La luz que inunda la habitación me arranca del profundo sueño. Me desperezo y abro los ojos. Es una bonita mañana de mayo, con Seattle a mis pies. La verdad es que los rascacielos tienen sus ventajas.
Ahora que es de día tengo oportunidad de observar con más claridad la habitación. Todo es blanco, tanto que casi hace daño a los ojos: las sábanas de la cama de matrimonio, las paredes, los muebles. Es todo muy aséptico. Lo mejor, con diferencia, es el ventanal tamaño pared desde el que se ve todo Seatle, justo como en el piso inferior solo que sin balconada exterior.
Cojo el móvil.
«Furcia. He dormido en casa del tarado. ¡Estoy viiiiiiva! Comienza la operación: firmar un contrato porque the show must go on! Ò.ó Te tendré informada».
—Muy bien —Doy una palmada—, no sé cierto tarado, pero yo quiero baño y desayuno. ¡Baño y desayuno!
Salto de la cama y me pongo los zapatos. Sigo con la misma ropa del día anterior, que es con lo que he dormido.
Me acerco al gran ventanal, pero no encuentro ninguna manera de abrir un resquicio para ventilar. Incluso busco con la uñas en la junta de la pared.
—Jo, los ricos son megaguarros… —Pongo los brazos en jarras.
En fin.
Vuelvo hacia la cama y estiro las sábanas cuidadosamente. Hecho esto, me acerco con cautela a la puerta y abro medio palmo. Bueno, me acerco a una de las tres puertas que hay en el cuarto. La verdad es que no recuerdo por dónde entré anoche. El caso es que la que abro resulta ser un vestidor enorme.
—Nope. —Retrocedo despacio y cierro de nuevo la puerta sin hacer ruido.
El intento número dos me lleva al pasillo, pero por suerte decido probar primeo con la puerta misteriosa número tres antes de lanzarme a la aventura, porque resulta que mi habitación tiene un baño privado. Un baño privado casi más grande que la propia habitación: dos lavabos, una bañera en la que podría bañarse una vaca y más espacio vacío del que parece apropiado para cualquier cuarto de baño decente.
Me miro en el enorme espejo. Tengo la ropa espantosamente arrugada y pelos de loca. Y apesto.
—Ojalá me hubiera traído algo de ropa —mascullo mientras me peino el pelo con los dedos.
Me hago el lavado del gato y me echo agua en la cara para quitarme las legañas. Finalmente apoyo ambas manos sobre la porcelana blanca y me miro fijamente.
—Me muero de hambre.
Salgo de la habitación de puntillas. El pasillo está vacío y en silencio. Bajo las escaleras y encuentro el camino de vuelta al salón. La chimenea horrenda está ya apagada, lo cual la hace doblemente horrenda, pero el sol brilla con fuerza al otro lado del gran ventanal y hace una temperatura estupenda.
Me encaro con la cocina ultramoderna y reluciente.
—Muy bien. —Me arremango—. This is America. ¡Hoy desayunamos tortitas!
Me hago con todos los ingredientes y un bol y comienzo a batir la mezcla mientras tarareo Mecano por lo bajini. Cuando lo tengo todo preparado pongo una sartén al fuego y echo un poco de mantequilla. He ido subiendo el volumen y para cuando he dado la vuelta a la primera tortita ya estoy bailando mi propia y muy desafinada versión de Hijo de la luna.
Acabo de dejar la cuarta tortita en el plato y dado una vuelta sobre mis talones cuando veo a Christian sentado en un taburete, con los codos encima de la barra y la cara apoyada en las manos. Lleva una camiseta holgada y el pelo revuelto. Parece divertido y sorprendido a la vez. Me quedo paralizada todavía con la espátula levantada.
Ups. ¿Le habré despertado?
—Buenos días, señorita Dioica. Está muy activa esta mañana —me dice en tono frío.
—Uhm… ¿gracias?
¿Quizá?
Intenta disimular su sonrisa.
—¿Tienes hambre? —atajo.
—Mucha —me contesta con una mirada intensa.
—¡Genial! —Me giro animadamente hacia la sartén caliente y levanto los brazos con triunfal entusiasmo—, ¡porque estoy haciendo un montón de tortitas!
Se hace un momento de silencio hasta que su voz grave vuelve a hacer vibrar el aire hasta mí.
—Suena muy bien.
—Iba a poner la mesa ahora.
