Resulta que encontrar la estación de autobuses de cualquier ciudad no es difícil: la magia de los taxis.

Frente a la puerta de entrada hay un pedazo de descapotable negro con la capota bajada. Un flipado con gafas oscuras, gorra y chaqueta de cuero está esperando en el asiento del conductor. Me sigue con la mirada con un codo colgando por el borde de la ventanilla bajada.

No tengo delirios persecutorios. Sé que me está mirando aunque no le pueda ver los ojos. Y esa arrogancia me resulta familiar.

—Por supuesto —mascullo.

Me ha seguido. Qué sorpresa.

Me hace un gesto con un dedo para que me acerque, sorprendentemente poco exigente para lo que es. Sonríe por debajo de la gafas.

Yo me aproximo con la cazadora entre los brazos cruzados y una ceja levantada con escepticismo.

—Bonito coche —murmuro en tono frío.

Me mira y su sonrisa se amplía.

—Lo sé —me contesta.

Vuelve a parecer más joven y despreocupado, entusiasmado con su, con toda probabilidad, endiabladamente ruidoso juguete.

Hola otra vez, doctor Jekyll.

—¿A dónde vas con estas pintas? —le lanzo—. ¿Has decidido montarte una banda y convertirte en estrella del pop?

Se ríe. Yo relajo también un poco el gesto, a mi pesar.

Repaso el coche con la mirada. Hay una bolsa de piel entre los dos asientos.

—¿Vas de viaje?

—Como ya sabe, señorita Dioica, tengo una importante entrega de diplomas esta semana en Portland.

Ah, sí. La graduación de las narices.

—Esperaba poder convencerla aún de que me obsequie con su compañía en el viaje de vuelta. —Usa su voz más cortés, pero ya he entrenado lo suficiente el oído como para notar que se está mordiendo el orgullo.

Sonrío.

Mastica, mastica.

—Antes de tener esa conversación me parece que todavía me debe una disculpa, señor Grey.

En su cara se cruzan incomprensión, sorpresa y mister Hyde, ninguno se saluda y salen corriendo de escena. Vuelve a tener una perfecta máscara de neutralidad.

—Disculpe mi comportamiento anterior, señorita Dioica.

—Ya. —Lo miro de nuevo con la ceja alzada. Me pellizco el puente de la nariz con dos dedos—. Pero, vamos a ver. ¿Sabes siquiera por qué te estás disculpando?

Se hace un silencio.

¿Estoy de nuevo dando clases en Infantil y nadie me ha informado?

Tomo aire para ganar paciencia.

—Está bien —digo con calma, doy otro paso hacia el descapotable y reclamo la puerta apoyando ambas manos donde antes él tenía su codo—, veamos. No sé por qué no aprendiste esto en el jardín de infancia ni qué clase de infancia desestructurada tendrías: no soy quién para juz… —Le miro con atención. Se le ha tensado mucho la mandíbula y tiene una mano agarrando el volante con los nudillos blancos— gar.

Oh. Mierda.

Atrás. Atrás. ¡Volved atrás, malditas palabras! A mi boca. ¡Volved a entrar en mi boca!

Lo único que sucede es que allí estoy yo, con la boca abierta, esperando.

Nuevo plan. ABORTAR. ABORTAR.

—No pretendía implicar que hubieras tenido una infancia desestructurada. Que no pasa nada si la has tenido. O sea, bueno, sí pasa. Sería horrible. Pero no digo que sea el caso. Es decir, vamos. Qué sabré yo de infancias normales, ¿no? —Me voy atragantando con las palabras, queriendo ir más deprisa—. Mi madre estaba loca y tenía agorafobia así que no salíamos mucho de casa. —PANIC. PANIC—. Lo que quiero decir es que cada adulto, alumno, quiero decir niño. Cada niño aprende a un ritmo diferente. Que los niños son niños, pero no son tontos. Y a veces hay cosas que no aprendemos y las aprendemos después. O que las aprendemos primero y luego ya no las aprendemos más. O a lo mejor se nos ha olvidado que las hemos aprendido y… y…

Me estoy mareando.

