115. TESTIMONIO
Sí, tengo ganas de gobernar a los humanos.
Meditaciones de El, en el primero de los Diez Días Finales
Lexa estaba sentada a la luz de una vela, escribiendo en silencio en su libreta. Clarke llevó otra silla junto a la de ella.
—La veo mejor que cuando estaba en el mercado —dijo—. Pero no lo sé, Lexa.
Lexa dejó la pluma, cogió las manos de Clarke y miró hacia el lado, donde, en la pequeña cámara que compartían en Integridad Duradera, su primera spren estaba en una silla, con Patrón de pie a su costado zumbando. ¿Las fibras laxas del patrón de la cabeza de ella se habían enderezado un poco?
Hablando con Patrón, se habían decidido por un nombre alezi para la anterior críptica de Lexa. Un nombre que encajaba, por lo que podían llegar a intuir, con el significado de su patrón individual.
—Es verdad que Testimonio parece estar mejor, Clarke —dijo Lexa—. Gracias por hablar con ella.
Maya estaba sentada en el suelo cruzada de piernas, en una especie de pose de guerrera. No estaba recuperada por completo, pero sí que había mejorado. Aunque seguía sin decir gran cosa, Lexa dudaba que muchos seres, humanos o spren, hubieran pronunciado nunca unas palabras tan valiosas como las de Maya en el juicio. Podría afirmarse, a partir de simples cálculos económicos, que Maya era una de las mejores oradoras de toda la historia. Si no vas a decir mucho, ya puestos es mejor que lo que sí digas signifique algo. Maya les daba esperanzas de que fuera lo que fuese que Lexa había hecho a Testimonio también podría repararse.
—Intentaré explicarte todo lo que hemos hecho Maya y yo —dijo Clarke mientras sonaban unas campanas de los honorspren en algún lugar cercano—. Pero la verdad es que no creo que ninguna de las dos lo sepamos. No soy precisamente una experta en estas cosas.
—¿Teniendo en cuenta los acontecimientos recientes? Yo creo que eres la única experta que existe. —Lexa alzó la mano y le acunó la cara—. Gracias, Clarke.
—¿Por?
—Por ser tú. Siento mucho los secretos.
—Me los contaste —dijo ella—. En algún momento.
Señaló con un movimiento de cabeza el cuchillo con la gema, todavía sin usar, que reposaba junto a la libreta abierta de Lexa en un lado de la mesa. El cubo que Dante le había enviado estaba en el otro.
—Suenan las campanas —dijo Clarke—. ¿Es la hora?
Lexa retiró la mano y se situó ante la mesa. Clarke se quedó callada, esperando y observando mientras Lexa levantaba la parte de arriba del cubo de Dante. Con la ayuda de Raven habían logrado abrirlo sin dañar lo que contenía: un spren con forma de brillante bola de luz y un extraño símbolo en el centro. Nadie reconocía el tipo de spren, pero Sagaz lo llamaba un seon.
—¿Estás bien, Ala? —preguntó Lexa. Se pronunciaba «aléi».
—Sí —susurró el spren.
—Puedes salir del cubo. No hace falta que sigas viviendo ahí dentro.
—Se… supone que debo quedarme. No debería hablar. Con vosotros. Con nadie.
Lexa miró a Clarke. El extraño spren se resistía a los intentos de liberarlo. Actuaba… como un niño maltratado.
Otro crimen para la lista de Dante, pensó Radiante.
Ya lo creo, respondió Lexa.
Radiante permanecía. Habían acordado que, cuando encontraran el camino correcto, en algún momento se absorbería como lo había hecho Velo. De momento, las heridas de Lexa seguían recientes. Casi sangrantes. Pero lo que había hecho por fin le permitiría empezar a sanar. Y había descubierto por qué Patrón siempre había estado tan convencido de que Lexa lo mataría. Y por qué se había comportado como un spren recién vinculado cuando Lexa había empezado a reparar en su presencia, en el barco con Anya. La respuesta más sencilla era la correcta: porque de verdad estaba recién vinculado.
Y Lexa no tenía una hoja esquirlada, sino dos.
Aún le quedaban preguntas. Los detalles de su pasado no terminaban de encajar del todo, aunque su memoria ya no estaba llena de lagunas. Había mucho que aún no entendían. Por ejemplo, Lexa estaba convencida de que sus poderes habían continuado funcionando de ciertas pequeñas maneras en los años transcurridos entre matar a Testimonio y encontrar a Patrón. Parte de ello, según Becca, se debía a la naturaleza de los ojomuertos. Antes de la Traición no habían existido. Becca decía que pensaba que por eso Dante estaba dándole caza. Tenía algo que ver con la caída de los cantores y los Caballeros Radiantes, hacía mucho tiempo, y con la reclusión de una spren concreta.
