113. EMOCIÓN
Y yo marcharé con orgullo a la cabeza de una legión humana.
Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales
Desconectarse de los poderes del Hermano dejó a Echo sintiéndose pequeña. ¿De verdad la vida era así antes? ¿Antes de mezclar su esencia con la del Hermano y ganar consciencia de los complejos movimientos de los miles de fabriales que componían su forma física?
Qué normal se sentía. Casi. Retenía una pizca de esa consciencia al fondo de su mente. Un sentido de las vetas de cristal que permeaban la torre: si apoyaba la mano contra una pared, podía percibir sus funcionamientos.
Calor. Presión. Luz. Vida.
Juré que nunca volvería a hacer esto, dijo el Hermano en la mente de Echo. Juré que se habían acabado los humanos.
—Entonces es bueno que los spren, al igual que los humanos, podáis cambiar de opinión —respondió Echo.
La había sorprendido un poco encontrar su cuerpo tal y como lo recordaba. Con un corte en la havah, ensangrentada donde el cuchillo la había alcanzado.
Nuestro vínculo es inusual, dijo el Hermano. Sigo sin saber qué opino sobre lo que hemos hecho.
—Si nuestras palabras eran sinceras y las cumplimos, ¿acaso importa?
¿Y qué hay de los fabriales?, preguntó el Hermano. No has prometido dejar de capturar spren.
—Llegaremos a un compromiso —dijo Echo, saliendo de la sala de la columna de cristal—. Trabajaremos para encontrar un camino hacia delante aceptable.
¿Será como tu compromiso con Rabeniel, en el que has terminado engañándola?
—Ese era el mejor compromiso que podíamos alcanzar ella y yo, y las dos lo sabíamos —respondió Echo—. Tú y yo podemos hacerlo mejor.
Deseo creerte, dijo el Hermano. Pero de momento, no lo hago. Lo siento.
—Solo es otro problema que resolver —dijo Echo—, mediante la aplicación de la lógica y la esperanza en igual medida.
Llegó al cuerpo caído de Rabeniel en el pasillo y se arrodilló junto a él.
—Gracias.
Los ojos se abrieron.
Echo dio un respingo.
—¿Rabeniel?
—Has… sobrevivido. Bien.
Una de sus manos se contrajo. Parecía que el corte que le había hecho Miller con la hoja esquirlada era lo bastante bajo como para no quemarle los ojos, aunque saltaba a la vista que tenía las dos piernas y un brazo muertos.
Echo se llevó una mano a los labios.
—No… solloces —susurró Rabeniel—. Yo… te habría… matado a ti… para lograr… mi objetivo.
—Y en vez de eso, me has salvado.
Rabeniel dio una escasa bocanada de aire, pero no dijo nada.
—Volveremos a encontrarnos —dijo Echo—. Renacerás.
—No. Si… muero… regresaré… loca. Mi alma… está quemada… casi por completo… No me… Por favor… Por favor…
—Entonces, ¿que? —preguntó Echo.
—Esta nueva luz… funciona. Mi hija… murió de verdad. Así que hice… más… anti… anti…
—Antiluz del vacío. ¿Dónde?
Rabeniel movió la cabeza a un lado, hacia su escritorio, situado en el pasillo cerca de la abertura a la sala de la columna de cristal. Echo se levantó y rebuscó en los cajones hasta encontrar un saquito negro que contenía un diamante lleno de la valiosa y terrible luz. Volvió y fijó el diamante a la daga, que estaba mojada con la sangre de Miller. Después de limpiarla y dar la vuelta a la franja de metal, Echo se arrodilló junto a Rabeniel.
—¿Estás segura? —preguntó Echo.
Rabeniel asintió. Se le crispó la mano y Echo estiró el brazo y la sostuvo, lo que hizo que la Fusionada se relajara.
—He… he hecho… lo que deseaba. Odium… está preocupado. Quizá… permita… un desenlace…
—Gracias —dijo Echo con suavidad.
—Nunca… creí… que estaría cuerda… al final…
Echo alzó la daga. Y por primera vez, se preguntó si era lo bastante fuerte para hacer aquello.
—Sí que desearía… poder oír… ritmos… otra vez…
—Pues canta conmigo —dijo Echo, y empezó a entonar la nota de Honor.
La Fusionada sonrió y logró un débil canturreo al tono de Odium. Echo moduló su tono, haciendo más grave su voz, hasta que las dos encajaron de sopetón en armonía por última vez. Echo situó la daga por encima de la herida en el pecho de Rabeniel.
—Acábalo… Echo… —susurró la Fusionada, dejando cesar la canción—. Asegúrate de que permiten que todo… acabe.
—Lo haré —susurró también ella.