—Urtica.

Por entre los puntitos negros que están bailando frente a mis ojos veo que Christian se ha quitado las gafas y me está mirando. Me sujeta un codo con precaución.

—Creo que necesito sentarme —mascullo con voz débil antes de dar un paso tambaleante hacia atrás.

De pronto me veo con el culo aposentado en la acera. Grey tarda una microcentésima de segundo para estar de rodillas a mi lado.

—Maldita sea, Urtica, ¿te encuentras bien?

Varios otros viandantes nos observan y parecen sopesar si acercarse a echar una mano. La mirada de muerte inminente de Christian puede que tenga algo que ver en el hecho de que el círculo de mirones se desintegre casi incluso antes de haber llegado a formarse. Cosa que en realidad agradezco.

—Urtica —repite con urgencia ante mi falta de respuesta.

—No pasa nada. Estoy bien —le tranquilizo.

Solo se me olvidó respirar. O quizá respiré demasiado. No lo tengo claro.

Ni corto ni perezoso, el tipo me levanta en brazos y rodea el imponente deportivo para depositarme en el asiento del copiloto. El nuevo movimiento no ayuda a mi mareo, así que cierro los ojos con fuerza y respiro por la nariz.

El asiento es blandito y cómodo y yo apoyo un momento la cabeza en la parte de atrás. Oigo cerrarse la puerta del conductor y a mi acompañante acomodarse también en el asiento.

—Como se te ocurra encender el motor, te denuncio por secuestro —le advierto sin ni siquiera abrir los ojos—. Te recuerdo que ahora tengo un abogado muy, pero que muy caro.

Hay un instante de silencio antes de que le oiga comenzar a reírse por la nariz. Abro los ojos y le veo mirándome de lado, con una enorme mano intentando tapar la sonrisa que se le nota por los bordes.

—Lo siento mucho —le digo entonces con seriedad—. He hablado de más y he pisado una línea. Perdóname.

Traumas infantiles. NI DE COÑA quiero entrar ahí. Cada cual tiene derecho a su intimidad.

—Acepto sus disculpas, señorita Dioica —contesta, sereno. Mira hacia adelante y su gesto se endurece un poco—. Aunque debo decir que podríamos acabar con todos estos inconvenientes y con tus desafíos si simplemente…

—Ni siquiera termines esa frase —le corto. Me giro sobre el asiento para encararle—. ¿Ves? Justo ahí: ese es el problema. Sácatelo de la cabeza porque ya estás tardando.

Él se limita a mirarme, el ceño fruncido. Me cruzo de brazos.

—Ya hemos tenido esta conversación —le recuerdo.

Bueno, una parecida. También en un coche. En aquella ocasión había una analogía de perros implicada.

Peeeerros.

Céntrate, Ortiga.

—Ya sabrás tú lo que haces con tus sumisas y lo que ellas te consienten —continúo en voz algo más baja, para que nadie más nos oiga—. Pero a mí no me vas a andar mangoneando y faltándome al respeto.

—¡¿Cuándo te he…?!

—En tu mansión, justo antes de salir —le espeto—. Por poner el ejemplo más reciente.

Parece enfurruñarse.

—A quién yo llame o deje de llamar es asunto mío. Como se te ocurra volver a intentar controlarme, amenazarme o hacerme sentir mal al respecto igual te encuentras con un testículo de menos. Ya que tanta obsesión tienes con «el fotógrafo» igual podéis hacer un club y os dais el coñazo el uno al otro.

Y así a mí me dejáis en paz.

Abro la puerta y voy a bajarme del descapotable.

Contra, que bajo es este coche.

—Urtica, espera. —Me detiene por el codo con mucha menos brusquedad de la que acostumbra. Su voz también es más calmada—. Está bien: lo siento.

—De acuerdo —acepto. Y añado, con mucho mejor humor—. Va a haber nuevas reglas en este pueblo, vaquero, más te vale irte acostumbrando.

—Sí, señora. —Sonríe de lado.

—Y tendrás que enviarme por email ese contrato que tienes —le digo.

