107. UNIRLO

Para estar tan extraviados, de alguna manera resultan decididos.

Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales

Echo consiguió ponerse en pie, pero después de dar unos pasos, huyendo de Miller hacia la columna, se notó mareada y atontada. Cada respiración era un suplicio, y perdía muchísima sangre. Tropezó y tuvo que apoyarse en la pared, manchando de sangre un mural que representaba a un spren con forma de cometa, para no caer. Echó una mirada hacia atrás. Miller continuaba andando, un movimiento inevitable. Sin prisa. Su espada, con su elegante curva, sostenida a un lado dejando un pequeño surco en el suelo a su paso.

—Ojos claros —dijo Miller—. Ojos embusteros. Gobernantes que fracasáis en gobernar. Tu hijo fue un cobarde al final, reina. Me suplicó por su vida, llorando. Fue adecuado que muriera como había vivido.

Echo ahorró aliento, sin atreverse a responder a pesar de su furia, y siguió adelante por el pasillo dejando un rastro de sangre.

—Hoy he matado a un amigo —dijo Miller, y su voz terrible se hizo más suave—. Estaba seguro de que eso me dolería. Ha sido una sorpresa que no. Me he convertido en mi mejor yo. Libre. Sin más dolor. Te traigo el silencio, Echo. En pago por lo que has hecho. Por cómo has vivido. Por cómo has…

Echo aventuró una mirada por encima del hombro cuando la frase quedó interrumpida de repente. Miller se había detenido sobre el cuerpo de Rabeniel. La Fusionada le había agarrado el pie con una mano. Miller ladeó la cabeza, al parecer perplejo. Rabeniel se lanzó contra él, trepando por su cuerpo. No le funcionaban las piernas, pero aferró a Miller con dedos como garras, rugiendo, y lo acuchilló una y otra vez con la daga que había dejado Echo. Al arma ya no le quedaba antiluz del vacío, pero sí que drenó la luz tormentosa de Miller. Rabeniel había invertido la hoja. Miller se encogió ante el ataque, distraído, intentando maniobrar su hoja esquirlada para zafarse de la Fusionada enloquecida que forcejeaba con él.

«¡Muévete!», se dijo Echo. Rabeniel intentaba ganarle tiempo.

Incluso con su vigor renovado, Echo no llegó lejos antes de que el dolor la superase. Entró a trompicones en la sala de la columna de cristal, abandonando la idea de intentar escapar por los túneles que se extendían por debajo de Urithiru. En vez de eso, se obligó a llegar a la columna y terminó cayendo contra ella.

—Hermano —susurró, notando el sabor de la sangre en los labios—. ¿Hermano?

Esperaba oír gemidos o sollozos, la única respuesta que había recibido en los últimos días. En esa ocasión oyó un extraño tono, armónico y discordante al mismo tiempo.

El Ritmo de la Guerra.

Bellamy volaba por los aires, enlazado por Lyn la Corredora del Viento, de camino hacia la última posición conocida de la Heraldo Nia.

Sintió que algo… atronaba. Una tormenta distante. A su alrededor todo era luz allí arriba, con el sol brillando, y costaba mucho creer que en algún lugar el mundo fuese oscuro y tempestuoso. En algún lugar había alguien perdido en esa negrura. El Padre Tormenta apareció a su lado, desplazándose por el aire junto a Bellamy, un suceso que muy rara vez tenía lugar. El Padre Tormenta nunca tenía rasgos. Era solo la vaga impresión de una silueta con el mismo tamaño de Bellamy, solo que extendiéndose hacia el infinito.

Algo iba mal.

La Hija de Tanavast ha entrado en la tormenta por última vez, dijo el Padre Tormenta. Puedo sentirlo.

—¿Raven? —preguntó Bellamy, ansioso—. ¿Ha escapado?

No. Esto es algo mucho peor.

—Muéstramelo.

Raven cayó.

El viento la zarandeó y la azotó. Raven era solo andrajos. Solo… los andrajos de una persona.

He olvidado las Palabras, Raven, sollozó Syl. Solo veo oscuridad.

Raven sintió algo en la mano, los dedos de Syl cogiéndose de algún modo a los suyos mientras caían en la tormenta.

