114. DIOSES ROTOS
No se debería descartarlos, sino ayudarlos a alcanzar su potencial. Sus Pasiones finales.
Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales
Rlain caminaba con Venli y con los nuevos amigos que había hecho, Dul, Mazish y los demás a los que había reclutado Venli, hacia la Puerta Jurada, donde esperaba Raven para trasladarlos a las Llanuras Quebradas. Rlain se sentía aún sumido en el estupor, aunque ya había pasado un día desde su revelación. Desde que había pronunciado sus primeras Palabras como Vigilante de la Verdad. El spren había estado observándolo desde el corazón de un cremlino. Rlain y Venli habían tomado a Tumi por un vacíospren, pero no era exactamente eso. Siendo un brumaspren ordinario, Tumi había permitido que Sja-anat lo tocara y que con ello lo transformara en algo nuevo. Un spren tanto de Honor como de Odium.
Tumi latía a un ritmo nuevo. El Ritmo de la Guerra. Algo que había aprendido hacía muy poco. Algo que era importante que sus hermanos oyeran.
¿Aden lo sabe?, pensó Rlain.
Fue quien te sugirió, dijo Tumi. Y quien habló de ti a nuestra madre. Tenía razón. Nuestro vínculo será fuerte y tú serás asombroso. Estamos impresionados contigo, Rlain. El Pontonero de Mentes. Estamos honrados.
Honrados. Eso sentaba bien. Que lo escogieran por lo que él había hecho.
Raven los esperaba en el edificio de la Puerta Jurada. Hizo la transferencia con la hoja-Syl. El aire de las Llanuras Quebradas era más húmedo, y dio una sensación… familiar a Rlain cuando salieron a la plataforma en el exterior de Narak. Allí encontraron a Leshwi y a los otros cuatro Fusionados que, cuando los habían trasladado allí un poco antes, habían recobrado la conciencia. Leshwi se acercó flotando e inclinó la cabeza hacia Raven en señal de respeto.
—Podríais quedaros aquí, en Narak —le dijo Raven—. Nos vendría bien vuestra ayuda.
—Hemos luchado contra los nuestros para preservar vidas —repuso Leshwi—. No deseamos que eso continúe. Encontraremos una tercera opción, fuera de esta guerra. La senda de los oyentes.
—Encontraremos nuestro camino ahí fuera —dijo Venli a Confianza—. De algún modo.
—Bueno, marchad con honor, pues —dijo Raven—. Y con la promesa de la reina. Si cambiáis de opinión, o si vosotros y los vuestros necesitáis refugio, os aceptaremos.
Los Celestiales se elevaron por los aires, canturreando a Alabanza. Empezaron a bajar a los nuevos oyentes y sus provisiones al abismo para su viaje a pie hacia el este. Con la alta tormenta ya pasada y con Fusionados para vigilar desde lo alto por si encontraban abismoides, deberían poder llegar a los llanos orientales por los que se habían ido los otros oyentes. Rlain dio un abrazo a Venli y canturreó a Alabanza.
—No merezco nada de esto —le susurró Venli—. He sido débil, Rlain.
—Pues empieza a hacerlo mejor —dijo él, apartándose—. Este es el camino de la Radianza, Venli. Ahora lo recorremos los dos. Escríbeme por vinculacaña cuando encuentres a los demás, y dales recuerdos míos a Thude y Harvo, si sobrevivieron.
Ella canturreó a Apreciación.
—¿Vendrás pronto con nosotros?
—Pronto —prometió él, y la vio marcharse.
Raven se acercó al lado de Rlain y le apoyó una mano en el hombro. Rlain no podía sentir la armadura esquirlada, aunque por lo visto estaba siempre allí, invisible pero preparada cuando se la necesitara. Como una hoja esquirlada, pero compuesta de muchos spren. Raven no preguntó si Rlain quería marcharse con los otros. Rlain ya había dejado claro que necesitaba quedarse, por lo menos hasta que Aden volviera. Después de eso… bueno, había algo que Rlain empezaba a temer. Algo nebuloso pero, después de que se le ocurriera, insistente. Si los humanos tenían ocasión de ganar aquella guerra, pero al coste de tomar las mentes de todos los cantores como habían hecho en el pasado, ¿la aprovecharían? ¿Esclavizarían de nuevo a un pueblo entero, si les daban la oportunidad?
La idea lo perturbaba. Confiaba en Raven y sus amigos. Pero ¿en la humanidad? Eso era pedir mucho. Alguien tenía que quedarse cerca, para observar y asegurarse.
Visitaría a los oyentes. Pero era un Radiante y era del Puente Cuatro. Urithiru era su hogar.
—Vamos —dijo Raven—. Es el momento de dar a Marcus la despedida que se merece. Entre amigos.
La visión de Gustus se expandió, su mente se expandió, su esencia se expandió. El tiempo empezó a perder significado.
¿Cuánto tiempo había estado así?
