N/A: Como siempre, le doy las gracias a quienes comentan y leen, especialmente a quienes lo hacen después de tantos AÑOS. Los quiero mucho (hace un corazón coreano con los dedos)
Ha pasado tanto tiempo que tuve que leerme todo el fic entero, un par de veces, para retomarle el hilo. A estas alturas creo que me lo aprendí de memoria. Pero ¡he vuelto! (Y todo gracias a una autora que me devolvió el amor por los Merodeadores después de que J.K. destruyera mi interés por Harry Potter con sus estupideces. Aprovecho de recomendarles "Triunfar o Morir" de sgonzc, disponible en la plataforma archiveofourown.)
Y YA QUE HABLAMOS DE ARCHIVEOFOUROWN, estoy subiendo este fic allá y les ruego encarecidamente que me lean allá, porque temo que ESTA PÁGINA VA A MORIR TARDE O TEMPRANO con la 0 mantención que tiene.
Iba a poner una advertencia de contenido pero, ¿saben qué? Lean y descúbranlo por ustedes mismos. Este es el capítulo más largo que he escrito alguna vez. Enjoy.
23
En San Valentín todo saldrá bien
La noche fría de profundo invierno se hacía notar con el viento gélido que azotaba por ráfagas, directo a una de las ventanas de la habitación de los chicos de Gryffindor del sexto año. El cielo oscuro tenía unas pocas nubes que parecían pinceladas desprolijas de color grisáceo, cubriendo parte de la luna gibosa menguante y brillando gracias a su resplandor perlado. A lo lejos, de tanto en tanto se sentía el ulular penitente de una lechuza solitaria viniendo desde el tétrico Bosque Prohibido.
Prácticamente de forma rutinaria, James y Sirius fumaban a altas horas de la madrugada mientras escuchaban la respiración pesada de Remus, quien dormía tras el cortinaje de la única cama en pie; y mientras sobrevivían a los fuertes ronquidos de Peter durmiendo en el suelo, cuyas apneas obstructivas hacían que, cíclicamente, a James y a Sirius se les parara el corazón de preocupación ante la incertidumbre de volver a oír respirar.
- Le dije que fuera a verse con un sanador – comentó el de rulos con expresión aprehensiva, mientras miraba al rubio en el suelo.
- Suenas como mi madre.
- Un día de estos se nos va a ir en el sueño.
- Suenas exactamente como mi madre – reiteró James, cada vez más entretenido.
Peter se encontraba completamente ajeno a la discusión preocupada que ambos amigos mantenían sobre él, pero se removió en su lugar cuando Sirius comenzó a toser de manera poco sutil, víctima de las secuelas que le había dejado ese encuentro con el trío de Slytherin más temprano aquella semana, y contra todo pronóstico, esta vez fue el de gafas el que se encontró repitiendo la supuesta frase de su madre.
- Tú también deberías ir a verte con un sanador – escapó de su boca antes de darse cuenta, y el de rulos frente a él resopló sarcásticamente (o lo más sarcástico que pudo, teniendo en consideración que ese ataque de tos lo había dejado encorvado y con una mueca de dolor en la cara. Sus costillas le dolían).
- No. Sería como reconocer que esos imbéciles me dieron una buena paliza.
- Sí, mira, no creo que tengan que verte yendo a la enfermería para comprobarlo. Ellos estuvieron ahí, lo vieron en primera persona – comentó entretenido, y sin poder evitarlo, terminó por reírse cada vez más animado.
- ¿Qué?
- Nada.
- ¿Te causa gracia que me duela, maldito hijo de perra?
- Es que es un poco vergonzoso – lo molestó James, apuntando hacia las costillas del moreno con el cigarrillo a casi acabar entre medio de sus dedos -. Tienes que admitirlo, todos pensamos que si alguna vez esos imbéciles le ganaban a uno de nosotros, sería a Peter. No a ti.
- Prewett me tendió una emboscada con lo de McKinnon y me pilló desprevenido nada más – respondió con una actitud mucho más arrogante a la que tenía derecho después de que los Slytherin lo habían agarrado a patadas.
Había transcurrido ya una semana desde el escándalo romántico en el que se habían visto envueltos Marlene McKinnon y Sirius Black, comentado a lo largo de Hogwarts casi como si se tratara de la trama de una de esas novelas rosas que salían periódicamente en la revista Corazón de Brujas. Ya que la delegada de la escuela era transversalmente popular y había sido víctima de una ruin apuesta entre dos alumnos brabucones, ni Sirius ni James estaban gozando actualmente de demasiada popularidad. A veces, mientras caminaban por los pasillos, las chicas de cuarto o quinto que antes les hubieran saludado coquetas y nerviosas, ahora susurraban con muecas de desagrado y hasta se veían ofendidas de compartir el mismo espacio físico que ellos.
El único que había remplazado dicha mueca de desagrado y ahora se pavoneaba con exceso de arrogancia, era Fabian Prewett.
Y ahora que febrero estaba a la vuelta de la esquina, un lugar como Hogwarts que estaba siempre lleno de adolescentes (y que ya en un día cualquiera era un hervidero de hormonas), había explotado de emociones en la antesala de las celebraciones de San Valentín. Slughorn ya había anunciado que pronto enviaría invitaciones para un nuevo evento del Club Slug con parejas y James se indignaba pensando cómo, una vez más, el ataque que había ocurrido dentro de las paredes de piedra del castillo no solo había quedado impune, sino que todos habían parecido olvidarlo rápidamente.
- Odio toda esa mierda de San Valentín, pero supongo que no me viene mal.
- ¿Tú crees?
- Cualquier distracción es bienvenida. – Sirius ya iba encendiendo el cuarto cigarrillo de esa noche, y James iba a seguir pareciéndose a su madre.
- Con esa tos, deberías fumar menos.
El moreno simplemente le respondió exhalando todo el humo de la primera calada directamente en la cara de su mejor amigo para demostrar lo poco que le importaban sus aprehensiones sobre su salud.
- Y hablando de distracción – continuó el de rulos, ignorando el consejo -, ¿vas a invitar a Lily?
James se encogió de hombros. No tenía deseos de ir a una estúpida reunión del Club Slug tal como estaban las cosas, pero también tenía que admitir que amargarse con el estado actual de la guerra no servía de absolutamente nada. Desde la posición en la que se encontraba, y tal como había ocurrido desde que era consciente al respecto, no podía hacer nada por cambiar la situación ni dentro ni fuera del castillo. Lo único que hacía era preocuparse y angustiarse sin solucionar nada, y bien se había dado cuenta de lo ordinario que era al compararse con alguien de la talla de Rivaille...
Suponía que Sirius tenía razón y había que aprovechar las distracciones para no enloquecer al ver que nadie le ponía término a esa guerra sin nombre que vivía su comunidad.
- No me he atrevido a acercarme desde que se supo lo de la apuesta. Me da miedo que me mande a la mierda de nuevo.
- Ah, sí…
- Aunque… Tú deberías aprovechar la ocasión para solucionar las cosas con McKinnon.
- ¿Para qué demonios querría solucionar las cosas con McKinnon?
- ¿Para qué demonios querrías dejarlo como está? – contraatacó – Te conozco y sé que te importa un carajo lo que importe el resto del ti, pero ¿McKinnon? Es genial, nunca vas a conseguir estar con alguien mejor que ella y lo sabes.
- Yo no quiero estar con nadie.
- ¿Entonces por qué no terminaste con ella? Si mal lo recuerdo, la apuesta consistía en que hicieras que se enamorara de ti o algo así, ¿en qué minuto te convertiste en su novio?
- Fue por otras razones.
- ¿Qué razones?
Sirius rodó los ojos, comenzando a perder la paciencia. Ni aunque tratara de explicarle a su mejor amigo éste iba a entenderlo.
Aún si lo intentaba, no sabría por dónde comenzar y le daría demasiada vergüenza reconocer que nada más quería las ventajas de tener a alguien al lado, cuidando de él y entregándole cariño, para variar, y aunque no se enamorara de ella como todos esperaban, no le molestaba la idea de haber estado con la chica y los beneficios que eso le traía. Pero, en ningún caso se había puesto en la posición de ser recíproco y responder como un buen novio lo haría…
Básicamente y dejando de lado cualquier tipo de justificación que se le ocurriera dar, era tan sencillo como reconocer que la estaba usando con fines personales.
- ¿Cuándo vas a aceptarlo de una vez?
- ¿Qué?
- Que no soy como tú o Remus y no me interesa enamorarme ni estar con una chica.
- ¿Cuándo vas a aceptarlo tú de una vez? Lo mismo pasó con la medio veela el año pasado. Sirius, no tiene nada de malo si te gusta una chica ni es motivo para avergonzarse de nada—.
- Ojalá estuviera mintiéndote, James, pero Marlene no me importa. – Sirius apagó el cigarrillo en el marco de madera de piedra de la ventana y lo lanzó al vacío – No de esa manera, al menos.
- Está bien.
Se contentó con ver que el de gafas no siguió insistiendo al respecto, porque francamente no tenía ganas de continuar con el tira y afloja de aquella conversación hasta que terminara por perder la paciencia e irritarse. Además, no quería profundizar en el tema ni mucho menos intentar explicar lo que pasaba por su mente… Porque lo que pasaba por su mente muchas veces era suficiente como para asustarlo a él, así que su interés distaba demasiado de expresarlo en voz alta y terminar por alejar a los pocos amigos que tenía.
Pasándose una mano por su cabello, exasperado, sabía que reconocer que usaba a las personas sonaba exactamente como algo que diría su familia… Después de todo, cada miembro de la familia Black se involucraba o se casaba solo con fines personales… Y ¿él? Si sus amigos creían que le hacía el quite y estaba reacio a entablar una relación sentimental con alguien solo por un tema de inmadurez, estaban equivocados. Él mismo había alentado esa creencia con sus comentarios y actitudes…
Pero, la realidad era bastante más sencilla y triste; Sirius solo se permitía querer a un puñado de personas que tenían su amistad, como James, Remus y Peter; o su respeto, como la profesora McGonagall. Fuera de eso, parecía una misión imposible que llegara a confiar en alguien o a interesarse por alguna persona, mucho menos llegar a sentir algo real. Lily era la única que se había acercado bastante en el último tiempo… Pero, ante esas expectativas, Sirius sabía que nunca le había gustado una chica como para hacer algo más que terminar encamándose de vez en cuando.
En su experiencia, la mayoría de las mujeres eran demasiado tontas y superficiales en el mejor de los casos; demasiado inteligentes y manipuladoras en el peor de los casos, como su 'querida' madre.
Por eso lo de la medio-veela había sido tan extraño… Pero como todo en su vida, había desaparecido antes de que pudiera ilusionarse y sin darle la posibilidad de pensar demasiado en ello (pues, ni sus cartas había respondido el año anterior). Tal vez era porque a simple vista le había parecido otra oveja negra, como él. Dios sabía que era lo suficientemente egocéntrico como para que le gustara alguien que tuviese sus propias características… O, a lo mejor simplemente le había gustado esa chica porque sabía que a Regulus también, e inconscientemente había querido competir contra él y ganarle.
Ganarle a un Black era el móvil de Sirius Black.