No había podido salvar a Marcus.

No había podido salvar a su padre.

No había podido salvarse a sí misma.

Se había esforzado demasiado, había seguido afilando su alma a piedra hasta dejarla fina como el papel. Y había fracasado de todos modos.

Esas eran las únicas Palabras que importaban. Las únicas verdaderas Palabras.

—No soy lo bastante fuerte —susurró a los furiosos vientos, y cerró los ojos, soltando la mano de Syl.

Bellamy era la tormenta alrededor de Raven. Y al mismo tiempo no lo era. El Padre Tormenta no había concedido a Bellamy tanto control como la vez anterior, sin duda temiendo que Bellamy quisiera forzar de nuevo sus límites. Y con buen motivo.

Bellamy vio cómo Raven se precipitaba. Perdida. Sin luz tormentosa. Con los ojos cerrados. No era la pose de una mujer que luchaba. Ni era la pose de alguien que cabalgara sobre el viento.

Era la pose de alguien que se había rendido.

¿Qué hacemos?, preguntó Bellamy al Padre Tormenta.

Presenciarlo. Es nuestro deber.

Tenemos que ayudar.

No hay ayuda posible, Bellamy. Está demasiado cerca de la interferencia de la torre para usar sus poderes, y de esto no puedes sacarla soplando.

Bellamy miró, sufriendo, dejando llover sus lágrimas. Tenía que haber algo.

El tiempo entre instantes, dijo Bellamy. Cuando infundes las esferas. Puedes detener el tiempo.

Ralentizarlo en gran medida, respondió el Padre Tormenta, mediante Investidura y Conexión con lo Espiritual. Pero solo brevemente.

Hazlo, dijo Bellamy. Concédele más tiempo.

Venli canturreó a Agonía cuando comenzó la matanza.

No la de los Radiantes, todavía no. La de los civiles. En el momento en que los soldados del Perseguidor empezaron a avanzar hacia los indefensos Radiantes, las multitudes de humanos que miraban enloquecieron. Dirigidos por unas pocas almas decididas, entre ellas la de un manco de aspecto hosco, los humanos empezaron a luchar. Una rebelión desatada.

De gente desarmada contra soldados entrenados en forma de guerra.

Venli se volvió cuando empezaron las muertes. Pero los humanos no cejaban en su empeño. Inundaron el espacio entre los cantores en forma de guerra y la sala de los Radiantes, bloqueando el paso con sus propios cuerpos.

—¿Podemos impedir esto? —preguntó Venli a Leshwi, que había vuelto a su lado después de que la empujara Bendita por la Tormenta.

—Necesitaré la autoridad de Rabeniel para revocar esta orden concreta —dijo Leshwi a Vergüenza—. El Perseguidor tiene mando de ley en la torre. Ya he enviado a otro Celestial a preguntar a Rabeniel.

Venli hizo una mueca al oír chillidos.

—¡Pero Rabeniel dijo que esos Radiantes debían seguir con vida!

—Ya no —respondió Leshwi—. Algo ocurrió anoche. Rabeniel necesitaba a los Radiantes para unas pruebas que pretendía realizar, pero hizo que le llevaran a una de ellos y después dijo que ya no era necesario experimentar más. El resto de ellos ahora son una carga, incluso un peligro si despertaran.

La Fusionada miró hacia los humanos que morían, y luego se apartó cuando pasaron corriendo unos soldados en forma de guerra con hachas ensangrentadas.

—Es… una lástima —dijo Leshwi—. No canto a Alegría en este tipo de conflicto. Pero lo hemos hecho otras veces, y volveremos a hacerlo, en nombre de reclamar nuestro mundo.

—¿No podemos ser mejores? —suplicó Venli a Decepción—. ¿No hay alguna manera?

Leshwi la miró ladeando la cabeza. Venli había vuelto a usar un ritmo equivocado.

Venli miró por el atrio, más allá de los furiaspren y los miedospren.

Algunos cantores no se habían unido a la matanza. Distinguió a Rothan y Malal, soldados de Leshwi. Titubearon y se quedaron donde estaban. Leshwi elegía tropas que no se rebajaban a aquello.

Muéstraselo, palpitó Timbre. Muéstraselomuéstraselomuéstraselo.