Seguro que algo se podrá adaptar. Se supone que tengo que firmar algún contrato con este tipo para terminar la historia.

—Como usted diga, señorita Dioica —contesta al cabo de un momento, la voz más densa.

¡Esto va viento en popa!

Cierro la puerta del descapotable y me acomodo a saltitos en el asiento.

Nunca he montado en un trasto de estos. ¿La capota subirá y bajará automática como en las pelis?

—Entonces —Sonrío muy fuerte y con los ojos haciéndome chiribitas—, ¡¿me llevas a Portland?!

Hay poco tráfico, así que no tardamos en llegar a la interestatal 5 en dirección sur, con el viento soplando por encima de nuestras cabezas. Tengo que contenerme mucho para no poner cara de perrito con la lengua al viento mientras voy mirando a todos lados, viendo pasar el paisaje a toda velocidad.

—¿Tienes hambre? —me pregunta Christian al cabo de un rato.

Me giro hacia él con la rapidez de un perrillo de las praderas.

¿Que si tengo hambre?

—¡Sí!

La pregunta ofende.

—Conozco un sitio fantástico cerca de Olympia —dice—. Pararemos allí.

Alzo los brazos hacia el cielo con triunfo.

—¡COMIDA!

Él sonríe ante mi entusiasmo y pisa el acelerador. Me veo impulsada contra el respaldo del asiento.

Wiiiiiiiii.

El restaurante es pequeño e íntimo, un chalet de madera en medio de un bosque.

La decoración es rústica: sillas diferentes, mesas con manteles a cuadros y flores silvestres en pequeños jarrones. CUISINE SAUVAGE, alardea un cartel por encima de la puerta. Y yo me dedico a corretear de rincón a rincón soltando «wow» y «halaaaa» y acariciando todas las cosas megalindas de madera que encuentro en mi camino, lo cual son muchas cosas.

—Hacía tiempo que no venía —comenta Grey mientras me sigue con la mirada en mi correteo extasiado—. No se puede elegir… Preparan lo que han cazado o recogido.

Eso consigue captar mi atención. Le veo alzar las cejas fingiendo horrorizarse, pero estoy demasiado ocupada intentando que no se me caiga la baba ante la perspectiva. La camarera nos pregunta qué vamos a beber. Se ruboriza al ver a Christian y se esconde debajo de su largo flequillo rubio para evitar mirarlo a los ojos.

Pobre criatura. Danos de comer rápido o te lo dejaré aquí para siempre: verás cómo se te pasa rápido el encanto.

—Dos vasos de Pinot Grigio —dice Christian en tono autoritario.

Wow. Sí que tiene sed.

—Y para mí un vaso de agua, por favor —añado.

Pone mala cara.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

—El Pinot Grigio de aquí es un vino decente. Irá bien con la comida, nos traigan lo que nos traigan —me dice en tono paciente.

—O…kay? Que lo disfrutes.

No entiendo cuál es el problema.

Arruga la frente y mueve la cabeza, pero parece decidir que lo mejor es dejarlo correr y no dice nada más.

—A mi madre le has gustado —me dice de pronto.

—¿En serio?

Ya lo dudo. Aunque he de admitir que olía de maravilla.

—Claro. Nunca le había presentado una mujer. Siempre ha pensado que era gay.

Y eso sería tan terrible que hasta una tipa chorreando Ambipur por toda la camiseta es una mejor opción. Qué bonito.

—Ah, ¡ya! ¿Quién ha visto a un gay acompañado de una mujer? —teatralizo—. Si hasta por la calle caminan por lados opuestos de la acera. De ahí viene la expresión de «cambiarse de acera», ¿no lo sabías?

Me mira ceñudo.

—No soy gay —insiste.

Llega la camarera con los vasos de vino y mi agua.

—Bien por ti. —Levanto mi vaso para brindar antes de bebérmelo casi entero de un trago.

Veo alejarse a la camarera con suplicante mirada de hambre. Me inclino hacia Grey.

—¿Dónde está la carta? ¿No hay que pedir? —cuchicheo.

—Aquí no se puede elegir —me recuerda—. Nos traerán lo que haya para el día.