A veces Sirius creía que el único motivo por el que le importaba la guerra, era porque su familia estaba llena de mortífagos. ¿Le importarían los ataques contra los hijos de muggles en el caso contrario? A veces su insomnio se debía exclusivamente a esa pregunta sin responder. Teniendo a alguien tan valiente como James al frente de él, le aterraba saber lo que pensaría su mejor amigo de él si se enterara. Quizás creería que era un fraude y dejaría de ser su amigo.
- Me iré a dormir – anunció el de gafas, encaminándose a uno de los tres colchones chamuscados que había en el suelo, junto a Peter y sus ronquidos, mientras Sirius encendía otro cigarrillo con nula intención de seguirlo aún.
Aspiró el cigarro sintiendo como el humo caliente le quemaba y le provocaba dolor a la altura de la garganta, y lo hizo de nuevo, aspirando una bocanada con la sola finalidad de volver a quemarse. La habitación estaba oscura, pero todavía podía ver el humo blanco saliendo de su boca, hacia la ventana y perdiéndose en el cielo oscuro y helado que le mantenía los dedos de las manos entumidos.
Mirando a sus amigos dormir, volvió a preguntarse si alguno de ellos le temería si conocieran mejor cómo funcionaban los pensamientos dentro de su mente. Era ridículo porque Remus había temido durante sus primeros años en Hogwarts que sus amigos lo dejaran de lado una vez que se enteraran de su secreto, que era un hombre lobo, como si eso afectara en algo su magnífica personalidad.
No como él, que a veces sentía tanto odio y tanta rabia que creía que podía explotar. Que cada vez que veía a Regulus caminando por un pasillo, o leía algo sobre alguna de sus primas en El Profeta, o escuchaba algún rumor de su madre, pensaba en lo mucho que quería que se murieran todos y desaparecieran de la faz de la tierra. Mierda, hasta su tío Al no se salvaba de todo el resentimiento y la amargura que lo embargaba, y quería decir que era reciente, desde lo de Keith o desde que se había ido de su casa… Pero, tal vez, era desde que había nacido y siempre había sido diferente sin quererlo, sin provocarlo… Cuando Kreacher lo acusaba y sus padres lo castigaban, mucho antes de que entendiera lo que estaba haciendo mal…
Por eso, a veces, cuando tenía demasiada rabia y empuñaba sus manos con fuerza hasta hacerse daño a sí mismo, solo desearles la muerte no era suficiente… Y cada mañana cuando abría el diario en la mañana, así como James buscaba alguna noticia importante sobre la guerra, los aurores o la Orden del Fénix, él esperaba leer que alguno de sus padres estuviese muerto. Se imaginaba a sí mismo riendo genuinamente cada vez que alguien se acercara a desearle condolencias, se imaginaba riendo más aún al ver la cara de consternación de todo el mundo.
A lo mejor de verdad no le importaba la guerra ni la vida de los sangre sucia y su amistad con James, Remus y Peter tenía sus días contados, porque tarde o temprano se darían cuenta de que Sirius estaba enfermo de tanto odio y sentía que en cualquier momento iba a perder la cabeza…
Pero, al día siguiente tenía que ir a clases de cualquier forma, así que le dio un chasquido a la colilla del cigarro para botarla por la ventana, y se dirigió al último colchón vacío que quedaba en el suelo.
A la mañana siguiente, a la subsiguiente, e incluso la del día siguiente a ese, Sirius no tenía en la cabeza nada más que no fuese la venganza. Hubiese estado mintiendo si hubiera dicho que el hecho puntual de la paliza, más escupitajo en la cara, había sido determinante para querer atrapar a Snape como un perro de caza, porque en realidad le tenía ganas hacía rato (además de que se metía con él desde primer año, porque sí, incluso antes de tener motivos para odiarlo de verdad como lo hacía ahora.) Desde que se era un sabelotodo insufrible, desde que era un fisgón, desde que quería que expulsaran a James, desde que quería saber el secreto de Remus, desde que le había dicho que era un niño rico haciéndose la víctima, desde que había insultado a Lily, desde la maldición sectusempra, desde que había hecho una pregunta incorrecta en su examen de veritaserum, y ahora, más recientemente, desde que cabía la posibilidad de que estuviese detrás de un ataque a los hijos de muggle dentro del castillo.
Snape había jugado con fuego creyendo que quemarse no era una posibilidad. Le había dicho que sabía el secreto de "Moony", así, como si nada. Con desdén y sarcasmo, burlesco, como si pudiera decir esas palabras y dar a entender cosas que sonaban como una clara amenaza hacia Remus y vivir para contarlo. Como si Sirius no fuese a hacer nada al respecto más que devolverse a su sala común para irle con el cuento a James, como hacía antes.
Pero, James había cambiado, había madurado y le quedaba eso de payaso o de bravucón, pero ya no de matón. Sirius era el único matón que quedaba ahí y si dependía de él, iba a tirar todos los puños necesarios para proteger el secreto de Remus.
A todo eso, que no era poco, tenía que sumarle que el estudiante, notablemente inferior que él, lo había humillado una semana antes. Y a Sirius Black no lo humillaba nadie. Si alguien pensaba que lo había conseguido con éxito, era porque no sabía que venía una segunda parte, una ola más grande y más fuerte que la anterior de la que no se salía bien parado o no se salía en lo absoluto. Snape no tenía idea que estaba parado en la costa, despreocupado, a punto de recibir esa segunda ola. Pero Sirius sí sabía, porque estaba esperando pacientemente como un león agazapado y escondido detrás de unos matorrales, listo para saltar sobre una presa más débil.
El problema era que el Slytherin era más escurridizo que gato entre la leña y ahora, sin el Mapa del Merodeador, se le hacía casi imposible pillar al maldito. Compartían un par de clases y tenían una guerra de miradas furiosas a distancia, y tan pronto como sonaba la campana el de cabello azabache desaparecía tan rápido que hasta parecía que conocía más pasadizos ocultos que ellos. Si es que pensaba en seguirlo, el bueno de Remus lo miraba con esos ojos de cachorro desamparado bajo la lluvia y maldita sea, era débil contra esas miradas… Una de las pocas cosas que tenía certeza en la vida era que, si es que hacía algo, tenía que hacerlo solo, sin que James lo juzgara, Remus se preocupara o Peter le temiera.
Así que ahí estaba, tal como hacían antes y a la vieja usanza, apoyado en la baranda de una escalera movediza mientras se hacía el lindo con la muchacha campesina del cuadro que estaba justo en el segundo piso.
- ¿Qué tal va la hambruna? ¿Alguna peste nueva y mortal expandiéndose entre los marcos? - preguntó, calculando que la chica pintada en el lienzo habría vivido en la edad media o algo por el estilo, a juzgar por sus vestimentas.
- Jajá, muy gracioso, Sirius - le reprimió, llevándose las manos a la cadera. Tal y como había ocurrido con los elfos en las cocinas, todos los personajes de los cuadros conocían a los merodeadores. Sin embargo, después de crear el mapa habían dejado de necesitar su ayuda y, como en todo orden de cosas, habían pasado a ignorarlos (pero el moreno esperaba que eso no le jugara en contra) -. ¿Y tú? ¿Alguna bofetada que te hayan dado recientemente?
- Auch - dijo llevándose una mano al corazón con dramatismo. En ese colegio las noticias corrían tan rápido entre los vivos, los muertos y los no-humanos, que llegaba a ser ofensivo... – Así que mis andanzas también llegaron a sus oídos… -Se llevó la mano al cuello para sobarse, intentando lucir arrepentido.
- Y me temo que no eres demasiado popular. – La chica, que se veía de unos quince años y usaba sus rizos dorados escondidos bajo un pañuelo blanco y gastado, comenzó a pelar habas sobre un tazón de greda -. Hasta el viejo tlachiquero no quiere verte la cara.
"El viejo tlachiquero" era, probablemente, el único de los personajes de cuadros en todo Hogwarts que no sabía hablar ni una pisca de inglés. Normalmente se dedicaba a gruñir mientras trabajaba bajo el sol sin parar, extrayendo aguamiel de la planta de agave medio agachado, quejándose de dolor de espaldas constantemente y espantando a cualquiera que se le quedase mirando por más de cinco segundos… Y por Dios que las cosas debían estar mal si hasta ese irreverente y solitario personaje le tenía sangre en el ojo.
- Lo de Marli me tiene mal, ¿sabes? – comentó como quien no quiere la cosa y con la esperanza de que ese rumor también se expandiera como fuego en un pastizal seco.
- Bueno, ¿quién te manda? – devolvió la chica sin sacar su mirada de las habas que estaba sacando. No había ni una pisca de empatía por el de rulos -. Hiciste sufrir a la chica más linda y agradable de Hogwarts.
- Yo también soy lindo y agradable.
- Pffff.
- ¿No sabes quién fue, por cierto? La que le dijo a Prewett de la apuesta.
- Puedo averiguar – dijo haciéndose la interesante. Sirius asintió en su lugar. El daño ya estaba hecho y no había mucho más que hacer al respecto, pero se encontraba genuinamente intrigado respecto de cómo se había sabido la verdad. Cómo lo había sabido Prewett, más precisamente. – Y bueno, Sirius. No venías a conversar conmigo hace demasiado tiempo como para que creas que estás aquí porque extrañabas mi bella sonrisa. Dime qué quieres.
Eso, sin rodeos.
- Me preguntaba si habías visto a Snape recientemente.
- ¿Cuál es ese?
- Ese horrible de cabello negro que le cae encima del rostro.
La muchacha chasqueó la lengua, dando a entender que ya sabía de qué se trataba.
- Ya que lo preguntas – respondió abriendo mucho los ojos, como si le emocionara ser de utilidad. (A juicio de Sirius, la vida dentro de un cuadro debía ser extremadamente aburrida. Él también estaría emocionado si pudiera chismear, aunque fuese sobre el idiota de Snape) – esta mañana, temprano, estaba bebiendo un té en el lienzo de madame Suflair y lo vi en una posición muy misteriosa cerca del salón de pociones.
- ¿Misteriosa cómo? – preguntó interesado, acercando muchísimo su rostro al óleo. Desde allí podía ver a la perfección las pinceladas secas y quebradizas por el paso del tiempo, y los colores entremezclándose unos con otros, con sus acumulaciones y volúmenes.
- Estaba conversando con esa chica… ¿Cómo es que se llama?
- ¿Quejicus con una chica? – preguntó confundido -. ¿Segura que sabes de quién hablo?
- Sí, sí, esa chica de cabello anaranjado.
- ¿Lily Evans? – preguntó con frialdad, sintiendo un pequeño dejo de traición.
¿La misma Lily Evans que supuestamente ya no era más amiga de él?
- ¡ESA MISMA!
- Gracias, Mary Geoise. – Sirius se marchó caminando a paso decidido, sin siquiera quedarse a esperar la despedida de la chiquilla en el óleo.
.
.
Mientras la melancólica melodía de "Rainy Days and Mondays" sonaba desde el tocadiscos y envolvía todo el espacio de la sala común, la que a esa hora se encontraba prácticamente vacía, Lily levantó la vista indistintamente hacia una de las ventanillas para tomar un pequeño descanso de sus deberes de Transformaciones. Había nevado prácticamente toda la noche anterior, pero ahora había un cielo despejado y celeste, con un sol de invierno que no calentaba demasiado pero que tenía a todo el alumnado afuera, disfrutando de la nieve nueva y fresca.
