía que le devolvería la llamada. ¿Por qué insistía? Miré a Clyde, que había dejado de hablar.

- ¿Necesitas contestar, Fate?

- Creo que puede ser importante. –asintió con la cabeza.

- Cinco minutos de descanso para todos. –acepté la llamada.

- ¿Aina?

- Señora Testarossa, siento interrumpirla. –su voz me provocó un escalofrió nervioso en la espalda– Tengo que darle una noticia pésima.

No me di cuenta de que me levantaba, pero de repente estaba de pie.

- ¿Qué ha pasado?

- Fern Corrado ha muerto hace una hora.

Cerré los ojos al sentir el repentino escozor. Aferré el móvil con más fuerza y dije con dificultad.

- ¿Mi esposa lo sabe?

- Sí. Estuvo aquí esta mañana y acababa de marcharse cuando fui a ver a Fern. La llamé para que volviera enseguida.

- ¿Está ahí ahora?

- Sí. He intentado hablar con ella sobre el funeral, pero no consigo que hable. No sabía qué hacer, así que la he llamado.

- Tranquila, has hecho lo correcto. Voy de camino. No dejes que se vaya, Aina. Yo me encargo de los detalles.

Colgué y dejé caer el teléfono. El sonido que hizo al golpear en la mesa, un ruido sordo, se abrió paso en el rugido que oía en mi cabeza. Sentí una mano en el hombro y, al levantar la cabeza, vi la expresión preocupada de Clyde.

- Lo siento, Fate.

- Tengo que… –dejé la frase en el aire.

- Yo te llevo.

Me sentía rara. Desequilibrada. Mi mente era un torbellino, tenía un nudo enorme en el estómago y me escocían los ojos. Una palabra cristalizó en mi mente, su nombre apareció como grabado a fuego en mi mente.

- Nanoha.

- Te necesita. Te llevaré con ella. –asentí con la cabeza.

- Sí.

Una vez en la residencia, no dudé, sino que corrí por los pasillos. Vi a Aina en la puerta de la habitación de Fern, que estaba cerrada.

- ¿Está adentro?

- Sí.

- ¿Qué necesitas?

- Necesito saber si tenía algo pensado, qué quería hacer una vez que muriese.

- Sé que quería ser incinerada. No creo que Nanoha tuviera nada organizado de antemano. –me froté la nuca con una mano– No tengo experiencia en estos temas, Aina. –la voz de Clyde sonó a mi espalda.

- Deja que te ayude, Fate.

Me volví, sorprendida. Creía que me había dejado en la puerta y se había marchado.

Le tendió la mano a Aina para presentarse. Ella sonrió a modo de saludo. Clyde me habló de nuevo.

- Ve con tu mujer. Un buen amigo mío tiene una cadena de funerarias. Lo llamaré y pondré en marcha las cosas… Aina puede ayudarme. –la aludida asintió con la cabeza.

- Por supuesto. –Aina me puso una mano en el brazo– Cuando esté lista, entraré para llevarme a Yuuno a la sala común. Se va a quedar con nosotros.

- De acuerdo.

- Ayudaré al señor Harlaown cuanto pueda.

- Te lo agradezco… y seguro que Nanoha también. –Clyde sonrió.

- Entra, te necesita.

Entré a la habitación y cerré a mi espalda sin hacer ruido. La estancia no estaba nada bien. No había música, Fern no estaba sentada delante de su caballete mientras tarareaba. Incluso Yuuno guardaba silencio, acurrucado en su jaula con la cabeza gacha. Las cortinas estaban corridas y la habitación estaba envuelta por la tristeza.

Nanoha estaba encorvada en una silla junto a la cama de Fern, cogiéndole la mano. Me acerqué a ella y me permití un momento para mirar a la mujer que me había cambiado la vida. Fern parecía dormida y tenía una expresión plácida en su rostro. Ya no volvería a confundirse ni a inquietarse, ya no intentaría encontrar algo que no recordaba. Ya no podría contarme más anécdotas de la mujer que en este instante lloraba su pérdida.

Me agaché junto a mi esposa y cubrí con mi mano la que agarraba la de Fern.

- Nanoha. –susurré.

No se movió. Permaneció paralizada con expresión vacía, sin hablar.

Rodeé sus tensos hombros con un abrazo y la pegué a mí.

- Lo siento, cariño, sé cuánto la querías.

