112. CONDICIONES

Roshar estará unido en su dedicación a la guerra más importante.

Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales

Agotados y confusos, Bellamy y los Corredores del Viento acabaron por aterrizar de vuelta en su campamento de guerra emuli, apenas unos minutos antes de la llegada prevista de una alta tormenta. Bellamy sintió el peso de su fracaso lastrándolo, intenso como la gravedad. Flaqueó mientras ordenaba a los Corredores del Viento que se fuesen a descansar. Había hecho todo aquel trayecto para nada. No estaba más cerca que antes de comprender sus poderes. No estaba más cerca de hacer algo al respecto de la captura de Urithiru. No estaba más cerca de rescatar a Echo. Seguramente debería haber ido a hablar con Anya y explicarle lo que habían encontrado, pero estaba exhausto. Recorrió el campamento en una trabajosa caminata, tirando de su fracaso como de un carro tras él, rodeado de agotaspren arremolinados. Y entonces fue cuando lo encontraron: mujeres, corriendo hacia él con vinculacañas emparejadas con la torre, que de pronto volvían a funcionar. Mensajeras rodeadas de glorispren, portadoras de asombrosas noticias. Echo había establecido contacto, la torre y las Puertas Juradas funcionaban. Bellamy lo escuchó todo aturdido.

Buenas noticias. Por fin, buenas noticias.

Quería que lo llevaran volando a Azimir para poder ir a ver a Echo, pero reconoció que sería una estupidez. Necesitaba descansar por lo menos un poco antes de soportar otro vuelo largo, y también estaba la inminente alta tormenta de la que preocuparse. Ordenó que enviaran un mensaje a su esposa, prometiéndole que iría con ella antes de que concluyera la jornada. Luego preguntó a Anya y al supremo si podía reunirse con ellos cuando pasara la tormenta. Después de eso, le permitieron por lo menos acercarse al pequeño edificio que había convertido en su campamento base. Fue como volver al hogar. Por supuesto, había vivido la suficiente parte de su vida estando de campaña como para que la palabra «hogar» relajara mucho su definición. Cualquier lugar que tuviera una cama blanda solía encajar en ella.

Urithiru de verdad está a salvo, Bellamy, dijo el Padre Tormenta en su mente. Estaba tan distraído por los spren muertos que no me he dado cuenta al principio. El Hermano ha despertado por completo.

¿Otra Forjadora de Vínculos? Las implicaciones de esto…

Bellamy aún estaba intentando lidiar también con esas implicaciones. ¿Echo vinculada a un spren? Era maravilloso, pero él tenía las emociones tan desgastadas en esos momentos que solo quería sentarse y pensar. Abrió la puerta de su casa con un empujón, entró con paso endeble y llegó a un extenso campo dorado.

El suelo titilaba como si estuviera infuso de luz tormentosa.

Bellamy se detuvo y se volvió. La puerta ya no estaba y el pomo se había esfumado de su mano. El cielo era de un profundo tono naranja rojizo, como un anochecer.

Estaba en una visión. Pero no había oído caer la alta tormenta.

Y… no. Aquello no era una visión de alta tormenta. Era otra cosa.

Se volvió de nuevo lleno de inquietud y miró a lo lejos por el campo brillante hacia una figura, ataviada con una túnica dorada, que estaba de pie en la cima de una colina cercana, dando la espalda a Bellamy y mirando hacia el horizonte.

Odium.

«Tormentas interiores —pensó Bellamy, flaqueando—. Ahora no. No puedo hacerle frente ahora mismo.»

Pero en fin, un soldado no siempre podía escoger su campo de batalla. Era la primera vez que Odium se aparecía a él en un año.

Bellamy debía aprovechar la ocasión.

Respiró hondo y se impuso a su fatiga. Empezó a subir por la falda de la colina y al cabo de un tiempo se detuvo al lado de la figura vestida de oro. Odium sostenía un pequeño cetro, parecido a un bastón, y tenía la mano apoyada en la bola que lo coronaba. Tenía un aspecto distinto a la última vez que Bellamy lo había visto. Seguía pareciendo un sabio anciano de barba entrecana cortada a media longitud. Un aire paternal. Perceptivo, sensato, comprensivo. Pero en esa ocasión, la piel le brillaba en algunos sitios, como si hubiera perdido grosor y la luz de su interior buscara escapar. Los ojos del dios se habían vuelto dorados por completo, como pedazos de metal incrustados en el rostro de una estatua. Cuando Odium habló, había un matiz áspero en su tono que le recortaba las palabras. Como si apenas pudiera contener su ira.