James Potter no era la excepción. Con un suspiro enamoradizo lo vio a lo lejos y casi diminuto entre medio de un mar de blanco, lanzando bolas de nieve junto a Peter, contra un grupo de chicos de otra generación. Siempre con una sonrisa infantil y despreocupada estampada en el rostro, el joven tenía ese encanto digno de los miembros de las bandas juveniles que lo volvía intrínsecamente popular y atractivo, aún si objetivamente no era el más guapo del montón. La gente simplemente pululaba hacia él como polillas hacia la luz, atraídos por su estúpido carisma.
Lily ya se había cansado de fingir que no estaba exactamente en esa posición. Había llegado a la conclusión de que continuar negándolo no era sano, aún si le provocaba vergüenza haber pasado de ser la presidenta del club de "Yo odio a James Potter" a su fan número uno. En algún momento hasta había pensado en no admitirlo nunca solo por orgullo, pero ahora el enamoramiento era demasiado grave como para intentar hacer algo tan ridículo.
La semana anterior se había enterado de la infame apuesta que James y Sirius habían hecho durante el inicio del año, que había terminado con la cachetada de Marlene al moreno en medio del gran Comedor, a vista y paciencia de todo el mundo (y por tanto, bullado y comentado como el chisme del año). Marlene McKinnon era lo suficientemente querida como para que este hecho provocara un cisma y los alumnos tomaran partido, obviamente involucrando el honor de sus casas. Parecía que Hufflepuff se había tomado el asunto personal y ahora tenían a todo Gryffindor en la lista negra.
En cualquier momento este suceso le habría dado la razón y se hubiese regodeado diciéndole al castaño de gafas que era un cerdo, pero ¿ahora? hasta la consecuencia había abandonado su cuerpo, porque no lograba hacer que le importara lo suficiente como para cambiar su percepción sobre el adolescente. Le gustaba y ya. Le gustaba y mucho. Lo suficiente como para preguntarse cómo abarcar esos sentimientos y hacer algo al respecto.
Hacer algo al respecto implicaba una acción. Alguna muestra de valentía ingenua e irracional que de seguro iba a terminar con su corazón roto.
Tan solo un año antes hubiese sido cosa de decir algo y James le hubiera correspondido... O al menos eso creía (siempre estaba el temor de que el chico simplemente estuviese jugando con ella cuando le declaraba su amor constantemente). Ahora era prácticamente imposible: El castaño finalmente se había olvidado de ella y se había enamorado de una chica que tenía muchos más intereses en común con él, aunque los separara el canal de la mancha.
Soltó otro suspiro un poco desesperanzada.
- Tantos suspiros - dijo Remus mirándola desde el otro lado de la mesita de madera.
- Es un día bonito - respondió la chica con una sonrisa, intentando cambiar el tema -. ¿Qué haces aquí, por cierto? ¿Por qué no estás con James allá fuera?
Remus simplemente sonrió, mirándola como si la hubiese atrapado con las manos en la masa.
- Porque tenemos que ir a hacer rondas en quince minutos, Lily.
La colorina recordó que ese, justamente, era el motivo por el que habían decidido tomar ese pequeño espacio de sus agendas para avanzar en sus tareas en vez de entretenerse en algo más: El patrullaje que la profesora McGonagall les había pedido más temprano aquella mañana de viernes. No era grave, pero ya se había dado cuenta últimamente que estaba en exceso distraída, haciendo preguntas tontas como esa u olvidando las cosas más sencillas...
- ¿Y Sirius? - preguntó de todas formas, para que no se le notara tanto.
- ¿No está ahí? - Remus se levantó en su asiento, extrañado, y se inclinó ligeramente sobre la mesa para mirar a lo lejos en donde los alumnos se arrojaban bolas de nieve en una batalla campal (que, seguramente, pronto tendría a la profesora McGonagall reprendiéndolos por el desorden) -. Bah, qué raro...
La reconfortante mezcla del olor a chocolate y pergamino que siempre seguía al licántropo le llegó hasta la nariz. Todos ellos tenían un olor insigne y reconocible, como James, a tierra mojada y sudor después de un entrenamiento o partido de Quidditch; Peter a la mermelada de mora que comía todas las mañanas y que siempre se le derramaba sobre la camisa y; Sirius era en partes iguales cigarro y perfume que evocaba algo peligroso.
Peligroso, como ahora que acababa de entrar a la Sala Común a paso decidido, determinado y avasallador como un huracán y apuntándola con el dedo con expresión matona, furioso por algo que Lily ni siquiera había comenzado a entender.
- ¡Evans! – llamó y cuando llegó hasta la mesa en donde estudiaban, apoyó ambas manos en la superficie, amenazante.
- ¿Qué te pasa? – lo inquirió Remus, tomado por sorpresa ante el repentino cambio de ánimo del moreno. (En realidad, verlo así no era raro. Lo extraño era que su ira estuviese dirigida a Lily, a quien tenía en buena estima.)
- Que Evans es una traidora. Se junta con nosotros, y luego con Quejicus y quien sabe qué cosas le dice—.
- ¿Snape? – Remus entrecerró sus ojos, confundido, como si fuese lo más ridículo que hubiese escuchado, pero Lily sabía de dónde venía la acusación y el malentendido.
Sirius Black era así. Impulsivo y prepotente, atacaba primero y preguntaba después y nadie, ni siquiera ella, se podía salvar de su imprudencia cargada por un ego en las nubes que lo hacía asumir las cosas sin cuestionarse. Era casi y un poco villanesco, al menos para las personas que no lo conocían. El tipo que venía de una familia poderosa y que solo le estaba dando la espalda a su linaje porque era entretenido; que hacía lo que quería sin pensar en ninguna consecuencia; que molestaba o golpeaba a los alumnos más débiles y se burlaba de las chicas que confiaban en él, jugando con ellas.
Justo como James, tan popular como impopular. Tan maduro como inmaduro. Tan complejo como incomprendido.
Pero este no era el primer rodeo de Lily.
- Snape se me acercó en la mañana. Justo iba a contarle a Remus sobre eso en breve. ¿Quieres saber lo que quería? – le contó con una amabilidad y paciencia que el adolescente claramente no se merecía.
- Puedes apostar tu trasero a que quiero saberlo – dijo cruzándose de brazos.
En tanto el castaño se veía dividido. Parecía tan curioso por saber cómo por no saber, creyendo que no sería nada bueno, seguramente relacionado a su condición de licantropía. Tampoco parecía agradarle demasiado el tono que estaba usando Sirius hacia la colorina, pero todo indicaba que a Lily no le molestaba porque lo estaba dejando pasar.
La chica, con una paciencia de santa, le indicó la silla para invitarlo a sentarse, y el recién llegado lo hizo, mirándola expectante.
- Ya sabes, es lo de siempre. Por eso mismo no corrí a contárselos – explicó con toda calma. Aprovechó de sacarle punta a su lápiz grafito para fijar su vida en algo, ya que por mucho que intentara actuar con calma, se sentía incómoda por hablar de este tema. Sin embargo, debía decirlo ¿verdad? – Insistió con que me aleje de ustedes. El discurso de siempre: Que James es un cerdo, que Sirius es un idiota consentido, que Remus esconde algo… - En este punto se detuvo para darle una mirada al aludido, quien la miró sin decir nada de regreso y simplemente jugó con su cabello -. Me dijo que tiene grandes razones para creer que estoy en peligro solo por estar cerca tuyo.
- Naturalmente…
- Y que está pero es que seguro de que eres un hombre lobo - terminó. Se hizo el silencio, pero nada más duró unos segundos, hasta que Sirius soltó un resoplido indignado y golpeó la mesa, profiriendo gritos de "quién se cree ese que es", "hijo de puta engreído" y más insultos del estilo. La chica lo interrumpió para continuar su relato -: Me dijo que solo necesita una prueba para abrir la boca y decirle a todo el mundo, pero que alguna vez te había visto venir del Bosque Prohibido en el amanecer… Le dije que no sabía nada y que ya estaba aburrida de sus conspiraciones… Estuve tentada de mandarlo al bosque a buscar huellas, a ver si se atreve – comentó con una risita.
Sirius la miró de golpe, repentinamente interesado y sin decir nada, y la chica no supo por qué exactamente, pero le dio la sensación de que había puesto en movimiento los engranajes dentro de la cabeza del joven. Normalmente eso no podía significar nada bueno, pero desde que había abierto la boca para empezar a contarles lo que había ocurrido, había hecho las paces con la idea de que Sirius fuera a darle un susto a Snape.
- No se va a aburrir hasta que lo consiga – concluyó Remus, rendido. Lily sabía que intentaba sonar bastante más serio y calmado que como se sentía realmente, siempre haciéndose el fuerte y fingiendo que la presión de llevar semejante secreto a cuestas no lo estaba matando por dentro -. Me temo que llegará un punto en que no vamos a poder impedirlo.
- Solo queda año y medio – intentó animarlo la chica. Solo un año y medio más que aguantar, y sabía que a James o alguno de ellos se le ocurriría una idea magnífica para evitar que la verdad saliera a la luz, pues, en el pasado ya habían hecho milagros.
Sirius gruñó, taciturno. Seguía cruzado de brazos y ahora miraba hacia un punto distante dentro de la habitación, perdido en sus pensamientos. Era un cambio radical en comparación a cuando había llegado, furioso y prepotente, pero tal vez simplemente se había calmado tras descubrir que Lily no era una traidora, como había acusado.
Al rato, ambos prefectos se levantaron de su lugar y abandonaron al moreno para dirigirse a realizar el bendito patrullaje que les había pedido McGonagall y que consistía en darse un par de vueltas por el primer, tercer, quinto y séptimo piso (A veces, Lily creía que la jefa de su casa pensaba que ellos dos no tenían nada que hacer por la vida aparte de esos paseitos…) y, ¿con qué finalidad? Aunque los profesores continuaran con la justificación por defecto, de nada más verificar que los alumnos se estuviesen portando bien y quitar algunos puntos en caso contrario, todos sabían que era para tener unos cuantos pares de ojos más, alerta y vigilando que no hubiese nada extraño.
"Extraño", como un ataque a los hijos de muggles que había dentro del castillo. "Extraño", como magia negra y comportamiento criminal. Ese tipo de cosas que, al parecer, ahora eran normales en Hogwarts y en Inglaterra, cortesía de Voldemort y sus seguidores.
Pero no quedaba más que poner la mejor cara y obedecer, que justo para eso existían los prefectos.
- ¿Harás algo para tu cumpleaños este domingo, Lily?
El día estaba a la vuelta de la esquina. A la colorina nunca le había gustado celebrarlo ni hacer un alboroto. A veces, se sorprendía al darse cuenta que, de hecho, se ponía más bien melancólica y taciturna en la fecha de su cumpleaños y no dudaba que este año sería peor: Los años anteriores, si es que el horario de clases lo permitía, se reunía con Severus y pasaban una tarde agradable. El Slytherin no tenía mucho dinero como para regalarle algo, pero se contentaba con su presencia, y estudiaban o conversaban durante todo el día… Cosas que ahora extrañaba.
