111. DESENCADENADO

Por tanto, no me disgustan en absoluto los acontecimientos recientes.

Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales

Bellamy regresó de la visión del Padre Tormenta y se encontró volando todavía junto a los Corredores del Viento, con su máscara en la cara y envuelto en varias capas de ropa protectora. Se notó lento y torpe después de ser los vientos hacía escasos instantes. Pero gozó de lo que había oído y sentido. De lo que había dicho.

«Esas Palabras son aceptadas.»

Fuera lo que fuese que estaba ocurriendo en Urithiru, Raven lo afrontaría alzándose erguida. Que el Dios del Más Allá quisiera que fuese suficiente, y que la Corredora del Viento pudiera llegar hasta Echo. De momento, Bellamy debía concentrarse en la tarea que tenía por delante. Urgió a su velocidad a incrementarse, pero por supuesto no sirvió de nada. No tenía ningún control sobre aquel vuelo inferior. En él, Bellamy era poco más que una flecha impulsada a través del aire por un poder ajeno, azotado por los vientos recelosos que no lo querían invadiendo su cielo. Una parte de él reconocía la naturaleza pueril de aquellas quejas. Estaba volando. Recorriendo cien kilómetros en menos de veinte minutos. La forma en que estaba desplazándose era un portento, un logro increíble. Pero durante un breve período de tiempo, había conocido algo mejor.

Por lo menos, aquel vuelo en particular ya casi había terminado.

Eran un salto relativamente rápido desde los campos de batalla de Emul hasta la frontera de Tukar, donde habían localizado el campamento de Nia. El grueso de los ejércitos del dios-sacerdote se había resituado durante la campaña de la coalición, fortificando posiciones por si los cantores o las tropas de Bellamy trataban de internarse en Tukar. De modo que cuando el equipo de Bellamy llegó a la costa, encontraron varios campamentos despoblados, reconocibles por unas grandes cicatrices de hogueras en la piedra. La región estaba esquilmada, los árboles talados para leña, las colinas desprovistas de cualquier cosa comestible. Un ejército podía forrajear y cazar para mantenerse con vida allí en el oeste, donde las plantas crecían con menos problemas. En las Montañas Irreclamadas nunca había sido factible. Wallace hizo que el grupo de cinco Corredores del Viento, Bellamy y Octavia redujera la velocidad hasta quedar flotando. Por debajo de ellos aún estaba el enorme pabellón de Nia, con unos cien soldados formando en círculo delante. Llevaban todos ropas similares: protecciones de cuero de jabalí con petos de coraza pintados de azul oscuro, más próximo al negro que al tono Griffin. No era un verdadero uniforme, pero por lo menos se ceñía a un tema. Teniendo en cuenta su carencia de moldeadores de almas y la predominancia del pastoreo en la región, el equipo de los hombres tenía sentido. Iban armados sobre todo con lanzas, aunque algunos tenían espadas de acero.

—Desde luego nos esperaban —dijo el Corredor del Viento azishiano, afianzando a Bellamy en el aire para que no se lo llevara—. Brillante señor, esto no me gusta nada.

—Somos todos Radiantes —respondió Bellamy—, con gemas de sobra y un Forjador de Vínculos para renovar nuestras esferas. Estamos tan preparados como podría estar cualquiera para lo que vaya a pasar ahí abajo.

El jefe de compañía lanzó una mirada hacia Octavia, a quien en teoría había hecho volar él mismo pero que en realidad había utilizado su propia luz tormentosa. Bellamy había contado el secreto a Wallace, por supuesto. No iba a permitir que un oficial ignorase las capacidades de su equipo.

—Déjame que al menos envíe abajo primero a otra persona —dijo Wallace—. Para hablar y averiguar lo que quieren.

Bellamy respiró hondo y luego asintió. Estaba impaciente, pero no se acababa teniendo buenos oficiales a base de caso omiso de sus sugerencias válidas.

—Sería lo prudente.

Wallace deliberó con sus Corredores del Viento y luego descendió hacia el suelo. Por lo visto, «otra persona» había significado él mismo. Wallace aterrizó y fue recibido por Nia en persona, que salió del pabellón. Bellamy identificó a la Heraldo de inmediato. Existía un vínculo entre ellos. Una Conexión.

Los soldados del amplio círculo no atacaron a Wallace. Después de hablar con Luna aquellos últimos días, Bellamy creía que se hacía una idea bastante aproximada de la vieja Heraldo. Él siempre había imaginado a Nia como una mujer sabia, meticulosa, pensativa. En realidad, la imagen que tenía de ella siempre se había parecido a la de Nohadon, el autor de El camino de los reyes. Luna le había quitado esas ideas de la cabeza. Le había presentado a Nia como una mujer segura de sí misma, ávida.

Enérgica, más comandante de campo que anciana y sabia erudita.

Era quien había descubierto la forma de viajar entre mundos y había llevado a los humanos a Roshar en un principio.

Una palabra que Luna no había empleado nunca era «taimada». Nia era una pensadora audaz, una mujer que se hacía seguir por los demás a partir de ideas en apariencia enloquecidas pero que funcionaban. Sin embargo, no era alguien sutil. O por lo menos, no lo había sido en el pasado. Luna les había advertido que todos ellos habían cambiado con el paso de los milenios, que sus… extravagancias particulares se volvían más y más pronunciadas. No sorprendió a Bellamy que Wallace pudiera hablar con la Heraldo y luego regresar volando intacto. Nia no parecía de las que planeaban emboscadas.

—Señor —dijo Wallace, que ascendió flotando junto a Bellamy—. Yo… no creo que esté cuerda del todo, por mucho que dijera Luna.

—Era de esperar —respondió Bellamy—. ¿Qué te ha dicho?

—Afirma ser el Todopoderoso —le contó Wallace—. Dios, renacido después de su fragmentación. Dice que está esperando a que el campeón de Odium llegue y lo combata para el fin del mundo. Creo que se refiere a ti, señor.

Escalofriantes palabras.

—Pero ¿se presta a hablar?

—Sí, señor —respondió Wallace—. Aunque es mi deber avisarte de que no me gusta nada de esta situación.

—Entendido. Llevadnos abajo.

Wallace dio las órdenes y al poco tiempo descendiendo se posaron todos en el centro del anillo de soldados. Algunos Corredores del Viento invocaron hojas esquirladas. Los demás, quienes aún no habían alcanzado el Tercer Ideal, llevaban lanzas. Rodearon a Bellamy en una formación circular, pero él dio una palmadita a Wallace en el hombro e hizo que se separaran. Caminó hacia Nia, seguido muy de cerca por Octavia a un lado y Wallace al otro. Bellamy no había esperado que la vieja Heraldo pareciera tan fuerte. Estaba acostumbrado a la fragilidad de personas como Gustus, pero la persona que tenía delante era una guerrera. Aunque llevaba túnica de fervorosa, sus antebrazos y su postura indicaban a las claras que estaba acostumbrada a empuñar un arma.

