De cerca el helicóptero es más grande de lo que parecía: tendrá como siete u ocho plazas. Christian abre la puerta y me señala un asiento de los de delante.
—Siéntate. Y no toques nada —me ordena subiendo detrás de mí.
Claro, porque cualquier persona en su sano juicio que entrase en un helicóptero lo primero que haría sería ponerse a pulsar botones al azar, no te fastidia.
—¿Quieres que te dé la patita o me haga la muerta también? —le lanzo con los ojos entornados.
Cierra de un portazo.
—Por favor —mastica—, ¿podrías sentarte en ese asiento y no tocar nada?
—Sí, podría —replico, sonrío para mí en la súbita penumbra—. ¿Quieres que lo haga?
—Sí.
Espero.
Un rato.
—Por favor —añade al fin.
Mientras avanzo entre los otros asientos me alegro de que toda la azotea esté iluminada, porque de lo contrario no vería nada en la cabina. Me acomodo donde me ha indicado y él se inclina hacia mí para atarme el cinturón de seguridad. Es un arnés de cuatro bandas, todas ellas unidas en una hebilla central. Aprieta tanto las dos bandas superiores que apenas puedo moverme.
Ni respirar.
Me pregunto si es así como se sentían las damas victorianas con corsés de hueso de ballena.
Me entretengo mirando el panel de mandos mientras él manipula las cinchas del arnés. La verdad es que con tantas lucecitas y colorines sí que dan ganas como de ponerse a pulsar botones, pero estoy firmemente atada al asiento y no puedo moverme. Levanta la mirada hacia mí y sonríe, como si le divirtiera esa broma que solo él entiende. Contengo la respiración mientras me aprieta un poco más una de las bandas superiores.
Ahora entiendo por qué la de Piratas del Caribe se cae del castillo ese cuando se le declara el Pomodoro.
—Estás segura. No puedes escaparte —susurra de pronto Grey.
EEEEHH…
—Respira, Urtica —añade en tono dulce.
Ya, claro. Muy fácil para ti decirlo. Que corra el aire.
Se incorpora, me acaricia la mejilla y me pasa sus largos dedos por debajo de la mandíbula, yo carraspeo. Alzo luna ceja en gesto interrogativo.
¿Te importa?
—Me gusta este arnés —se limita a comentar.
—Ah… ¿Quieres que te lo devuelva? —Parpadeo, confusa.
Te recuerdo que has sido tú quien me ha dicho que me siente en este sitio en concreto. A ver si te decides.
Él me mira fijamente un momento antes de soltar una carcajada y apartarse.
Oh. Espera. Su fetiche con atar peña y todo eso. Lo olvidaba.
Christian se acomoda a mi lado, se ata a su asiento y empieza un largo protocolo de comprobar indicadores, mover palancas y pulsar botones. Botones brillantes. Me inclinaría hacia adelante si pudiera.
¡NANANANANANA…!
—Ponte los cascos —me dice señalando unos auriculares frente a mí.
Waala.
Me los pongo y el rotor empieza a girar. Es ensordecedor incluso a través del acolchado. Él también se pone los auriculares y sigue moviendo palancas.
—Estoy / comprobaciones /.
Oh. Fuck. Este medio de comunicación va a ser un problema.
Por otra parte… Estoy en un helicóptero. Nunca había volado en un helicóptero. Y todo brilla. ¡Y es un helicóptero!
Aplaudiría de ilusión, si no temiese por la integridad de mi caja torácica frente al férreo agarre del corsé arnés. Así pues, me limito a sonreír.
Se gira y me sonríe también.
—¿Hace cuánto que pilotas? —le pregunto, quizá subiendo más la voz de lo que técnicamente sería necesario.
—Cuatro /.
¿Cuatro… años, meses, ¡DÍAS!?
Pongo cara de circunstancias.
—Estás /, Urtica.
No puedo inclinarme hacia él para leerle los labios. Prometo que me estoy esforzando mucho. Encima, el puñetero micrófono le tapa un lado de la boca. ¿Es este un buen momento para empezar a llorar?
—No sé qué has dicho —le intento explicar.
—¿/?
Mierda.