Sería el primer año que no lo pasaría con él (que también estaba de cumpleaños en enero, pero en el comienzo del mes y no al final como ella). Era triste pensar que este año ni siquiera lo había saludado para su cumpleaños, porque ya no se hablaban, salvo cuando el de cabello oscuro rompía su orgullo para acercársele y con la sola intención de hablarle mal de Remus, o James, o Sirius, o Gryffindor. Era aterrador como una persona muy querida podía convertirse en un perfecto desconocido, que las relaciones fueran así de frágiles y los cariños murieran de forma tan fugaz.
Por supuesto, siempre cabía la posibilidad de hacer algo con las chicas de su generación. Se llevaba bien con todas y todas eran sus amigas, aún si ninguna se llevaba el título indisputado de "mejor amiga" (como sí solía hacerlo Severus), pero corría el riesgo de que armara un gran escándalo en un lugar público, como el Gran Comedor, y la sola idea la ponía ansiosa. Quería tener un bajo perfil.
- Con ustedes – se atrevió a decir -. ¿Se puede?
- ¿Nosotros? – preguntó el castaño sonriendo. Y luego añadió, para corroborar que había entendido bien -: ¿Los cuatro? ¿James incluido?
Lily asintió con una sonrisa. Le hizo gracia la incredulidad de su acompañante.
- ¿Qué? ¿Acaso es mala idea?
- Inédito, nada más.
- En la habitación de ustedes y ya. No quiero ni a James ni a Sirius cantándome feliz cumpleaños sobre la mesa de Gryffindor en el desayuno, ni lanzando un cohete desde la Torre de Astronomía que deje mi nombre escrito en el aire, ni nada por el estilo – advirtió, sabiendo perfectamente bien que a ambos adolescentes les encantaba llamar la atención -. Y nada de regalos.
- Básicamente será como un día cualquiera, entonces.
- Eso. Eso es exactamente lo que me haría feliz.
- Está bien – replicó encogiéndose de hombros, para luego seguir caminando.
Remus internamente sabía dos cosas: La primera, que James iba a estar eufórico cuando supiera que Lily quería pasar su cumpleaños con él (porque aunque la chica dijera que lo quería pasar con los cuatro, estaba claro que lo quería pasar con James). La segunda, que James jamás iba a permitir que el cumpleaños de Lily fuese como un día cualquiera si él podía evitarlo.
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Dejando de lado el frío, el invierno siempre era una época encantadora dentro del castillo. Los terrenos cubiertos de nieve con un horizonte lleno de árboles y pinos, y las chimeneas siempre encendidas provocaban una sensación hogareña y cálida en los alumnos. Unos débiles rayos de sol se colaban por las ventanas, iluminando la habitación con la misma calidez agradable de un abrazo.
En medio de ese ambiente fue que llegó el fin de semana, tan rápido que a veces asustaba cómo volaba el tiempo.
Ese sábado en particular, las chimeneas se encontraban encendidas desde temprano para hospedar una nueva clase de aparición esa misma tarde, pero ninguno de los Merodeadores asistiría. Sirius ya sabía aparecerse, por lo que solo esperaba dar el examen durante las próximas vacaciones de verano; James y Remus no tenían la edad necesaria para inscribirse (¡estúpidas reglas!) y Peter había decidido que iba a esperar un año solo para hacerlo al mismo tiempo que sus mejores amigos. ¿Tomar el curso solo? Jamás.
A primera hora y tan pronto como todos los alumnos se sentaron en sus puestos para disfrutar de un reponedor desayuno, un centenar de lechuzas de diferentes colores y tamaños hicieron su entrada al Gran Comedor entre las tablas y vigas de madera del techo, llevando cartas y paquetes para sus dueños. Las aves iban de un lado a otro, esquivándose en el aire, soltando la correspondencia con experta puntería sobre las cabezas de sus dueños, haciéndolas caer directamente a sus manos.
Mick, la lechuza de James, y Grey, la lechuza de Remus, trajeron cartas idénticas para sus dueños. Un poco más allá, la lechuza blanca de Lily entregó un sobre igual. Solo podía tratarse de una cosa: La fiesta del Club Slug con motivo de San Valentín, que Slughorn ya les había adelantado.
James abrió el sobre y rompió el papel, más por su falta de cuidado que porque tuviera algún apuro o interés en el contenido. Tal y cómo había ocurrido durante la fiesta de Halloween, se llevaría a cabo en el gran Comedor del castillo en vez de hacerse en las mazmorras o en el despacho del profesor, así era siempre que las invitaciones eran con pareja y se duplicaba el número de asistentes.
A su lado, sin embargo, el castaño se apresuró mucho más en abrir un segundo sobre que había recibido tras reconocer la estilizada letra de Laurian firmando bajo el nombre de otra persona, un nombre que no conocía. Había pasado bastante tiempo desde que había tenido noticias de la chica, después de que había fallado en contactarla durante las vacaciones de navidad. Era tal su urgencia por leer, que a diferencia de otras veces, ni se fue del lugar ni la guardó para leer luego, en la soledad de algún patrullaje o escondido bajo las sábanas, mientras sus amigos dormían.
"Querido Remus:
¡Cuánto tiempo ha pasado! Temo que a estas alturas empiece pronto a olvidar tu cara. Y sé lo que debes estar pensando de mí, de lo ingrata que he sido por desaparecer así, sin dejar rastro, pero tienes que creer en mí cuando te digo que es necesario. Ya el simple hecho de escribirte… Me da miedo que esta lechuza haya sido interceptada por el Ministerio en uno de esos controles al azar que están haciendo recientemente…"
El licántropo levantó la vista desde la carta, entendiendo el motivo por el cual estaba firmada como Karen Hall. Seguramente un nombre común como ese pasaría desapercibido como un apoderado cualquiera, tal vez la novia de algún alumno, y llamaría menos la atención que "Rowle", que era un apellido de las sagradas veintiocho familias.
"Todo se ha vuelto un absoluto caos. ¿Recuerdas lo que te dije sobre Silas y el irlandés, trayendo nuevos chicos a nuestro pequeño club de campo? Ahora se pelearon. Parece que no logran ponerse de acuerdo sobre uno de los nuevos boy scout. Silas dice que buscó su nombre en varios registros de Escultismo, pero nada, ni siquiera sabemos de qué rama Rover viene. Lo quiere sacar pero el irlandés se opone tanto que llega a ser misterioso. El tipo debe tener unos veintidós años, o algo así le escuché, y se llama Voyle Summerville-Elston. Lo raro es que tiene un acento muy marcado, hubiese creído que venía de algún país de Europa del Este y no de Inglaterra.
El verano pasado fue maravilloso a tu lado, así que espero que podamos volver a vernos este verano también, pero no en el campamento. Yo estoy pensando en irme si la cosa sigue así. Era más entretenido antes de que el instructor se fuera. Te extraño, Remus. Cuídate mucho.
Karen."
Remus no se permitió perder ni un segundo en pensar lo loco que resultaba leer sobre escultismo y boy scouts en una carta de Lauri, porque sabía demasiado bien que el mensaje se resumía en una simple y desesperada solicitud para ayudarla a descubrir quién era ese sujeto y si representaba un peligro para ella y los demás; para saber si el tal Logan y ese Voyle iban a entregar en bandeja a ese puñado de hombres lobo que querían mantenerse fuera de la guerra, a Voldemort, o peor aún, si iban a asesinar a aquellos que no estuvieran de acuerdo con el mago tenebroso antes de que se convirtieran en una piedra en el zapato.
- ¡Oh, no! Remus… - llamó James a su lado, distrayéndolo de sus pensamientos -. La fiesta de San Valentín es el doce de febrero -. La cara de confusión que debió poner fue suficiente para que el de gafas aclarara en un susurro -: ¿Luna llena?
Ah, sí. Hasta la luna llena era fácil de olvidar si la seguridad de Laurian estaba en juego.
- Está bien – balbuceó, desconcentrado -. Puedo ir con Sirius y Peter ese día.
- No, pero… Yo prefiero ir contigo que ir al Club Slug.
Un débil "gracias" fue lo único que alcanzó a configurar su cerebro mientras el apellido Summerville-Elston daba vueltas en su cabeza. En la carta mencionaba que lo habían buscado en varios registros, y eso solo podía significar que también habían verificado fuera de los hombres lobo y el tipo seguía siendo un completo desconocido. Summerville tenía que venir de Inglaterra o Escocia, como mucho de Irlanda, por lo que debió haber asistido a Hogwarts por el simple hecho de ser un mago de la zona, tan solo un poquito antes que ellos y, sin embargo, nunca había escuchado la mención de ese apellido entre sus profesores ni lo había visto escrito en la placa de un trofeo en alguno de sus interminables castigos los cinco años anteriores...
Para rematar, era un apellido compuesto y de esos que tienen un guión entre medio, como tendían a ser los de la aristocracia actual o las familias antiguas venidas en menos. En el mundo de la magia que era más pequeño que un pañuelo, esa clase de apellidos se aparecían una y otra vez, cortesía del nepotismo enfermizo del Ministerio de la Magia y las demás instituciones del Reino Unido…
¿Sería una identidad falsa? ¿Un nombre completamente inventado? ¿Un anagrama?
- ¿Y a ti qué te pasa? – preguntó Sirius, quien estaba engullendo una rosquilla como si quisiera atragantarse.
- A ustedes que son de la clase alta y de familias antiguas, ¿les suena el apellido Summerville-Elston?
- Nunca lo escuché en mi vida. ¿Y tú, Prongs?
- Summerville-Elston… - repitió, tomándose unos segundos para analizarlo. El simple hecho de que no lo descartara tan rápido como Sirius le provocaba un dejo pequeño de esperanza, pero no quería ilusionarse antes de tiempo -. Estoy seguro de que leí algo-Elston en alguna parte, no hace mucho.
- ¿De verdad?
- Pero, no era Summerville o ya me hubiese acordado.
- Oh – masculló decepcionado.
- ¿Qué demonios era? – preguntó estrujándose y desordenando su cabello, como hacía cada vez que estaba ligeramente estresado – Elston, Elston…
- ¿Y por qué quieres saber, Remus? – preguntó Peter.
El más alto de los cuatro amigos no quería darles demasiados detalles sobre la organización de hombres lobo ya que nunca había querido arrastrarlos a cualquier cosa que significase peligro, y mucho menos quería responder esa pregunta en la mesa, pero ya que todo el mundo parecía animado y enfrascado en sus propios asuntos, y teniendo en especial consideración que había aprendido la lección de dejar de mentir y aislar a sus amigos cuando se trataba de su pequeño problema peludo, optó por hacerles una seña para que lo siguieran.
A esas horas el pasillo que se encontraba fuera del Gran Comedor se encontraba desolado, pues todo el alumnado ya estaba dentro, y les daba la privacidad que necesitaban.
- Laurian me escribió una carta – explicó mientras le entregaba el papel a James -. Está preocupada por un tipo, Logan, que ha estado metiendo gente nueva y llevando la organización en otra dirección. La cosa es que ahora apareció un sujeto nuevo y me dio a entender que está ahí con un nombre falso, ¿ves? – dijo apuntando el pedazo de pergamino en donde aparecía el nombre: Voyle Summerville-Elston. Me gustaría ayudarla a s—.
- ¡Espera! – interrumpió James, sin dejar que Remus terminara de hablar y mucho antes de darle tiempo a Sirius o a Peter para dar sus impresiones -. ¡Creo que ya recordé donde vi el Elston!