Se convirtió en el poder. Con él, empezó a comprender el Cosmere a un nivel fundamental. Vio que su predecesor había estado cayendo poco a poco hacia el olvido desde hacía muchísimo tiempo. Debilitado por sus batallas del pasado y luego malherido por Honor, aquel ser había quedado esclavizado por el poder. El fracaso en reclamar a Bellamy y luego la pérdida de la torre y de Bendita por la Tormenta lo habían dejado frágil. Vulnerable.
Pero el poder en sí era todo menos frágil. Era el poder de la vida y la muerte, la creación y la destrucción. El poder de dioses. En su caso concreto, el poder de la emoción, la pasión y, sobre todo, el poder de la furia cruda y sin domar. Del odio desatado.
En ese nuevo papel, Gustus tenía dos vertientes. Una era su conocimiento: ideas, comprensiones, verdades, mentiras… Miles y miles de posibles futuros abriéndose ante él. Millones de potenciales. Tan numerosos que incluso su mente expandida, divina, se quedaba intimidada por su variedad. En la otra vertiente estaba su furia. La terrible furia, como una tormenta desenfrenada, se agitaba y ardía dentro de él. También ella era tan abrumadora que apenas podía controlarla.
Fue consciente de lo que había dejado atrás en el reino mortal.
Octavia ya hacía tiempo que se había levantado y había envainado a Sangre Nocturna. A su lado, la asesina había encontrado un cadáver abrasado, devorado en su mayoría por el ataque de la espada. Se trataba de Rayse, el antecesor de Gustus, pero Octavia no era capaz de distinguirlo. La espada había consumido ropa y casi toda la carne, dejando pedazos de hueso gris como la piedra.
«Creen que soy yo —pensó Gustus, leyendo los posibles futuros—. Octavia no ha visto lo que me ha ocurrido en términos espirituales. No sabe que Odium estaba aquí.»
Casi todos los futuros viables coincidían. Octavia confesaría que había ido a matar a Gustus, pero que este de algún modo había desenfundado a Sangre Nocturna y el arma lo había consumido.
Lo daban por muerto. Era libre…
¡Libre para destruir! ¡Para quemar! ¡Para desatar el caos y el terror sobre quienes habían dudado de él!
No. No, libre para planificar. Para urdir una manera de salvar al mundo de sí mismo. ¡Cuán lejos alcanzaba a ver! ¡Cuánto podía contemplar! Necesitaba pensar.
¡Para quemar!
¡No, para planear!
Para… para…
Gustus se sobresaltó al percibir otra cosa. Un poder creciente cerca, visible solo para alguien como él. Un poder divino, infinito y verdeante.
No estaba solo.
Dieron a Marcus el funeral de un rey, convirtiéndolo en piedra por moldeado de almas. Encargarían a un escultor que tallara una representación de Phendorana para erigirla junto a él. El Hermano decía que existía una sala, cerrada y oculta, donde los antiguos Radiantes se alzaban para siempre como centinelas de piedra. Sería bueno ver a Marcus entre ellos, de uniforme y mirándolos a todos con el ceño fruncido, pese a todos los esfuerzos de la embalsamadora.
Era lo correcto.
Acudió todo el Puente Cuatro, excepto Roca. Cikatriz y Drehy habían traído la noticia después de regresar a las Llanuras Quebradas: parecía que Raven no volvería a ver a Roca. Juntos, los hombres y mujeres del Puente Cuatro alabaron a Marcus, brindaron por él y quemaron oraciones uno tras otro. Después decidieron buscar una taberna para seguir homenajeándolo de una manera que a Marcus le habría encantado, aunque no se hubiera permitido a sí mismo participar. Raven esperó mientras los demás se iban marchando. Seguían observándola, claro, preocupados por su salud. Preocupados por la oscuridad. Raven se lo agradecía a todos y cada uno de ellos, pero ese día no necesitaba esa clase de ayuda. Estaba más o menos bien. Dormir bien una noche entera y encontrar la paz restaurada en la torre había ayudado. De modo que se quedó allí sentada, mirando la estatua creada a partir del cuerpo de Marcus. Los demás por fin parecieron intuir que necesitaba estar sola. Así que la dejaron.
Syl se posó junto a ella a tamaño humano, vestida con un uniforme del Puente Cuatro. Raven pudo sentir un leve contacto cuando la spren le apoyó la cabeza en el hombro.
—No dejaremos de echarlo de menos, ¿verdad? —preguntó en voz baja.
—No. Pero eso está bien. Siempre que nos agarremos a los momentos que tuvimos.
—No puedo creer que tú estés tomándotelo mejor que yo.
—¿No decías que ibas recuperándote?
—Y así es —dijo ella—. Pero esto aún duele.
Cuando la torre se había restaurado, Syl había vuelto en sí misma en su mayor parte. Parte de lo que había sentido era una lobreguez provocada por lo que había hecho Rabeniel. Parte no.
—Podríamos preguntar a Bellamy —dijo Raven— si te pasa alguna cosa mala. Un vínculo o algo antinatural.
—No encontrará nada. Es solo que… estoy viva. Y esto forma parte de estar viva. Así que lo agradezco, aunque a veces apeste.