—Campeón de Odium —dijo Nia en una voz fuerte y profunda, hablando en azishiano—. Llevaba mucho tiempo esperando.

—No soy el campeón de Odium —repuso Bellamy—. Deseo ser tu aliado para enfrentarme con él, sin embargo.

—Tus embustes no me engañan. Soy Nia, primera mujer, aspecto del Todopoderoso. Solo yo me preparo para el fin de los mundos. Debería haber prestado atención a tus anteriores mensajes dirigidos a mí, pues ahora veo lo que eres. Lo que debes ser. Solo un siervo de mi enemigo podría haber conquistado Urithiru, mi sede sagrada.

—Nia —dijo Bellamy con suavidad—, sé lo que eres.

—Ya no soy esa mujer —replicó Nia—. Soy Heraldo de Heraldos, portadora única del Juramento. Soy más de lo que fui una vez y seré más todavía. Absorberé tu poder, Odium, y me convertiré en un dios entre dioses, Adonalsium renacido.

Bellamy aventuró un paso adelante, señalando a los demás que no se movieran.

—He hablado con Luna —dijo con calma—. Me pidió que te dijera que Wells ha vuelto. Está herido y ella te suplica su ayuda para restaurarlo.

—Wells… —dijo Nia. Adoptó una expresión remota—. Nuestro pecado. El portador de nuestras agonías…

—Titus está muerto, Nia. Verdaderamente muerto. Tú lo sentiste. Luna lo sintió. Lo capturaron, pero su alma se desvaneció después de eso. El padre de Luna, Nia. Perdió a su padre. Necesita tu consejo. La locura de Wells la aterroriza. Te necesita.

—Me he preparado para tus mentiras, campeón de Odium —respondió Nia—. No había previsto que serían tan… razonables. No obstante, ya has hecho demasiado para demostrar quién eres. Al tomar mi ciudad sagrada. Al invocar tu malvada tormenta. Al enviar a tus esbirros para atormentar a mi pueblo. Has corrompido a los spren hacia tu bando para poder tener falsos Radiantes, pero yo he descubierto tus secretos. —Extendió las manos como para invocar una hoja esquirlada—. El momento del fin se cierne sobre nosotros. Demos inicio a la batalla.

Un arma apareció de la niebla en sus manos. Una hoja esquirlada sinuosa, con unos glifos en toda su longitud que Bellamy no reconoció, aunque la hoja en sí le resultaba vagamente familiar. ¿La había visto antes?

Octavia dio un sonoro siseo.

—Esa hoja —dijo— es la hoja de Honor de Forjador de Vínculos. La espada de mi padre. ¿De dónde la has sacado? ¿Qué le has hecho a mi padre?

Nia avanzó para atacar a Bellamy.

Aunque algunos humanos abandonaron el grupo rebelde de Rlain y volvieron a sus casas confiando en que nadie los hubieran reconocido, la mayoría se quedó. Y en realidad, su número fue incrementándose cuando muchos de los insurgentes fueron a recoger a sus familias. Porque Rlain tuvo que permitirles ir a buscarlas. ¿Qué iban a hacer si no? ¿Dejarlas a merced del Perseguidor, conocido por atacar a los seres queridos de las personas que cazaba?

Todo eso se les comía el tiempo. También los retrasó la necesidad de cargar con los heridos además de con los Radiantes en coma. Rlain hizo lo que pudo para mantener al grupo principal en movimiento y los llevó a través del Apartado, evitando el pasillo central, donde estarían demasiado expuestos a ataques de los Celestiales desde arriba. Sin embargo, se descubrió armonizando a Desespero. Estaban vigilándolos: aquel cremlino que albergaba un vacíospren los seguía recorriendo la pared. El grupo de Rlain aún no había cruzado ni medio mercado, todavía a buena distancia de la parte delantera de la torre, cuando unos crujidos resquebrajaron el aire e hicieron huir a los mirones embobados. Ataques con relámpago de los formas tormenta, que se utilizaban como orden de vaciar las calles. Rlain llevó a su macilento grupo contra la pared de la enorme caverna y situó a sus soldados al frente y a los Celestiales volando sobre ellos. Empezaron a emerger Profundos del suelo delante de ellos mientras se acercaban docenas de regios en forma tormenta.

—Tenías razón, oyente —dijo Leshwi, descendiendo a su lado—. No podría habernos sacado de esta hablando. Él sabe lo que hemos hecho. Los que vienen están canturreando al Ritmo de las Ejecuciones.

—A lo mejor tendríamos que haber ido hacia la sala de la columna de cristal —lamentó Rlain—, para escapar por los túneles inferiores como sugería Venli.

—No —dijo Leshwi—. Esos túneles están bloqueados. Nuestra mejor esperanza era huir por la entrada frontal de la torre y tal vez cruzar las montañas. Por desgracia, a juzgar por esos ritmos, a estos que se acercan no los envía Rabeniel. Odium quiere hacérmelo saber. Se me torturará como a los Heraldos cuando regrese a Braize. —Hizo el saludo militar a Rlain—. Así que antes, lucharemos.

Rlain asintió y preparó su lanza.

—Lucharemos —dijo, y se volvió hacia Venli, que había llegado a su lado—. ¿Hay más spren como la que te vinculó a ti? ¿Alguno querría a otro cantor dispuesto, a alguien como yo?

—Sí —respondió Venli a Duelo—, pero hice que se marcharan. Los Fusionados los habrían visto, les habrían dado caza. —Calló un momento y su ritmo cambió a Confusión—. Y Timbre dice… ¿que tú ya estás elegido?

—¿Cómo? —dijo él—. ¿Por aquel honorspren que dijo que me aceptaría? Lo rechacé. Yo…

La enorme cámara se oscureció.

Entonces empezó a resplandecer a medida que crecían cristales hacia fuera desde debajo de sus pies como… como ventanas de cristal tintado recubriendo el suelo. Mostraron a una figura alzándose en brillante armadura esquirlada azul y una torre iluminándose.

Sigue luchando, dijo una voz en su cabeza. La salvación será, Rlain, oyente. Pontonero de Mentes. Me envía a ti mi madre, a petición de Aden, Hijo de Espinas. Te he observado y he constatado tu valía. Pronuncia las Palabras y no desesperes.