- ¿Dónde? – preguntó completamente impaciente.
- Espera, espera, espera – repitió como un disco rayado, con un brillo curioso y animado en los ojos. Un segundo después, partió corriendo en dirección al vestíbulo del castillo -. ¡Necesito corroborarlo!
- ¡Pero, James…!
Pensó seriamente en echar a correr tras de él, más inquieto e interesado que antes, pero justo en ese momento se apareció Nick Casi Decapitado, muy contento y preguntándoles si deseaban escuchar una nueva estrofa que había añadido a la desgarradora y completamente verídica Balada de Sir Nicholas de Mimsy Porpington.
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Para variar, James tenía una corazonada. Una sospecha que apareció de la nada como una débil luz dentro de su cabecita y en una fracción de segundo, se había convertido en una llama gigante, avivada por nada más que su exceso de confianza e intelecto frío (si se permitía decirlo). Y, para variar, estaba seguro de que tenía razón o de lo contrario jamás estaría yendo voluntariamente al despacho de Hassel Rivaille.
A diferencia de varios otros, el profesor no se encontraba desayunando en el Gran Comedor aquella mañana, así que esperaba encontrarlo en su oficina cuando tocó la puerta, fuerte y apresuradamente, haciendo alarde de su falta de modales. Inmediatamente escuchó el sonido de una silla siendo arrastrada ruidosamente por el suelo y luego las pisadas seguras de alguien dirigiéndose hacia la puerta, la que se abrió enseguida.
James ni siquiera tuvo tiempo de dudar de lo que estaba haciendo, sin importar las volteretas que hiciera su estómago en ese momento ante la expectativa de ver a su turbio profesor.
- ¡Señor Potter! – dijo con genuina sorpresa mientras le abría la puerta - ¿Qué lo trae por aquí un sábado en la mañana? ¡No me diga que una duda de Defensa contra las artes oscuras!
- Tengo una duda – respondió asintiendo. Se pasó una mano por la frente sudada, testimonio de lo cansador que había sido correr y subir las escaleras hasta allí en tan breve tiempo -, pero no es de Defensa contra las artes oscuras.
Como si le hubiera leído la mente y supiera hacia dónde se dirigía, Rivaille cambió su expresión facial hacia una desaprobadora y cerró la puerta para darles privacidad al mismo tiempo que le indicaba la silla, para que se sentara.
- ¿En qué andas metido ahora, Potter? – dijo arreglándose las mangas de la camisa mientras negaba con la cabeza -. ¿No te dije que tenías que preocuparte del Quidditch y de tus notas de ahora en adelante? Entre otras cosas que te dije… - le recordó de manera fría, y James supuso que estaba hablando de aquella conversación en la mansión Lestrange -. A parecer no fui lo suficientemente convincente.
Un escalofrío le recorrió la espalda y asumió que, si la sacaba fácil, se llevaría un reto; en el caso contrario, podía esperar que Rivaille le diera otra siniestra probada de realidad como aquella noche, que lo hiciera sentir ínfimo y pequeño, ridículo como un infante, y que saldría de ese despacho con su espíritu nuevamente herido y humillado… Pero, si su suposición era real… Entonces tenía el deber de meterse allí, sin arrepentimientos.
- Necesito ver el listado de los veintiséis aurores rusos que se cambiaron de bando.
El hombre se le quedó mirando sin decir nada y con una inquietante expresión neutra. Sus ojos color esmeralda lo escanearon intensamente haciendo que James se preguntara exactamente qué clase de pensamientos estaban corriendo por la mente de su profesor, cada vez más nervioso.
Finalmente éste solo soltó un suspiro derrotista.
- Estoy comenzando a preguntarme si debería recurrir a la violencia física contigo - dijo más en serio que en broma.
- Es urgente.
- Con ustedes todo lo es, ¿no es así? Pensé que había quedado claro lo mucho que lo habías arruinado la vez pasada. Casi jodiste todo, Potter. Toda la investigación de los Longbotton en el suelo, solo por ti.
James sabía que intentaba despreciarlo una vez más porque esa lección parecía funcionar mejor que con escarmientos y amenazas de asesinato. Además, si Dumbledore había regresado al castillo después de todo, era porque Rivaille había cumplido su palabra y eso lo sacaba (al menos, por el momento) de la lista de potenciales mortífagos y lo ponía en la lista de potenciales aliados… Su profesor debía saber que el chiquillo que tenía en frente ya no le temía como debía y que intentar asustarlo de nuevo no le provocaría una impresión tan fuerte como cuando se reunía con Caecilia Greengrass.
- Sé que usted debió haber hecho una copia antes de pasárselo a los Longbottom – insistió, descarado y falto de respeto -, pero si no quiere dármelo, Rita Skeeter lo hará. Solo esperaba que me ahorrara la molestia y la pérdida de tiempo.
- Que sepas sobre esa lista no te da ningún derecho sobre ella, Potter. Que hayas tenido el expediente por tanto tiempo tampoco te hizo merecedor de conocer lo que decía – dijo negando con la cabeza -. Con lo que sabes ya es más que suficiente.
- No recuerdo a los veintiséis, pero recuerdo perfectamente bien que varios de ellos tenían habilidades – continuó, haciendo caso omiso -. Un legeremante, una veela, un semi gigante—.
- Basta, Potter – advirtió.
- Dos animagos, un metamorfogo, un vidente y un magizoólogo.
- ¡Potter, por última vez…! – Rivaille levantó la voz y a juzgar por su aspecto, estaba a punto de perder los cabales.
- Pero, no había un licántropo, ¿verdad? – interrumpió.
Tal y como había presupuestado, captó el interés del mago con eso.
Rivaille se calló y nuevamente se le quedó mirando con esa cara de póker que ponía de vez en cuando, impermeable al resto y que no permitía a nadie supiera qué demonios estaba pensando, si de pronto se largaría a reír o arrojaría un puñetazo. Había un cincuenta por ciento de posibilidades de que James saliera bien parado y tuvieran una casual conversación sobre mortífagos, o misma probabilidad de terminar castigado limpiando retretes…
- De acuerdo. ¿De qué demonios se trata todo esto?
- ¿Había un auror de apellido algo-Elston en el listado?
- Sí – reconoció el mago de cabello dorado. No había hecho ninguna copia, pero toda la información estaba fielmente almacenada en su cabeza -. Volodymyr Sumarokov-Elston. Uno de los aurores más jóvenes del departamento ruso.
- ¿Veintidós años? – se aventuró.
- ¿Cómo lo sabes, Potter?
Esta vez, el brillo en los ojos de su profesor le dio a entender que, además de su interés, tenía su total atención. ¿Y él? Suponía que todavía faltaba comprobarlo de verdad, cara a cara, pero la información era demasiado concordante como para ser nada más una coincidencia: El nombre se parecía lo suficiente como para haber sido modificado, el tipo no aparecía en ningún registro y era completamente desconocido en el Reino Unido, ambos tenían veintidós años y para rematar, Laurian decía que su acento sonaba a un país de Europa del Este.
Por tanto, era ruso. Era uno de los veintiséis aurores que se habían cambiado de bando y, eso, levantaba dos problemas inmediatos: El primero, que en la organización de hombres lobo que había creado Alden Raine, había un mortífago infiltrado y eso dejaba a todos sus miembros en peligro. El segundo…
- La lista de aurores que tenía el Ministerio estaba incompleta. Volodymyr es un hombre lobo, y si no sabíamos eso, puede haber más cosas que no sepamos. -Estaba tan emocionado que no se dio cuenta que acababa de hablar en grupo, como si él fuese un auror también, y si Rivaille lo notó, no dijo nada.
- ¿Y me imagino que lo sabe porque el señor Lupin, al igual que usted, ha decidido que Hogwarts es demasiado aburrido y ha tenido que ir a buscarse problemas a fuera?
- ¿Qué puedo decir? Por algo somos amigos.
James sabía que estaba siendo tan desvergonzado y atrevido que no se iba a continuar saliendo con la suya mucho rato más. Por eso le sorprendió tanto cuando el hombre sonrió de medio lado y mandó a llamar a Remus a su despacho.
Así fue como, quince minutos después, ambos alumnos perdieron el resto de su mañana en silencio y escuchando al profesor, que en ese momento parecía más un miembro de la Orden del Fénix que un docente, mientras les hablaba con fría indiferencia sobre lo estúpidos, ingenuos e inexpertos que eran, y lo mucho que él iba a disfrutar enderezándolos si seguían por ese mismo camino.
Entre medio de ese monólogo fue inevitable que Rivaille pusiera al corriente a Remus de lo que había pasado en la mansión Lestrange ("es un maravilloso ejemplo de todo lo que puede salir mal cuando niñitos malcriados como ustedes creen que pueden hacer las cosas") y Remus descubría que él no había sido el único que alguna vez había mentido y pasado por un calvario mental solito, porque James había hecho prácticamente lo mismo con todo el asunto del expediente y creyendo que su profesor era un mortífago.
"Pero, no. Solo soy un doble agente", dijo como si nada cuando se levantó la manga de su camisa y le mostró una impactante marca tenebrosa en su antebrazo. Y luego rio, de nuevo como si nada, al ver el rostro de su alumno.
- Es la misma cara que puso Potter – comentó entretenido.
Ambos chicos estaban con la espalda prácticamente pegada al respaldo de su asiento y las manos aferradas a los mangos de madera, como si estuviesen en una montaña rusa dando vueltas vertiginosamente, en vez de estar sentados tranquilamente en una oficina. Es que ver una marca tenebrosa así de cerca no era cualquier cosa…
- Pero, señor. Si no hubiera sido por nosotros, usted jamás se hubiese enterado que ese tipo era un licántropo.
- ¿Qué quiere? ¿Quiere que le ponga una estrellita en la frente y le diga buen trabajo, Potter, como si estuviese felicitando a un perrito que no orinó en la alfombra?
- Tal vez debería - Remus interrumpió, encontrando la valentía y la insolencia para responderle así, como hacía pocas veces pero las suficientes para que James se sintiera orgulloso de uno de sus mejores amigos -. Usted y yo teníamos la información, pero solo James pudo hacer la conexión.
- Pues, Potter tendrá que hacer mucho más que eso para impresionarme y hacer que olvide la cagada que dejó antes. - Remus se puso de pie, algo desafiante -. ¿Algún problema, Lupin?
- Me da lo mismo si tiene razón o no, si quiere enseñarnos una lección o lo que sea. Pero no tengo cómo comunicarme con mis amigos y decirles que tienen a un mortífago encima de ellos. Usted puede salir del castillo y—.
- ¿Cómo pretende que encuentre a una organización secreta cuyos miembros son los únicos hombres lobos que se escaparon del registro del Ministerio?
- Es un doble agente, ¿no? – dijo indicando el antebrazos del profesor, ahora cubierto -. Y por lo que ha dicho toda la mañana, bastante más diestro que cualquiera de nosotros. Algo como esto debería ser pan comido para usted.
Rivaille rio de buena gana tras escucharlo.
- Tenía razón, señor Potter. Por algo son amigos.
