109. EMULSIONANTE

Para estar tan deslustrados, de alguna manera resultan resplandecientes.

Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales

Leshwi cayó de rodillas ante Venli, sin volar, sin levitar. De rodillas.

Venli se arrodilló también, ya que Leshwi seguía aferrándole la cara, aunque relajó su presa.

Una luz fresca y hermosa fluía por el ventanal de atrás. Como un relámpago congelado, más brillante que cualquier esfera. Brillante como el sol.

—¿Qué has hecho, Venli? —dijo Leshwi—. ¿Qué has hecho?

—Yo… juré el Primer Ideal de los Radiantes —respondió Venli—. Lo siento.

—Lo sientes… —dijo Leshwi. Cerca de ella emergió un alegrespren, hermoso, como una tormenta azul—. ¿Lo sientes? ¡Venli, han vuelto a nosotros! Nos han perdonado.

«¿Cómo?»

—Por favor —dijo Leshwi a Anhelo—, pregunta a tu spren. ¿Sabe algo de una honorspren llamada Riah? Fue mi amiga una vez. Muy apreciada para mí.

¿Leshwi… tenía amigos? ¿Entre los spren?

Tormentas. Leshwi había vivido antes de la guerra, cuando humanos y cantores habían sido aliados. Honor había sido el dios de los cantores del alba.

Timbre latió.

—Ella… no conoce a Riah —dijo Venli—. Pero no conoce a muchos honorspren. Cree… que ninguno de los antiguos sobrevivieron a la traición de los humanos.

Leshwi asintió, canturreando suavemente a… a uno de los ritmos antiguos.

—Pero mi spren… —dijo Venli—. Ella… tiene amigos, que podrían estar dispuestos a volver a intentarlo. Con nosotros.

—Mi alma lleva demasiado tiempo siendo propiedad de otro para eso —dijo Leshwi.

Venli miró hacia la pelea. La luz repentina no los había detenido.

Si acaso, había dado más decisión a los ataques de los soldados del Perseguidor. Parecían disfrutar de la compañía de furiaspren y dolorspren. Algunos humanos habían arrebatado armas a sus enemigos, pero la mayoría luchaban desarmados, intentando a la desesperada mantener a salvo a los Radiantes.

—No sé qué hacer —susurró Venli—. No dejo de oscilar entre dos mundos. Soy demasiado débil, ama.

Leshwi se elevó en el aire y arrancó su espada de la vaina.

—No pasa nada, Voz. Yo conozco la respuesta.

Voló directa hacia la pelea y empezó a tirar de los soldados, ordenándoles a gritos que se detuvieran. Cuando no lo hicieron, Leshwi empezó a atacar. Y a los pocos segundos sus tropas se habían unido a ella y cantores batallaron contra cantores.

—Hermano —susurró Echo, agarrada a la columna—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué haces ese ritmo?

¿Echo? La voz que respondió era leve como el aliento de un bebé en su piel. Casi imperceptible. Oigo este ritmo. Lo oigo en la oscuridad. ¿Por qué?

—¿De dónde procede?

De ahí.

Echo recibió una impresión, una visión que se superpuso a sus sentidos. Un lugar en la torre… ¿El atrio, oscuro por una tormenta que rugía fuera? Allí abajo, en las profundidades centrales del sótano, no se había dado cuenta de su llegada.

Combate. Había gente combatiendo, forcejeando, muriendo.

Echo entornó los ojos hacia la visión. Su dolor estaba desapareciendo, aunque una parte de ella pensó que eso era mala señal. Pero podía ver… a una Fusionada, levitando a treinta centímetros del suelo, luchando junto a alguien infusa con luz del vacío. ¿Una regia? Y los que estaban con ellas eran humanos, resistiendo juntos. Codo con codo.

—¿Qué están haciendo? —preguntó Echo.

Luchando contra otros cantores. Creo. Qué oscuro está. ¿Por qué pelean entre ellos?

—¿Qué hay en esa sala que defienden? —susurró Echo.