Wallace bloqueó el ataque de Nia usando su hoja esquirlada. Los demás Corredores del Viento saltaron a proteger a Bellamy. Octavia, en cambio, se apartó trastabillando. Era evidente que ver aquella hoja de Honor la había angustiado. Los soldados tukari que miraban empezaron a encoger su círculo, pero Nia les ordenó que retrocedieran. Se apartó de Wallace con movimientos gráciles, gritando a Bellamy:

—¡Enfréntate a mí, campeón! ¡Enfréntate a mí tú solo!

—No traigo armas, Nia —dijo Bellamy—. El momento del duelo de campeones todavía no ha llegado.

Nia luchó con enorme destreza cuando los otros Corredores del Viento intentaron atacarla en grupo. Era un borrón de movimiento con una hoja esquirlada destellante, parando, esquivando, mimbreando su hoja: haciéndola desaparecer un instante para superar un arma que intentara bloquearla. Los Corredores del Viento habían empezado hacía poco a practicar esa técnica del mimbreo, pero Nia realizaba la compleja maniobra con la elegancia de una prolongada familiaridad.

«Es una duelista —pensó Bellamy—. Tormentas, y de las buenos.»

¿Qué esperabas?, retumbó el Padre Tormenta en su mente. Pasó milenios enteros defendiendo a la humanidad. No todos los Heraldos practicaban el arte de la guerra cuando empezaron, pero todos eran guerreros hacia el final. Existir durante tres mil años en un estado de guerra casi constante cambia a las personas. Entre los Heraldos, Nia tenía una habilidad intermedia.

Nia estaba enfrentándose a los cinco Corredores del Viento a la vez y parecía resultarle fácil. Bloqueó el ataque de uno, y luego de otra, esquivó cuando un tercero intentó darle una estocada desde arriba y barrió a su alrededor con su hoja, rebanando las puntas de dos lanzas no esquirladas. La hoja esquirlada de Wallace se transformó en una larga espada de duelos pensada para las estocadas. Atacó cuando Nia le dio la espalda, pero el Heraldo se torció con un gesto casual, tocó la hoja con un dedo por la cara roma y la guio fuera de su costado. Wallace dio un traspié al pasarse de pegada e Nia levantó esa misma mano y la estampó abierta contra su pecho, enviándolo despatarrado hacia atrás contra las piedras. Entonces la Heraldo se volvió y alzó su hoja esquirlada con una mano para desviar un ataque de Lyn. Jackson se abalanzó contra ella intentando flanquearla, pero parecía patoso en comparación con la vieja Heraldo. Por suerte para los cinco Corredores del Viento, Nia solo estaba defendiéndose. Por mucho que lo intentaran, ninguno lograba acertar un golpe. Era como si… como si intentaran atacar hacia donde Nia había estado, mientras ella era capaz de moverse anticipando dónde iban a estar ellos.

¿Dices que tenía una destreza intermedia entre ellos?, preguntó Bellamy. Entonces, ¿quién era el mejor?

Wells.

¿El que está en mi campamento?, pensó Bellamy. ¿Incapaz de nada que no sea farfullar?

Sí, dijo el Padre Tormenta. No había la menor disputa al respecto. Pero ten cuidado: la habilidad de Nia como duelista es el peligro menor. Ha recuperado su hoja de Honor. Es un Forjador de Vínculos desencadenada.

De pronto Nia embistió, entrando en un ataque de Wallace. La anciana pasó agachada bajo la hoja esquirlada, se irguió y rozó a Wallace en el pecho. Cuando la mano de Nia se retiró, arrastró tras de sí una línea de luz tormentosa. Bajó esa mano al suelo y, cuando lo tocó, Wallace perdió el equilibrio y dio un respingo mientras su brillo empezaba a remitir. Parecía que Nia había sujetado a Wallace a las piedras con una especie de cuerda reluciente que drenaba su luz tormentosa y la dispersaba en el suelo. A continuación Nia hizo lo mismo con los otros cuatro, casi demasiado rápido para que Bellamy pudiera seguir sus movimientos. Uno tras otro, sujetados a la piedra. No atados, no paralizados, pero sí perdiendo su luz tormentosa, y todos ellos trastabillaron, ralentizados, como si les estuvieran drenando la vida junto con la luz. Bellamy miró hacia Octavia, pero la shin había caído de rodillas con los ojos muy abiertos. Tormentas. Bellamy debería haber sabido que no podía depender de la asesina como guardaespaldas. Echo le había advertido que Octavia era casi tan inestable como los Heraldos. Bellamy no quería ver lo que ocurriría cuando sus tropas se quedaran sin luz tormentosa. Se preparó y proyectó las manos entre reinos antes de golpearlas entre ellas como puños cerrados, haciendo entrechocar los nudillos. Al hacerlo unió los tres reinos, abriendo un fogonazo de poder que se llevó por delante todo el color e infundió a los Radiantes con luz tormentosa. Dentro de aquel pozo de luz Bellamy estaba casi cegado. Las figuras eran meras líneas, con toda sombra desterrada. Nia, en cambio, se distinguía con claridad. Pálida, de ojos anchos, con ropa blanqueada que ondulaba. Dejó caer su hoja esquirlada, que se deshizo en neblina. Cautivada, dio un paso hacia Bellamy.

—¿Cómo? —preguntó el Heraldo. Las palabras sonaron definidas, una incongruencia entre el inarticulado fragor de poder que los rodeaba—. Tú… tú abres el camino de Honor…

—He vinculado al Padre Tormenta —dijo Bellamy—. Te necesito, Nia. No necesito a la leyenda, a la Heraldo de los Misterios. Necesito a la mujer que Luna dice que fuiste una vez. Una mujer dispuesta a arriesgar su vida, su obra y su misma alma para salvar a la humanidad.

Nia se aproximó más. Mantener el portal abierto era difícil, pero Bellamy no separó las manos. Por el momento, solo Nia y él existían allí, en aquel lugar pintado de blanco. Nia se detuvo a dos pasos de distancia de Bellamy. Sí, ver a otro Forjador de Vínculos la había perturbado.

«Puedo llegar a ella», pensó Bellamy.

—Necesito una maestra —dijo—. No conozco mis verdaderas capacidades. Odium controla Urithiru, pero creo que con tu ayuda podríamos restaurar a los Radiantes que hay allí. Por favor.

—Ya veo —respondió Nia en voz baja. Miró a Bellamy a los ojos—. Así que el enemigo ha corrompido también al Padre Tormenta. Había deseado…

Sacudió la cabeza y entonces extendió el brazo y apretó la mano contra el pecho de Bellamy. Con el esfuerzo de mantener abierta la perpendicularidad, Bellamy no pudo apartarse a tiempo. Trató de renunciar a la perpendicularidad, pero cuando separó las manos vio que se mantenía abierta, que el poder seguía rugiendo a través. Nia llevó la mano a su propio pecho, creando una línea de luz entre ella y Bellamy.