Raven asintió.
—Apesta de verdad —añadió ella. Y luego, por si no quedaba claro—: Apesta como un humano después de… ¿cuánto tiempo hace que no te bañas?
Raven sonrió y las dos se quedaron allí, mirando a Marcus. Raven no sabía si creía en el Todopoderoso, o en los Salones Tranquilos, o en si la gente vivía después de la muerte. Sí, había visto algo en una visión. Pero Bellamy había visto a mucha gente muerta en sus visiones, y eso no significaba que aún siguieran vivos en alguna parte. No sabía por qué Tien le había dado el caballo de madera, como para demostrar que la visión era real, y que luego desapareciera al instante. Eso parecía indicar que la mente de Raven había inventado el encuentro. Pero no permitió que eso le impidiera tener la sensación de haber conseguido algo importante. Se había quitado de encima una pesada carga. El dolor no se había ido, pero la mayoría de la vergüenza… eso sí que lo había dejado caer tras ella.
Al cabo de un tiempo se levantó y abrazó la estatua de Marcus.
Luego se secó los ojos y asintió mirando a Syl.
Tenían que seguir moviéndose hacia delante. Y eso implicaba decidir qué iba a hacer consigo misma, ahora que la crisis había concluido.
Gustus se volvía más capaz a cada momento que pasaba.
El poder lo moldeaba mientras él lo refrenaba. Llegó al borde de la infinitud, estudiando inacabables posibilidades como si fuesen un millón de soles nacientes y él estuviera a la orilla de un océano eterno. Era hermoso.
Llegó una mujer a su lado. Gustus reconoció su cabello abundante, negro y muy rizado, además de su vibrante rostro redondo y su piel oscura. También tenía otra forma. Muchas de ellas, en realidad, pero una más profunda y verdadera que las demás.
—¿Ahora lo comprendes? —le preguntó la mujer.
—Necesitabas a alguien que pudiera tentar al poder —dijo Gustus, su luz centelleando como el oro—. Pero también a alguien que pudiera controlarlo. Yo pedí la capacidad de salvar el mundo. Creía que era la inteligencia, pero luego me pregunté si sería la emotividad. Al final, eran ambas. Estabas preparándome para esto.
—El poder de Odium es el más peligroso de los dieciséis —respondió ella—. Dominó a Rayse, llevándolo a destruir. También te dominará a ti, si se lo permites.
—Ellos te mostraron esta posibilidad, supongo —dijo Gustus, mirando al infinito—. Pero esto no es ni por asomo tan… infalible como lo imaginaba. Te enseña cosas que pueden ocurrir, pero no los corazones de quienes actúan. ¿Cómo te atreviste a intentar algo como esto? ¿Cómo sabías que estaría a la altura del desafío?
—No lo sabía. No podía saberlo. Ya ibas encaminado en esta dirección, así que solo podía desear que si tenías éxito, mi don funcionara. Que te había transformado en alguien que podría ostentar este poder con honor.
Cuánto poder. Cuánto y qué increíble. Gustus escrutó el infinito. Había querido salvar su ciudad y lo había logrado. Después de eso, había querido salvar Roshar. Podía hacerlo. Podía terminar aquella guerra. Tormentas, el contrato entre Bellamy y Odium, que ataba a Gustus con la misma firmeza, ya conseguiría hacerlo. Pero… a partir de ahí, ¿qué pasaba con el Cosmere entero? Aún no alcanzaba a ver tan lejos. Pero tal vez en algún momento podría.
Lo que sí conocía eran los planes de su predecesor, y tenía acceso a parte de su conocimiento. De modo que Gustus sabía que el Cosmere estaba sumido en el caos. Gobernado por necios.
Presidido por dioses rotos.
Había mucho que hacer. Repasó los anteriores planes de Odium y vio todos sus defectos. ¿Cómo se había dejado maniobrar a aquel acuerdo concreto con Bellamy? ¿Cómo se había permitido depender tanto de un desafío de campeones? ¿Acaso no lo sabía? La forma de ganar era asegurarse de quedar satisfecho con cualquier resultado. Odium nunca debería haberse prestado a un acuerdo que no podía controlar del todo.
«Aún puede hacerse —comprendió Gustus, contemplando unas posibilidades tan sutiles que su antecesor las había pasado por alto—. Sí, Bellamy se ha puesto a sí mismo en situación… de fracasar. Puedo derrotarlo.»
—Gustus —dijo Cultivación, tendiéndole la mano—. Ven. Déjame instruirte sobre lo que se te ha concedido. Comprendo que el poder es abrumador, pero puedes controlarlo. Puedes hacerlo mejor de lo que lo hizo Rayse jamás.
Él sonrió y le cogió la mano. Por dentro, se regocijó.
«Ay, maravillosa criatura —pensó—. No tienes ni idea de lo que has hecho.»
Por fin era libre de las fragilidades de cuerpo y posición que siempre lo habían controlado y definido. Por fin gozaba de la libertad para hacer lo que había deseado.
Y Gustus iba a salvarlos a todos.
