106. CIEN RITMOS DISCORDANTES

Para ser tan variados, de alguna manera resultan intensos.

Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales

Raven se abrazó al cuerpo sin vida de Marcus y sintió que todo se desmoronaba. La endeble fachada de confianza que había construido para permitirse luchar. Su pretensión de estar bien. Syl se posó en su hombro, rodeándose el cuerpo con los brazos, y no dijo nada. ¿Qué podía decir?

Se había acabado.

Se había acabado… todo. ¿Qué sentido tenía la vida si no podía proteger a sus seres queridos?

Mucho tiempo antes, se había prometido a sí misma que lo intentaría una última vez. Intentaría salvar a los hombres del Puente Cuatro. Y había fracasado.

Marcus había sido tan vibrante, tan vivo. Tan recio y tan constante. Por fin había derrotado a sus propios monstruos, confiaba de verdad en sí misma, reclamaba su Radianza. Había sido un hombre estupendo, cariñoso, increíble. Había dependido de Raven. Como Tien. Como un centenar de otros. Pero él no había podido salvarlos. No había podido protegerlos.

Syl gimió, encogiéndose sobre sí misma. Raven deseó poder encogerse también. Quizá si hubiera vivido como su padre quería, habría evitado aquello. Raven decía que luchaba para proteger, pero al final no acababa protegiendo nada, ¿verdad? Solo destruía.

Mataba.

Raven Bendita por la Tormenta no estaba muerta. Nunca había existido.

Raven Bendita por la Tormenta era una mentira. Siempre lo había sido.

El entumecimiento se apoderó de ella. Aquella oscuridad hueca que era mucho peor que el dolor. No podía pensar. No quería pensar. No quería nada.

En esa ocasión Clarke no estaba allí para sacarla del agujero.

Para obligarla a seguir andando. En esa ocasión, Raven recibió justo lo que merecía.

Nada. Y la nada.

Echo se detuvo de golpe. Rabeniel, sacudida por el repentino e increíble dolor de la trampa de Echo, cayó al suelo soltando la daga. Echo hizo acopio de valor, bajó al suelo a cuatro patas y se abalanzó hacia el arma para cogerla. El dolor fue lacerante. Pero Echo ya había probado aquellos aparatos consigo misma y sabía lo que hacían. Perdió el control de las piernas, pero consiguió arrastrarse hacia delante y hundió la daga en el pecho de Rabeniel. Mantuvo su peso sobre la hoja, apretando hacia abajo, oliendo a carne quemada. Rabeniel chilló, se retorció, intentó dar zarpazos a Echo. Pero el dolorial hizo su trabajo y le impidió resistirse con eficacia.

—Lo siento —dijo Echo entre dientes apretados—. Lo… siento. Pero la próxima vez… procura… no… ser… tan confiada.

El dolorial tardó poco en agotar su carga. Echo lo había construido unos días antes, con una pequeña gema de luz del vacío para alimentarlo. No estaba pensado para funcionar durante mucho tiempo. Pero Echo se quedó satisfecha con el alcance. Había trabajado mucho en esa característica concreta. Echo se incorporó y se rodeó el torso con los brazos, intentando combatir el dolor residual. Luego, por fin, miró hacia el cadáver de Rabeniel. Y encontró los ojos de la Fusionada temblando, no vítreos y blancos como habían estado los de su hija. Echo se apartó deprisa. Rabeniel movió los brazos con debilidad y giró la cabeza hacia Echo.

—¿Cómo puede ser? —preguntó Echo—. ¿Por qué estás viva?

—No… la suficiente… luz —graznó Rabeniel. Asió el cuchillo que tenía clavado en el pecho y se lo quitó con un suspiro—. Duele. No… no… estoy…

Cerró los ojos, aunque siguió respirando.

Echo se aproximó centímetro a centímetro, cautelosa.

—Debes llevarte… el cuaderno… —dijo Rabeniel—. Y debes… huir. Vyre… vuelve.

—¿Me dices que huya después de que intente matarte?

