Primera lectura:

Dios mío, esto es más denso que las cláusulas de un contrato bancario. Tengo doce páginas de documento. Y todo para decir, en resumen, que el señor quiere una prostituta gratis.

A cambio de hacer absolutamente TODO lo que a él se le pase por la cabeza, le comprará ropa y le pagará la píldora (porque el señor no va a usar condones, vamos ya). Y si no se hace lo que él quiere, se enfadará y la pegará (que es un método de enseñanza que, se ha demostrado, tiene efectos superpositivos en el aprendizaje).

Pero, ojocuidao, que todo esto es por el bien de la prostituta, no te vayas a creer. Es que la pobre necesita que él, magnánimo, la ayude a explorar y disfrutar plenamente de su sexualidad. En el contrato no se menciona por ningún lado que él vaya a disfrutar en nada con todo esto.

Con dos cojones.

Segunda lectura:

Oh, Dios mío.

Lloro descontrolada y desconsoladamente durante media hora seguida.

El relato de un niño de quince años al que una pederasta ha estado maltratando física y psicológicamente durante seis años. No le puedes mirar a los ojos, ni tocar.

Creo que todavía tengo el mocoso pañuelo de Grey en algún lado. Lo busco y me sueno ruidosamente la nariz con él. Menos mal que Kate no está en casa.

Yo tardé muchos años en ser capaz de permitir que alguien volviese a abrazarme, y disfrutar a de ello. Y mi madre ni siquiera abusó sexualmente de mí. No quiero pensar en esta pobre criatura, ¡era incluso más joven que yo cuando le cayó encima toda esta mierda!

Dios mío.

Vuelvo a sonarme estrepitosamente.

Tercera lectura:

Tiene que haber ALGO que pueda aprovechar de toda esta cháchara sin sentido para poder hacer un contrato decente que pueda firmar y así seguir adelante con la historia. Tiene que haberlo. Solo necesito pensar.

Cuarta lectura:

Esto no hay Dios que lo apañe.

Estoy jodida.

Salgo a pasear. Siempre me ha resultado más sencillo pensar en movimiento. Es posible que la gente con la que me cruzo crea que me he escapado de alguna institución psiquiátrica, porque voy poniendo caras, haciendo ruidos cuyo contexto desconocen (porque no están dentro de mi cabeza) y moviendo mucho las manos.

Kate está saliendo de su coche cuando abro la puerta. La saludo con una mano, pero no le doy tiempo a que me de conversación antes de alejarme. De verdad necesito estar un rato sola. Está anocheciendo.

Cruzo el parque con mis pasitos pequeños de pensar. Camino muy despacio cuando estoy pensando. Mientras tanto voy repasando mentalmente los artículos que recuerdo del texto, bajado y subiendo dedos frente a mi cara para no perder la cuenta.

Por supuesto, desde un punto de vista puramente técnico, da lo mismo lo que le haga a ese contrato, como si me da por firmarlo sin cambiarle ni un punto ni una coma: carece de validez legal. De hecho…

Podría firmarlo y luego no hacer absolutamente nada de nada.

Me rasco la barbilla con un dedo.

No tendría que perder el tiempo en redactar absolutamente nada.

—¡Ja! —Doy un saltito, la cara iluminada en una sonrisa desquiciada, y encadeno un giro sobre la punta del pie derecho.

Paro en seco el movimiento con un derrape y las piernas separadas. Estoy por hacer un pequeño bailecito de la victoria.

Se cumpliría la condición de que hay un contrato firmado. La historia podría avanzar y así yo podría evitar quedarme aquí atrapada para siempre.

Mi palmada entusiasmada viaja lejos en la oscuridad del parque.

—Ugh —mascullo tras un momento de pausa.

Dudo que Grey sea capaz de entender realmente el concepto. Demasiado problemático.

Barro la idea de mi pizarra mental con una mano.

—De acuerdo, Ortiga: opciones.

Si realmente modificar el contrato ya existente es tan problemático, podría escribir mi propio contrato desde cero.

Me detengo un momento y miro las ramas oscuras de los árboles en lo alto mientras considero la idea.

Sacudo la cabeza y vuelvo a borrar la pizarra con una mano.

—Demasiado trabajo.

Soy demasiado vaga. Soy de verdad capaz de firmar lo que hay solo con tal de no tener que empezar a escribir yo uno desde cero.

Suspiro.

—Vale, a ver.

El quiere-pero-no-le-da contrato sirve básicamente para establecer una serie de líneas generales de lo que puede esperarse y consentirse en el trato con este tipo.

