Lo sigo hasta su estudio, una amplia habitación con otro ventanal desde el techo hasta el suelo que da al balcón. Se sienta a la mesa, me indica con un gesto que tome asiento en una silla de cuero frente a él y me tiende una hoja de papel.

—Estas son las normas que les doy a mis sumisas —me explica—. Forman parte del contrato que firmo con ellas.

No. Jodas.

Cojo el papel con entusiasmo.

—¿Tienes un contrato para que la peña deje que la pegues?

—Eso no es lo único de lo que se trata —comienza, una nota de advertencia en la voz.

—Ya, pero me gusta la reducción al absurdo: es la sal de la vida —Me acomodo mejor en la silla y me inclino sobre la hoja—. Así que de aquí se te ocurrió que tú y yo podríamos firmar un contrato con lo de pasar tiempo juntos.

Muy Sheldon de tu parte.

Comienzo a leer. Él observa mi cara mientras mis ojos se deslizan por el texto y mis cejas se van levantando y frunciendo alternativamente.

NORMAS

Obediencia: La Sumisa obedecerá inmediatamente todas las instrucciones del Amo, sin dudar, sin reservas y de forma expeditiva.

O será sometida a consejo de guerra por insumisión y poco expeditivismo.

La Sumisa aceptará toda actividad sexual que el Amo considere oportuna y placentera, excepto las actividades contempladas en los límites infranqueables (Apéndice 2). Lo hará con entusiasmo y sin dudar.

Uy, ese «aceptará» ahí tan ufano no lo salva ni el entusiasmo, bonito de cara.

Sueño:

¡Hay normas sobre cuándo tener sueño!

La Sumisa garantizará que duerme como mínimo siete horas diarias cuando no esté con el Amo

Ah. No.

Comida: Para cuidar su salud y su bienestar, la Sumisa comerá frecuentemente los alimentos incluidos en una lista (Apéndice 4). La Sumisa no comerá entre horas, a excepción de fruta.

¿Entre qué horas en concreto dices que no se puede comer?

Ropa: Durante la vigencia del contrato, la Sumisa solo llevará ropa que el Amo haya aprobado. El Amo ofrecerá a la Sumisa un presupuesto para ropa, que la Sumisa debe utilizar. El Amo acompañará a la Sumisa a comprar ropa cuando sea necesario. Si el Amo así lo exige, mientras el contrato esté vigente, la Sumisa se pondrá los adornos que le exija el Amo, en su presencia (si así lo exige el Amo) o en cualquier otro momento que el Amo considere oportuno (y lo exija).

Si así lo exige el Amo. Amo. Digo, Amén.

Ejercicio: El Amo proporcionará a la Sumisa un entrenador personal cuatro veces por semana, en sesiones de una hora, a horas convenidas por el entrenador personal y la Sumisa. El entrenador personal informará al Amo de los avances de la Sumisa.

Mira, esto es a lo único a lo que sí me apuntaría: entrenador personal gratis por toda la jeta.

Higiene personal y belleza: La Sumisa estará limpia y depilada en todo momento (se duchará a menudo para evitar tener pelillos de suciedad en las piernas. Porque el vello corporal está compuesto de mugre, como todo el mundo sabe). La Sumisa irá a un salón de belleza elegido por el Amo cuando este lo decida (y lo exija) y se someterá a cualquier tratamiento que el Amo considere oportuno (y lo exija).

Seguridad personal: La Sumisa no beberá en exceso, ni fumará, ni tomará sustancias psicotrópicas, ni correrá riesgos innecesarios.

Vaya, se acabó patear genitales ajenos. Si es que a las sumisas no les permiten hacer nada divertido.

Cualidades personales: La Sumisa solo mantendrá relaciones sexuales con el Amo (porque el sexo es un rasgo de la personalidad, por eso se incluye en este apartado). La Sumisa se comportará en todo momento con respeto y humildad. Debe comprender que su conducta influye directamente en la del Amo (¿si la Sumisa es borde, el Amo se contagia y es borde también? Qué divertido). Será responsable de cualquier fechoría, maldad y mala conducta que lleve a cabo cuando el Amo no esté presente (de todas ellas, las cometa quien las cometa. Si así lo exige el Amo).

El incumplimiento de cualquiera de las normas anteriores será inmediatamente castigado, y el Amo determinará la naturaleza del castigo (si así lo exige el Amo. Amón. Digo, amén).

