Kate está en el comedor metiendo sus libros en cajas.

—¿Ya estás aquí? ¿Dónde está Christian? ¿Cómo estás? —me pregunta en tono febril, nervioso.

Viene hacia mí, me coge por los hombros y examina minuciosamente mi cara antes incluso de que la haya saludado.

—Estoy aquí. Christian se ha ido. Estoy bien —contesto, paciente.

Me olfateo con precaución.

Y todavía huelo a gloria. Esto sí que es o de tualet.

—Bueno, ¿cómo ha ido? No he dejado de pensar en ti todo el rato… después de que Elliot se marchara, claro —me dice Kate sonriendo con picardía.

—Mucho mejor de lo que esperaba —contesto, dándome cuenta de que es verdad.

Y qué venado.

—Tan tierno…

Se me hace la boca agua mientras lo recuerdo.

Venaaaado.

—¡¿Sí?! —exclama Kate, emocionada.

—Dios, nunca había probado algo así. Ha sido… —Venaaado—. Casi me muero de gusto.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —Kate me abraza, me agarra los hombros y comienza a dar saltos, todo casi simultáneamente—. ¡Sabía que tenías que probarlo!

—Todo el mundo debería probarlo —afirmo fervientemente.

—¿Te has corrido?

Venaaaado.

Kate me empuja hasta el sofá y nos sentamos. Me coge de las manos.

—Muy bien. —Me mira muy impresionada—. Ha sido tu primera vez. Uau… Christian debe de saber lo que se hace.

Ya ves. Hay que reconocer que tiene un gusto exquisito. Me pregunto de qué conoce ese restaurante.

—Mi primera vez fue terrorífica —sigue diciendo, poniendo cara triste de máscara de comedia.

—¿Terrorífica?

¿Cómo puede ser terrorífico un restaurante? ¿Te hicieron destripar al venado antes de poder comértelo?

—Sí. Steve Patrone. En el instituto. Un atleta gilipollas. —Encoge los hombros—. Fue muy brusco, y yo no estaba preparada. Estábamos los dos borrachos. Ya sabes… el típico desastre adolescente después de la fiesta de fin de curso. Uf, tardé meses en decidirme a volver a intentarlo. Y no con ese inútil. Yo era demasiado joven. Has hecho bien en esperar.

Me he perdido.

—Eso suena espantoso —comento con precaución.

Suena a violación. Nada que ver con venados.

Ella de pronto parece melancólica.

—Sí, tardé casi un año en tener mi primer orgasmo con penetración, y llegas tú… y a la primera.

Tal vez estamos hablando de restaurantes diferentes.

Espera. ¿Qué?

Sacudo la cabeza. La miro.

—¿Qué?

—Me alegro de que hayas perdido la virginidad con un hombre que sabe lo que se hace.

—Wow. Wow. Espera. ¿De qué estamos hablando? Aquí nadie ha perdido nada.

—Sí, ya sé que no te gusta llamarlo así. —Agita una mano como si espantase una mosca y me guiña un ojo—. Llámalo como quieras. ¿Y cuándo vuelves a verlo?

Esta conversación se me ha ido definitivamente de las manos.

—El miércoles. —De perdidos al río—. Iremos a cenar. Y te repito que nadie…

—Así que todavía te gusta.

El venado me encanta. Grey es tolerable.

—Creo que tenemos conceptos distintos de «gustar» —le digo—. De todas formas no creo que el miércoles esté tan bien.

Nada podría superar a ese venado. Nada en el mundo.

—¿Por qué?

—Bueno, es que el sitio está muy lejos. No se puede coger el coche para ir hasta allí todos los días precisamente. Y es caro.

—Vamos, por favor, no permitas que el dinero sea un problema, Ortiga. Elliot me ha dicho que es muy raro que Christian salga con una chica.

—¿Eso te ha dicho? —le pregunto.