—Nuestra Conexión crece, Bellamy —dijo Odium—. Se hace más fuerte a cada día que pasa. Ahora puedo llegar a ti como si fueses de los míos. Deberías serlo.

—Ahora y siempre seré de los míos —replicó Bellamy.

—Sé que has ido a ver a Nia. ¿Qué te ha dicho?

Bellamy juntó las manos a su espalda y usó el viejo truco de comandante de guardar silencio y fijar la mirada, pensativo. Espalda rígida. Postura fuerte. Aparentando control, aunque estuviera a un paso de desmoronarse.

—Se suponía que ibas a ser mi campeón, Bellamy —dijo Odium—. Ahora veo cómo te resististe a mí. Estabas colaborando con Nia desde el principio, ¿verdad? ¿Así es como aprendiste a unir los reinos?

—Te resulta inconveniente, ¿eh? —repuso Bellamy—. No poder ver mi futuro. ¿Qué se siente al ser humano, Odium?

—¿Crees que temo la humanidad? —dijo Odium—. La humanidad es mía, Bellamy. Todas las emociones me pertenecen. Esta tierra, este reino, esta gente. Todos viven para mí. Siempre lo han hecho. Siempre lo harán.

«Y aun así, acudes a mí —pensó Bellamy—. ¿Para reprenderme? Te has mantenido apartado todos estos meses. ¿Por qué ahora?»

La respuesta lo embargó como la luz de un sol naciente. Odium había perdido la torre. Urithiru estaba a salvo y había otra Forjadora de Vínculos. Había fracasado otra vez. Y creía que Bellamy había estado trabajando con Nia. El don de Cultivación, aunque había sangrado a Bellamy, le había proporcionado la fuerza para desafiar a Odium. Todo ese tiempo había estado preguntándose qué podía temer un dios, pero la respuesta era evidente. Odium temía a quienes no estaban dispuestos a obedecerlo.

Temía a Bellamy.

—Nia me ha contado cosas interesantes en esta última reunión —dijo Bellamy—. Me ha dado un libro que contiene secretos. No está tan loca como había temido, Odium. Me ha mostrado mi Conexión contigo y me ha explicado lo restringido que estás. Luego me ha demostrado que un Forjador de Vínculos desencadenado es capaz de gestas increíbles. —Miró al antiguo ser—. Tú eres un dios. Ostentas unos poderes inmensos, pero te limitan en igual medida que te liberan. Dime, ¿qué opinas de que un humano soporte el peso de los poderes de un dios, pero sin las restricciones de ese dios?

—El poder terminará limitándote en algún momento, como lo ha hecho conmigo —dijo Odium—. No comprendes ni una fracción de las cosas que finges entender, Bellamy.

«Y aun así, te doy miedo —pensó Bellamy—. Te asusta la idea de que pueda obtener el pleno uso de mi poder. De estar perdiendo el control sobre tus planes.»

Quizá el viaje de Bellamy a Tukar no había sido un fracaso. No había conseguido la sabiduría de Nia, pero mientras Odium pensara que sí…

«Bendito seas, Aden —pensó Bellamy—. Por hacer mi vida impredecible para este ser. Por permitirme farolear.»

—Hicimos un trato —dijo Odium—. Un desafío de campeones. Pero no establecimos las condiciones.

—Tengo unas condiciones —afirmó Bellamy—. En mi escritorio. Una hoja suelta de papel.

Odium movió la mano y las palabras empezaron a aparecer, escritas como con reluciente tinta dorada, en el cielo ante ellos.

Gigantescas, intimidantes.

—Esto no lo has escrito tú —dijo Odium, entornando los ojos—. Ni tampoco esa Nominadora de lo Otro.