—No es… un intento… —dijo Rabeniel—. No… puedo oír los ritmos… Mi alma… muere… —Abrió los ojos con evidente esfuerzo y los fijó en Echo—. Me has… engañado bien, Echo. Muy lista, muy lista. Bien… hecho.

—¿Cómo puedes hablar así? —preguntó Echo, mirando hacia el escritorio y los papeles que había encima.

—Cuando vives… tanto tiempo como yo… aprendes a apreciar… cualquier cosa… que aún te sorprenda… Vete, Echo. Corre… La guerra debe… terminar.

Echo se sintió asqueada, después de haber puesto en práctica su plan. La traición era una inesperada punzada de dolor. De todas formas, fue al escritorio y recogió el cuaderno.

«Tengo que sacar esto de la torre —comprendió—. Puede que sea incluso más importante que el Hermano. Una forma de matar a los Fusionados permanentemente. Una manera de…»

De terminar la guerra. Si tanto los spren Radiantes como los Fusionados podían morir del todo, era posible que acabara, ¿verdad?

—Padre Tormenta —susurró—. Este era su verdadero objetivo.

Rabeniel quería concluir la guerra, de una manera u otra. El cuaderno que tenía Echo era una copia, y Echo cayó en la cuenta de que el original estaría en Kholinar, entregado a los líderes militares de los cantores, con toda probabilidad junto a la cámara de vacío y las planchas metálicas.

Echo regresó con Rabeniel.

—Querías una manera de terminarla —dijo—. No te importa quién gane.

—Me importa —susurró Rabeniel—. Quiero… que ganen los cantores. Pero que tu bando… gane… es mejor que… que…

—Que una guerra eterna —dijo Echo.

Rabeniel asintió, con los ojos cerrados.

—Vete. Corre. Vyre va a…

Echo alzó la mirada mientras un borrón destellaba en el pasillo, reflejando la luz. Algo le golpeó el pecho y Echo gruñó por el impacto, aturdida un instante antes de que el dolor empezara a inundar su cuerpo. Agudo y alarmante.

«Un cuchillo», pensó, confusa al ver la empuñadura de una daga arrojadiza saliéndole del costado del torso, al lado del pecho derecho. Cuando inspiró, el dolor se intensificó en un repentino pico. Miró arriba, apretando una mano contra la herida, notando derramarse la sangre cálida. Al fondo del pasillo, una figura en uniforme negro caminaba despacio hacia ella. Apareció una hoja esquirlada en su mano. La hoja esquirlada del asesino.

Miller había regresado.

La alta mariscal Raven estaba muerta.

Venli miró a la humana, tan consumida por la desolación que se quedó allí arrodillada, inmóvil, durante minutos enteros. Y todos la observaban. Celestiales silenciosos. Guardias solemnes. Humanos incrédulos. Nadie parecía querer hablar, o respirar siquiera. Así era como Venli debería haberse sentido al perder a su hermana. ¿Por qué no tenía las emociones de una persona normal?

Se había entristecido, sí, pero no creía que hubiera estado nunca tan superada por la pena como para hacer lo mismo que Bendita por la Tormenta.

Timbre latió reconfortante en su interior. Cada cual era distinto. Y Venli de verdad iba por el buen camino.

Solo que… ya no tenía mucho sentido volver para ayudar, ¿verdad? Se había terminado. A su lado, Leshwi descendió hasta tocar el suelo con los pies e inclinó la cabeza.

Muéstrale lo que eres, latió Timbre.

—¿Qué? ¿Ahora?

Muéstraselo.

¿Revelar lo que era, delante de todo el mundo? Venli se encogió ante la idea, armonizando a los Terrores. Uno tras otro, los Celestiales se posaron en el suelo, como mostrando respeto. A un enemigo.

—Esto es una estupidez —dijo el Perseguidor, empujando a Lirin a los brazos de Leshwi—. No puedo creer que estemos todos aquí plantados sin hacer nada.

Leshwi alzó la mirada de su vigilia, canturreando a Resentimiento. Luego, para enorme sorpresa de Venli, sacó un cuchillo y soltó las manos de Lirin.