Empiezo a entrar en pánico.
Él me mira un instante frunciendo el ceño.
—¿E/lexia?
Le miro durante tres segundo más de pánico antes de decidirme a asentir dubitativamente con la cabeza. Sé que por la entonación que necesita una respuesta de sí o no. Espero estar respondiendo a la pregunta adecuada.
Se baja el micrófono para que deje de taparle la boca y gira la cabeza para encararme completamente.
—¿Mejor?
—Dios —exhalo—, gracias.
Podría abrazarle. Doy gracias también por no poder moverme del asiento.
—Decía —comienza a repetir, más alto y despacio, vocalizando con cuidado— que estás segura conmigo. —La sonrisa comienza a afilársele en ese momento por el borde—. Al menos, mientras estemos volando. —Me guiña un ojo con su sonrisa de lobo.
Ya está. Ya se me han pasado las ganas de abrazarle.
Habrá que aumentar la frecuencia de sus clases de batcóptero. ¿24/7 será suficiente?
—¿Lista?
—Sólo si prometes dejar de hacer comentarios tan creepies.
Vuelve a sonreír antes de girarse de nuevo hacia los controles.
—/ torre de control. / aquí Charlie Tango Golf-Golf / despegar. / confirmación, cambio.
¿Charlie Tango qué, qué? ¡¿Qué clase de nombre de mierda es ese para un batcóptero?!
—Charlie Tango, adelante. / Portland, avance por uno-cuatro /, cambio.
Y ¡uno!, y ¡dos!, y ¡un, dos, tres! Genial. Ahora parece que alguien vaya a echarse a bailar. Mierda. Por favor, Señor, no dejes que esto se convierta en un musical.
—Recibido/ Charlie Tango. Cambio y corto. En marcha —añade mi acompañante dirigiéndose a mí.
Me preparo para el despegue clavando las uñas en el cuero del asiento, pero, para mi sorpresa, el helicóptero se eleva con relativa suavidad. Mucha más que el ascensor de la muerte, sin duda.
La ciudad parece descender mientras nos introducimos en el espacio aéreo. Las luces van reduciéndose hasta convertirse en un ligero parpadeo a nuestros pies. Es como mirar al exterior desde una pecera. Una vez en lo alto, la verdad es que no se ve nada. Está todo muy oscuro. Ni siquiera la luna ilumina un poco nuestro trayecto.
—/, ¿verdad?
Me giro para mirarle, interrogativa.
—Inquietante, ¿verdad? —repite, más despacio.
—¿Cómo sabes que vas en la dirección correcta?
—Aquí —me contesta, y señala con su largo dedo un indicador con una brújula electrónica—. Es un Euro/ /35. / más seguros. / volar de noche.
—Ajam. —Me parece todo muy bien y muy bonito.
¿Qué pasa? La lectura de labios no es perfecta. Sobre todo cuando la peña comienza a emocionarse y habla más rápido.
—En mi edificio hay un hel/erto —continúa, mirándome con una sonrisa—. Allí nos dirigimos.
—Un ¿qué?
—Un helipuerto —repite.
Un helipuerto. Claro. Por supuesto que en su edificio hay un helipuerto. Y probablemente una tuna esperándonos.
Me revolvería en el asiento. Si pudiera.
Las luces del panel de control le iluminan ligeramente la cara. Está ahora muy concentrado y no deja de controlar las diversas esferas situadas frente a él. La verdad es que tiene un perfil interesante, tiene la mandíbula muy cuadrada. Me pregunto si hay un insulto infantil para eso. Como lo de «cabezabuque». ¿Bocamarco? ¿Caraladrillo? Mm… No sé si es lo bastante pegadizo como para triunfar.
—/ de noche, no ves nada. Tienes que confiar en los aparatos —dice interrumpiendo mis esfuerzos creativos.
—¿Cuánto durará el vuelo? —pregunto, procurando concentrarme de nuevo en su boca.
—Menos de una hora. /.