—Oh.

Se me había olvidado. Suena terriblemente interesante. Y arriesgado.

La camarera regresa y nos trae sopa, que ambos miramos con cierto recelo.

—Sopa de ortigas —nos informa.

Oh. Nada en el mundo podría hacer este momento más perfecto.

Bueno: un perrito. Por supuesto.

La chica se da media vuelta y regresa enfadada a la cocina. No creo que le guste que Christian no le haga ni caso. Pruebo la sopa, que está riquísima.

—Qué sonido tan bonito —murmura mi acompañante.

No sé si refiere a los sorbidos o los «mmmmm».

—Bueno, según ese acuerdo de lo que sea puedo seguir lanzando preguntas como granadas, ¿cierto? —Él asiente. Intrigado—. Pues, cuenta: ¿siempre has hecho… bueno… lo que sea que hagas, lo de la mazmorra? —le pregunto.

Asiente lentamente.

—Más o menos —me contesta con cautela.

Por un momento frunce el ceño y parece librar una especie de batalla interna.

Luego levanta los ojos, como si hubiera tomado una decisión.

—Una amiga de mi madre me sedujo cuando yo tenía quince años.

Me quedo con la boca abierta.

—Una amiga de tu madre —repito—. Te sedujo. Cuando tenías quince años.

Fuck. De pronto esto ha evolucionado de «turbio» a «¿cuál es el número de la policía en este país?».

—Sus gustos eran muy especiales. Fui su sumiso durante seis años.

—Seis años. —Sigo haciéndole los coros, sigo con la boca abierta, la cuchara llena y goteante en el aire frente a mí.

Se encoge de hombros.

—Así que sé lo que implica, Urtica —me dice con una mirada significativa.

Lo observo fijamente, todavía incapaz de articular palabra.

—La verdad es que no tuve una introducción al sexo demasiado corriente.

Lentamente, dejo la cuchara en el plato. De pronto ya no tengo hambre, sólo una sensación muy, muy fría que me atraviesa de hombro a hombro.

Necesito asegurarme de que he entendido lo que está pasando aquí.

—Una amiga de tu madre —Boqueo—. Abusó sexualmente de ti. —Vuelvo a boquear, las manos planas sobre la mesa—. Cuando tenías quince años.

—No es lo que te estás imaginando —niega, tajante—. Era completamente consentido. Aprendí mucho de ella y ella se preocupaba por encima de todo de mis necesidades.

—Si era una amiga de tu madre, ¿cuántos años tenía?

Sonríe.

—Los suficientes para saber lo que se hacía.

—Fuiste su sumiso seis años. —De verdad que lo estoy intentando, pero no consigo dejar de hacer eco.

Trato de llevar la cuenta con los dedos.

—¿Y nunca saliste con nadie en el instituto o en la universidad?

—No —me contesta negando con la cabeza para enfatizar su respuesta.

La camarera entra para retirar nuestros platos y nos interrumpe un momento.

—¿Por qué? —le pregunto cuando ya se ha ido.

Sonríe burlón.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Sí.

¿Por qué sigues preguntado todo el rato si quiero saber las cosas que te pregunto? Normalmente la gente hace preguntas por algo.

—Porque no quise. Solo la deseaba a ella. Además, me habría matado a palos.

Sonríe con cariño al recordarlo.

¡Sonríe!

Matarte a palos suena a una manera enternecedora de preocuparse por las necesidades de alguien.

Otra vez esa sensación fría me atraviesa el pecho. Me llevo una mano a la boca e intento respirar despacio. No funciona.

Oh. Dios.

La camarera vuelve con sendos platos de venado, pero se me ha quitado el hambre. Arrastro la silla ruidosamente hacia atrás y me doblo hacia adelante mientras las lágrimas empiezan a caerme como si esto fueran las cataratas del Niágara. No puedo seguir respirando despacio, así que tiro todo intento de sutileza por la ventana y empiezo a llorar en voz muy alta, casi a gritos, el pecho subiéndome y bajándome apenas pero muy deprisa.