—Tomaré este vínculo con el Padre Tormenta. Lo ostentaré yo mismo. Siento… algo extraño en ti. Una Conexión con Odium. Él te ve como… aquel que luchará contra él. No puede ser verdad. Tomaré también esa Conexión.

Bellamy ahogó un grito y cayó de rodillas cuando le arrancaron algo. Tuvo la sensación de que estaban arrebatándole su misma alma. El Padre Tormenta chilló, un sonido aterrador, agónico, como de relámpago al combarse y romperse.

«No —pensó Bellamy—. No. Por favor…»

Apareció una sombra en el campo de blancura. Una silueta, la silueta de una espada negra. Esa única línea de oscuridad trazó un arco a través de la línea que conectaba a Bellamy con Nia. El cordón blanco explotó y se deshilachó, dejando atrás zarcillos de oscuridad. Nia salió despedida y dio contra la piedra. La perpendicularidad se mantuvo abierta, pero su luz menguó para revelar a Octavia alzándose entre Bellamy e Nia, enarbolando su extraña hoja esquirlada negra. Su ilusión se derritió y cayó como pintura bajo la lluvia, descomponiéndose en luz tormentosa que fue absorbida y consumida por la espada.

—¿De dónde has sacado esa hoja que empuñas? —preguntó Octavia a Nia en voz baja.

La Heraldo pareció no oírla. Tenía la mirada en la espada de Octavia, de la que goteaba un humo negro y líquido. Alrededor del arma, la luz blanca de la perpendicularidad se distorsionaba y se consumía, como cayendo por un desagüe. Octavia giró y clavó la espada en el corazón de la perpendicularidad. El Padre Tormenta gritó furioso cuando la perpendicularidad se vino abajo, replegándose sobre sí misma. De repente, el mundo estaba otra vez lleno de color. Los cinco Corredores del Viento yacían en el suelo, pero empezaban a moverse. Nia se levantó a toda prisa ante Octavia, que tenía un brazo envuelto en negros zarcillos, empuñando la espada que goteaba pesadillas y sangraba destrucción.

—¡Respóndeme! —bramó Octavia—. ¿Mataste al hombre que poseía esa hoja antes que tú?

—Por supuesto que no, necia —dijo Nia, invocando su hoja esquirlada—. Los shin sirven a los Heraldos. Guardaban mi espada para entregármela. Me la devolvieron cuando me revelé a ellos.

Bellamy se secó la frente y se puso en pie. Se sentía entumecido, pero al mismo tiempo… cálido. Aliviado. Lo que fuese que la Heraldo había empezado a hacer, no lo había podido completar.

¿Estás bien?, preguntó al Padre Tormenta.

Sí. Ha intentado robar nuestro vínculo. No debería ser posible, pero Honor ya no vive para hacer cumplir sus leyes.

La perpendicularidad. ¿Octavia la ha… destruido?

No digas bobadas, respondió el Padre Tormenta. Ninguna creación de manos mortales podría destruir el poder de una Esquirla de Adonalsium. Solo la ha derrumbado. Podrías invocarla de nuevo.

Bellamy no estaba convencido de que el arma que empuñaba Octavia fuese una simple «creación de manos mortales». Pero no dijo nada y se obligó a comprobar cómo estaban los Corredores del Viento, cuyas Conexiones al suelo se habían desvanecido. Jackson había sido el primero en levantarse y estaba ayudando a Wallace, sentado en el suelo con una mano en la cabeza.

—Creo que tus reparos sobre esta reunión estaban bien fundados —dijo Bellamy, arrodillándose junto al azishiano—. ¿Podéis llevarnos al aire?

—Condenación —susurró Wallace—. Estoy como si me hubiera pasado toda la noche bebiendo blanco comecuernos. —Se encendió de luz tormentosa, absorbida de la bolsa que llevaba en el cinturón—. Tormentas. La luz no se lleva el dolor.

—No —dijo Lyn. Los otros tres Corredores del Viento estaban incorporándose—. La cabeza me aporrea como un tambor parshendi, señor, pero deberíamos poder enlazar.

Bellamy echó una mirada hacia Octavia, que brillaba de luz tormentosa, aunque su arma estaba absorbiéndola a un ritmo feroz.

—¡Mi pueblo no iba a devolveros vuestras armas! —gritó Octavia—. ¡Guardamos vuestros secretos, pero mientes si dices que mi padre te entregó esa hoja!

—Tu padre apenas era ya un hombre cuando lo encontré —dijo Nia—. Los shin habían aceptado a los Deshechos. Habían intentado hacer dioses de ellos. Yo los salvé. Y tu padre sí que me entregó esta hoja. Me agradeció que lo dejara morir.

Octavia chilló y cargó contra Nia, que alzó su hoja esquirlada para bloquear el ataque como si nada, igual que había hecho con los Corredores del Viento. Pero el impacto de las dos hojas provocó un estallido de poder y la onda de choque envió a las dos mujeres por los aires hacia atrás. Nia golpeó con fuerza contra el suelo y soltó su hoja esquirlada, y Bellamy estaba en posición para ver la hoja de Honor en toda su longitud mientras caía, rebotaba y terminaba reposando medio clavada en el suelo. Había una muesca en su acero ultraterrenal donde había topado contra la espada negra. En toda su vida, Bellamy nunca había visto una hoja esquirlada dañada de esa manera, no digamos ya una de las hojas de Honor. Nia levantó la mirada hacia Octavia, perpleja, y entonces asió su hoja esquirlada y gritó una orden. Sus soldados, que habían observado todo aquello en silencio, rompieron su círculo y entraron en formación. Wallace puso la mano en el hombro de Bellamy, infundiéndolo, preparándose para enlazarlo.

—Espera —dijo Bellamy mientras Nia se levantaba y hacía entrechocar sus puños.

Se abrió una perpendicularidad, como lo había hecho antes, liberando una poderosa explosión de luz.

Imposible…, dijo el Padre Tormenta en la mente de Bellamy. No he sentido que ocurriera. ¿Cómo es capaz de hacer esto?

Tú eres quien me advirtió que era peligrosa, pensó Bellamy.

¿Quién sabe de qué es capaz?

Más allá en el campo de piedra, Octavia envainó su espada justo antes de que empezara a devorar su alma. Bellamy envió a Jackson hacia ella con un gesto.

—Agárrala. Llévala al aire. Nos vamos. Wallace, enlázame.