—Contacta con Dante, por favor, spren —susurró Lexa a la bola de luz—. Es la hora.
La bola se elevó en el aire y la siguiente parte apenas costó un momento. El globo de luz cambió para componer una versión de la cara de su interlocutor hablando con ella.
—Pequeña daga —dijo el rostro con la voz de Dante—. ¿Has llevado a cabo tu cometido?
—Así es —respondió Lexa—. Ha dolido mucho. Pero ella ya no está.
—Excelente. Eso… ¿«Ella», pequeña daga?
—Velo y yo ahora somos una, Dante —dijo Lexa, apoyando la mano en la libreta, que contenía las cosas fascinantes que Becca le había contado sobre otros mundos, otros planetas. Lugares que Lexa estaba ansiosa por ver.
Al igual que los demás Heraldos, Becca no era estable del todo. No era capaz de comprometerse con ideas o planes. Sin embargo, con una cosa sí se había comprometido: quería salir de Roshar. Estaba segura de que Odium no tardaría en dominar el mundo por completo y empezaría a torturar de nuevo a todos los Heraldos. Becca estaba dispuesto a casi cualquier cosa para escapar de ese destino.
Dante hizo una larga pausa.
—Lexa —dijo por fin—, nosotros no actuamos contra otros Sangre Espectral.
—Yo no soy de los Sangre Espectral —repuso Lexa—. Ninguna de nosotras lo fue nunca, no del todo. Y ahora vamos a apartarnos.
—No hagas esto. Piensa en el coste.
—¿Mis hermanos? ¿Te referías a eso? A estas alturas ya sabrás que no están en la torre, Dante. Patrón y Sagaz los sacaron incluso antes de que se produjera la ocupación. Gracias por este seon, por cierto. Sagaz dice que son muy difíciles de encontrar sueltos, pero que son un medio de lo más práctico para comunicarse entre reinos.
—Nunca obtendrás tus respuestas, Lexa.
—Ya tengo lo que necesito, muchísimas gracias —dijo ella mientras Clarke le ponía una mano reconfortante en la suya—. He estado hablando con Becca, la Heraldo. Parece creer que el motivo de que estés cazándolo es una Deshecha. ¿Ba-Ado-Mishram? ¿La que Conectó con los cantores hace mucho tiempo, concediéndoles formas de poder? ¿La que, cuando la atraparon, robó las mentes de los cantores y los convirtió en parshmenios?
»¿Para qué quieres la gema que retiene a Ba-Ado-Mishram, Dante? ¿Qué pretendes hacer con ella? ¿Qué poder perseguís los Sangre Espectral con un ente que puede atar las mentes de un pueblo entero?
Dante no respondió. El seon, imitando su cara, se quedó flotando en su sitio. Inexpresivo.
—Volveré pronto a la torre —dijo Lexa—. Junto con aquellos honorspren que, a la luz de las recientes revelaciones, han decidido vincularse con humanos. Cuando llegue, espero que tú y los tuyos ya no estéis. Puede que si te escondes bien no sea capaz de localizarte. En todo caso, voy a encontrar esa gema antes que tú. Y si te interpones en mi camino… bueno, será una cacería divertida, ¿no te parece?
—Esto no acabará bien para ti, Lexa —advirtió Dante—. Estás enemistándote con la organización más poderosa de todo el Cosmere.
—Creo que podemos ocuparnos de ti.
—Quizá. Pero ¿podéis ocuparos de mi maestra? ¿Podéis ocuparos de su maestro?
—¿Thaidakar? —adivinó Lexa.
—Ah, conque has oído hablar de él.
—El Señor de las Cicatrices, lo llama Sagaz. Bueno, pues cuando veas a ese Señor de las Cicatrices, dile una cosa de mi parte.
—Solo viene aquí en avatar —dijo Dante—. Estamos demasiado por debajo de su nivel para ser dignos de más.
—Entonces dile a ese «avatar» una cosa de mi parte. Dile… que estamos hartos de sus intromisiones. Su influencia sobre mi gente se acabó. —Lexa titubeó un momento y luego suspiró. La verdad era que Sagaz lo había pedido con educación—. Además, Sagaz quiere que le digas: «Ocúpate de tu estúpido planeta, imbécil. No me hagas volver por allí e hincharte a bofetadas otra vez».