Pues ya ha habido quince. Claro que, si nunca se las ha presentado a su madre, igual tampoco ha hablado de ellas con su hermano. Supongo que no le habrá dicho a nadie que tiene una mazmorra en su ático. Comenzarían a hacer preguntas delicadas. Y hubiera salido a la luz lo de la pederasta de la amiga de su madre. Oh, Dios, la pederasta. Tengo que hablar con la madre, sin falta.

Incluso a pesar de haber dormido en el coche, sigo sintiendo todo el cuerpo pesado. Llorar tanto es agotador.

—Ortiga, ¿qué pasa?

—Estaba recordando algo que me ha dicho Christian.

—Pareces distinta —me dice Kate con cariño.

—Estoy cansada —le confieso.

—¿Cansada?

—Mucho.

Suspiro.

—Yo también. Hombres… —dice con una mueca de disgusto—. Son como animales.

Se ríe.

—¿Y a ti qué te ha pasado? —le pregunto sorprendida.

—De tanto darle.

Ah. Oh. ¡Mi oportunidad! ¡Maniobra de diversión!

—Cuéntame cosas de Elliot —le pido.

Kate se ruboriza.

—Ortiga —me dice entusiasmada—, es tan… tan… Lo tiene todo. Y cuando… oh… es fantástico.

Está tan alterada que apenas puede hilvanar una frase.

—Creo que lo que intentas decirme es que te gusta.

Asiente y se ríe como una loca.

—He quedado con él el sábado. Nos ayudará con la mundanza.

Junta las manos, se levanta del sofá y se dirige a la ventana haciendo piruetas. La mudanza. Mierda, lo había olvidado, y eso que hay cajas por todas partes.

—Muy amable por su parte —le digo.

De verdad que sí, pero… Ugh. Más gente con la que tratar.

—Bueno, ¿qué hicisteis anoche? —le pregunto.

Ladea la cabeza hacia mí y alza las cejas en un gesto que viene a decir: «¿Tú qué crees, idiota?».

—Más o menos lo mismo que vosotros, pero nosotros cenamos antes —me dice riéndose.

—¿Cómo sabes que cenasteis antes? —le pregunto, a cuadros.

¿Kate también me stalkea?

—A ver: ¿a qué hora cenasteis vosotros? —indago.

—¿De verdad estás bien? Pareces un poco agobiada.

—Estoy agobiada.

Hay demasiada gente acosándome en esta historia.

Me mira, esperando una explicación. Busco una exclusa plausible pero no preocupante en exceso.

—Christian es una persona… particular.

—Sí, ya me hice una idea. Pero ¿se ha portado bien contigo?

—Sí —la tranquilizo—. Me muero de hambre. ¿Hay algo de cenar?

—En la nevera —asiente, y mete un par de libros en una caja—. ¿Qué quieres hacer con los libros de catorce mil dólares?

—Ah, ya los he apalabrado con una amiga para revenderlos y sacarnos unas perrillas.

—¿De verdad?

—Sep. Christian no me ha dejado devolvérselos, y no me los pienso quedar: es un regalo exagerado.

Sonrío, y Kate asiente con la cabeza.

—Lo entiendo. Han llegado un par de cartas para ti, y José no ha dejado de llamar. Qué pesado.

—Sí… a mí también me ha llamado —murmuro hastiada—. Creo que ha cambiado de número para que le cogiese el teléfono, el muy colgado.

Cojo las cartas de la mesa y las abro.

—Vaya, ¡tengo entrevistas! Dentro de dos semanas, en Seattle, para hacer las prácticas.

—¿Con qué editorial?

—Con las dos.

—Te dije que tu expediente académico te abriría puertas, Ortiga.

Kate ya tiene su puesto para hacer las prácticas en The Seattle Times, por supuesto. Su padre conoce a alguien que conoce a alguien.

—¿Estarás bien sin mí en la nueva casa? —me pregunta, sacándome de mis cavilaciones.