Mis manos siguen mis pensamientos, enlazando piruetas aleatorias con signos reales de LSE.

Además, en su caso tiene sentido, porque como tiene el trauma con lo de que nadie le toque pues lo tendrá que especificar, que la gente no es adivina.

En realidad se trata de un contrato en el que se habla sorprendentemente poco de lo que puede esperarse de él y sí mucho de lo que él espera de la otra persona. En fin, lo retiro: no es sorprendente, está muy en su línea de recibir, recibir, recibir y no dar nada a cambio (no, la ropa no cuenta, ni siquiera el entrenador personal cuenta).

—De verdad espero que este pobre esté yendo a terapia.

La necesita. El resto del mundo necesitamos que la reciba.

Me paro junto a un gran abeto y doy un par de vueltas alrededor tocando la corteza con los dedos.

De acuerdo, de alguna manera voy a hacer que el maldito contrato funcione. Respiro hondo, como para limpiarme por dentro, y alzo los puños con gesto decidido antes de dar la vuelta hacia casa.

Kate ha ido a comprar ropa para sus vacaciones en Barbados. Sobre todo bikinis y pareos a juego. Está fantástica con todos esos modelitos, pero aun así se los prueba todos y me obliga a sentarme y a comentarle qué me parecen. No hay muchas maneras de decir: «Estás fantástica, Kate».

Cuando por fin queda satisfecha me escabullo hasta la habitación con la excusa de ir a empaquetar más cajas.

Es en ese momento, cuando entro en mi cuarto, cuando se me ocurre: José lleva dos días dando la murga con que lo siente en el alma y que jo. Si está suplicando mi perdón, a lo mejor no va a denunciarme por reventarle un testículo después de todo.

Me siento distraídamente frente al escritorio.

—Eso es fantástico —susurro alucinada.

Me quedo un momento contemplando el aire con ilusión.

Si no me denuncian, no necesito abogado. Si no necesito abogado, no tengo que hacer ningún contrato con Grey.

Enciendo el portátil y escribo a Christian.

De: Urtica Dioica

Fecha: 23 de mayo de 2011 20:33

Para: Christian Grey

Asunto: Universitaria libre

Un contrato muy interesante, pero el fotógrafo no va a denunciarme. Así que parece no hará falta abogado después de todo.

Ha sido agradable conocerte.

O.

Me quedo con el cursor suspendido sobre el botón de «enviar».

Oh. Pero yo sí que he puesto una denuncia. Y no pienso quitarla. Además, precisamente el problema de todo esto es que necesito firmar un contrato, el que sea.

—Mierda —rezongo, apoyo la barbilla en una mano con frustración.

Miro el email recién escrito.

—Ojojojojojo. —Achico los ojos con maldad.

Pulso «Enviar».

—Esto le va a cabrear de lo lindo. —Sonrío para mí.

Dejo el ordenador abierto para echar de vez en cuando un vistazo y ver la respuesta. Mientras tanto, me pongo a empaquetar cajas.

Hacia las nueve ya he vaciado la estantería. Decido que es suficiente por un día. Tengo una semana aún y no tengo tantas cosas, así que me lo puedo tomar con calma. Me siento de nuevo frente al ordenador y abro con resignación el archivo del contrato para leerlo otra maldita vez. Engancho un boli y comienzo a hacer tachones y apuntes.

Estoy concentrada en mi trabajo cuando me parece ver un movimiento por el rabillo del ojo. Me giro y del susto casi me caigo de la silla. Me llevo una mano al corazón.

—¡Joder!

—Buenas noches, Urtica —dice Grey en tono frío, su expresión cauta e impenetrable.

¿Y este qué hace aquí?

—He pensado que tu e-mail merecía una respuesta en persona —me explica en tono seco.

Ostras. Es verdad, que le había enviado un email.

—Pero… —Parpadeo.

No. Esta no era la idea. Respuestas en persona, caca. El ser humano ha inventado los ordenadores y la conexión a internet para algo.

Abro la boca y vuelvo a cerrarla, dos veces.

—¿Kate te ha dejado pasar? —consigo articular al fin.

—Claro, ¿cómo iba a haber entrado si no?

Capaz serías te haberte hecho con una copia de mi llave. Tarado.

—¿Puedo sentarme? —me pregunta, ahora con ojos divertidos.

No hay ninguna silla aparte de la que ya estoy usando yo. Miro mi cama perfectamente hecha, la colcha remetida y sin una sola arruga.