Entonces, canturreando lo mejor que podía y sosteniendo la mano de un ser antaño inmortal, Echo hundió la daga hasta el puño. Casi todos los nervios de Rabeniel estaban seccionados, por lo que no tuvo espasmos como su hija. Sus ojos se volvieron de un blanco marmóreo y cristalino, y un aliento escapó entre sus labios, un humo negro cuando sus entrañas ardieron. Echo siguió canturreando hasta que el humo se disipó.
Has realizado una bondad, dijo el Hermano en su cabeza.
—Me siento horrible.
Eso forma parte de la bondad.
—Lo siento —dijo Echo— por haber descubierto esta luz. Permitirá que se mate a los spren.
Tenía que suceder, respondió el Hermano. En otros tiempos, las consecuencias solo perseguían a los humanos. Con la Traición, las consecuencias se hicieron también nuestras. Tú solo has sellado esa verdad como eterna.
Echo apretó su frente contra la de Rabeniel como la Fusionada había hecho con su hija. Luego se levantó, rodeada de agotaspren.
Tormentas. Sin la luz de torre infundiéndola, su fatiga regresaba.
¿Cuánto tiempo llevaba sin dormir?
Demasiado. Pero ese día, era necesario que fuese una reina.
Guardó bien la daga, demasiado valiosa para dejarla tirada por ahí, y se puso su copia de El Ritmo de la Guerra bajo el brazo. Por si acaso, dejó una nota en el cadáver de Rabeniel: «No retirar el cuerpo de esta heroína sin consultar antes a la reina».
Y entonces fue a crear orden a partir del caos de una torre liberada de repente.
Gustus despertó tarde ese día. Apenas recordaba haberse quedado dormido. Apenas… podía…
Apenas podía… pensar.
Era estúpido. Más estúpido de lo que había sido jamás.
Eso hizo que se echara a llorar. Un llanto estúpido. Sollozó y sollozó, abrumado por la emoción y los vergüenzaspren. Una sensación de fracaso. De rabia hacia sí mismo. Se quedó allí tumbado hasta que el hambre lo impulsó a levantarse. Sus pensamientos eran como el crem. Densos. Lentos. Fue tambaleándose hasta la ventana, donde le habían dejado su cesta de comida. La cogió tembloroso, llorando por su hambre. Qué fuerte parecía. Y tormentas, a cuántos spren atraía cuando era estúpido. Se sentó junto a su falso hogar y no pudo evitar desear que Bellamy estuviera allí con él. Qué grandioso había sido aquello. Tener un amigo. Un verdadero amigo que comprendiera a Gustus. Tembló al pensarlo y empezó a hurgar en la cesta. Paró al encontrar una nota. Escrita por Aden Griffin, cerrada con su sello. Gustus intentó interpretar los glifos uno por uno. Le costó una eternidad, atrayendo toda una flota de concentraspren como ondulaciones en el aire, para comprender lo que decía. Dos palabras: «Lo siento». Y dos gemas que brillaban con intensidad, guardadas dentro de la nota. ¿Qué serían?
«Lo siento.» ¿Por qué decir eso? ¿Qué había visto el chico?
Sabía que su futuro no era de fiar. Los demás spren huyeron y solo los miedospren acompañaron a Gustus mientras leía esas palabras. ¡Tenía que esconderse! Bajó de la silla y se arrastró hasta la esquina.
Estuvo allí temblando hasta que se notó demasiado hambriento.
Se arrastró de vuelta y empezó a comerse el pan ácimo que había en la cesta. Luego una especie de pasta vegetal púrpura azishiana, que devoró con los dedos. Qué buena estaba. ¿Alguna vez había probado algo tan maravilloso? Lloró por ello.
Las gemas seguían brillando. Eran grandes. Con algo moviéndose dentro. ¿No le… no le habían dicho que esperase la llegada de algo parecido?
El trueno restalló en el cielo y Gustus alzó la mirada. ¿Era la tormenta eterna? No. No, era una alta tormenta. No se acordaba de que tuviera que llegar ese día. El trueno sacudió los postigos y a Gustus se le cayó el pan. Volvió a esconderse en la esquina junto con pegotes de tiritantes miedospren.
El trueno sonaba furioso.
«Lo sabe —pensó Gustus—. El enemigo sabe lo que he hecho.» No. No, era la otra tormenta.
Necesitaba una manera de convocar a Odium. Aquellas gemas.
¡Para eso eran!
Ocurriría ese día.
Ese día iba a morir.
Ese día todo iba a terminar.
La puerta de su refugio se abrió con violencia, rompiendo las bisagras. Fuera, los guardias se apresuraron a apartarse de una figura silueteada contra un cielo que oscurecía. La tormenta ya casi estaba allí.
Y Octavia había llegado con ella.