—Sí, señor.

—Bellamy. Bellamy Griffin.

Esa… era la voz de Nia.

—Ahora veo claro —dijo la voz desde dentro de la perpendicularidad—. No sé por qué. ¿Se ha tomado juramento a un Forjador de Vínculos? Todos nosotros tenemos una Conexión… En todo caso, noto que la cordura se me escapa. Mi mente está quebrada y no sé si puede sanar.

»Quizá puedas restaurarme durante un tiempo breve después de que se pronuncie un Ideal cerca de mí. Todo el mundo ve con un poco más de claridad cuando un Radiante toca el Reino Espiritual. Por ahora, escúchame bien. Tengo la respuesta, una forma de resolver los problemas que nos asedian. Acude a mí en Shinovar. Puedo renovar el Juramento, aunque debo estar cuerda para hacerlo. Debo… tener ayuda… para…

La voz se trabó, como distorsionándose.

—… ¡para derrotarte, campeón de Odium! ¡Volveremos a enfrentarnos, y ahora estoy preparada para tus argucias! ¡No me derrotarás en nuestro próximo encuentro, aunque blandas una hoja de Honor corrompida que sangra humo negro! ¡Yo soy TODOPODEROSO!

Bellamy se alzó por los aires con una sacudida cuando el enlace entró en efecto. Los Corredores del Viento ascendieron a toda prisa tras él, incluyendo a Jackson, que había agarrado a Octavia. Mientras se alejaban de la columna de luz, Bellamy vio que los soldados de Nia entraban en la perpendicularidad. Al poco tiempo se desvaneció. La Heraldo, sus hombres y la hoja de Honor habían desaparecido. Transportados a Shadesmar.

Echo y el Hermano podían crear luz.

Una luz que hizo retroceder al monstruo Miller por el pasillo, levantando un brazo para protegerse los ojos. Una luz que llevó la vida a los fabriales, una luz que cantaba con los tonos de Honor y Cultivación conjuntados.

Pero su spren… El Hermano estaba muy débil.

Echo asió la columna y vertió en ella su poder, pero había demasiado caos enfangando el sistema, como crem en una cisterna de agua pura. La luz del vacío que había inyectado Rabeniel. Echo no podía destruirla, pero quizá sí pudiera expulsarla de algún modo. Había pasado a ver la torre como una entidad, con líneas de granate a modo de venas y arterias. Y ella habitaba esa entidad. Se convirtió en su cuerpo. Echo vio miles de puertas cerradas que los exploradores habían pasado por alto al cartografiar la torre. Vio ingeniosos mecanismos para controlar la presión, el calor…

No, concentración.

Creo que tenemos que expulsar la luz del vacío, dijo Echo al Hermano.

Eh…, dijo el Hermano. ¿Cómo?

Sé cantar el tono adecuado, dijo Echo. Saturaremos el organismo con luz de torre, pararemos y haremos vibrar estos sistemas de aquí, aquí y aquí con el tono de la antiluz del vacío.

Supongo que sí, respondió el Hermano. Pero ¿cómo podemos crear la vibración?

Hay una placa en la mesa de Rabeniel. Mis eruditos la harán sonar. Necesitaré un modelo para cantar el tono, pero teniéndolo debería poder transferir la vibración a través del sistema. En teoría, eso forzará a salir la corrupción enemiga por esas gemas rotas en el mecanismo de bombeo. ¿Qué te parece?

Eh… ¿sí?, dijo el Hermano en voz baja. Creo que… sí, podría funcionar.

Una vez hecho eso, tendremos que volver a poner en marcha las protecciones de la torre, prosiguió Echo. Estos son fabriales complejos… creados a partir de la esencia de spren. ¿De tu esencia?

Sí, respondió el Hermano, y su voz ganó fuerza. Pero son complicados, y costó muchos años de…

Fabrial de presión aquí, dijo Echo, inspeccionándolo con su mente. Ah, ya veo. Una red de atractores para hacer entrar el aire y crear una burbuja de presión. Bastante ingenioso.

¡Sí!

Y los fabriales calentadores… ahora no son importantes… pero les hiciste armazones de metales… Te manifestaste físicamente como metal y cristal, igual que las hojas esquirladas se manifiestan a partir de spren más pequeños.

¡SÍ!

Mientras empezaba a trabajar, Echo reparó en una rareza.

¿Qué era eso que se movía por la torre? ¿La alta mariscal Raven?

Volaba deprisa, con sus poderes restaurados, envuelto en spren como armadura. Había alcanzado su Cuarto Ideal.

Y estaba yendo en la dirección equivocada.

Echo comprendía su error. Raven había decidido que la mejor manera de proteger la torre era ir allí, a la columna, y rescatar a Echo. Pero no, la Corredora del Viento era necesaria en otro lugar. Llamó su atención haciendo destellar luces en la pared.

¿Hermano?, dijo la voz de Raven al poco tiempo a través del sistema cuando tocó la veta de cristal.

Sí y no, alta mariscal, respondió Echo. La columna está en nuestro poder. Ve al mercado del Apartado. Di a los enemigos que encontrarás allí que más les vale retirarse deprisa.

Raven obedeció de inmediato, cambiando la dirección de su vuelo.

Echo, llena de una increíble consciencia, se puso a trabajar.

Bellamy convenció a los Corredores del Viento de que esperaran en el cielo por encima del campamento de Nia en vez de regresar de inmediato al campamento de guerra emuli. Estaba preocupado por ellos, sin embargo. Los Radiantes desfallecían como soldados después de todo un día a marchas forzadas. Lo normal habría sido que la luz tormentosa los animara, pero se quejaban de dolores de cabeza que sus poderes no podían sanar.

Los efectos no deberían ser permanentes, dijo el Padre Tormenta. Pero no puedo garantizarlo. Nia los ha Conectado al suelo. En esencia, sus poderes veían las piedras como parte de sus cuerpos, así que intentaban llenar el suelo de luz tormentosa igual que llenan sus venas.

Casi no encuentro ningún sentido a lo que has dicho, respondió Bellamy, levitando en el cielo muy por encima del campamento de Nia. ¿Cómo es posible hacer tales cosas?

Los poderes de un Forjador de Vínculos son los poderes de la creación, dijo el Padre Tormenta. Poderes de dioses, entre ellos la capacidad de establecer vínculos entre almas. Hasta ahora, Honor siempre había estado aquí para vigilar su poder, para limitarlo. Parece que Nia sabe cómo sacar todo el partido a su nueva libertad. El Padre Tormenta se detuvo y luego retumbó con más suavidad. Nunca me gustó. Aunque yo no era más que un viento entonces, y no consciente del todo, la recuerdo. Nia ya era ambiciosa incluso antes de que la locura la embargara. No se le puede asignar toda la culpa de destruir Ashyn, el primer hogar de la humanidad, pero sí que fue de los primeros a los que Odium engaño para experimentar con las Potencias.