—Yo me ocupo. Tú cocina. ¿Quieres que ponga música para que puedas seguir bailando?
Cara roja en tres, dos…
—No te cortes por mí. Es muy entretenido —me dice en tono burlón.
Le dedico una sonora pedorreta por encima del hombro antes de darle la vuelta a la siguiente tortita.
—¡Entretente solo!
Cretino.
Al momento está a mi lado y me tira de un mechón.
—Mmm. Pero yo solo no es tan gratificante —me respira al oído.
Encojo el cuello de las cosquillas.
—¡Cht! —Le espanto con una mano como si fuera una mosca—. Quita, bicho.
Además, apesto.
Se aleja riéndose gravemente y yo sigo con lo que estaba haciendo. Cuando me vuelvo hay zumo de naranja en la barra y Christian está preparando café.
—¿Quieres leche caliente?
—Sí, por favor.
Llevo las tortitas y saco nata, sirope y mermelada de la nevera.
—¡Comida, comida, comiiiida! —Miro a Grey, que no se sienta—. Vamos, ¿a qué esperas?
Él sonríe ante mi entusiasmo y señala primero con gesto caballeroso un taburete.
—Señorita Dioica —dice con ceremoniosamente.
—¡Ah! Oh, vale. —Me aclaro la garganta para poner la apropiada voz pomposa—: Señor Grey.
Me siento con una sonrisa divertida.
—Y ahora —Agarro los cubiertos y los choco cual bárbaro sobre la mesa— ¡a comerr!
Se hace un pequeño silencio mientras empezamos.
—Esto está buenísimo —me dice sonriendo al cabo de un momento.
—Claro —le contesto poniéndome una mano frente a la boca llena—, ¿es que acaso lo dudabas?
Me pongo otra tortita en el plato y comienzo a untarle una generosa capa de dulicioso chocolate.
—¿Tienes planes para el fin de semana? —pregunta, tal vez intentando iniciar amena conversación.
—Mañana tengo que trabajar. Por lo demás estoy libre.
—¿A qué hora tienes que estar en el trabajo?
—A las nueve.
—Te llevaré al trabajo mañana a las nueve.
Frunzo el ceño.
Wow, wow. ¿Quedarme otra noche? Y qué más.
—Tengo que volver a casa esta noche. Necesito cambiarme de ropa.
Y darme una ducha. Mi reino por una ducha.
—Podemos comprarte algo.
—No tengo dinero para comprar ropa.
—Por supuesto, la pagaría yo.
Eh… Ya. No.
—Tengo que volver a casa esta noche —insisto.
Me mira muy serio.
—De acuerdo, esta noche —acepta al fin.
Seguimos comiendo.
—Has dormido con esa ropa —observa Christian una tortita después.
Una observación tan asusta solo puede ser respondida con una respuesta igualmente astuta.
—Ajam —mascullo sin apartar la vista de mi comida.
Ninguno decimos nada durante unos segundos. Yo sigo engullendo.
—Pedí que dejasen un camisón sobre la cama para que tuvieras algo que ponerte para dormir —comenta al fin.
Había previsto que me quedaría a dormir.
Me esfuerzo por mantener cara de póquer. Ha dejado los cubiertos pulcramente sobre la mesa y me mira con los dedos entrelazados bajo el mentón.
—Ah, sí —Parto otro cacho de tortita—. Lo vi. Te lo he dejado encima de la mesilla de noche.
—¿Hay algún motivo por el que no quisieras usarlo? —pregunta con voz sospechosamente amable.
Uff. ¿Te hago una lista?
—No es mi estilo —zanjo metiéndome más comida en la boca.
Seda, tirantes de hilo, bordado, demasiada espalda, demasiado corto. ¿Sigo?
—Comprendo. —Se da unos golpecitos en la mandíbula con el índice, pensativo.
Ah. Y no me pondría algo que me hubieses comprado tu o, para el caso, tu guardaespaldas. Me apuesto a que costó una pashta. Creppy.
—Entonces, ¿cuál es tu estilo, Urtica?
Y ¿cómo coño has averiguado mi talla? Si no me la sé ni yo. Doble creepy.
—De la cabeza a los pies —contesto sin pensar.
Una sombra de horror cruza el rostro de Grey antes de que le dé tiempo a reaccionar y disimularla.