Tengo la cabeza muy ligera y todo el aire hormigueándome en las venas, casi como si se me hubiera dormido el cuerpo entero y estuviese empezando a recuperar la sensibilidad, pero no del todo. Mucho ruido en los oídos, como viento, nada coherente ni reconocible. Sé que alguien está haciendo preguntas, pero no sé qué me están preguntando.

Sigo hiperventilando y lanzando aullidos intermitentes de dolor mientras me agarro con fuerza los codos cuando alguien me levanta en volandas y me saca del ruidoso restaurante. Aunque, por algún motivo, el ruido me sigue.

Tres calmantes bajo la lengua y dos bolsas de papel marrón después tengo la cabeza llena de blanco y aún así sigo llorando como una manguera. Estoy sentada en el descapotable, los pies en el asfalto, y Grey se pasea en círculos frente a mí cual tigre enjaulado, pasándose y repasándose las manos por el pelo como si quisiera dejarse calvo.

—Lo siento —gimoteo.

—No dejes la bolsa —me espeta.

—Lo siento —gimoteo dentro de la bolsa.

—No debería haberte contado esto —dice, muy enfadado.

—Prefiero saberlo. —Lloro más fuerte.

Deja de pasearse y se acuclilla frente a mí.

—No me puedo creer que hayas sido capaz de estar en el Escala con toda la tranquilidad del mundo discutiendo sobre látigos y límites infranqueables y ahora… —Abre los brazos abarcando toda la escena.

Me lo quedo mirando a la cara. Es lo más cerca que lo he tenido nunca sin que tuviera sonrisa de lobo. Bajo la bolsa.

Quince años.

Se me vuelven a llenar los ojos de lágrimas.

Quince. Años.

Le abrazo a traición y sigo llorando a moco tendido sobre su camisa. Él parece cortocircuitar y no se mueve.

—¿Sigues viéndola? —sollozo.

—Sí.

—¿Y todavía… todavía…? —sollozo más escandalosamente.

¿Todavía abusa de ti la muy pederasta asquerosa y desgraciada?

—No —me dice. Le siento negar con la cabeza y por fin parece reaccionar y me separa con delicadeza—. Ahora solo es una buena amiga.

Una amiga.

La visión se me vuelve a emborronar.

Una. Buena. Amiga.

Una buena amiga que tal vez esté ahora mismo buscando algún otro adolescente indefenso del que abusar sexualmente.

Intento volver a abrazarle, llorando desconsoladamente, pero ahora me tiene por las muñecas y no se deja.

—¿Tu madre lo sabe? —continúo mi húmedo interrogatorio.

Me mira como diciéndome que no sea idiota.

—Claro que no.

—La mataré —gimoteo, sorbiendo ruidosamente por la nariz—. A la pederasta, no a tu madre.

Saca un pañuelo y me lo ofrece.

—Gracias —sollozo antes sonarme los mocos con el pañuelo—. Christian.

Me mira.

Le miro.

—Tengo hambre.

—Dios, esto está delicioso. —Me meto otro trozo de carne en la boca—. ¿Qué habían dicho que era?

—Venado.

No sé ni qué delicioso animal es ese. Uno tipo Bambi, quizá, que su pobre madre me perdone.

Christian me observa con una mezcla de sorpresa y cautela, quizá hechizado por mi voracidad, quizá preguntándose si todavía hay riesgo de que estalle a hiperventilar de nuevo.

—Por cierto —Intento no hablar con la boca llena, aunque resulta difícil parar de comer el tiempo suficiente—, ¿ya te lo había pedido? Ya te lo había pedido. No te olvides de pasarme el contrato ese que haces con tus sumisas.

Sus ojos se entrecierran. Yo me meto otro cacho de dulicioso venado en la boca. Sopeso el tenedor en una mano con gesto pensativo.

—No sé si me servirá de gran cosa —continúo cuando he terminado de masticar—, pero quizá pueda usarlo aunque sea de plantilla para redactar nuestro propio contrato de… —Cómo llamar a nuestra relación. Sonrío— amistoso y célibe tiempo compartido.