—¿Eh? —me alarmo—. Pensaba que nos mudábamos juntas.

—Digo por lo de mis vacaciones.

—¿Te vas de vacaciones?

¿Por qué soy siempre la última en enterarse de todo?

—¿Dos semanas? ¿A Barbados? Pero si te lo he dicho mil veces.

¿Por qué siempre soy la última en enterarme de todo lo que ya se me había olvidado que iba a pasar?

Kate se dirige hacia la cocina, y por primera vez desde que he llegado parece desconsolada.

—Elliot lo entiende —suspira—. Una parte de mí no quiere marcharse, pero es tentador tumbarse al sol un par de semanas. Además, mi madre no deja de insistir, porque cree que serán nuestras últimas vacaciones en familia antes de que Ethan y yo empecemos a trabajar en serio.

Dos semanas sola, sin Kate, en la nueva casa. Será como un sueño. Mis propias vacaciones. El teléfono me saca de mi ensoñación.

—¿Sí?

—¡Ortiga, has vuelto! —exclama José aliviado.

Mierda. Otra vez.

Un momento. ¿Cómo que he vuelto? ¿Cómo sabe que he vuelto? ¿Hay alguien en esta maldita historia que no me esté stalkeando?

—¿Cómo sabes que he vuelto? ¿Me estás siguiendo?

Salgo disparada hacia la ventana y miro entre las cortinas con el máximo disimulo. Intento distinguir si hay alguien escondiéndose detrás de algún coche aprovechando la oscuridad.

—¿Puedo verte? —pregunta todavía José en mi oreja.

Mi corazón se salta cinco latidos. Intensifico mi frenético escrutar las sombras desde la ventana.

—¡Espero que no! —casi chillo.

—Siento mucho todo lo que ha pasado —sigue a su rollo—. Estaba borracho… y tú… bueno. Ortiga, perdóname, por favor.

—¡¿Y yo?! ¡¿Y yo qué?! ¡Acaba esa frase, capullo!

Kate está ahora a mi lado con cara interrogativa.

—José —vocalizó hacia ella tapando el micrófono del teléfono.

A mi compañera de piso se le encienden los ojos con furia.

—¡Pásamelo! —gruñe, intentando alcanzar el teléfono por entre el súbito nudo de brazos en el que se convierte el espacio entre ambas—. Le voy a decir cinco cosas.

—Quita, deja. —Intento apartarla.

Brazos por todas partes.

—Entonces, ¿sales con él? —pregunta con desdén la voz al otro lado del teléfono—. ¿Está ahí contigo ahora?

—Yo no salgo con nadie —contesto por costumbre.

—Ortiga, dame el teléfono —sigue luchando Kate—. Voy a castrarlo.

—Pero has pasado la noche con él —continúa José.

—Dios mío, ¡¿es que me has seguido también hasta el jodido Seatle?! —le grito, espantada—. Kate, por Dios, estate quieta —le cuchicheo, todavía intentando contenerla a distancia.

—¿Es por el dinero? —sigue el colgado en mi oído.

Si pudiera echar fuego por la boca, este sería el momento idóneo.

—Mira, colega, ya que tan obsesionados estáis el uno con el otro, ¿por qué no empezáis a salir juntos y nos dejáis en paz al resto? ¡El mundo sería un lugar mejor!

Cuelgo el teléfono y lo apago.

—Deberías habérmelo dejado a mí —se lamenta Kate, enfurruñada, antes de darse la vuelta y seguir empaquetando.

Tres cuartos de hora después hacemos una pausa para degustar la especialidad de la casa, mi lasaña descongelada en el horno. Kate abre una botella de vino y nos sentamos a comer entre las cajas, con vino barato y agua y viendo programas de televisión basura. La normalidad. Es bien recibida y tranquilizadora después de estos últimos días de locura.