—Buah, una vez tuve uno GENIAL —añado, de pronto mucho más animada—. Era naranja con dibujos de camellos, HORRENDO, pero tenía manga hasta las muñecas y era largo hasta los tobillos. —Me brillan los ojos de ilusión solo de pensar en ello. Dejo los cubiertos quietos un momento mientras me recreo en el recuerdo—. Lo heredé de mi abuela. Era absolutamente fascinante.
Christian aún tarda unos segundos más antes de recomponerse. Finalmente, frunce el ceño y me mira con algo parecido a la preocupación. Aprovecho su silencio para llevarme el vaso de leche a los labios.
Mmm, leche…
—No deberías avergonzarte de tu cuerpo, Urtica —dice entonces.
Me atraganto, pero por suerte esta vez no le baño. Me da unos golpecitos en la espalda mientras yo sigo tosiendo.
—Ya. No —grazno finalmente con voz rasposa—. No van por ahí los tiros.
Me dedica una mirada evaluadora.
Creepy.
—¿Podemos cambiar de tema? —pregunto antes de que le dé tiempo a añadir ninguna otra tontería—. Se supone que teníamos una conversación pendiente, ¿no?
Una conversación que no incluye ropa. Espero.
—Primero acábate el desayuno —dice, ahora más serio.
Trato hecho.
Retomo los cubiertos y me zampo las dos tortitas que aún quedan. Él acaba también con lo que tiene en el plato y no añade nada más.
Justo acabo de meterme el último trozo en la boca cuando el móvil empieza a vibrarme en el bolsillo.
Kate.
—Perdón —me disculpo en dirección a mi anfitrión antes de descolgar—. Hola.
Me bajo del taburete y me dirijo hacia las puertas de cristal del balcón.
—Ortiga, ¿por qué no me mandaste un mensaje anoche?
Está enfadada.
—¿Eh?
¿Tenía que hacerlo?
—¿Estás bien? —me pregunta.
—Sí, perfectamente —intento tranquilizarla.
—¿Por fin?
—¿Eh?
¿Por fin qué?
—Sí… Estoy segura —continúa Kate.
No sé de qué estás hablando.
—Kate, ¿te encuentras…?
—¿Qué tal ha ido? ¿Estás bien?
—Te he dicho que estoy perfectamente.
—¿Ha sido tierno? ¿Te ha dolido?
¡¿De qué estás hablando?!
Mi cerebro tarda un segundo en hacer clic.
Oh.
—¡Joder! —exclamo—. ¡¿Te crees que…?
Christian alza los ojos hacia mí desde la pila de la cocina. Me pongo una mano frente a la boca y bajo la voz.
Estoy roja, estoy roja, estoy roja.
—¿Te crees que ha… que he… ¡que hemos…!? —Me atraganto con mi propia saliva—. ¡Kate, por favor!
—Ortiga, no me lo ocultes. Llevo casi cuatro años esperando este momento.
CREEPY.
—Nos vemos esta noche.
Y cuelgo.
Mierda. Esto no se ha acabado. Ya verás luego en casa.
Vuelvo la cabeza y observo a Christian moviéndose con soltura por la cocina. Respiro hondo antes de atreverme a regresar a la barra. Los restos del desayuno ya han desaparecido y en su lugar se han materializado unos misteriosos papeles.
—¿La señorita Kavanagh estaba preocupada? —pregunta con malicia, su sonrisa de dentellada comenzando a afilarse por una esquina.
Decido fingir que no he oído la pregunta.
—¿Y esto? —Señalo los papeles.
Él me mira fijamente un momento.
—¿Sabes por qué te regalé precisamente Tess, la de los d'Urberville?
Parece que no soy la única a la que le gusta ignorar preguntas.
—¿Por qué?
De perdidos al río.
—Me pareció apropiado. Yo podría empujarte a algún ideal imposible, como Angel Clare, o corromperte del todo, como Alec d'Urberville —murmura.
Sus ojos brillan, impenetrables y peligrosos.
No tengo ni idea de qué me estás contando. ¿Has hablado con Kate? ¿Os habéis puesto de acuerdo?
—Me temo que llegas tarde —le digo, y tengo que reprimir la tentación de sacarle la lengua—. A lo de corromperme, digo.
Por favor, ¿por quién me tomas? ¡Soy una mala hierba!
Christian se queda boquiabierto.
Eh… Bueno, tampoco hay para tanto. En serio, ¿has hablado con Kate?