Es donde pusieron a los Radiantes caídos.

—Emulsionante —dijo Echo con un hilo de voz.

¿Qué?

—Un propósito conjunto. Humanos y cantores. Honor y Odium. Están luchando para proteger a los indefensos, Hermano.

La visión desapareció, pero, antes de que lo hiciera, Echo vislumbró a Rlain, el cantor que trabajaba con el Puente Cuatro.

—Él está allí —dijo Echo, y tuvo un ataque de tos. Cada convulsión hizo que el dolor emergiera intenso de nuevo—. ¡Hermano, está allí!

Demasiado lejos, respondió el ser. Demasiado tarde.

Fuera, en el pasillo, Miller dio un tajo al brazo izquierdo de Rabeniel, haciendo que cayera flácido. La Fusionada siguió trepando por él con el brazo que le quedaba, siseando mientras la mano de la daga soltaba el arma y pendía inútil.

—Tómame a mí —susurró Echo al Hermano—. Vincúlate conmigo.

No, dijo el Hermano con voz tenue.

—¿Por qué?

No eres digna, Echo.

Rlain oyó los gritos mucho antes de que llegaran al atrio. Los guardias que los llevaban retenidos a él y a Macallan armonizaron a Ansiedad y los obligaron a apretar el paso, pero Rlain se mantuvo optimista. Aquel ruido tenía que ser del combate entre Raven y el Perseguidor. Por tanto, Rlain se quedó absolutamente conmocionado cuando entraron en el atrio para encontrar una guerra civil en pleno apogeo. Cantores combatiendo a cantores, y un grupo de humanos sumando sus fuerzas con uno de los bandos. Los guardias que vigilaban a Rlain echaron a correr, quizá para buscar a algún tipo de figura con autoridad que pudiera resolver aquel sinsentido, y los dejaron solos a él y a Macallan. Pero la refriega terminó deprisa y el bando que incluía a los humanos venció. Pocos cantores parecían dispuestos a luchar contra Fusionados, de modo que las tropas huyeron dejando atrás a los muertos.

—¿Qué? —preguntó Macallan en voz baja.

Se habían quedado ambos en un pasillo lateral, donde se amontonaban algunos civiles humanos lo bastante valientes como para mirar, pero sin la suficiente destreza como para unirse al combate. Rlain hizo una evaluación rápida y entonces armonizó al Ritmo de la Esperanza. Cinco Celestiales y unos veinte regios bajo su mando se habían vuelto contra los soldados del Perseguidor. Los demás Celestiales parecían haberse negado a unirse a bando alguno y se habían retirado más hacia las alturas del atrio. Allí estaba Leshwi, flotando cerca del frente del bando que había ganado, empuñando una espada cubierta de anaranjada sangre cantora. Parecía estar al mando.

Había mucha gente, tanto humana como cantora, en el suelo sangrando. Era un desastre.

—Necesitan cirujanos de campo —dijo Rlain—. Vamos.

Macallan y él llegaron corriendo y, tal y como Raven los había entrenado, pusieron en marcha un triaje rápido. La gente empezó a ayudar y a los pocos minutos Rlain los tenía a todos poniendo vendajes en las heridas de cantores y humanos, sin importar el bando en el que hubieran luchado. Lirin tenía material médico en la enfermería, por suerte, y cuando Macallan regresó cargando con él, lo hizo acompañado de Hesina, que parecía alterada por la pelea. Pasaron unos minutos antes de que Rlain tuviera una explicación. ¿Se habían llevado a Lirin? ¿Raven había salido en su persecución?

Rlain armonizó a lo Perdido. No era de extrañar que Hesina tuviera el aspecto de haber atravesado una tormenta. Aun así, parecía ansiosa por tener algo que hacer y se puso al frente del triaje. Eso permitió a Rlain apartarse para descansar un momento y lavarse las manos. Algunos humanos que lo habían visto todo le dieron explicaciones vagas. El Perseguidor había ordenado la matanza de los Radiantes indefensos, y tanto humanos como otros cantores habían plantado cara a su ejército. Antes de que Rlain pudiera exigir respuestas a Venli, varios hombres humanos de aspecto arisco se acercaron a él. Los reconoció de las sesiones que había estado haciendo Raven, ayudándolos con sus traumas. Se habían visto obligados a tomar armas de nuevo, pobres cremlinos.