- Me marché sin más. –musitó– Estaba a medio camino cuando me llamaron. No debería haberme ido.

- No lo sabías.

- Dijo que estaba cansada y que quería descansar. No quería pintar. Me pidió que apagara la música. Debería haber sabido que algo andaba mal. –insistió.

- No te hagas esto.

- Debería haber estado con ella cuando…

- Pero estabas con ella. Ya sabes lo que sentía al respecto, cariño. Lo decía a todas horas: cuando llegara el momento, se iría. Estabas aquí, la persona a quien más quería en el mundo, la última persona que quería ver al dejar este mundo, y estaba lista. –le acaricié el pelo con una mano– Llevaba lista un tiempo, cielo. Creo que estaba esperando a asegurarse de que estarías bien.

- No me despedí de ella. –la insté a apoyar la cabeza en mi hombro.

- ¿La besaste?

- Sí.

- ¿Te pellizcó la nariz?

- Sí.

- En ese caso, se despidieron. Eso es lo que hacían. No hacía falta palabras, de la misma manera que no tenías que decirle que la querías. Lo sabía, cariño. Siempre lo ha sabido.

- No… no sé qué hacer ahora.

Todo su cuerpo se estremeció y yo, que no soportaba ver cómo empeoraba su dolor, me puse en pie, la cogí en brazos y volví a sentarme antes de que pudiera protestar. Seguía aferrada a la mano de Fern y yo podía sentir cómo se estremecía.

- Deja que te ayude, cariño. Clyde también está aquí. Ya decidiremos qué tenemos que hacer.

Apoyó la cabeza en mi pecho y sentí sus cálidas lágrimas. La besé en la coronilla y la abracé hasta que sentí que su cuerpo se relajaba y que soltaba la mano de Fern, con mucho cuidado, para dejarla sobre la colcha. Nos quedamos sentadas en silencio mientras le acariciaba la espalda con una mano.

Alguien llamó a la puerta y le di permiso para entrar. Clyde apareció y se acuclilló a nuestro lado.

- Nanoha, preciosa, lo siento muchísimo.

- Gracias. –contestó con un susurro apenas audible.

- Ha venido Lindy. Nos gustaría ayudarlas a Fate y a ti con los detalles, si les parece bien.

Ella asintió con la cabeza al tiempo que otro estremecimiento la sacudía.

- Creo que es mejor que la lleve a casa. –Clyde se puso en pie.

- Claro. –agaché la cabeza.

- ¿Estás lista, cariño? ¿O quieres quedarte un poco más? –miró a Clyde. Le temblaban los labios.

- ¿Qué va a pasar?

- Mi amigo, Leone, vendrá para llevársela. Según me ha dicho Fate, quería ser incinerada, ¿es así?

- Sí.

- Él se encargará de todo, y ya después podemos hablar del servicio que te gustaría darle.

- Quiero celebrar su vida.

- Podemos hacerlo.

- ¿Qué pasa…? –preguntó y tuvo que tragar saliva antes de continuar– ¿Qué pasa con sus cosas?

- Me encargaré de que lo empaqueten todo y lo lleven al apartamento, cariño. –le aseguré– Aina me ha dicho que Yuuno se va aquedar aquí.

- A los otros residentes les gusta… cuidarán de él. Me gustaría donar algunas de sus cosas a aquellos que no tienen tanto como tenía ella. Ropa, la silla de ruedas y cosas así.

- De acuerdo, me encargaré de todo. Cuando estés lista, puedes revisarlo todo y yo me aseguraré de que se haga.

Nanoha se quedó en silencio con la vista clavada en Fern. Luego asintió con la cabeza.

- Está bien.

Me levanté con ella en brazos. No me gustaban los acontecimientos que sacudían su cuerpo ni el temblor de su voz. Me sentía mejor si la llevaba en brazos y ella no protestó.

Miré a Fern y le comuniqué mi agradecimiento y mi despedida en silencio. Al sentir el escozor de las lágrimas en los ojos, parpadeé. Tenía que ser fuerte por Nanoha.

- Iré a buscar el coche. –se ofreció Clyde, que salió de la habitación.

Busqué los ojos de Nanoha, enormes por el dolor y la tristeza. Me asaltó una abrumadora ternura, y la necesidad de calmar su dolor me consumió por completo.

La besé en la frente y murmuré contra su piel.