Menos de una hora. ¿Cuáles serán las probabilidades de que pueda dejarle a él amarrado al asiento y salir corriendo? Oh. Espera. El mayordomo… ¡Taylor!, se quedó en tierra. No puede llegar a casa de Grey en coche antes que nosotros volando. Tal vez sea mi momento para probar a placarlo. Ah, no: la gracia precisamente de placarlo era ver si el mayordomo le defendería. Si no está, como que el experimento pierde un poco su función.
—¿Estás bien, Urtica?
—Sí.
No estoy pensando en maneras de derribarte ni nada por el estilo.
Le sonrío enseñando mucho los dientes. Me devuelve la sonrisa en la penumbra antes de presionar otro botón del panel.
—Aeropuerto de Portland, aquí Charlie Tango, /, cambio. —Intercambia información con el control de tráfico aéreo. Muy profesional todo, no os vayáis a pensar, con números y eso—. Entendido, Seattle, /, cambio y corto. —Señala un puntito de luz en la distancia y dice—: Mira. Aquello es Seattle.
Yo fuerzo mis ojos miopes.
—¿Así es como impresionas a tus ligues para sacarlos de la discoteca? —le pico—. ¿«Vente a dar una vuelta en mi helicóptero»?
¿«Te enseñaré un puntito de luz borroso en la lejanía»?
—Nunca he subido a una mujer al helicóptero, Urtica. Y tampoco las buscaría en una discoteca —me contesta en tono tranquilo, muy despacio, serio.
Ah, ya. Se me olvidaba que eres sensible con el tema de tu orientación sexual. Ya ahondaremos en eso.
—En otro momento —murmuro.
—¿Qué?
Ups.
—¡Nada!
Se hace un instante de silencio, de silencio de ensordecedora rotación de hélices.
—¿/ impresionada?
—Volar mola —digo tras sopesarlo un instante—. Y se te da bien: lo llevas tan suavito que casi no da impresión la subida.
Me devuelve la sonrisa.
—Gracias, señorita Dioica —me dice educadamente.
Creo que le ha gustado mi comentario, pero no estoy segura.
Durante un rato atravesamos la oscura noche en silencio. El punto de luz de Seattle es cada vez mayor. En un momento dado alguien que no somos nosotros dice algo por los auriculares y Grey contesta otra vez. Oigo varios «Charlie Tango», ponte a bailar, que tú lo haces fenomenal, TU CUERPO SE MUEVE COMO UNA PALM… Eh, sí, bueno, también oigo algún «preparado» así que supongo que vamos a ir bajando ya.
—Cambio y corto —le oigo decir por encima de la melodía de mi cabeza.
—Está claro que te divierte —le digo.
—¿El qué?
Me mira. A la tenue luz de los instrumentos parece burlón.
—Volar.
—Exige control y concentración, ¿cómo no /? / más me gusta es planear.
—¿Planear?
—Sí. Vuelo sin motor, /. Planeadores y helicópteros. /.
Oh, acabamos de resolver el misterioso misterio de las famosas «aficiones caras y fascinantes». Al fin hoy podré dormir tranquila.
La voz de los auriculares dice alguna cosa más, aunque yo sólo pillo el «cambio».
Suave, suave, su-su-suave…
Seattle está cada vez más cerca. Ahora estamos a las afueras.
—Es bonito, ¿verdad? —me pregunta Christian.
Asiento.
—/ en unos minutos —murmura Christian.
La hora de la verdad. DUN DUN DUUUUN.
Empieza a hablar de nuevo con el control de tráfico aéreo.
Vamos, Charlie, sigue bailando…
Volamos entre edificios, y frente a nosotros veo un rascacielos con un helipuerto en la azotea. En ella está pintada en color azul la palabra ESCALA, que se va haciendo más grande conforme nos acercamos.
Tío, es que hasta en los nombres que les pone a las cosas parece que te esté dando órdenes. Y si no me da la gana, ¿qué?
El helicóptero reduce la velocidad y se queda suspendido en el aire. Me agarro al extremo de mi asiento cada vez con más fuerza y contengo la respiración, preparándome para lo que viene. No obstante, el aterrizaje es tan suave como el despegue.
Suave, suave, su-su-su… Joder, para ya.
Christian apaga el motor, y el movimiento y el ruido del rotor van disminuyendo hasta que lo único que oigo es el sonido de mi respiración. Christian se quita los auriculares y se inclina para quitarme los míos. Y ahora también oigo el viento aullando al otro lado de los cristales.
