16
Hago una mueca de asco con cada sorbo de café.
Ugh. Café.
—¿Te sientes mejor ahora? —Grey me mira con verdadera preocupación.
—Un poco —titubeo—, creo.
—Desde luego, a esto se le llama no aguantar el alcohol.
Le doy otro sorbo al repugnante café. Realmente está ayudando.
—Es culpa tuya. ¿Quién te manda darme vino? ¡Y con el estómago vacío!
Técnicamente, lo pedí yo. Pero él es un obseso del control, puedo explotar esa debilidad a mi favor. Ajajajajaja.
Ah, no. Técnicamente no lo pedí yo. Lo pidió él.
—Has sido tú, si mal no recuerdo, quien casi se bebe la copa de un trago.
—¡Eso ha sido culpa de la aceituna! —continúo lanzando balones fuera.
Hago un gesto de asco extremo al recordar el sabor.
—¡Y no me habían traído agua! ¡¿Qué querías que hiciera?!
Aceitunas. No puedes vivir sin ellas, pero no puedes fiarte de ellas. Como de Aladdín. Bueno, sin Aladdín sí que puedes vivir.
Se limita a sacudir la cabeza.
—Vamos, he reservado un comedor privado.
Me sonríe enigmáticamente y sale del reservado tendiéndome una mano.
—Pediré que te traigan una jarra de agua —murmura.
—Gracias —casi sollozo, sintiéndome al fin libre para abandonar la asquerosa taza de café a medias.
Cruzamos el bar y subimos una gran escalera hasta un entresuelo. Un chico con uniforme del Heathman se acerca a nosotros.
—Señor Grey, por aquí, por favor.
Lo seguimos por una lujosa zona de sofás hasta un comedor privado, con una sola mesa. Es pequeño pero suntuoso. Bajo una lámpara de araña encendida, copas de cristal, cubertería de plata y un ramo de rosas blancas. El camarero me retira la silla y me siento. Me coloca la servilleta en las rodillas. Christian se sienta frente a mí. Lo miro.
Muy bien, demasiado contacto físico por una noche.
Tengo manos. Sé lo que es una servilleta. Sé cómo usar una servilleta.
Me arranco la servilleta de las rodillas en cuanto el camarero ha salido y la dejo hecha un guiñapo sobre la mesa.
Grey me mira con una ceja levantada.
—¿Qué? —le espeto—. ¿Algún problema con mi manera de usar las servilletas?
—Ninguno en absoluto. —Se ríe—. Ya he pedido la comida, por cierto. Espero que no te importe.
—No, está bien —le contesto.
—Me gusta saber que puedes ser dócil.
—Así, si resulta estar repugnante, serás el único responsable. Bueno, ¿dónde estábamos?
Me lanza una mirada de advertencia, que yo le devuelvo sin pestañear.
—¿Tengo que recordarte las expresiones de seguridad del contrato? —le digo con voz angelical.
—No, Urtica.
Se mete la mano en el bolsillo interior de la americana y saca una hoja de papel. Mi e-mail.
Ostras, tú, que se lo ha impreso y todo.
—Cláusula 3. —Sonríe con su sonrisa de lobo—. Ya que estamos hablando de negociaciones, ¿no le resulta algo injusto exigirme que no pueda aplicar intereses de ningún tipo en la restitución del préstamo?
—Fue usted quien insistió en que no se trataba de un préstamo, sino de un regalo —contesto con cautela.
—Las circunstancias han cambiado. —Se encoge de hombros, indolente.
—Ah, así que era un regalo siempre y cuando yo te dejase follarme y arrearme —le devuelvo. Se le agrandan los ojos y comienzan a oscurecérsele—. Muy filántropo por su parte, señor Grey, nada creepy ni de naturaleza abusiva.
—Digamos que mi privilegio a cambio de no imponer intereses sea realizar algunos cambios beneficiosos para mí en este contrato —sigue, intentando ocultar los dientes por detrás de su máscara de ejecutivo agresivo, énfasis en el agresivo.
Me cruzo de brazos, el morro fruncido.
—Te escucho —concedo precavidamente.
A ver con qué me sale este tarado.
