104. ESPERANZADO
Los humanos son un poema. Una canción.
Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales
—Oye —dijo alguien al Ritmo de la Reprimenda—, ¿qué estás haciendo?
Rlain se volvió, pasándose el barril de agua de un hombro a otro. Macallan se acercó más a él, asustado por encontrar oposición. Los dos estaban en un pasillo sin características particulares de Urithiru, cerca de la escalinata hacia el sótano. Allí estaba el último puesto de guardia y Rlain creía que ya lo habían superado.
—Llevamos agua —dijo Rlain a Consuelo, dando unos golpecitos en su pequeño barril. Se había maquillado para cubrir el tatuaje, fundiéndolo con el jaspeado de su piel—. A los eruditos.
—¿Y por qué lo haces tú? —preguntó la cantora. No era Fusionada ni regia, solo una vigilante común. Llegó hasta ellos y puso una mano en el hombro de Rlain—. Deja que ese trabajo lo haga el humano, amigo. Tú estás por encima de esas cosas.
Rlain lanzó una mirada a Macallan, que a su vez miraba al suelo, y armonizó a Irritación. No era la clase de resistencia que había anticipado.
—Es mi trabajo —dijo Rlain a la guardia.
—¿Quién ha asignado trabajo de sabuesos-hacha a un cantor? —preguntó ella con brusquedad—. Ven conmigo. Tienes una figura imponente en forma de guerra. Te enseñaré a usar la espada. En mi pelotón estamos reclutando.
—Yo… preferiría cumplir con mi deber —dijo él a Consuelo.
Se zafó de la soldado, que por suerte lo dejó marchar. Macallan y él siguieron por el pasillo.
—¿Te lo puedes creer? —dijo la guardia a sus espaldas—. ¿Cómo es posible que tantos sigan pensando como esclavos? Es lamentable.
—Sí —convino uno de sus compañeros—. Y justo de ese de ahí, no me lo habría esperado en la vida.
Rlain armonizó a Ansiedad.
—¿Justo de ese? —se sorprendió la mujeren, y su voz resonó por el pasillo.
—Claro, es ese oyente, ¿verdad? El que estaba encarcelado hasta que lo sacó la Voz de Rabeniel.
Condenación. Rlain apretó un poco el paso, pero no sirvió de nada porque al momento oyó botas persiguiéndolo. La guardia de antes lo agarró por el codo.
—Eh, eh, espera —dijo—. ¿Eres el oyente?
—Así es —respondió Rlain a Consuelo.
—Llevando agua. Tú. ¿Un traidor?
—No somos… —Rlain armonizó a Determinación y se dio media vuelta—. No somos traidores. Venli es la Voz de Rabeniel, nada menos.
—Ya —dijo la mujeren—. Bueno, pues no vas a bajar donde está la reina humana, al menos hasta que me confirmen que lo tienes permitido. Acompáñame.
Macallan se acercó más todavía a Rlain, temblando. Rlain miró hacia los guardias cantores. Eran cuatro.
No. No iba a luchar contra ellos. Y no solo por la inferioridad numérica.
—Bien —dijo—. Preguntemos a vuestro superior para que pueda seguir con mi trabajo.
Se lo llevaron y Macallan los siguió, gimiendo flojito mientras los alejaban un paso tras otro de su objetivo. En fin, si el Hermano lo quería allí abajo por algún motivo, más le valía encontrar la forma de sacarlos de aquella.
El Perseguidor se arrojó hacia Raven. Pero ella estaba preparada. Activó el aparato de Echo, que seguía llevando sujeto al cinturón. La fuerza de los pesos tiró de Raven hacia atrás más deprisa de lo que una mujer podía saltar, lo que la mantuvo fuera del alcance del Perseguidor. A esas alturas los cantores ya habían despejado casi todo el atrio de civiles. Habían apostado soldados a lo largo de las paredes, salvo de la plana con el ventanal, pero seguía habiendo una muchedumbre que miraba desde los pasillos y los balcones. Que confiaba en Raven.