Dejo los papeles y me como otra uva. Grey me mira expectante. Mastico despacio.

—Creo que ahora sí que me parece sorprendente que hayas logrado encontrar a quince personas, nada menos, dispuestas a tirar con toda esta… —gilipollez— cháchara. Pero lo que peor me parece —Me como otra uva—, con mucha diferencia, es que tengas apéndices para especificar todas y cada una de las comidas y piezas de ropa aceptables para tus sumisas, pero que la parte de castigos quede abierta a la inspiración del momento del Amo. Me parece toda una falta de compromiso y coherencia por su parte, señor Grey.

Y me he quedado sin uvas. Miro el cuenquito con tristeza.

—¿Eso es todo lo que te inquieta? —pregunta con un tono sospechosamente a medio camino entre la sorpresa y la esperanza.

—En realidad no hay nada que me inquiete. —Repaso con la mirada las estanterías del despacho, llenas de libros con nombres somníferos—. Cada cual es libre de hacer lo que le dé la gana.

Mientras dejen tranquilo al resto.

Parece perdido.

—Asexual. —Le recuerdo apuntándome con un dedo, y lo encadeno con un gesto que nos abarca a ambos y una sonrisa de gallina clueca.

—Por lo que había entendido —comienza, cauto—, la asexualidad no implica necesariamente celibato.

—Ajam. —Le doy golpecitos desganados a las huesos de uva ensalivados que han quedado abandonado en el cuenco—. Hay personas asexuales que son muy activas sexualmente.

Sonríe una de sus sonrisas afiladas. Yo le miro con ligero recelo. Entonces me acuerdo de las uvas.

Ojalá hubiera más.

—Así que ¿qué tipo de asexual eres tú? —se lanza al fin, desconcentrando mi nostalgia—. ¿Qué opinas de todo lo que te he enseñado?

—Tú mazmorra huele de maravilla —le elogio con una sonrisa, pongo cara de trance al recordarlo—. Y tenía cachivaches chulos.

A pesar de que se hayan utilizado para azotar culos.

Arrima la silla con entusiasmo casi colegial. Me coge una mano, la que no he estado usando para remover huesecillos ensalivados.

—Pasemos a los límites. Estos son los míos —me dice tendiéndome otra hoja de papel.

Desde luego, me estoy poniendo las botas con esto de los secretos turbios el día de hoy.

LÍMITES INFRANQUEABLES

Actos con fuego

Actos con orina, defecación y excrementos

Vale. Ya está. Hold it right there. No necesito seguir leyendo. Suficientes secretos turbios por un día. Gracias.

—Eh… Qué bien… —Intento que mi voz incorpore al menos una mínima nota de ánimo mientras le devuelvo la hoja empujándola con la punta de un solo dedo.

—¿Quieres añadir algo? —me pregunta amablemente.

—Nope. Nope.

Nada en absoluto. Cuándo comemos.

—¿Hay algo que no quieras hacer?

Le miro.

—¿Eh?

—Bueno, ¿ha habido algo que no te ha gustado hacer en el sexo?

Casi se me abre la boca.

Coño, que estamos hablando de mí. ¿En qué momento hemos empezado a hablar de mí? Si yo estaba tan tranquila comiendo uvas sin hacerle daño a nadie. Ha sido porque se me han acabado, a que sí. Confiesa.

—Eh. ¿Christian? —Me señalo—. A-sex-ual. ¿Recuerdas? —Abarco con un gesto de la mano todos los papeles que he estado leyendo—. Me parece muy bien todo esto que haces con quien sea que le dé la gana hacerlo contigo. Pero yo había dado por supuesto que nuestro contrato iba a ir por otros derroteros.

De nuevo parece perdido y tarda un momento en responder.

—Sin embargo —Parece recobrarse un poco—, mis «cachivaches» de la sala de juegos te han parecido interesantes.

¿Eso que oigo en una nota de esperanza en la voz? Es hora de aplastarla.

—Sí, el mismo grado de interés que me suscitan las máquinas de tortura de la Inquisición española: qué lindas son las cosas de cuero y madera mezclado con «háztelo mirar», monje del medievo. —Dejo que mis palabras calen—. No voy a tener sexo contigo. Ni contigo ni con ninguna otra persona, vaya, que no es nada personal.