—Si bien estoy de acuerdo con muchas de las cláusulas —Se acoda sobre la mesa, las páginas entre los brazos. Pasa las hojas casi perezosamente—, propongo eliminar de la cláusula cuatro la parte que se menciona específicamente que ninguna actividad tendrá carácter sexual.
Por supuesto.
—No —atajo—. ¿Algo más?
Sonríe.
—¿No está siendo algo inflexible, señorita Dioica? —se burla—. Al fin y al cabo, se trata de una negociación.
—Cláusula innegociable —insisto.
Tío, ¡A-SEX-UAL!
—En la cláusula seis —Se lame la punta de un dedo para separar la página—, ya especificas que, en cualquiera de los casos, toda actividad deberá ser previamente aprobada por ti. No veo cuál es el problema —Me mira con una bien calculada sonrisa de inocencia—. ¿Es que te asusta terminar cambiando de opinión?
Le fulmino con la mirada.
No me he escapado de regreso al futuro. No puedes enredarme llamándome «gallina».
—Muy bien —Rechino los dientes—, en aras de la negociación digamos, por el momento, que podemos eliminar esa especificación en concreto.
A este tipo es que le dices que sueñe en voz baja y ya se descontrola, tú.
—¿Qué más? —pregunto, intentando imitar su voz de negocios.
El camarero llega con el primer plato. Esta comida comienza a tener tintes de batalla. Quizá acabemos lanzándonos…
¿Qué diablos es eso?
—Espero que te gusten las ostras —me dice Christian en tono amable.
¿Esa cosita chafada y temblorosa es una ostra?
—Nunca las he probado —reconozco.
—¿En serio? Bueno. —Coge una—. Lo único que tienes que hacer es metértelas en la boca y tragártelas.
Me sonríe, exprime zumo de limón en su ostra y se la mete en la boca.
—Mmm, riquísima. Sabe a mar —me dice sonriendo—. Vamos —me anima.
—¿No tengo que masticarla?
—No, Urtica.
Sus ojos brillan divertidos. Parece muy joven. Estiro el brazo y cojo mi primera ostra. Le echo zumo de limón y me la meto en la boca. Se desliza por mi garganta, toda ella mar, sal, la fuerte acidez del limón y su textura carnosa. Me chupo los labios. Christian me mira fijamente, con ojos impenetrables.
—¿Y bien?
—¿Será suficiente con esto para dos? —le pregunto con ojos brillantes.
Se ríe.
—Hay segundo plato.
—Excelente. —Sonrío.
Voy a por la segunda.
—¿Por dónde íbamos? —continúa Grey con indolencia.
Echa un vistazo a mi e-mail mientras yo sigo comiendo.
Como no te des prisa, te quedas sin ostras, colega.
Te las cambio por el abogado.
Ah, no. Que el abogado ya es suyo.
Porras.
—Ah, sí, hablábamos de qué intereses voy a cobrarle. —Junta las yemas de los dedos por delante de la cara con una sonrisa feroz.
—¿Hay más? —Me quedo con una ostra suspendida en el aire.
—Por supuesto, señorita Dioica.
—Yo esa parte la había dado por zanjada con lo de retirar la mención específica al SEXO NO. Y conste que creo que es un interés exorbitado.
Se limita a sonreír.
Esta reunión no está yendo exactamente como yo planeaba.
—Aquí: cláusula seis. —Encuentra la página que buscaba—. Quiero impugnar la parte según la cual puedes negarte a una actividad si esta supera un determinado presupuesto.
Nos miramos fijamente, con fuerza.
—Yo no tengo dinero para gastarme en tus «aficiones caras y fascinantes». Y no me parece bien que estés todo el rato invitando. Se supone que esto tiene que ser un poco equitativo.
—Creo que ya he dicho un número suficiente de veces que el dinero no es un problema, Urtica.
Ya, bueno. Yo creo que he dicho un número suficiente de veces que soy asexual y aquí seguimos.
Me cruzo de brazos.
—No me gusta que me inviten a todo.
Él resopla y aprieta la mandíbula. Se le está hinchando el cuello cual pavo.
—No entiendo cuál es el problema con que quiera gastar dinero en ti, Urtica —dice, la voz contenida.