Los Celestiales levitaban por encima de la enorme estancia circular, como para hacer de jueces en el desafío. A todos los efectos, aquello era una arena de duelos. Raven proyectó toda la fuerza y la confianza que pudo. Casi empezó a sentirlas, a notar que la fatiga desgastada y marchita remitía. Necesitaba que el Perseguidor lo creyera. Que lo entendiera. Que fuese consciente de que tenía mucho más que perder en ese combate que Raven. Y parecía comprenderlo, porque cuando Raven llegó al otro extremo del atrio y desactivó el aparato de Echo, la criatura descartó su segundo cuerpo y salió disparada hacia Raven como cinta de luz. Quería resolver deprisa el enfrentamiento. El ventanal se había oscurecido por la cercanía de la muralla de tormenta, que anunciaba la alta tormenta en sí. Golpeó con una furia que Raven apenas alcanzó a oír, y las esferas pasaron a ser la única fuente de iluminación de todo el atrio. Raven asió al Fusionado mientras cobraba forma en el aire y se enfrentaron de nuevo. Aquel era el tercer cuerpo del Perseguidor. Si lo abandonaba, tendría que ir a recargar o arriesgarse a crear un cuarto cuerpo y que lo mataran. Fueron los dos al suelo otra vez, rodando mientras forcejeaban, Raven tratando de maniobrar su bisturí. El Perseguidor podía sanar con luz del vacío, pero cuanta más perdiera, más probable era que tuviera que retirarse. En esa ocasión la criatura no se anduvo con bravuconadas e intentó apresar la cabeza de Raven. Seguro que para estamparla contra el suelo, ya que sabía que la sanación de Raven no funcionaba bien. Eso dio a Raven la oportunidad de acuchillar hacia arriba, obligando al Perseguidor a agarrarle el brazo en vez de la cabeza.
—No eres ningún soldado —dijo Raven en voz alta, para que su voz resonara hasta todos los que escuchaban—. Eso es lo que he comprendido sobre ti, Derrotado. Nunca has afrontado la muerte.
—Calla —rugió el Perseguidor, retorciendo la muñeca de Raven.
Raven gruñó y los hizo rodar a ambos de lado, protegiendo por los pelos su muñeca de un daño grave. Soltó el cuchillo. Por suerte, había encontrado otros.
—¡Yo me he enfrentado a ella cada día de mi vida! —gritó Raven, rodando encima del Fusionado—. ¿Te preguntas por qué no te temo? Porque llevo toda la vida sabiendo que la muerte me acecha. Tú no eres nada nuevo.
—Que. Te. ¡CALLES!
—Pero yo soy algo que tú nunca has conocido —vociferó Raven, estrellando al Perseguidor contra el suelo por los hombros—. ¡Una vida de miles de años no puede prepararte para algo que nunca conociste, Derrotado! ¡No puede prepararte para alguien que no te teme!
Raven sacó el cuchillo que llevaba en la bota y lo alzó. El Perseguidor, al verla venir, no hizo lo que habría debido. No intentó forcejear ni soltó un rodillazo al abdomen de Raven. Montó en pánico y salió disparado como cinta de luz, huyendo. Se materializó a poca distancia, de cara a los soldados que miraban. Su cuarto cuerpo. El último. El vulnerable. Se volvió de nuevo hacia Raven, que se había puesto en pie sobre su cascarón.
—Soy la misma muerte, Derrotado —dijo Raven—. Y por fin voy a alcanzarte.
Venli encontró una muchedumbre que atascaba el pasillo central en dirección al atrio. Armonizó a Ansiedad y empezó a abrirse paso a empujones. Al ser una regia, la gente se lo permitió. Al cabo de un tiempo llegó al frente de la multitud, donde había un grupo de soldados en forma de guerra formando una hilera, bloqueando el acceso. Sospechaba que sabía lo que estaba ocurriendo. Rlain y sus amigos ya habían puesto en marcha su plan de rescate. Venli llegaba tarde.
—Apartaos —exigió Venli a Mofa—. ¿Qué está pasando?
Un forma de guerra se volvió. Venli no lo conocía personalmente, pero era un soldado del Perseguidor.
—Nuestro amo lucha contra Bendita por la Tormenta —dijo—. Tenemos que mantener un perímetro e impedir que nadie interfiera.
Venli estiró el cuello, y era lo bastante alta para ver que el atrio estaba vigilado por un centenar aproximado de tropas del Perseguidor, aunque también vio a varios miembros de la guardia personal de Rabeniel, que había recibido de Leshwi. Venli armonizó a los Terrores. ¿Qué iba a hacer? ¿Podía ayudar?
Mientras estudiaba la zona, descubrió que de verdad quería hacerlo.
No porque Timbre la empujara a ello, y no solo porque aquel era el sendero que estaba recorriendo. Era por las canciones de las piedras. Y por los susurros de quienes la habían precedido.
—Soy la Voz de la Dama de los Deseos —dijo Venli—. ¿Creéis que vuestro bloqueo se aplica a mí? Haceos a un lado.