—Urtica, no sabes lo que dices.
Ya. Es lo que tiene no saber de qué colores va esta conversación.
—Hmm… ¿Los papeles estos son algún tipo de negocio chungo? —aventuro, ahora mirándolos de manera evaluadora—. ¿Has amasado fortuna vendiendo drogas?
Piensa, Ortiga: cosas que puedan corromper a la gente, cosas que puedan corromper a la gente.
Grey me mira con los ojos muy abiertos y cara de sentirse de pronto completamente perdido.
—¿Quieres sobornarme para que no te entregue a la policía? No, claro, para eso tendría que saber en qué estás metido, y no lo sé.
De momento.
Me paso una mano por la nuca intentando pensar en más opciones.
—¿Vas a chantajearme con algo?
Buena suerte con eso.
Cojo los papeles y él, por fin, parece reaccionar.
—Es un acuerdo de confidencialidad —dice. Se encoge de hombros y parece ligeramente incómodo—. Mi abogado ha insistido.
Me vuelve a tocar a mí sentirse perpleja.
Eso no suena muy corruptor.
—¿Qué implica este acuerdo?
—Implica que no puedes contar nada de lo que suceda entre nosotros. Nada a nadie.
Lo observo sin pestañear.
Oh. Esto sí vuelve a sonar corruptor. Tiene que ser malo, malo de verdad, y ahora tengo mucha más curiosidad por saber de qué se trata.
—De acuerdo, dame un momento que me lo lea.
Tardo un rato largo. Mucho lenguaje denso y tedioso básicamente para decir eso, que no puedo hablar con nadie de nada que Christian Grey me cuente, nada de lo que vea ni aprenda ni de él ni de su vida.
Esto se está poniendo cada vez mejor.
—¿Esto tiene algún tipo de validez real? —le pregunto cuando todavía voy por la mitad—. Quiero decir —Levanto los ojos para mirarlo seriamente—, imagina que me dices que has matado a alguien: ¿no puedo ir a contárselo a la policía?
—Esto solo abarca cuestiones personales —dice con su voz ejecutiva, aunque suena algo más nervioso de lo normal—, de mi vida privada y en tu relación conmigo. Por supuesto si yo cometiese un crimen podrías denunciarme a la policía.
—Ya, claro —mascullo—. Para que tus abogados millonarios me metieran encima a mí en la cárcel. No, gracias.
Él lanza una sonora carcajada.
—De acuerdo, lo firmaré —concluyo al cabo de un momento, cuando he terminado de leer.
Me tiende un bolígrafo. Firmo con gesto grandilocuente las dos copias y le doy una. La otra la dejo perfectamente alineada con el canto de la mesa, frente a mí.
—¿Quiere decir eso que ya puedes contarme tu oscuro y turbio secreto? —le pregunto muy entusiasmada.
Quién iba a decir que me lo acabaría pasando así de bien
—¿De verdad quieres saberlo? —Suena extrañamente indeciso.
—¡Sí! —asiento fervorosamente.
Me mira unos segundos más antes de decidirse.
—Ven, quiero mostrarte mi cuarto de juegos.
¿Cuarto de juegos? ¿Ese es el secreto chungo? ¿Juegos pirata? Menuda mierda de corruptor estás hecho.
—¿Quieres jugar a la Wii? —le pregunto mientras intento que la decepción no sea escandalosamente evidente en mi voz.
Se ríe a carcajadas.
—No, Urtica, ni a la Wii ni a la PlayStation. Ven.
¿A las Magic? ¿Al karaoke? ¿Al Twister? ¡Al Twister me apuntaría! Aunque no con él, ugh.
Intrigada, dejo que me guíe de nuevo al pasillo. Subimos al piso de arriba y giramos a la derecha. Se saca una llave del bolsillo, la gira en la cerradura de una de las puertas y respira hondo.
—Puedes marcharte en cualquier momento. El helicóptero está listo para llevarte a donde quieras. Puedes pasar la noche aquí y marcharte mañana por la mañana. Lo que decidas me parecerá bien.
Por favor, solo dime que no son muñecos de esos de My Little Pony con agujeros en el trasero para… ¡UGH!
—Abre la maldita puerta de una vez, Christian.