—Err, sí —claudico tras un momento de conflicto interno.

Si no hay más remedio.

—¿Cómo es que…? —comienzo.

Me sonríe.

—Todavía estoy en el Heathman.

Eso ya lo sabía. Bueno, me lo imaginaba. No iba por ahí la pregunta.

—¿Quieres tomar algo? —ofrezco de repente, el sentido de la educación grabado demasiado hondo en mi ser.

—No, gracias, Urtica.

Entonces lárgate.

Esboza una deslumbrante media sonrisa con la cabeza ligeramente ladeada.

—Y ¿a qué has venido, entonces? —Intento que mi voz suene amable, no al ermitaño malhumorado recién salido de su caverna que siento ahora mismo que soy.

—Así que ha sido agradable conocerme… —Me ignora.

—Sí, bueno. —Me paso una mano por la nuca—. Es una forma de ponerlo.

—Y el fotógrafo y tú volvéis a ser amigos. —Pronuncia la última palabra con una voz tan calculada que podría cortar cristal sin un solo chirrido.

Sabía que eso le iba a joder.

—Ya. No. —Miro la pantalla del ordenador con el contrato en primera plana y lo cierro de golpe—. Salí a dar un paseo, y estaba pensando en el contrato. Y, en fin, me apetecía tocarte los… —Me congelo—. Las narices. Tocarte las narices.

Vaya, a esto es a lo que llaman ir pisando «cáscaras de huevo».

Él sonríe con su boca llena de dientes.

—Pensaba que me contestarías por e-mail —atajo—. No hacía falta que vinieras hasta aquí.

La habitación no es inmensa, así que en realidad está sentado bastante cerca de mí, con sus ojos grises impenetrables, los codos apoyados en las rodillas y las piernas separadas. Sus rodillas podrían tocar las mías si me girase.

Se inclina hacia mí y yo me inclino hacia atrás en perfecta sincronía. Hasta que mi espalda toca contra el escritorio. Extiende una mano hasta rozar las puntas tiesas de mi pelo corto. Hace cosquillas.

—Así que has salido a dar un paseo —casi ronronea—. ¿Por qué, Urtica?

Mierda, hace muchas cosquillas.

Ortiga, cara de póquer. No te retuerzas.

Jo, hace eones que nadie me peina. Con lo mucho que me gusta que me peinen. Bueno, no necesariamente que me peinen, tengo el pelo demasiado corto, supongo. Pero qué no daría por un masajeador de cabeza.

—¿Y bien? —su voz me saca del trance.

Abro los ojos un poco desorientada. Ha retirado la mano, aunque ahora su cara está más cerca. Sonríe con todos los dientes afilados.

Mierda. Ha descubierto mi punto débil.

Err.

Uno de mis puntos débiles.

—¿Eh? —Pongo cara de pez—. ¿Cuál era la pregunta?

—¿Por qué has salido a dar un paseo?

Me pregunto si podría incluir en el contrato una sección sobre masajes capilares. Quiero decir, incluirlo en el contrato de una manera que corte de raíz cualquier tipo de posible ambigüedad. Argh. ¿Por qué la peña ha sexualizado los masajes? ¿Por qué tienen que sexualizarlo todo? Con lo que molan los masajes.

—¡No es justo!

—¿Cómo?

Miro a Grey.

—¿Eh? —Se me pone otra vez cara de pez. Rebusco un instante en mi memoria a corto plazo—. ¡Ah! El paseo.

Giro un poco la silla para alejarme de su cara de piraña.

—Es que pienso mejor en movimiento. —Me encojo de hombros.

—¿En qué necesitabas pensar, Urtica?

Su mano vuelve a acercarse peligrosamente a mi pelo.

—Pensar —balbuceo mientras sigo con la mirada el movimiento.

Mierda. Sentimientos encontrados.

—Tenía que pensar.

Sus dedos no llegan a tocarme.

—Pensar.

Pero la sensación de proximidad también me hace cosquillas.

—¿Sí, Urtica?

—¡Warghhh!

Me pongo en pie de un salto y me sacudo entera, primero la cabeza y luego el cuerpo. Y empiezo a rascarme, en el mismo orden, como si fuera un perro pulgoso. Y vuelta a empezar. Me rasco con saña la cabeza y el cuello y luego los brazos.

—Ahh —gimo con alivio.

Termino con un escalofrío.

—Dios, qué gusto.

Me dejo caer al suelo con un suspiro de felicidad, las piernas abiertas y extendidas, las manos apoyadas por detrás de la espalda.