La luz se hizo más vibrante bajo la piel de Odium, y Bellamy pudo sentir su calor, como el de un sol, creciendo. Haciendo que le ardiera su propia piel.

Ira. Una ira profunda, al rojo blanco. Estaba consumiendo a Odium. Su control perdía firmeza.

—Cephandrius —escupió Odium—. Siempre una rata. Vaya donde vaya, ahí está él, arañando la pared. Colándose en mis fortalezas. Podría haber sido un dios y, aun así, se empecina en vivir en el fango.

—¿Aceptas estas condiciones? —preguntó Bellamy.

—Según esto —dijo Odium—, ¿si mi campeón gana, Roshar me pertenece? ¿Absoluta y totalmente? ¿Y si gana el tuyo, me retiro durante un milenio?

—Sí. Pero ¿qué ocurre si incumples tu palabra? Ya has retrasado esto más de lo que deberías. ¿Qué pasa si te niegas a enviar un campeón?

—No puedo incumplir mi palabra —dijo Odium mientras el calor se incrementaba—. En esencia, soy incapaz de hacerlo.

—¿En esencia? —apretó Bellamy—. ¿Qué ocurrirá, Odium, si incumples tu palabra?

—Entonces el contrato se invalida y quedo en tu poder. Y lo mismo, pero a la inversa, si eres tú quien rompe el contrato. Estarías en mi poder, y las restricciones que me impuso Honor, encadenándome al sistema roshariano e impidiéndome usar mis poderes sobre la mayoría de los individuos, se anularían también. Pero eso no ocurrirá y yo no voy a faltar a mi palabra. Porque si lo hiciera, se crearía un hueco en mi alma que permitiría que Cultivación me matara.

»Yo no soy idiota y tú eres un hombre de honor. Los dos afrontamos este duelo de buena fe, Bellamy. Esto no es un trato con un Portador del Vacío salido de vuestros mitos, donde la gente se engaña con giros estúpidos del lenguaje. Un campeón dispuesto a serlo por cada uno de nosotros y un combate a muerte. Se encontrarán en la cumbre de Urithiru. Sin trucos, sin mentiras.

—Muy bien —dijo Bellamy—. Pero como exponen las condiciones, si tu campeón sale derrotado, no serás solo tú quien deba retirarse durante mil años. Los Fusionados te acompañarán y quedarán encerrados de nuevo, como también los spren que crean regios. Se acabaron las formas de poder. Se acabaron los vacíospren.

La luz latió en el interior de Odium, que volvió sus ojos de nuevo hacia el horizonte.

—Yo… no puedo aceptar eso.

—Las condiciones son sencillas —dijo Bellamy—. Si tú…

—He dicho que no puedo aceptarlo —interrumpió Odium—. La tormenta eterna lo ha cambiado todo, y Cephandrius debería haberse dado cuenta. Los cantores pueden adoptar formas regias alimentadas por la tormenta eterna. Los Fusionados ahora son libres y pueden renacer sin mi intervención. El Juramento podría haberlos encarcelado, pero ahora está extinto. Soy literalmente incapaz de hacer lo que pides, no sin destruirme a mí mismo en el proceso.

—En ese caso, no podremos llegar a un acuerdo —dijo Bellamy—. Porque yo, desde luego, no pienso aceptar nada menos que eso.

—¿Y si yo aceptara menos?

Bellamy frunció el ceño, inseguro, con la mente hecha un lío por la fatiga. Esa criatura iba a intentar engañarlo. Estaba convencido de ello. Así que hizo lo que le pareció mejor. No dijo nada. Odium soltó una leve risita e hizo rodar el cetro bajo su mano para que la contera rechinara contra la piedra dorada a sus pies.

—¿Sabes por qué hago luchar a los hombres, Bellamy? ¿Por qué creé la Emoción? ¿Por qué fomento las guerras?

—Para destruirnos.

—¿Por qué iba a querer destruiros? Soy vuestro dios, Bellamy. —Odium negó con la cabeza, su mirada perdida en la infinita y dorada lejanía—. Necesito soldados. Para la verdadera batalla que se avecina, no por un pueblo ni por un miserable continente azotado por el viento. Una batalla de los dioses. Una batalla por todo.