Ambos chicos volvieron a la habitación de Gryffindor un rato después, no sin antes una última partida de Rivaille vs. Remus. El licántropo tenía sus dudas (siempre, siempre tenía sus dudas) sobre si debía o no confiar en su profesor, todo lo que se jugaba si le revelaba una u otra cosa de la organización que había creado Alden Raine; o sobre Silas, que era un funcionario del Ministerio y nadie – ni siquiera su padre – sabía que era un hombre lobo; o incluso, sobre la dirección de la guarida en George Yard.
Cada palabra que dijera, era apelar a la buena voluntad de Rivaille. Pedirle, casi como un favor personal que les diera aviso y los mantuviera a salvo, así, sin más, en vez de hacer lo correcto y darle la información a los aurores o a la Orden del Fénix. Estaba confiando en su profesor mientras ponía la vida y el secreto de prácticamente una decena de personas en sus manos, sin consultarles antes si estaban de acuerdo ni avisarles.
Si lo pensaba fríamente era tan arriesgado y egoísta que llegaba a ser estúpido…
Pero, por otro lado, Rivaille había confiado lo suficientemente en ellos dos, alumnos de meros dieciséis años que fácilmente podían sucumbir a las tonterías propias de su edad y revelar que era un doble agente. Les había confidenciado que estaba haciendo lo más osado y peligroso que se podía ser en una guerra. Prácticamente un suicidio.
Tal y como había ocurrido con Silas, cuando se enteró de la organización secreta y ambos tuvieron que simplemente dar un salto de fe y confiar en el otro, Remus decidió que creería en el hombre que estaba frente a él, ese mismo que nunca lo había tratado diferente por ser un licántropo.
- Por favor, profesor – rogó, despojándose de su orgullo -. Son personas importantes para mí. Le daré toda la información si me promete que los ayudará.
- Haré lo que pueda, Lupin. Tienes mi palabra – asintió serio, como si su alumno no acabara de pedirle algo que significaba, una vez más, trabajar por fuera y hacer algo a espaldas de quienes confiaban en él.
Para cuando llegaron a la habitación, se encontraron con Sirius y Peter jugando una partida de ajedrez mágico (testimonio de que debían estar muy aburridos) en medio del suelo, cada uno en su colchón. En cualquier otro caso, el de rulos hubiese buscado una forma de entretenerse y el rubio lo hubiera seguido como un patito bebé sigue a su madre, pero la salida dramática de James y el hecho de que Rivaille hubiese mandado a llamar a Remus al rato, los tenía demasiado intrigados como para que no esperaran pacientemente su regreso y les contaran todo.
El problema era que contar todo significaba decirle a Sirius y a Peter algunas cosas que no estaban en el trato. Remus no tenía ningún problema en sincerarse y decirles que había un seguidor de Voldemort entre los hombres lobo y que James lo había descubierto, pero era muy difícil contarles ese lado de la historia sin revelar que Rivaille era un doble agente, o, peor aún, que James estaba al tanto de ello y no había sido honesto después del episodio de la mansión Lestrange.
- Nada – respondió el de gafas.
- ¿Cómo que nada?
- Nada importante, ya sabes cómo es Rivaille.
- Nada importante – repitió con ironía -. Sales corriendo crípticamente en medio del desayuno, luego mandan a llamar a Remus y no pasa nada.
- Lo que quiere decir Prongs, es que no hemos conseguido nada sobre ese tipo Summerville o como se llame – aclaró el más alto de los cuatro, intuyendo que la conversación estaba destinada al fracaso.
Sirius asintió en su lugar, cabreado y entendiendo lo que pasaba.
- Gracias por el voto de confianza – dijo justo antes de dirigirse a la puerta y salir con un portazo, con show, como era tan propio de él.
Pero esta vez, Remus se sintió encoger en su lugar y reconoció que la reacción de Sirius estaba totalmente justificada. James y él no habían tenido la deferencia de idear alguna historia creíble y en vez de eso, lo habían excluido como si no confiaran en él. Aun sabiendo que los descubriría con facilidad, se habían arriesgado a insultar la inteligencia del moreno con esa historia escueta y ridícula...
Asegurándose de que Peter no escuchara, James se dirigió a Remus para tranquilizarlo.
- A su tiempo le contaremos todo y lo entenderá.
- Eso espero – contestó en un suspiro.
- No entiendo que ha ocurrido – dijo Peter, y Remus decidió que ese era tan buen momento como cualquier otro, para dar una noticia y cambiar el tema de conversación por uno mucho mejor.
- Oye, Prongs, no te dije.
- ¿Qué?
- Que Lily quiere celebrar su cumpleaños aquí, con nosotros.
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En los seis años que lo había conocido, Sirius nunca había pensado que James era un jodido egoísta hijo de puta y Remus un ingenuo estúpido. Esas palabras, que con mucha facilidad reservaba y decía a los de Slytherin, o a su familia, nunca se le habían pasado por la cabeza cuando pensaba en sus mejores amigos.
Pero ahora que estaba con el orgullo herido por haber sido dejado de lado (¡dejado de lado! ¡¿quién demonios se creían que eran para ocultarle cosas?!), no podía evitarlo aún si sabía perfectamente bien que no lo creía realmente. Si no hubiese estado tan enojado habría tenido que admitir que le dio pena, así que era mucho mejor estar diciendo esas palabrotas dentro de su cabeza. Más seguro. Era un desahogo, nada más. Estúpidos. Estúpidos. Son estúpidos. ¿A quién demonios le importaba el apellido Summerville-Elston y lo que pasaba allá fuera? Si entre las paredes frías del castillo el resentido y rencoroso Snape iba a hacer lo que hacía siempre y los intentaría joder con una artimaña sucia o acusándolos con algún profesor en cualquier momento.
Solo que no sería un profesor. Snape era inteligente, lamentablemente (cada vez que lo reconocía, soltaba un gruñido de desaprobación hacia sí mismo). El chico no sabía con exactitud lo que creía saber, pero lo que sí debía tener claro que estaba pasando bajo la protección y el consentimiento de Dumbledore. Irle con el chisme a un profesor o al director, en cualquier otro caso, sería su patrón de actuación, su modus operandi. Pero, ¿en este caso? Se lo iba a saltar para ir directamente a alguien superior y sería el fin.
Ya era suficiente con que Snape le dijera a Lily que se alejara de Remus como si éste fuera un peligro, ¡un peligro! No entendía ni en qué mundo estaba viviendo para que alguien como Remus fuera considerado una amenaza solo por un prejuicio hacia su condición, y los fascistas que andaban pregonando sobre dividir al mundo mágico no.
¿Por qué diablos Remus era tan jodidamente desinteresado que le importaba más la gente de afuera que su propia seguridad? ¿Por qué no le tomó el peso a las palabras de Lily como él? ¿Es que no veía el peligro que él veía? ¿Es que no quería ponerle un alto, o por último, vengarse también y porque sí?
Lamentablemente, encontrase a Snape y darle su merecido no era tan sencillo desde ese pequeño acuerdo que James, el muy estúpido, había hecho con Peeves. Y lo estaba comprobando de primera fuente en ese momento, mientras discutía con el poltergeist justo a fuera del baño especial de los prefectos, en el quinto piso.
- Que me lo devuelvas. Ya fue suficiente.
- ¡No lo cambiaría por nada!
- Escúchame bien, jodido espectro del demonio—. – El Poltergeist interrumpió su exabrupto con una risita y un par de giros en el aire que solo provocaron que el carácter del muchacho frente a él, empeorara.
- No sería tan tonto como para intercambiar este tesoro – lo provocó, sacando el pedazo de pergamino de su bolsillo para mostrárselo. El Mapa del Merodeador, tan cerca y a la vez tan lejos.
Sirius sabía que estaba demasiado alto para él, pero saltó en el aire e intentó agarrarlo de cualquier forma, sin éxito, como para contentarse con la idea de que al menos lo había intentado.
- ¡Debe haber algo que quieres más que ese jodido mapa!
- Mmmm – reflexionó, llevándose una mano a su barbilla para hacer como que pensaba -. Tal vez.
- ¿De verdad? ¿Qué? Pone un precio. Lo que sea, lo pagaré.
- Un joven heredero de la noble y ancestral casa Black no lo podía haber dicho mejor. – El poltergeist se enderezó en el aire y se llevó la mano al pecho, como en postura de mayordomo, y Sirius hubiese explotado de rabia ahí mismo si no fuera por lo que oyó después: - Ya sabes, Sirius Black. Hay una cosa que me gusta más que cualquier otra cosa en la vida.
- ¿Qué?
- Caos.
Afuera llovía sin dar tregua y cada tanto sonaba un trueno en la lejanía, como si estuvieran cayendo lejos, al otro lado de las montañas en donde se emplazaba el castillo de Hogwarts. Era así desde que se habían despertado y nada indicaba que el clima mejoraría durante el día, quizás ni siquiera durante la semana entera, pero James no podía decir que le molestara demasiado: Era un sonido agradable y relajante, quizás uno de los mejores sonidos del mundo y el mejor fondo para tener una pequeña fiesta, casera y hogareña entre amigos.
Porque, si el adolescente tenía algún dicho en el asunto, el cumpleaños de Lily iba a resultar perfecto.
Si la chica no quería un alboroto, mejor para él, porque no quería compartir ese momento con nadie más que con sus amigos cercanos (y ya estaba siendo generoso al permitir que Remus, Sirius y Peter estuviesen allí). No importaba si tenía que hacer una fiesta de té y ranas de chocolate en vez de beber cerveza, como le gustaría, o si debía poner un vinilo de los Carpenters en vez de uno de los Rollings. Demonios, para que saliera bien James sería capaz de poner uno de Elton John y ponerse a cantar si era necesario.
Después de todo, cumplir diecisiete años no podía pasar desapercibido con un mero saludo u abrazo si significaba la mayoría de edad en el mundo mágico. Lily iba a cumplir sus orgullosos diecisiete años y él quería que fuera memorable.
Le valió robar unos cuantos vinilos que diferentes alumnos habían dejado en la sala común de Gryffindor como una donación a la propiedad pública de la casa, un soborno generoso a los elfos domésticos que trabajaban en las cocinas, y desvelarse toda la noche para practicar unos interesantes hechizos de Transformación, para que aquella tarde del domingo treinta de enero de 1977 la habitación quemada y destrozada de los de sexto año se viera como un lugar decente.
Los vidrios de la habitación estaban empañados y tiritaban con el viento, golpeándose de tanto en tanto, y James nunca había deseado más en la vida que nunca hubieran jugado snap explosivo meses antes, porque ahora tenían un hoyo en medio de la habitación en vez de una estufa encendida y cálida, pero dadas las circunstancias no podía quejarse. La pieza estaba ordenada y limpia, no olía a rayos como en otras ocasiones, y se las había ingeniado para conjurar (con la ayuda de Remus) un pequeño sol blanco al que no se le podía mirar directamente, que flotaba sobre sus cabezas para dar luminosidad y calor a la habitación.
- No lo arruines – le pidió a Sirius, quien estaba recostado en la única cama funcional (la de Peter) con un cigarro encendido en la boca y sus manos tras la cabeza. Este no hizo más que ignorarlo y siguió exactamente en la misma posición.
Cinco minutos después hubo un golpecito en la puerta y Lily entró, entre un torbellino de abrazos, gritos y bromas. La hicieron pasar solo para que siguiera rendición desastrosa de "Don't go breaking my heart" que llevaron a cabo James y Peter, con los pasos de baile incluidos (Peter seguía algo molesto de que él tuviera que hacer el papel de Kiki Dee) que terminó con el dulce sonido de una risa femenina llenando la habitación.