Venli reunió todo su valor. Entonces absorbió luz tormentosa de las esferas que llevaba en el bolsillo y se permitió empezar a brillar. Leshwi canturreó de inmediato a Destrucción y asió a Venli por la cara con fuerza.

—¿Qué es eso? —preguntó—. ¿Qué has hecho?

Raven entró en el lugar entre momentos.

Había conocido allí al Padre Tormenta en aquella horrible primera noche, cuando la habían dejado colgada fuera a merced de la tempestad. La noche en la que Syl había luchado tanto por protegerla. En esa ocasión se quedó a la deriva en la oscuridad. Ningún viento la sacudió y el aire se volvió imposiblemente calmo, imposiblemente silencioso. Como flotando ella sola en el océano.

¿POR QUÉ NO PRONUNCIAS LAS PALABRAS?, preguntó el Padre Tormenta.

—Las he olvidado —susurró Raven.

NO LAS HAS OLVIDADO.

—¿Significarán algo si no las siento, Padre Tormenta? ¿Puedo mentir para jurar un Ideal?

Silencio. Un silencio puro, incriminatorio.

—Él me quiere, igual que quería a Miller —dijo Raven—. Si continúa apretando, me tendrá. Así que tengo que morir.

ESO ES MENTIRA, dijo el Padre Tormenta. ES LA MENTIRA DEFINITIVA, HIJA DE HONOR. LA MENTIRA QUE DICE QUE NO TIENES ELECCIÓN. LA MENTIRA DE QUE YA NO HAY VIAJE QUE MEREZCA LA PENA.

Tenía razón. Una parte diminuta de Raven, una parte que no podía mentirse a sí misma, sabía que era cierto.

—¿Y si estoy demasiado cansada? —susurró Raven—. ¿Y si ya no me queda nada que dar? ¿Y si por eso no puedo decir tus Palabras, Padre Tormenta? ¿Y si es demasiado y punto?

¿CONDENARÍAS A MI HIJA DE NUEVO AL SUFRIMIENTO?

Raven hizo una mueca, pero era verdad. ¿Podía hacerle eso a Syl?

Apretó los dientes mientras empezaba a resistirse. Mientras empezaba a luchar a través de la nada. A través de la incapacidad de pensar. Luchó atravesando el dolor, la agonía todavía en carne viva de haber perdido a su amigo.

Chilló, tembló, y luego se hundió hacia dentro.

—Demasiado débil —susurró.

Era tan solo eso, que ya no le quedaba nada más que dar.

No es suficiente, dijo Bellamy. No podía ver en aquella oscuridad interminable, pero aun así sentía a alguien dentro de ella. A dos individuos. Raven y su spren.

Tormentas. Sufrían.

Tenemos que darles más tiempo, dijo Bellamy.

No podemos, respondió el Padre Tormenta. ¡Respeta su fragilidad y no me fuerces en esto, Bellamy! Podrías romper cosas que no comprendes y que tendrían consecuencias catastróficas.

¿Es que no tienes compasión?, preguntó Bellamy imperioso. ¿Es que no tienes corazón?

Soy una tormenta, dijo el Padre Tormenta. Escogí el camino de una tormenta.

¡Escoge mejor, pues!

Bellamy buscó en la tiniebla, en la infinitud. Estaba lleno de luz tormentosa en un lugar donde no tenía importancia si lo estaba o no. En un lugar donde todas las cosas se Conectaban. Un lugar más allá de Shadesmar. Un lugar más allá del tiempo. Un lugar donde…

¿Qué es eso?, preguntó Bellamy. Esa calidez.

Yo no noto nada.

Bellamy atrajo la calidez hacia él y comprendió.

Este es el lugar donde haces que sucedan las visiones, ¿verdad?, preguntó Bellamy. A veces el tiempo se comportaba raro en ellas.

Sí, dijo el Padre Tormenta. Pero debes tener Conexión para crear una visión. Debes tener una razón para ella. Un significado. No puede ser cualquier cosa.

BIEN, respondió Bellamy, y forjó un vínculo.

¿Qué estás haciendo?

CONECTARLO, dijo Bellamy. UNIRLO.

El Padre Tormenta retumbó.

¿Con qué?