105. HIJOS DE NUESTRAS PASIONES
Para ser tan blandos, de alguna manera resultan fuertes.
Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales
La alta tormenta que bullía fuera del enorme ventanal ofrecía un espectáculo que Raven veía a menudo pero que otros rara vez llegaban a conocer. Destellante relámpago, una arremolinada tempestad, poder crudo y desencadenado. Raven bajó del cascarón del Perseguidor, que ya empezaba a deshacerse, y echó a andar. Hacia el enemigo. El Perseguidor miró a su alrededor, seguramente dándose cuenta de lo numeroso que era su público. Había centenares mirando. Y él vivía por su leyenda, por su reputación. Siempre había matado a todo aquel que lo había matado a él. En algún momento había terminado saliendo victorioso de cada conflicto. Estaba viendo que eso se venía abajo. Raven lo oía en el ritmo cada vez más aterrado que canturreaba el Perseguidor. Lo veía en sus ojos.
—Corre —le dijo Raven—. Huye. Te daré caza. Nunca pararé. Soy eterna. Soy la tormenta.
El Perseguidor retrocedió trastabillando, pero entonces encontró a sus soldados guardando el perímetro, canturreando un ritmo de ánimo. Detrás de ellos los humanos miraban embelesados, con las frentes pintadas.
—¿Crees que habrá pasado bastante tiempo? —susurró Syl—. ¿Los demás estarán libres?
—Eso espero —dijo Raven—. Pero no creo que puedan salir con esa alta tormenta.
—Pues tendremos que sacarlos por aquí, y luego abrirnos paso luchando hasta la sala de la columna de cristal —respondió ella, mirando hacia la enfermería—. ¿Por qué no han aparecido todavía?
—Cuando derrotemos al Perseguidor, cuando se venga abajo y huya, lo averiguaremos —dijo Raven, desenganchando el aparato de Echo de su cinturón.
—Algo va mal —dijo ella en voz baja—. Algo oscuro…
Raven llegó hasta el centro exacto del atrio, señalado por un patrón de estratos en espiral. Señaló al Perseguidor con su cuchillo.
—¡Ultimo cuerpo! —vociferó Raven—. Ven a luchar y veremos quién muere. Veremos si tu reputación sobrevive a este día.
Raven tuvo que reconocer al Perseguidor que por lo menos se lanzó a la carga contra ella. Cuando llegó intentando aferrarla, Raven apretó el dispositivo de Echo contra el pecho del Perseguidor y enlazó la barra hacia abajo, sellándola en su sitio. El aparato salió despedido hacia atrás, llevándose con él al Perseguidor. El Fusionado se estampó contra el cristal de la enorme ventana y se le quebró el caparazón por el impacto. Sacudió la cabeza, recuperándose deprisa del aturdimiento… pero no sanó.
Había agotado su luz del vacío.
Con gran esfuerzo, el Perseguidor intentó mover el dispositivo y logró arrancarse de él y dejarlo adherido a la ventana, que se salpicó de su sangre naranja. Manaba más sangre del caparazón resquebrajado de su pecho.
Raven avanzó sin hacer ruido hacia él, sosteniendo el cuchillo.
—Escapa.
Los ojos del Perseguidor se ensancharon mientras daba un paso a un lado, hacia sus soldados.
—¡Escapa! —gritó Raven.
La criatura se quedó en silencio, sin canturrear, sin hablar.
—¡HUYE DE MÍ! —exigió Raven.
Lo hizo, goteando sangre y pasando a empujones entre los soldados cantores. Ya se había retirado de otras batallas, pero en esa ocasión los dos eran conscientes de que significaba algo distinto.
Aquella criatura ya no era el Perseguidor. Él lo sabía. Los cantores lo sabían. Y los humanos que miraban desde atrás lo sabían. Empezaron a corear mientras brotaban glorispren en el aire.
Bendita por la Tormenta.
Bendita por la Tormenta.
Bendita por la Tormenta.
Temblando, Raven recuperó y desactivó el aparato de Echo antes de regresar al centro del atrio. Podía sentir la energía de la gente impulsándola. Compensando la oscuridad. Se volvió hacia la enfermería. La puerta estaba abierta. ¿Cuándo había ocurrido? Dio un paso hacia ella, pero vio a los Radiantes en el suelo formando hileras, cubiertos con sábanas. ¿Por qué no estaban despiertos y levantados? ¿Estarían fingiendo? Hacer ver que aún dormían quizá funcionara.
Algo cayó desde arriba. Un cuerpo dio contra el suelo delante de Raven con un despiadado crujido de cráneo contra piedra. Rodó y Raven vio unos ojos abrasados. Una cara barbuda terriblemente familiar. Una cara que le había sonreído incontables veces, que la había maldecido en la misma medida, pero que siempre había estado presente cuando todo lo demás se oscurecía.