Kate recoge los platos mientras yo acabo de empaquetar lo que queda en el salón. Solo hemos dejado el sofá, la tele y la mesa. ¿Qué más podríamos necesitar? Solo falta por empaquetar el contenido de nuestras habitaciones y la cocina, y tenemos toda la semana por delante.

Vuelve a sonar el teléfono. Es Elliot. Kate me guiña un ojo y se mete en su habitación dando saltitos como una quinceañera. A lo mejor Elliot va a ayudarla a escribir su discurso por haber sido la mejor alumna de la promoción. Yo me quedo haciendo zapping.

Al cabo de un rato. Kate vuelve al comedor sonriendo de oreja a oreja. Quizá esté enamorada. No termino de entender el concepto, pero la verdad es que nunca la he visto comportarse así, así que es una hipótesis muy válida por mi parte.

—Ortiga, me voy a la cama. Estoy muy cansada.

—Yo también, Kate.

Me abraza.

—Me alegro de que hayas vuelto sana y salva. Hay algo raro en Christian —añade en voz baja, en tono de disculpa.

Sonrío para tranquilizarla.

Es un amo de la mazmorra. «Raro» es una forma muy delicada de decirlo.

A la mañana siguiente Kate me despierta.

—Ortiga, llevo llamándote un buen rato. ¿Te has desmayado?

Mis ojos se niegan a abrirse. No solo se ha levantado, sino que ha salido a correr. Echo un vistazo al despertador. Las ocho de la mañana.

Dios, necesito nueve horas más.

—¿Qué pasa? —balbuceo medio dormida.

—Ha llegado un tipo con un paquete para ti. Tienes que firmar.

—¿Qué?

—Vamos. Es grande. Parece interesante.

Da unos saltitos entusiasmada y vuelve al comedor. Salgo de la cama y cojo la bata, que está colgada en la puerta. En el comedor hay un chico elegante con coleta y una caja grande en las manos.

—Hola —murmuro.

—Te prepararé un vaso de leche —me dice Kate metiéndose en la cocina.

—¿La señorita Dioica?

E inmediatamente sé quién me manda el paquete.

—Sí —le contesto con recelo.

—Traigo un paquete para usted, pero tengo que instalarlo y enseñarle a utilizarlo.

—¿En serio? ¿A estas horas?

—Yo cumplo órdenes, señora.

Me dedica una sonrisa encantadora pero expeditiva, como diciendo que no le venga con chorradas.

¿Acaba de llamarme «señora»? ¿He envejecido diez años en una noche?

—De acuerdo, ¿qué es?

—Un MacBook Pro.

—¿Un MacBro qué?

¿Para qué necesito yo un bro?

—Un MacBook Pro —repite el técnico.

No estoy lo bastante despierta como para saber con qué grado de paternalismo puede estarme hablando.

—Todavía no está en las tiendas, señora. Es lo último de Apple.

Esos son los de las manzanas, ¿no?

—Colóquelo ahí, en la mesa del comedor. —Me rindo. Lo observo valorativamente durante un momento—. Si puede, instálelo de forma que ya no se pueda mover de ahí.

—Señora, es un dispositivo portátil.

—Uy, pues con más razón entonces —le digo, la voz más aguda—. Yo es que soy muy torpe, ¿sabe? Átelo, atorníllelo a la pared, lo que quiera.

Los siguientes inquilinos se llevarán una alegría. O un susto… depende del tipo de archivos que se le haya ocurrido meter ahí dentro al loco.

Voy a la cocina a reunirme con Kate.

—¿Qué es? —me pregunta con los ojos brillantes.

Se ha hecho una coleta. Parece que ha dormido bien.

—Un no-sé-qué-bro.

—Un ¿qué?

—Un ordenador.

Creo. Espero.

—¿Por qué te manda un ordenador? Tú ya tienes uno.

—No lo sé y la verdad es que me da miedo preguntar.

Me pasa mi taza de leche caliente.

El portátil es brillante, plateado y bastante bonito, con una pantalla grandísima. Y el tipo no tiene huevos a atornillarlo a la pared como le he dicho que haga.