De mala gana, los soldados la dejaron pasar. Y cuanto pudo ver sin impedimentos, no pudo evitar detenerse. Había algo en la forma de luchar que tenía Bendita por la Tormenta. Incluso forcejeando contra el Perseguidor y rodando por el suelo, tenía una cierta determinación. Se liberó de la presa del Fusionado y entonces, de algún modo, saltó seis metros hacia atrás, aunque sus poderes no deberían estar funcionando tan bien. El Perseguidor se convirtió en cinta y le dio caza, pero Bendita por la Tormenta no corrió. Extendió los brazos y asió al Perseguidor justo cuando aparecía. Fascinante. Venli comprendió por qué Leshwi encontraba tan interesante a aquella humana. No había nada que Venli pudiera hacer en aquel combate. Tenía que pensar en Rlain y en Lirin y su familia. Buscó en las alturas y localizó a Leshwi flotando cerca. Venli se acercó a Leshwi mientras Bendita por la Tormenta se alzaba erguida sobre el cascarón del Perseguidor. La dama descendió a su altura. No iba a interferir en un duelo como aquel.
—No pinta bien para Bendita por la Tormenta —susurró Venli.
—Al contrario —dijo Leshwi a Júbilo—. El Perseguidor ya ha utilizado todos sus cascarones. Ahora tendrá que huir y renovarse.
—¿Y por qué no lo hace?
—Observa —dijo Leshwi, y señaló el silencioso atrio.
Había un perímetro de soldados con humanos amontonados tras ellos, mirando por encima de sus hombros. Había Fusionados en el aire, todos mirando a los dos combatientes. Había un soldado increíble, que parecía inmortal e indestructible, controlando por completo la situación. Y había un Fusionado que, de algún modo, parecía pequeño comparado con él.
Marcus esquivó por la enfermería. No entabló combate directo con Miller, sino que intentó mantenerse fuera de su alcance. Ganar tiempo. Pero ¿para qué?
Miller se acercó flotando a ellos, con los ojos brillantes.
—Bendita por la Tormenta no va a entrar para ayudarnos, ¿verdad? —preguntó Phendorana con voz suave, flotando al lado de Marcus.
—Raven no puede estar en todos los sitios a la vez —dijo Marcus—. Solo es una mujer, aunque a menudo lo olvide.
Saltó hacia atrás por encima de un cuerpo. Madi había despertado y estaba reptando con sigilo por el suelo hacia un Radiante cercano, arrastrando las piernas por detrás.
«Así me gusta», pensó Marcus. Tenía que atrapar la atención de Miller.
—Nunca había conocido a un hombre que se volviera traidor tan a lo bestia como lo hiciste tú —dijo Marcus a Miller—. ¿Qué fue lo que te convenció? ¿Qué hizo que estuvieras dispuesto a matar a los tuyos?
—La paz —respondió Miller, deteniéndose en el centro de la cámara—. Fue la paz, Marcus.
—¿Esto es paz? —dijo Marcus, gesticulando—. ¿Luchar contra tus amigos?
—No estamos luchando. Tú corres como un cobarde.
—¡Todo buen sargento es un cobarde! ¡Y orgulloso de serlo! ¡Alguien tiene que meter sentido común en la cabeza de los oficiales!
Miller se quedó flotando donde estaba, una mancha negra en el aire. Antes de que pudiera mirar a su alrededor y ver a Madi, Phendorana eligió aparecerse a él, de pie a poca distancia. Miller desvió de golpe la mirada hacia ella. Bien, bien. Otra distracción.
Pero Miller, con desinterés, se volvió y dio un tajo con su hoja esquirlada a través de la cara de una Radiante que tenía debajo. Los ojos de la mujer inconsciente ardieron y Madi dio un grito de horror mientras se empujaba hacia delante para llegar al cuerpo, como si pudiera hacer algo por ella. Miller lanzó una mirada a Marcus y luego alzó su hoja esquirlada hacia Madi.
—¡Muy bien! —exclamó Marcus, dando un paso firme adelante—. ¡Desgraciado! ¿Me quieres a mí? ¡Pues aquí estoy! ¡Luchemos! ¡Te enseñaré quién de los dos es mejor hombre!
Miller aterrizó al lado del cadáver y caminó directo hacia Marcus.
—Los dos sabemos quién es el mejor guerrero, Marcus.
—No he dicho el mejor guerrero, idiota —replicó Marcus, acometiendo con su cuchillo.
La cuchillada era una finta, pero Miller lo sabía. Se apartó hacia el lado en el momento preciso y puso la zancadilla a Marcus cuando intentaba girar para atacar de nuevo. Marcus cayó con un gruñido. Intentó rodar, pero Miller descendió de nuevo y le dio una patada en el costado, fuerte. Algo crujió en el pecho de Marcus. Una herida que lo llenó de dolor y que no sanó, a pesar de su luz tormentosa. Miller se alzó sobre él, levantó su hoja esquirlada y la descargó sin más comentarios. Marcus soltó el cuchillo, inútil contra una hoja esquirlada, y levantó las manos. Sintió algo procedente de Phendorana. Una armonía entre ellos.