Grey me mira con los ojos muy abiertos. Pongo morros.

—Tengo cosquillas por proximidad, ¿vale? —le suelto. Me estremezco una vez más y me rasco detrás de la oreja con una mano—. Muchas. No me estabas dejando pensar.

Su sonrisa de carnívoro empieza a temblar y, antes de que yo pueda entender qué está pasando, el tipo está retorciéndose de risa.

—Urtica… —resuella—, eso ha sido… eso es… —Sigue riéndose, agarrándose el estómago con las dos manos.

Me ruborizo.

Nadie me entiende.

—Eso ha sido, con mucho, lo más divertido que te he visto hacer nunca —dice al cabo de un rato, secándose una lágrima—. Ahora entiendo algunas cosas.

De pronto le tengo arrodillado frente a mi cara.

—Así que solo tengo que hacer esto. —Coloca una mano a pocos centímetros de mi cuello, bajo mi oreja.

Mierda. Mierda. Mierda.

Le miro con odio. No voy a ceder. Él sonríe.

—Así que saliste a pensar —recupera la conversación, la voz otra vez densa, su cara muy cerca, aunque no tanto como su mano.

Sé fuerte, Ortiga.

Trago saliva. Echo la cabeza un poco hacia atrás, pero su mano me sigue.

—Y has decidido que ha sido agradable conocerme —continúa, la sonrisa más y más ancha y la voz más profunda—. Supongo que no te refieres a conocerme en sentido bíblico.

Dejo escapar una pedorreta.

—Obviamente no, dado que no te conozco en el sentido bíblico.

No puedo seguir estirándome hacia atrás. Acabaré en el suelo. Empiezo a desplazar la cabeza hacia el lado contrario a sus dedos, en lo que confío en que sea un movimiento tan lento que resulte imperceptible al ojo humano.

Rascar, rascar, rascarrrr.

—Eso podría solucionarse. —Levanta su segunda mano y la coloca al otro lado de mi cabeza, cortándome la retirada honrosa.

—Ya

Trago saliva. Me tiemblan los hombros, araño la moqueta con las uñas.

—No creo que la Biblia tuviera en mente…

Le estoy mirando a la cara, pero lo único que puedo ver son sus manos a ambos lados de mi cuello.

—Pinzas para…

Sus dedos se desplazan de mi oreja a mi barbilla sin ni siquiera rozarme.

—¿Pinzas, Urtica? —me provoca—. ¿Qué tipo de pinzas?

—Pinzas para…

Me mira fijamente, tiene la sonrisa más afilada que nunca. Inclino la cabeza hacia atrás levantando la barbilla.

—Para…

Grrrr.

Le empujo por los hombros con un golpe seco y ruedo por la moqueta para alejarme retorciéndome cual gusano.

—¡Grrrghgrhgrgh!

Él pierde el equilibrio y cae hacia atrás contra la cama, que deja escapar un crujido lastimero, pero estoy demasiado ocupada como para que me importe. Restriego el cuello con desesperación contra el suelo áspero, casi llorando de aliviada felicidad.

Has sido fuerte, Ortiga. Estoy tan orgullosa de ti.

Al final apoyo la frente sobre un brazo y me quedo tumbada bocabajo intentando recuperar la respiración. Es entonces cuando me doy cuenta de que él se está riendo por la nariz.

—¡No tiene gracia, perro pulgoso! —jadeo.

—Perro pulgoso —repite, divertido—. Mira quién habla.

Nos quedamos un momento en silencio. Ladea la cabeza.

—Quizá podría incluir un collar en mi colección de juguetes —dice entonces con aire pensativo.

—Tú sabrás en qué gastas tus millones. Pero como te me acerques con un collar en la mano te quedas sin ella. —Le gruño desde lo profundo de la garganta, enseñando los dientes.

Estoy muy orgullosa de la autenticidad de mi gruñidos perrunos, y él parece apreciar la calidad del sonido.

—¿A ti te han puesto alguna vez un collar? —le pregunto con cautelosa curiosidad.

—Sí.

Huh.

—¿La pederasta asaltacunas?

Alza una ceja. Yo me limito a devolverle la mirada con seriedad.

—Mejor no le diré cómo la llamas. No le hará gracia —murmura.

Me soplo un mechón de pelo para quitármelo de la frente. No funciona.

—Si es la verdad, no es un insulto. —Sigo soplando—. ¿Sigues en contacto con ella? —No me molesto en disimular el asco en mi voz.

—Sí —me contesta muy serio.