- Estoy aquí. Lo superaremos juntas. Te lo prometo.

Nanoha se relajó con mi caricia y esa necesidad silenciosa me conmovió.

- ¿Estás lista?

Asintió con la cabeza y enterró la frente en mi pecho, al tiempo que se aferraba con más fuerza a mi chaqueta.

Salí de la habitación con la certeza de que nuestras vidas estaban a punto de cambiar. Y, una vez más, tampoco sabía cómo enfrentarme a esta situación.

El piso estaba tranquilo. Nanoha se había acostado, después de otra noche de silencio. Ni siquiera había cenado, se había limitado a beber varios sorbos de vino y a responder a mis preguntas con murmullos o movimientos de cabeza. La oí moverse en la planta alta, estaba abriendo y cerrando cajones, y supe que seguramente estuviera ordenando o reorganizando cosas. Solía hacerlo cuando estaba inquieta.

La preocupación me tenía de los nervios. Era una situación con la que nunca había tenido que lidiar. No estaba acostumbrada a cuidar de otra persona. Me pregunté qué podría hacer para que se sintiera mejor, cómo podría ayudarla a hablar. Porque necesitaba hablar.

El funeral había sido íntimo y especial. Puesto que Lindy y Clyde habían sido los encargados de organizarlo, no era de extrañar. Lindy se sentó con Nanoha y la ayudó a elegir algunas fotos, que repartieron por la estancia donde se celebró. Su foto preferida de Fern se colocó al lado de la urna, que estaba decorada con flores silvestres. La gente había mandado ramos de flores, pero el más grande era el nuestro. Las flores preferidas de Fern descansaban en el jarrón junto a su foto. Casi todas eran margaritas. Casi todo el personal de TSAB Group asistió para dar el pésame. Me mantuve al lado de Nanoha, abrazándola por la cintura y manteniendo su tenso cuerpo junto al mío como muestra de apoyo silencioso. Estreché manos y acepté las condolencias, consciente de cómo su cuerpo se estremecía en ocasiones. También asistieron algunos de los trabajadores de Raising Heart, y Nanoha aceptó sus abrazos y sus palabras de recuerdo, aunque después siempre regresaba a mi lado, como si buscara el refugio de mi abrazo. Quedaban pocos amigos de Fern que pudieran asistir al funeral. Aquellos que lo hicieron recibieron un trato preferente por parte de Nanoha. Se agachó frente a ellos y habló en voz baja con quienes iban en sillas de ruedas, se aseguró de que los que necesitaban andadores para moverse encontraran a alguien que los acompañara rápidamente a una silla, y después de la breve ceremonia, compartió unos instantes con todos ellos.

No dejé de mirarla en ningún momento, preocupada por la ausencia de lágrimas y por el constante temblor de sus manos. Nunca había experimentado el dolor hasta ese día. Cuando mis padres murieron, no sentí nada salvo alivio por todo lo que me habían hecho sufrir. Me entristecí cuando Nana se marchó, pero fue la tristeza de la infancia. El dolor que experimentaba por Fern era una sensación abrasadora en el pecho. Algo que crecía y se extendía de una forma muy extraña. Descubría que tenía los ojos llenos de lágrimas cuando menos lo esperaba. Cuando llegaron las cajas con sus pertenencias, tuve que quedarme un rato en el almacén, abrumada por una emoción que no era capaz de explicar. Me descubrí recordando nuestras charlas, el brillo que aparecía en sus ojos cuando mencionaba el nombre de Nanoha. Las graciosas y tiernas anécdotas que contaba de sus vidas en común. En mi calendario, los martes seguían apareciendo ocupados con el nombre de Fern. De alguna manera, no podía quitarlo todavía. Y, por encima de todas las extrañas emociones que experimentaba, estaba la preocupación por mi esposa.

Creí que lo estaba manejando todo bien. Sabía que estaba sufriendo por la pérdida de una mujer a la que había querido como a una madre, pero no había perdido la compostura. La serenidad. Había llorado una vez, pero no la había visto llorar desde el día que Fern murió. Esa mañana, durante el funeral, se había encerrado en sí misma. Después había salido a pasear y había negado en silencio con la cabeza cuando me ofrecí a acompañarla. Al regresar, subió directa a su dormitorio hasta que fui a buscarla para decirle que bajara a cenar. Me sentía perdida, dada mi escasa experiencia a la hora de consolar a los demás. No podía llamar a Hayate ni a Clyde para preguntarles qué debía hacer a fin de ayudar a mi esposa. Pensaban que estábamos unidas y supondrían que yo sabía exactamente qué debía hacer. Cuando se marcharon del tanatorio esa mañana, Hayate me abrazó y me dijo:

- Cuídala.