»Roshar es un terreno de entrenamiento. Llegará el momento en que os libere contra los otros, que no estarán ni por asomo tan bien entrenados. Ni por asomo tan endurecidos como yo os he hecho a vosotros.

—Qué curioso —dijo Bellamy—. No sé si te has dado cuenta, pero tu técnica de «endurecimiento» ha resultado en unos Fusionados que están volviéndose locos por la presión.

La luz ganó fuerza dentro de Odium, tanto que dio la impresión de que podría explotar fuera de su piel.

—Si tu campeón gana, me apartaré durante mil años —dijo Odium—. Me retiraré a Braize y no volveré a hablar, contactar ni influir en los Fusionados o los vacíospren. Pero no puedo contenerlos. Y tú tendrás que rezar para que tus descendientes tengan la misma suerte que vosotros, porque seré menos… indulgente cuando regrese.

Bellamy empezó a hablar, pero Odium lo interrumpió.

—Déjame terminar —dijo—. A cambio de que tú cedas en algo que querías, cederé yo también en algo. Si gano yo, renunciaré a mis grandiosos planes para Roshar. Me marcharé de este planeta durante mil años y abandonaré todo por lo que he trabajado aquí. Os concedo a vosotros y a los cantores la libertad para hacer vuestra propia paz. Libertad para ti y libertad para mí.

»Es lo único que pido en caso de salir victorioso: dado que representas a Honor, puedes relajar sus prohibiciones sobre mí. Pase lo que pase en el desafío, nunca tendrás que volver a preocuparte por mí. Lo único que quiero es salir de este miserable sistema.

Por supuesto que no iba a ser tan fácil como Sagaz había prometido. Bellamy estaba indeciso. Sagaz miraba por sí mismo, como siempre había dicho que haría. El contrato reforzaba esa idea. Odium estaba ofreciendo una posibilidad diferente, tentadora.

Olvidarse de él, librar esa guerra como una guerra ordinaria…

Dos fuerzas tiraban de él. ¿En cuál confiaba? Bellamy dudaba que ningún mortal, Anya incluida, pudiera redactar un contrato lo bastante bueno para contener a un dios. Pero ¿conceder sin más a Sagaz lo que deseaba?

«¿En quién confías más? ¿En Sagaz o en el dios de la ira?»

En realidad, no había nada que responder. Bellamy no confiaba mucho en Sagaz, pero no confiaba en Odium en absoluto. Además, si Honor había muerto para atrapar a aquel dios allí, en Roshar, Bellamy tenía que creer que el Todopoderoso lo había hecho por un buen motivo.

Así que se volvió para marcharse.

—Envíame de vuelta, Odium —dijo—. Hoy no habrá un acuerdo.

Una oleada de intenso calor lo inundó desde atrás. Bellamy dio media vuelta y encontró a Odium resplandeciendo con una brillante luz entre roja y dorada, sus ojos muy abiertos, sus dientes apretados.

«Mantente firme —se dijo Bellamy—. Sagaz dice que no puede hacerte daño. No sin romper su palabra… no sin invitar a su propia muerte…»

Sagaz no había incluido esa última parte. Pero Bellamy, sudando y con el corazón acelerado, no cedió terreno. Hasta que por fin el poder remitió y el calor y la luz se retiraron.

—Preferiría llegar a un acuerdo —dijo Odium.

«¿A qué vienen tantas ganas? —pensó Bellamy—. Es el poder, ¿verdad? Te está destrozando por retrasarlo. Quiere salir.»

—Te he ofrecido un acuerdo —afirmó Bellamy.

—Y yo te he dicho que no puedo cumplir esas condiciones. Puedo sellarme a mí mismo, pero no a mis esbirros. Puedo exigir que los Fusionados y los Deshechos se retiren, pero ahora mismo no todos cumplen mi voluntad. Y no puedo hacer absolutamente nada acerca de los regios.

Bellamy respiró hondo.

—Bien —dijo—, pero yo no puedo contemplar un acuerdo que te libere de este mundo. Así que deberíamos centrarnos en nuestro conflicto, tú y yo. Si gano yo, te exiliarás a Condenación y te retirarás por completo del conflicto. Si ganas tú, seré yo quien vaya al exilio y mi gente tendrá que luchar sin mi ayuda.