Resoplo.
—Unos cuantos —contesto, y comienzo a alzar dedos—: no lo necesito, no me gusta y además me hace sentir como que estás intentando comprarme. Además, ¿también por esas «invitaciones» piensas cobrarme intereses?
Le fulmino con los ojos entrecerrados. Él se ríe.
—Sin duda, tiene una imagen bastante negativa de mí, señorita Dioica. —Toma aire antes de continuar—. No pretendo extorsionarte, Urtica. ¿Servirá de algo si te digo sinceramente que no es mi intención utilizar el dinero para influir en tu decisión de iniciar una relación sexual conmigo?
Joder, otra vez.
—Que esto no va de sexo, coño. No va a haber sexo. —Muevo las manos frente a su cara—. Sólo un máximo del 20% de las actividades podrán estar por encima de mi poder adquisitivo —cedo finalmente, a mi pesar.
—60.
—30.
—50%. —Y añade—. Es mi última oferta. —Sonríe—. O no hay trato.
—¡Pues no hay trato! —berreo.
Inflo los carrillos.
Ortiga, necesitamos un contrato.
Él alza las cejas.
Soy un puñetero libro abierto
—¿45? —casi suplico, a pesar de mi mejor esfuerzo por sonar a tiburón de los negocios, no paso de pececillo naranja de feria.
Él ya es todo dientes.
Hablando de tiburones.
—50.
—Ugh, ¡Está bien!
Cojo otra ostra con furia. Aunque el delicioso sabor en la lengua hace que mi cara pierda mucho nivel de cabreo, lo cual le resta fuerza a mi anterior comentario. Lloro internamente mientras saboreo el delicioso molusco.
Se inclina conspiratoriamente hacia mí.
—Sabes que podría haberte pedido más, ¿verdad? —se regodea en un susurro lleno de autocomplacencia.
—Sí —lloriqueo, y me como otra ostra, la de la vergüenza, en todos los sentidos.
El camarero se acerca a la puerta, y Christian asiente ligeramente para indicarle que puede retirar los platos y le pide otra jarra de agua.
Christian me sonríe una vez que estamos de nuevo a solas.
—¿Qué? —rezongo—. ¿Te lo estás pasando bien a mi costa?
—He de admitir que usted nunca me decepciona, señorita Dioica. —Alza su copa a modo de brindis solitario—. Todavía hay dos o tres detalles que me gustaría comentar.
—Muy bien, comentémoslos.
Esto lo voy a lamentar. Lo veo.
El camarero vuelve a aparecer con el segundo plato: bacalao, espárragos y puré de patatas con salsa holandesa.
Pero la comida habrá merecido la pena.
—Espero que te guste el pescado —me dice Christian en tono amable.
Le miro con incredulidad.
Pincho mi comida y bebo un largo trago de agua. El bacalao está tan blandito que se deshace en la boca. Mi cerebro ya está muy lejos de aquí, en un lugar feliz, cerca del mar, en una lonja junto al puerto.
Babas.
—Hablemos de cuándo vamos a vernos —me saca él de mis ensoñaciones.
—¿Qué pasa con eso?
Busca la página exacta en los papeles mientras con la otra mano también comienza a comer.
—12. Ortiga cumplirá sus horas de acompañamiento con el Sr. Grey durante fines de semana alternos, desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la tarde, en semanas que seas convenientes para ambas partes —lee, el tenedor apoyado bajo el labio inferior.
Me mira.
—¿Qué pasa? —Le devuelvo la mirada con otro cacho de pescado y espárrago a medio camino de mi boca—. ¿Qué problema hay con eso?
Sigue mirándome.
Tengo que trabajar mis dotes de actriz.
—Mira, no —le contesto finalmente—, no pienso pasar todos los fines de semana contigo. —Me pegaría un tiro—. Necesito mi propio espacio y momentos de silencio contemplativo. —Mi voz tiene como una ligerísima nota de histeria hacia el final, quizá.
Nos evaluamos con la mirada durante un rato largo, durante el cual yo no dejo de dar buena cuenta de la comida.
—Está bien —dice al fin.
—¡No puedes quitarme eso! —exclamo—. Espera. ¿Qué? —Parpadeo—. ¿De verdad?