Quería hacerlo, pero no sabía cómo. No tenía experiencia con esas emociones tan intensas.

Paseé de un lado para otro por el salón y la cocina, moviéndome inquieta mientras bebía vino. Sabía que podía subir al gimnasio y hacer un poco de ejercicio para liberar tensión, pero no estaba de humor. De alguna manera, el gimnasio parecía estar muy lejos de Nanoha y quería estar cerca, por si me necesitaba. Me senté en el sofá y el mullido cojín que vi a mi lado me arrancó una sonrisa. Otro de los toques de Nanoha. Mantas de seda, cojines de pluma, colores cálidos en las paredes y los cuadros que había añadido. Todo hacía que el apartamento pareciera un hogar. Me detuve con la copa a medio camino de los labios. ¿Había llegado a decirle que me gustaba lo que había hecho? Gemí y apuré el vino, tras lo cual dejé la copa en la mesa. Me incliné hacia delante y enterré las manos en el pelo, del que tiré hasta hacerme daño. Había mejorado durante las últimas semanas, de eso estaba segura, pero ¿había cambiado lo suficiente? Sabía que mi lengua ya no era tan afilada. Sabía que había sido mejor persona. De todas formas, no estaba segura de que bastara. Si Nanoha estaba pasándolo mal, ¿confiaría en mí lo suficiente como para que la consolara? Me sorprendió darme cuenta de lo mucho que deseaba que eso sucediera. Quería ser su ancla. Ser la persona de la que ella dependiera. Sabía que había llegado a depender de ella… para muchas cosas.

Me di por vencida, apagué las luces y subí a mi dormitorio. Me puse el pijama y me acerqué a la cama con paso titubeante, si bien acabé saliendo al pasillo. Eché a andar hasta la puerta de Nanoha, y no me sorprendió verla entreabierta. No entendía cómo era posible que mis "ruidos nocturnos", tal como ella los llamaba, la reconfortaran, pero desde el día que confesó que necesitaba oírlos, nunca cerraba mi puerta por la noche. Por un instante, me sentí rara allí plantada delante de su puerta, sin saber qué hacia allí. Hasta que lo oí. Sollozos entrecortados. Sin pensarlo dos veces, entré en su dormitorio. Tenía el estor levantado, de manera que entraba la luz de la luna. Estaba acurrucada, llorando. Su cuerpo se estremecía con tanta fuerza que incluso movía el colchón. Tras apartar la manta, la rodeé con los brazos, la estreché contra mi cuerpo y la llevé a mi dormitorio. Sin soltarla, me metí en la cama y tiré de las mantas para arroparnos. Ella se tensó, pero la estreché con más fuerza.

- Desahógate, Nanoha. Te sentirás mejor, cariño.

Se derrumbó entre mis brazos y se pegó por completo a mí. Sus manos me aferraron los hombros y sus lágrimas me quemaron la piel mientras lloraba de forma inconsolable. Le acaricié la espalda, le pasé los dedos por el pelo e hice lo que esperaba que fuesen sonidos reconfortantes. Pese al motivo, me gustaba tenerla cerca. Echaba de menos su suavidad. Su cuerpo encajaba a la perfección contra el mío. A la postre, sus sollozos remitieron y los terribles estremecimientos cesaron. Me incliné hacia la mesilla de noche y cogí unos cuantos pañuelos de papel para ponérselos en una mano.

- Lo… lo… sie… siento. –tartamudeó en voz baja.

- No tienes por qué sentirlo, cariño.

- Te he molestado.

- No, no lo has hecho. Quería ayudarte. Te lo vuelvo a repetir: si necesitas algo, solo tienes que pedírmelo. –titubeé– Soy tu esposa. Mi trabajo consiste en ayudarte.

- Has sido muy buena. Incluso amable.

El asombro que transmitía su voz me escoció un poco. Sabía que me lo merecía, pero de todas formas no me hizo gracia.

- Estoy tratando de ser mejor persona.

Ella se movió un poco y ladeó la cabeza para mirarme a la cara.