Marcus.
Marcus estaba muerto.
Miller se posó en el suelo a corta distancia de donde Raven se había arrodillado junto al cuerpo de Marcus. Varios soldados que observaban empezaron a avanzar hacia la Corredora del Viento, pero Miller levantó la mano y los detuvo.
—No —dijo con suavidad mientras los Celestiales descendían flotando a su alrededor—. Dejadla. Así es como ganamos.
Miller sabía los sentimientos exactos que estaba teniendo Raven. Esa aplastante sensación de desespero, ese conocimiento de que nada volvería a ser lo mismo. De que nada podría volver a ser lo mismo jamás. De que la luz había abandonado el mundo y nunca podría reavivarse. Raven acunó el cadáver de Marcus, soltando un gemido grave y lastimero. Empezó a temblar y a sacudirse, poniéndose tan irracional como lo había hecho tras la muerte del rey Finn. Como había hecho cuando Miller mató a Roshone. Y si Raven reaccionaba así a las muertes de sus enemigos…
Bueno, que Marcus muriera sería peor. Mucho mucho peor. Raven llevaba años desmoronándose poco a poco.
—Así es como se rompe una tormenta —dijo Miller a los Fusionados—. Esa mujer será inútil de ahora en adelante. Aseguraos de que nadie la toca. Yo tengo otra cosa que hacer.
Entró andando en la enfermería. Al fondo estaba el modelo de la torre, de intrincado detalle, dividido en un corte longitudinal para mostrar una mitad a cada lado. Miller se arrodilló y escrutó entornando los ojos una copia de la sala con la columna de cristal. A su lado, reproducidas en miniatura, había una pequeña esfera de cristal y una gema. El fabrial brillaba con una luz diminuta, apenas visible. El último nodo de las defensas de la torre estaba situado donde podía verlo cualquiera que mirase, pero no le daría más importancia.
Sin embargo, Rabeniel lo había sabido. ¿Desde cuándo? Él sospechaba que lo había descubierto hacía unos días, pero que había retrasado la destrucción del nodo para seguir con su investigación en la torre. Esa Fusionada era problemática. Miller invocó su hoja esquirlada y usó la punta para destruir el minúsculo fabrial.
Luego entró en la parte separada con sábanas de la enfermería.
La cría Danzante del Filo estaba tendida allí, atada e inconsciente, al lado de los padres y el hermano de Raven. Odium estaba interesado en la Danzante del Filo y Miller tenía prohibido matarla. Esperaba no haberle dado demasiado fuerte en la cabeza. Eso no siempre lo controlaba como debería. De momento, agarró a Lirin por las manos atadas y lo arrastró, chillando a través de la mordaza, fuera de la enfermería. Allí Miller esperó hasta que el Perseguidor regresó volando como una vergonzosa cinta de luz. El Perseguidor formó un cuerpo y Miller empujó a Lirin en manos de la criatura.
—Este es el padre de Bendita por la Tormenta —susurró—. ¡No! No lo repitas en voz alta. No llames la atención de Raven. Su padre es nuestra garantía; Raven tiene un montón de cuestiones pendientes con él. Si por lo que sea Raven vuelve en sí, inmediatamente mata a su padre delante de ella.
—Esto es una sandez —gruñó el Perseguidor—. Podría matar a Bendita por la Tormenta ahora.
—No —dijo Miller, agarrando al Perseguidor y poniéndole el dedo índice en la cara—. Sabes que cuento con la bendición de nuestro amo. Sabes que hablo a Mando. No tocarás ni un pelo a Bendita por la Tormenta. No puedes hacerle daño; no puedes matarlo.
—Ella… es solo una mujer…
—No la toques —insistió Miller—. Si interfieres, despertará vengativa. Aún no nos interesa que pase. Ahora tiene dos caminos abiertos ante ella. Uno es tomar mi misma ruta y entregar su dolor. El otro es la ruta que debería haber tomado hace mucho tiempo. El camino en el que alza la única mano que puede matar a Raven Bendita por la Tormenta. La suya propia.
Al Perseguidor no le hizo ninguna gracia, a juzgar por el ritmo que canturreó. Pero aceptó al padre atado y amordazado de Raven y parecía dispuesto a quedarse quieto. Los guardias habían hecho callar a los alborotados humanos y el atrio estaba quedando en silencio. Raven seguía arrodillada ante la tormenta, aferrándose a un hombre muerto, temblando. Miller vaciló y buscó en su interior. Y… no sentía nada. Solo frialdad.
Bien. Había alcanzado su potencial.
—No la fastidiéis —dijo a los Fusionados congregados—. Tengo que ir a matar a una reina.