Abre la puerta y se aparta a un lado para que entre yo primero. Vuelvo a mirarlo. La opción de My Little Pony es sin duda aterradora, pero quiero saber lo que hay ahí dentro. Respiro hondo y me aventuro al interior de la cueva.
Lo primero que noto es el olor: piel, madera y cera con un ligero aroma a limón. Es muy agradable. La luz es tenue, sutil. Las paredes y el techo son de color burdeos oscuro, lo que da a la espaciosa habitación un efecto uterino, y el suelo es de madera barnizada muy vieja. En la pared, frente a la puerta, hay una gran X de madera, de caoba muy brillante, con esposas en los extremos. Por encima hay una gran rejilla de hierro suspendida del techo de la que cuelgan todo tipo de cuerdas, cadenas y grilletes brillantes. Busco por el techo plagado de mosquetones si hay alguna cámara, pero no veo ninguna en la semipenumbra.
Lo que domina la habitación es una cama. Es más grande que las de matrimonio, con dosel de cuatro postes tallados con un estilo muy recargado. Parece sacada de una película victoriana. Debajo del dosel veo más cadenas y esposas relucientes. No hay ropa de cama, solo un colchón cubierto de piel roja y varios cojines de satén rojo en un extremo, lo cual no es sorprendente, porque dudo mucho que ese tamaño de sábanas lo puedas encontrar en cualquier IKEA. A unos metros hay un gran sofá granate, justo en medio de la sala, encarado a la cama.
Resumiendo: cadenas y esposas y otras cosas para atar y amordazar peña, pero nada de ponies.
—A Dios gracias —suspiro bajito.
—¿Perdón?
—¡Nada!
Me giro y está mirándome fijamente, como suponía, con expresión impenetrable. Avanzo por la habitación y me sigue.
Hay un mueble enorme lleno de cajones estrechísimos junto a la puerta, un banco acolchado de piel de color granate en la esquina del fondo, una larga mesa con dos taburetes y, pegado a la pared, un estante de madera que parece una taquera para palos de billar, pero que al observarlo con más atención descubro que contiene varas de diversos tamaños y grosores. Esa es otra cosa que hay en cantidades industriales, aparte de cadenas: varas. Varas, palos, látigos, fustas y curiosos instrumentos con plumas.
El artilugio de plumas me ha intrigado. Me acerco y me inclino para examinarlo más de cerca. Es de ante, como uno de esos látigos de las películas que tiene varias colas, y con pequeñas bolas de plástico en los extremos.
—Es un látigo de tiras —dice Christian en voz baja y suave.
¡Dale con el látigo! ¡Kss!
—Di algo —me pide en tono engañosamente dulce.
—¿Se lo haces a gente o te lo hacen a ti?
Frunce la boca, no sé si divertido o aliviado.
—¿A gente? —Pestañea un par de veces, como si estuviera pensando qué contestarme—. Se lo hago a mujeres que quieren que se lo haga.
—Mhm —mascullo mientras sigo paseando la mirada por los diferentes tipos de látigos.
Hay que reconocer que son bonitos. Llenar esta habitación debe de haber costado más dinero del que yo podría ganar en toda una vida.
—Así que eres un amo de la mazmorra —comento con voz pensativa.
Supongo que entiendo lo del contrato de confidencialidad. Aunque lo de los ponies me sigue pareciendo mucho más digno de tal grado de secretismo.
—¿Un… amo de la mazmorra? —repite sin entender.
Alargo una mano hacia una de las varas más finas.
—¿Puedo? —pregunto señalando.
Él asiente.
La cojo con curiosidad. Es muy flexible. La agito y el silbido resulta ser tan fascinante como imaginaba. Más, si cabe. Se me abre una sonrisa de oreja a oreja mientras la agito otra vez, intentando contener una carcajada.
Christian carraspea a mi espalda.
Quizá este no sea el momento más oportuno.
—Urtica, no hay manera de saber lo que piensas —murmura nervioso—. Volvamos abajo, así podré concentrarme mejor. Me desconcentro mucho contigo aquí.
Me pregunto si me regalaría este chisme si se lo pidiera.
Uh. Espera. Esto seguro que lo ha usado para azotar culos.
Vuelvo a poner rápidamente el artilugio en su sitio y doy un paso atrás limpiándome las manos en los pantalones arrugados.
—Ya no lo quiero.
—¿Urtica?
Me giro hacia él.
—¿Hmm?
—Volvamos abajo.
Me tiende una mano, pero ahora no sé si cogerla.