- ¿Por qué?

- Porque te lo mereces y porque acabas de perder a un ser querido. Estás pasándolo mal. Quiero ayudarte, pero no sé cómo hacerlo. Todo esto es una novedad para mí, Nanoha. –usé el pulgar para limpiarle con delicadeza las lágrimas que brotaban de nuevo de sus ojos.

- Le caías bien.

Sentí un extraño nudo en la garganta mientras contemplaba su rostro a la luz de la luna que se filtraba por la ventana.

- Y a mí me caía bien ella. –repliqué en voz baja con sinceridad– Era una mujer maravillosa.

- Lo sé.

- Sé que la echarás de menos, cariño, pero… –no quería decir las mismas frases hechas que había oído pronunciar durante los últimos días– Fern habría detestado ser una carga para ti.

- ¡No lo era!

- Ella te lo habría discutido. Te esforzaste para que se sintiera segura. Hiciste muchos sacrificios.

- Ella hizo lo mismo por mí. Yo era su prioridad. –se estremeció– No… no sé dónde estaría hoy si ella no me hubiera encontrado y no me hubiera acogido en su casa.

Yo tampoco quería pensarlo. Los actos de Fern nos habían afectado a ambas… para mejor.

- Lo hizo porque te quería.

- Yo también la quería.

- Lo sé. –tomé su cara entre las manos y miré esos ojos rebosantes de dolor– La querías tanto que te casaste con una imbécil que te trataba fatal con tal de asegurarte de que la cuidaban como se merecía.

- Dejaste de ser una imbécil hace unas semanas. –negué con la cabeza.

- Nunca debí comportarme como una imbécil contigo. –para mi asombro, sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas– Lo siento, cariño.

- Tú también la echas de menos.

Incapaz de hablar, asentí con la cabeza en silencio. Ella me rodeó el cuello con los brazos y me colocó la cabeza bajo su barbilla. Era incapaz de recordar la última vez que había llorado, seguramente siendo una niña, pero me eché a llorar en ese momento. Lloré por la muerte de una mujer que había conocido durante un breve período de tiempo, pero que había llegado a ser muy importante para mí. Una mujer que con sus anécdotas y sus quebrados recuerdos le había dado vida a la mujer con la que yo me había casado. Sus palabras me mostraron la bondad y la generosidad de Nanoha. Nanoha y ella me habían enseñado que era bueno sentir, confiar y… amar. Porque, en ese preciso momento, descubrí que estaba enamorada de mi esposa.

Estreché a Nanoha con fuerza entre mis brazos. Cuando dejé de llorar, levanté la cabeza y miré esos ojos bondadosos. El aire que nos rodeaba crepitó y cobró vida, una vez abandonadas la relajación y el consuelo, el deseo y el anhelo que había estado reprimiendo estallaron. Mi cuerpo ardía por la mujer a la que abrazaba y Nanoha puso los ojos como platos, con los iris lavanda iluminados por el mismo deseo que me consumía a mí.

Para darle la oportunidad de negarse, incliné despacio la cabeza y me detuve antes de rozarle los temblorosos labios.

- ¿Por favor? –susurré, sin saber muy bien qué le estaba preguntando.

Su suave gemido fue la única respuesta que necesité y mi boca devoró la suya con un ansia que jamás había experimentado. No solo eran lujuria y deseo. Había anhelo y necesidad. Redención y perdón. Todo ello envuelto en una hermosa mujer.

Fue como renacer en mitad de una violenta hoguera cuyas llamas me lamían la espina dorsal. Todos los nervios de mi cuerpo cobraron vida. Sentí cada centímetro del cuerpo de Nanoha pegado al mío. Cada curva se amoldaba a mi cuerpo como si hubiera sido creada única y exclusivamente para mí. Su lengua era como terciopelo contra la mía, su aliento, soplos de vida que llenaban mis pulmones. Necesitaba sentirla más cerca. Necesitaba besarla con más ansia. Su ridículo camisón desapareció bajo mis puños, que desgarraron la tela con facilidad, al igual que mi camiseta. Tenía que tocar su piel. Necesitaba sentirla por entero. Usó los pies para bajarme los pantalones. Gemimos al unísono cuando quedamos piel contra piel.

