110. RENACIDA
Radiantes.
Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales
Una tormenta negra.
Viento negro.
Lluvia negra. Y entonces, perforando la negrura, una lanza de luz.
Raven Bendita por la Tormenta.
Renacida.
Raven avanzó como una explosión a través de la oscuridad, rodeado por mil jubilosos vientospren que se arremolinaban formando un vórtice.
—¡Id! —gritó Raven—. ¡Buscadlo!
Aunque parecía que llevaba horas cayendo, la mayoría de ese tiempo había transcurrido en aquel lugar entre instantes. Si Raven aún estaba precipitándose desde el cielo, significaba que habían pasado escasos segundos y su padre aún estaba en algún lugar por debajo de ella.
Aún estaba vivo.
Raven señaló hacia abajo, llamando, preparándose mientras centenares de vientospren se encontraban con la tormenta y soplaban para apartarla, creando un camino abierto. Un túnel de luz que llevaba a una única figura que caía por el aire en la lejanía.
«Aún vive.»
Los enlaces de Raven se apilaron unos encima de otros mientras Syl daba vueltas y más vueltas a su alrededor, sin dejar de reír.
Tormentas, cómo había echado de menos Raven su risa. Raven extendió la mano y miró mientras un vientospren se abalanzaba sobre ella y destellaba, contorneando la mano con un traslúcido y resplandeciente guantelete.
Otra docena de ellos se abalanzaron también sobre Raven, alegres, exultantes. Refulgieron líneas de luz alrededor de Raven mientras los spren se transformaban, atraídos a aquel reino y escogiendo Conectar con ella. Raven observó a la diminuta figura que se precipitaba, reduciendo cada vez más la distancia que la separaba de ella. Qué cerca estaba el suelo. Habían caído ya a lo largo de toda la altura de la torre y decenas de metros por debajo, a través de la tormenta.
El suelo se alzó hacia ellos.
Ya casi. Ya casi. Raven estiró el brazo y…
«No eres digna.»
Las palabras resonaron contra el alma de Echo, y por un momento se olvidó de Miller. Se olvidó de la torre. Estaba en otro lugar.
No era lo bastante buena.
No era una erudita.
No era una creadora.
«No tienes ninguna fama, ningún logro, ninguna capacidad propia. Todo lo que te distingue de los demás procede de alguna otra persona.»
—Mentiras —susurró. Y lo eran.
De verdad lo eran.
Apretó la mano contra la columna.
—Acéptame como tu Forjadora de Vínculos. Sí que soy digna, Hermano. Diré las Palabras. Vida antes que muerte.
No. Qué débil sonaba. Somos… demasiado diferentes… Tú capturas spren.
—¿Quiénes mejor para colaborar que dos con distintas creencias? —dijo ella—. Fuerza antes que debilidad. Podemos hallar un punto intermedio. ¿Acaso no es esa el alma de construir vínculos? ¿De unir?
Miller apartó a Rabeniel de un puntapié y la Fusionada golpeó contra la pared, flácida como una muñeca.
—¡Podemos encontrar las respuestas! —exclamó Echo, con sangre cayéndole de los labios—. Tú y yo.
Tú… solo quieres… vivir.
—¿Y tú no?
La voz del Hermano se volvió demasiado débil para oírla. Miller miró pasillo abajo hacia Echo.
Así que ella cerró los ojos y trató de canturrear. Intentó encontrar el tono de la luz tormentosa, puro y vibrante. Pero flaqueó. Echo no podía oír ese tono, no en esos momentos. No con todo viniéndose abajo, no con su vida escurriéndose de entre sus dedos. Se descubrió canturreando a un tono distinto. Al que siempre le había dado Rabeniel, con su ritmo caótico. Sí, tan cerca de la muerte, Echo solo podía oír eso. El tono de él. Ansioso por reclamarla.
El Hermano gimoteó.
Y Echo invirtió el tono.
Lo único que le hizo falta fue Intención. Odium le entregaba la canción, pero ella la retorcía contra él. Canturreó la canción de la antiluz del vacío, con la mano apretada contra la columna.
¡Echo!, exclamó el Hermano, su voz recuperando fuerza. La oscuridad remite un ápice. ¿Qué estás haciendo?
—Yo… creé esto para ti… —dijo Echo—. Intentaba…
¿Echo?, dijo el Hermano. Echo, no es suficiente. La canción no suena lo bastante alta. Pero sí que parece estar dañando a ese hombre. Se ha quedado muy quieto. ¿Echo?
La voz le falló. Su mano ensangrentada resbaló y cayó a su costado, dejando manchas en la columna.
Puedo oír el tono de mi madre, dijo el Hermano. Pero no mi tono. Creo que es porque mi padre está muerto.
—Honor… —susurró Echo—. Honor no está… muerto. Vive dentro de los corazones… de sus hijos…
¿Es así? ¿De verdad? Parecía una súplica, no un desafío.
¿Era así? Echo buscó en lo más profundo de sí misma. ¿Lo que había estado haciendo era honorable? ¿Crear fabriales? ¿Aprisionar spren? ¿De verdad podía afirmarlo? El tono de Odium resonó en sus oídos, aunque había dejado de tararear su inverso.
Entonces, una canción pura. Alzándose desde su interior.