—No he olvidado cómo intentaste poner a los Nueve en mi contra —dijo el Perseguidor, señalando a Leshwi—. Pretendes destruir mi legado.

—Tu legado está muerto, Derrotado —replicó Leshwi—. Ha muerto en el momento en que has huido de ella.

—¡Mi legado permanece intacto! —rugió el Perseguidor, haciendo que Venli retrocediera con torpeza, asustada—. ¡Y esto es una locura absoluta! ¡Demostraré mi valía y continuaré mi tradición!

—¡No! —exclamó Leshwi, pasando el padre de Raven, todavía amordazado, a otra Celestial.

Leshwi agarró al Perseguidor, pero el Fusionado dejó un cascarón en su mano y emergió como cinta de luz para cruzar el suelo del atrio.

—No… —susurró Venli.

El Perseguidor apareció encima de Bendita por la Tormenta.

Arrancó una espuela afilada de caparazón de su brazo y, empuñándola como una daga, asió a la mujer arrodillada por un hombro. Raven Bendita por la Tormenta alzó la mirada y profirió un aullido que pareció vibrar con cien ritmos discordantes. Venli armonizó a lo Perdido en reacción. El Perseguidor intentó apuñalarla, pero Bendita por la Tormenta le cogió el brazo y giró, convertida en un borrón de movimiento. De algún modo se retorció, pasó detrás del Perseguidor y sacó un cuchillo de algún lugar de su ropa, moviéndose con tal velocidad que a Venli le costaba seguirle la pista. Bendita por la Tormenta clavó el cuchillo en el cuello del Perseguidor, que a duras penas logró eyectarse del cascarón a tiempo. Creó otro cuerpo e intentó apresar de nuevo a Bendita por la Tormenta. Pero ya no era rival para ella. Raven se movía como el viento, rápida y fluida, descargando una cuchillada que atravesó el brazo del Perseguidor e hizo que gritara de agonía. A ese ataque lo siguió una puñalada hacia la cara, y el Perseguidor tuvo que abandonar un nuevo cascarón. Nadie vitoreó ni gritó en esa ocasión, pero cuando Bendita por la Tormenta se volvió y Venli le vio la cara, armonizó de inmediato a los Terrores. Sus ojos brillaban como los de un Radiante, en un rostro que era una máscara de sufrimiento y angustia, pero esos ojos… Venli había jurado que la luz tenía un matiz rojo amarillento. Igual que… igual que…

El Perseguidor se materializó cerca de los soldados del perímetro, junto a la pared.

—¡Adelante! —gritó a sus hombres—. ¡Atacad! ¡Matadla, y luego matad a los demás Radiantes! ¡Vuestras órdenes son el caos y la muerte!

El Perseguidor se lanzó a la carga. Los soldados lo siguieron, pero al momento se espantaron. No querían enfrentarse a Bendita por la Tormenta y aquellos ojos que tenía, así que al Perseguidor no le quedó más remedio que luchar en solitario. Venli no sabía si era consciente de ello, pero estaba en su último cuerpo. Quizá sabía que esa vez no podía huir, no si quería rescatar alguna brizna de su reputación. Bendita por la Tormenta se abalanzó contra él y chocaron cerca de la inmensa ventana, que destellaba con los relámpagos. El Perseguidor intentó asirla y Raven se dejó, plegándose al mortífero abrazo… y luego los estrelló a ambos contra el ventanal con una maniobra experta. Raven empujó al Perseguidor contra el cristal mientras fuera la cegadora tormenta sacudía la torre, haciéndola vibrar y salpicándola de luz. En ese momento, Raven hizo algo a la ventana. Dio un paso atrás y dejó al Perseguidor adherido al cristal, inmovilizado y sin la suficiente luz del vacío para liberar su alma. Raven no atacó. En vez de eso, se agachó e infundió el suelo, pero con un poder que no resplandecía tanto como Venli pensaba que debería. La cabeza del Perseguidor… estaba estirando hacia delante su cuello, con los ojos desorbitados. El Fusionado dio un gemido y Venli comprendió que Bendita por la Tormenta había infundido el suelo para hacer que tirara de la cabeza del Perseguidor. Pero su cuerpo estaba pegado al ventanal. Raven dio media vuelta y avanzó con pisadas firmes hacia los Celestiales que miraban mientras la cabeza del Perseguidor salía arrancada de su cuerpo y golpeaba con un fuerte crujido contra el suelo.