—Lleva el último OS y todo un paquete de programas, más un disco duro de 1,5 terabytes, así que tendrá mucho espacio, 32 gigas de RAM… ¿Para qué va a utilizarlo?

—No lo he decidido aún. Puede que lo deje como regalo de bienvenida para los siguientes inquilinos.

El tipo me mira pasmado, alzando las cejas con una ligera mirada demente.

—O quizá lo revenda —añado encogiéndome de hombros.

Suspira.

—Bueno, tiene rúter inalámbrico N, y lo he instalado con las especificaciones de su cuenta. Este cacharro está preparado para funcionar prácticamente en todo el mundo —me explica mirándolo con cierto deseo.

—¿Mi cuenta?

—Su nueva dirección de e-mail.

Yo ya tengo una dirección email.

Pulsa un icono de la pantalla y sigue hablándome, pero yo ni caso. No entiendo una palabra de lo que dice y, para ser sincera, no me interesa.

Kate silba impresionada en cuanto lo ve.

—Es tecnología de última generación —me dice alzando las cejas—. A la mayoría de las mujeres les regalan flores o alguna joya —me provoca intentando no sonreír.

Le pongo mala cara. El técnico termina y me pide que firme el albarán de entrega. Mientras Kate lo acompaña a la puerta, me siento con mi taza de leche, abro el programa de correo y descubro que está esperándome un e-mail de Grey.

Lo abro, temiéndome cualquier cosa.

De: Christian Grey

Fecha: 22 de mayo de 2011 23:15

Para: Urtica Dioica

Asunto: Su nuevo ordenador

Querida señorita Dioica:

Confío en que haya dormido bien. Le adjunto el archivo con la información solicitada. Espero que haga buen uso de este portátil, como comentamos. Estoy impaciente por cenar con usted el miércoles. Hasta entonces, estaré encantado de contestar a cualquier pregunta vía e-mail, si lo desea.

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Pulso «Responder».

De: Urtica Dioica

Fecha: 23 de mayo de 2011 08:20

Para: Christian Grey

Asunto: Los nuevos inquilinos estarán encantados con su nuevo ordenador

He dormido muy bien, gracias.

Tengo mi propio ordenador y hasta mi propio correo electrónico. Puedes escribirme allí si quieres. Supongo que no hace falta que te dé mi dirección porque seguro que ya la si tienes, stalker.

O.

Su respuesta llega casi al momento. No me da tiempo ni a averiguar cómo se apaga el cacharro.

De: Christian Grey

Fecha: 23 de mayo de 2011 08:22

Para: Urtica Dioica

Asunto: SU nuevo ordenador (en préstamo)

El ordenador es en préstamo. Indefinidamente, señorita Dioica. No se le ocurra regalárselo a ningún vecino.

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Buena suerte.

De: Urtica Dioica

Fecha: 23 de mayo de 2011 08:25

Para: Christian Grey

Asunto: La presente cuenta de correo estará inactiva hasta nuevo aviso, gracias por su colaboración

Si no puedo regalarlo, lo venderé. Cierro aquí. Algunos tenemos que trabajar para ganarnos la vida.

Ale, con Dios.

O.

Sigo sin haber descubierto dónde está oculta la opción de apagar, así que me limito a bajar la pantalla y confiar en que eso funcione. Suena un bip que anuncia la entrada de un nuevo mensaje, así que imagino que el bicho sigue despierto a pesar de mis mejores deseos. Cojo una manta gruesa que ha quedado en el sofá y se la pongo primorosamente encima antes de volver a mi cuarto a prepararme para ir trabajar. Es mi última semana y preferiría no llegar tarde.

Me ducho a la velocidad de la luz y me visto rápidamente. Me despido a gritos de Kate y salgo.

Cuando por fin regreso a casa me armo de valor y enciendo mi ordenador. Tengo, por supuesto, un e-mail de Christian en la bandeja de entrada.