Me dejo caer con alivio sobre el respaldo de mi silla.
—Con una condición —añade, serio.
Mierda. Mierda infinita.
—¿Qué condición? —grazno.
Se inclina hacia adelante sobre la mesa. Apoya los dedos bajo la barbilla.
—La cláusula trece. Anulada. —Se inclina un poco más—. No se te ocurra cancelar planes conmigo.
Lo dice muy en serio.
—Pero… ¿Y si pasa algo? ¿Y si me estoy muriendo? —le rebato.
—Si pasa algo tendrás que llamarme —contesta, implacable—, para que pueda ayudarte. ¿Confías en mí?
No, Aladdín, ya habíamos quedado en que no.
Pongo morros. Lo que está sugiriendo es controlador.
—No vas a ceder, ¿verdad?
Me mira en silencio.
—De acuerdo, está bien —acepto—, nada de cancelar.
—Y otra cosa más.
Ahora está claramente enfadado. Le miro con ojos de cordero.
—¿«Eh, tú, capullo»? ¿«Cállate o te corto los huevos»? —mastica—. ¿Es alguna otra de tus bromas? ¿Se supone que tiene gracia?
Uy, va, está muy enfadado.
Quizá debería plantearme dejar de hacer cosas con el objetivo de cabrearle.
Meh. De algo hay que morirse. Me gusta vivir al límite.
Me meto más comida en la boca para ganar tiempo mientras pienso en qué contestar que no vaya a empeorar la situación. Él alza una ceja sin dejar de mirarme. Cuando termino de masticar sigo sin tener ninguna brillante idea, así que me meto más comida. Mastico despacio con ojos de conejito.
—Urtica. —Se pasa una mano por el pelo con frustración.
—Cuando te pasas de la raya, te pasas mucho de la raya —contesto al final, intentando sonar lo más inocente y conciliadora posible—. Necesitaba buscar algo que sonase lo bastante fuerte para llamar tu atención.
Y cabrearte.
Intento con todas mis fuerzas no poner morros de pato.
—Estoy lo suficientemente acostumbrado a utilizar «amarillo» y «rojo» como para que tengan un impacto —me explica, claramente intentando calmarse a sí mismo—. Creo que podemos seguir utilizando esas palabras sin problema.
Buh, no me dejas divertirme.
—Bueno, está bien —le concedo.
Negociar no es lo mío.
Como más. Se me está acabando el pescado. A él todavía le queda un poco más que a mí en el plato.
—¿Por qué no dejas que tus sumisas te miren? —pregunto con curiosidad.
—Es cosa de la relación de sumisión.
Huh.
—¿Y lo de no tocarte?
—Eso es otro tema.
Aprieta los labios con obstinación.
—¿Es por la pederasta asaltacunas?
Me mira con curiosidad.
—¿Por qué lo piensas? —E inmediatamente lo entiende—. ¿Crees que me traumatizó?
La cuestión no es «si» te traumatizó, sino en qué asuntos concretos.
No contesto.
—No, Urtica, no es por ella. Además, ella no me aceptaría estas chorradas.
—Ah, pero tus sumisas sí tienen que aceptarlas. —Mi último trozo de pescado. Qué tragedia—. Menudo doble rasero te marcas ahí, ¿eh?
Se limita a dar un sorbo a su copa de vino. Todavía le queda pescado.
—Ni mirarte, ni tocarte, ni masturbarse. Les controlas la comida, la ropa y el ejercicio. —Doy dos golpecitos suaves con la punta del tenedor sobre mi plato vacío, pensativa—. ¿Hay algo que les permitas hacer por sí mismas?
¿Ir al baño?
—En eso consisten este tipo de relaciones —contesta—. Como su Amo, me ocupo de tomar todas estas decisiones. Todo el agotador proceso racional queda atrás. —La voz se le va animando y oscureciendo conforme avanza—. Cosas como «¿Es lo correcto?», «¿Puede suceder aquí?», «¿Puede suceder ahora?». No tienen que preocuparse de esos detalles. Lo hago yo, como su Amo.
—Aham.