—Hemos llegado —me dice.
¡No! ¿En serio? Esto sí es un plot twist. El suelo no me había dado ninguna pista.
Me mira muy fijamente. Tiene la mitad de la cara iluminada por las luces de la azotea y la otra mitad en sombras. Me haría pensar en la luna, si no fuera porque la luna no es cuadrada. Y no tiene ojos. Ni pelo.
Parece tenso. Aprieta la mandíbula y entrecierra los ojos. Se desabrocha el cinturón de seguridad y se inclina para desabrocharme el mío.
—No tienes que hacer nada que no quieras hacer. —Su cara está a centímetros de la mía. Su tono es serio—. Lo sabes, ¿verdad?
—Not a problem —canturreo mientras me aparto no con excesivo disimulo.
Que corra el aire.
No parece muy convencido.
—De verdad —Le pongo las manos en el pecho para echarle más hacia atrás—, no te angusties.
Me mira un instante más con cautela y luego, pese a ser tan alto, se mueve con elegancia hasta la puerta del helicóptero y la abre. Salta, me espera y me tiende la mano para ayudarme a bajar. Echo una mirada por el borde y pego un salto. Aterrizo a su lado y echo de menos tener una coleta que se bambolee con el choque contra el cemento.
Hace MUCHO viento. Menos mal que el helicóptero al menos ya está parado y en silencio.
—Vamos —me grita para hacerse oír.
Le sigo hasta lo que, tras un rápido tecleo de contraseña en un panel lateral, revela ser un ascensor. Mi reflejo en el espejo da medio paso precavido hacia atrás al mismo tiempo que yo.
—Sólo son tres pisos —intenta animarme.
—Eso mismo dijiste la última vez —rezongo.
Vamos, Ortiga, no sea prejuiciosa, sólo porque hayas tenido una mala experiencia con un ascensor puntual no quiere decir que todos los ascensores sean iguales. #NotAllAscensores.
Al entrar descubro que no solo es el panel del fondo el que está cubierto por un espejo y cuando, tras teclear otro código en el tablero de números, las puertas se cierran, veo que hasta las propias puertas son espejos por dentro.
Qué mareo.
Con los ojos cerrados, no obstante, esta vez apenas noto la caída. La detención también es muy suave y las puertas se abren en silencio para dar paso a un enorme vestíbulo totalmente blanco.
Rodeamos la mesilla oscura con un centro de flores que hay en el medio y recorremos en silencio un largo pasillo. Grey camina callado y contenido, parece estarse rumiando algo.
El salón al que vamos a desembocar es inmenso, el techo, innecesariamente alto, podría darle aspiraciones de catedral si no fuera por el estilo ultramoderno de todo.
Lo primero en lo que me fijo es en la pared del fondo, toda de cristal. Al otro lado, una balconada da paso a la ciudad dibujada de luces. Estamos tan alto que casi podría parecer una maqueta bajo la oscuridad infinita del cielo. Me acerco como en trance, no me atrevo ni a poner las manos en el cristal para no dejar huellas que puedan distorsionar la vista así que las dejo suspendidas a apenas unos milímetros. Miro todo Seatle a mis pies con la boca abierta.
Christian se acerca en silencio y él sí apoya una de sus grandes manos en el cristal.
—¿Impresionada?
Me giro hacia a él sin poder cerrar la boca. Entonces puedo ver lo que hay más allá de él, por debajo de su brazo levantado.
—¡Una chimenea! —chillo mientras rodeo a mi anfitrión y echo a correr hacia ella y me casi me tiro de rodillas a sus pies.
El fuego está encendido. La chimenea es de metal, plateada y horrenda. Pero ¡es una chimenea! Levanto has manos hacia el calor con el mismo respeto que le he concedido al inmenso ventanal. Cierro los ojos para poder disfrutar de la sensación.
Cuando por fin abro los ojos y giro la cabeza, Grey me está observando desde una distancia prudente, el fuego reflejándosele en las pupilas.
—¡Qué pedazo de sofá! —doy otro berrido.