Echo esperó su oportunidad.
Había probado a hablar con el Hermano, pero solo había oído gimoteos. Así que había vuelto hacia la entrada de su habitación para esperar a que llegara su ocasión. Se presentó cuando la guardia de su puerta gritó de pronto y se echó las manos a la cabeza, incrédula. Salió corriendo pasillo abajo. Cuando Echo asomó la cabeza, vio lo que había provocado la conmoción: el campo que rodeaba la columna de cristal había desaparecido. Alguien había destruido el último nodo. El Hermano estaba sin protección. Echo casi echó a correr hacia allí para atacar con la daga de antiluz del vacío. Pero titubeó al desviar la mirada hacia sus trampas en el pasillo.
«Un imán. Necesito un imán.»
Había visto uno antes, cerca de los restos de su escritorio. Fue a toda prisa y lo recogió de entre los escombros. Desde fuera le llegó el eco de la orden que dio Rabeniel con voz clara.
—Corre —dijo a la guardia—. Diles a la Palabra de Actos y a la Noche Conocida que acudan a mí. Tenemos trabajo que hacer.
La guardia salió corriendo. Cuando Echo volvió a mirar con disimulo, Rabeniel estaba entrando en la cámara de la columna de cristal, ella sola.
Una oportunidad. Echo salió al pasillo y avanzó sigilosa hacia Rabeniel. Al dejar atrás las cajas con sus trampas cuidadosamente preparadas, puso el imán en contacto con una esquina de la última y oyó un chasquido. No se atrevía a permitirse tiempo para armar más de una, un dolorial que inundaba a quien cruzara aquel punto del pasillo con una inmensa agonía. Hecho eso, siguió hacia el final del pasillo. La sala de la columna de cristal parecía más oscura de lo que recordaba. Habían corrompido casi por completo al Hermano. Rabeniel tenía una mano apretada contra la columna para terminar el trabajo. Echo se obligó a seguir adelante, sosteniendo la daga con fuerza.
—Deberías huir, Echo —dijo Rabeniel a un ritmo calmado, y su voz resonó por la cámara—. Hay una copia de nuestro cuaderno en mi escritorio del pasillo, además de tu plancha de antiluz del vacío. Llévatelas e intenta escapar.
Echo se quedó petrificada, empuñando la daga con tanta tensión que creía que nunca podría volver a estirar los dedos.
«Sabe que estoy aquí. Sabía lo que hacía cuando ha hecho marcharse a la guardia. Lógica, Echo. ¿Qué significa?»
—¿Me dejas marchar a propósito? —preguntó.
—Dado que el último nodo está destruido —dijo Rabeniel—, Vyre regresará pronto para exigirme la compensación que le he prometido. No obstante, si tú has escapado por tu cuenta… bueno, en ese caso no he incumplido mi compromiso con él.
—No puedo dejar al Hermano a tu merced.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Rabeniel—. ¿Luchar contra mí?
Se volvió, toda compostura y tranquilidad. Sus ojos se desviaron hacia la daga y empezó a tararear a un ritmo confundido. Se había olvidado de ella. No ostentaba tanto control como fingía.
—¿Así es como quieres concluir nuestra asociación? —prosiguió Rabeniel—. ¿Forcejeando como salvajes? ¿Unas eruditas como nosotras, reducidas al empleo de meros filos normales y corrientes? Huye, Echo. No puedes derrotar a una Fusionada en combate.
En eso tenía razón.
—No puedo abandonar al Hermano —dijo Echo—. Mi honor no me lo permite.
—Todos somos hijos de Odium al final —replicó Rabeniel—. Hijos de nuestras Pasiones.
—Acabas de decir que somos eruditas. Tal vez a otros los controlen sus pasiones. Nosotras somos algo más. Algo mejor. —Echo respiró hondo y dio la vuelta a la daga en su mano, con la empuñadura hacia fuera—. Voy a darte esto, y luego tú y yo podemos volver a mi habitación para esperar juntas. Si Vyre derrota a Bendita por la Tormenta, me someteré a él. Si no, tú aceptarás dejar al Hermano.
—Una apuesta estúpida —dijo Rabeniel.
—No, un punto intermedio. Podemos hablarlo mientras esperamos y, si llegamos a un arreglo más perfecto, mucho mejor.
Le tendió la daga.
—Muy bien —dijo Rabeniel.
Asió la daga con un rápido movimiento de la mano, mostrando que no confiaba del todo en Echo. Y bien que hacía. Rabeniel echó a andar por el pasillo y Echo la siguió varios pasos por detrás.
—Vayamos empezando, Echo —dijo Rabeniel—. A mí me parece que nosotras dos…
Y entonces Rabeniel entró de lleno en la trampa fabrial de Echo.