Me mira boquiabierto, paralizado y, de pronto, pálido, muy pálido.

—¿Nunca? —susurra.

—Sep. —Asiento.

—¿Eres virgen?

Inesperado giro de los acontecimientos.

—Qué concepto tan repugnante y paternalista —refunfuño—. Pero si lo que me estás preguntando es que si nunca me han metido un pene en la vagina la respuesta es no, nunca.

Voy a hacer una confesión importante: me da una vergüenza gigantesca e inhumana hablar de sexo, no puedo remediarlo, pero si hay que hacerlo me calo la gorra y voy a por todas porque yo lo valgo. Las cosas se hacen bien o no se hacen.

Christian cierra los ojos y parece estar contando hasta diez. Cuando los abre, me mira enfadado.

Bueno, ya estamos.

—¿Por qué cojones no me lo habías dicho? —gruñe.

Levanto una ceja.

—Porque no era de tu incumbencia. ¿Te parece razón suficiente?

Christian recorre su estudio de un lado a otro pasándose las manos por el pelo. Las dos manos… lo que quiere decir que está doblemente enfadado. Su férreo control habitual parece haberse resquebrajado.

—No entiendo por qué no me lo has dicho —me riñe.

—No ha salido el tema. No tengo por costumbre ir contando por ahí mi vida sexual. Además, apenas nos conocemos.

Me cruzo de brazos, ceñuda.

—Bueno, ahora sabes mucho más de mí —dice bruscamente. Y aprieta los labios—. Sabía que no tenías mucha experiencia, pero… ¡virgen! —Lo dice como si fuera un insulto, encima—. Mierda, Ortiga, acabo de mostrarte… —se queja—. Que Dios me perdone. ¿Te han besado alguna vez, siquiera?

—Sep —contesto.

Aunque tampoco sea de tu incumbencia.

—Hasta me regalaron un mono.

Me estremezco.

Dios. Qué asco me dan los monos.

Él pasa por alto mi comentario.

—¿Y no has perdido la cabeza por ningún chico guapo? De verdad que no lo entiendo. Tienes veintiún años, casi veintidós. Eres guapa.

Vuelve a pasarse la mano por el pelo.

Bueno, he de reconocer que no estoy de mal ver.

Ortiga, céntrate.

Me señalo por enésima vez.

—Asexual —insisto.

Fuera de coña: ¿cuántas veces van ya?

—¿Y de verdad estás hablando de lo que quiero hacer cuando no tienes experiencia? —Junta las cejas.

—Para empezar, el tema lo has sacado tú —le contesto—. Y para continuar, yo pensaba que esto era una conversación puramente teórica.

Él deja de pasearse y vuelve a ponerse frente a mí, con el escritorio de por medio, las manos apoyadas sobre la madera.

—¿Por qué has eludido el sexo? Cuéntamelo, por favor.

No parece que me esté escuchando.

—Yo diría que «eludir» es exagerar un poco. Simplemente me he dedicado a otras cosas en mis ratos libres.

—¿No tienes ni siquiera curiosidad?

—Sí —admito. Me froto la barbilla con un dedo—. También tengo curiosidad por saber qué se siente al tener un hueso roto y te aseguro que no voy por ahí extendiendo los brazos delante de trenes en movimiento para salir de dudas.

Sigue frunciendo el ceño con cara de pocos amigos.

—¿Se puede saber por qué estás tan enfadado?

—No estoy enfadado contigo.

Bueno, es que solo faltaría. No te jode.

—Estoy enfadado conmigo mismo. Había dado por sentado… —Suspira, me mira detenidamente y mueve la cabeza—. ¿Quieres marcharte? —me pregunta en tono dulce.

—Estoy bien. —Me encojo de hombros—. ¿Prefieres que me marche?

—Claro que no. Me gusta tenerte aquí —me dice frunciendo el ceño.

Eh… Okay.

—En fin. Que tampoco es para tanto. De todas formas, ya te he dicho que no eres el primer amo de la mazmorra con el que me topo. No es como si me hubieras dicho nada que no supiera ya.

Tal vez debería comenzar a preguntarme por qué me topo con tantos amos de la mazmorra.

De pronto oímos voces en el salón.

—Si todavía está en la cama, tiene que estar enfermo. Nunca está en la cama a estas horas. Christian nunca se levanta tarde.

Miro a Grey.