Gustus ahogó un grito, aterrorizado, ya que esa no era la muerte que había anticipado. Había esperado mucho tiempo a un día trascendente en el que volvería a gozar de una inteligencia suprema. Nunca se había preguntado si sucedería lo contrario, si llegaría un día en el que fuese todo emoción. Un día en el que los pensamientos no avanzaran en su cerebro y en el que los spren se apelotonaran a su alrededor, alimentándose con glotonería de sus pasiones.
Octavia estaba quieta y en silencio, su ilusión desaparecida, su calva recién afeitada reflejando la luz de las esferas que se habían caído de la cesta.
—¿Cómo lo sabías? —preguntó por fin el shin—. ¿Y cuánto hace que lo sabes?
—¿Que lo… sé? —se obligó a decir Gustus, reptando hacia un lado a través de los miedospren.
—Mi padre —dijo Octavia.
Gustus parpadeó. Apenas comprendía las palabras, de lo estúpido que era. Las emociones combatieron en su interior. Terror.
Alivio al saber que pronto terminaría.
—¿Cómo sabías que mi padre estaba muerto? —exigió saber Octavia, entrando a zancadas en la sala—. ¿Cómo sabías que Nia había reclamado su espada? ¿Cómo?
Octavia ya no vestía de blanco, sino con un uniforme alezi. ¿Por qué? Ah, era un disfraz. Sí.
Llevaba la terrible espada al costado. Era demasiado grande. La punta de la vaina raspaba contra el suelo de madera. Gustus se encorvó contra la pared, intentando encontrar las palabras correctas.
—Octavia. La espada. Tienes que…
—No tengo que hacer nada —dijo Octavia, sin dejar de caminar hacia él—. Te desoigo igual que desoigo las voces que hay en las sombras. ¿Sabes a qué voces me refiero, Gustus? A las que tú me diste.
Gustus se acurrucó y cerró los ojos. Esperando, demasiado superado por la emoción para hacer nada más.
—¿Qué es esto? —preguntó Octavia.
Gustus abrió los ojos. Las gemas. Octavia las recogió del suelo, frunciendo el ceño. No había desenvainado aquella terrible espada.
«Di algo.» ¿Qué debería decir? Octavia no podía dañar esas gemas. ¡Gustus las necesitaba!
—Por favor —sollozó—, no las rompas.
Octavia torció el gesto y entonces las arrojó, una tras la otra, contra la pared de piedra, donde se hicieron añicos. Escaparon unos spren extraños, vientospren traslúcidos con estelas de luz roja. Rieron dando vueltas alrededor de Octavia.
—Por favor —dijo Gustus entre lágrimas—. Tu espada. Odium. Tienes…
—No dejas de manipularme —lo interrumpió Octavia, observando a los vientospren—. No dejas de intentar mancharme las manos con la sangre de aquellos a quienes tú quieres matar. Tú has provocado todo esto, Gustus. El mundo habría podido resistir contra el enemigo si no me hubieras obligado a asesinar a la mitad de sus monarcas.
—¡No! —exclamó Gustus. Se levantó con esfuerzo, ahuyentando a los spren que lo rodeaban, el corazón atronándole en el pecho. Al momento se empezó a marear. Se había levantado demasiado rápido—. Matábamos para salvar el mundo.
—Asesinatos cometidos para salvar vidas —dijo Octavia en voz baja, siguiendo a Gustus con unos ojos oscuros, ensombrecidos a la escasa luz de la sala, con las esferas destruidas—. Qué insensatez. Pero yo no debía oponerme jamás. Era Sinverdad. Me limitaba a obedecer órdenes. Dime, ¿crees que eso absuelve a una mujer?
—No —respondió Gustus, temblando por el peso de su culpabilidad mientras estallaban vergüenzaspren a su alrededor y caían flotando, como pétalos de capullos de rocabrote, hasta el suelo.
—Buena respuesta. Tienes sabiduría, para lo estúpido que eres.
Gustus intentó huir corriendo por el lado de Octavia. Pero por supuesto, sus piernas cedieron. Tropezó y se desplomó. Gimió, con el corazón aporreando y la visión borrosa. Al momento unas manos fuertes lo levantaron y le aplastaron la espalda contra la pared entre un enjambre de agotaspren. Algo se partió en el hombro de Gustus y un dolor insoportable le recorrió todo el cuerpo.
Flaqueó en la presa de Octavia, resollando.
La sala empezó a hacerse dorada.
—Todo este tiempo —dijo Octavia— quise mantener mi honor. Lo intenté con todas mis fuerzas. Tú te aprovechaste de eso. Tú me destrozaste, Gustus.
Luz. Aquella luz dorada.