Nanoha era como el helado: exquisita y dulce. Usé las manos y lengua para explorarla. Sus curvas y sus recovecos que siempre habían estado ocultos al mundo eran míos para acariciar. Me di un festín de sabores. Cada descubrimiento era nuevo y exótico. Tenía unos pechos voluptuosos y turgentes, con los pezones duros y sensibles. Gimió cuando se los lamí para endurecerlos aún más, mordisqueándolos con suavidad. Se retorció y gimió cuando descendí por su cuerpo y le lamí el abdomen, el ombligo y más abajo, donde descubrí que estaba húmeda.

- Fate. –dijo entre jadeos, con una nota asombrada y frenética en la voz mientras la acariciaba con la lengua y con los labios, degustando su sabor. Arqueó la espalda y se estremeció mientras yo la acariciaba, mientras usaba la lengua para penetrarla y torturarla. Me enterró las manos en el pelo y me obligó a acercarme más, alejándome una vez que encontré el ritmo adecuado. Sus gemidos y jadeos eran música para mis oídos, pero necesitaba sentirla más, hacer que fuera solo mía.

- Dios, cariño, eres tan estrecha… –susurré sin alejarme de ella.

- Yo… nunca he estado con alguien.

Me detuve, levanté la cabeza y asimilé sus palabras. Era virgen. Debía recordarlo, ser tierna con ella y tratarla con respeto. Que me hiciera ese regalo, a mí entre todas las demás personas, me provocó una infinidad de emociones que fui incapaz de identificar. Sin embargo, no debería haberme sorprendido, porque como era habitual en ella, me confundió aún más.

- No pares. –me suplicó.

- Nanoha…

- Fate, quiero hacerlo. Contigo.

Ascendí por su cuerpo y le tomé la cabeza entre las manos. La besé en la boca con una reverencia que jamás había sentido ni le había demostrado a otra persona.

- ¿Estás segura? –ella tiró de mí para que siguiera besándola.

- Sí.

Me moví sobre ella con cuidado. Quería que su primera vez fuera memorable. Quería demostrarle con el cuerpo lo que estaba experimentando con el alma. Quería hacerla mía en todos los sentidos.

La adoré con mis caricias, suaves y delicadas, deleitándome con el tacto sedoso de su cuerpo. La amé con mi boca, recorrí su cuerpo de la forma más íntima, memorizando su sabor y su textura. Avivé su pasión con la mía hasta que se derritió entre mis brazos. Gemí y siseé cuando empezó a moverse con más osadía, cuando empezó a acariciarme y a explorarme con los labios y con las manos. Pronuncié su nombre como si fuera una plegaria mientras me acariciaba los hombros, la espalda, y mi sexo. Al final, me coloqué sobre ella, la cubrí con mi cuerpo y la penetré, hundiendo mis dedos en ella con amabilidad. Era estrecha y cálida. Me mantuve inmóvil hasta que ella me pidió que siguiera y entonces y solo entonces, dejé que la pasión tomara las riendas. La besé sin mucha delicadeza mientras la hacía mía, porque necesitaba su sabor en la boca con el mismo fervor que necesitaba su cuerpo en torno al mío. Nanoha me abrazó con fuerza y gimió mi nombre al tiempo que clavaba los dedos en la espalda.

- Oh, Dios, Fate, por favor. Necesito…

- Dímelo. –repliqué– Dime lo que necesitas.

- A ti… más… ¡por favor!

- Ya me tienes, cariño. –dije entre gemidos al tiempo que le levantaba la pierna para hundirme más dentro de ella– Solo a mí. Solo yo.

Gritó y echó la cabeza hacia atrás al tiempo que tensaba el cuerpo. Estaba preciosa en pleno orgasmo, con el cuello estirado y la piel cubierta por una capa de sudor. Yo también estaba al borde del orgasmo, de manera que enterré la cara en su cuello y me dejé arrastrar por la intensa oleada de placer. Volví la cabeza, le cogí la barbilla y acerqué sus labios a los míos para besarla mientras los espasmos sacudían mi cuerpo y se desvanecían poco a poco. Después, giré sobre el colchón con ella pegada a mi pecho y la nariz enterrada en su pelo. La oí suspirar mientras se acurrucaba sobre mí.

- Gracias. –murmuró.

- Cariño, el placer ha sido mío.

- Bueno, todo no. –me eché a reír contra su cabeza y besé esa piel cálida.

- Duérmete, Nanoha.