Pero si no está en la cama.

—Señora Grey, por favor.

—Taylor, no puedes impedirme ver a mi hijo.

Guardaespaldas, que estamos en el despacho.

—Señora Grey, no está solo.

¿Por qué se pensará que todavía no ha salido de la cama?

—¿Qué quiere decir que no está solo?

Pues que está con alguien.

—Está con alguien.

Pero no en la cama.

—Oh…

Oh.

Christian parpadea y me mira con los ojos como platos. Me siento como si su cara fuera un espejo de la mía.

—¡Mierda! Mi madre.

Sí: «mierda» es una manera de ponerlo.

Se recoloca el pelo con las manos. Lo que lleva puesto, ahora que me fijo, es innegablemente ropa pijama: camiseta holgada y pantalones de cuatros con cintura elástica.

—Vamos —dice—, parece que vas a conocer a mi madre.

Llevo la ropa arrugada del día anterior y el pelo como un nido de cuervos. Nada bueno puede salir de aquí.

—Quizá debería quedarme… —sugiero esperanzada.

—No, claro que no —me contesta en tono amenazador. Y entonces su mueca se vuelve perversa—. O quizá prefieres que les hagamos esperar un poco para que saquen sus propias conclusiones.

—Tarde para eso. ¡Las conclusiones ya las ha sacado el calvo! —le grito.

De pronto le tengo encima con una mano tapándome la boca. Sigue sonriendo mientras se da unos golpecitos en una oreja y señala la puerta.

Tengo que resistir la tentación de arrojarme al suelo y comenzar a retorcerme cual niña del exorcista mientras me arranco el pelo a manojos.

Le quito la mano de una manotazo.

—¡Vas en pijama! —le grito en un susurro, y le señalo a todo él—. ¡Y yo no tengo mejor pinta! ¡¿Y por qué tu mayordomo le ha dicho que estabas en la cama?!

Se está riendo de lo lindo.

Le apunto con un dedo amenazador.

—¿Te avergüenza lo que puedan pensar? —casi ronronea.

Aprieto mucho los labios e hincho los carrillos, conteniendo las ganas de hacer molinillo con los puños.

—Pues mira, gracia no me hace —refunfuño—. Además, APESTO.

Sonríe enseñando mucho los dientes.

—Yo opino que hueles de maravilla.

Que te den, desgraciado. O, bueno, ¡que no te den!, que seguro que te jode más.

—Pero si tan importante es para ti, hay un cuarto de baño detrás de esa puerta. —Señala—. Me gustaría que conocieras a mi madre. Arréglate si quieres. Voy a calmarla un poco. —Aprieta los labios—. Te espero en el salón dentro de cinco minutos. Si no, vendré a buscarte y te arrastraré estés como estés.

—Como averigüe cómo se abren los condenados ventanales te juro que me descuelgo por la cornisa —le digo con los ojos afilados.

Él me mira un instante inquisitivo, como si estuviese sopesando las probabilidades de éxito de mi amenaza, antes de salir de la habitación.

Huyo al cuarto de baño, lo bastante grande como para poder sobrevivir un asedio, pero por desgracia sin nada de comer, así que resultaría un asedio muy corto. Después de un frenético y desvergonzado abrir y cerrar de muebles encuentro un cepillo de dientes sin usar y pasta. Vuelvo a hacerme el lavado del gato usando el jabón de manos y una toalla húmeda.

La verdad es que ya solo con haberme lavado los dientes me siento mucho más persona, pero mi pelo sigue siendo un nido de pájaros: adorable, pero tal vez no lo más conveniente cuando se trata de que te presenten a gente asquerosamente rica. Mi ropa también es una causa perdida, está arrugada y huele, como es normal, a dos días de uso. En un claro acto de desesperación que nadie debería tenerme en cuenta, me quito la camiseta, le doy la vuelta y engancho el ambientador del baño.

Prefiero no mirarme una última vez al espejo. Lo que hay es lo que hay. Me dirijo al salón.

—Aquí está —dice Christian levantándose del sofá.

Se hace un instante de silencio mientras el mundo observa los muy perfumados churretones de grasa de mi camiseta.

—¿Qué…? —masculla, mirándome de arriba abajo. No encuentra las palabras. Su cara es una epopeya griega.

—No te queda ambientador en el baño —le informo en voz baja, procurando mantener lo que, espero, sea una perfecta cara de póquer.