—Por ejemplo, si fueras mi sumisa —Se inclina sobre la mesa y baja la voz, un susurro ronco—, podría decirte que te quitases esos horribles pantalones ahora mismo.
Resoplo.
—Ya, claro. ¿Es que has traído alguna otra cosa que pueda ponerme, ya que tanto te molestan?
No me sorprendería que tuvieras una bolsa de ropa de alguna tienda ridículamente cara debajo de la mesa. Es el tipo de cosas que tendrías.
—No, Ortiga —No deja de mirarme a los ojos—. No he traído otra ropa para ti.
Le sostengo la mirada. El silencio se alarga.
¿Qué…?
Entonces cala. Me echo para atrás en la silla.
—Wow, wow. ¡AMARILLO, colega! —le advierto, agitando las manos—. ¿En mitad de un restaurante? ¡En mitad de la comida! —Me escandalizo.
Ni siquiera hemos comido postre.
La sabiduría ancestral de Zarza establece que toda comida, por muy buena que sea, si no acaba con un postre igualmente bueno, es una comida decepcionante.
Él no se ha movido de donde estaba, inclinado hacia mí por encima de la mesa, sonriente con sus dientes puntiagudos. Aunque ahora hay un punto de diversión en sus ojos oscuros.
—¿Eso significa que si no estuviéramos en un restaurante y ya hubiéramos terminado de comer, sí que lo harías?
¿Hola?
—¿No? —Le miro con incredulidad.
—¿Quieres que pidamos el postre, Urtica? —ronronea—. Se te pone una piel muy bonita cuando te sonrojas.
Lo que faltaba.
En ese preciso momento el camarero llama a la puerta y entra sin esperar respuesta. Mira un segundo a Christian, que le pone mala cara pero asiente enseguida, así que el camarero recoge los platos.
Corre, Ortiga, ¡aprovecha ahora que está distraído!
—Bueeeeno. Parece que ha llegado el momento de buscarme un taxi —comento alegremente al tiempo que me pongo en pie.
—¿Te marchas? —me pregunta sin poder ocultar su sorpresa.
Sorpresa.
Creo que la próxima vez que quede con él llevaré puesto mi delantal de cocina hecho por Zarza: «soy un As(exual) de la cocina». Quizá eso ayude.
El camarero se retira a toda prisa.
—Me marcho —confirmo, por si quedaba alguna duda—. Además, mañana tenemos los dos la ceremonia de la entrega de títulos.
Christian se levanta automáticamente.
—No quiero que te vayas.
Nadie te ha pedido opinión.
—Eh… ¿lamento que te sientas así? —tanteo.
¿Qué diablos se supone que hay que decir en este tipo de situaciones?
—Podría conseguir que te quedaras —me amenaza.
La carcajada que no consigo ahogar a tiempo se convierte en una pedorreta.
—¿Me atarás a la silla? —Levanto una ceja.
A él se le afila la sonrisa.
Oh. Mierda. Es que es imposible decir algo que este tarado no sea capaz de reinterpretar a su conveniencia.
—No —le espeto, un índice en alto.
Se pasa la mano por el pelo mirándome detenidamente.
—Mira, cuando viniste a entrevistarme y te caíste en mi despacho, todo eran «Sí, señor», «No, señor». Pensé que eras una sumisa nata. Pero, la verdad, Urtica, no estoy seguro de que tengas madera de sumisa —me dice en tono tenso.
Definitivamente, el delantal se va a convertir en un artículo de primera necesidad. Quizá deba hacerme también con unas cuantas chapitas que ir colocando estratégicamente.
—¿Lamento que te creases a ti mismo falsas expectativas?
En serio, ¿qué cojones se supone que hay que responder a este tipo de cosas? ¿Alguien, por favor, que me dé el manual de conversación apropiada con amos de las mazmorras?
—Total —atajo—. Piénsate lo del contrato y ya me dirás.
—¿No puedo convencerte de que te quedes? —me pregunta todavía.
—No.
A menos que haya implicados una docena de achuchables cachorritos peludos y achuchables.
—Pasa la noche conmigo.
Wow. Esto sí que es un salto mortal con triple tirabuzón. Y sin chuchitos.
—Se te está yendo —le advierto, de pronto ligeramente preocupada.