Ah, es verdad. Se me había olvidado lo de la «buena amiga». Dios.

—Así que… —tantea antes de cambiar de tema—. Entiendo que todavía estás planteándote mi proposición.

—Tu proposición indecente, ¿quieres decir? —Soplo más fuerte—. No hay nada que plantearse.

Se queda en silencio, como si le cogiese por sorpresa.

Tío, en serio, ¿cuántas veces más va a hacer falta que repita lo de asexual antes de que empiece a calarte?

—Me recuerdas a José —mascullo.

En serio, enrollaos ya o algo y dejadme en paz.

Palidece de golpe. A continuación se pone rojo y le empieza a palpitar muy deprisa la vena de la sien.

—Urtica —me advierte.

—Urtica, nada. No te me pongas ahora encima chulito. —Me incorporo sobre ambos codos y le miro fijamente, sin pestañear.

¡Un concurso de miradas!

—Ya te he dicho que el contrato solo lo quiero como referencia.

Y de todas formas, si hubiese que follar con alguien por pesado, José te llevaría muchos años de ventaja.

Hace una inspiración profunda y cierra los ojos un momento.

¡He ganado!

Cuando vuelve a abrirlos parece casi normal. Aunque sigue teniendo la mandíbula apretada.

—Sin embargo, Urtica, no paras de repetir que el contrato, mi sala de juegos… todo te parece muy interesante.

Me rasco la barbilla con un dedo.

—Sí. Es verdad —le concedo—: es lo que pienso.

Yo soy siempre muy sincera.

Una pequeña sonrisa empieza a insinuársele en las comisuras.

—Y tú misma has admitido que no soy la primera persona que conoces que está metida en este mundo.

—Ah…am. —Le miro con cautela.

—Por lo que recuerdo, el otro hombre que conociste también era un Dominante.

Hago memoria un instante.

—En realidad hubo tres —se me escapa.

Me tapo la boca con una mano.

Mierda.

La sonrisa de él se ensancha. Mucho.

—Bueno, fueron dos. ¡Solo dos! —rectifico—. El tercero no cuenta. Solo es que le iba el bondage.

Bueno, y morder…

—¿Nos va buscando, señorita Dioica? —se regodea con su sonrisa ya totalmente llena de dientes.

—¡Por supuesto que no! —le contesto con sofoco—. Aparecéis vosotros. Sois como setas: empiezo a hablar con alguien y, ¡puf!, !un amo de la mazmorra!

—Muy interesante —saborea.

—No, no, no, no. Para el carro. —Me incorporo hasta quedar de rodillas y agito las manos en frenética negativa frente a su cara.

Se está haciendo ideas equivocadas. Le estoy ayudando a hacerse ideas equivocadas.

—¿Puedes culparme por tener esperanzas? —remata—. Soñar es humano, Urtica.

Me cruzo de brazos rezongando.

—Pues sueña en voz más baja —refunfuño.

Inclina calculadamente la cabeza hacia atrás y mira al techo, los dientes afilados asomándole por todas partes.

—Es muy sensible, señorita Dioica —susurra entonces con voz baja y peligrosa—. No te imaginas la cantidad de cosas que podría hacer contigo.

Si es que esto me pasa por abrir la boca.

—Oh, ¡cállate! —le ladro.

Busco a mi alrededor algo que tirarle, pero no tengo nada, así que golpeo la moqueta con los puños.

—¡A ti ni siquiera te gusta que te toquen! —le acuso apuntándole con un dedo amenazador—. Tú tampoco eres quién para hablar.

Se ríe por la nariz, pero cuando me mira sigue teniendo los ojos inquietantemente oscuros.

—¿Piensas quedarte mucho más? ¿No tienes que madrugar mañana o algo así?—le lanzo.

Miro mi cama. La colcha ya no está perfectamente lisa. Porque alguien se ha sentado en ella.

—¿Estás echándome?

Alza las cejas perplejo y algo afligido.

—¿No he sido lo bastante sutil? —pregunto con cara angelical—. Espera, déjame intentarlo otra vez. —Finjo pensármelo un momento—. ¿Necesitas que te acompañe hasta la puerta?

Me mira interrogante, el ceño fruncido.

—¿No quieres que comentemos nada? Sobre el contrato.

—Nah, ya me las apaño bien yo sola. No te preocupes.

Tú limítate a largarte.

Me pongo en pie y le empujo para que se aparte de la cama, cosa que hace de mala gana. Estiro bien la colcha para que vuelva a estar recta y simétrica.