—¿Ofreces una vida mortal a cambio de la de un dios? —preguntó Odium imperioso—. No, Bellamy. Si gano yo, quiero a los Caballeros Radiantes. Las fuerzas de Alezkar y Urithiru se rendirán a mis Fusionados, y tus Radiantes pondrán fin a esta guerra. Los otros estúpidos reinos humanos pueden seguir luchando si así lo desean, pero tu gente y la mía se prepararán para la auténtica guerra, la que se desatará cuando los dioses de otros mundos descubran la fuerza de la potenciación. Tus herederos quedarán atados por estas condiciones, en la misma medida que tú.

—No puedo negociar en nombre de personas que aún no han nacido —replicó Bellamy—. Ni puedo prometerte que mis Radiantes vayan a seguirte, igual que tú no puedes prometer que los Fusionados te obedezcan. Como he dicho, esto debe quedar entre tú y yo. Pero… si ganas, yo aceptaré ordenar a mis ejércitos que dejen las armas y cesen la lucha. Renunciaré a la guerra, y quienes quieran unirse a ti tendrán permitido hacerlo.

—No me basta, Bellamy. No me basta ni de lejos. —Odium dio una larga y sufrida bocanada de aire. Aquella luz palpitó dentro de él, y en ese momento Bellamy sintió una especie de afinidad con el antiguo dios. Sentía su fatiga, que de algún modo reflejaba la del propio Bellamy—. Quiero muchísimo más que Roshar, muchísimo más que un planeta, que un pueblo. Pero mi gente… se cansa. Los he desgastado mucho con esta batalla eterna. Buscan finales, unos finales horribles. La guerra entera ha cambiado, por lo que ha hecho tu esposa. Supongo que te das cuenta de eso.

—Así es —dijo Bellamy.

—Ha llegado el momento de un verdadero acuerdo. Un verdadero final. ¿No te parece?

—Eh… Sí. Soy consciente de ello. ¿Qué propones?

Odium hizo un gesto despectivo hacia el contrato que había redactado Sagaz.

—Se acabó hablar de retrasos, de enviarme lejos. De medias tintas. Tendremos un combate de campeones el décimo día del mes que viene —dijo Odium—. A la décima hora.

—¿Tan pronto? El mes termina mañana.

—¿Para qué retrasarlo? —preguntó Odium—. Yo sé quién es mi campeón. ¿Sabes tú quién es el tuyo?

—Lo sé —dijo Bellamy.

—Pues dejemos de bailar y comprometámonos. En el décimo día, nuestros campeones se reunirán. Si ganas tú, yo me retiraré a los reinos que domino en estos momentos e impondré que termine la guerra. Incluso renunciaré a Alezkar en tu favor y te devolveré tu tierra natal.

—Debo tener Herdaz también.

—¿Qué? —dijo Odium—. ¿Ese pedazo de terreno insignificante? ¿Qué es para ti?

—Es el objeto de un juramento, Odium —respondió Bellamy—. Me devolverás Herdaz y Alezkar. Quédate el resto de las tierras que has conquistado; en su mayoría te siguieron por voluntad propia, de todos modos. Eso puedo aceptarlo, siempre que sigas atrapado en Roshar como Honor deseaba.

—Así será —dijo Odium—, aunque podré concentrar mis atenciones en enviar agentes al resto del Cosmere, utilizando lo que he conquistado aquí como suficiente por ahora. En cambio, si yo gano el duelo de campeones, conservaré todo lo que he conquistado, también Herdaz y Alezkar. Y quiero otra cosita de nada. Te quiero a ti, Bellamy.

—¿Mi vida? Odium, pretendo ser mi propio campeón. Habré muerto si tú ganas.

—Sí —dijo Odium, y sus ojos brillaron dorados—. Habrás muerto. Y me entregarás tu alma. Tú, Bellamy, te unirás a los Fusionados. Te harás inmortal y me servirás en persona. Atado por tus juramentos. Tú serás a quien envíe a las estrellas para servir a mis intereses en el Cosmere.