Luego, se calmaron y tomaron asiento, a lo indio, en medio de los colchones.
James consiguió que un cintillo de flores (lirios de pétalos blancos y rosados, para ser exactos) levitara hasta la cabeza de la chica y se posara sobre su cabello delicadamente. El detalle le vació unas mejillas sonrojadas que hizo que todo su trasnoche aprendiendo a transformar alfileres en azucenas, valiera completamente la pena...
- Porque, por hoy, eres la reina, Evans – le anunció con una enorme sonrisa.
A eso de las cuatro en punto aparecieron por arte de magia las tazas y la tetera con el chocolate caliente, el café y el té humeante, llenando la habitación con la mezcla reconfortante de olores, a los que se sumó el cítrico del limón y el dulce de la miel. Finos platos de porcelana, de esos que no se usaban en el día a día del Gran Comedor sino que se reservaban para los banquetes, se materializaron sobre la mantita de picnic que cubría el suelo y se llenaron rápidamente de alfajores de colores, ranas de chocolate y emparedados sencillos con jamón y queso derretido.
Lily no podía creerlo. Miraba todo entre avergonzada de que se hubiesen tomado tantas molestias por ella, y conmovida de que chicos como esos, adolescentes insensatos y despreocupados (¡hombres!), hubieran planeado algo así. Quería esconderse bajo una piedra con las mismas ganas que sentía de arrojarse hacia los chicos y darles un abrazo.
- No pudimos comprarte nada, así que en un esfuerzo conjunto que requirió de toda nuestra maestría… - Remus rebuscó algo en su baúl mientras James y Peter lo miraban expectantes. – Fue idea de Sirius – dijo acercándole algo que parecía ser un plantillo, como un frisbee. Sirius finalmente se puso de pie para acompañarlos.
Cuando lo dio vuelta en su eje se dio cuenta de que era un tiro al blanco. Más precisamente, un tiro al blanco que se conformaba por completo de una fotografía del rostro de Caecilia Greengrass, y Lily estaba completamente segura de que nunca, en toda su vida, había recibido un regalo más maravilloso.
- Dale duro, Evans – le dijo Sirius mientras le acercaba un dardo.
Los cinco se entretuvieron la siguiente hora lanzándole un dardo tras otro al rostro de la ex directora de Hogwarts, tal vez con más fuerza y ganas que las estrictamente necesarias, muertos de la risa y desahogándose por todo lo que había ocurrido durante el trimestre anterior. La diversión duró hasta que alguien efectivamente le puso demasiadas ganas y terminó por rasgar el juego en dos.
- Fue bonito mientras duró.
- Te voy a hacer otro. Mierda, probablemente me haga uno para mí – aseguró James.
- Mejor que haya durado poco, porque colgar eso en la pared implicaría ver su cara horrible en el día a día, y no sé.
- Por eso mismo no hice uno de mi madre – añadió Sirius con una sonrisa.
- Pero de que sirve para liberar estrés, sirve – dijo Peter con las mejillas coloradas y una delgada y brillosa capa de sudor sobre su frente.
Se entretuvieron durante horas y hasta que a fuera comenzó a hacerse de noche, sin siquiera darse cuenta de la hora que era. Hablaron de nimiedades en un comienzo para entrar en confianza, incluso de algún rumor o chisme suculento sobre alguna alumna de Hufflepuff que no le importaba a nadie (esa que en la primera clase de Rivaille había proclamado su amor a los cuatro vientos, víctima del veritaserum), luego se pasaron inevitablemente a los deberes escolares y pruebas porque febrero se venía cargado (Tema inevitable, aunque James y Sirius reclamaran y les dijeran que eran unos aburridos por hablar de eso un domingo), y al último, otro tema que era totalmente ineludible: la guerra.
Lily no pudo evitarlo, porque el pensamiento se le apareció de la nada, pero se dio cuenta de que nunca había tenido conversaciones así con Severus cuando eran mejores amigos. El chico era en igual partes su amigo como un orgulloso Slytherin, y ahora se había dado cuenta de que nunca se abrió completamente con ella. La influencia de la casa plateada y esmeralda le caía encima como una sombra, las cosas que oía en su sala común seguramente nunca se las había contado fidedignamente, y una vez que había empezado a creer cada vez más en los valores de un mundo fascista, ninguna conversación había vuelto a ser honesta entre los dos.
No como la que estaban teniendo esos cinco Gryffindor aquella tarde, al menos. Sin que Lily nunca tuviera que detenerse un segundo a pensar que tal vez si decía tal cosa alguien podría ofenderse o mirarla raro, o que tal vez lo mejor era no decir lo que pensaba en voz alta para no tener problemas, para que no la pusieran en una categoría de niña problemática que tenía demasiadas opiniones para su edad… Para no encontrarse con una mirada ligeramente reprobatoria, como las últimas que alcanzó a ver en los ojos de Severus, justo antes de la pelea que terminó con su amistad de años.
Esa era otra cosa curiosa e irónica de la guerra, si se ponía a analizarlo con detenimiento. Las ideas al final eran más grande que todo, que el amor de amigos, probablemente incluso que el amor de hermanos, y no se hubiese extrañado si alguien le decía que también era más grande que el amor entre padres e hijos. Su amistad estaba quebrada para siempre porque sus ideas y las de Snape eran completamente opuestas…
Y el hombre que quería ahora estaba al frente de ella, riendo despreocupadamente mientras encendía un cigarro y comentaba casualmente que el hijo de puta de Voldemort esto y esto otro, que no te asustes Peter, si no es para tanto, ya se va a morir, que te apuesto que la guerra se acabará pronto, aunque a veces quisiera que me espere un poco para convertirme en auror y partirle la madre yo mismo. Infantil como él solo al expresarlo, pero completamente honesto. Lily lo sabía porque compartían las mismas ideas.
- James… - Pasados unos minutos, se atrevió a llamarlo en cuanto vio que los otros tres estaban demasiado ocupados armando un segundo tiro al banco, apresuradamente y con la intención de que Lily alcanzara a llevárselo antes de que volviera a su dormitorio.
Si alzaba su mano frente a sus ojos, estaba segura de que la vería temblar. Por eso apretó los puños y se dio fuerzas a sí misma para tomar acción.
- Dime, pelirroja.
- ¿Vas a la fiesta del Club Slug?
- No.
- Oh.
- ¿Por?
- Nada. Te iba a decir que fuéramos juntos, pero si no vas—.
- Voy – dijo colocándose repentinamente serio -. Voy sí o sí, Evans. Vamos juntos.
- ¿Qué? Pero habías dicho—.
- Nada, no dije nada. O sea, dije que voy sí o sí – balbuceó atropelladamente -, así que vamos juntos. ¿A qué hora paso por ti ese día?
Lily rió, entretenida y embriagada de la situación como si estuviese ebria aunque no lo estuviera, porque a lo mejor, podía tener esperanzas con el Gryffindor. A lo mejor podía permitirse sentir sin temer el golpe con la dura realidad a la vuelta de la esquina; podía simplemente dejarse ir en vez de limitarse y ponerse paños fríos con su negatividad e inseguridad.
A lo mejor, James sentía lo mismo por ella que ella por él y en San Valentín, todo saldría bien.
- Ya lo veremos ese día, Potter.
Una hora después, cuando la chica desapareció tras la puerta, James tuvo esa desgarradora sensación de no querer que la velada se acabara. Luego, recordó que iría con Lily Evans a la fiesta del Club Slug y se dejó caer en la cama con un suspiro esperanzado y la cabeza completamente entre las nubes.
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Las primeras semanas de febrero volaron entre tantos controles, ensayos y tareas. Las pociones que debían hacer ahora eran más complejas que nunca, con ingredientes que de pronto ni siquiera sabían dónde conseguir; y como nunca, en la última clase de Transformaciones ni siquiera ellos habían tenido éxito, para decepción de McGonagall. Los de sexto habían recibido una cantidad ofensiva de deberes y cada vez que habían alzado su voz para quejarse, sus profesores salían con la misma excusa de siempre: Son estudiantes de EXTASIS ahora, y deben estar a la altura.
Aprovechando que el frío no daba tregua en los terrenos del castillo, los alumnos se refugiaron en la biblioteca y optaron por rendirse, pasando la mayoría de los bloques libres y las tardes entre pergaminos, plumas y tinta. Mataban dos pájaros de un tiro si esquivaban un resfrío y mejoraban sus notas antes de que empezara la siguiente ronda de exámenes.
Ya hacia la segunda semana del mes, empezaron los preparativos por el siguiente partido de Quidditch que se llevaría a cabo durante la temporada, el clásico de Ravenclaw vs. Hufflepuff se llevaría a cabo durante el tercer fin de semana. Normalmente en esa fecha debían encontrarse Ravenclaw con Slytherin, pero la tabla completa se había modificado debido a ese cambio que había orquestado Regulus Black con Caecilai Greengrass antes, y que terminaría, eventualmente, con una inédita final entre Gryffindor y Slytherin.
El ambiente estaba cargado con la rivalidad propia que se producía cada vez que se enfrentarían dos casas, y si a eso se le agregaba el desorden hormonal que había provocado la cercanía de San Valentín, no era para nada extraño que el tiempo transcurriera de manera frenética. Este año en particular, James era una de esas víctimas de cupido.
- Ya te dije lo que pensaba, cuernitos. Que Evans está loca por ti hace un tiempo – le dijo Sirius, dándole un codazo entre las costillas.
- Prefiero no confiarme – respondió, aunque la enorme sonrisa que tenía desde el treinta de enero estaba contradiciéndolo -. Remus lo siento tanto por no poder acompañarte, pero es que era una oportunidad que no podía dejar pasar.
- Ni lo digas. Si le hubieras dicho que no, te hubiese obligado a aceptar. Yo puedo ir con Sirius y Peter.
- Solo Peter, de hecho – aclaró el de rulos ante la mirada interrogante de sus compañeros -. Lo siento, Moony. Tengo algo que hacer ese día y no puede esperar.
- ¿Qué?
- ¡Dime que te vas a reconciliar con Marlene McKinnon! – dijo James, esperanzado.
- Ah, no sé. Tal vez si me dicen que pasó el otro día con Rivaille, yo les diga algo.
Se hizo el silencio y los cuatro continuaron su camino hacia el invernadero dos, para su siguiente clase de Herbología. Remus se contentó con que Sirius no insistiera con el tema, y todos continuaran tomándole el pelo a James por su cita con Lily, agradecido de cualquier forma de que al menos Peter estaría acompañándolo durante su transformación.
La última jugada siempre era desesperada. Sin la ayuda de Peeves y sin el Mapa del Merodeador, era simplemente imposible que Sirius pudiera dar con el paradero de Snape, pero no aquella noche de sábado, en que sabía que se llevaría a cabo una fiesta a la que él no estaba invitado. La gente, incluyendo a James, estaría ensimismada en sus propios asuntos y él tendría chipe libre para actuar sin que nadie quisiera actuar como vocecita en su consciencia.