Marcus estaba perdonado. Marcus estaba perdonado y estaba cerca.
La hoja esquirlada de Miller encontró algo en el aire, un asta de lanza fantasmal, apenas materializada en las manos de Marcus… y se detuvo. Hizo saltar chispas, pero se detuvo. Marcus apretó los dientes y resistió mientras Miller por fin mostraba una emoción. Sorpresa.
Trastabilló hacia atrás, con los ojos como platos.
Marcus se destensó y Phendorana apareció a su lado en el suelo, jadeando de agotamiento. Él notó que le caía sudor por la frente.
Manifestar a Phendorana de aquella manera, aunque fuese solo un poco, había sido como intentar embutir un sabueso-hacha por el ojo de una cerradura. Marcus no tenía nada claro que ninguno de los dos pudiera hacerlo por segunda vez.
Mejor probar con otra cosa. Marcus se agarró el costado e hizo una mueca mientras se obligaba a alzarse del suelo y quedar arrodillado.
—Muy bien, chaval. Estoy acabado. Ganaste. Me rindo. Esperemos a que aparezca Raven y podrás continuar esta conversación con ella.
—No estoy aquí por Raven, Marcus —dijo Miller en voz baja—. Y no estoy aquí por tu rendición.
Marcus hizo acopio de fuerzas. «Agárralo —pensó—. Convierte esa hoja esquirlada en una desventaja, demasiado grande para usarla.»
Era su mejor esperanza.
Porque Marcus de verdad tenía esperanza. Eso era lo que había recuperado con sus años en el Puente Cuatro. El musgo podía dominarlo de nuevo, pero si lo hacía… bueno, Marcus volvería a contraatacar. Que el pasado se pudriera.
Marcus, Corredor del Viento, tenía esperanza.
Logró ponerse de pie, preparado para que Miller embistiera contra él, pero cuando Miller se movió no fue hacia Marcus. Fue hacia Phendorana.
¿Cómo? Marcus miró estupefacto cómo Miller sacaba una extraña daga de su cinturón y la clavaba hacia abajo, justo en el lugar donde Phendorana estaba arrodillada.
Ella miró hacia arriba sorprendida y el cuchillo se le clavó en toda la frente. Entonces Phendorana chilló.
Marcus saltó hacia ella, aullando, viendo horrorizado cómo Phendorana se encogía, retorciéndose clavada al suelo por la daga de Miller. Su esencia ardió, destellando cegadora hacia fuera como una explosión.
Algo se desgarró en el interior de Marcus. Algo más profundo que su propio corazón. Una parte de su alma, de su ser, le fue arrancada.
Se derrumbó al instante y cayó al suelo cerca del punto blanco en la arena que era todo lo que quedaba de Phendorana.
«No. No…»
Cuánto dolía. La agonía era como una repentina y terrible quietud.
Una nada. Un vacío.
«No… No puede ser…»
Miller guardó su daga con movimientos metódicos.
—Ya no puedo sentir pena, Marcus. No sabes cuánto lo agradezco.
Miller dio la vuelta a Marcus con el pie. Sus costillas rotas chillaron, pero en esos momentos el dolor era algo insignificante.
—Pero ¿sabes qué? —dijo Miller, de pie sobre él—. Siempre hubo una parte de mí que se resentía por el entusiasmo con que la seguías. Desde el mismo principio fuiste su pequeño sabuesohacha. Lamiéndole los pies. Ella te quiere. Pensaba que tendría que usar a su padre. Pero me… satisface haber encontrado algo mejor.
—Eres un monstruo —susurró Marcus.
Miller cogió a Marcus con tranquilidad por el pecho de su camisa quemada y lo levantó.
—No soy ningún monstruo. Solo soy el silencio. La calma absoluta que termina llevándose a todo hombre.
—Cuéntate esa mentira a ti mismo si quieres, Miller —gruñó Marcus, asiendo la mano que lo sostenía, su propia mano una garra por el dolor atroz—. Pero debes saber esto. Puedes matarme, pero no puedes tener lo que yo tengo. Nunca podrás tenerlo. Porque yo muero sabiendo que se me quiere.
Miller gruñó y lo dejó caer el suelo. Entonces atravesó el cuello de Marcus con su hoja esquirlada.
Lleno de confianza, y de algún modo todavía esperanzado, Marcus murió.