Una fría conmoción recorrió el cuerpo entero de Bellamy. Como la que había sentido la primera vez que lo apuñalaron. Sorpresa, incredulidad, terror.

«Te unirás a los Fusionados.»

—¿Estamos de acuerdo? —preguntó Odium, su piel ya tan refulgente que costaba distinguir sus rasgos—. Has obtenido de mí más de lo que jamás pensé que concedería. Ocurra lo que ocurra, la guerra termina y habrás garantizado la seguridad de tus aliados. Al precio de apostar tu propia alma. ¿Hasta dónde se extiende tu honor, Espina Negra?

Bellamy titubeó. Parar en ese momento, con Azir y Thaylenah a salvo, con una buena porción de Roshar protegida y la posibilidad de añadir Alezkar y Herdaz si ganaba, era en verdad más de lo que jamás había creído posible. Un auténtico final de la guerra. Anya hablaba de la necesidad de establecer consejos. Grupos de líderes. Pensaba que dejar demasiado poder en manos de un solo individuo era peligroso. Bellamy por fin veía sentido a sus argumentos, allí en aquel campo de luz dorada. Lo más probable era que aquel nuevo acuerdo fuera beneficioso para sus aliados y que lo celebraran. Pero no podía estar seguro. Tenía que tomar una decisión.

¿Se atrevía a hacerlo? ¿Osaba arriesgar su propia alma?

«Debo contenerlo», pensó Bellamy. Su gente estaba celebrando la victoria en Emul, pero Bellamy sabía en el fondo que el enemigo había renunciado a la región. Había preferido asegurar su poder en otro lugar. El mismo Visón lo había dicho: si Odium hubiera querido aplastar Azir, podría haberlo hecho. En vez de eso, había reforzado lo que ya tenía. Odium sabía que controlando Jah Keved, Alezkar e Iri, poseía la porción más fuerte de Roshar.

Sin aquel trato, Bellamy veía años de lucha por delante. Décadas. Contra un enemigo cuyos Fusionados renacían una y otra vez. Los años que había pasado defendiendo Alezkar le permitían saber con exactitud lo difícil que sería reconquistarla. Bellamy veía a su gente muriendo a miles, intentando en vano conquistar unas tierras que él mismo había fortificado. Bellamy perdería la guerra a largo plazo. Honor prácticamente se lo había confirmado. Aden decía que la victoria en su sentido tradicional era casi imposible mientras Odium impulsara a sus fuerzas. Y Gustus, en quien Bellamy no confiaba pero a quien sí creía, había previsto ese mismo hecho. El enemigo terminaría ganando, aunque fuese desgastándolos a lo largo de siglos si era necesario. El mejor resultado posible era que el campeón de Bellamy derrotara al de Odium. Si ese campeón fracasaba, entonces la única opción razonable que quedaría a Bellamy sería la rendición, de todos modos. Eso lo sabía en lo más profundo de sus entrañas. Y lo más importante de todo, aquella parecía su única opción real de liberar Alezkar. Tenía que hacerlo. No había alcanzado todos sus logros mostrándose indeciso. O bien confiaba en sus instintos, y en las promesas de su dios, o no tenía nada.

Respiró hondo.

—Las condiciones finales son las siguientes: un combate de campeones a muerte. En el décimo día del mes palah, a la décima hora. Cada uno enviará a un campeón que lo sea por voluntad propia, y ambos podrán reunirse en la cumbre de Urithiru, que no habrá sufrido daño alguno por parte de las fuerzas de ningún bando. Si yo gano ese desafío, tú permanecerás atado al sistema y me devolverás Alezkar y Herdaz, con todos sus ocupantes intactos. Te comprometerás a cesar las hostilidades y mantener la paz, y a no oponerte a mis aliados ni a nuestros reinos en modo alguno.

—De acuerdo —dijo Odium—. Pero si gano yo, me quedo con todo lo que he obtenido, incluida tu tierra natal. Permaneceré atado a este sistema y cesaré las hostilidades como has descrito. Pero tendré tu alma. Para servirme, inmortal. ¿Estás dispuesto a eso? Porque yo acepto estas condiciones.

—Y yo —susurró Bellamy—. Yo acepto estas condiciones.

—Está hecho.