A ti no te gusta mucho nadie, señaló Bellamy.

No es cierto. Hubo un humano que me hizo reír, hace mucho tiempo. A él le tenía cierto aprecio.

Parecía un infrecuente intento de ligereza. ¿Se atrevería Bellamy a esperar que fuese un progreso en el antiguo spren?

Por debajo, el gran pabellón de Nia esperaba, batiendo al viento leve. Bellamy no había visto ninguna señal de sirvientes o soldados asomando entre sus lonas.

—¿Señor? —dijo Wallace, que se acercaba flotando a Bellamy—. Mis tropas necesitan descansar.

—Unos minutos más —pidió Bellamy, entornando los ojos.

—¿Qué estamos esperando, señor?

—A ver si Nia vuelve. Ha huido a Shadesmar. Podría volver en cualquier momento. Si lo hace, nos iremos a toda prisa. Pero si no… —Nia no había esperado tener que huir. Octavia y aquella extraña hoja esquirlada la habían espantado—. Esto podría ser una oportunidad casi única, jefe de compañía. Nia era una erudita entre los Heraldos. Podría haber escrito notas que me den pistas sobre aplicaciones de los poderes de un Forjador de Vínculos.

—Entendido, señor —dijo Wallace.

Bellamy echó una mirada a Octavia, que flotaba a solas apartado de los demás, enlazada al cielo por su propio poder. Bellamy la señaló con el mentón y Wallace, captando su intención, aplicó a Bellamy un breve enlace que la llevó junto a la asesina.

Octavia estaba murmurando para sus adentros.

—¿Cómo lo sabía? ¿Cómo podía saberlo la vieja idiota?

—¿Saber qué? —preguntó Bellamy al flotar cerca de Octavia—. ¿Nia? ¿Te preguntas cómo sabía acerca de tu pueblo?

Octavia parpadeó y enfocó la mirada en Bellamy. Era raro verla con su verdadero aspecto, con aquella piel demasiado pálida y sus ojos anchos. Bellamy se había acostumbrado a sus ilusiones de mujer alezi.

—Debo empezar a prepararme —dijo Octavia—. Mi próximo Ideal es mi misión, mi peregrinaje. Debo regresar con mi pueblo, Espina Negra. Debo enfrentarme a ellos.

—Como desees —respondió Bellamy. No estaba seguro de querer liberar a aquella mujer sobre nadie, y mucho menos sobre el único reino neutral digno de mención en el conflicto. Pero Anya le había indicado que ocurriría y, además, dudaba que pudiera impedir a Octavia hacer algo que de verdad quisiera—. Tu pueblo. ¿Tienen todas las hojas de Honor?

—Todas menos tres —dijo Octavia—. La hoja de los Corredores del Viento fue mía durante años. La hoja de los Rompedores del Cielo la reclamó Nale hace mucho tiempo. Y por supuesto, la hoja de los Custodios de la Piedra nunca fue nuestra para protegerla. Así que había siete, pero si Nia tiene su hoja…

No necesitáis esas otras espadas, dijo una voz animada en la mente de Bellamy. Yo ya valgo por diez espadas. ¿Habéis visto lo genial que he estado?

—Lo he visto —dijo Bellamy a la espada—. Has… hecho una muesca a una hoja esquirlada. A una hoja de Honor.

¿Ah, sí? Caramba. Soy una espada estupenda. Hemos destruido mucha maldad, ¿no?

—Prometiste no hablar a las mentes de otros, espada-nimi —dijo Octavia en voz baja—. ¿No te acuerdas?

Me acuerdo. Es que lo había olvidado.

—Enviaré un equipo contigo a Shinovar —dijo Bellamy—. Nada más regresemos a nuestro campamento.

—No —respondió Octavia—. No. Debo ir sola, pero aún no. Tengo que prepararme. Tengo… algo importante que hacer. Ella lo sabía. No debería haberlo sabido…

Tormentas. Bellamy no estaba seguro de quién de los dos era más demente, Octavia o la espada. La combinación resultaba de lo más inquietante.

Sin ellos estarías muerto, dijo el Padre Tormenta, y yo vinculado contra mi voluntad. Esta shin es peligrosa, pero temo más a Nia.

—Wallace —llamó Bellamy—. No creo que vaya a volver pronto. Bájanos. Vamos a ver si ha dejado algo de valor en esa tienda.

Adin levantó la lanza que había encontrado en el atrio. La gente gritaba, rodeada de miedospren, mientras el grupo de asediados humanos y cantores formaba un círculo alrededor de sus heridos. Empujaron a los ancianos y los niños hacia el centro, pero Adin no fue con ellos. El spren que lo observaba vería que no era de los que se escondían. Hasta las mujeres habían recogido armas, incluida la esposa del cirujano, que había dejado su hijo a una joven del centro para que lo cuidara. La guerra era un arte masculino, pero cuando empezabas a atacar a mujeres ya no estabas haciendo la guerra.

Merecías todo lo que te pasara después de eso.

El padre de Adin estaba entre los heridos. Vivo, benditos fuesen los Heraldos, pero sangrando mucho. Había luchado por los Radiantes, cuando Adin… cuando Adin se había escondido en el pasillo.

Tormentas, Adin no sería un cobarde otra vez. No… no lo era.

Adin se alineó junto a un imponente parshmenio con una increíble armadura de caparazón y trató de situarse con la lanza hacia fuera, imitando la postura del parshmenio. Los cantores en forma tormenta marchaban hacia ellos, cantando una canción terrible. Adin se sorprendió temblando, con las manos resbaladizas en su lanza.

Oh, tormentas.

En ese momento no quiso ganarse un spren. No quiso luchar.

Quiso estar en casa haciendo platos, escuchando a su padre tararear. No quería estar allí, sabiendo que todos iban a… iban a…

Una mano cogió a Adin por el hombro y lo movió hacia atrás. No atrás del todo, pero lo suficiente para que quien lo había desplazado se pusiera delante de él. Era aquel hombre del puente tan callado, Macallan. Adin no protestó, no después de ver a aquellos forma tormenta. Estaba bien tener a alguien delante de él, aunque la lanza del hombre del puente temblaba. Estaría haciendo ver que tenía miedo para engañar al enemigo, ¿verdad?

Los formas tormenta no liberaron relámpagos, lo cual era bueno.

