108. MOMENTOS
Para estar tan confusos, de alguna manera resultan brillantes.
Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales
Raven tuvo una sacudida y abrió los ojos, desconcertada. Estaba en una pequeña tienda de lona. ¿Qué era aquello?
Parpadeó, se incorporó y vio que estaba al lado de un chico, de unos once o doce años, vestido con un uniforme anticuado. ¿Faldilla de cuero y gorro? Raven llevaba la misma ropa.
—¿Qué opinas, Dem? —le preguntó el chico—. ¿Deberíamos huir?
Raven miró a su alrededor en la minúscula tienda, perpleja.
Entonces oyó ruido fuera. ¿Un campo de batalla? Sí, hombres gritando y muriendo. Se levantó y salió a la luz, parpadeando por su brillo. Una… ladera de colina, con unos cuantos tocopesos. No estaba en las Llanuras Quebradas.
«Conozco este lugar —pensó Raven—. Colores de Amaram. Hombres en armadura de cuero.»
Tormentas, estaba en un campo de batalla de su juventud. El agotamiento le estaba pasando factura. Tenía alucinaciones. La cirujana que había en ella se preocupó.
Un joven jefe de pelotón llegó caminando, demacrado. Tormentas, no tendría más de diecisiete o dieciocho años. En esos momentos a Raven le pareció jovencísimo, aunque ella tampoco era mucho mayor. El jefe de pelotón estaba discutiendo con un soldado de menor estatura que iba con él.
—No podemos resistir —dijo el jefe de pelotón—. Es imposible. Tormentas, están formando para otro avance.
—Las órdenes son claras —replicó el otro hombre, que no pasaría de los veintipocos—. El brillante señor Sheler dice que tenemos que resistir aquí. Nada de retirarnos.
—A la Condenación con ese hombre —dijo el jefe de pelotón, pasándose la mano por el pelo sudado, rodeado de chorros de agotaspren.
Raven sintió una afinidad instantánea con el pobre desgraciado.
¿Unas órdenes imposibles y ni por asomo los recursos suficientes?
Con una mirada al desarrapado frente de batalla, Raven supuso que el hombre estaba superado por completo, después de que murieran todos los soldados de mayor graduación que él. Apenas quedaban las suficientes tropas para formar tres pelotones, y la mitad de esos hombres estaban heridos.
—Esto es culpa de Amaram —dijo Raven—. Juega con las vidas de hombres a medio entrenar y equipados con material obsoleto, y todo para dar buena impresión y que lo trasladen a las Llanuras Quebradas.
El joven jefe de pelotón miró a Raven y frunció el ceño.
—No deberías hablar así, chico —dijo, pasándose de nuevo la mano por el pelo—. Como te oiga el alto mariscal, podrías acabar colgado. —El hombre respiró hondo—. Los heridos, que formen en ese flanco. Dile a todo el mundo que se prepare para resistir. Y… tú, chico, el mensajero, llévate a tu amigo y coged unas lanzas. Gor, ponlos al frente.
—¿Al frente? —preguntó el otro hombre—. ¿Estás seguro, Varth?
—Uno trabaja con lo que tiene —dijo el jefe de pelotón, y se marchó de nuevo por donde había venido.
«Uno trabaja con lo que tiene.»
Todo rodó en torno a Raven y de pronto recordó aquel campo de batalla exacto. Sabía dónde estaba. Conocía la cara de aquel jefe de pelotón. ¿Cómo no se había dado cuenta al momento?
Raven había estado allí. Corriendo a través de las líneas, buscando a… buscando a…
Dio media vuelta y encontró a un hombre joven, demasiado joven, que se acercaba a Varth. Tenía una cara abierta, amable, y demasiado brío en el paso mientras se dirigía hacia el jefe de pelotón.
—Iré con ellos, señor —dijo Tien.
—Bien. Ve.
Tien recogió una lanza. Fue con el otro niño mensajero, el de la tienda, y empezó a llevárselo hacia el lugar donde les habían indicado que se situaran.
—No, Tien —dijo Raven—. No puedo ver esto. Otra vez no.
Tien fue hasta Raven y le cogió la mano para llevárselo también hacia delante.
—No pasa nada —dijo—. Sé que tienes miedo. Pero aquí podemos resistir todos juntos. Tres son más fuertes que uno, ¿verdad?
Empuñó su lanza hacia delante y el otro chico, que estaba llorando, hizo lo mismo.
—Tien —dijo Raven—, ¿por qué lo hiciste? Deberías haberte quedado a salvo.
Tien se volvió hacia él y sonrió.
—Habrían estado solos. Necesitaban a alguien que les diera un poco de valor.
—Los masacraron —dijo Raven—. Y a ti también.
—Pues entonces menos mal que había alguien allí, para que no se sintieran solos cuando ocurrió.
—Estabas aterrorizado. Te vi los ojos.
—Claro que lo estaba. —Tien la miró mientras comenzaba la carga y el enemigo avanzaba ladera arriba—. ¿Quién no iba a asustarse? Eso no cambia en nada que debía estar aquí. Por ellos.
Raven recordó que le habían clavado una lanza en ese campo de batalla… y que había matado a un hombre. Luego había tenido que ver morir a Tien. Se encogió, anticipando esa muerte, pero todo se puso oscuro. El bosque, la tienda, las figuras… todo se desvaneció.