—Por supuesto: te lo enviaré. —Cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, está muy serio—. Investiga un poco, lee el contrato… No tengo problema en comentar cualquier detalle. Estaré en Portland hasta el viernes, por si quieres que hablemos antes del fin de semana. —Sus palabras me llegan en un torrente apresurado—. Llámame… Podríamos cenar… ¿digamos el miércoles? De verdad quiero que esto funcione. Nunca he querido nada tanto.

—Valep —contesto alegremente—. Yo también quiero que esto funcione.

No tengo la más mínima intención de quedarme atrapada en esta historia para el resto de mis días.

—Por cierto, ¿qué fue de las otras quince? —le pregunto de pronto.

Alza las cejas sorprendido y mueve la cabeza con expresión resignada.

—Cosas distintas, pero al fin y al cabo se reduce a… —Se detiene, creo que intentando encontrar las palabras—. Incompatibilidad.

Se encoge de hombros.

—Comprendo. —Mastico despacio el siguiente pedazo de carne, porque ya me queda lastimosamente poca—. Entonces ¿ya no ves a ninguna de ellas?

—No, Urtica. Soy monógamo.

—Okay.

Dejo el cuchillo y el tenedor. Él también ha terminado.

Dios, qué rico estaba.

Hay que admitir que él también es de buen comer. Aunque está bastante delgado. Me pregunto si hace mucho ejercicio para mantener la figura. Entonces me acuerdo del entrenador personal que les pone a sus sumisas.

Jo, un entrenador en casa. Nada de ir al gimnasio a escuchar los berridos de apareamiento de macho cabrío de la sección de pesas. Qué lujazo.

Me mira con fijeza.

—Daría cualquier cosa por saber lo que estás pensando ahora mismo —murmura.

—En el ritual de apareamiento de las cabras —contesto distraídamente, apoyando la barbilla en una mano.

Le veo alzar las cejas.

Ups. Lo he dicho en voz alta.

—Eh… —Me rasco la nuca con una sonrisa de disculpa—. No, no pienso en nada. En nada.

Llama a la camarera sin quitarme los ojos de encima y le pide la cuenta. Cuando ha pagado, se levanta y me tiende la mano.

—Vamos.

Le choco los cinco con entusiasmo y me pongo también en pie.

—Gracias por la comida. —Me relamo todavía con el sabor en la boca.

Volvemos al coche.

Hacemos el viaje de Olympia a Vancouver en silencio. Yo me duermo casi todo el camino. Llorar e hiperventeilar son cosas agotadoras.

Cuando aparca frente a la puerta de mi casa, son las cinco de la tarde. Las luces están encendidas, así que Kate está dentro, sin duda empaquetando, a menos que Elliot todavía no se haya marchado. Christian apaga el motor.

—¿Quieres entrar? —ofrezco cortésmente.

Di que no. Di que no.

—No. Tengo trabajo —me dice mirándome con expresión insondable.

—Guay. —Contengo a tiempo una sonrisa—. Quiero decir. Que te cunda, y eso.

Me coge de la mano, se la lleva lentamente a la boca y me la besa con ternura. Yo le miro con cara de póquer.

Esto lo hacen todavía los viejitos en Polonia. Y es awkward as fuck.

—Gracias por este fin de semana, Urtica. Ha sido… estupendo.

—Uh, ¿de nada? —Tiro de mi mano con toda la delicadeza que consigo reunir, pero me temo que recuperarla necesitaría de un esfuerzo mucho menos discreto—. La verdad es que ha sido entretenido.

Y ese venado…

—¿Nos vemos el miércoles? —pregunta, esperanzado—. Pasaré a buscarte por el trabajo o por donde me digas.

Considero mentalmente lo poco que recuerdo de mis horarios para la semana.

—Okay, miércoles entonces —acepto.

Vuelve a besarme la mano y me la deja en el regazo. Sale del coche y yo aprovecho para limpiarme las babas contra el pantalón. Se acerca a mi puerta y me la abre antes de que me haya dado tiempo a hacerlo por mi cuenta.

Sonrío forzadamente, me despido con la mano y subo a casa.