Los demás ya habían pensado que quizá no lo harían, por aquello de estar en el mercado. Sus poderes eran demasiado incontrolables. De todas formas, parecía haber… centenares de ellos. Llegó una llamada desde detrás de sus filas y se lanzaron a la carga, crepitando de relámpago rojo que destellaba cuando tocaban algo. A los pocos segundos, todo era un caos. Adin chilló, cerró los párpados con fuerza, sosteniendo su lanza y temblando.

No, tenía que pelear. Tenía que…

Algo impactó contra él desde atrás, derribándolo hacia delante. El golpe lo aturdió y perdió la lanza. Cuando rodó cara arriba, había un Portador del Vacío con los ojos rojos sobre él. La criatura, sin poner mucho interés, descargó su lanza hacia abajo.

Adin ni siquiera tuvo tiempo de chillar antes de que…

Clinc.

¿Clinc?

El forma tormenta ladeó la cabeza, canturreando una canción extraña. Volvió a bajar su lanza contra el pecho de Adin, pero de nuevo el arma no llegó a impactar. Adin miró su propio cuerpo, tendido en el suelo. Su torso estaba rodeado por centelleante armadura azul. Levantó las manos y las vio cubiertas por guanteletes.

Llevaba armadura esquirlada.

Llevaba ARMADURA ESQUIRLADA.

—¡Ja! —gritó, y dio una patada al cantor en forma tormenta.

La criatura salió volando por los aires, recorrió cinco metros y se estampó contra una pared. Adin apenas había sentido ninguna resistencia. Era como siempre lo había imaginado. Era…

La armadura esquirlada se separó de él y se convirtió en un grupo de vientospren, que volaron raudos hacia Macallan, que estaba a punto de recibir un hachazo en la cabeza.

Clinc.

Ambos combatientes, el humano recién envuelto en armadura esquirlada y el enemigo que lo había atacado, se quedaron muy quietos, patidifusos. El enemigo retrocedió y la armadura esquirlada salió volando de nuevo, en esa ocasión para envolver a la líder de los Celestiales. La Fusionada había estado combatiendo a un forma tormenta, que liberó un fogonazo de relámpago que la envolvió. Cuando Adin pudo ver de nuevo, la Celestial estaba flotando en armadura esquirlada, mirándose las manos con evidente asombro.

Confundidos, los formas tormenta empezaron a dar voces, se retiraron y volvieron a entrar en formación.

La armadura se desmontó de sopetón dando paso de nuevo a aquellos extraños vientospren, que volaron por el aire hacia arriba hasta cerrarse en torno a una figura que flotaba por encima de los edificios. La armadura había adoptado las dimensiones de todo el mundo, pero a él le encajaba. Una brillante Caballera Radiante en resplandeciente armadura, sosteniendo en alto una intrincada lanza esquirlada. Se dejó el yelmo sin poner para que todos pudieran verla. Raven Bendita por la Tormenta, refulgente como el sol.

—¡Traigo un mensaje del Hermano! —gritó—. No recuerda haberos invitado a entrar. Y teniendo en cuenta que no solo posee esta casa, sino que literalmente es esta casa, vuestros actos son bastante insultantes.

De pronto unas potentes luces empezaron a correr pared arriba por todas partes, haciendo que el mismo núcleo de las piedras resplandeciera como si estuvieran fundidas por dentro. En el techo cobraron vida unas luces similares. El suelo tembló, como si la montaña entera estuviese sacudiéndose. Resonaron tañidos en los pasillos, como máquinas lejanas, y el viento empezó a soplar en la gigantesca cámara, que se había iluminado como en pleno día. Y lo más asombroso de todo fue que el relámpago de los cantores en forma tormenta se apagó. Unos Profundos que habían estado emergiendo en parte del suelo para agarrar los pies a los soldados empezaron a chillar y quedarse flácidos, atrapados en la piedra. Los Celestiales que habían estado ayudando al enemigo cayeron al suelo de repente y luego se derrumbaron, inconscientes. Llegaron gemidos desde atrás. Los Radiantes que estaban tendidos en el centro del círculo empezaron a moverse. ¡Estaban despiertos!

—Podéis entregar vuestras armas —dijo Bendita por la Tormenta a los enemigos—. Y volver con los vuestros ilesos, siempre que me prometáis una cosa. —Sonrió—. Decidle a él que voy a disfrutar mucho cuando me cuenten la cara que puso al enterarse de lo que ha ocurrido hoy aquí.

Bellamy captó un hedor extraño y desagradable al entrar en el pabellón de Nia. Era un olor penetrante, químico, y Bellamy notó que le ardían un poco los ojos. Parpadeó en la penumbra y encontró una estancia grande llena de mesas de losa y sábanas cubriendo lo que tenían encima. ¿Cadáveres? Los Corredores del Viento habían entrado antes que él, claro, pero estaban ocupados inspeccionando los recovecos de la tienda por si les habían tendido una emboscada.

Bellamy fue a una de las losas y quitó la sábana de un tirón.

Encontró un simple cuerpo debajo, que tenía una incisión en el abdomen practicada con pulcra precisión quirúrgica. Varón, con la ropa cortada dispuesta junto al cuerpo. Piel muy pálida y pelo muy blanco, tanto que en la muerte parecían ambos casi del mismo color.

La piel tenía un leve matiz azulado; sería un natano.

Así que Nia era una carnicera y una cirujana loca además de una teócrata demente. Por algún motivo, eso alivió a Bellamy. Era repugnante, pero al menos también una clase ordinaria de maldad. Había esperado algo peor.

—¿Señor? —llamó Mela la Corredora del Viento desde el otro lado del pabellón—. Deberías ver esto.

Bellamy fue hacia Mela, que estaba junto a otra losa. Octavia se había quedado en la entrada del pabellón, sentada en el suelo, con su espada enfundada sobre el regazo. No parecía importarle la investigación. En la losa, delante de Mela, había otro cadáver revelado en parte por una sábana a medio retirar, aunque ese era mucho más extraño. El cuerpo alargado tenía un caparazón negro que lo recubría casi en su totalidad, desde el cuello hasta los pies. Habían quebrado ese caparazón para poder abrir el pecho del cuerpo. Bellamy no acababa de comprender esa cobertura. Parecía ropa, más o menos, pero era dura como el caparazón de los cantores, y por lo visto estaba pegado a la piel. La cabeza era una masa pastosa de carne negra, blanda como intestinos, sin ojos ni rasgos visibles.

—Pero ¿qué es…? —dijo Bellamy—. Las manos parecen humanas, aunque sean demasiado largas, pero el resto del cuerpo…

—No tengo ni idea —respondió Mela. Apartó la mirada y se estremeció—. No es humano, señor. No sé lo que es.