—Por tanto, así debe ser —dijo Dante—. Debes saber que al hacer esto, has actuado contra los Sangre Espectral en la manera más belicosa posible. Ahora estamos en guerra, Lexa.
—Tú siempre has estado en guerra —replicó Lexa—. Lo que he hecho yo por fin es escoger bando. Adiós, Dante. Fin del contacto.
El spren flotante abandonó la forma de la cara de Dante y recobró la de esfera. Lexa se reclinó, intentando no sentirse abrumada.
—Sean quienes sean —dijo Clarke—, es cierto que podremos ocuparnos de ellos.
Siempre tan optimista. Bueno, pero tenía buen motivo. Con los líderes honorspren caídos en desgracia e Integridad Duradera abierta de nuevo a quien quisiera visitarla, Clarke había cumplido su misión. Había tenido razón desde el principio, tanto sobre los honorspren como sobre la propia Lexa. Lexa extendió el brazo y pasó a la siguiente página de su libreta, en la que había hecho un dibujo a partir de las descripciones de Becca. Mostraba una pauta de estrellas en el cielo y listaba los muchos mundos que se encontraban entre ellas. Lexa había tenido la cabeza gacha demasiado tiempo. Había llegado el momento de volar.
Los oyentes levantaron sus arcos hacia Venli cuando se aproximó a su campamento, sola, después de insistir en que los demás se quedaran a una buena distancia. No reprochaba a los oyentes que volvieran las armas en su contra. Debían de suponer que Venli había regresado para terminar el trabajo que había empezado. Así que levantó las manos, canturreó a Paz y esperó.
Y esperó.
Y esperó.
Por fin, Thude en persona salió de detrás de su fortificación de rocas apiladas. Tormentas, cómo se alegraba Venli de verlo. Por los conteos que habían hecho desde el aire, casi todos los oyentes debían de haber sobrevivido a los abismos hasta salir por aquel lado. Mil oyentes adultos, además de muchos niños. Thude se acercó, llevando la forma de guerra, pero se detuvo antes de entrar en el alcance de un ataque físico. Venli siguió canturreando, sintiendo cien arcos que apuntaban hacia ella. Aquel llano oriental tras las montañas era un sitio raro, muy abierto, y lleno de una cantidad sorprendente de hierba.
—Tormentas. ¿Venli?
Thude dio media vuelta y echó a correr hacia el resguardo de las fortificaciones. Venli cayó en la cuenta de que Thude debía de haber distinguido su jaspeado hacía escasos momentos. Llevaba una forma que él nunca había conocido, así que por supuesto que no la había identificado a distancia.
—¡Thude! —llamó ella, absorbiendo la suficiente luz tormentosa para brillar a plena luz del día—. ¡Thude, por favor!
Thude se detuvo al ver su luz.
—¿Mi madre sobrevivió? —preguntó Venli a Anhelo—. ¿Está viva?
—Lo está —dijo él—. Pero su mente ha desaparecido.
—Creo que podría tener una forma de curarla.
—¡Traidora! —gritó Thude—. ¿Piensas que te creo? ¡Habrías hecho que nos mataran a todos!
—Lo entiendo —dijo ella en voz baja a Consuelo—. Tengo merecido todo lo que podáis llamarme y más. Pero lo estoy intentando como nunca hice antes. Por favor, escucha lo que tengo que decir.
Él vaciló y luego recorrió la piedra hacia ella.
—¿Los demás saben dónde estamos? ¿Lo sabe el enemigo?
—No estoy segura —dijo Venli—. Los humanos os encontraron. Una Fusionada sabía de vosotros, pero ahora está muerta. No sé a quién se lo pudo decir.
—¿Qué es una Fusionada?
—Hay mucho que no sabéis —dijo Venli—. Nuestros dioses han regresado, terribles como nos advirtieron. Eso fue en buena parte culpa mía, aunque Rlain diga que está seguro de que habrían encontrado la forma de volver de todos modos.
Thude se animó al oír el nombre de Rlain.
—Tendremos que hacer algo para protegernos —dijo Venli—. Algo que haga que todo el mundo nos deje tranquilos. —Extendió el brazo y una pequeña spren con forma de cometa salió volando de entre la hierba y empezó a dar vueltas a su mano—. Es nueva en este reino y está algo confundida. Pero busca alguien a quien vincularse y convertir en Radiante. Como mis amigos y yo.
—La última vez ya viniste con un spren que quería un vínculo —replicó Thude a Reprimenda—. ¿Y qué pasó?