—Octavia —dijo Gustus, notando sangre en los labios. Tormentas—. Octavia… él está aquí…
—Yo decido ahora —siguió Octavia, llevándose la mano a la cintura, no hacia la terrible espada, sino hacia el pequeño cuchillo que llevaba a su lado—. Yo decido, por fin. Yo. Sin que nadie me fuerce. Gustus, debes saber que al matarte, lo hago mi elección.
Un retumbar de trueno. Una luz dorada brillante, terrible. Odium apareció. Tenía el rostro distorsionado, los ojos resplandecientes de un furioso poder. El trueno rompió el paisaje y Octavia empezó a desvanecerse.
¡No deberías provocarme hoy, Gustus!, atronó Odium. He perdido a mi campeón OTRA VEZ, y ahora estoy atado por un acuerdo que no deseo. ¿Cómo saben la forma de actuar contra mí? ¿ME HAS TRAICIONADO, GUSTUS? ¿Has estado hablando con Sja-anat? ¿QUÉ HAS HECHO?
El sobrecogimiento por esa fuerza, por ese poder trascendente, dejó a Gustus estremeciéndose, con spren de una docena de variedades arremolinados en torno a él, luchando por su atención. Cuántas emociones. Casi ni se dio cuenta de que Octavia sacaba el cuchillo, de tan sobrepasado que estaba: asombrado, asustado, emocionado, todo al mismo tiempo.
El miedo venció.
Gustus dio un grito, con el hombro incendiado de dolor, el cuerpo roto. Sus planes habían sido ridículos. ¿Cómo se le había ocurrido superar en ingenio a un dios siendo estúpido? No había podido hacerlo ni siendo listo. Normal que hubiera fracasado.
«¿Has fracasado?
»La espada está aquí.
»Odium está aquí.»
El frío acero hendió la piel de Gustus cuando Octavia lo apuñaló en el pecho. Al mismo tiempo, Gustus sintió que algo se abría camino entre su miedo, su dolor. Una emoción que nunca había creído que iba a sentir en persona. Valentía.
La valentía lo inundó, tan poderosa que no pudo hacer más que moverse. Era el coraje moribundo de un hombre en el frente cargando contra un ejército enemigo. La gloria de una mujer luchando por su hijo. La sensación de un anciano en su último día de vida al dar el paso a la oscuridad.
Valentía.
El Reino Físico se desvaneció mientras Odium tiraba de Gustus hacia el lugar entre mundos. El cuerpo de Gustus no era tan débil allí. Su forma era una manifestación de su mente y su alma. Y esas eran fuertes. La espada que Octavia llevaba al cinto, aquella extraña y terrible espada, se manifestaba en aquel lugar, en el reino al que Odium llevó a Gustus. El dios bajó la mirada, vio la arremolinada y tenebrosa negrura y pareció sorprenderse. Gustus asió la espada, la liberó de su vaina y oyó cómo el arma chillaba de placer. Se volvió y soltó una estocada hacia arriba mientras las volutas de humo negro le rodeaban las manos.
—¡Destruye! —bramó la espada—. ¡DESTRUYE!
Gustus la hundió en el pecho de Odium.
La espada bebió con ansia de la esencia del dios y, mientras lo hacía, Gustus sintió un quebranto. Su cuerpo muriendo. Octavia terminando el trabajo. Lo supo de inmediato. Gustus estaba muerto. La ira se alzó en él con una intensidad que nunca había conocido.
¡Octavia lo había matado!
Odium chilló y el lugar dorado se hizo añicos, tornándose oscuridad. La espada se onduló en la mano de Gustus, absorbiendo poder del dios en el que se había clavado. La figura que contenía el poder de Odium, la persona que lo controlaba, se evaporó, consumida por la espada. Solo eso ya era tanta Investidura que Gustus sintió que la espada se apagaba entre sus dedos. Saciada, letárgica. Como cuando se metía un hierro caliente en un barril de agua y había un primer siseo, pero aquel poder era demasiado inconmensurable para que pudiera bebérselo la espada. Pero sí mató a la persona que ostentaba ese poder, lo cual dejó un hueco. Una necesidad. Un… vacío, como el de una gema al quedarse de pronto sin luz tormentosa. Ese hueco buscó a su alrededor, y Gustus sintió una nítida Conexión con él.
Pasión. Odio. Ese día, Gustus era solo pasión. Odio, miedo, ira, vergüenza, asombro. Valentía. Al poder le encantaban esas cosas, y creció alrededor de él, envolviéndolo. Su alma vibró.
Tómame, suplicó el poder, hablando no con palabras, sino con emoción. Eres perfecto. Soy tuyo.
Gustus vaciló un instante, y entonces empujó las manos al interior del pozo de poder.
Y Ascendió a la divinidad, convirtiéndose en Odium.