El Slytherin era uno de los alumnos favoritos de Slughorn, quizás hubiese sido su indiscutido número uno si Lily Evans no hubiera coincidido con él en la misma generación, sacando dos prodigios de las pociones. Y Snape, que, claramente no era el alma de la fiesta ni una mariposa social, iba a ir a la fiesta de San Valentín por el simple hecho de que era un jodido calculador que sabía muy bien que no debía perder la venia de su jefe de casa, aún si le significaba pasar unas insoportables horas en presencia de gente como James Potter o sangres sucias de Gryffindor y Hufflepuff...
Sirius por fin sabía el lugar en el que podía encontrarse a Snape, y mientras lo esperaba pacientemente a la vuelta de las mazmorras que llevaban a la sala común de Slytherin, para interceptarlo en su túnica de gala de tercera mano y pésimo gusto, ni él sabía exactamente lo que iba a pasar. No sabía si se contentaría con una zancadilla o eso sería solo el comienzo; si nada más quería darle una paliza para vengarse por lo que le habían hecho a él cuando lo noquearon entre tres; o si terminaría con una broma pública y cruel que le diera su merecido, como aquella vez en que le bajaron los pantalones frente a todo el alumnado después de sus T.I.M.O.
Solo un poco antes de que dieran las ocho de la noche, cuando los estudiantes que no tenía un permiso especial para ir a una fiesta debían estar ya en su cama para no violar el toque de queda (como él), vio pasar al primer grupo de chiquillas bien vestidas. Se apoyó en la fría pared de piedra húmeda que había en el subterráneo del castillo y esperó, con toda paciencia, hasta que eventualmente oyó un juego de pisadas que correspondían, probablemente, a un trío.
- ¿Qué mierda haces tú aquí, Black? – le espetó Mulciber - ¿No te bastó con lo del otro día?
- Ya. Sabes perfectamente bien que lo del otro día fue un golpe de suerte de ustedes que no se volverá a repetir – dijo encogiéndose de hombros y con una sonrisa descarada en el rostro -. Además, esta vez no he venido por ustedes. Quería tener una palabrita con mi buen amigo Snape, aquí presente.
- ¿Qué demonios quieres, idiota? – preguntó el aludido con amargura.
- En privado.
- Como si fuera tan estúpido para no saber que algo tramas – interrumpió el tercer chico, Rosier -. Snape, no le debes nada a este payaso. Vámonos.
Los tres Slytherin hicieron el ademán de girarse para ir en dirección a la planta superior, y Sirius se molestó aún más por ese desaire, dándose cuenta de que su pequeña y única victoria de la vez anterior había servido para que se les inflara el ego y ahora se creyeran superiores a él. Una pésima concepción que él iba a corregir más temprano que tarde…
- Arranquen, si quieren. Ya sé que Quejicus no tiene cojones para enfrentarme solito.
Snape se detuvo en seco ante el comentario, tal y como el moreno había esperado. Cuando se giró en su lugar, se veía descompuesto y bastante más molesto que nervioso, como hubiera ocurrido el año anterior, cuando su odio hacia cualquiera de ese grupo de amigos todavía no era superior al miedo que les tenía.
Ahora era diferente. Tenía la confianza de saber que, si bien menospreciado por todos sus pares y profesores, era un alumno prodigioso capaz de inventar hechizos y maldiciones con las que otros no podían soñar. Tenía a su disposición un inventario de formas de atacarse y defenderse, y una racionalidad fría que le permitía actuar sin la prepotencia e impulsividad estúpida de las que hacían alarde los tontos que se creían héroes, como Potter o Black.
- Ya los alcanzo – les dijo a sus dos compañeros con autosuficiencia, haciéndoles un gesto de mano para corretearlos.
- Más te vale que no hagas nada raro, Black – le advirtió Rosier, antes de que él y Mulciber retomaran el paso.
En cosa de segundos, Sirius y Snape quedaron solos en las mazmorras, justo a la altura del salón de pociones, que en ese momento se encontraba vacío y cerrado bajo cuatro llaves. El hecho de que la hilera de estufas de piedra que se encontraban repartidas por los corredores estuvieran encendidas no ayudaba a arreglar la falta de luz natural. El juego de luces provocaba que el rostro de Snape se viera a medias, cubierta la mitad con su espeso cabello negro, y la otra mitad tan pálida que le daba un aspecto fantasmagórico ahí, en la oscuridad de la noche.
Después de quedarse mirándolo tanto rato, aún apoyado casualmente en la pared, el Slytherin comenzó a ponerse nervioso.
- Déjame adivinar. Evans te dijo – decidió romper el hielo.
- Ya hemos pasado por esto tantas veces, Quejicus… - dijo arremangándose las mangas de su camisa muggle, con una calma que hubiese inquietado a cualquiera -. No sé cuál es tu obsesión con Remus y francamente me estoy cansando de tener que venir a hacerte visitas…
- Que es un hombre lobo – respondió como si nada, haciéndose el valiente y sosteniéndole la mirada.
- Brillante, Quejicus. Una vez más pusiste tu mente aguda y penetrante a investigar, y como de costumbre, llegaste a la conclusión incorrecta.
- Búrlate todo lo que quieras, pero si tengo razón y lo es… Incluso si no tengo parte en el asunto, me voy a regocijar viéndolo caer. Tarde o temprano, porque los licántropos no duran. Quizás si hasta tengo un poco de suerte, lo matan como a ese hombre lobo asqueroso que lincharon en la calle el verano pasado, ¿qué te parece?
Notó la quemazón de la rabia que inevitablemente le nubló la mente, bloqueando todo pensamiento racional para obligarlo a guiarse solo por lo más primal, el instinto, la arrogancia y la impulsividad, todo lo que era tan propio de él. El odio sobre el que había estado pensando noches mientras fumaba un cigarrillo en la ventana lo dominaba por completo, se tomaba su cuerpo y se hacía cargo de él como si nada, se movía y hablaba por él como si lo controlara y tal vez lo hacía realmente.
Lo empujó contra la pared y le colocó la varita bajo de la barbilla, completamente cegado por la rabia y dispuesto a matar.
- Siempre lo veo irse, pero le pierdo el rastro… Y llegará el día, Black – prometió con toda seriedad, sin sucumbir ante la amenaza del otro -. Llegará el día en que lo comprobaré. Lo seguiré a donde sea que se dirija y descubriré de una vez por todas lo que se trama ese mestizo asqueroso.
Lo que estaba por salir de la boca de Sirius jamás lo hubiese dicho actuando con un mínimo de racionalidad.
- Como si te atrevieras a seguirlo – interrumpió con repentina tranquilidad y un brillo de maliciosa locura en sus ojos que Snape, lamentablemente, falló en notar -. Perro que ladra no muerde, Quejicus, y eso es todo lo que haces. Ladrar. Llevas como dos años con lo mismo y estás aquí, en vez de seguirlo como dices, porque no te atreves, te faltan los cojones para hacer cualquier cosa sin tu grupito de amigos, porque eres un maldito cobarde – lo tentó, apropósito, sabiendo que iba a picar.
El de cabello negro se debatió entre la sospecha del repentino cambio en su oponente y la expectativa por comprobar lo que moría por saber hacía años. Más que nada, lo que quería era demostrarle que estaba equivocado y probarle que no era un cobarde, todo lo contrario. Quizás, si Snape no hubiera sufrido de aquel síndrome de querer tener siempre la razón, hubiese sido más precavido a la hora de ponderar las ventajas y desventajas de un ofrecimiento de Sirius Black… Por eso no fue una sorpresa cuando abrió la boca para replicar.
- Dime cómo – ordenó, altanero. Sin darse cuenta de nada.
Al mismo tiempo, un orgulloso joven de cabello desordenado y gafas pasó a través del retrato de la Dama Gorda como si caminara sobre nubes, sin todavía poder creerse que asistiría a un evento con Lily Evans. El James de cuarto y quinto, ese que le pedía una cita cada vez que la veía y salía rechazado, se regocijaba en su interior por este notable cambio de circunstancias.
¿Podía darse el lujo de pensar que quizás la colorina sentía por él lo mismo que él por ella? ¿Podía arriesgarse a anidar esperanza? Tal vez algo que había hecho en el último tiempo, no tenía idea qué, le había jugado a favor y había mejorado la imagen y la estima que su compañera de curso tenía sobre él. Quizás fuese que estaba menos inmaduro últimamente, o al menos eso creía, y no la había irritado tanto como los años anteriores.
Algo al azar que había hecho había dado resultado y ahora, por fin, se encaminaba al encuentro en donde podría reivindicarse y demostrarle que no era un tonto, ni un matón ni un bravucón; disipar cualquier reticencia o duda que le quedara a la chica sobre él con sus malos comportamientos anteriores, y ser digno de acercarse a ella en un plan que iba más allá de la amistad, aspirar a algún día ser mucho más que eso.
En ese instante, una voz repentina lo asustó al salir de la nada.
- ¡Eh! ¡Potercillo!
- ¡No me jodas, Peeves, que tengo una cita! – advirtió mientras continuó caminando a paso decidido hacia el Gran Comedor, sin dejarse entretener.
Nada le iba a arruinar su esperada cita con Lily. Nada ni nadie. Ni siquiera le iba a dar tiempo al estúpido poltergeist de engancharlo con algún comentario cizañero, ni mucho menos darle a oportunidad de que le tirara una bomba de agua o algo peor. Avanzó apurando el paso para disminuir las posibilidades, pero incluso si Peeves le arrojaba algo y le arruinaba el traje, no iba a arruinarle la noche. Se las arreglaría y…
- ¿No lo quieres, entonces? De acuerdo. - Ignóralo, se repitió, mientras seguía caminando a paso decidido -. Con todo lo que me molestó Sirius y yo por fin se los iba a devolver.
Devolver.
Paró en seco y miró hacia arriba, para encontrarse, efectivamente por Peeves blandiendo el Mapa del Merodeador, que no veía desde aquella tarde en que habían roto los relojes de los puntos, a muy corta distancia e incitándolo a que simplemente estirara el brazo y lo agarrara.
- ¿Por qué? – preguntó con desconfianza. Era demasiado bueno para ser cierto.
El poltergeist abrió el mapa y se recostó en el aire a leer, como quien lee el diario relajadamente en medio de la playa. Justo cuando James estaba por perder la paciencia y continuar su camino, habló:
- Black cumplió. Me va a dar caos – dijo tendiéndole el pergamino aparatosamente abierto.
- ¿De qué demonios estás hablando?
- De que ese Sirius Black tiene un genio terrible.
- Dímelo a mí – dijo con una risita. De cualquier forma tomó el mapa. Si Sirius había conseguido que el poltergeist les devolviera su bien más preciado, ¿quién era él para denegarlo?
Sin embargo, cuando vio lo que mostraba el mapa en sus manos, palideció. Miró hacia la ventana más cercana del corredor, notando la luna llena resplandeciente y redonda en el horizonte, y luego volvió a bajar la mirada. Su estómago se retorció en todas direcciones al notar que, camino hacia el Sauce Boxeador, avanzaba a paso seguro nadie más ni nadie menos que Snape y antes de darse cuenta, sus pies se habían movido por sí solos.
N/A: La luna llena de febrero de 1977 fue el viernes 4. Pero por "plot reasons", la cambié al sábado 12 de febrero.
También en una súper N/A, en este cap. hay alusiones a One Piece y a Boku no Hero, porque ahora soy terriblemente otaku (?)