Excepto Tien.
Raven cayó de rodillas. Entonces Tien, el pobre y pequeño Tien, envolvió a Raven con los brazos y lo sostuvo.
—No pasa nada —dijo con voz queda—. Estoy aquí. Para darte un poco de valor.
—No soy el niño al que ves —susurró Raven.
—Sé quién eres, Rav.
Raven alzó los ojos hacia su hermano. Quien de algún modo, en ese momento, era un adulto. Y Raven un niño aferrada a él. Abrazada a él mientras empezaban a caer las lágrimas, mientras se permitía a sí mismo sollozar por la muerte de Marcus.
—Esto está mal —dijo Raven—. Se supone que debo sostenerte yo a ti. Protegerte yo a ti.
—Y lo hiciste. Como yo te ayudé a ti. —Hizo más fuerte el abrazo—. ¿Por qué luchamos, Rav? ¿Por qué seguimos adelante?
—No lo sé —susurró Raven—. Lo he olvidado.
—Es para poder estar unos con otros.
—Todos mueren, Tien. Todo el mundo muere.
—Sí que es verdad, ¿eh?
—Eso significa que no importa —dijo Raven—. Que nada de ello importa.
—Escucha, esa no es la forma buena de mirarlo. —Tien lo apretó con fuerza—. Como todos vamos al mismo sitio al final, los momentos que pasamos unos con otros son las únicas cosas que sí importan. Las veces en que nos ayudamos entre nosotros.
Raven tembló.
—Tienes que mirarlo así, Rav —dijo Tien con suavidad—. Tienes que ver los colores. Si crees que haber dejado morir a Marcus es un fracaso, pero también que todas las veces que lo apoyaste no significan nada, entonces no me extraña que siempre duela. Pero si, en vez de eso, piensas en la suerte que tuvisteis los dos de poder ayudaros cuando estabais juntos… bueno, la cosa ya tiene mucho mejor aspecto, ¿no te parece?
—No soy lo bastante fuerte —susurró Raven.
—Eres lo bastante fuerte para mí.
—No soy lo bastante buena.
—Eres lo bastante buena para mí.
—No estuve allí.
Tien sonrió.
—Estás aquí para mí, Rav. Estás aquí para todos nosotros.
—¿Y si…? —empezó a preguntar Raven, con lágrimas surcándole las mejillas—. ¿Y si fracaso otra vez?
—No puedes. No mientras lo entiendas. —Redobló su abrazo a Raven, que apoyó la cabeza contra el pecho de Tien, secándose las lágrimas con la tela de su camisa—. Marcus cree en ti. El enemigo cree que ha ganado. Pero yo quiero verle la cara cuando comprenda la verdad. ¿Tú no? Va a ser una delicia.
Raven se descubrió sonriendo.
—Si nos mata —dijo Tien—, lo único que ha hecho es dejarnos antes en el sitio al que vamos de todas formas. No deberíamos apresurarlo, y no deja de ser triste. Pero verás, no puede quitarnos nuestros momentos, nuestra Conexión, Raven. Y esas son las cosas que de verdad importan.
Raven cerró los ojos y se permitió disfrutar de aquel momento en particular.
—¿Es real? —preguntó al cabo—. ¿Tú eres real? ¿O esto es algo creado por el Padre Tormenta, o por Sagaz, o por quien sea?
Tien sonrió y puso algo en la mano de Raven. Un pequeño caballo de madera.
—Esta vez intenta no perderle la pista, Rav. He trabajado mucho en él.
De pronto Raven se precipitó hacia abajo y el caballo de madera se evaporó en su mano mientras caía. Buscó a su alrededor en la inacabable negrura.
—¿Syl? —llamó.
Un puntito de luz, dando vueltas a su alrededor. Pero ese no era ella.
—¡SYL!
Otro puntito de luz. Y otro.
Pero esos no eran ella. Aquel sí. Raven extendió el brazo en la oscuridad, le cogió la mano y tiró de ella hacia sí misma. Ella la agarró, física en aquel lugar y del mismo tamaño que ella. Se abrazó a ella y se sacudió mientras hablaba.
—He olvidado las Palabras. Se supone que debo ayudarte, pero no puedo. Yo…
—Estás ayudándome —dijo Raven—, al estar aquí.
Cerró los ojos, sintiendo la tormenta mientras atravesaban el momento entre instantes y pasaban al mundo real.
—Además —susurró Raven—, yo sé las Palabras.
Dilas, susurró Tien.
—Siempre he sabido estas Palabras.
¡Dilo, chavala! ¡Hazlo!
—¡Lo acepto, Padre Tormenta! ¡Acepto que habrá a quienes no pueda proteger!
La tormenta retumbó y Raven sintió un calor que la rodeaba, una luz que la infundía. Oyó que Syl daba un respingo y luego una voz familiar, distinta a la del Padre Tormenta.
ESAS PALABRAS SON ACEPTADAS.
—No hemos podido salvar a Marcus, Syl —susurró Raven—. No pudimos salvar a Tien. Pero sí que podemos salvar a mi padre.
Y cuando abrió los ojos, el cielo estalló con mil luces puras.