Sabía que tenías mi dirección, cabrón acosador.

De: Christian Grey

Fecha: 23 de mayo de 2011 08:31

Para: Urtica Dioica

Asunto: Está poniendo a prueba mi paciencia

Urtica, el portatil que te he prestado es mucho más seguro que ese viejo monitor de 10kg al que probablemente llamas ordenador. Por favor, sé razonable.

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Pulso «Responder».

De: Urtica Dioica

Fecha: 23 de mayo de 2011 17:48

Para: Christian Grey

Asunto: Para su información, tengo un portátil

Mi ordenador es perfectamente seguro. Tengo antivirus. Y de todas formas ¿por qué nadie iba a querer hakearme? Envíame ya el contrato y deja de tocar la moral.

O.

P.S. Tu paciencia se pone a prueba sola.

De: Christian Grey

Fecha: 23 de mayo de 2011 17:50

Para: Urtica Dioica

Asunto: Es usted incorregiblemente cabezota

Señorita Dioica:

Le adjunto pues el mencionado contrato para que lo revise y me dé su opinión. Por favor confírmeme que recibe el fichero y es compatible con su ordenador.

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Compatible. Me cago en… El muy capullo es capaz de enviarme algo en un formato ilegible solo para que tenga que usar su ordenador bro.

Localizo el archivo adjunto y lo escaneo en busca de virus antes de nada, no sea que venga con ladillas. Parece un PDF corriente y moliente y cuando el escáner sale limpio no me da ningún problema en abrirlo.

Vuelvo a la pestaña de correos.

De: Urtica Dioica

Fecha: 23 de mayo de 2011 17:59

Para: Christian Grey

Asunto: Documento recibido y libre de ETS

Señor Grey:

Le confirmo que el fichero ha llegado correctamente y que mi ordenador no tiene ningún problema para abrirlo con normalidad. Procedo a su lectura.

Le mantendré informado.

O.

De: Christian Grey

Fecha: 23 de mayo de 2011 18:02

Para: Utica Dioica

Asunto: Insultado

Señorita Dioica:

Le haré saber que me tomo muy en serio mi salud y la de mis sumisas. Hago que las posibles candidatas pasen un exhaustivo examen médico y ginecológico antes de mantener ningún contacto sexual con ellas. Yo mismo me realizo controles periódicos para cerciorarme de que no tengo ningún problema de salud, sexual o de otro tipo. Puedo asegurarle de que estoy completamente limpio.

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

De: Urtica Dioica

Fecha: 23 de mayo de 2011 18:04

Para: Christian Grey

Asunto: Too much information

Señor Grey:

Nadie le ha preguntado.

O.

De: Christian Grey

Fecha: 23 de mayo de 2011 18:05

Para: Urtica Dioica

Asunto: Lectura del contrato

Señorita Dioica:

Mientras está leyendo mis emails no está haciendo sus deberes. Lea el contrato. No quiero más e-mails a menos que tenga preguntas. ¿Entendido?

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Ya hay que tener jeta.

De: Urtica Dioica

Fecha: 23 de mayo de 2011 18:06

Para: Christian Grey

Asunto: Echando balones fuera

Señor Grey:

Deje de mandarme e-mails y podré empezar a hacer los deberes.

O.

De: Christian Grey

Fecha: 23 de mayo de 2011 18:07

Para: Urtica Dioica

Asunto: Autoritario

Haz los deberes.

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

No te flipes. Ese email debería llevar como «asunto»: me gusta quedar por encima como el aceite.

Reprimo las ganas de enviarle un último email haciendo un chiste muy malo y muy turbio sobre que, si lo único que conoce en cuanto a posturas es quedar por encima, no creo que sus sumisas hayan disfrutado tanto después de todo. Hacer algo así podría llevarme por la carretera equivocada. Mejor dejarlo correr.

Vuelvo mi atención al archivo del contrato.

—Vamos allá.