Tiene forma de U, es enorme. Me pongo en pie de nuevo y me acerco. Parece muy suave mientras recorro la superficie con las yemas de los dedos a pocos milímetros de la superficie.
—Wooo.
Justo ahí veo la cocina. Mis manos se quedan inmóviles mientras se me abren los ojos de asombro. Me levanto y rodeo el sofá por poco trastabillando con mis propios pies.
Oh. Dios. Oh. Dios.
Barra americana, encimera de madera oscura, lisa, limpísima y lista para ser usada, dos pilas, ¡vitrocerámica con fuegos de diámetro regulable!
—Necesito esta cocina en mi vida —susurro.
Giro sobre mí misma, sin saber por dónde empezar. Me pondría a abrir y cerrar cajones y aparadores como una desquiciada si pudiera. Esto tiene pinta de tener DE TODO.
Al fin, dejo de dar vueltas sobre mis talones y me acerco con las manos estiradas y reverencia infinita hasta la isla central y sus seis fogones regulables de cristal negro. Miro a Grey con cara implorante.
—¿Puedo?... —suplico, casi sin voz.
—Adelante —concede con un gesto vago de la mano.
Parece sorprendido, intrigado, pero más tranquilo y menos tenso que desde que hemos salido del helicóptero. Aunque puedo ver cómo la comisura izquierda de su boca está comenzando a afilarse pese a sus esfuerzos por mantener una expresión neutra.
Acaricio la superficie pulida con la punta de los dedos antes de apoyar toda la palma e ir recorriéndola con admiración.
—Dios, oh, Dios —casi jadeo, en voz baja—. La cantidad de cosas que podría hacer yo aquí.
Tengo que resistir la tentación de lanzarme encima y restregar la mejilla contra la madera fresca de la encimera. Los grifos están relucientes de limpios, curvas frías y suaves de metal mate.
—¿Urtica? —pregunta Christian a mi espalda.
Su voz suena algo densa. Yo intento recomponerme y volver a poner cara de persona mentalmente equilibrada. Me giro hacia él. La comisura de la boca ha seguido afilándosele mientras yo no miraba, los músculos de la mandíbula tensos en un intento poco fructífero de disimular.
—¿Sí? —pregunto con cautela.
—¿Me das la chaqueta? —Tiende una mano con forzada lentitud hacia mí, los ojos muy oscuros.
—No —contesto automáticamente.
Es mía.
No sé qué tipo de fetiche raro tendrás tú con los grifos, amigo, pero a mi chaqueta y a mí nos mantienes al margen.
Espera. Es posible que su pregunta no fuera más que puro protocolo social.
—Quiero decir —rectifico—: no hace falta. Estoy bien.
Y es mía. Quiero tenerla localizada en caso de necesidad.
Tampoco pienso reducir los dos sanos pasos de distancia que nos separan ahora mismo. A mí es que me flipa cocinar, ¿cuál es tu excusa?
—¿Quieres tomar una copa? —vuelve a intentar.
Ladeo la cabeza.
—¿De qué?
—Yo tomaré una copa de vino blanco. ¿Quieres tú otra?
—Ah. No, gracias —contesto—. Pero si me sacas un vaso beberé algo de agua.
Mis ojos vuelven a pasearse por los intrigantes muebles cerrados.
Christian saca una copa y un vaso de uno de los aparadores superiores, una botella de vino del mueble bodega bajo la barra americana y otra botella de cristal transparente de lo que resulta ser una nevera camuflada. Se quita la chaqueta y la deja sobre una de las altas banquetas antes de proceder a servir las bebidas.
Dios. Mataría por tener esta cocina. Miro a mi anfitrión con ojos calculadores.
—Toma —me dice tendiéndome el vaso.
Un vaso que pesa media tonelada, por cierto. Este cristal sí que es consistente. Útil como arma homicida. Ortiga, en la cocina, con el vaso de agua. Luego me desharía de todos ellos y los sustituiría por unos de Ikea. Es un plan con posibilidades.
Me bebo todo el agua, sedienta, y él vuelve a rellenarme el vaso.
—¿Tienes hambre? —me pregunta.
Yo siempre tengo hambre.