- Debería irme… –la estreché con más fuerza, renuente a dejarla marchar.

- No. Quédate aquí conmigo. –suspiró y su cuerpo se estremeció por entero– ¿Espalda o pecho? –susurré. Le gustaba dormir con la espalda pegada a mí. Me gustaba despertarme con la cara enterrada en su cálido cuello y su cuerpo unido al mío.

- Espalda.

- De acuerdo. –aflojé los brazos para que pudiera darse la vuelta. Una vez que estuvo de espaldas a mí, la abracé y la besé con suavidad– Duérmete. Mañana tenemos mucho de lo que hablar.

- Yo…

- Mañana. Mañana veremos cuál es el siguiente paso.

- Está bien.

Cerré los ojos y aspiré su olor. Mañana se lo contaría todo. Le pediría que me dijera qué le parecía. Quería expresar mis sentimientos, decirle que estaba enamorada de ella. Aclarar las cosas. Y, después, quería ayudarla a trasladar sus pertenencias a mi dormitorio y convertirlo en nuestro dormitorio. No quería vivir sin que ella estuviera a mi lado.

Me quedé dormida tras exhalar un suspiro de satisfacción que jamás había experimentado antes.

Me desperté sola, con la mano sobre las sábanas frías y vacías. No me sorprendió. Nanoha llevaba unas noches más inquietas de lo habitual, y la noche anterior parecía incluso peor. En más de una ocasión había tenido que acercarla a mí y había sentido los sollozos que trataba de disimular. La había abrazado durante toda la noche, permitiéndole que expulsara todas las emociones.

Me pasé una mano por la cara y me senté. Me ducharía y después bajaría a buscarla a la cocina. Tenía que hablar con ella. Debíamos aclarar muchas cosas. Y también debía pedirle perdón por muchas cosas, para poder avanzar… juntas. Bajé los pies al suelo, cogí la bata y me puse en pie. Eché a andar hacia el cuarto de baño, pero me detuve. La puerta del dormitorio estaba cerrada. ¿Por qué estaba cerrada? ¿Nanoha creía que iba a molestarme? Meneé la cabeza. Era una de las personas más silenciosas que conocía, sobre todo por las mañanas. Atravesé la estancia y abrí la puerta. Al otro lado reinaba el silencio. Ni había música ni se oían ruidos procedentes de la cocina. Eché un vistazo hacia el dormitorio de Nanoha. La puerta estaba entreabierta, pero tampoco se oían ruidos dentro. De repente, sentí un nudo en el estómago y fui incapaz de desterrar la sensación. Atravesé el pasillo y me asomé al dormitorio. La cama estaba hecha y todo estaba ordenado, impecable. Parecía una habitación vacía. Eché a andar hacia las escaleras, cuyos peldaños bajé de dos en dos y fui directa a la cocina al tiempo que la llamaba. No respondió y la cocina estaba vacía. Me quedé allí de pie, abrumada por el pánico. Debía de haber salido. Tal vez había ido a la tienda. Había varios motivos que justificaban que hubiera salido del apartamento. Corrí hacia la puerta de entrada. Las llaves de su coche estaban en el gancho.

"Seguro que ha salido a dar un paseo", me dije.

Regresé a la cocina y me acerqué a la cafetera. Me había enseñado a usarla, así que al menos podía preparar café. Hacía un día desapacible. El cielo estaba encapotado y gris. Necesitaría una taza de café caliente cuando volviera. Sin embargo, descubrí su teléfono móvil en la encimera. A su lado estaban las llaves del apartamento. Me temblaba la mano cuando las cogí. ¿Por qué había dejado las llaves? ¿Cómo iba a entrar sin ellas? Miré de nuevo la encimera. Todo estaba allí. Las tarjetas de crédito y el talonario de cheques que yo le había dado. Su copia del acuerdo. Lo había dejado todo porque me había abandonado.

Algo reluciente me llamó la atención y me incliné para coger sus anillos.

La imagen de Nanoha pasó por mi cabeza en distintos recuerdos. Cuando le entregué la cajita y le dije que no me iba a hincar de rodillas en el suelo. Su expresión cuando le puse la alianza en el dedo el día que nos casamos por las circunstancias, no por amor. Estaba preciosa, pero no se lo dije. Había muchas cosas que no le había dicho. Muchas cosas que no tendría la oportunidad de decirle… porque se había ido.