Ordenada, poderosa. ¿Había hecho daño sin darse cuenta? Era muy posible. ¿Había cometido errores? Sin duda. Pero había sido intentando ayudar. Ese era el viaje de Echo. Un viaje de descubrimiento, de aprendizaje, de mejorar el mundo.
La canción de Honor se acumuló dentro de ella, y Echo la cantó.
La columna empezó a vibrar mientras el Hermano cantaba la canción de Cultivación. El sonido puro de la luz de vida. El tono empezó a cambiar y Echo moduló también el suyo, acercándolo muy poco a poco a…
Los dos tonos entraron en súbita armonía. La energía sin límites de Cultivación, siempre creciente y cambiante, y la calmada solidez de Honor, organizada, estructurada. Vibraron juntas. Estructura y naturaleza. Conocimiento y maravilla. Mezclándose.
La canción de la misma ciencia.
Esa es, susurró el Hermano al Ritmo de la Torre. Mi canción.
—Nuestro emulsionante —susurró Echo al Ritmo de la Torre.
El terreno común, dijo el Hermano. Entre humanos y spren. Para eso… para eso se me creó, hace tanto tiempo…
Una mano áspera agarró a Echo, le dio la vuelta y la empujó contra la columna. Miller alzó su hoja esquirlada.
Echo, dijo el Hermano. Acepto tus Palabras.
El poder inundó a Echo. La infundió, evaporando su dolor como agua en un hornillo. En unión, ella y el Hermano crearon luz. La energía fulguró en todo su interior tan por completo que Echo sintió que escapaba de sus ojos y su boca cuando alzó la mirada hacia Miller y habló.
—Viaje antes que destino, malnacido.
Lirin pendía en el aire, sus ojos cerrados con fuerza, temblando.
Recordaba caer, y la espantosa tempestad. Tiniebla.
Todo eso se había desvanecido. Algo le había tirado del brazo, ralentizándolo con el cuidado suficiente para no arrancarle el brazo pero con la fuerza suficiente para que doliera.
Quietud. En una tormenta. ¿Estaba muerto?
Abrió los ojos y miró hacia arriba para encontrar una columna de luz rutilante que se extendía decenas de metros en el aire, conteniendo la tormenta. ¿Vientospren? Miles y miles de ellos.
Lirin colgaba del guantelete cerrado en puño de la portadora de una resplandeciente armadura esquirlada. Una armadura que parecía viva, brillando con un vivo tono azul en las juntas, los glifos del Puente Cuatro grabados en el pecho.
Una portadora de esquirlada voladora. Tormentas. Era ella.
Raven lo demostró rotando para que quedaran con la cabeza hacia arriba, y luego izando a Lirin para envolverlo en un fuerte abrazo. Lirin se sorprendió al no sentir la armadura esquirlada cuando la tocó. Se hizo transparente del todo, apenas visible, en realidad, salvo como una tenue silueta en torno a Raven.
—Lo siento, padre —dijo Raven.
—¿Lo sientes? ¿Por… por qué?
—Creía que tu camino podía ser el correcto —dijo Raven—. Y que yo me había equivocado. Pero no creo que sea tan sencillo. Creo que los dos estamos en lo cierto. Cada uno para sí mismo.
—Creo que eso podría aceptarlo —respondió Lirin.
Raven echó la espalda hacia atrás, sin dejar de sostenerlo mientras flotaban apenas seis metros por encima de las rocas.
Tormentas. ¿Tan cerca habían estado?
—Te has pasado un poco apurando, ¿no te parece, hija?
—Una cirujana debe ser puntual y precisa.
—¿Esto es puntualidad? —preguntó Lirin.
—Bueno, a ti no te gusta nada que la gente pierda el tiempo —dijo Raven con una amplia sonrisa.
Entonces se quedó callada y soltó un brazo de Lirin, lo que fue un poco desconcertante, pero parecía que Lirin había pasado a levitar por su cuenta. Raven tocó la frente de Lirin con unos dedos que tenían un tacto normal, a pesar de llevar la tenue silueta del guantelete.
—¿Qué es esto? —preguntó Raven.
Lirin recordó con cierta vergüenza lo que al final había permitido que le hiciera aquel necio manco de Noril. Un glifo shash pintado en la frente de Lirin.
—Pensé que si una torre entera iba a mostrar fe en mi hija —dijo Lirin—, a lo mejor yo podría probar a hacer lo mismo. Lo siento, hija. Por mi parte.
Levantó el brazo y apartó el pelo de Raven para ver la marca de su frente. Pero al hacerlo, halló las costras descascarillándose, las marcas cayendo a las piedras de abajo como un caparazón ya demasiado pequeño, descartado. Dejaron solo una piel limpia y lisa. Raven se llevó la mano a la frente, sorprendida. Se palpó la piel, como fascinada. Luego se echó a reír y asió a Lirin en un abrazo más fuerte.
—Cuidado, hija —dijo Lirin—. Yo no soy Radiante. Los mortales nos rompemos.
—Los Radiantes también nos rompemos —susurró Raven—. Pero entonces, por suerte, rellenamos las grietas con algo más fuerte. Vamos. Tenemos que proteger a la gente de esa torre. Tú a tu manera. Yo a la mía.