—La verdad es que un poco sí —admito comedidamente—. Además, no se puede mantener una conversación importante con el estómago vacío.
Da un sorbo de vino sin quitarme los ojos de encima antes de posar la copa sobre la barra americana y acercarse a la nevera disfrazada de mueble.
—La señora Jones, mi ama de llaves, ha dejado queso para la cena.
—¿Queso? —Casi me atraganto, escandalizado.
—¿No te gusta el queso?
Ignoro su pregunta.
—¡¿Queso?! ¿Así? ¿A palo seco? —Voy hacia la nevera, todavía sin terminar de dar crédito a lo que estoy oyendo—. ¿Qué clase de cena es esa?
—Me temo que no hay mucho más donde elegir —dice al cabo de una breve inspección—.Tampoco queda nada preparado, dado que llevo fuera todos estos días.
Yo me acerco y echo un vistazo por debajo de su hombro.
—Puedo pedir que nos traigan algo —continúa.
—¿Cómo que no hay dónde elegir? —Me cuelo por debajo de su brazo para poder estar más cerca de la comida—. Veo huevos con los que darle sustancia a ese queso, y esa berenjena sigue teniendo buen color.
—Quizá sea mejor que…
—A callar —le chisto—. Coge los huevos. —Engancho yo misma el queso y la berenjena—. Yo cocino, tú recoges. ¿Hay pan?
Así, tras un par de quests en busca de aceite, especias y sartenes por los aparadores, Christian y yo estamos sentados a la barra frente a dos platos humeantes de revuelto y unas rodajas de berenjena a la plancha. Al final he dejado que me sirva un poco vino para acompañar la cena y me dedico a mojarme los labios de cuando en cuando.
—Delito tiene que no sepas ni dónde está la sal en tu propia cocina —le digo entre bocado y bocado, apuntándole con tenedor acusador.
Él se ríe de buena gana.
—En mi defensa diré que yo nunca cocino.
—Claro —Me llevo teatralmente las manos a la cabeza—, ¿el gran Christian Grey?, ¡¿cocinando?! ¡Habrá traído mayordomos y chefs de París para atender todos sus caprichos! ¿Dónde los has escondido, a ver?
Me giro sobre el alto taburete para inspeccionar con sospecha los aparadores que no hemos llegado a abrir.
—Les he dado a todos la noche libre —me contesta con una amplia sonrisa.
No tengo cien por cien claro si me sigue la broma o es que he dado en el clavo.
—¡Por los derechos laborales! —exclamo alzando mi copa, pero la retiro antes de que él alcance a hacer el chin-chin. Le miro con ojos entornados—. A menos que… —Tomo aire con exagerada sorpresa—. ¡A menos que les tenga usted atados y amordazados en las mazmorras! ¡Señor Grey!
—Le aseguro que no tengo a nadie amordazado en ninguna parte. —Se inclina y choca suavemente su copa con la mía antes de añadir—: De momento.
Tengo como la tentación de extender una mano y comprobar si sus colmillos son tan afilados como parece. Me río estruendosamente antes de volver a mojarme los labios con el vino. Intento no poner cara de asco cuando el líquido me roza la lengua.
Grey me observa, divertido, antes de retirarme delicadamente la copa y dejarla fuera de mi alcance.
—Sorprendentemente —dice, lanzando una mirada de reojo a la bebida cuasi intacta—, creo que ya es suficiente vino por hoy.
Dejo los cubiertos sobre mi plato ya vacío y me restriego los ojos con una mano.
—Suficiente para siempre —bostezo.
Apoyo con un codo en la mesa y dejo que se me cierren los párpados un momento. Cuando vuelvo a mirar los platos sucios ya no están, y Christian me mira con las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos mientras hace girar una copa de vino entre los dedos.
—Mierda. —No puedo reprimir otro bostezo
Me miro el reloj.
—Ya son las diez y media y yo ya no soy persona. Pero no hemos hablado de lo de nuestro acuerdo.
Cruzo los brazos a modo de almohada y escondo la cara entre ellos.
Quiero mi cama. ¿En qué estaría yo pensando para haberla dejado tan lejos?
Oigo arrastrar una silla.