Seguro que eso también se ha usado para azotar culos.
—No voy a hacerte daño, Urtica.
A mí ya te digo yo que no. Vamos. Aunque no se puede decir que todos estos cachivaches inquisitoriales le den mucho peso a tus palabras. Siempre he pensado que la Inquisición estuvo compuesta por mucho pervertido, porque anda que sus torturas no parecen para nada sacadas de una cinta de sadomaso extreme.
Evito cuidadosamente su mano y volvemos juntos al piso de abajo. Me siento en uno de los taburetes de la barra americana, pensativa. El se acoda al otro lado y me encara.
—Soy totalmente consciente de que estoy llevándote por un camino oscuro…
En una noche oscura, donde un hombre oscuro espera con un propósito oscuro… ¡Eso es de Aladdín!
—…Seguro que tienes cosas que preguntarme.
Subo los pies a la silla para cruzarme de piernas. Me doy unos golpecitos en la barbilla con el índice.
¿Por dónde empiezo?
—Has firmado el acuerdo de confidencialidad, así que puedes preguntarme lo que quieras y te contestaré.
—La verdad es que no eres el primer amo de la mazmorra al que me encuentro, pero siempre se pueden encontrar cosas nuevas que preguntar.
—¿Hace mucho que estás metido en esto? —me lanzo al fin.
—Sí.
—¿Es fácil encontrar a gente que lo acepte?
Me mira y alza una ceja.
—Te sorprenderías —me contesta fríamente.
—Mmm. No. En realidad no —contesto indolentemente volviendo a darme golpecitos en la barbilla con el dedo mientras busco algo de inspiración por las paredes de la cocina—. Tengo hambre.
—Acabamos de desayunar —apunta, ligeramente sorprendido.
—Vuelvo a tener hambre —afino.
Se levanta y saca de la nevera escondida un plato con queso y uvas.
Queeeeso.
Engullo dos triángulos antes de volver a abrir la boca.
—¿Cuántas mujeres? —pregunto entonces.
—Quince.
Vaya, menos de las que pensaba.
—¿Durante largos periodos de tiempo?
—Algunas sí.
—¿Alguna vez has hecho daño a alguna?
—Sí.
Just checking.
—¿Grave?
—No.
—¿Alguna vez te han pegado?
—Sí.
Se me ilumina la cara sin que me dé tiempo a disimularlo.
¡¿Puedo ser la siguiente?!
Intento rápidamente cambiar de tema, antes de que le dé tiempo a hacerse demasiadas ideas raras.
—¿Por qué me has enseñado tu mazmorra?
Levanta una ceja.
Bueno, vale, puede que ese no haya sido el cambio de tema más inteligente de la historia.
—¿De verdad quieres oír la respuesta a esa pregunta?
Mi cerebro pone en marcha el protocolo «pánico» y se suicida. Mi cara ya debe de haber alcanzado el rojo apocalipsis nuclear, sálvese quien pueda.
—No. ¡Sí! No. Mejor no. ¡No lo sé! —Agito una mano furiosamente frente a su cara—. ¡¿Cuál era la pregunta?!
Christian me agarra la mano que sigo agitando frenéticamente frente a su cara, a pesar de lo cual yo no dejo de moverla, y aprovecha para inclinarse dos grados más hacia mí por encima del delicioso queso.
—Urtica, tienes algo. No puedo apartarme de ti. —Sonríe irónicamente—. Soy como una polilla atraída por la luz. —Su voz se enturbia—. Te deseo con locura…
Oh, fantástico, los moscones no eran suficiente. Ahora resulta que también atraigo a las polillas. Zarza estará encantada.
—En Mercadona tienen bolsitas contra eso —murmuro.
—¿Cómo?
Miro a Grey, de pronto confusa.
—¿Cómo? —le devuelvo.
Él parece pensárselo un instante antes de respirar hondo y tragar saliva. Suelta por fin mi mano y vuelve a su posición inicial. Yo aprovecho para arrancar una uva.
—Ya sabes que soy asexual.
No es una pregunta. Y él tampoco contesta, se limita a mirarme.
—Así que me imagino que te haces cargo de que aquí —Hago un gesto señalándonos a ambos— no hay nada que hacer.
—Vamos a hablar a mi estudio —dice entonces—. Quiero mostrarte algo.
—¿Puedo llevarme las uvas?