—¿Sí? —dijo Rlain.

Lo llevaron a un cadáver que habían colocado con reverencia al lado de la pared, con los ojos calcinados. Marcus.

Rlain cayó de rodillas mientras Macallan llegaba junto a él y dejaba escapar un suave gemido, ambos rodeados de angustiaspren. Se quedaron juntos arrodillados, con las cabezas gachas. Rlain cantó la Canción de los caídos, compuesta en honor a un héroe muerto. Parecía que el plan tampoco les había salido demasiado bien a ellos.

—¿Y Madi? —preguntó.

—Está en la enfermería —susurró Macallan—. Inconsciente. Piernas muertas por una hoja esquirlada. Parece que alguien le ha dado un buen golpe en la cabeza. Está… sangrando. He intentado darle luz tormentosa. No ha pasado nada.

Rlain armonizó a Duelo. Madi podía sanar a otros, pero, al igual que había ocurrido a Raven y Marcus, su curación interna no funcionaba. Adiós al plan de despertar a los Radiantes. Rlain inclinó la cabeza hacia Marcus y lo dejó allí. Que los muertos descansaran. Era la costumbre de su pueblo, y deseó poder dar al hombre un funeral celeste como era debido. Marcus había sido buena persona. De las mejores.

Detrás de él, otros asuntos llamaron la atención de Rlain. Los humanos y los cantores ya reñían entre ellos.

—Tenéis que someteros —estaba diciendo Leshwi, flotando por encima del resto a su imperiosa manera de Fusionada—. Explicaré a Rabeniel que los soldados estaban descontrolados y no obedecían mis órdenes.

—¿Y crees que no nos hará nada? —gritó una mujer humana—. Tenemos que irnos de aquí ahora mismo.

—Si os dejo marchar —dijo Leshwi—, parecerá que yo me he rebelado. Podemos contener esta situación si os rendís.

—Ah, pero ¿no te has rebelado? —preguntó vociferando un hombre—. ¿Y qué ha sido esto?

—¡No vamos a volver a obedecer a ninguno de vosotros! —bramó otro—. ¡Nunca!

Los gritos se exacerbaron en los dos bandos cuando los cantores empezaron a ordenar a la gente que no discutiera con una Fusionada. Rlain fue girando la cabeza de un grupo a otro hasta que armonizó a Determinación y se quitó con el dorso de la mano el maquillaje que cubría su tatuaje. Salió con paso firme entre los dos bandos. La medicina de campo no era lo único que le había enseñado el Puente Cuatro.

—¡Escuchadme! —gritó a Confianza—. ¡Escuchadme todos!

Por extraño que pareciera, se hizo el silencio. Rlain hizo la mejor imitación que pudo de Marcus para dirigirse a los humanos.

—Los de aquí me conocéis todos. Soy del Puente Cuatro. Sé que no me tenéis simpatía, pero ¿estáis dispuestos a confiar en mí?

Los humanos refunfuñaron, pero la mayoría asintió, muchos siguiendo a Noril. Rlain se volvió hacia los cantores.

—Y a vosotros que no os quepa duda de que habéis cometido todos traición —espetó a Confianza—. Habéis actuado contra los deseos de Odium y querrá castigaros por ello. Podéis daros por muertos, y a los Fusionados os espera una eternidad de tortura. Por suerte, tenéis aquí no una, sino dos personas que pueden guiaros, oyentes de un pueblo que escapó de su control. Así que, si queréis sobrevivir, vais a escucharme.

Leshwi se cruzó de brazos. Pero entonces murmuró:

—Bien.