—Ay, cuánto me gustaría darte una buena tunda. Te ayudaría a relajarte, y a mí también.

Le miro por encima del hombro, todavía intentando alcanzar la esquina más alejada del colchón.

—Sueña en voz más baja —le advierto—. Todavía puedo oírte.

Intenta ocultar su sonrisa, pero no lo consigue.

—¿Hasta el miércoles, entonces? —concluye.

—Seh, seh. —Suspiro—. Espera, salgo contigo.

Quiero asegurarme de que de verdad te vas.

Me dirijo a la puerta y la abro para ver si está Kate. No está en el comedor. Creo que la oigo hablando por teléfono en su habitación. Christian me sigue. Le franqueo amablemente la salida.

—Nos vemos el miércoles —me dice.

—Miércoles —confirmo.

Respira hondo y por fin sale. Cierro la puerta antes de que le haya dado tiempo siquiera a llamar al ascensor. Vuelvo a mi habitación, cierro la puerta y empiezo otra vez a rascarme el cuello.

Grrr.

Kate llama a la puerta suavemente.

—¿Ortiga? —prueba.

Abro. Me mira y me señala.

—¿Qué te pasa? ¡Tienes todo el cuello rojo! —Se alarma—. ¿Qué te ha hecho ese repulsivo cabrón guaperas?

—Cosquillas. —Me estremezco y vuelvo a rascarme.

Me lleva hasta la cama y nos sentamos.

Noooo. La acabo de arreglar. Argh.

—¿Cosquillas? ¿Así es como lo llamas? —Se ríe—. Tienes toda la ropa que parece que os hayáis estado revolcando por el suelo.

No entiendo. ¿De qué otra manera se supone que tengo que llamarlo?

—Eso es más o menos lo que ha sucedido, en realidad —admito.

Kate sonríe.

—Wow, Ortiga, ¡bien por ti! —me anima, aparentemente muy impresionada—. Pero ¿no me dijiste que habías quedado con él el miércoles?

—Sí, en eso habíamos quedado.

—¿Y por qué se ha pasado hoy por aquí?

—Porque le he mandado un e-mail.

—¿Pidiéndole que se pasara?

—No, diciéndole que no hacía falta que volviésemos a vernos.

—¿Y se presenta aquí? Ortiga, es genial.

—La verdad es que era una broma —Me paso una mano por el pelo revuelto de la nuca—, pero me ha salido el tiro un poco por la culata.

—Vaya, ahora sí que no entiendo nada.

Tras lanzar una mirada furtiva al ordenador para asegurarme de que sigue cerrado, me armo de paciencia y le explico de qué iba mi e-mail sin entrar en detalles.

—Pensaste que te respondería por correo.

—Sí.

—Pero lo que ha hecho ha sido presentarse aquí.

—Sí.

—Te habrá dicho que está loco por ti.

Loco, sin duda.

—No sé exactamente a qué ha venido, pero el caso es que ha descubierto que tengo cosquillas —admito horrorizada.

Kate me mira raro.

—¿Sabías que las cosquillas han llegado a utilizarse como forma de tortura? —lloriqueo lastimeramente.

—Te echa un p… te hace cosquillas… ¿para controlarte? —pregunta con voz dubitativa.

Mueve la cabeza contrariada.

—¡Qué más quisiera él! —resoplo.

Es mejor no seguir hablando de Christian Grey, por si las moscas, así que aprovecho y le pregunto por Elliot. Con solo mencionar su nombre, la actitud de Kate cambia radicalmente. Se le ilumina la cara y me sonríe.

—El sábado vendrá temprano para ayudarnos a cargar.

Se queda mirando al vacío con expresión ensimismada. Yo espero con paciencia a que termine de pensar en lo que sea que está pensando.

—Ah, casi me olvido —salta al cabo de un momento—. Tu padre ha llamado cuando estabas… bueno, ocupada. Parece que Bob ha tenido un pequeño accidente, así que tu madre y él no podrán venir a la entrega de títulos. Pero tu padre estará aquí el jueves. Quiere que lo llames.

—Vaya… ¿Mi madre no vendrá?

Uy, qué pena me da, ¿eh?

—Sí. Llámala mañana. Ahora es tarde.

—Seh.

O la semana que viene. O dentro de un año. O… nunca.

—En fin, estoy un poco cansada, Kate. Creo que me voy a acostar.

Sonríe, pero arruga los ojos preocupada. En todo caso, al fin se marcha y me quedo benditamente sola para poder recolocar la colcha.

Mucho mejor.