—Bendita por la Tormenta —dijo Leshwi, adelantándose hacia ella—. Has luchado y vencido. Has sufrido una gran pérdida, lo sé, dado que los mortales sois…

Raven la empujó a un lado. Venli estaba segura de que iba a por ella. Se preparó, pero Raven pasó a su lado y la dejó temblando a los Terrores. Raven siguió andando en dirección a la Fusionada que retenía a su padre. Claro.

Esa Celestial montó en pánico, como haría cualquiera. Salió disparada hacia arriba por los aires, cargando con el hombre. Otros dos Celestiales la siguieron. Bendita por la Tormenta miró arriba y se elevó de golpe utilizando aquel extraño fabrial que imitaba los enlaces. Venli se derrumbó al suelo, notándose exhausta aunque no hubiera hecho nada. Por lo menos, aquello parecía haber terminado. Pero no para los soldados del ejército personal del Perseguidor, congregados alrededor de su cadáver. Muerto por segunda vez, a manos de la misma mujer. Su reputación podía estar por los suelos, pero seguía siendo un Fusionado. Regresaría. Los soldados se volvieron hacia la enfermería, recordando las últimas órdenes que les había dado. No podían matar a Bendita por la Tormenta.

Pero podían acabar con los Radiantes inválidos.

Raven apenas podía ver bien. Tenía solo un vago recuerdo de haber matado al Perseguidor. Sabía que lo había hecho, pero le costaba recordar. Le costaba pensar. Se elevó por el aire, persiguiendo a las criaturas que se habían llevado a su padre. Oyó los ecos de los gritos de Lirin, así que se había quitado la mordaza. Cada sonido condenaba a Raven. No creía de verdad que pudiera salvar a su padre. Era como si Lirin ya estuviese muerto y chillara a Raven desde la Condenación. Raven no estaba muy segura de por qué seguía a los Fusionados, pero tenía que ganar altura. Quizá… quizá podría ver mejor desde una posición muy elevada…

Syl volaba por delante de ella, adentrándose en los huecos que permitían a los elevadores alcanzar los últimos anillos de la torre. Aterrizó en la planta más alta de Urithiru. Raven llegó después de activar un segundo peso a medio vuelo, y entonces pasó por encima de la barandilla y desactivó el aparato con un solo movimiento fluido. Se posó encarado hacia un Celestial que intentaba cortarle el paso.

Raven…

Dejó a ese Celestial roto y moribundo y cruzó a toda velocidad las cámaras superiores. ¿Dónde estaban?

El techo. Irían hacia el techo para escapar. Y en efecto, encontró a otro Fusionado bloqueando la escalera ascendente, y Raven estampó el dispositivo de Echo en el pecho del Fusionado y fijó la barra, lo que lo envió volando hacia arriba por el hueco de la escalera y hacia el cielo.

Raven… he olvidado… La voz de Syl. Estaba dando vueltas a su alrededor, pero Raven apenas la oía.

Salió a la cima de la torre. La tormenta se extendía alrededor de ellos, casi alcanzando la cumbre de Urithiru, un océano oscuro de nubes negras que retumbaban disgustadas. La última Celestial estaba allí, sujetando al padre de Raven. La Fusionada retrocedió, gritando algo que Raven no entendió.

Raven… he olvidado… las Palabras…

Avanzó hacia la Celestial, que, asustada, arrojó a su padre.

Fuera. A la negrura. Raven vio el rostro de Lirin durante un breve instante antes de que desapareciera. En el abismo. En la arremolinada tempestad.

Raven corrió hasta el borde de la torre y miró abajo. De pronto supo por qué había subido tan alto. Sabía hacia dónde iba. Había estado antes en aquel saliente. Mucho antes, bajo la lluvia.

Esa vez saltó.