Los demás Celestiales parecían aceptar que Leshwi hablaba por ellos. Venli llegó deprisa, y estaba infundida con el tono violeta oscuro de la luz del vacío. Mucho más que un regio normal. De hecho, brillaba más que un Fusionado.

—Pero ¿qué eres tú? —preguntó Rlain con brusquedad.

—Una Radiante —dijo ella a Consuelo—. Más o menos. Puedo usar la luz del vacío para alimentar mis capacidades, así que funcionan en la torre.

—Qué cosas —gruñó Rlain—. Por el aliento de Becca… yo me tiro años esperando y llegas tú, nada menos, y te haces antes con un spren como si nada. —Quizá aquello hubiera sonado demasiado a Marcus—. Bueno, explica cómo pudiste liberar a Madi. Tenemos que movernos. Odium no va a tolerar una rebelión entre los suyos. Así que los cantores vendréis con nosotros. Vamos a sacar de ahí a los Radiantes y los vamos a llevar a la plataforma, desde donde escaparemos por la Puerta Jurada a las Llanuras Quebradas.

—Eso nos dejaría en poder de los humanos —dijo Leshwi.

—Yo os sacaré de él —prometió Rlain—. Cuando ya estemos todos a salvo. ¿Entendido? Recogemos a los heridos, recogemos a esos Radiantes y marchando. Antes de que Rabeniel se entere de que ha habido una rebelión, quiero a todos los implicados, humanos y cantores, fuera de esta torre. ¡Ya!

Empezaron a moverse, confiando en que Rlain sabía lo que decía. Cosa que… él no estaba seguro de que fuese cierta. Transportar a una buena cantidad de personas inconscientes los retrasaría, y fuera había alta tormenta.

—Rlain —dijo Venli a Asombro—. Has dado órdenes a una Fusionada.

Él se encogió de hombros.

—Todo está en proyectar un aire de autoridad.

—Es más que eso —dijo ella—. ¿Cómo lo has hecho?

—Tuve buenos maestros —respondió Rlain, aunque él también se había sorprendido un poco. Era un espía, acostumbrado a quedarse atrás y dejar que otros liderasen mientras él observaba. Ese día, en cambio, no había nadie más. Y al haberlo rechazado ambos bandos, supuso que era un forastero para todos, y en consecuencia lo más parecido a una parte neutral que podía existir en aquel conflicto.

Colaboraron todos para trasladar a los Radiantes en coma y a los heridos. Incluso Leshwi y los otros cinco Celestiales cargaron con sendos soldados que no podían andar por sí mismos. Rlain dedicó el tiempo a comprobar los balcones de arriba. Las docenas de Celestiales que no habían intervenido en la pelea ya no estaban. Se habrían ido a informar a Rabeniel, sin duda. O a reunir sus fuerzas personales para sofocar aquella rebelión. Cuando todo el mundo estuvo junto, Rlain les hizo un gesto para que lo siguieran y echó a andar hacia fuera. Venli correteó para ponerse a su lado.

—¿Cómo activaremos la Puerta Jurada? —susurró.

—Sé cómo funciona el mecanismo —dijo Rlain—. Supongo que podemos usar tu hoja esquirlada para terminar de comprenderlo.

Venli tuvo que acelerar el paso de nuevo cuando entraron en un pasillo.

—¿Mi hoja esquirlada?

—Me dijiste que habías sacado a Madi de su celda con una. Me pregunté por qué te dejaban llevar una hoja esquirlada en vez de entregársela a un Fusionado, pero ahora ya me encaja. La tuya es una hoja viva de Radiante, que pueden operar las Puertas Juradas. ¿Tu luz del vacío te permite invocarla?

Venli canturreó a Ansiedad.

—No tengo hoja esquirlada, Rlain.

—Pero…

—¡Te mentí! Usé mis poderes para sacarla. ¡Timbre dice que aún me falta mucho para ganarme mi hoja esquirlada!

Condenación.

—Algo se nos ocurrirá —dijo él—. Por ahora tenemos que seguir moviéndonos.