Al fondo de la mente de Bellamy, el Padre Tormenta atronó.

Esto…, dijo el spren. Esto no es posible.

¿El qué?, preguntó Bellamy.

Eso es un críptico, dijo el Padre Tormenta. El spren de los Tejedores de Luz. Solo que no tienen cuerpo en este reino. No pueden tenerlo.

—Señor —llamó Lyn desde una losa cercana.

El cadáver que había destapado ella era una acumulación de enredaderas con forma vaga de persona.

Cultivacispren…, dijo el Padre Tormenta. Vuelve a ese primer cuerpo que has visto. Ya.

Bellamy no objetó y regresó hacia la parte delantera del pabellón. Lo que al principio había desestimado como un cuerpo normal y corriente en esos momentos le pareció cualquier cosa menos eso. El pelo blanquiazul, la ropa que, fijándose bien, era del mismo color del cuerpo. El trueno del Padre Tormenta se volvió distante.

Lo conocía, dijo el Padre Tormenta. No me he dado cuenta al principio. No quería verlo. Este es Vespan. Honorspren.

—Entonces no son… algún tipo de intento de convertir a hombres en imitaciones de spren —dijo Bellamy—. ¿Son verdaderos cadáveres de spren?

Los spren no tienen cadáveres, dijo el Padre Tormenta. Los spren no mueren como los humanos. Son un poder que no puede destruirse. Son… Esto es IMPOSIBLE.

Bellamy buscó por la cámara, donde las sábanas que se retiraban iban revelando distintos cadáveres extraños. Algunos eran solo esqueletos, otros roca amontonada.

Este lugar es malvado, dijo el Padre Tormenta. Más que malvado. Lo que se ha hecho aquí es una abominación.

Wallace llegó al trote, sosteniendo unos libros grandes que había encontrado al fondo. Bellamy no les encontraba sentido, pero Wallace señaló los glifos azishianos y los leyó.

—Esto es una lista de experimentos, creo —dijo el jefe de compañía—. La primera columna es el nombre de un spren, la segunda una fecha. La tercera es un tiempo. ¿Quizá lo que aguantaron con vida? No parece que ninguno sobreviviera más de unos minutos.

—Sangre de mis ancestros —exclamó Bellamy, con las manos temblando—. ¿Y esa última columna?

—Notas, señor. Esta es la última entrada —dijo, y empezó a leer:

»"Nuestro primer honorspren vivió casi quince minutos. Una nueva marca, y órdenes de magnitud por encima de todos nuestros intentos anteriores. Los honorspren son los que parecen tener las esencias más similares a los humanos. Al transferirlos, se crean órganos y músculos con la mayor naturalidad. Debemos capturar a más de ellos.

»"Los crípticos y los cenizaspren son imposibles de traer adecuadamente con nuestros conocimientos actuales. El proceso de crear cuerpos para ellos resulta en una forma física que colapsa sobre sí misma de inmediato. Parece que su fisiología contraviene las normas fundamentales del Reino Físico".

—Tormentas —dijo Jackson, pasándose una mano por el pelo corto—. ¿Qué significa eso?

Abandona este lugar ahora mismo, dijo el Padre Tormenta. Debemos avisar a mis hijos.

—Estoy de acuerdo —dijo Bellamy—. Coged todo lo que creáis que podría ser útil y venid fuera. Nos marchamos.

Miller volaba por la torre, usando un enlace tras otro, mientras sentía la estructura reverberar. Mientras sentía cómo cobraba vida.

Mientras sentía que la luz empezaba a rodearlo.

La luz de ella. La luz de la reina.

Y antes que eso, un sonido terrible. Un sonido que había repelido su Conexión con Odium, obligando a Miller a sentir dolor por las cosas que había hecho. Un dolor que no quería. Un dolor al que había renunciado.

El dolor bullía y se extendía por su interior. Miller había matado a Marcus.

Había. Matado. A Marcus.

«¡Sal de aquí, sal de aquí, sal de aquí!», pensó mientras cruzaba un pasillo como una exhalación, sin preocuparse por si daba a alguien con su hoja esquirlada al pasar sobre sus cabezas. La necesitaba preparada. Por si Raven lo encontraba. Por si no se había derrumbado.

Las paredes resplandecían, y a Miller la luz le parecía más brillante de lo que habría debido ser. ¡Se suponía que no debía sentir miedo! ¡Lo había entregado! No podía ser el hombre que necesitaba ser si estaba asustado o… o lo demás.

El dolor, la vergüenza, la ira hacia sí mismo eran peores que el miedo.

«Sal de aquí. Vete. ¡Vete!»

La sofocante luz lo envolvió, lo quemó mientras salía despedido por las puertas frontales de la torre. Sintió más que vio lo que ocurría por detrás de él. Cada nivel de la torre se encendió de vida, uno tras otro. El aire se desdibujó con la repentina calidez y la presión. Cuánta luz.

«¡Cuánta luz!»

Miller se enlazó hacia el cielo, alejándose a toda la velocidad que podía de la torre. Al poco, sin embargo, se estrelló contra una superficie dura. Cayó en algo blando pero frío, dolorido mientras su luz tormentosa lo mantenía vivo… por los pelos. Se agotó antes de poder sanarlo por completo, así que se quedó tendido en el frío.

Esperando el adormecimiento.

No se suponía que debiera sentir nada nunca más. Eso era lo que él le había prometido.

No podía parpadear. Ya no parecía tener párpados. Tampoco podía ver; su visión había ardido. Escuchó los vítores lejanos, los distantes sonidos de júbilo y gozo, tumbado en la gelidez de la ladera de aquella montaña. La nieve le entumeció la piel.

Pero no el alma. No su miserable alma.

—Marcus, lo…

No podía decirlo. Las palabras no se formaban. Miller no lamentaba lo que había hecho. Solo lamentaba cómo lo hacían sentirse sus actos.

No quería aquel dolor. Lo merecía, sí, pero no lo quería.

Debería haber muerto, pero lo encontraron. Unos pocos Celestiales que habían estado en el aire al restaurarse la torre.

Habían despertado, al parecer, después de caer desde el cielo y salir de las protecciones de Urithiru. Le dieron luz tormentosa y luego lo levantaron del suelo y se lo llevaron a cuestas. El don de Odium regresó y Miller respiró más tranquilo. Con una eufórica ausencia de remordimientos. Su columna vertebral sanó. Ya podía andar para cuando lo dejaron en un campamento de otros invasores que habían conseguido huir de la torre. Pero no podía verlos. Por mucha luz tormentosa que le dieran, sus ojos no se recuperaban. Estaba ciego.