—Esto será distinto —dijo Venli, refulgente de luz tormentosa—. He cambiado. Os prometo tanto tiempo como necesitéis para poner a prueba mis palabras. Para decidir sin presiones. De momento, por favor, déjame ver a mi madre.
Thude por fin canturreó a los Vientos, ritmo que indicaba que lo siguiera, mientras echaba a andar de vuelta hacia el campamento.
Venli armonizó a Alegría.
—¿Hay más de estos spren que quieran hacer Radiantes a oyentes? —preguntó él.
—Sí.
—¿Cuántos?
—Centenares —dijo ella.
El Ritmo de la Alegría ganó fuerza dentro de Venli mientras entraba en el campamento, aunque muchos de los que la veían canturrearon a Ansiedad. A Venli solo le importaba llegar a una persona. Una anciana oyente sentada junto a una tienda hecha de juncos entretejidos. El corazón de Venli brincó en su pecho y los ritmos sonaron más puros. Más vibrantes. Jaxlim de verdad estaba viva. Venli corrió hacia ella y cayó de rodillas ante Jaxlim, sintiéndose como si fuese una niña de nuevo. En el buen sentido.
—¿Madre? —dijo.
Jaxlim alzó la mirada hacia ella. No había reconocimiento en los ojos de la anciana oyente.
—Sin ella —dijo Thude, llegando al lado de Venli—, estamos perdiendo las canciones. No escapó nadie más que las conociera.
—Está bien —dijo Venli, secándose las lágrimas—. Todo saldrá bien.
Timbre, en el interior de Venli, emprendió una canción gloriosa.
Venli extendió la mano y la pequeña lumispren se elevó muy poco a poco en el aire y luego empezó a dar vueltas alrededor de su madre. Los alcanzadores estaban buscando a gente que ejemplificara su Ideal, la libertad. Y los oyentes eran la representación perfecta. Sin embargo, un vínculo Radiante requería voluntad y la madre de Venli no podía pronunciar Ideales, aunque según los alcanzadores no era necesario hacerlo para iniciar el proceso de vinculado. También creían que hacerse Radiante sanaría a su madre, aunque no estaban seguros. Las heridas mentales eran difíciles, habían explicado, y la curación dependía mucho del individuo. Pero Jaxlim aún podía querer aquello, ¿verdad? ¿Aún podía elegir?
—Escucha, madre —rogó Venli a Paz—. Óyeme. Por favor.
Venli empezó a cantar la Canción de las mañanas. La primera que había aprendido. La favorita de su madre. Mientras cantaba se congregaron oyentes alrededor, bajando sus armas. Empezaron a canturrear ritmos que armonizaban con el de ella. Cuando terminó, Thude se puso de rodillas junto a ella. La pequeña spren se había introducido en el cuerpo de Jaxlim para buscar su gema corazón, pero aún no se había producido ningún cambio. Venli sacó una esfera de luz tormentosa, pero su madre no la absorbió.
—Ha sido precioso —dijo Thude—. Hacía demasiado tiempo que no oía nuestras canciones.
—Yo las recuperaré para vosotros —susurró Venli—, si me aceptáis. Lo entenderé del todo si no queréis, pero traigo a otros Radiantes conmigo, mis amigos. Además de algunos soldados enemigos que han elegido desertar y hacerse oyentes.
Thude canturreó a Escepticismo.
—De nuevo, si me rechazáis, es muy comprensible —prosiguió Venli—. Pero al menos escuchad a mis amigos. Vais a necesitar aliados para sobrevivir en este nuevo mundo, un mundo de potenciadores. No podemos ir solos como hacíamos antes.
—No estamos solos —dijo Thude—. Creo que descubrirás que las cosas han cambiado para nosotros, igual que para ti.
Venli canturreó a Consideración. Entonces oyó un sonido rasposo, como de piedra contra piedra. O… ¿garras contra piedra?
Una sombra cayó sobre Venli, que se sobresaltó y levantó la vista hacia un cuello largo y poderoso con una intimidante cabeza en forma de punta de flecha al final. Un abismoide. Allí. Y nadie estaba montando en pánico.
Tormentas.
—¿Así…? —susurró—. ¿Así es como pudisteis salir de los abismos aquella noche, durante la tormenta?
Thude canturreó a Confianza.
Antes de que Venli pudiera pedir más respuestas, la interrumpió otra cosa. Una voz.
—¿Venli? Venli, ¿eres tú?
Venli bajó la mirada para descubrir que los ojos de su madre se habían enfocado y la estaban viendo.
Tus Palabras, Venli, dijo en su mente una lejana voz de mujeren, ahora son aceptadas.