La mujer rubia que hay más atrás se gira y, tras un instante de duda, me dedica una amplia sonrisa. Se levanta también. Va impecable, con un vestido de punto marrón claro y zapatos a juego, arreglada y elegante.

Lo que yo decía.

—Mamá, te presento a Urtica Dioica. Urtica, esta es Grace Trevelyan-Grey.

La doctora Trevrelre….-Grey me tiende la mano. T… ¿T de Troy?

Just keep ya head in the game. U gotta, get'cha! get'cha! head in the game!

—Encantada de conocerte —corta mi tarareo interno.

Me cuesta un momento volver a centrarme en ella. Parece sorprendida, aunque no borde. Le estrecho la mano y le devuelvo la sonrisa con toda naturalidad.

—Un placer, señora Tr…

Mierda, ¿cómo seguía?

—Llámame Grace —me salva. Sonríe, y Christian frunce el ceño—. Suelen llamarme doctora Trevelyan, y la señora Grey es mi suegra. —Me guiña un ojo—. Bueno, ¿y cómo os conocisteis? —pregunta mirando interrogante a Christian, incapaz de ocultar su curiosidad.

—Urtica me hizo una entrevista para la revista de la facultad, porque esta semana voy a entregar los títulos.

Y luego su hijo se dedicó a stalkearme. Ya sabe. Lo típico.

—Así que te gradúas esta semana —me dice Grace.

—Sí.

Empieza a sonar mi móvil.

Y ¿ahora?

—Lo siento —me disculpo, y me retiro mientras rebusco el móvil en el bolsillo de mis pantalones.

Me acerco a la barra de la cocina. No reconozco el número.

—¿Sí? —Cuando contesto números desconocidos se me pone voz de hombre de dos por dos cabreado. Es fantástico.

Se hace un silencio indeciso al otro lado de la línea.

—¿Ortiga?

Mierda, es José. ¿Por qué coño me llama?

—¿Por qué coño me llamas? —Me pongo la mano sobre la boca y doy la espalda a la familia Grey.

—¿Dónde estás? Te he llamado veinte veces. Tengo que verte. Quiero pedirte perdón. ¿Por qué no me has devuelto las llamadas?

Las veinte llamadas que no he recibido, porque he bloqueado su número no parecen haberle dado ninguna pista. El hecho de que me haya buscado un abogado, tampoco.

Lanzo una mirada por encima del hombro a Christian, que me observa atentamente, con rostro impasible, mientras murmura algo a su madre.

—Mira, colega —le gruño al teléfono—: olvida mi nombre, mi cara, mi casa y, sobre todo, mi número de teléfono.

—¿Dónde estás? Kate tampoco me coge el teléfono —se queja, ignorándome.

Bendita Kate. A veces es una lianta, pero desde luego tener que lidiar con este tipo de calaña le habrá ganado un huequito en el cielo.

—¿Estás con él? —continúa José en mi oreja.

Miro la pantalla

Anda, que todavía no le he colgado.

Aprieto el botón rojo.

Vuelvo con toda tranquilidad con Christian y su madre. Grace está en pleno parloteo.

—… y Elliot me llamó para decirme que estabas por aquí… Hace dos semanas que no te veo, cariño.

—¿Elliot lo sabía? —pregunta Christian mirándome con expresión indescifrable.

—Pensé que podríamos comer juntos, pero ya veo que tienes otros planes, así que no quiero interrumpiros.

Coge su largo abrigo de color crema, se lo pone y le acerca la mejilla. Christian la besa rápidamente. Ella no le toca.

—Tengo que llevar a Urtica a Portland.

—Claro, cariño. Urtica, un placer conocerte. Espero que volvamos a vernos.

Me tiende la mano con ojos brillantes y se la estrecho.

Taylor aparece de repente y es una suerte que ya nadie me esté mirando porque casi me caigo del susto.

—Me cago en sus muertos —murmuro entre dientes, una mano en el pecho.

El mayordomo me ignora.

—Señora Grey…

—Gracias, Taylor.

La sigue por el salón y cruza detrás de ella la doble puerta que da al vestíbulo.

¿Ha estado aquí todo el tiempo? ¿Dónde?

Christian me mira.

—Así que te ha llamado el fotógrafo…

Le miro sin entender.