—¿Por qué tengo la impresión de que estás despidiéndote de mí?
—Porque voy a marcharme.
—No es eso lo que quiero decir, y lo sabes.
—No tengo ni idea de qué es lo que está pasando ahora mismo en tu cerebro —Le miro con suspicacia, comenzando a considerar seriamente el ictus como causa probable de esta situación surrealista—, pero te recuerdo que mañana vamos a tener que vernos en la entrega de diplomas.
Aunque, si por mi fuera, me lo ahorraría.
—Como quiera, señorita Dioica —dice al fin con rostro impasible—. La acompaño hasta el vestíbulo.
Recojo mis cosas y permito que me acompañe. Cuando salimos justo tengo la suerte de que una pareja está desalojando un taxi, así que me lo pido antes de que nadie pueda adelantárseme.
—Gracias por la cena —le digo a Grey.
—Ha sido un placer como siempre, señorita Dioica —me contesta educadamente, aunque parece sumido en sus pensamientos, abstraído por completo.
Lo observo detenidamente y intentando decidir si una de sus comisuras parece o no ligeramente más caída que la otra. De pronto se gira y me mira con expresión intensa.
—Esta semana te mudas a Seattle. Si tomas la decisión correcta, ¿podré verte el domingo? —me pregunta en tono inseguro.
—Err —titubeo—. Te recuerdo que el que tiene que decidir si mi contrato te vale o no te vale eres tú.
Por un momento parece aliviado, pero enseguida frunce el ceño.
—Ahora hace fresco. ¿No has traído chaqueta?
—No.
Mueve la cabeza enfadado y se quita la americana.
—Toma. No quiero que cojas frío.
—No te preocupes —le rechazo—. El taxi seguro que tiene calefacción. Y luego es del coche a mi casa. No me va a dar tiempo a enfriarme.
—Deberías dejar al menos que Taylor te llevase a casa —insiste aún, aparentemente tirando de toda la lista de excusas que puede pensar.
—No es necesario, de verdad.
Ya tengo un pie dentro del taxi.
Qué despedida más larga. Mierda.
—¿No tienes coche propio?
Sep. Ya entramos dentro de las excusas desesperadas para alargar el momento.
—No —contesto simplemente.
—Urtica, creo que podremos arreglarlo.
Le miro interrogante.
—¿Arreglar el qué?
—No puedes vivir en una ciudad como Portland, o Seattle, y no tener coche propio.
—¿Qué quieres decir?
Nunca he tenido coche y hasta ahora no he tenido ningún problema.
De pronto lo entiendo.
Ni se te ocurra comprarme un coche —le advierto.
Me mira con el ceño fruncido y la mandíbula tensa.
—Ya veremos —me contesta.
Uy, la leche que le dieron. O la que no le dieron a tiempo. Quién sabe.
Entro definitivamente en el taxi.
—Adiós, Christian —le digo antes de cerrar la puerta.
Le doy la dirección de mi casa al taxista y me repantingo en el asiento mientras dejo que la radio llene el silencio para no tener que entablar conversación. Intento hacer balance de la noche. No sé si voy a conseguir que ese tarado firme mi contrato. Y si no lo firma.
Mejor no ponernos todavía en el peor caso posible. Tal vez todavía quedaría opción de renegociar.
Lo malo es que el tipo es espeso. Y está muy obsesionado. Ugh.
El taxi se detiene justo frente a mi casa. No veo luces encendidas, así que Kate debe de haber salido. Es un alivio. Pago al taxista y subo.
Tengo un email de Grey en la bandeja de entrada.
—Y ahora qué.
De: Christian Grey
Fecha: 25 de mayo de 2011 22:01
Para: Urtica Dioica
Asunto: Esta noche
No entiendo por qué has salido corriendo esta noche. Espero sinceramente que hayamos podido al menos sentar las bases para un acuerdo mutuamente beneficioso. Quiero de verdad que esto funcione. Confía en mí.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
Me cubro los ojos con una mano.
—Maldito Aladdín, no se ha enterado de una mierda.
Menudo desperdicio de noche. Aunque la comida era deliciosa.
Me pongo el pijama y me voy a dormir.