—Ven —dice Grey—. Te enseñaré dónde está tu habitación.
Tardo un instante en reaccionar. Entonces levanto la cabeza y le miro. Ha dejado la copa en la mesa y tiene una mano tendida hacia mí.
—¿Eh?
—Tu habitación —repite.
—Pero… —Parpadeo—. ¿No estábamos en Seatle?
Yo vivía en otra parte, ¿no? Todavía.
—¿Urtica?
Miro a mi alrededor.
—Esta definitivamente no es mi casa —murmuro, pensativa.
—Urtica, ¿te encuentras bien?
Vuelvo a mirarle. Está más cerca. Parece preocupado.
—¿Eh?
Uf, qué difícil es pensar cuando se tiene sueño.
Bostezo otra vez y me pongo en pie.
—Anda, ¡has fregado! —Señalo con asombro los platos escurriendo junto a la pila—. ¿Cuándo ha sucedido esto?
—Te has quedado un poco adormilada después de cenar —responde comedidamente—. Creo que lo mejor será que…
—¡Ostras! Y yo ahora ¿cómo hago para volver a mi casa? —Del bote que pego creo que él también se asusta.
—Como estaba intentando decirte…
Uff, este tipo encima ha estado bebiendo vino: el helicóptero queda descartado. ¿Habrá autobuses a estas horas? Pero voy a tardar una eternidad. Tendría que haber pensado mejor la ruta de escape antes de venir.
—Agh. Qué desastre.
—No me estás escuchando —interrumpe mis cavilaciones una voz dura.
He acabado junto al sillón de cuero. Grey me mira desde el espacio libre entre el salón y la cocina. Tiene los labios apretados y el ceño fruncido.
—¿Eh? —Le miro con los ojos muy abiertos—. ¿Hablabas conmigo?
Deja escapar el aire en un bufido controlado y se pellizca el puente de la nariz.
Uhm, este sillón… Creo que intenta decirme cosas bonitas.
—¿Podría quedarme aquí a dormir esta noche? —pregunto con voz ligeramente suplicante. Y añado rápidamente—: Puedo dormir en el sofá. Parece cómodo.
—Urtica —pronuncia despacio, mirándome por encima de la mano con la que todavía se pinza la nariz—. No sé por quién me tomas. Pero esta casa tiene más habitaciones de las que puedas pensar. Si crees que voy a dejar que duermas en el salón estás muy equivocada. Y me estás ofendiendo.
Abro la boca para protestar, pero él hace un gesto para silenciarme.
—Como estaba intentando decirte antes, ya hay una habitación preparada para ti.
Me quedo con la boca abierta como la tenía, sin sonido.
What?
—Dormirás aquí esta noche. Mañana habrá tiempo para que hablemos. Y después, cuando tú quieras, por supuesto te llevaré de vuelta a Portland.
Cierro la boca.
No, en serio.
—¿Qué?
—No entiendo qué parte no está clara.
—Pero de verdad que el sillón es suf…
Levanta una ceja a modo de advertencia.
…iciente.
—Haaaabitación. Okay! —sonrío exageradamente.
—Mucho mejor —concede.
Alzo una ceja.
—Mejor no te pases —le advierto.
Me mira fijamente. Yo le sostengo la mirada, todavía con la ceja en alto.
—En serio.
—Está bien —claudica al cabo de un momento.
Carraspeo.
—¿Y…?
—Lo siento —mastica.
—Mucho mejor —le imito con una sonrisa ladeada, enseñando los dientes.
Vuelve a clavarme una mirada muy oscura. Le palpita la sien.
A que jode.
—Cuidado, Urtica —susurra, la mandíbula tensa.
Me limito a encogerme de hombros.
Has empezado tú. A ver si aprendes.
—Será mejor que te enseñe tu habitación.
—Por favor. —Le dedico un gesto de la mano para que inicie la marcha, sin perder mi sonrisa sardónica.
Él me mira con ojos duros durante dos segundos más antes de dar media vuelta y echar a caminar hacia el hueco oscuro que es ahora el pasillo por donde vinimos.
—Cuidado, Urtica —mascullo con retintín en voz baja—. Pff. Cretino.