—¡Ah! Hablas de José —Me encojo de hombros—. En fin, yo creo que «gilipollas agresor de mecha corta con un solo testículo» sería un mote más apropiado para él llegados a este punto, pero puedes llamarle como quieras. —Hago un gesto vago con la mano, como si apartase una mosca—. Sí, ha llamado.

—¿Qué quería?

—Dar pena, o algo. Creo. —Me rasco la barbilla distraídamente.

Christian arruga la frente.

—Ya veo —se limita a decirme.

Taylor vuelve a aparecer.

—Señor Grey, hay un problema con el envío a Darfur.

Urrarrum.

Christian asiente bruscamente haciéndole callar.

De verdad, qué borde es este tío. ¿O es que es información confidencial de la que yo no debería enterarme? Pff, como si me fuera a acordar de algo dentro de cinco minutos. No me interesa lo más mínimo.

—¿El Charlie Tango —¡Ponte a bailar!— ha vuelto a Boeing —No, ya vale, lo están haciendo a posta— Field?

—Sí, señor. —El mayordomo me mira e inclina la cabeza—. Señorita Dioica.

Le sonrío torpemente, se gira y se marcha.

—¿Vive aquí? —cuchicheo en dirección a Grey.

—Sí —me contesta cortante.

Bueno, ya empezamos otra vez con la bipolaridad.

Christian va a la cocina, coge su BlackBerry y echa un vistazo a los e-mails, supongo. Está muy serio. Hace una llamada.

—Ros, ¿cuál es el problema? —pregunta bruscamente.

Escucha sin dejar de mirarme con ojos interrogantes. Cosa que carece de sentido porque quien está haciendo cosas sin sentido es él.

—No voy a poner en peligro a la tripulación. No, cancélalo… Lo lanzaremos desde el aire… Bien.

Cuelga. La calidez de sus ojos ha desaparecido. Parece hostil.

Me miro el reloj disimuladamente.

—Uy, qué tarde se me ha hecho. Igual debería irme…

—Recoge tus cosas. Volveremos a Portland en coche y comeremos algo por el camino.

—No te preocupes —me apresuro a cortar—. Puedo pedir un taxi.

Me mira ceñudo, con cara de muy poco amigos.

¿Un… bus?

Sonrío enseñando todos los dientes.

—Volvemos en coche. Voy a vestirme — zanja.

O…kay, colega. Pongo los ojos en blanco mientras giro sobre los talones y saco el móvil del bolsillo.

—¿Vas a llamar al fotógrafo? —pregunta Grey desde mi espalda.

Le miro por encima del hombro.

Da fuq?

Tiene la mandíbula tensa y le arden los ojos. Parpadeo.

—No me gusta compartir, señorita Dioica. Recuérdelo —me advierte con estremecedora tranquilidad.

Me lanza una larga y fría mirada y se dirige al dormitorio. Me quedo mirando con la boca abierta la puerta por la que desaparece.

—Tú tienes un problema mental serio, colega. Háztelo mirar.

Recojo mi chaqueta, que descansa sobre una banqueta, de un zarpazo, y me largo del salón en dirección a la salida dando un sonoro portazo. El mayordomo está esperando ahí, pero tiene el buen instinto de quedarse donde está y fingirse invisible.

Las puertas dobles vuelven a abrirse a mi espalda antes de que me dé tiempo a llegar a lo que, si recuerdo correctamente, es el ascensor.

—¡¿Dónde vas?! —pregunta muy sorprendido.

Va descalzo y lleva solo unos vaqueros.

—A la estación de autobús.

Si es que la encuentro.

Vuelvo a pulsar el botón de llamada del ascensor.

—Te he dicho que volvemos en coche —La impaciencia está ganando terreno a la sorpresa.

—Ya. No voy contigo.

Atraviesa el recibidor de dos largas zancadas e interpone un grueso brazo entre mi cuerpo y las puertas del ascensor, que ya han pitado para abrirse.

—¿Por qué? —exige.

Me cruzo de brazos y paseo mi mirada entre su cara y su brazaco. Finalmente me concentro en sus ojos.

—Porque te estás poniendo gilipollas y yo no estoy para aguantar gilipolleces —contesto con calma—. Por eso.

Y dicho lo dicho, me agacho, apenas, para pasar bajo su brazo y entro en el ascensor. Pulso el botón de bajada.

—Ale, con Dios.